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Full text of "Materiales para una historia de la teología en América Latina"

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Materiales  para  una 

HISTORIA  DE  LA  TEOLOGIA 
EN  AMERICA  LATINA 

VIII  Encuentro  Latinoamericano  de  CEHILA,  Lima  (1980) 


Pablo  Richard»editor 


Enrique  Dussel 
Otto  Maduro 
Riolando  Azzi 
Centro  Gumilla 


cebiLA 


Maximiliano  Salinas 
Manuel  De  Ferrari 
Gustavo  Gutiérrez 
Eduardo  Hoornaert 
Agustín  Churruca 


Eduardo  Vega 
José  Oscar  Beozzo 
Rubem  Alves 
Jean-Pierre  Bastían 
Carmelo  Alvarez 


Departamento  Ecuménico 
de  Investigaciones 


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Materiales  para  una 


HISTORIA  DE  LA  TEOLOGIA 


EN  AMERICA  LATINA 


Comisión  de  Estudios 
de  Historia  de  la  Iglesia 
en  América  Latina 


CEHILA 


MIEMBRO  DE: 

La  Comisión  Internacional  de  Historia  Eclesiás- 
tica Comparada  (CIHEC),  afiliada  a la  Comisión 
Internacional  de  Filosofía  y Ciencias  Humanas 
(CIPSH). 

La  Asociación  Internacional  de  Estudios  Mi- 
sioneros (IAMS). 

La  Federación  Internacional  de  Institutos  de  In- 
vestigación Social  y Socio-religiosa  (FERES). 

JUNTA  DIRECTIVA 

PRESIDENTE:  Enrique  Dussel 
SECRETARIO  EJECUTIVO:  Eduardo  Vega 
SECRETARIO  ADMINISTRATIVO:  Ricardo  Ramírez 
VOCALES:  Juan  Villegas,  Eduardo  Hoornaert 


COORDINADORES  DE  AREA 

PROTESTANTES:  José  Miguez  Bonino  y 
Carmelo  Alvarez. 

ANDINO-INCAICA:  Mons.  José  Dammert  Bellido 
BRASIL:  José  Oscar  Beozzo 
CARIBE:  Samuel  Silva  Gotay 
COLOMBIA-VENEZUELA:  Rodolfo  R.  de  Roux 
CONO  SUR:  Juan  Villegas 
CENTROAMERICA:  Rodolfo  Cardenal 
MEXICO:  Alfonso  Alcalá 
HISPANOS  EN  EE.UU.:  Ricardo  Ramírez 

COORDINADORES  DE  PROYECTOS 

HISTORIA  GENERAL  DE  LA  IGLESIA  EN  A.L.:  Enrique  Dussei 
HISTORIA  VERSION  POPULAR:  Eduardo  Hoornaert 
HISTORIA  DE  LA  VIDA  RELIGIOSA:  Juan  Villegas 
HISTORIA  DE  LA  TEOLOGIA:  Pablo  Richard 
ARCHIVOS:  Alfonso  Alcalá 
CENTRO  DE  FORMACION:  Luis  Ramos 


Materiales  para  una 
HISTORIA 
DE  LA  TEOLOGIA 
EN  AMERICA  LATINA 


y 

VIII  Encuentro  Latinoamericano  de  CEHILA,  Lima  (1980) 


a 


cebiL<\ 


Departamento  Ecuménico 
de  Investigaciones 


CORRECCION  Y DI AGRAMACION : Jorge  David  Aruj 


/ 


Hecho  el  depósito  de  ley 

Reservados  todos  los  derechos 

s 


DEI 

Departamento  Ecuménico  de  Investigaciones 
Apdo.  339— San  Pedro  Montes  de  Oca 
SAN  JOSE— COSTA  RICA 


Presentación 


En  1975  comenzó  a gestarse  en  CEHILA  la  idea  de  lan- 
zar un  proyecto  ambicioso:  escribir  una  Historia  de  la  teolo- 
gía latinoamericana.  En  la  Asamblea  de  1976  fue  aprobado  el 
proyecto  y comenzó  su  lento  camino.  Sólo  cuando  en  1979 
el  Dr.  Pablo  Richard  tomó  el  proyecto  en  sus  manos  éste 
entró  en  un  proceso  efectivo  de  realización. 

En  efecto,  en  el  I Encuentro  latinoamericano  de  teolo- 
gía en  México  hicimos  una  exposición  sobre  este  tema,  a 
manera  de  hipótesis  generales  sobre  un  tema  desconocido.  La 
historia  de  nuestra  teología,  como  nuestra  historia  en  general, 
no  sólo  era  ignorada,  sino  que  era  despreciada  por  inexis- 
tente. Siempre  se  nos  preguntaba:  ¿Historia  de  la  teología  en 
América  Latina ? ¿Existe  acaso  dicha  teología?  ¿Cómo  hacer 
una  historia  de  lo  inexistente?  El  trabajo  era  arduo,  porque 
aún  entre  los  que  cultivaban  teología  en  la  actualidad,  había 
poca  conciencia  de  los  antecedentes  que  darían  más  fuerza 
histórica  a su  propio  movimiento.  Pero  superamos  las  oposi- 
ciones gracias  a los  amigos  que  han  participado  en  este  Sim- 
posio de  CEHILA. 

El  presente  material,  que  se  edita  por  la  labor  del  coordi- 
nador del  Simposio  nombrado  arriba,  quiere  dar  a conocer  el 
fruto  de  una  primera  "entrada”  en  la  rica  cantera  inex- 
plorada de  nuestra  historia  de  la  teología.  Habrá  que  inau- 


7 


gurar  en  los  centros  teológicos  e históricos  seminarios  de 
historia  de  la  teología  latinoamericana,  como  ya  los  venimos 
organizando  en  algunos  lugares  por  motivación  de  CEHILA. 

A mediano  plazo  se  podrá  producir  un  material  donde  se 
abarquen  las  etapas  más  importantes  de  ¡a  teología  latinoa- 
mericana, para  llegar,  a largo  plazo,  en  10  o más  años,  a una 
Historia  de  la  teología  en  América  Latina,  que  permita  dar  a 
conocer  a los  cristianos  latinoamericanos  primero,  y a nues- 
tros hermanos  del  Africa,  Asia,  Europa  y Estados  Unidos  una 
larga  lucha  teórica  de  muchos  que  se  comprometieron  por  los 
oprimidos  de  sus  tiempos,  en  América  Latina,  y que  nosotros 
ignoramos. 

La  historia  de  ía  teología  dará,  como  se  dijo  en  el  Sim- 
posio, un  apoyo  estratégico  a la  teología  de  la  liberación,  a la 
producción  teológico  popular,  siendo,  por  otra  parte,  un  ca- 
pítulo centra!  de  la  historia  de  la  Iglesia  en  América  Latina. 


Enrique  Dussel 
Presidente  CEHILA 


8 


Introducción 


Historia  de  un  proyecto  de  CE  HILA 


Entre  los  años  1975  y 1979,  se  gesta  en  CEHILA  el 
proyecto  de  escribir  una  Historia  de  I a Filosofía  y Teología 
en  América  Latina.  En  el  Vil  Encuentro  de  CEHILA  en  San 
Juan  de  Puerto  Rico  (julio  1979)  se  hizo  una  evaluación  de 
todo  el  trabajo  ya  realizado  y se  reformuló  el  proyecto.  Deci- 
dimos centrarnos  específicamente  en  una  Historia  de  la  Teo- 
logía en  América  Latina.  Definimos  entonces  "teología"  en  el 
sentido  amplio  de  "pensamiento  cristiano",  lo  cual  incluye, 
desde  la  teología  como  ciencia  específica  cultivada  en  Semi- 
narios y Universidades,  hasta  corrientes  teológicas  más 
amplias  presentes  en  personas,  instituciones  o centros  ecle- 
siales  o de  inspiración  cristiana.  Se  incluía  así  todas  las 
expresiones  del  pensamiento  cristiano,  también  las  de  tipo 
filosófico,  jurídico,  literario  o artístico.  No  se  descartó,  sin 
embargo,  la  idea  de  escribir  más  adelante  una  Historia  de  la 
Filosofía  en  América  Latina.  En  Puerto  Rico  se  definió 
además  el  carácter  ecuménico  del  Proyecto  de  Historia  de  la 
teología.  Yo  fui  nombrado  Coordinador  General  de  la  obra. 
La  parte  correspondiente  a la  Historia  de  la  Teología  Protes- 
tante en  América  Latina  fue  reformulada  y encargada  al  Pro- 
fesor Carmelo  Alvarez  ^ . 


9 


La  Primera  Etapa  del  Proyecto  sobre  Historia  de  la  Teo- 
logía en  América  Latina  va  desde  julio  de  1979  hasta  julio  de 
1981:  desde  la  aprobación  del  Proyecto  en  el  Vil  Encuentro 
de  CEHILA  hasta  la  publicación  de  esta  primera  obra.  El  hito 
más  importante  en  esta  primera  etapa,  fue  el  VIII  Encuentro 
de  CEHILA,  celebrado  en  Lima  (Perú),  entre  el  23  y 26  de 
julio  de  1980.  El  Encuentro  estuvo  dedicado  enteramente  a la 
Historia  de  la  Teología  en  América  Latina.  Allí  fueron  discu- 
tidas trece  ponencias,  más  una  presentación  introductoria 
mía.  Un  año  antes  y un  año  después  del  Encuentro  de  Lima, 
se  trabajó  intensamente  en  este  Proyecto.  En  casi  todos  los 
países  de  América  Latina  hay  personas  y equipos  inves- 
tigando. La  obra  que  ahora  ofrecemos  es  el  mejor  fruto  de 
estos  dos  años  de  trabajo. 


Sentido  de  una  Historia  de  la  Teología 

Desde  el  comienzo  dejamos  claramente  establecido  que 
nos  interesaba  escribir  una  Historia  de  la  Teología  desde  Amé- 
rica Latina.  Para  nosotros  sólo  tenía  sentido  aquella  Teología 
que  asumía  creativamente  la  realidad  de  nuestro  continente. 
Buscamos  así  reconstruir  la  teología  de  aquellos  que  crearon 
un  pensamiento  cristiano,  en  ruptura  con  la  dependencia  co- 
lonial y neo-colonial.  Aquellos  que  hicieron  Teología  desde  el 
indio,  desde  el  negro,  desde  el  pobre.  Relegamos  a un  plano 
secundario  y marginal  aquellos  que  repetían  sin  ninguna 
creatividad  en  América  Latina  las  Teologías  europeas  o ex- 
tranjeras, o Teologías  que  llegaron  a nuestras  tierras  a la  zaga 
de  diferentes  invasiones  coloniales  o neo-coloniales.  Este 
“sentido”  de  nuestra  historia  teológica,  que  indica  el  “punto 
de  vista"  constitutivo  de  nuestra  identidad, no  significa  asu- 
mir un  dualismo  maniqueo  o un  particularismo  esterilizante. 
Nuestra  Teología  Latinoamericana  específica  surge  en  un  pro- 
ceso de  continua  confrontación  dialéctica  con  otras  Teologías 
de  dominación  colonial  o nacional.  En  ese  proceso  dialéctico 
global,  vamos  descubriendo  nuestra  Teología,  desde  aquella 
perspectiva  anti-colonial  que  es  la  perspectiva  del  pobre  en  la 
historia  de  nuestros  pueblos.  Nuestra  identidad  particular  lati- 
noamericana, igualmente,  no  nos  corta  de  una  visión  universal 
y ecuménica.  Nuestra  Teología  tiene  vocación  universal,  pero 
podemos  situarnos  en  esa  universalidad,  en  la  medida  que 


10 


somos  capaces  de  definir  nuestra  identidad  específica.  Nues- 
tra universalidad  más  inmediata  la  encontramos  en  solida- 
ridad directa  con  los  pobres  de  los  pueblos  de  Africa  y Asia. 
Hoy  se  impone  una  perspectiva  universal  de  tipo  tercermun- 
dista,  basada  en  la  solidaridad  de  Asia,  Africa  y América  La- 
tina. W m 


La  Historia  de  la  Teología  como  obra  Teológica 

Escribir  Historia  de  la  Teología  es  hacer  Teología.  La 
Historia  de  la  Teología  Latinoamericana  es  parte  del  quehacer 
teológico  actual.  Buscamos  superar  el  nivel  puramente  empí- 
rico o descriptivo;  la  historia  no  es  una  simple  adición  o suma 
de  hechos  teológicos  cronológicamente  ordenados  y yuxta- 
puestos. Ciertamente  será  necesario  partir  del  estudio  de  las 
fuentes  positivas,  analizadas  con  todo  el  rigor  de  los  métodos 
históricos,  pero  todo  este  trabajo  positivo  nos  debe  llevar  a 
una  gran  síntesis  histórico-teológica.  Esta  síntesis  es  parte 
importante  de  nuestro  quehacer  teológico  actual.  En  el  pre- 
sente de  nuestra  Teología,  encontramos  el  significado  de 
nuestro  pasado  y la  posibilidad  de  nuestro  futuro  teológico. 

Si  nuestra  Historia  de  la  Teología  es  parte  importante 
de  nuestro  quehacer  teológico  actual  en  América  Latina, 
esta  historia  deberá  también  responder  a todas  las  exigencias 
del  actual  desafío  teológico.  Nuestra  Teología  actual  latinoa- 
mericana es  una  Teología  comprometida  con  las  luchas  de 
liberación  de  nuestros  pueblos  y una  Teología  profun- 
damente creyente  y eclesial.  Es  una  Teología  ligada  orgánica- 
mente a nuestras  Comunidades  Eclesiales  de  Base  y simultá- 
neamente una  teología  que  responde  a las  exigencias  cientí- 
ficas y metodológicas  de  ¡a  práctica  teórica.  Si  nuestra  Teo- 
logía más  genuina  y auténticamente  latinoamericana  es  la 
Teología  de  la  Liberación,  la  Historia  de  nuestra  Teología 
Latinoamericana  tendrá  que  ser  también  necesariamente  la 
Teología  de  la  Liberación  de  nuestra  Historia.  Breve:  nuestra 
Historia  de  la  Teología  será  auténticamente  obra  Teológica 
Latinoamericana,  en  la  medida  que.  asuma  el  sentido  de  la 
Teología  de  la  Liberación  de  América  Latina  ^ . 


11 


Opciones  Metodológicas  Originales 

El  Proyecto  de  CEHILA  sobre  Historia  de  la  Teología  en 
América  Latina,  desde  sus  orígenes,  hizo  algunas  opciones 
metodológicas.  En  primer  lugar  se  optó  por  una  Historia  de  la 
Teología  plenamente  contextuaHzada.  Su  contexto  general  es 
la  Historia  económica,  política  y social  de  América  Latina.  Su 
contexto  específico  lo  constituye,  por  un  lado,  la  Historia  de 
la  Iglesia  Latinoamericana  y,  por  otro  lado,  la  Historia  Gene- 
ral de  las  ideas  y del  pensamiento,  de  la  filosofía  y de  la 
literatura  latinoamericanas.  Este  análisis  de  la  Teología  a par- 
tir de  su  contexto  histórico,  no  contradice  para  nada  la  auto- 
nomía específica  del  pensamiento  teológico  y su  influjo  di- 
recto, propio  y eficaz  en  los  procesos  históricos. 

Una  segunda  opción  metodológica  se  refiere  a la  dis- 
tinción entre  Teología  explícita  e implícita,  y a la  prioriza- 
ción  de  esta  segunda  sobre  la  primera.  Llamamos  Teología 
explícita  aquella  que  es  cultivada,  como  ciencia  autónoma  y 
específica,  por  teológos  o instituciones  teológicas.  La  teo- 
logía implícita  es  la  Teología  que  anima  a determinados  cris- 
tianos, o movimientos  cristianos,  o movimientos  históricos 
donde  el  factor  religioso  juega  un  papel  importante.  Esta 
teología  Implícita  no  es  cultivada  profesionalmente,  o expli- 
citada  en  libros  de  Teología,  pero  no  por  eso  es  menos  real  o 
eficaz.  La  Teología  Implícita  se  manifiesta  en  determinadas 
prácticas  cristianas  o eclesiales;  en  discursos  o escritos  no 
específicamente  teológicos;  también  puede  manifestarse  en 
ciertos  signos,  poesías,  cantos,  etc  . . . Priorizamos  la  teología 
implícita,  pues  ésta,  si  bien  es  difícil  de  discernir,  es  la  Teo- 
logía que  más  profundamente  está  enraizada  en  la  historia  y 
en  la  vida  de  los  cristianos  e Iglesias.  Cuando  se  trata  de 
descubrir  e interpretar  la  Teología  de  los  sectores  más  pobres 
y explotados,  esta  Teología  Implícita  cobra  especial  impor- 
tancia. Los  oprimidos  normalmente  no  escriben,  y cuando 
escriben  lo  hacen  con  "medios  pobres",  pero  no  por  eso  la 
Teología  está  en  ellos  menos  presente  o desarrollada.  Las 
Teologías  Implícitas  tienen  también  un  peso  comunitario  y 
social  más  fuerte,  pues  el  sujeto  histórico  que  las  produce  es 
más  directamente  la  comunidad. 

La  tercera  opción  metodológica  es  por  el  significado  que 
una  determinada  Teología,  Teólogo  o movimiento  Teológico 


12 


tuvo  para  una  época  en  general  y para  la  vida  de  la  Iglesia  en 
particular.  Más  que  la  "persona”  del  Teólogo  o el  "texto"  de 
la  Teología,  nos  interesa  analizar  cómo  "funcionó"  tal  Teólo- 
go o Teología  en  la  realidad  histórica  y eclesial  en  la  cual 
vivió,  actuó  y se  desarrolló.  Más  que  la  Historia  de  la  Teo- 
logía, nos  interesa  el  significado  de  esa  Historia.  Es  este 
significado  el  que  nos  permite  escribir  una  historia  viva  y 
significativa  para  el  presente  y el  futuro  de  nuestra  América. 

Aparentemente  las  tres  opciones  metodológicas  que  he- 
mos esbozado,  nos  amplían  el  objeto  de  estudio  y lo  hacen 
más  difuso.  En  realidad  esas  opciones  son  las  únicas  que  nos 
permiten  limitar  y discernir  el  objeto  de  nuestra  historia,  pues 
esas  opciones  nos  conducen  directamente  a lo  que  realmente 
vale  la  pena,  a lo  que  realmente  es  más  significativo  y funda- 
mental; evitamos  perdernos  en  lo  que  es  secundario,  aparente 
o superficial  en  una  Historia  de  la  Teología  en  América  La- 
tina. 


Conclusiones  del  Encuentro  de  CEHILA  sobre  Historia  de  la 
Teología  en  América  Latina 

En  el  Encuentro  de  CEHILA  en  Lima  sobre  la  Historia 
de  la  Teología,  no  hubo  un  cuerpo  formal  de  conclusiones, 
pero  sí  se  generó  un  cierto  consenso.  Resumo  aquí  los  ele- 
mentos centrales  de  este  consenso,  puesto  que  éste  nos  servirá 
de  guía  para  el  trabajo  de  investigación  en  el  futuro. 

En  primer  lugar  hubo  consenso  en  torno  a los  criterios 
epistemológicos-políticos  expuestos  por  Otto  Maduro 
Por  un  lado  se  insistió  en  los  condicionamientos  históricos  de 
la  producción  teológica;  pero,  por  otro  lado,  se  resaltó  tam- 
bién la  autonomía  específica  de  la  Teología,  y su  fuerza  his- 
tórica propia,  que  puede  incidir  directamente  en  las  prácticas 
socio-políticas  y eclesiales. 

Las  diferentes  ponencias  discutidas  en  el  Encuentro  nos 
mostró  la  necesidad  y validez  de  diversas  metodologías  y gé- 
neros literarios.  El  equipo  chileno,  con  su  aporte  "Historia  de 
la  Teología  en  Chile  (1810—1880)",  trabajó  las  fuentes  posi- 
tivas con  todo  el  rigor  del  método  histórico.  A partir  de  ese 
estudio  minucioso  de  fuentes  y documentos,  elaboró  una  vi- 
sión general  sobre  el  desarrollo  de  la  Teología  en  Chile  ^ . El 


13 


equipo  del  Centro  Gumilla  de  Venezuela  utilizó  un  método 
análogo.  Partieron  con  un  trabajo  exploratorio  en  diez  mono- 
grafías: dos  sobre  el  período  colonial  (una  sobre  la  Teología 
implícita  en  las,  misiones  del  siglo  XVII  en  la  actual 
Venezuela;  y otra  sobre  la  Teología  del  siglo  XVIII  vene- 
zolano en  los  documentos  de  visita  del  Obispo  Martí  <6>); 
otras  dos  monografías  sobre  el  período  de  la  emancipación 
(una  sobre  la  Teología  implícita  en  Simón  Bolívar;  otra  sobre 
Germán  Roscio);  dos  del  siglo  XIX  y cuatro  del  siglo  XX. 
Para  el  Encuentro  de  CEHILA  en  Lima,  el  Centro  Gumilla 
presentó  una  de  esas  monografías  (el  análisis  de  la  Teología 
de  G.  Roscio),  y otro  trabajo  general  sobre  "Historia  de  la 
Teología  en  Venezuela",  que  recoge  sintéticamente  el  tra- 
bajo exploratorio  de  las  diez  monografías.  Un  método  dife- 
rente utiliza  Riolando  Azzi  para  la  Historia  de  la  Teología  en 
Brasil.  El  autor  parte  del  sentido  global  de  esta  historia  y 
desde  ese  sentido,  descubre  y delimita  líneas  concretas  para 
futuras  investigaciones  monográficas  de  casos.  Los  dos  mé- 
todos son  complementarios  y necesarios. 

E¡  trabajo  del  Padre  Agustín  Churruca  sobre  el  pensa- 
miento de  Morelos,  demostró  todas  las  posibilidades  metodo- 
lógicas del  análisis  de  la  así  llamada  'Teología  implícita". 
Esta  Teología  vivida  y expresada  por  hombres  de  acción 
como  fue  el  Padre  Morelos,  refleja  más  directamente  la  creati- 
vidad cristiana  y espiritual  del  pueblo,  y puede  darnos  más 
fácilmente  la  clave  de  interpretación  de  todo  un  período  de  la 
Historia  de  la  Teología.  En  el  estudio  de  R.  Azzi  y J.P. 
Bastían  se  valorizó  el  estudio  de  las  Teologías  presentes  en  las 
diferentes  devociones  populares.  Este  estudio  puede  servir  de 
puente  entre  la  Teología  Académica  y la  Teología  implícita. 
La  Teología  implícita  en  las  diferentes  devociones  revela  tam- 
bién el  sentido  histórico  de  las  diferentes  prácticas  eclesiales. 
Así  en  el  Brasil,  el  culto  al  Buen  Jesús  revela  una  práctica 
eclesial  de  corte  más  popular.  El  culto  al  Sagrado  Corazón, 
refleja  la  práctica  de  una  Iglesia  desplazada  de  la  sociedad  y 
replegada,  sobre  sí  misma;  el  culto  al  Cristo  Redentor,  por  el 
contrario,  expresa  una  Iglesia  triunfante  y a la  ofensiva  en  la 
sociedad. 

Se  afirmó  insistentemente,  en  todo  el  Encuentro  de  Li- 
ma, sobre  la  necesidad  de  escribir  la  llamada  'Teología 
popular".  Esta  Teología  no  es  necesariamente  Teología  ¡m- 


14 


plícita  o espontánea.  Tiene  mecanismos  propios  de  creación, 
expresión  y transmisión.  El  equipo  de  Chile  hizo  una  distin- 
ción valiosa  entre  la  Teología  oficial,  la  disidente  y la 
popular.  Se  afirmó  que  no  toda  Teología,  por  el  hecho  de  ser 
no-oficial  o disidente,  es  necesariamente  Teología  popular. 
Hay  cantos,  poesías,  fiestas,  folclor,  etc  . . . que  dan  testi- 
monio de  esta  Teología  popular.  La  re-construcción  histórica 
de  esta  Teología,  no  debe  significar  arrebatarle  al  pueblo  su 
propia  Teología.  Se  pidió  un  trabajo  metodológico  específico 
para  definir  mejor  la  Teología  popular,  planificar  su  estudio, 
clasificar  sus  fuentes  y determinar  las  reglas  metodológicas 
que  deben  guiar  su  investigación.  Se  recomendó  el  uso  de  los 
recursos  de  la  Antropología  para  el  análisis  de  la  Teología 
popular. 

Se  tomó  conciencia  de  las  diferencias  necesarias  entre 
una  Historia  de  la  Teología  y una  Historia  de  la  Iglesia.  La 
ponencia  presentada  por  Gustavo  Gutiérrez  en  el  Encuentro 
de  CEHILA  sobre  la  Teología  del  Padre  Bartolomé  de  las 
Casas,  fue  la  mejor  práctica  metodológica  para  captar  toda  la 
densidad  teológica,  específica  y propia,  de  una  Historia  de  la 
Teología.  En  este  mismo  sentido  valorizamos,  por  su  peso 
teológico  e histórico,  la  conferencia  de  R.  Alves  sobre  la  His- 
toria de  la  Teología  Protestante  en  el  Brasil. 

El  libro  que  aquí  presentamos  y el  trabajo  futuro 

El  libro  que  aquí  presentamos  es  a la  vez  modesto  y 
ambicioso.  Es  modesto,  pues  sabemos  que  estamos  recién  co- 
menzando a escribir  esta  Historia  de  la  Teología  en  América 
Latina.  Lo  que  aquí  ofrecemos  son  solamente  algunos  "ma- 
teriales” para  empezar  a trabajar.  Pero  también  es  un  libro 
ambicioso,  pues  queremos  con  él  impulsar  y orientar  el  tra- 
bajo futuro,  dejando  bien  en  claro  de  que  estamos  seguros  de 
que  podremos  llevar  esta  obra  hasta  el  final.  Esperamos  que  el 
estudio  de  estos  materiales  sirva  para  abrir,  ensanchar  y con- 
solidar un  nuevo  campo  de  trabajo  . Tendremos  que  incen- 
tivar este  trabajo  país  por  país,  y formar  equipos  com- 
petentes. Seguir  confeccionando  y publicando  en  nuestras  re- 
vistas el  mayor  número  posible  de  monografías  sobre  autores, 
instituciones  o movimientos  teológicos.  Más  adelante,  si  el 
trabajo  fructifica,  publicaremos  un  segundo  volumen  de  "ma- 


15 


teriales",  y así  nos  ¡remos  acercando  poco  a poco  a la  obra 
final  sobre  la  Historia  de  la  Teología  en  América  Latina.  Este 
encuentro  con  el  pasado,  nos  ayudará  a definir  nuestra  propia 
identidad  teológica  actual,  y así  nos  prepararemos  mejor  para 
poseer  el  futuro.  Como  Coordinador  General  de  este  Pro- 
yecto de  CEHILA,  quedo  a vuestra  disposición. 

PABLO  RICHARD 

NOTAS 


(1)  Cf.  Boletín  CEHILA,  N°  19,  octubre  1979,  12-13.  Ahí  se  publi- 
có el  texto  del  Proyecto:  antecedentes,  objetivo,  procedimiento, 
división  por  áreas  y periodización. 

(2)  Así  lo  atestiguan  los  Congresos  Teológicos  organizados  por  la 
Asociación  Ecumémica  de  Teológos  del  Tercer  Mundo:  Dar  Es 
Salaam  (Tanzania)  1976;  Accra  (Ghana)  1977:  Wennappuwa  (Sri 
Lanka),  1979;  Sao  Paulo  (Brasil)  1980;  New  Dehli  (India)  1981. 

(3)  Creemos  que  este  sentido  histórico  de  la  Teología  Latinoa- 
mericana ha  sido  expuesto  en  forma  paradigmática  en  la  obra  de 
G.  Gutiérrez:  "Teología  desde  el  reverso  de  la  Historia".  Lima 
(Cep),  1977,  59  p. 

(4)  Texto  incluido  en  esta  obra. 

(5)  Cf.  Material  ya  publicado  en  Chile  sobre  este  tema:  Juan  Noemi 
(Director  de  Equipo):  "Pensamiento  Teológico  en  Chile.  Contri- 
bución a su  estudio.  I Epoca  de  la  Independencia  Nacional 
1810—1840".  En:  Anales  de  la  Facultad  de  Teología,  Vol  XXVII 
(1976)  Cuaderno  2,  163—386. 

(6)  Este  trabajo,  realizado  por  E.J.  Ortiz,  fue  publicado  en:  Iglesia 
Pascual,  Venezuela,' Año  V,  Enero-Abril  1979,  70—89  . 

(7)  Valorizamos  los  trabajos  pioneros  ya  realizados  anteriormente  por 
Enrique  Dussel:  Sobre  la  Historia  de  la  Teología  en  América  La- 
tina. Artículo  publicado  en:  Liberación  y Cautiverio.  Encuentro 
Latinoamericano  de  Teología,  México,  1975,  19—68.  Este  trabajo 
ha  sido  revisado,  ampliado,  y reformulado  por  el  autor  para  el 
Encuentro  de  Lima  y se  incluye  en  esta  obra.  Roberto  Oliveros: 
Liberación  y Teología.  Génesis  y Crecimiento  de  una  Reflexión 
(1966—1976).  México,  1977,  490  pgs.  Juan  Villegas:  El  Estudio 
de  la  Teología  en  la  Epoca  Colonial.  Libro  Anual,  ITU,  Monte- 
video, 1977,  N°  4,  51—69.  Pablo  Richard:  Desarrollo  de  la  Teo- 
logía en  la  Iglesia  Latinoamericana:  1962—1968.  En:  La  Iglesia 
Latinoamericana  de  Medellín  a Puebla,  Bogotá  (CEHILA- 
CODECAL)  1979,  59-76. 


16 


PRIMERA  PARTE 


MARCO  TEORICO 
PARA  UNA  HISTORIA  DE  LA  TEOLOGIA 


OTTO  MADURO 


Apuntes  epistemológico-políticos  para  una 
historia  de  la  teología  en  América  Latina 


I.  INTRODUCCION:  LA  RESPONSABILIDAD 
DEL  HISTORIADOR 

Sepámoslo  o no,  querrámoslo  o no,  escribir  historia  es 
una  de  las  formas  de  hacer  historia.  Dicho  de  otro  modo, 
hacer  historia  escrita  es  hacer  historia  real,  es  una  de  las 
maneras  de  influir  en  la  historia  de  un  pueblo  y de  participar 
en  la  construcción  de  sus  alternativas,  de  su  devenir  y de  su 
destino  histórico.  Insisto:  que  lo  deseemos  o no,  que  nos 
demos  cuenta  o no,  así  es. 

¿Por  qué?  Porque  así  como  la  memoria  individual  de  la 
propia  biografía  de  una  persona  es  uno  de  los  elementos- 
clave  en  la  capacidad  de  esa  persona  para  conocer  su  situa- 
ción, comprenderla  y adueñarse  de  ella,  para  conocer  sus 
alternativas  y sus  limitaciones,  para  comprender  sus  recursos 
y sus  posibilidades,  y —por  ende—'  para  participar  decisi- 
vamente en  la  forja  de  su  propio  futuro  (dejando  de  ser  un 
mero  juguete  de  las  circunstancias  externas),  así  también  la 
memoria  histórica  del  propio  pasado  de  un  pueblo  es  uno  de 
los  elementos-clave  en  la  capacidad  de  ese  pueblo  para 
conocer  su  propia  situación,  para  comprenderla  y adueñarse 
de  ella,  para  conocer  sus  propias  limitaciones  y posibilidades, 
para  comprender  sus  propios  recursos  y alternativas,  y —por 


19 


lo  tanto—  para  poder  participar  decisivamente  en  la  forja  de 
su  propio  futuro  (dejando  igualmente  de  ser  un  mero  peón  de 
fuerzas  extrañas,  ajenas  a su  realidad  y a sus  necesidades).  Y, 
a sabiendas  o no,  por  omisión  o por  comisión,  son  los  histo- 
riadores profesionales  quienes  de  hecho,  en  nuestra  sociedad, 
cargan  con  la  mayor  responsabilidad  en  la  tarea  de  reconstruir 
I a memoria  histórica  de  nuestros  pueblos. 

La  manera,  pues,  como  los  historiadores  hagan  —o  dejen 
de  hacer—  la  historia  escrita  es  uno  de  los  elementos-clave, 
uno  de  los  factores  decisivos,  en  la  manera  como  los  pueblos 
participen  —o  dejen  de  participar—  en  la  factura  de  su  propia 
historia  real.  Según  y cómo  los  historiadores  escriban  la 
historia  de  un  pueblo,  así  verá  este  pueblo  su  pasado;  y según 
y cómo  un  pueblo  perciba  su  pasado,  así  podrá  este  pueblo 
participar  en  la  construcción  de  una  historia  a la  medida  de 
sus  posibilidades,  de  sus  esperanzas  y de  sus  necesidades. 

Lo  propio  — mutatis  mutandi—  sucede  con  la  historia  de 
la  Iglesia.  Máxime  cuando  en  Latinoamérica,  y más  parti- 
cularmente aún  en  las  masas  oprimidas  de  nuestro  continente, 
la  Iglesia  ha  jugado,  y juega  todavía  hoy,  un  papel  de  prime- 
rísima  importancia  en  la  construcción  de  la  visión  de  nuestro 
pasado,  de  nuestra  situación  actual  y de  nuestras  alternativas 
y tareas  futuras.  Sepámoslo  o no,  querrámoslo  o no,  escribir 
historia  de  la  Iglesia  es  una  de  las  formas  de  construir  Iglesia. 
Dicho  de  otro  modo,  hacer  historia  escrita  de  la  Iglesia  es 
hacer  historia  real  de  la  Iglesia,  es  una  de  las  maneras  de 
influir  en  la  historia  del  pueblo  de  Dios  en  marcha  por  el 
mundo,  de  participar  en  la  construcción  de  sus  alternativas, 
de  su  devenir  y de  su  destino  histórico.  Insisto:  que  lo 
deseemos  o no,  que  nos  demos  cuenta  o no,  así  es. 

A sabiendas  o no,  por  omisión  o por  comisión,  son  los 
historiadores  profesionales  del  cristianismo  quienes  de  hecho, 
en  nuestra  sociedad,  cargan  con  la  mayor  responsabilidad  en 
la  tarea  de  reconstruir  la  memoria  histórica  de  nuestra  Iglesia, 
„ del  pueblo  de  Dios  en  marcha  por  el  continente  latino- 
americano. La  manera,  entonces,  como  los  historiadores  cris- 
tianos hagan  —o  dejen  de  hacer—  la  historia  escrita  de  nuestra 
Iglesia  es  uno  de  los  elementos-clave,  uno  de  los  factores 
decisivos,  en  la  manera  cómo  el  pueblo  de  Dios  participe  —o 
deje  de  participar—  en  la  forja  de  la  historia  real  de  su  propia 
Iglesia.  Según  y cómo  los  historiadores  cristianos  escriban  la 


20 


historia  de  la  Iglesia,  así  verá  su  pasado  el  pueblo  de  Dios, 
oprimido  y creyente,  de  América  Latina;  y según  y cómo  este 
pueblo  perciba  el  pasado  de  su  Iglesia,  así  podrá  este  pueblo 
participar  en  la  construcción  de  una  Iglesia  a la  medida  de  sus 
posibilidades,  de  sus  esperanzas  y de  sus  necesidades  ...  y 
según  y cómo  éste  nuestro  pueblo  latinoamericano,  oprimido 
y creyente,  construya  su  Iglesia,  así  construirá  su  futuro 
todo. 


II.  LA  HISTORIA:  TAREA  PARCIALIZADA 
(ALGUNAS  HIPOTESIS) 

Escribir  historia  no  es,  pues,  una  tarea  inocente,  neutra 
ni  ¡mparcial.  Tampoco  el  escribir  historia  de  la  Iglesia  o —más 
ampliamente—  historia  del  pensamiento  cristiano.  Y ello  no 
sólo  por  las  razones  expuestas  en  cuanto  a la  responsabilidad 
social  del  historiador. 

Escribir  historia  es  una  tarea  que  se  realiza  en  y desde  un 
momento  histórico. Cada  momento  histórico  crea,  con  sus 
peculiaridades  características,  una  perspectiva  histó- 
rico-concreta  sobre  la  realidad:  plantea  problemas,  destaca 
aspectos,  propone  categorías  interpretativas,  margina  facetas 
y dota  de  instrumentos  intelectuales.  Por  ello  decía  Bene- 
detto  Croce  que  "toda  historia  es  historia  contemporánea". 
Porque  el  historiador  ve  el  pasado  desde  su  perspectiva 
presente,  desde  la  experiencia  específica  de  su  contem- 
poraneidad. Y difícilmente  —mucho  más  si  desconoce  este 
hecho  mismo—  puede  el  historiador  escapara  los  condiciona- 
mientos de  su  tiempo,  a la  perspectiva  de  su  propia  época. 
Y,  cuando  escapa,  apenas  lo  logra  parcialmente. 

Escribir  historia  es  una  tarea  que  se  realiza  en  y desde 
una  posición  social  específica  en  conflicto  con  otras.  Ningún 
historiador  es  un  ángel  por  encima  de  su  época  y de  su  socie- 
dad. No.  Todo  historiador  es  persona  de  su  época  y de  su 
medio  social.  Y,  como  miembro  de  un  grupo  social  específico 
—en  conflicto  con  otros—,  se  gana  su  sustento,  sufre  presiones 
e influencias,  comparte  — nolens  volens—  ciertos  intereses  y 
no  otros,  ve  ciertas  cosas  como  normales  y otras  como  abe- 
rrantes, percibe  ciertas  alternativas  como  deseables  y otras 
como  repugnantes;  como  decía  Aristóteles  del  ser  humano  en 


21 


general,  también  el  historiador  es  un  "animal  político".  Y sus 
tareas  como  historiador  —sus  selecciones,  jerarquizaciones, 
valoraciones,  descripciones  e interpretaciones—  están  también 
condicionadas  por  su  lugar  en  la  "polis”,  por  su  posición 
social.  Por  supuesto,  el  mismo  conocimiento  de  la  historia 
puede  contribuir  a que  el  historiador  sospeche,  descubra,  rela- 
tivice,  cuestione,  e incluso  modifique  y supere  parcialmente 
los  condicionamientos  que  su  labor  de  historiador  sufre  a 
partir  de  su  propia  condición  social.  Sin  duda.  Pero  para  ello 
hace  falta  que  el  historiador  —en  algún  momento—  reconozca 
que  su  posición  social,  en  conflicto  con  otras,  limita  y orienta 
su  quehacer  en  cuanto  historiador. 

Escribir  historia  es  una  tarea  que  se  realiza  en  y desde  un 
proyecto  histórico  en  conflicto  con  otros.  Consciente  o 
inconscientemente,  todo  historiador  comparte  ciertas  valora- 
ciones —y  no  otras—  acerca  del  pasado,  del  presente  y de  las 
alternativas  futuras  de  su  propia  sociedad.  En  esa  misma 
medida,  participa  de  un  cierto  proyecto  histórico  para  su 
propia  sociedad,  y rechaza  otros.  Insisto:  a sabiendas  o no.  Es 
más:  el  "desinteresarse  de  la  política"  de  algunos  histo- 
riadores es  una  forma  de  participar  de  uno  de  los  proyectos 
históricos  vigentes  (que  generalmente  coincide  con  el  pro- 
yecto dominante)  y de  rechazar  otros.  Y,  en  cualquier  caso, 
la  opción  consciente  o inconsciente  por  uno  de  los  proyectos 
históricos  en  conflicto  condiciona  —también—  la  reescritura 
del  pasado:  de  nuevo,  las  selecciones,  jerarquizaciones,  valora- 
ciones, relaciones,  descripciones  e interpretaciones  de  los 
documentos  se  ven  sometidas  al  influjo  del  proyecto  histórico 
compartido  por  el  historiador.  Negar  esta  hipótesis  —lo  cual 
es  perfectamente  posible,  e incluso  fácil—  es,  también,  un 
modo  de  compartir  un  cierto  proyecto  histórico  en  conflicto 
con  otros,  pero  impidiéndose  a sí  mismo  el  sospechar, 
descubrir,  relativizar,  cuestionar,  e incluso  modificar  el 
proyecto  histórico  que  uno  comparte  y que  influye  en 
nuestra  labor  de  historiadores. 

Escribir  historia,  en  fin,  es  una  tarea  que  se  realiza  en  y 
desde  una  corriente  de  pensamiento  opuesta  a otras.  El  histo- 
riador no  concibe  sus  ideas  ni  por  revelación,  ni  por  gene- 
ración expontánea  ni  por  imaginación  creadora  de  la  nada. 
No.  El  historiador  toma  sus  conceptos,  sus  temas,  su  meto- 
dología y sus  orientaciones  interpretativas  de  una  tradición 


22 


intelectual  opuesta  a otras.  Esta  "escuela”  o tradición 
intelectual  le  brinda,  a la  vez,  las  posibilidades,  los  límites  y las 
orientaciones  de  su  investigación  histórica,  condicionándola 
en  gran  medida.  Obviamente,  el  historiador  puede  —en  éste 
como  en  otros  aspectos  de  su  labor—  develar,  confrontar  y 
transformar  el  arsenal  de  conceptos  y palabras,  de  instru- 
mentos y técnicas,  que  le  han  sido  legados  por  una  cierta 
corriente  de  pensamiento  en  oposición  a otras.  Y esta 
posibilidad  se  hará  tanto  mayor  cuanto  mayor  sea,  también, 
la  conciencia  del  peso  que  sobre  su  labor  ejerce  su  inserción 
en  una  cierta  tradición  intelectual.  Más  que  dejarse  arrastrar 
por  la  corriente,  de  lo  que  se  tratará  es  de  conocer,  reconocer 
y examinar  los  conceptos,  los  instrumentos  de  pensamiento, 
las  técnicas  de  investigación,  los  temas  de  reflexión  y los 
medios  de  expresión  que  usualmente  se  adoptan,  así  como 
aquéllos  que  se  rechazan. 

Podría  resumir  estas  cuatro  hipótesis  complementarias 
diciendo  que  escribir  historia  es  una  tarea  situada  objeti- 
vamente (es  decir,  independientemente  de  la  voluntad  del 
sujeto  de  tal  tarea).  Escribir  historia  es  una  tarea  situada 
histórica,  social,  política  e intelectualmente.  Y esta  cuádruple 
situación  del  quehacer  del  historiador  constituye  las  posibi- 
lidades, los  límites  y las  orientaciones  fundamentales,  a partir 
de  ios  cuales  se  efectúa  la  escritura  de  la  historia,  condi- 
cionándola. 


III.  ESCRIBIR  HISTORIA  DE  LA  IGLESIA 

Escribir  historia  de  la  Iglesia  es,  también,  tarea  situada. 
Y se  podría  decir  que  cada  una  de  las  cuatro  facetas  de  la 
situación  objetiva  de  cualquier  historiador  —que  condicionan, 
pues,  su  labor—  se  duplica  específicamente  cuando  se  trata  de 
hacer  historia  de  la  Iglesia. 

En  efecto,  objetivamente,  no  es  lo  mismo  escribir  la 
"Historia  de  la  Iglesia  española  en  el  siglo  XVI"  en  Perú  que 
escribirla  en  Suiza.  Pero,  aún  en  Suiza,  no  es  lo  mismo  escri- 
bir tal  historia  antes  del  Concilio  Vaticano  II  que  después  de 
éste. 

Del  mismo  modo,  no  es  lo  mismo  escribir  una  "Historia 
de  la  Inquisición  en  Hispanoamérica"  siendo  uno  miembro  de 


23 


la  nobleza  española  que  siendo  uno  hijo  de  obreros  metalúr- 
gicos vascos.  Y,  aún  siendo  uno  hijo  de  obreros  metalúrgicos 
vascos,  no  es  lo  mismo  escribir  esa  historia  siendo  uno  Obispo 
de,  p.  ej.,  Bilbao,  que  siendo  uno  militante  de  la  JOC  de  San 
Sebastián. 

Igualmente,  no  es  lo  mismo  escribir  una  "Historia  de  las 
relaciones  Iglesia-Estado  en  el  Virreinato  de  la  Nueva  Gra- 
nada" siendo  uno  socialista  que  siendo  uno  democristiano. 
Pero,  aún  suponiendo  uno  a varios  historiadores  católicos 
democristianos,  será  diversa  la  versión  de  tal  historia  por 
parte  de  un  democristiano  nicaragüense  simpatizante  de  la 
Teología  de  la  liberación  de  la  de  un  democristiano  domi- 
nicano incorporado  a la  Renovación  carismática. 

En  fin,  no  es  lo  mismo  escribir  una  "Historia  de  la 
doctrina  católica  oficial  sobre  Derechos  Humanos  en  Francia, 
del  siglo  XVIII  al  XX"  siendo  uno  filósofo  y literato  de  for- 
mación, que  siendo  uno  sociólogo  y economista  de  formación. 
Pero,  aún  en  el  último  caso,  será  diferente  el  resultado  de  una 
tal  investigación  emprendida  por  alguien  de  formación  estric- 
tamente tomista  en  España,  que  otro  de  formación  hegeliana 
en  Lovaina. 

En  pocas  palabras,  escribir  historia  de  la  Iglesia  es  una 
tarea  situada  dentro  y fuera  de  la  Iglesia.  Es  una  tarea  condi- 
cionada también,  entonces,  por  el  específico  momento  de  la 
historia  de  la  Iglesia  en  el  que  se  encuentra  ubicado  el  histo- 
riador, por  la  posición  institucional  —en  conflicto  con  otras— 
que  el  historiador  ocupa  en  el  seno  de  la  organización  ecle- 
siástica, por  el  proyecto  de  Iglesia  al  cual  el  historiador 
—rechazando  otros  proyectos—  adhiere,  y por  la  tradición 
filosófico-teológica  con  la  cual  —en  oposición  a otras  tradi- 
ciones eclesiales—  se  identifica  el  mismo  historiador. 

Una  vez  más,  se  puede  resumir  lo  dicho  subrayando  que 
el  escribir  historia  de  la  Iglesia  es  una  tarea  situada  objeti- 
vamente (independiente,  pues,  de  la  voluntad  del  histo- 
riador), tanto  dentro  como  fuera  de  la  Iglesia.  Escribir 
historia  de  la  Iglesia  es  una  tarea  situada  histórica,  social, 
política  e intelectualmente  tanto  en  la  sociedad  global  como 
en  el  seno  de  la  institución  eclesiástica.  Y esta  múltiple  situa- 
ción objetiva  del  historiador  de  la  Iglesia  constituye  las 
posibilidades,  los  límites  y las  orientaciones  a partir  de  los 
cuales  efectúa  su  escritura  de  la  historia  de  la  Iglesia. 


24 


Estas  hipótesis  no  implican,  en  lo  absoluto,  que  el  histo- 
riador sea  un  juguete  anónimo  de  fuerzas  impersonales.  No. 
Ni  pretenden  tampoco  estas  hipótesis  negar  la  capacidad 
crítica,  imaginativa,  creadora  y transformadora  del  quehacer 
del  historiador.  Todo  lo  contrario:  si  algo  pretenden  estas 
hipótesis  es  resituar  conscientemente  al  historiador  de  la 
Iglesia  en  el  seno  de  la  objetividad  a partir  de  la  cual  escri- 
bimos nuestra  historia.  Y ello  apunta,  precisamente,  a 
potenciar  positivamente  (más  allá  de  la  simple  buena  volun- 
tad) esa  capacidad  crítica,  imaginativa,  creadora  y trans- 
formadora del  historiador.  Pero,  justamente,  pienso  que  el 
historiador  sólo  puede  superar  las  condiciones  de  producción 
de  su  tarea  transformándolas,  y,  para  poderlas  transformar  es 
indispensable,  primero,  conocer  esas  condiciones  que  posi- 
bilitan, limitan  y orientan  su  quehacer.  Descubrir,  conocer, 
reconocer,  analizar,  cuestionar  y criticar  tales  condicio- 
namientos me  parece  ser  la  única  vía  factible  para  superarlos, 
es  decir,  para  transformarlos.  El  negar  y menospreciar  tales 
condiciones,  en  cambio,  me  parece  ser  el  clásico  —y  tradi- 
cionalmente fallido—  camino  hacia  la  felix  culpa  del  prisio- 
nero que  se  cree  libre. 

Si  queremos  ser  dueños  —y  no  juguetes—  de  nuestra 
historia  futura,  tenemos  que  conocer  nuestra  historia  pasada, 
pero,  para  ello,  tenemos  que  sabernos  primero  prisioneros  —y 
no  dueños  todavía — de  nuestra  historia  presente. 

IV.  EL  PROBLEMA  EN  NUESTRA  AMERICA  ACTUAL: 

OPTAR 

Todo  lo  que  hemos  venido  señalando  me  parece  —quizás 
me  equivoco—  tanto  más  válido  y grave  para  nuestra  Lati- 
noamérica contemporánea  y para  nuestra  Iglesia  latino- 
americana. 

Escribir,  en  y desde  América  Latina,  una  historia  de  la 
Iglesia  latinoamericana,  una  historia  de  la  teología  en  Amé- 
rica Latina,  una  historia  del  pensamiento  cristiano  latino- 
americano, es  una  grave  y urgente  responsabilidad. 

¿Por  qué  urgente ? Porque  millones  de  latino- 
americanos, oprimidos  y creyentes,  toman  cada  vez  más  con- 
ciencia de  su  opresión,  de  la  injusticia  de  la  misma,  de  la 


25 


necesidad  y de  la  posibilidad  de  liberarse  de  tal  opresión  cons- 
truyendo una  historia  suya.  Porque  estos  millones  de  latino- 
americanos, oprimidos  y creyentes,  encuentran  en  su  fe  cris- 
tiana la  denuncia  de  la  opresión,  hallan  en  el  mensaje  evan- 
gélico la  crítica  de  la  injusticia  y perciben  en  la  Iglesia  la 
esperanza  y el  camino  de  su  liberación.  Y,  en  esta  situación 
de  emergencia  —en  el  doble  sentido  de  este  término—,  esos 
millones  de  latinoamericanos,  oprimidos  y creyentes,  nece- 
sitan adueñarse  de  su  pasado  socioeclesial  para  resituarse 
conscientemente  en  su  presente  concreto  y poder  entonces 
tomar  en  sus  manos  las  riendas  de  su  destino  futuro.  En  esta 
situación  de  emergencia  es  pues,  urgente  (re)escribir  la  his- 
toria de  nuestra  Iglesia  en  y desde  esta  América  poblada  de 
millones  de  oprimidos  creyentes. 

¿Y  grave , por  qué?  Porque  lo  que  suceda  en  el  próximo 
siglo,  y en  los  siglos  por  venir,  con  este  pueblo  creyente  de 
América  Latina  dependerá,  en  gran  medida,  de  cómo  este 
pueblo  perciba  a su  Iglesia  y de  cómo  la  Iglesia  se  sitúe  en 
relación  a este  pueblo.  Pero,  asimismo,  cómo  el  pueblo  latino- 
americano vea  a su  Iglesia,  y cómo  la  Iglesia  se  sitúe  en  rela- 
ción a éste,  su  pueblo,  dependerá,  en  mucho,  de  cómo  este 
pueblo  y su  Iglesia  reconstruyan  la  historia  de  la  Iglesia,  de 
cómo  recuperen  la  memoria  histórica  del  pueblo  de  Dios  en 
marcha  por  las  tierras  latinoamericanas,  de  cómo  rehagamos 
nuestra  identidad  eclesial  latinoamericana.  En  esta  decisiva 
situación  es,  pues,  grave  responsabilidad  la  de  (re)escribir  la 
historia  de  la  Iglesia  en  y desde  este  subcontinente  oprimido  y 
creyente. 

Se  objetará  que  me  salgo  de  tema,  que  —en  el  mejor  de 
los  casos—  hago  aquí  teología  política  (o,  peor,  mala  poesía), 
pero  no  epistemología  de  la  historia.  Puede  ser;  quizás.  Mas, 
sin  embargo,  estoy  convencido  de  que  escribir  historia  del 
pensamiento  cristiano  en  Latinoamérica  implica,  además  de 
una  opción  "teórico-epistemológica",  una  previa  opción 
teológico-política  fundamentante  de  la  opción  teórico- 
epistemológica:  una  opción  que  puede  ser  sabida  —y  asumida 
consciente  y críticamente—  o que  puede  ser  simple  y llana- 
mente sufrida  —y  aceptada  de  modo  inconsciente,  pasivo  y 
resignado. 


26 


Dicho  de  manera  más  sencilla:  el  proyecto  de  Iglesia  y el 
proyecto  de  sociedad  a los  cuales  adheramos  nos  indicarán, 
en  ciernes,  la  teoría  del  conocimiento  y la  teoría  de  la 
historia  que  guiarán  nuestras  investigaciones.  E,  indirec- 
tamente, la  teoría  del  conocimiento  y de  la  historia  que 
asumamos  limitarán  y orientarán  el  curso,  los  resultados  y el 
uso  social  táctico  de  nuestras  propias  investigaciones  histó- 
ricas. 

Que  escribir  historia  sea  una  tarea  objetivamente  situada 
y condicionada  significa,  también,  que  las  consecuencias  de 
nuestro  investigar  y publicar  historia  son  bastante  inde- 
pendientes de  nuestra  voluntad:  esas  consecuencias  depen- 
den, en  enorme  e ineludible  medida,  del  contexto  histórico- 
social  y político-intelectual  en  el  cual  “caigan"  nuestras 
investigaciones  —dentro  y fuera  de  la  Iglesia—,  y de  las 
fuerzas  sociales  en  pugna  por  apropiarse  de  la  producción 
intelectual  recibida  en  ese  contexto.  No  es  el  historiador 
aislado  quien  decide  la  suerte  de  sus  textos:  es  el  historiador 
situado  socialmente  en  un  contexto  histórico-concreto. 

Podemos,  sin  duda,  negarnos  a optar  teológico- 
pol  íticamente.  Podemos,  igualmente,  negarnos  a optar 
teórico-epistemológicamente.  Podemos  rechazar  la  inevita- 
bilidad  de  escoger  un  proyecto  de  Iglesia  y un  proyecto  de 
sociedad.  Claro  que  podemos.  Empero,  esta  ausencia  de 
opción  está  igualmente  situada  en  un  contexto  socioeclesial 
objetivo,  tanto  más  independiente  de  nuestra  voluntad 
cuanto  que  renunciemos  a discernir  críticamente  su 
contextura  y sus  implicaciones.  Y,  por  demás,  esta  “ausencia 
de  opción"  se  traducirá  generalmente  en  una  identificación 
—ignorada  y por  ello  más  sólida—  con  el  proyecto 
actualmente  predominante  de  Iglesia  y con  el  proyecto  domi- 
nante de  sociedad.  Dicho  más  simplemente:  negarse  a optar 
es  optar  por  el  orden  establecido  y renunciar  a transformarlo. 

En  este  orden  de  ¡deas,  tal  vez  vale  la  pena  explicitar  una 
cuestión  de  fondo  más,  antes  de  cerrar  este  punto.  Se  habrá 
notado  que  mis  reflexiones  están  marcadas  por  una  percep- 
ción confiictuai  de  la  sociedad.  Por  ejemplo,  he  hablado  de 
que  el  historiador  se  sitúa  —dentro  y fuera.de  la  Iglesia—  en 
una  posición  social  en  conflicto  con  otras,  en  un  proyecto  de 
Iglesia  en  oposición  a otros,  etc.,  etc.  Es  cierto,  y esto  forma 
parte  medular  de  mis  propias  opciones  teológico-políticas  y 


27 


teórico-epistemológicas.  Pienso  que  la  realidad  socioeclesial 
latinoamericana  ha  mostrado  un  tal  grado  de  conflictividad, 
que  la  única  manera  eficaz  de  trabajar  por  una  trans- 
formación radical  de  esa  realidad  es  partiendo  de  su  carácter 
radicalmente  conflictivo.  No  creo  que  la  manera  de  superar 
los  conflictos  sea  negándolos  ni  ocultándolos.  No.  Estoy 
convencido  —y  en  esto  me  reúno  parcialmente  con  quienes 
niegan  los  conflictos—  que  hay  que  superar  esta  situación. 
Pero  estoy  igualmente  convencido  de  que  superar  los  con- 
flictos exige  transformar  las  condiciones  de  producción  de  los 
mismos.  Y esto  último  implica  reconocer  los  conflictos  asu- 
miendo —hasta  sus  últimas  consecuencias  teóricas  y prác- 
ticas— el  carácter  radicalmente  conflictivo  de  la  situación 
socioeclesial  latinoamericana  contemporánea.  Negarlo,  en 
lugar  de  asumirlo,  me  parece  tan  sólo  la  manera  más  cómoda 
de  contribuir  a perpetuar  los  conflictos  lavándose  —simultá- 
neamente— las  manos  de  toda  responsabilidad  en  los  mismos. 

Por  ello,  insisto:  escribir  historia  del  pensamiento  cris- 
tiano en  y desde  la  América  Latina  contemporánea  implica 
optar  entre  varias  alternativas  teológico-políticas  y teórico- 
epistemológicas  en  conflicto. 


V.  EL  OBJETO:  UN  PENSAMIENTO  SITUADO 

Así  como  hemos  propuesto  considerar  el  escribir  his- 
toria como  una  tarea  situada,  quiero  ir  ahora  más  allá,  para 
referirme  al  objeto  de  la  historia  y,  más  específicamente,  al 
objeto  de  la  historia  de  la  teología  y del  pensamiento  cris- 
tiano, es  decir,  a la  teología  y al  pensamiento  cristiano 
mismos  en  cuanto  objetos  de  estudio  histórico. 

La  hipótesis  que  quiero  proponer  al  respecto  es  la 
siguiente:  la  teología  es  el  producto  de  un  trabajo  social- 
mente  situado.  Tanto  este  trabajo  (leer,  escuchar,  reflexionar, 
discutir,  escribir  y exponer),  como  el  producto  del  mismo  (la 
teología  propiamente  dicha),  están  ambos  —en  cada  caso 
específico  de  estudio—  situados  en  un  contexto  sociohis- 
tórico  peculiar.  El  trabajo  de  producir  teología  puede, 
entonces,  ser  considerado  como  un  proceso  de  producción 
situado  en  un  contexto  social  concreto,  es  decir,  como  un 
proceso  social  de  producción.  Igualmente,  la  teología  —en 


28 


cuanto  resultado  de  ese  proceso—  puede  ser  considerada 
como  el  producto  socialmente  situado  de  aquel  proceso,  es 
decir,  como  el  producto  social  de  un  proceso  situado  en  un 
contexto  específico. 

Por  supuesto,  un  proceso  'x'  puede  estar  situado  en  un 
contexto  'y'  sin  que  el  contexto  afecte  al  proceso  ni  el 
proceso  al  contexto.  Empero,  cuando  aquí  hablo  de  la  teo- 
logía como  producto  de  un  trabajo  socialmente  situado, 
quiero  significar  con  ello  —precisa  y explícitamente—  que  la 
teología  afecta  a,  y es  afectada  por,  el  contexto  social  con- 
creto en  el  que  la  teología  (en  cada  caso  específico)  es  produ- 
cida. En  otros  términos,  cuando  digo  que  la  teología  es  el 
producto  social  de  un  proceso  social  de  producción,  cuando 
digo  que  la  teología  es  el  producto  de  un  proceso  socialmente 
situado,  con  ello  quiero  significar  que  el  contexto  social  espe- 
cífico en  el  que  se  produce  toda  teología  forma  parte  inte- 
grante, constitutiva,  sustancial,  de  la  teología  misma.  Dicho 
todavía  de  otro  modo:  no  se  puede  entender  un  texto  teoló- 
gico fuera  del  contexto  social  de  su  producción  y difusión. 
Las  condiciones  sociales  de  producción  de  toda  teología  cons- 
tituyen a esa  teología  en  parte  de  lo  que  ella  es. 

La  teología  no  es  simplemente  el  trabajo  inmediato, 
libre,  directo,  espontáneo  y unívoco  de  reflexión  sobre  el 
dato  revelado.  No.  Toda  teología  es  un  trabajo  mediato, 
(mediado,  condicionado,  indirecto  y ambiguo)  de  reflexión 
sobre  un  dato  revelado  mediatamente  percibido.  En  esta 
misma  medida,  es  decir,  en  la  medida  en  que  ninguna  teología 
es  reflexión  inmediata  y aislada  sobre  el  dato  revelado,  sino 
reflexión  mediata  y situada  sobre  tal  dato,  en  tal  medida 
—digo—,  toda  teología  esta  constituida  (parcial  pero  sustan- 
cialmente) en  y por  esas  mediaciones  a través  de  las  cuales  es 
percibido  el  dato  revelado  y a través  de  las  cuales  es  trabajada 
reflexivamente  esa  percepción  del  dato  revelado.  Parte,  al 
menos,  de  esas  mediaciones,  a través  de  las  cuales  se  hace 
toda  teología,  son  mediaciones  sociales,  mediaciones  propias 
del  contexto  social  concreto  en  el  cual  se  elabora  cada  refle- 
xión teológica  particular. 

Esta  hipótesis,  a saber,  que  toda  teología  es  producto  de 
un  trabajo  socialmente  situado  y que  esta  situación  consti- 
tuye a cada  teología  en  su  especificidad,  no  es  una  hipótesis 
en  modo  alguno  inocua,  indiferente,  para  el  estudio  de  la 


29 


historia  de  la  teología.  Al  contrario.  Esta  hipótesis  implica 
que,  para  entender  un  texto  teológico  en  su  justa  dimensión, 
hay  que  conocer  el  contexto  social  de  su  producción  y 
difusión.  El  conocimiento  del  contexto  es  condición 
necesaria  —aunque  en  modo  alguno  suficiente—  para  entender 
el  texto.  Por  lo  cual,  entonces,  si  partimos  de  esta  hipótesis, 
una  historia  de  la  teología  exigirá  tanto  un  conocimiento  del 
contexto  social  de  la  producción  teológica  como  una  reubi- 
cación de  la  producción  teológica  en  el  seno  de  tal  contexto. 


VI.  COMPLEJIDAD  Y CONFLICTIVIDAD  DEL  CONTEXTO 
DE  LA  PRODUCCION  TEOLOGICA 

Ahora  bien,  para  contribuir  a afinar  la  hipótesis  de 
marras,  quiero  proponer  a consideración  dos  aspectos  del 
contexto  socioeclesial  latinoamericano,  aspectos  que  tengo 
por  extraordinariamente  significativos  para  la  producción  y la 
comprensión  de  la  teología  en  nuestras  latitudes.  Esos  dos 
aspectos  son  la  complejidad  y la  conf actividad  del  contexto 
socioeclesial  latinoamericano,  del  contexto  de  producción  de 
la  teología  en  América  Latina.. 

En  efecto,  la  teología  no  es  simplemente  producida  en  el 
seno  de  una  sociedad  determinada.  No.  La  teología  es  produ- 
cida en  el  seno  de  una  Iglesia  ubicada  en  una  sociedad.  Y este 
hecho  no  es  indiferente  ni  secundario  para  la  producción  teo- 
lógica (ni,  tampoco,  para  entender  esta  producción).  En  esto 
consiste,  para  mí,  la  principal  complejidad  de  las  condiciones 
de  producción  de  la  teología  en  Latinoamérica.  En  primer 
lugar,  que  la  producción  teológica  está  situada  en  contexto 
eclesial,  en  una  Iglesia  visible  con  sus  tradiciones,  sus  normas, 
su  organización,  sus  grupos,  sus  códigos  y lenguaje,  sus  recur- 
sos y limitaciones,  sus  exigencias  y posibilidades,  sus  intereses 
y orientaciones.  Esta  realidad  social  de  la  Iglesia  —que  rebasa 
el  simple  ámbito  de  una  sociedad  nacional  particular- 
establece  un  conjunto  concreto  (e  históricamente  variable)  de 
límites  y tendencias  que  afectan  a la  producción  teológica 
elaborada  en  su  seno.  Por  ello,  para  comprender  la  génesis,  la 
elaboración,  el  sentido  y las  repercusiones  de  una  cierta  pro- 
ducción teológica,  es  preciso  conocer  el  contexto  eclesial 
específico  en  el  que  tal  producción  se  ha  realizado.  Pero  no 
basta.  Porque,  en  segundo  lugar,  la  Iglesia  misma  está  situada 


30 


en  un  contexto  social  específico  más  amplio,  en  una  sociedad 
con  sus  tradiciones,  normas,  organización,  clases  sociales, 
códigos,  lenguaje,  recursos  y limitaciones,  exigencias  y posibi- 
lidades, intereses  y orientaciones.  Esta  realidad  macrosocial 
—que  rebasa  el  simple  ámbito  de  una  Iglesia  establece  igual- 
mente un  conjunto  concreto  (e  históricamente  variable)  de 
límites  y tendencias  que  afectan  a la  producción  teológica 
elaborada  en  su  interior.  Por  ello,  del  mismo  modo,  para 
comprender  la  génesis,  la  elaboración,  el  significado  y las  im- 
plicaciones de  una  producción  teológica,  es  necesario  conocer 
el  contexto -macrosocial  específico  en  el  que  esa  producción 
ha  sido  realizada. 

Pero,  por  otra  parte,  tanto  el  contexto  eclesial  como  el 
contexto  macrosocial  latinoamericanos  son  realidades  carac- 
terizadas por  la  dominación,  la  dependencia  y el  conflicto  de 
intereses  opuestos.  La  producción  teológica  se  realiza  en 
medio  -de  una  situación  de  dominación  y de  conflicto  que 
afecta  directa  y/o  indirectamente  la  elaboración,  la  difusión, 
la  interpretación  y las  funciones  sociales  de  la  teología;  que 
afecta,  pues,  la  forma  y el  contenido,  la  génesis  y el  destino 
de  toda  producción  teológica.  No  hay  que  olvidar  que,  en  una 
sociedad  de  clases,  en  una  sociedad  dominada  y dependiente 
como  la  latinoamericana,  la  dominación  no  afecta  sólo  la  vida 
material  de  las  personas.  No.  También  \os  esquemas  de  inter- 
pretación de  la  realidad  (y,  por  lo  mismo,  los  esquemas  de 
interpretación  del  dato  revelado)  están  sometidos  a los 
valores,  las  ¡deas,  los  intereses  y las  actitudes  de  los  grupos 
poderosos.  Pero  no  hay  que  olvidar,  tampoco,  que  no  hay 
dominación  sin  conflicto,  sin  lucha  de  los  dominantes  por 
perpetuar  sus  privilegios,  ni  sin  lucha  de  los  dominados  por 
liberarse  de  la  opresión.  Y esta  lucha  no  afecta  tan  sólo  la 
vida  material  de  las  personas,  sino,  igualmente,  sus  esquemas 
de  interpretación  de  la  realidad,  según  la  posición  social,  el 
proyecto  de  sociedad,  el  momento  histórico  y la  corriente  de 
pensamiento  en  la  que  cada  uno  se  sitúa  y ello  repercute, 
también,  en  la  interpretación  del  dato  revelado.  Por  ello, 
pues,  para  comprender  la  génesis,  la  elaboración,  la  signi- 
ficación y las  consecuencias  de  una  producción  teológica 
dada,  es  conveniente  conocer  las  relaciones  de  dominación  y 
los  conflictos  de  intereses  —dentro  y fuera  de  la.  Iglesia—  en 
los  que  se  ubica  esa  misma  producción  teológica. 


31 


Vil.  LA  TRIPLE  RELACION  TEXTO/CONTEXTO 


Para  terminar  de  afinar,  de  precisar,  esta  hipótesis  inter- 
pretativa para  una  historia  de  la  teología  en  América  Latina, 
quisiera  ahora  —en  esta  sencilla  aproximación  al  problema- 
proponer  a consideración  tres  rasgos  característicos  de  la 
relación  de  la  producción  del  texto  teológico  con  sus  condi- 
ciones sociales  de  producción.  O,  si  se  prefiere,  voy  a destacar 
tres  relaciones  significativas  de  la  producción  del  texto 
teológico  con  su  contexto  social. 

Estas  tres  relaciones  son  las  siguientes:  (1)  deter- 
minación estructural  del  texto  por  el  contexto;  (2)  auto- 
nomía relativa  de  la  producción  del  texto  con  respecto  al 
contexto;  y (3)  eficacia  específica  del  texto  sobre  el 
contexto.  Como  se  comprenderá,  estas  tres  relaciones  son 
estrechamente  interdependientes  e,  históricamente,  se 
influencian  recíprocamente. 

Cuando  decimos  que  hay  una  determinación  estructural 
del  texto  por  el  contexto,  queremos  decir  que  la  elaboración, 
la  difusión,  el  destino,  la  interpretación  y las  consecuencias 
de  un  texto  teológico  son  parcialmente  independientes  de  la 
voluntad  de  su  autor:  dependen,  más  bien,  de  la  estructura 
objetiva  de  las  relaciones  sociales  preexistentes  fuera  de  la 
Iglesia.  Esa  estructura  objetiva  impone  posibilidades,  limites  y 
tendencias  que  determinan  ciertas  características  posibles 
(otras  imposibles  y otras  tendenciales)  de  la  producción  teo- 
lógica, de  su  elaboración,  difusión,  interpretación,  destino  y 
consecuencias.  Del  mismo  modo  que  hay  obstáculos  objetivos 
(de  tipo  sociolingüístico)  para  la  difusión  de  una  teología 
escrita  en  chino  en  un  contexto  quechua,  hay  límites 
objetivos  de  otra  índole  para  la  difusión  de  ciertos  temas  y 
enfoques  teológicos  —en  ciertos  contextos—  aún  cuando  el 
idioma  sea  perfectamente  comprensible  para  sus  destinatarios. 
Hay  enfoques  teológicos  que  provocarán  la  prohibición  por 
parte  de  los  gobernantes  de  una  sociedad;  otros  que  provo- 
carán conflictos  Iglesia-Estado;  otros,  en  fin,  que  no  tendrán 
acogida  alguna,  ni  positiva  ni  negativa.  Ciertas  ¡deas 
teológicas  reforzarán  la  dominación,  otras  vigorizarán  las 
luchas  de  liberación  de  los  oprimidos,  otras  —en  fin—  no 
repercutirán  en  los  conflictos  sociales.  Pero,  en  cualquiera  de 
estos  casos,  la  reacción  suscitada  por  la  producción  teológica 


32 


repercutirá,  de  nuevo,  en  la  ulterior  reelaboración,  difusión, 
interpretación,  destino  y consecuencias  de  la  misma.  Es  de 
notar  que,  en  una  sociedad  de  clases,  la  dominación  social  se 
ejerce  también  sobre  la  producción  teológica,  por  lo  cual 
toda  producción  teológica  tiende  a ser  utilizada  en  función  de 
los  intereses  dominantes,  aunque  no  siempre  se  logra  esto.  En 
este  sentido,  pues,  el  contexto  ejerce  una  determinación, 
estructural,  objetiva,  sobre  la  génesis,  estructuración,  difusión 
y funciones  de  la  producción  teológica. 

Cuando  decimos  que  hay  una  autonomía  relativa  de  la 
producción  teológica  con  respecto  al  contexto  de  su  pro- 
ducción, queremos  significar  con  ello  que  la  producción  de 
un  texto  teológico  es  parcialmente  independiente  del  contex- 
to macrosocial  en  el  cual  se  realiza  esa  producción:  depende 
significativamente,  también,  de  las  condiciones  específicas  de 
la  teología  en  esa  coyuntura  particular,  así  como  de  las  condi- 
ciones internas  de  la  Iglesia  en  esa  misma  coyuntura.  Hay 
límites  internos  propios  del  discurso  bíblico,  de  la  tradición  y 
del  Magisterio  eclesiástico,  así  como  de  las  relaciones  institu- 
cionales internas  de  la  Iglesia  misma,  que  hacen  que  ciertas 
demandas  sociales  —aún  de  grupos  poderosos—  no  encuentran 
eco  en  la  teología  católica.  En  tales  condiciones,  hay  inicia- 
tivas teológicas  que  —bajo  ciertas  circunstancias—  provocarán 
la  exclusión  de  sus  promotores;  otras  que  provocarán  con- 
flictos internos  en  la  Iglesia,  o —simplemente—  harán  patentes 
ciertas  contradicciones  latentes;  otras  que  sucitarán  adhe- 
siones crecientes  dentro  de  la  Iglesia;  y otras,  por  último,  que 
no  tendrán  ni  pena  ni  gloria.  Pero,  en  cualquier  caso,  no  serán 
ni  únicamente  las  condiciones  macrosociales,  ni  exclusi- 
vamente las  limitaciones  y exigencias  internas  de  la  pro- 
ducción teológica  dentro  de  la  Iglesia,  sino  la  compleja  arti- 
culación de  ambos  factores,  lo  que  facilitará  o dificultará  el 
desarrollo  de  un  cierto  movimiento  teológico. 

Cuando,  en  tercer  lugar,  decimos  que  hay  una  eficacia 
específica  del  texto  sobre  el  contexto,  queremos  decir  que  no 
sólo  el  texto  es  parcialmente  dependiente  del  contexto,  no 
sólo  —tampoco—  es  el  texto  parcialmente  independiente  del 
contexto,  sino  que  las  transformaciones  del  contexto  social 
mismo  dependen  en  parte  de  la  producción  teológica 
realizada  en  su  seno.  Sí.  Toda  sociedad  y todo  grupo  social,  al 
igual  que  cualquier  persona,  necesitan  elaborar  una  imagen  de 


33 


la  realidad  para  poder  actuar  en  y sobre  su  ambiente.  En  una 
sociedad  predominantemente  religiosa  —como  la  latinoame- 
ricana— todo  grupo  social  precisa  de  una  cierta  visión  teológi- 
ca del  mundo  para  poder  orientarse  y actuar  en  su  contexto. 
Así,  la  presencia  de  ciertas  elaboraciones  teológicas  puede  ser 
extremadamente  útil,  a ratos  indispensable,  para  que  los  gru- 
pos poderosos  preserven  sus  privilegios  con  un  cierto  consen- 
so social.  La  ausencia  de  otras  elaboraciones  teológicas,  por 
otra  parte,  puede  convertirse  en  un  serio  obstáculo  a la  libera- 
ción de  los  oprimidos.  Pero,  asimismo,  ciertas  elaboraciones 
teológicas  servirán  a fortalecer  las  luchas  de  liberación  de  los 
oprimidos  y a debilitar  el  consenso  en  torno  a los  intereses  de 
los  poderosos.  En  cualquier  caso,  las  teologías  presentes  y 
ausentes  son  a menudo  decisivas  para  determinar  la  obstacu- 
lización o el  desarrollo  de  las  transformaciones  sociales 
siempre  posibles.  Y las  repercusiones  sociales  de  una  produc- 
ción teológica  cualquiera  condicionarán,  sin  duda,  las  reaccio- 
nes diferenciadas  de  los  dintintos  grupos  sociales  ante  la 
Iglesia  y,  por  lo  tanto,  el  ulterior  desarrollo  de  la  teología  en 
esa  sociedad. 

Se  puede  decir,  entonces  que  en  la  relación  que  toda 
producción  teológica  sostiene  con  el  contexto  social 
complejo  y conflictivo  que  la  condiciona,  esa  producción  es 
—a  la  vez—  resultado,  terreno  relativamente  autónomo  y 
factor  activo  de  la  complejidad  y conflictividad  de  aquel 
contexto  social. 

VIII.  ALGUNAS  PREGUNTAS-CLAVE 

Desde  el  punto  de  vista  de  la  hipótesis  propuesta,  no  es 
posible  ya  hacer  una  historia  de  la  teología  que  eluda  el  carác- 
ter constitutivo  del  contexto  social  con  respecto  a la  pro- 
ducción teológica.  No  es  posible  ya,  pues,  hacer  historia  de  la 
teología  obviando  el  estudio  de  las  relaciones  de  la  teología 
con  el  contexto  social.  Se  hace  preciso,  por  el  contrario, 
considerar  las  consecuencias  de  la  complejidad  y conflic- 
tividad de  cada  sociedad  —en  cada  caso  histórico  específico- 
sobre  la  producción,  difusión,  interpretación  y consecuencias 
de  la  teología.  Se  hace  necesario,  en  tal  sentido,  analizar  la 
determinación  estructural,  la  autonomía  relativa  y la  eficacia 
específica  de  cada  producción  teológica  en  el  contexto  con- 
creto de  su  marco  social  peculiar. 


34 


Por  esto,  para  comenzar  a cerrar  esta  aproximación  epis- 
temológica al  problema  de  una  historia  de  la  teología  en 
América  Latina,  voy  a dejar  unas  cuantas  preguntas  plan- 
teadas para  contribuir  a una  fértil  prolongación  de  estas  refle- 
xiones. 

Preguntémonos,  en  primer  lugar,  ¿se  trata  de  perpetuar 
el  ocultamiento  de  la  heterogeneidad  y de  los  conflictos 
teológicos  en  el  seno  de  la  Iglesia  con  una  historia  de  la 
teología  una,  "evolutivamente"  considerada?  ¿o  se  tratará, 
más  bien,  de  contribuir  a resolver  tales  conflictos  reco- 
nociendo su  existencia,  p.e.,  haciendo  una  historia  de  los 
diversos  movimientos  teológicos  en  conflicto,  en  avances  y 
retrocesos  desiguales? 

Luego,  ¿se  trata  de  hacer  historia  de  la  teología  consi- 
derando a ésta  como  creación  individual  aislada  e inspirada? 
¿o,  más  bien,  se  trataría  de  percibir  a la  teología  como  fruto 
social  de  un  complejo  y-ambiguo  conjunto  de  interacciones? 

Además,  ¿vamos  a continuar  presentando  como  la  Teo- 
logía —en  singular  y con  mayúsculas—  al  pensamiento  oficial 
de  la  Iglesia  en  una  coyuntura  determinada?  ¿o  nos  vamos  a 
abocar,  por  fin,  a estudiar  el  pensamiento  teológico  margi- 
nado, silenciado  y rebelde  en  cada  época? 

¿Proseguiremos  en  la  tradición  de  presentar  la  historia 
del  contexto  social  de  la  teología  como  un  marco  sin  más 
—un  puro  formalismo  retórico—,  cuya  evolución  es  percibida 
como  lineal  y continua ? ¿o  acaso  accederemos  a una  visión 
de  la  historia  como  proceso  conflictivo  de  dominación/ 
liberación,  proceso  abrupto  y discontinuo  como  pocos,  y 
enormemente  condicionante  de  la  producción  teológica? 

¿Vamos  a seguir  exponiendo  como  historia  la  historia  de 
los  resultados  de  los  conflictos  sociales,  aludiendo  —si  acaso— 
a estos  últimos  como  de  pasada?  ¿o  vamos  a concentrarnos 
en  la  historia  de  los  procesos  complejos  y conflictivos  que 
llevaron  a tales  resutados? 

¿Trillaremos  de  nuevo  los  caminos  de  la  historia  como 
narración  de  los  acuerdos  impuestos?  ¿o  avanzaremos  hasta 
una  historia  de  las  luchas  subyacentes  y silenciadas  que  se 
esconden  tras  aquellos  acuerdos? 


35 


¿Repetiremos  el  esquema  según  el  cual  las  ideas  son 
hijas  de  otras  ¡deas,  y nada  más?  ¿O  nos  plantearemos  la 
hipótesis  según  la  cual  las  ideas  son  hijas  del  contexto  social 
en  el  cual  fueron  producidas? 

¿Vamos  a seguir  reproduciendo  la  actitud  ingenua  según 
la  cual  la  razón  de  ser  de  un  pensamiento  teológico  se 
encuentra  en  las  intenciones  conscientes,  manifiestas,  de  su 
creador?  ¿o  procederemos  a descubrir  —más  allá  de  la 
voluntad  del  teólogo—  el  juego  de  intereses  microsociales  y 
macrosociales  que  lo  condujeron  a producir  ese  pensamiento 
teológico? 

¿Perpetuaremos  la  identificación  entre  objetivos  cons- 
cientes y resultados  efectivos?  ¿o  accederemos  a un  análisis 
de  las  funciones  sociales  de  la  producción  teológica  como 
realidad  objetiva,  independiente  de  la  voluntad  del 
productor? 

En  pocas  palabras  y en  resumen  ¿continuar  haciendo  lo 
que  ya  es  casi  tradición,  es  decir,  una  historia  de  la  domi- 
nación, sometida  a los  intereses  dominantes,  y,  por  lo  mismo, 
elusiva  de  toda  referencia  directa  a la  dominación?  ¿o 
comenzar  a hacer  una  historia  crítica  de  la  teología  en  medio 
de  las  luchas  de  liberación,  capaz  de  conocer  y reconocer  el 
carácter  constitutivo  de  las  luchas  de  liberación  de  los  opri- 
midos en  el  devenir  teológico? 

He  ahí  el  dilema. 

IX.  CONCLUSION:  ¿UNA  ALTERNATIVA  TEOLOGICA? 

Hacer  historia  de  la  teología  es  hacer  teología.  Pero 
¿cuál  teología?  "La  única”,  podrá  responderse,  "es  decir,  la 
verdadera".  Pero,  que  hay  varias  teologías  lo  muestra  y 
demuestra,  hasta  la  saciedad,  el  hecho  de  la  coexistencia 
(nada  pacífica,  por  cierto)  de  varias  corrientes  de  pensa- 
miento teológico,  dentro  y fuera  de  la  Iglesia  católica.  Y 
difícilmente  podría  ser  de  otro  modo:  si  no  hubiese 
necesidad  de  teología,  porque  el  significado  de  las  Escrituras 
es  tan  obvio  y unívoco  que  toda  interpretación  sobra  —y  tal 
es  la  (anti)  teología  de  algunas  sectas—,  entonces  no  habría 
—simple  y sencillamente—  teología  alguna,  ni  siquiera  una. 
Si  hay  teología,  ello  es  —precisamente—  porque  hay 


36 


necesidad  de  teología,  es  decir,  porque  el  significado  y las 
implicaciones  de  las  Escrituras  no  son  obvios  ni  evidentes:  las 
Escrituras  fueron  escritas  con  un  lenguaje  y en  un  contexto 
específicos;  es  decir,  la  Revelación  sufrió  ya  —en  el  momento 
de  su  Escritura—  una  mediación  histórico-social  específica 
que  prob/ematiza,  para  siempre,  su  interpretación.  Pero  si  hay 
teología,  es  entonces  porque  hay  teologías  en  plural,  es  decir, 
porque  hay  conflicto  de  interpretaciones. 

k 

La  teología,  y más  aún  en  una  sociedad  de  dominación  y 
luchas  de  liberación  —como  la  latinoamericana—,  es  pues, 
gústenos  o no,  terreno  de  conflictos  ineludibles.  Y es  de  refle- 
xionar —en  lugar  de  eludirlo  por  comodidad  o temor—  por 
qué  Dios  ha  querido  que  la  libertad,  el  riesgo  y el  conflicto 
sean  el  punto  de  partida  de  la  reflexión  teológica. 

En  todo  caso,  la  teología  no  es  una  sola.  La  teología  es 
una  opción  creadora  arriesgada,  situada  en  el  seno  de  una 
sociedad  de  dominación  y conflicto.  La  teología  es,  ella 
también,  lucha:  lucha  por  reflexionar  —a  la  luz  del  dato  reve- 
lado— acerca  del  papel  que  nos  toca  jugar,  como  creyentes  en 
Cristo,  en  el  seno  de  un  mundo  oscuro,  complicado  e injusto. 
Lucha,  también,  por  poner  la  reflexión  —iluminada  y soste- 
nida por  la  fe—  al  servicio  de  la  construcción  de  un  mundo 
humano,  fraternal  y solidario. 

¿Y  la  historia  de  la  teología? 

Desde  mi  humilde  —y  hasta  cierto  punto  "profano"— 
punto  de  vista,  la  historia  de  la  teología  es  (es  decir:  puede 
ser;  es,  como  posibilidad  objetiva)  el  intento  de  recuperar  el 
pasado  de  una  reflexión  iluminada  por  la  fe  en  él  seno  de  la 
historia.  Intento  realizado  desde  la  praxis  de  liberación  de  un 
pueblo  oprimido  y creyente.  Intento  efectuado  en  aras  de 
pisar  terreno  firme  para  realizar  la  esperanza  de  construir  el 
Reino  de  Dios  en  la  tierra:  un  mundo  sin  opresores  ni  opri- 
midos, sin  vencedores  ni  vencidos,  sin  jerarcas  ni  súbditos. 

Podríamos,  por  supuesto,  ver  cada  uno  las  cosas  a su 
modo,  de  otro  modo. 

Sin  embargo,  allí  queda  la  pregunta  de  siempre:  "¿Qué 
has  hecho  de  tu  hermano?  ".  En  cuanto  a la  historia  de  la 
teología,  esa  pregunta  puede  significar  ¿desde  dónde,  desde 
quiénes  hacemos  historia  de  la  teología?  ¿con  quiénes  la 


37 


hacemos?  ¿para  qué,  para  quiénes  la  hacemos?  ...  A cada 
quien  toca,  responsablemente,  responder.  Eso  he  tratado  de 
hacer  aquí  con  respecto  a mí  mismo  y quisiera  compartir  éste 
mi  esbozo  de  respuesta  con  quienes  compartan  —al  menos- 
las  preguntas. 


38 


SEGUNDA  PARTE 


PANORAMAS  GENERALES 


RIOLANDO  AZZI 


La  teología  en  el  Brasil 
Consideraciones  históricas 


I.  INTRODUCCION 


La  teología  es  básicamente  la  reflexión  sobre  la  fe 
vivida  por  el  pueblo.  La  historia  de  la  teología  en  Brasil,  por 
consiguiente,  debe  ser  el  estudio  de  las  diversas  formas  como 
la  fe  ha  sido  concebida  y practicada  a lo  largo  de  los  casi 
cinco  siglos  de  historia  del  catolicismo  en  Brasil.  Una  visión 
histórica  más  completa  debe  abarcar  también  la  vivencia  de  la 
fe  en  otras  confesiones  y denominaciones  religiosas,  por  las 
interferencias  existentes,  ya  sea  como  convergencias  o 
divergencias,  en  las  distintas  épocas.  Tal  historia  no  ha  sido 
hecha  todavía. 

En  este  estudio  nos  limitaremos  solamente  a indicar 
algunos  aspectos  de  la  vivencia  de  la  fe  por  parte  de  los  fieles 
vinculados  al  credo  católico. 

Es  importante  hacer  notar  desde  el  principio  que  en 
general  la  forma  de  vivencia  de  la  fe  se  relaciona  directamente 
con  la  misma  concepción  de  Iglesia  que  se  mantiene  en  los 
distintos  períodos  históricos:  si  se  altera  el  concepto  que  la 
institución  eclesiástica  tiene  de  sí  misma,  se  modifica  también 
en  general  la  práctica  de  la  fe  y la  consciencia  religiosa  del 
pueblo. 


41 


Por  lo  tanto,  es  en  base  a esos  diversos  conceptos  de 
Iglesia  vigentes  en  la  historia  que  guiaremos  la  reflexión  sobre 
la  teología  en  Brasil. 

Se  verá  en  primer  lugar  la  reflexión  teológica  típica  del 
período  colonial,  cuando  estaba  en  vigencia  el  concepto  de 
Iglesia  como  Cristiandad,  según  el  planteamiento  medieval. 

Seguidamente  van  a ser  analizados  los  intentos  por  parte 
del  clero  liberal,  de  implantar  el  nuevo  concepto  de  Iglesia 
Nacional,  inspirado  en  el  galicanismo  francés. 

No  obstante,  este  proyecto  fue  abortado  gracias  a la 
actuación  de  los  obispos  reformadores,  quienes  a lo  largo  del 
período  imperial  y de  la  primera  fase  de  la  república  brasileña 
lograron  imponer  el  modelo  trinitario  de  Iglesia,  considerada 
como  sociedad  jerárquica  perfecta. 

Este  modelo  aún  sigue  presente,  no  obstante  con  algunas 
características  especiales,  en  el  período  de  la  Restauración 
Católica  después  de  los  años  20,  cuando  la  jerarquía  ecle- 
siástica intenta  transformar  el  Brasil  en  una  nueva  cristiandad. 

Por  último,  en  forma  de  conclusión,  indicaremos 
algunos  elementos  que  tienen  que  ver  con  la  reflexión  teoló- 
gica en  el  período  de  las  dos  últimas  décadas,  en  que  se 
intenta  implantar  en  el  país  el  nuevo  modelo  de  Iglesia, 
conceptuada  específicamente  como  pueblo  de  Dios,  según  la 
concepción  del  Vaticano  II. 

En  estos  diversos  períodos,  indicaremos  pistas  sobre  las 
principales  líneas  de  reflexión  teológica  dominantes.  Con- 
viene señalar,  por  cierto,  que  esa  elaboración  teológica  está 
frecuentemente  relacionada  con  la  vivencia  de  la  fe  y con  los 
intereses  religiosos  de  determinados  grupos  dentro  de  la 
sociedad  católica. 

Es  importante  no  olvidar  también  que  la  reflexión  teoló- 
gica se  halla  muchas  veces  condicionada  por  las  estructuras 
socio-culturales  y políticas  de  determinada  época  histórica. 

Es  pues  al  interior  de  esos  parámetros  que  a conti- 
nuación- se  harán  las  consideraciones  sobre  la  evolución 
histórica  de  la  teología  católica  en  Brasil. 


42 


II.  LA  TEOLOGIA  EN  EL  PERIODO  COLONIAL 
(1500-1759) 


La  Iglesia  Católica  se  implantó  en  Brasil  en  los  tres  pri- 
meros siglos  en  el  contexto  del  proyecto  colonizador 
lusitano. 

La  finalidad  primordial  de  las  navegaciones,  de  los 
descubrimientos  y de  la  colonización  lusitana  a partir  del 
siglo  XV  era  el  aspecto  económico:  se  trataba  de  ampliar  el 
comercio  y de  crear  nuevas  bases  para  el  mercado  portugués. 
La  organización  política  de  las  nuevas  colonias  lusas  surge 
gracias  al  interés  comercial  y es  también  dentro  de  esos 
límites  que  se  efectúa  la  acción  misionera  y la  implantación 
de  la  fe  católica. 

Ya  que  no  se  había  encontrado  en  los  primeros  siglos 
metales  preciosos,  el  gobierno  luso  acordó  transformar  la 
colonia  brasileña  en  centro  de  producción  azucarera  y,  para 
ello,  escogió  el  sistema  latifundiario  esclavista.  Desde  el 
inicio,  por  lo  tanto,  la  tierra  fue  distribuida  entre  pocos 
propietarios  a través  del  sistema  de  capitanías  hereditarias  y 
de  sesmarías.  Para  el  cultivo  de  la  tierra,  se  recurrió  en  un 
principio  al  brazo  indígena.  No  obstante,  teniendo  en  vista  su 
poca  rentabilidad  económica,  se  optó  por  el  tráfico  de 
esclavos  del  Africa. 

De  esta  forma  se  creó  en  Brasil  desde  el  siglo  XVI  una 
sociedad  de  señores  y esclavos,  “Casa  grande  e senzala",  en  la 
expresión  de  Gilberto  Freire. 

A través  de  innumerables  bulas  pontificias,  la  Santa  Sede 
había  confiado  a los  reyes  de  Portugal  la  tarea  misionera  en 
las  nuevas  tierras  conquistadas.  Era  el  derecho  de  Patronato. 

En  la  mente  de  los  reyes  de  Portugal,  lo  que  sobre  todo 
importaba  era  establecer  en  la  colonia  brasileña  un  Estado 
Católico,  apéndice  del  reino  lusitano.  Brasil  debía  constituirse 
básicamente  como  una  Cristiandad  católica. 

Al  interior  de  ese  modelo,  el  jefe  efectivo  de  la  Iglesia 
del  Brasil  pasaría  a ser  el  rey  de  Portugal.  A él  le  competía  la 
creación  de  las  parroquias,  de  las  diócesis,  la  construcción  de 
iglesias  y catedrales,  el  nombramiento  de  párrocos  y obispos. 


43 


la  construcción  de  conventos  y la  determinación  del  número 
de  religiosos  de  las  mismas,  la  dirección  de  la  obra  misionera 
y la  selección  de  religiosos  que  habrían  de  ocuparse  de  ella. 
Al  Papa  le  quedaba  solamente  la  confirmación  de  las  deci- 
siones principales  tomadas  por  el  rey,  lo  que  se  hacía  de 
forma  casi  automática. 

Para  mejor  dirigir  los  negocios  religiosos,  la  Corona  lusi- 
tana había  creado  una  especie  de  ministerio  del  Culto,  a 
saber,  la  Mesa  de  la  Conciencia  y Ordenes,  encargada  de  los 
problemas  referentes  a la  fe  y a la  organización  eclesiástica. 

Le  tocaba  también  a la  corona  el  sostenimiento  de  los 
colegios  fundados  en  el  Brasil;  los  jesuítas  recibieron  desde  el 
inicio  de  la  Hacienda  real  la  dotación  de  ingenios  y haciendas 
servidos  por  esclavos.  De  ese  modo  los  mismos  religiosos  iban 
siendo  incorporados  al  sistema  latifundiario  esclavista.  No 
solamente  los  carmelitas,  sino  también  las  demás  órdenes  reli- 
giosas como  los  carmelitas  benedictinos  y curas  de  las 
Mercedes  pasan  a ser  mantenidos  por  el  trabajo  esclavo.  Es  en 
este  contexto,  por  lo  tanto,  que  la  misma  institución  ecle- 
siástica está  comprometida  con  el  sistema  económico  vigente, 
que  se  elabora  la  teología  del  período  colonial. 

Tres  aspectos  merecen,  sin  duda,  un  destaque  especial: 
la  teología  de  la  cristiandad,  la  teología  del  destierro  y la 
teología  de  la  Pasión. 

1.  LA  TEOLOGIA  DE  LA  CRISTIANDAD 

Podemos  afirmar  que  la  teología  predominante  en  los 
medios  eclesiásticos  oficiales  durante  el  período  colonial  es  la 
teológía  de  la  Iglesia  como  Cristiandad,  o sea,  como  el  Estado 
Lusitano  Católico.  El  tradicional  principio  teológico:  "fuera 
de  la  iglesia  no  hay  salvación",  pasa  a ser  entendido  concre- 
tamente como  "fuera  de  la  Cristiandad  luso-brasileña  no  hay 
salvación". 

De  hecho,  el  reino  lusitano  pasa  a ser  interpretado  por 
los  pensadores  católicos  de  ese  período  como  la  revivicencia 
del  reino  de  Israel.  De  forma  análoga  al  pueblo  hebreo, 
predestinado  por  Dios  como  portador  de  la  salvación,  los 
lusitanos  pasan  a ser  considerados  como  pueblo  elegido  por 
Dios,  su  nueva  presencia  salvífica  en  el  mundo.  En  forma 


44 


semejante  a la  historia  de  Israel,  las  vicisitudes  políticas  y 
comerciales  de  los  lusitanos  pasan  a ser  vistas  como  mani- 
festaciones de  la  presencia  y de  la  voluntad  de  Dios. 

De  ese  modo,  las  conquistas  y usurpaciones  de  tierras 
por  parte  de  los  portugueses  eran  legitimadas  como  expresión 
de  un  designio  de  Dios  a favor  de  la  edificación  de  la  Cris- 
tiandad. 

Siendo  el  reino  lusitano  el  lugar  de  la  salvación,  la  acción 
misionera  era  concebida  como  un  instrumento  eficaz  para 
traer  a los  indígenas  a la  aceptación  de  la  cultura  portuguesa. 
Ser  cristiano,  tanto  para  los  indios  como  para  los  africanos 
traídos  a la  colonia,  significaba  el  abandono  de  su  integridad 
cultural  para  una  integración  en  los  valores,  usos  y costum- 
bres de  la  civilización  lusa. 

La  sujeción  de  los  indios,  por  cierto,  era  establecida 
como  el  supuesto  necesario  a la  evangelización.  De  ese  modo, 
la  fe  no  constituía  una  opción  libre,  sino  una  imposición 
exigida  por  el  propio  modelo  eclesial  de  Cristiandad. 

Otra  consecuencia  de  la  teología  de  la  cristiandad  era  la 
aceptación  pacífica  del  principio  de  guerra  santa.  Por  esa 
razón,  tanto  las  guerras  contra  los  indígenas  para  la  conquista 
de  territorios,  como  las  sucesivas  guerras  para  la  expulsión  de 
los  franceses  y holandeses,  asumen  siempre  una  tónica  de 
cruzada  o guerra  santa.  Dentro  de  ese  contexto,  los  indios 
eran  considerados  moros  o gentiles,  enemigos  de  la  fe  y los 
franceses  y holandeses  como  herejes  luteranos  o calvinistas. 
Vencerlos  y expulsarlos  era  para  los  portugueses  una  misión 
política  y religiosa  a la  vez. 

Eduardo  Hoornaert  examina  con  bastante  amplitud  ese 
"mesianismo  guerrero  de  los  protugueses  colonizadores", 
designándolo  como  "catolicismo  guerrero".  ^ 

Hubo  al  inicio  un  esfuerzo  de  los  misioneros  jesuítas  por 
respetar  y valorizar  diversos  elementos  de  la  cultura  indígena. 
Pero  ese  movimiento  de  los  primeros  años  fue  pronto  sofo- 
cado por  la  acción  del  primer  obispo  D.  Pedro  Sardinha,  en 
nombre  de  la  ortodoxia  católica.  Según  él,  los  misioneros  no 
habían  venido  para  hacer  de  los  portugueses  paganos,  sino 
para  transformar  los  indígenas  en  cristianos,  o sea,  integrarlos 
en  la  cultura  lusa. 


45 


De  esa  forma,  el  proyecto  político  y económico  de  la 
Corona  portuguesa  pasa  a ser  sublimado  y justificado  en 
nombre  de  la  fe  cristiana. 

Como  luso-brasileños  fieles  a la  corona,  clérigos  y reli- 
giosos efectúan  en  ese  período  su  acción  misionera  y cate- 
quizadora  bajo  una  óptica  típicamente  colonialista.  Cris- 
tianizar significa  concretamente  transplantar  hacia  Brasil  el 
dominio  y la  cultura  del  reino  lusitano. 

2.  TEOLOGIA  DEL  DESTIERRO 

Mientras  la  teología  de  la  Cristiandad  era  transmitida 
principalmente  por  la  Iglesia  jerárquica  y por  los  clérigos 
vinculados  directamente  a la  corona  portuguesa,  los  religiosos 
a su  vez  difundían  por  toda  la  colonia  una  teología  aséptica 
y espiritual  que  puede  ser  designada  adecuadamente  como 
teología  del  Destierro. 

Como  la  concepción  de  Cristiandad,  esta  teología 
también  era  una  herencia  de  la  Edad  Media,  y tenía  como 
fundamento  principal  la  tradición  monacal  de  huida  o 
desprecio  del  mundo  —contemptio  mundi—,  así  como  la 
concepción  filosófico-teológica  del  agustinismo  platónico.  Se 
daba  énfasis  a la  doctrina  del  pecado  original,  siendo  la  tierra 
considerada  como  el  lugar  de  destierro  o de  castigo  por  el 
pecado  de  los  primeros  padres. 

La  oración  medieval  Salve- Reina  —Salve  Regina- 
traduce  de  forma  adecuada  el  espíritu  de  esa  teología.  La 
situación  de  los  hombres  sobre  la  tierra  es  la  de  los  "degra- 
dados hijos  de  Eva".  Lugar  de  exilio,  la  vida  en  el  mundo  se 
reduce  principalmente  a la  nostalgia,  al  sufrimiento  y al  llanto: 
"gimiendo  y llorando  en  este  valle  de  lágrimas". 

En  suma,  la  vida  presente  no  tiene  significado  propio 
alguno.  Es  solamente  un  tiempo  de  espera  para  el  regreso  a la 
eternidad,  a la  verdadera  vida.  No  se  trata,  por  lo  tanto,  de 
construir  aquí  casa  alguna,  sino  solamente  de  esperar  en 
espíritu  de  oración  el  momento  del  regreso  a la  patria 
perdida:  "y  después  de  este  destierro,  enseñadnos  Jesús 

Esa  visión  totalmente  negativa  de  la  realidad  fue  pacífi- 
camente aceptada  en  el  período  colonial,  porque  de  ningún 
modo  se  contraponía  al  sistema  colonial  vigente.  Por  el  con- 


46 


trario,  en  cieto  modo  llegaba  incluso  a justificarlo,  ya  que 
afirmaba  que  las  situaciones  injustas  en  el  mundo  eran  senci- 
llamente fruto  del  pecado  original.  Por  lo  tanto,  cada  uno 
debía  aceptar  pacíficamente  la  suerte  que  le  tocaba,  sin  pre- 
tender cambiar  la  voluntad  de  Dios. 

Así  por  ejemplo,  el  jesuíta  Benci,  en  una  obra  publicada 
en  1705,  afirma  que  la  esclavitud  y el  cautiverio  eran  una 
consecuencia  del  pecado  original.  ^ 

De  ese  modo,  las  causas  últimas  de  la  injusticia  en  el 
mundo  son  atribuidas  a la  fase  anterior  del  Paraíso  Terrestre. 

Algunos  moralistas  van  más  allá  en  su  conceptualización 
ética.  La  esclavitud  no  es  solamente  un  castigo  por  el  pecado 
original,  sino  que  se  torna  en  un  medio  eficaz  de  conversión  a 
la  fe  cristiana. 

Ya  en  el  siglo  XVI  diversos  jesuítas  habían  aceptado  la 
idea  de  reducir  los  indígenas  a la  servidumbre  como  medio 
eficaz  para  facilitar  la  conversión.  En  el  "Compendio  Narra- 
tivo do  Peregrino  da  América",  publicado  en  1728,  Nuno 

Marques  Pereira  enfatiza  esa  ¡dea  con  relación  a los  afri- 
(4) 

canos. ' ' 

Añade  además  que  serán  considerados  en  pecado  mortal 
los  esclavos  rebelados  contra  sus  señores. 

En  suma,  contentarse  con  la  suerte  dada  por  Dios  en 
este  lugar  de  exilio  era  el  único  medio  real  de  salvación. 

Aún  reducida  a los  parámetros  del  orden  esclavócrata,  el 
mensaje  evangélico  mantiene  todavía  aspectos  positivos  y 
válidos.  Así  por  ejemplo,  la  ovación  de  la  relatividad  del  valor 
de  los  bienes  de  la  tierra  es  una  constante  en  este  período. 

No  obstante,  esa  forma  indirecta  de  contestación  era 
fácilmente  abolida  por  el  régimen  colonial,  por  no  cuestionar 
las  mismas  injusticias  de  las  estructuras  económico-sociales 
implantadas  en  la  colonia. 

En  efecto,  si  por  un  lado  los  moralistas  predican  la  vani- 
dad de  las  cosas  de  la  tierra,  donde  todo  es  pasajero,  por  otro 
lado  se  limitan  a predicar  a los  ricos  la  generosidad,  dando 
limosnas  de  aquello  que  les  es  superfluo,  y a los  pobres  la 
conformidad  con  la  voluntad  de  Dios  en  la  carencia  de  los 
bienes. 


47 


Hubo,  en  verdad,  unos  pocos  moralistas  que  se  opu- 
sieron frontal  mente  a la  esclavitud  de  los  indígenas  y afri- 
canos. Basándose  en  la  investigación  de  Serafim  Leite, 
Hoornaert  destaca  el  nombre  de  dos  jesuítas,  Gengalo  Leite  y 
Miguel  Gracia,  que  pueden  ser  considerados  como  los  pri- 
meros en  hacer  una  reflexión  teológica  bajo  la  óptica  de  los 
oprimidos.  *5' 

En  realidad,  no  obstante  merecen  ser  valorados  debi- 
damente; constituyen  excepciones  a la  regla  vigente  en  el 
período  colonial. 

3.  TEOLOGIA  DE  LA  PASION 

Existe  además  en  el  período  colonial  un  tercer  enfoque 
teológico  muy  difundido,  especialmente  entre  las  capas  popu- 
lares: es  el  énfasis  en  la  mediación  de  los  santos  como  camino 
de  salvación. 

En  verdad,  también  esa  doctrina  popular  era  fruto  de 
una  larga  predicación  de  la  misma  Iglesia  oficial  durante  el 
período  medieval. 

Sin  negar  la  necesidad  del  bautismo  y del  ingreso  en  la 
cristiandad  oficial,  esa  teología  popular  resalta  la  importancia 
de  la  devoción  a los  santos  como  un  instrumento  más  fácil  y 
más  sensible  de  garantía  de  salvación. 

La  devoción  y la  amistad  hacia  los  santos  se  demuestra 
ya  sea  por  medio  de  promesas  a ellos  dirigidas  para  obtener 
favores  de  orden  material  y espiritual,  o por  intermedio  de  la 
realización  de  procesiones  en  honor  de  esos  santos,  o aún  las 
romerías  a sus  ermitas  y santuarios,  o más  todavía  a través  de 
la  participación  en  las  cofradías,  hermandades  y órdenes 
terceras  dedicadas  a esos  santos. 

Desde  la  Edad  Media  una  tradición  aseguraba  que, 
muriéndose  con  el  hábito  o el  escapulario  del  Carmen,  los 
devotos  de  Nuestra  Señora  serían  retirados  del  purgatorio  el 
primer  sábado  dél  mes.  Mientras  los  carmelitas  difundían  en 
el  Brasil  esa  devoción,  también  los  seguidores  de  San  Fran- 
cisco aseguraban  una  protección  especial  a los  devotos  que  se 
muriesen  con  el  hábito  tercero  de  la  penitencia.  El  pueblo 
mismo,  a su  vez,  se  encargaba  de  atribuir  poderes  salvíficos 
análogos  a otros  santos  de  su  especial  devoción. 


48 


Además  de  eso,  para  diversas  circunstancias  especiales  de 
la  vida,  la  tradición  popular,  reforzada  muchas  veces  por  la 
propia  liturgia  católica,  aseguraba  la  protección  de 
determinados  santos. 

No  obstante,  entre  las  distintas  tradiciones  culturales 
emerge  con  importancia  excepcional  la  devoción  al  Señor 
Buen  Jesús.  Esa  devoción  está  toda  ella  centralizada  en  la 
Pasión  o Muerte  de  Cristo,  en  sus  sufrimientos,  en  su  vía-sacra 
de  camino  al  Calvario.  La  tradición  popular  luso-brasileña 
privilegia  cuatro  momentos  expresivos  de  la  Pasión  de  Cristo: 
la  flagelación  en  el  pretorio  de  Pilatos,  en  la  devoción  al  Buen 
Jesús  de  la  Caña-Verde;  el  camino  del  Calvario,  en  la  devoción 
del  Señor  de  los  Pasos;  la  crucifixión,  en  la  devoción  al  Señor 
del  Buen-Fin;  y la  muerte  y sepultura  de  Cristo,  en  la 
devoción  del  Señor  Muerto. 

Se  multiplican  por  el  Brasil  colonial  las  imágenes,  las 
capillas  y las  cofradías  para  promover  estas  devociones. 
Durante  la  Semana  Santa,  ocupan  un  lugar  de  destaque  la 
procesión  del  Señor  de  los  Pasos  y del  Señor  Muerto.  Esa 
última  se  hizo,  sin  duda,  la  principal  procesión  realizada  en 
nuestra  historia  religiosa.  Celebrada  en  la  noche  del  Viernes 
Santo,  paraliza  totalmente  la  vida  de  las  ciudades;  nadie 
podía  faltar  a ese  evento  religioso. 

Lo  que  es  importante  subrayar  aquí  es  que  la  tónica  de 
la  devoción  al  Señor  Buen  Jesús  es  la  del  sufrimiento  y de  la 
muerte.  Jesús  sufre  y muere.  En  la  tradición  popular,  no 
existe  resurrección  en  esta  vida. 

Esta  conciencia  de  la  inexorabilidad  del  sufrimiento  es 
en  gran  parte  fruto  de  la  identificación  que  el  pueblo  hace  de 
la  propia  vida  con  la  de  Cristo.  El  es  de  hecho  la  expresión  del 
pueblo  sufriente. 

La  devoción  al  Buen  Jesús  es,en  última  instancia,  la  devo- 
ción especial  de  las  capas  populares  pobres,  oprimidas  y 
marginadas  por  el  sistema  colonial  vigente. 

Si,  por  un  lado,  tal  concepción  religiosa  de  la  vida  como 
sufrimiento,  incentivada  por  el  clero,  puede  ser  considerada 
como  una  forma  de  "opio  del  pueblo",  según  la  expresión  de 
Marx,  por  otro  lado  no  queda  duda  de  que  por  parte  de  las 
poblaciones  marginadas  y oprimidas  existe  otro  modo  de 


49 


encarar  la  devoción  de  la  Pasión.  Según  esta  visión.  Cristo  es 
considerado  como  un  aliado  del  pueblo,  como  un  compañero, 
como  un  sufriente  igual  a ellos. 

En  suma,  la  presencia  de  Cristo  sufriente  crea  en  el 
pueblo  una  resistencia  inaudita  frente  a los  sufrimientos  y las 
tribulaciones,  y una  conciencia  de  paz  que  impide  la  deses- 
peración, aún  en  las  circunstancias  más  adversas  de  la  vida. 

Juan  Camilo  de  Oliveira  Torres  ha  captado  perfecta- 
mente ese  significado  al  afirmar: 

El  pueblo  de  los  sertones  ven  en  el  Cristo  la  imagen  del  herma- 
no sufriente  —la  Divinidad  víctima  de  los  poderes  del  mundo- 
como  él: 

Al  considerar  los  orígenes  históricos  de  todos  o casi  todos  esos 
santuarios,  encontramos  siempre  la  presencia  de  la  acción 
popular  —no  fueron  las  autoridades  ni  fue  el  clero  el  punto  de 
partida;  pero  sí  vagos  ermitaños,  hombres  sin  leyes  impor- 
tantes . . . Siempre  el  individuo  más  o menos  anónimo  y 
sufriente. 

Y a continuación  agrega  de  forma  sugestiva: 

Paralelamente  había  una  iglesia  oficial,  que  aplicaba  cánones,  a 
veces  burocráticamente,  y mantenía  una  liturgia  bella,  pero 
incomprensible.  Pero  el  pueblo  prefería  la  fe  viva,  prefería  el 
Dios  Vivo,  el  Dios  Fuerte,  el  Dios  Inmortal,  no  obstante  un 
Dios  sufriente  . . . (6), 

III.  LA  TEOLOGIA  EN  LA  EPOCA  DE  LA 
INDEPENDENCIA  (1759-1840) 


Con  la  expulsión  de  los  jesuítas  en  1759  el  marqués  de 
Pombal  sacudió  profundamente  los  cimientos  de  la  Cris- 
tiandad Colonial.  Con  razón  el  período  siguiente  puede  ser 
intitulado  de  Crisis  de  la  Cristiandad.  Esa  fase  se  extiende 
hasta  el  principio  del  Segundo  Reinado  en  1840,  incluyendo 
tanto  los  movimientos  preparatorios  como  la  fase  de  conso- 
lidación de  la  Independencia. 

Uno  de  los  elementos  importantes  para  la  disgregación 
del  régimen  de  Cristiandad  fue  también  la  reforma  de  la 


Universidad  de  Coimbra  en  1772,  cuando  los  jesuítas  fueron 
alejados  del  liderazgo  cultural  que  mantenían  en  el  reino 
portugués  y en  sus  colonias.  La  reforma  universitaria  permitió 
que  el  pensamiento  científico  moderno  llegase  a Portugal.  Y 
con  el  pensamiento  científico,  contra  la  opinión  del  marqués, 
también  las  concepciones  filosóficas  y políticas  de  los  enci- 
clopedistas franceses  comenzaron  a ser  difundidas  en  I? 
metrópolis  y en  la  colonia  brasileña.  Los  jóvenes  brasileños, 
estudiantes  en  Portugal  o en  Francia,  se  dejan  influenciar  por 
estas  nuevas  ¡deas.  Entre  ellos  una  parte  significativa  del  clero 
urbano  pasa  a leer  a los  enciclopedistas  franceses  y otros 
autores  de  la  época,  optando  a continuación  por  una  posición 
declaradamente  liberal. 

Ese  clero  liberal,  a su  vez,  va  a tomar  parte  activa  en  los 
distintos  movimientos  a favor  de  la  Independencia:  en  la 
"Inconfidencia  Mineira"  de  1789  el  líder  intelectual  es  el 
canónigo  Luis  Vieira,  profesor  del  seminario  de  Mariana.  En 
la  Conjura  Baiana  de  1798  fueron  presos  dos  hermanos 
carmelitas,  acusados  de  estar  traduciendo  El  Contrato  Social 
de  Rousseau.  El  líder  de  la  Revotución  Pernambucana  de 
1817  es  el  cura  Joao  Ribeiro,  y en  1824  fray  Caneca  se  torna 
el  mártir  de  la  Confederación  del  Ecuador. 

El  clero  brasileño  más  letrado  percibe  de  hecho  en  ese 
período  el  compromiso  tradicional  de  la  misma  Iglesia  con  el 
sistema  colonial,  y busca  con  valor  decidido  romper  esa 
situación. 

Influenciados  por  los  autores  del  siglo  XVIII  ellos  pasan 
a cuestionar  el  régimen  absolutista  y la  autoridad  sagrada  de 
los  reyes,  transformándose  en  adalides  de  la  libertad  e inde- 
pendencia del  pueblo. 

1.  LA  IGLESIA  NACIONAL 

La  idea  de  una  Iglesia  con  características  más  nacionales, 
había  sido  una  de  las  fuentes  de  inspiración  del  movimiento 
protestante,  en  el  cual  la  tónica  de  los  gravamma  nationis 
germanicae  había  sido  bastante  enfatizado. 

En  el  siglo  XVIII  también  el  clero  francés  se  deja  animar 
por  la  idea  nacionalista,  y la  lucha  por  las  "libertades  gali- 
canas" emerge  claramente,  en  una  condena  del  "ultramon- 
tanismo"  romano. 


51 


Sin  duda,  es  ese  espíritu  de  la  teología  galicana  lo  que  va 
a inspirar  gran  parte  de  la  actuación  del  clero  brasileño  en  ese 
período.  En  los  seminarios  es  adoptada  la  llamada  teología 
Lugdunense,  o sea,  el  manual  preparado  por  el  oratoriano 
José  Valla,  bajo  los  auspicios  del  obispo  de  Lyón  Antonio 
Montazet,  y publicado  en  1780. 

En  ese  tratado  es  muy  cuestionada  la  irrestricta  auto- 
ridad pontificia,  y de  la  Iglesia  Romana,  enfatizando  también 
la  autoridad  de  las  demás  iglesias  locales. 

Además  de  eso,  en  las  diócesis  se  difunde  también  el 
catecismo  de  Montpellier,  también  orientado  por  la  misma 
visión  galicano-jansenista  de  la  Iglesia. 

Lo  que  caracteriza  la  mentalidad  del  clero  en  ese 
período  es  un  liberalismo  radical:  ellos  aborrecen  cualquier 
forma  de  dominación  tanto  política  como  religiosa.  En  ese 
sentido,  al  mismo  tiempo  en  que  luchan  con  ardor  contra  la 
presión  lusitana,  temen  también  el  fortalecimiento  del  poder 
de  la  Santa  Sede.  Quieren  salvaguardar  la  independencia  del 
Brasil  a cualquier  costo,  y temen  que  la  política  de  la  Curia 
Romana  pueda  ser  utilizada  como  medio  para  mantener  el 
dominio  extranjero  en  el  país.  En  ese  sentido,  después  de  la 
Independencia,  el  clero  brasileño  se  manifiesta  con  nítidas 
tendencias  rega listas. 

Entre  las  manifestaciones  más  expresivas  de  esa  menta- 
lidad en  las  primeras  décadas  del  siglo  XIX  se  debe  señalar  la 
elaboración  de  la  Constitución  Eclesiástica  de  Sao  Paulo,  la 
actuación  político-religiosa  del  ministro  cura  Feijó  y el  cisma 
religioso  de  Rio  Grande  do  Sul. 

Ejemplo  típico  de  esa  mentalidad  es  el  mensaje  dirigido 
por  el  regente  Feijó  "a  los  augustos  y dignísimos  señores 
representantes  de  la  nación”,  en  el  que  afirma  la  necesidad  de 
una  reforma  moral  del  clero,  aún  mediante  la  abolición  del 
Celibato  Eclesiástico  si  fuese  necesario,  añadiendo: 

Sin  que  la  asamblea  invada  el  dominio  espiritual;  sin  dar 
motivos  a justas  quejas  de  la  autoridad  eclesiástica;  usando  del 
derecho  que  nadie  le  disputa,  de  admitir  solamente  las  leyes 
disciplinarias  que  estuvieren  de  acuerdo  con  las  leyes,  con  los 
usos  y costumbres  de  la  nación  brasileña,  y negando  y suspen- 
diendo el  beneplácito  a todas  las  otras  leyes,  está  principiada  y 
concluida  la  indispensable  reforma. 


52 


Conviene  subrayar  en  ese  tópico  el  llamamiento  "a  los 
usos  y costumbres  de  la  nación  brasileña'',  que  expresan  de 
cierta  forma  la  necesidad  de  la  encarnación  de  la  religión  en  la 
vida  nacional. 

Sin  embargo,  los  intentos  de  creación  de  una  Iglesia  de 
carácter  nacional  entre  los  años  de  1820  y 1840  fracasaron. 

2.  LA  PARTICIPACION  POLITICA 

Otro  aspecto  que  recibe  énfasis  particular  por  parte  de 
muchos  miembros  del  clero  urbano  en  ese  período,  es  la  nece- 
sidad de  participación  política.  Haciendo  a un  lado  la  menta- 
lidad típica  de  la  teología  del  Destierro,  ellos  quieren  cola- 
borar en  la  formación  de  la  patria  brasileña. 

Esta  conciencia  política  es  en  gran  parte  consecuencia 
de  la  nueva  visión  filosófica  y científica  de  que  están 
imbuidos  los  miembros  del  clero. 

Conviene  señalar  que  en  ese  período  empieza  a formarse 
en  las  ciudades  una  pequeña  burguesía  liberal  que  desea 
hacerle  frente  tanto  a los  representantes  de  la  burocracia  lusi- 
tana como  al  poder  tradicional  de  los  señores  de  esclavos. 

De  hecho,  son  hombres  que  tienen  una  visión  nueva  del 
mundo  y de  la  sociedad,  y toman  conciencia  cada  vez  más 
nítida  de  la  situación  de  opresión  política  y económica  en 
que  vive  la  colonia  brasileña.  Entre  esos  profesionales 
liberales  habían  literatos,  abogados,  naturalistas  y princi- 
palmente clérigos. 

Esos  intelectuales  empiezan  a dedicarse  con  más  empeño 
al  estudio  de  la  realidad  brasileña,  bajo  la  inspiración  de  la 
reforma  pombalina.  En  la  medida  en  que  valoran  las  potencia- 
lidades económicas  de  Brasil,  más  aún  sienten  la  situación  de 
explotación  por  parte  de  la  metrópoli,  y deciden  por  lo  tanto 
entrar  en  reivindicaciones  efectivas  de  orden  político  y social. 

José  Ferreira  Carrato  captó  perfectamente  el  cambio  de 
mentalidad  que  se  opera  entre  los  intelectuales  mineiros,  al 
escribir: 

El  progreso  de  los  nuevos  currículos  "conimbricenses"  es  tan 
actual  y fascinante  que  esa  generación  de  jóvenes  "mineiros" 


53 


habríase  de  comportar  de  forma  incluso  contraria  a la  que  la 
antecede:  aquella  huyó  de  su  mundo  real,  en  demanda  de  vida 
sobrenatural,  pero  ésta  . . . baja  de  los  páramos  de  la  ascesis  y 
de  la  mística  para  entregarse  enteramente  a las  ciencias  de  la 
naturaleza  . . . (8). 

Mientras  el  episcopado  seguía  más  vinculado  al  sistema 
colonial,  y era  utilizado  por  el  gobierno  para  mantener  el 
orden  y la  subordinación  del  pueblo,  muchos  clérigos, 
tanto  seculares  como  regulares,  pasan  progresivamente  a 
asumir  una  posición  contraria  al  dominio  portugués. 

Dos  parecen  ser  las  directrices  que  orientaban  la  situa- 
ción política  del  clero  liberal.  En  primer  lugar,  la  necesidad 
de  evitar  que  la  religión  siguiese  siendo  utilizada  como  instru- 
mento de  dominación  lusitana.  Por  esa  razón,  esos  clérigos 
abandonan  prácticamente  el  sistema  de  catcquesis  tradicional. 
En  segundo  lugar,  los  curas  liberales  juzgaban  que  la  fe 
católica  no  se  oponía  a la  voluntad  de  liberación  del  pueblo 
brasileño.  Por  eso  ellos  se  hacen  adalides  del  binomio:  “Dios 
y libertad”.  De  ese  modo,  el  clero  se  identificaba  profun- 
damente con  la  formación  de  la  nacionalidad  brasileña. 

Entre  las  principales  ideas  defendidas  por  el  clero  liberal 
estaban  la  implantación  de  una  república  democrática  y la 
abolición  de  la  esclavitud. 

La  lucha  del  clero  a favor  de  las  ideas  liberales  se  evi- 
dencia en  distintos  movimientos  revolucionarios  de  la  época, 
como  la  guerra  de  los  Farrapos  en  Rio  Grande  do  Sul  y la 
Confederación  del  Ecuador  en  Pernambuco,  que  culminó  con 
la  muerte  del  carmelita  fray  Caneca. 

3.  EL  IDEAL  DE  LA  LIBERTAD 

Durante  la  vigencia  plena  de  la  Cristiandad  Colonial,  el 
pueblo  fue  educado  a través  de  la  religión  a conformarse  con 
la  dominación  lusitana  y a sufrir  resignadamente  las  conse- 
cuencias del  sistema  económico  vigente. 

La  lucha  por  la  libertad  es  primordialmente  la  lucha 
contra  el  absolutismo  de  los  príncipes  y la  negación  de  la 
teología  tradicional  que  sostenía  el  carácter  sagrado  del  poder 
monárquico.  En  ese  sentido  fray  Caneca  es  bastante  explícito 
cuando  escribe  en  una  de  sus  cartas: 


54 


Por  lo  tanto,  mi  querido  Damián,  haz  un  servicio  a la 
humanidad  y da  gloria  a Dios  abriendo  los  ojos  a ese  pobre 
pueblo  en  que  vives.  Decidle  que  la  soberanía  no  viene  inme- 
diatamente de  Dios,  pero  sí  de  los  propios  pueblos.  &) 

Tel leñare,  comerciante  francés  que  estaba  en  Recife 
durante  la  revolución  Pernambucana  de  1817,  así  se  refiere  al 
líder  intelectual  del  movimiento,  el  cura  Joao  Ribeiro: 

Nutrido  con  la  lectura  de  los  filósofos  antiguos  y modernos,  él 
solamente  respiraba  por  la  libertad,  y esto  más  por  amor  a ella 
que  por  ambición. 

Se  indignaba  cuando  tenía  que  obedecer  a voluntades  arbi- 
trarias, pero  sin  manifestar  el  deseo  de  mando. 

Arrastrado  por  la  lectura  de  las  obras  de  Condorcet,  ates- 
tiguaba la  más  alta  confianza  en  el  progreso  del  espíritu 
humano:  su  imaginación  iba  más  de  prisa  que  su  siglo,  y sobre 
todo  adelantábase  en  mucho  a la  índole  de  sus  compatriotas. 

En  otro  pasaje,  el  mismo  autor  comenta: 

Me  acuerdo  de  un  día  en  que  el  cura  Joao  Ribeiro  me  dijo:  "Es 
en  vano  que  se  pretenda  sofocar  las  ideas  liberales;  se  puede 
dormitar  por  un  momento  a la  libertad;  pero  ella  tendrá 
siempre  su  despertar,  no  dudéis  eso".^0) 

No  queda  duda  de  que  esos  miembros  del  clero  tenían 
una  clara  conciencia  de  que  era  necesario  subvertir  la  tradi- 
cional posición  asumida  por  la  Iglesia  en  la  defensa  de  un 
orden  establecido  de  cuño  marcadamente  opresor.  A través 
de  las  lecturas  de  los  filósofos  franceses  comprendían  que 
debían  luchar  por  la  defensa  de  los  derechos  humanos  y por 
la  libertad  del  pueblo  contra  el  poder  absolutista  del  régimen 
monárquico. 

Pero  aún  hay  una  cuestión  que  no  ha  recibido  estudio  y 
tratamiento  adecuado:  ¿hasta  qué  punto  esos  líderes  del 
clero  fundamentaban  sus  opciones  políticas  en  una  visión 
teológica  más  explícita?  Es  un  aspecto  importante,  aún  no 
abordado  suficientemente. 

Por  otro  lado,  no  hay  duda  que  para  muchos  de  ellos  se 
trataba  verdaderamente  de  una  opción  de  conciencia,  y por  lo 
tanto,  imph'citamente  teológica.  Tal  es  el  caso,  por  ejemplo, 
del  cura  Roma,  que  antes  de  ser  fusilado,  daba  gracias  a Dios 


55 


"por  haber  permitido  su  complicidad  en  la  revolución  de 
Pernambuco,  por  ser,  decía  él,  el  único  medio  para  no  ser 
condenado  eternamente".  ^ ^ 

En  ese  sentido  tiene  plena  validez  la  afirmación  del 
Leonard  Boff  quien,  al  referirse  a los  clérigos  presos,  tortu- 
rados y muertos  en  las  revoluciones  de  1817  y 1824,  escribe: 

Eran  libertadores  llenos  de  valor,  que  de  los  púlpitos  incen- 
diaban las  conciencias  y en  el  campo  de  batalla  empuñaban  las 
armas,  enfrentaban  denodadamente  los  jueces  y morían 
haciendo  proclamas  a lá  democracia,  a la  libertad  en  nombre 
del  pueblo  y del  Evangelio  ...  El  móvil  de  las  revoluciones  era 
más  que  político:  era  la  obediencia  a una  conciencia  sensible  a 
la  pasión  por  Dios,  encarnada  en  la  pasión  por  el  pueblo  contra 
su  expoliación  y tiranización  por  el  sistema  imperial  y colo- 
nizador. 

Añade  esta  conclusión  bastante  expresiva: 

En  Brasil  y por  toda  América  Latina  se  elaboró  y penetró  la  así 
llamada  teología  de  la  liberación:  se  trataba  de  una  reflexión  a 
la  luz  de  la  fe  sobre  las  prácticas  de  los  cristianos  compro- 
metidos por  la  liberación  de  los  oprimidos  y en  función  de  un 
proyecto  alternativo  de  sociedad  en  la  cual  sea  menos  difícil 
ser  hombre  y vivir  en  la  justicia  social  . . . 

Ya  en  1817  y 1824  muchísimos  de  la  Iglesia  vivieron  y 
murieron  por  la  misma  causa  ...  Su  muerte  no  fue  en  vano.  La 
memoria  histórica  cabrá  no  a los  verdugos  del  pueblo  sino  a sus 
mártires,  entre  los  cuales  se  cuentan  los  heroicos  sacerdotes  de 
las  revoluciones  de  1817  y 1824.  ^2) 

IV.  LA  TEOLOGIA  EN  LA  REFORMA  CATOLICA 
(1840-1920) 

En  la  historia  de  la  Iglesia  del  Brasil,  el  período  que  va 
de  1840  a 1920  puede  ser  designado  con  el  nombre  de 
Reforma  Católica.  De  hecho,  en  ese  período  hubo  una 
preocupación  dominante  por  parte  de  la  jerarquía  católica  en 
cambiar  el  tradicional  modelo  de  Iglesia  Cristiandad, 
vinculado  a la  cultura  lusitana,  por  el  modelo  de  Iglesia  Jerár- 
quica, formulado  en  el  Concilio  Tridentino. 

No  obstante  haber  existido  ya  en  el  período  colonial 
algún  esfuerzo  por  implantar  en  el  país  el  espíritu  tridentino, 


56 


sobretodo  en  el  Sínodo  de  Bahía  en  1707,  se  puede  afirmar 
que  es  solamente  a partir  de  mediados  del  siglo  XIX  que  el 
modelo  tridentino  se  vuelve  realidad  en  el  país. 

El  movimiento  por  ese  cambio  de  concepción  ecle- 
siástica partió  de  la  propia  jerarquía  católica  brasileña,  incen- 
tivada directamente  por  la  Santa  Sede.  Por  lo  tanto,  con 
razón  se  puede  hablar  en  ese  período  de  un  movimiento  de 
los  obispos  reformistas.^13^ 

Al  frente  de  la  reforma  católica  estuvieron  en  un  primer 
momento  D.  Antonio  Vicoso,  obispo  de  Mariana,  D.  Antonio 
Joaquim  de  Meló  obispo  de  Sao  Paulo  y D.  Romualdo 
Antonio  de  Seixas,  arzobispo  de  Bahía.  A partir  de  los  años 
60  asumió  el  liderazgo  del  obispado  D.  Antonio  de  Mecedo 
Costa,  obispo  de  Pará,  siendo  también  figuras  destacadas  en 
ese  período  D.  Sebasto Laranjeira,  obispo  de  Rio  Grande  do 
Sul  y D.  Vital  de  Oliveira,  obispo  de  Olinda. 

Dos  eran  las  metas  principales  de  los  obispos  refor- 
mistas: en  primer  lugar,  reforma  del  clero,  alejándolo  de  las 
lides  políticas  y reconduciéndolo  a la  observancia  del  Celi- 
bato eclesiástico;  en  segundo  lugar  la  reforma  del  pueblo, 
cambiando  su  fe  típicamente  devocional  en  una  expresión 
religiosa  más  sacramental  y sostenida  por  el  armazón  doctri- 
nario del  catolicismo.  Según  los  obispos,  en  materia  religiosa 
el  pueblo  era  ignorante,  supersticioso  y fanático.  Era  nece- 
sario, pues,  instruirlo  en  las  verdades  de  la  fe  y traerlo  a la 
verdadera  práctica  religiosa  a través  de  los  sacramentos  de  la 
confesión  y de  la  comunión. 

En  última  instancia,  la  reforma  tenía  un  cuño  marcada- 
mente clerical:  se  trataba  en  primer  lugar  de  afirmar  el  lide- 
razgo espiritual  del  clero  entre  el  pueblo,  y a continuación 
hacer  que  la  fe  popular  pasase  a expresarse  a través  de  fórmu- 
las y rituales  que  tuviesen  el  aval  de  la  jerarquía  católica. 

Para  el  éxito  de  la  reforma,  fue  necesario  en  primer  lugar 
cambiar  el  concepto  de  Iglesia  y consecuentemente  el  propio 
enfoque  de  la  teología  de  la  salvación.  A partir  de  entonces  se 
fortalece  en  Brasil  el  concepto  de  iglesia  como  sociedad  jerár- 
quica perfecta,  y por  lo  tanto  solamente  en  ella  —en  la 
fidelidad  a su  doctrina  y a la  práctica  sacramental—  estaría  la 
salvación.  Simultáneamente  también  los  religiosos  van  a dar 
un  énfasis  especial  a la  teología  del  mérito,  que  pasa  a 


57 


sustituir  progresivamente  la  teología  del  destierro  típica  del 
período  colonial.  Por  último,  la  devoción  a los  santos  pasa  a 
asumir  características  de  mayor  vinculación  a la  jerarquía 
católica,  emergiendo  como  típico  de  ese  período  el  culto  al 
Corazón  de  Jesús. 

1.  LA  TEOLOGIA  DEL  PODER  ESPIRITUAL 

Durante  el  período  colonial  la  Iglesia  vivía  en  plena 
dependencia  del  poder  político  lusitano.  Tal  situación  había 
sido  confirmada  con  la  fundación  del  Imperio  Brasileño, 
habiéndose  establecido  que  la  fe  católica  seguía  siendo  la 
religión  oficial  del  Estado  brasileño. 

No  obstante,  en  vista  de  la  actuación  regalista  del  gobier- 
no, la  jerarquía  católica  decidió  reaccionar  con  energía.  Con 
el  apoyo  de  la  Santa  Sede  los  obispos  brasileños  decidieron 
implantar  en  Brasil  la  concepción  tridentina  de  Iglesia.  De  ese 
modo,  ya  no  se  acepta  la  antigua  concepción  unitaria  de 
sociedad  católica,  sino  se  pasa  a enfatizar  que  en  la  realidad 
las  personas  son  orientadas  por  dos  sociedades  perfectas  y 
distintas  entre  sí:  por  un  lado,  está  el  Estado  o Sociedad 
Civil,  y por  otro,  la  Iglesia  o Sociedad  Eclesiástica.  Al  Estado 
le  compite  cuidar  los  intereses  temporales  del  hombre,  o sea, 
de  los  aspectos  políticos  o socio-económicos;  mientras  a la 
Iglesia  queda  la  misión  de  ocuparse  de  la  vida  espiritual  de  las 
personas,  o sea,  de  los  aspectos  religiosos.  En  otras  palabras, 
el  Estado  cuida  al  cuerpo,  la  Iglesia  vela  por  el  alma.  Para 
desarrollar  su  acción  espiritual,  la  Iglesia  pasa  a defender  su 
plena  libertad  y autonomía.  Los  obispos  ya  no  se  consideran 
dependientes  del  poder  civil,  sino  responsables  directos  de  la 
orientación  de  la  actividad  pastoral. 

La  teología  católica  en  ese  período  enfatiza  el  carácter 
de  los  obispos  como  príncipes  eclesiásticos,  miembros  de  una 
jerarquía  sagrada  de  la  cual  el  Papa  era  el  jefe  supremo.  Así 
pues,  el  poder  de  los  obispos  es  fortalecido  en  la  medida  en 
que  recibe  la  tutela  de  la  Santa  Sede.  Los  prelados  pasan  a 
defender  su  derecho  exclusivo  de  dirigir  los  negocios  de  la 
Iglesia  del  Brasil.  La  Iglesia  es  el  barco  de  la  salvación,  cuyo 
único  y legítimo  timonel  es  el  Papa.  Es  justamente  como 
delegado  del  poder  papal  que  los  obispos  ejercen  su  misión 
religiosa. 


58 


En  su  misión  pastoral  y salvífica,  los  obispos  buscan 
contar  con  la  colaboración  del  clero.  Se  empeñan  por  lo  tanto 
de  cuerpo  y alma  en  la  reforma  del  clero  brasileño.  El 
principio  básico  de  esa  actuación  era  transformar  clérigos, 
políticos  y amancebados,  en  sacerdotes  piadosos  y 
celibatarios. 

En  la  realidad,  el  propio  gobierno  busca  animar  a los 
obispos  en  su  acción  de  reconducir  el  clero  al  recinto  de  las 
iglesias,  reduciendo  su  actividad  al  altar,  al  pulpito  y al  confe- 
sionario. De  hecho,  la  participación  del  clero  liberal  en  las 
luchas  políticas  y sociales  constituía  un  obstáculo  para  la 
monarquía  que  se  consolidaba  bajo  la  égida  del  sistema 
latifundista  esclavista.  Pedro  II,  por  lo  tanto,  fue  muy  hábil 
en  la  escogencia  de  hombres  piadosos  para  el  episcopado, 
pero  que  eran  al  mismo  tiempo  de  mentalidad  conservadora  y 
antiliberal.  <14)  Sin  embargo,  en  la  medida  que  los  obispos 
sintieron  crecer  su  propio  poder  espiritual,  llegaron  incluso  a 
negar  cualquier  dependencia  del  poder  temporal,  dando 
origen  al  célebre  conflicto  entre  Iglesia  y Estado  conocido 
con  el  nombre  de  Cuestión  Religiosa,  entre  1872  y 1875. 

A pesar  de  los  roces  y la  condenación  de  los  obispos, 
posteriormente  amnistiados,  las  relaciones  fundamentales 
entre  Iglesia  y Estado  no  son  alteradas.  De  hecho,  aún 
predicando  la  independencia  de  acción,  la  Iglesia  continúa 
defendiendo  la  doctrina  de  la  colaboración  entre  los  dos  poderes 
la  unión  entre  el  trono  y el  altar,  para  la  defensa  y 
manutención  del  orden  social  establecido. 

El  nuevo  clero  reformado,  formado  especialmente  en 
seminarios  dirigidos  por  religiosos  europeos,  sin  duda  más 
religiosos  y observantes  del  celibato  eclesiástico,  se  mantiene 
todavía  en  una  actitud  de  indiferencia  y aún  de  alienación 
con  relación  a las  reivindicaciones  políticas  y sociales  del 
pueblo  brasileño. 

Durante  el  segundo  reinado,  que  se  extiende  de  1840  a 
1889,  es  prácticamente  nula  la  participación  del  clero  en  los 
movimientos  por  la  abolición  de  la  esclavitud  y por  el  adveni- 
miento del  régimen  republicano,  liderados  por  la  burguesía 
urbana  o liberal.  Básicamente  la  Iglesia  se  mantiene  a la 
sombra  del  trono,  constituyéndose  al  mismo  tiempo  en  uno 
de  sus  pilares  de  sustentación. 


59 


En  forma  análoga  al  período  de  la  Cristiandad  Colonial, 
la  Iglesia  continúa  abogando  para  sí  el  carácter  de  aliada  del 
poder  establecido,  sin  cuestionar  sus  méritos. 

Con  la  proclamación  de  la  República  en  1889,  el  cura 
Julio  María  trató  de  indicar  un  nuevo  rumbo  para  la  Iglesia: 
romper  la  alianza  con  el  poder  y ponerse  al  lado  del  pueblo. 

Veamos  eso  con  sus  palabras  candentes: 

Nunca  a una  misión  más  grande  se  ha  enfrentado  la  Iglesia  en 
nuestro  país. 

Nunca,  sin  embargo,  el  clero  brasileño  se  ha  mostrado  menos 
dispuesto  y orientado  para  elevarse  a las  alturas  de  una  gran  y 
noble  cruzada. 

Como  en  todo  el  mundo,  hoy  en  Brasil  no  hay,  no  puede  haber 
sino  dos  fuerzas:  la  Iglesia  y el  pueblo.  Y si  unirlas  es  en  el 
mundo  el  ideal  del  Papa,  concurrir  a esa  unión  es,  en  Brasil,  el 
deber  de  los  católicos,  principalmente  del  clero.  (15) 

Su  voz  profética,  sin  embargo,  hacía  eco  en  el  desierto, 
pues  el  clero  en  ese  período  está  más  preocupado  con  los 
méritos  para  ir  al  cielo  que  con  los  problemas  del  pueblo  en  la 
tierra. 

2.  TEOLOGIA  DEL  MERITO 

En  su  proclama  por  una  Iglesia  al  lado  del  pueblo,  Julio 
María  afirmaba: 

El  clero  no  puede  ni  debe  actualmente  encasillarse  en  los  san- 
tuarios, contemplando  de  lejos  el  pueblo,  y pensando  que  hará 
obras  de  Dios  solamente  con  nuestras  devociones,  nuestras 
fiestas  o nuestros  panegíricos.  (16) 

No  obstante  esa  alarma,  la  mentalidad  que  se  afirma 
progresivamente,  especialmente  bajo  la  influencia  de  congre- 
gaciones de  clérigos  regulares  venidos  de  Europa,  es  exacta- 
mente la  de  una  visión  puramente  espiritual  del  mundo.  De 
ahí  la  importancia  que  asume  en  ese  período  la  teología  del 
mérito. 

Esa  teología  espiritual  pasó  a ser  propuesta  a la  Iglesia 
universal  a partir  del  siglo  XVI,  especialmente  a través  de  los 
ejercicios  espirituales  de  San  Ignacio.  Se  enmarca  dentro  de  la 
propia  visión  tridentina  de  la  Iglesia,  y tuvo  un  éxito  y una 


60 


difusión  muy  grande.  En  realidad,  la  teología  del  mérito  es 
una  respuesta  católica  a la  mentalidad  burguesa  que  comienza 
a afirmarse  a partir  del  espíritu  mercantilista  introducido  por 
la  Revolución  Comercial. 

La  característica  principal  de  la  nueva  burguesía  urbana 
es  el  énfasis  en  la  actividad  económica,  teniendo  en  vista  la 
ganancia.  El  éxito  comercial  es  medido  en  términos  de  ga- 
nancias o pérdidas,  "haber”  y "déficit".  Al  mismo  tiempo  los 
católicos  son  acusados  de  no  valorar  el  mundo,  considerando 
la  tierra  como  un  exilio  o destierro.  En  respuesta,  la  teología 
aséptica  pasa  a enfatizar  que  existen  dos  tipos  de  actividad 
en  el  mundo:  la  actividad  política  y económica,  de  signi- 
ficado pasajero,  y la  actividad  de  valor  espiritual,  de  valor 
eterno,  a través  de  la  cual  se  obtienen  las  verdaderas 
ganancias,  o sea,  los  méritos  para  el  cielo.  La  tierra  deja  de  ser 
un  lugar  de  exilio  y pasa  a ser  considerada  ahora  como  un 
lugar  de  prueba,  donde,  mediante  obras  espirituales,  las 
personas  deben  buscar  merecerse  el  premio  eterno. 

En  última  instancia,  los  valores  terrenos  siguen  caren- 
tes de  sentido.  El  único  valor  verdadero  es  la  salvación 
eterna.  Hay  solamente  un  cambio  de  óptica  en  el  análisis  del 
problema  de  la  salvación.  En  la  concepción  medieval  de  la 
teología  del  Destierro,  la  salvación  ya  había  sido  realizada 
antes  del  mundo  actual,  en  el  Paraíso  Terrenal,  y perdida  por 
el  pecado  de  los  primeros  padres.  En  la  nueva  ética  teológica, 
el  énfasis  es  puesto  en  el  carácter  último  de  la  salvación.  El 
paraíso  no  está  antes,  sino  después  de  este  mundo.  La  salva- 
ción se  vuelve  una  consecuencia  de  los  méritos  adquiridos  en 
la  tierra.  Y los  pecados  aquí  cometidos  pasan  a constituir  el 
verdadero  obstáculo  para  el  premio.  De  ahí  la  importancia  del 
recurso  a la  mediación  sacramental  de  la  confesión  para 
reestablecer  el  equilibrio  en  la  balanza  del  juicio. 

A partir  de  mediados  del  siglo  pasado,  esa  teología  pasa 
a tener  gran  aceptación,  sobretodo  entre  las  capas  medias 
urbanas,  más  alcanzadas  por  la  acción  del  clero  religioso,  a 
través  de  las  parroquias  y la  actividad  de  los  colegios. 

Por  cierto,  todo  el  clero  pasa  a ser  formado  dentro  de 
esa  nueva  visión  religiosa  del  mundo.  Así,  por  ejemplo,  en  los 
seminarios  la  práctica  de  los  exámenes  de  conciencia,  un 


61 


refuerzo  de  los  ejercicios  espirituales,  pasa  a constituir  un 
termómetro  de  la  vida  espiritual  para  medir  el  avance  de  la 
virtud  o del  vicio,  de  los  méritos  o de  los  deméritos. 

La  acción  pastoral  es  también  toda  ella  orientada  en  la 
multiplicación  de  las  obras  religiosas.  Las  misiones  populares 
son  promovidas  bajo  el  significativo  lema:  "salva  tu  alma".  El 
trabajo  pastoral  es  medido  en  términos  del  éxito  en  la  promo- 
ción de  las  obras  espirituales.  Son  hechas  estadísticas  sobre  el 
núméro  de  confesiones,  comuniones,  bautizos  y casamientos. 
Datos  numéricos  elevados  atestiguan  el  resultado  del  trabajo 
pastoral:  se  aumentaron  los  méritos  para  el  cielo. 

La  teología  del  mérito  es  condensada  de  forma  signifi- 
cativa en  el  acto  de  contricción  que  debe  preceder  la  con- 
fesión sacramental: 

Péseme,  Señor,  por  haber  perdido  el  cielo  y merecido  el 
infierno. 

Es  solamente  en  esa  perspectiva  de  salvación  eterna  que 
la  vida  presente  tiene  algún  sentido. 

3.  TEOLOGIA  DE  LA  REPARACION 

En  ese  período  se  opera  también  una  sustitución  expre- 
siva de  las  antiguas  devociones  populares  típicas  de  la  cultura 
lusa,  por  nuevas  devociones,  traídas  especialmente  por  reli- 
giosos europeos.  Poco  a poco  los  antiguos  santos  van  siendo 
sustituidos  por  los  nuevos  protectores  traídos  por  misioneros 
venidos  a pedido  de  los  obispos  para  reforzar  el  movimiento 
de  reforma  católica.  Oscar  Beozzo  analiza  con  mucha  agudeza 
el  caso  de  la  sustitución  de  la  devoción  a Nuestra  Señora  de  la 
Gloria,  tradicional  en  la  ciudad  de  Juiz  de  Fora,  por  la 
devoción  de  Nuestra  Señora  del  Perpetuo  Socorro,  traída  por 
los  redentor istas  holandeses. 

No  solamente  eran  sustituidos  los  santos,  sino  también 
modificada  la  forma  de  rendirles  culto.  Mientras  las  antiguas 
fiestas  religiosas  eran  celebradas  con  gran  aparato  externo  de 
música,  fuegos  de  artificio  y procesiones,  y mediante  la  prác- 
tica de  promesas  y romerías,  en  las  nuevas  devociones  el 
énfasis  se  da  en  la  práctica  sacramental.  En  los  novenarios  y 


62 


fiestas  se  alienta  la  práctica  sacramental  como  la  auténtica 
expresión  de  fe;  y consecuentemente  el  catolicismo  popular 
es  vinculado  cada  vez  más  a la  misma  institución  clerical. 

Esa  nueva  visión  teológica  del  culto  de  los  santos  en- 
cuentra gran  aceptación  en  las  capas  urbanas  de  la  población) 
sea  por  la  actuación  de  los  religiosos  en  la  actividad 
parroquial,  sea  por  la  propia  red  escolar  católica  por  ellos 
controladas.  En  el  interior  y en  la  selva,  no  obstante,  se 
mantiene  aún  fuerte  la  devoción  popular  tradicional,  de  la 
cual  las  capillitas a la  orilla  de  las  carreteras  siguen  siendo  un 
cuadro  muy  expresivo. 

Un  culto,  no  obstante,  emerge  en  ese  período  como 
expresión  típica  de  la  nueva  fase  eclesial.  Es  la  devoción  del 
Corazón  de  Jesús,  promovida  principalmente  por  los  Curas 
Jesuítas  a través  de  la  asociación  religiosa  intitulada 
Apostolado  de  la  Oración.  Me  decía  Ralph  del  la  Cava  que  un 
estudio  sobre  la  difusión  del  Apostolado  de  la  Oración  en 
Brasil  sería  una  forma  muy  eficaz  para  medir  el  alcance  del 
movimiento  de  reforma  y romanización  de  la  Iglesia  del 
Brasil.  Estoy  plenamente  de  acuerdo  con  él. 

La  devoción  al  Corazón  de  Jesús  refleja  también  sin 
duda  la  nueva  visión  teológica  referente  a la  sociedad  en  este 
período.  Conviene  subrayar  que  el  siglo  XIX  está  marcado 
por  la  fuerza  del  ultramontanismo  y por  la  reacción  anti- 
liberal de  los  católicos.  La  Iglesia  se  ve  cercada  por  la  fuerza 
de  los  movimientos  políticos  liberales,  que  dan  origen  a la 
Unificación  de  Italia  y a la  pérdida  de  los  Estados  Pontificios, 
culminando  con  la  toma  de  Roma  en  1870.  Ya  en  1848  Pío 
IX  tuvo  que  huir  para  Gaeta,  y terminar  su  pontificado  como 
prisionero  voluntario  del  Vaticano. 

La  mentalidad  que  se  difunde  en  la  Iglesia  en  ese 
período  tiene  como  tónica  el  sentimiento  de  derrota  y pesi- 
mismo. El  pensamiento  católico  pasa  a interpretar  la  historia 
como  si  fuese  controlada  por  los  poderes  del  mal,  que  de 
todos  los  rincones  atacan  la  Iglesia  Católica.  Se  acentúa  una 
visión  maniqueísta  del  mundo:  por  un  lado  están  los  liberales, 
los  enemigos  de  la  Iglesia  y de  Dios,  los  malos  cristianos,  los 
herejes  y los  infieles;  por  otro,  los  buenos  cristianos,  aquellos 
que  se  unen  a la  Iglesia  y al  Papa  en  una  actitud  decla- 
radamente anti  liberal. 


63 


La  devoción  al  Corazón  de  Jesús  expresa  de  modo 
bastante  típico  esa  visión  del  mundo:  Jesús  es  el  prisionero 
del  sagrario,  y sus  devotos  deben  refugiarse  a sus  pies  para 
reparar  los  pecados  que  los  malos  y los  enemigos  de  la  fe 
están  cometiendo.  La  devoción  se  expresa  a través  de  las 
comuniones  en  Jos  nueve  primeros  viernes,  donde  se  subraya 
la  tónica  reparadora. 

Esa  nueva  teología  espiritual  quiere  también  reparar  el 
remanente  espíritu  liberal  de  clérigos  y católicos  laicos 
considerados  como  malos  cristianos. 

El  espíritu  reparador  es  elevado  posteriormente  también 
a los  hogares,  donde  se  entroniza  el  Corazón  de  Jesús. 

Conviene  subrayar  que  existe  una  diferencia  muy  grande 
entre  la  tradicional  devoción  lusitana  del  Buen  Jesús  y la 
nueva  devoción  franco-italiana  del  Corazón  de  Jesús.  El  Buen 
Jesús  sufriente  era  un  símbolo  del  pueblo,  con  el  cual  éste  se 
identificaba.  El  Corazón  de  Jesús  que  sufre  es  el  símbolo  de 
la  Iglesia  como  poder  espiritual,  es  el  símbolo  de  la  jerarquía 
eclesiástica  anti-liberal,  y en  la  obra  de  reparación  se  destacan 
especialmente  los  católicos  de  mentalidad  ultramontana.  En 
realidad,  detrás  de  los  nuevos  santos  y de  las  nuevas  devo- 
ciones, se  manifiesta  también  el  progresivo  poder  de  la  Santa 
Sede  sobre  la  Iglesia  del  Brasil,  cada  vez  más  romanizada. 

Formados  en  Roma  y europeizados,  algunos  clérigos  y 
obispos  manifestarán  una  oposición  violenta  contra  deter- 
minado movimiento  religioso  popular,  como  en  el  caso  de 
Joazeiro  do  Norte  y de  Canudos.  En  ese  último  caso,  hubo 
aprobación  del  clero  a la  acción  represiva  y exterminadora  del 
gobierno  contra  los  seguidores  de  Antonio  Conselheiro, 
acusado  de  "fanatismo  religioso". 

No  obstante,  la  doctrina  predicada  por  Conselheiro,  dis- 
cípulo del  Cura  Ibiapina,  estaba  perfectamente  de  acuerdo 
con  la  espiritualidad  medieval  y colonial.  Aquí  tenemos  un 
tópico  expresivo  de  su  meditación  sobre  la  "desolación  de 
María  durante  su  destierro  en  Egipto": 

Si  en  este  mundo,  que  es  nuestro  destierro,  podemos  adorar  a 
Dios,  podemos  contemplar  sus  atributos,  estos  piadosos  senti- 


64 


mientos  nacen  de  un  corazón  peregrino  que  debe  ardientemente 
suplicar  por  la  patria  bendita.  Es  esto,  pues,  lo  que  nuestra 
cariñosa  Madre  nos  enseña,  es  por  consiguiente  lo  que  debemos 
practicar.  d®) 

Sin  embargo,  lo  que  interesaba  directamente  a la  jerar- 
quía eclesial  en  ese  momento  era  fortalecerse  y organizarse, 
para  conquistar  una  mayor  influencia  sobre  la  sociedad  bra- 
sileña. 

V.  LA  TEOLOGIA  EN  LA  RESTAURACION  CATOLICA 

(1920-1960) 

A partir  de  los  años  20,  se  dio  un  cambio  bastante 
importante  en  la  Iglesia  del  Brasil.  Alejada  del  poder  en  1890, 
mediante  el  decreto  se  separación  entre  Estado  e Iglesia,  la 
jerarquía  católica  tiene  en  mente  de  nuevo  reconquistar  su 
poder. 

También  en  esta  fase  el  movimiento  para  imprimir  un 
nuevo  rumbo  a la  vida  de  la  Iglesia,  parte  de  la  jerarquía 
eclesiástica.  El  liderazgo  cupo  a D.  Sebastiao  Leme,  que 
desde  1916,  al  ser  elevado  al  arzobispado  de  Olinda,  lanza 
una  pastoral  programática  referente  a la  nueva  orientación 
que  la  Iglesia  del  Brasil  debería  tomar.  Según  él,  el  Brasil,  que 
se  constituía  como  nación  bajo  la  influencia  de  la  religión 
católica,  estaba  ahora  a la  merced  de  dirigentes  poco  celosos 
de  sus  compromisos  con  la  fe,  como  consecuencia  de  la 
organización  laica  de  la  república.  Urgía,  por  lo  tanto,  que  la 
fe  pasase  de  nuevo  a influenciar  tanto  la  acción  de  los  líderes 
políticos  como  la  propia  legislación  del  país. 

Aquí  tenemos  sus  palabras  textuales: 

En  verdad,  los  católicos  somos  la  mayoría  de  Brasil,  y no 
obstante,  católicos  no  son  los  principios  y las  reglas  de  nuestra 
vida  política.  No  es  católica  la  ley  que  nos  rige.  De  nuestra  fe 
prescinden  los  depositarios  de  la  autoridad. 

Laicas  son  nuestras  escuelas,  laica  la  enseñanza.  En  la  fuerza 
armada  de  la  república,  no  se  pone  atención  a la  religión. 

En  fin,  en  el  engranaje  del  Brasil  oficial,  no  vemos  una  sola 
manifestación  de  vida  católica. 

Y más  adelante  añade: 


65 


Somos  católicos  de  clausura;  nuestra  fe  se  restringe  al  encierro 
del  oratorio  o a la  nave  de  las  iglesias^  Cuando  fuera  de  los 
portales  de  los  lugares  santos  flamean  nuestros  pendones,  es 
cierto  que  en  ellos  no  exultan  estusiasmos  de  una  reivindicación 
jurada;  ramos  de  flores  es  lo  que  llevan  en  sus  pliegues  perfu- 
madas, no  son  banderas  de  acción,  sino  de  procesión. 

Poco  después  concluye  el  prelado: 

El  Brasil  que  aparece,  el  Brasil-nación,  ese  no  es  nuestro.  Es  de 
la  minoría. 

A nosotros  los  católicos,  solamente  nos  dan  permiso  de  vivir. 
¡Qué  humillación  para  nuestra  fe!  ^0) 

En  forma  análoga  a Julio  María,  también  D.  Leme  enfa- 
tiza la  necesidad  de  que  la  Iglesia  deje  de  restringir  su  acción 
al  recinto  de  los  templos.  Para  el  sacerdote  redentorista,  no 
obstante,  lo  importante  era  que  la  Iglesia  se  uniese  al  pueblo, 
se  pusiese  a su  lado.  Para  el  futuro  cardenal  de  Río  de 
Janeiro,  la  meta  era  que  la  Iglesia  llegase  al  poder  de  la 
nación,  a través  de  dirigentes  y leyes  católicas. 

Y fue  esa  última  la  concepción  victoriosa  en  ese  nuevo 
período. 

1.  TEOLOGIA  DE  LA  NEO-CRISTIANDAD 

El  nuevo  espíritu  teológico  que  se  implanta  en  esa  época 
no  es  fundamentalmente  distinto  de  aquel  dominante  en  el 
período  anterior.  En  realidad  se  sigue  dando  la  misma 
concepción  de  Iglesia  tridentina,  con  la  doble  división  de  la 
sociedad  entre  poder  temporal  y espiritual. 

No  obstante,  en  realidad,  la  Iglesia  sentía  que  en  las 
décadas  anteriores  su  influencia  sobre  el  destino  del  país 
había  disminuido  mucho.  La  república  brasileña  fue  pro- 
clamada bajo  el  influjo  del  pensamiento  liberal  y positivista. 
En  la  misma  bandera  nacional  fue  puesto  el  lema  de  A.  Conte 
"Orden  y progreso".  Ya  en  1890  el  gobierno  declaraba  la 
separación  entre  Iglesia  y Estado.  La  nueva  constitución  de 
1891  fue  proclamada  sin  la  invocación  del  nombre  de  Dios  en 
su  prólogo. 

Sin  negar  la  distinción  entre  los  dos  poderes,  político  y 
espiritual,  lo  que  la  Iglesia  desea  es  que  la  sociedad  brasileña 


66 


esté  impregnada  de  valores  cristianos.  Para  eso,  dos 
condiciones  son  consideradas  básicas:  que  las  leyes  del  país 
tengan  inspiración  cristiana,  y que  los  gobernantes  de  la 
nación  actúen  según  los  principios  católicos.  Es  teniendo  en 
vista  esas  dos  metas  que  será  enfatizada  toda  la  actuación  de 
la  Iglesia  a partir  de  los  años  20. 

En  el  período  de  la  Cristiandad  Colonial,  la  religión  cató- 
lica constituía  efectivamente  un  departamento  de  Estado,  y 
los  miembros  de  la  jerarquía  eclesiástica  eran  considerados 
como  altos  funcionarios  a servicio  de  la  Corona.  En  la 
concepción  de  la  Nueva  Cristiandad,  la  Iglesia  Católica  se 
considera  como  una  fuerza  espiritual  que  está  por  encima  del 
Estado,  y los  prelados  se  consideran  como  representantes  del 
Papa  —indirectamente  de  Cristo—  encargados  de  transformar 
otra  vez  a Brasil  en  un  país  típicamente  católico. 

La  interpretación  de  la  historia  de  Brasil  sirve  de  punto 
de  apoyo  para  la  ofensiva  de  la  Iglesia;  se  repite  frecuen- 
temente que  la  nación  nació  bajo  el  signo  de  la  fe;  y que  el 
pueblo  siempre  fue  fiel  a la  creencia  religiosa.  Eran  solamente 
los  dirigentes  republicanos  quienes  en  las  últimas  décadas  se 
habían  alejado  de  la  religión  del  pueblo.  Se  olvida,  claro  está, 
el  aspecto  coercitivo  que  había  marcado  la  implantación  de  la 
fe  católica  en  Brasil. 

Además,  la  "Guerra  Santa"  contra  los  enemigos  de  la  fe 
renace  bajo  la  forma  sutil  de  la  apologética  católica:  protes- 
tantes y espiritistas  principalmente,  son  los  blancos  princi- 
pales de  las  pastorales  de  los  obispos  y de  otros  escritores 
católicos  en  ese  período.  Los  protestantes  son  frecuen- 
temente presentados  como  representantes  de  intereses  extran- 
jeros contra  los  legítimos  valores  religiosos  del  pueblo 
brasileño. 

La  teología  de  la  Neo-Cristiandad  tiene  gran  aceptación 
en  ese  período  de  cuatro  décadas  que  antecede  el  Concilio 
Vaticano  II.  No  son  solamente  los  obispos  quienes  difunden 
esa  mentalidad  en  sus  pronunciamientos  oficiales.  También 
las  principales  revistas  católicas  del  país  difunden  sin  cesar  esa 
concepción.  Así  lo  hacen  la  revista  "Vozes"  de  Petrópolis, 
dirigida  por  los  franciscanos,  la  revista  "Mensajeiro  do 
Coracao  de  Jesús",  dirigida  por  los  jesuítas,  la  revista  "Ave 


67 


María”,  orientada  por  los  claretianos,  para  citar  algunos 
ejemplos.  También  los  laicos  católicos  pasan  a imbuirse  de 
esas  mismas  ideas. 

Se  enfatiza  públicamente  que  Brasil  es  la  más  grande 
nación  católica  del  mundo.  En  el  himno  del  Congreso  Euca- 
rístico  de  Recife,  en  1939  el  pueblo  canta  con  emoción  este 
estribillo  compuesto  por  D.  Aquino  Correia: 

¡Creo  en  ti,  hostia  santa,  hasta  la  muerte! 

¡Quien  no  cree,  brasileño  no  es! 

Era  un  eco  perfecto  del  proyecto  lusitano  de  "dilatar  las 
fronteras  de  la  fe  y del  imperio”,  o sea,  de  implantar  la  Cris- 
tiandad en  Brasil. 

2.  TEOLOGIA  DE  LA  ACCION  CATOLICA 

Así  como  no  existe  una  diferencia  fundamental  entre  la 
concepción  de  la  Iglesia  típica  de  la  Reforma  Católica  y la  del 
período  siguiente  de  la  Restauración  Católica,  también  la 
teología  de  la  acción  católica  no  es  formalmente  distinta  de  la 
anterior  doctrina  del  mérito. 

En  realidad  la  acción  católica,  como  es  oficializada  por 
Pío  XI,  y como  es  promovida  por  la  jerarquía  eclesiástica  de 
Brasil,  constituye  básicamente  una  escuela  de  católicos  practi- 
cantes. La  insistencia  fundamental  es  el  ejercicio  de  las 
virtudes  cristianas  y la  práctica  de  la  vida  sacramental. 

En  realidad,  toda  la  promoción  inicial  del  movimiento 
tiene  en  vista  solamente  formar  católicos  practicantes.  No  sin 
razón,  por  lo  tanto,  las  congregaciones  marianas  y los 
miembros  de  otras  asociaciones  religiosas  desean  ser  consi- 
derados como  actuantes  dentro  del  espíritu  de  la  acción  cató- 
lica. Aquí,  además,  aparece  un  nuevo  elemento:  la  conciencia 
de  la  Iglesia  de  que  el  propio  Estado,  a través  de  sus  leyes, 
debe  facilitar  la  práctica  religiosa  de  los  cristianos.  La  teolo- 
gía de  la  acción  católica  es  consecuencia  de  esa  opción  de  la 
Iglesia  en  favor  de  una  nueva  cristiandad. 

Dos  son  las  características  principales  de  esa  nueva 
concepción  teológica: 

En  primer  lugar,  una  insistencia  para  que  los  católicos 
demuestren  también  en  la  vida  social  y en  el  ejercicio  de  los 


68 


cargos  públicos  sus  convicciones  católicas.  La  religión,  por  lo 
tanto,  debe  progresivamente  salir  del  interior  de  las  iglesias  y 
manifestarse  públicamente.  Ese  carácter  exterior  será  enfati- 
zado a través  de  los  congresos  eucarísticos  y de  la  promoción 
de  la  pascua  entre  las  distintas  categorías  de  personas. 

En  segundo  lugar , los  miembros  de  la  acción  católica 
deben  estar  directamente  comprometidos  con  la  jerarquía  en 
el  proyecto  de  implantación  de  la  nueva  sociedad  cristiana. 
Los  laicos  son  de  hecho  considerados  como  el  brazo  derecho 
de  la  Iglesia  que  se  hace  presente  en  las  instituciones  públicas. 
A través  del  movimiento  de  la  acción  católica  la  jerarquía 
eclesiástica  pretende  preparar  hombres  que  puedan  posterior- 
mente asumir  el  liderazgo  político  del  país,  así  como  lograr 
que  la  legislación  brasileña  se  oriente  por  los  principios 
católicos. 

Para  mayor  eficacia,  los  laicos  son  organizados  bajo  las 
órdenes  directas  de  la  jerarquía.  Con  frecuencia  la  acción  de 
los  laicos  es  comparada  a la  acción  de  los  soldados  de  un 
ejército,  cuyos  jefes  son  los  obispos. 

El  cura  Castro  Nery  resume  así  las  principales  caracte- 
rísticas de  la  acción  católica: 

Unión  de  todos  los  católicos,  religiosamente  formados,  bajo  la 
dirección  eclesiástica,  para  la  recristianización  de  la 
sociedad  . . . 

En  última  instancia,  la  misión  de  los  miembros  de  la 
Acción  Católica  es  "la  restauración  del  reinado  de  Cristo,  en 
el  hogar  y en  la  escuela,  en  la  prensa  en  el  taller,  en  el 
electorado  y en  la  legislación  del  país.  *21* 

3.  TEOLOGIA  DE  LA  REALEZA 

No  está  fuera  de  lugar  afirmar  que  la  teología  de  la 
realeza  de  Cristo  representa  el  punto  culminante  de  la  ela- 
boración de  la  propia  teología  de  la  neo-cristiandad. Su  funda- 
mento será  la  doctrina  de  Cristo  Rey,  cuya  fiesta  es  ofi- 
cializada para  toda  la  Iglesia  por  Pío  XI. 

La  institución  de  la  fiesta  de  la  realeza  de  Cristo  refleja 
claramente  la  nueva  situación  de  la  Iglesia  en  el  pontificado 
de  Pío  XI.  Desde  Pío  IX  los  Papas  se  consideraban  prisioneros 


69 


del  Vaticano,  en  vista  de  la  pérdida  de  los  Estados  Pontificios, 
agregados  al  Estado  Italiano  unificado.  La  situación  entre 
Iglesia  y Estado  italiano  permeneció  por  mucho  tiempo  tensa, 
no  reconociendo  la  Santa  Sede  la  legitimidad  de  la  nueva 
situación.  Fue  solamente  en  el  pontificado  de  Pío  XI,  me- 
diante el  tratado  de  Latrón,  que  la  Iglesia  asumió  una  nueva 
actitud:  pasó  a reconocer  oficialmente  el  Estado  Italiano,  y al 
mismo  tiempo  el  Papa  dejó  de  considerarse  prisionero. 

Alejada  de  la  participación  política  en  los  pontificados 
anteriores,  con  Pío  XI  la  Iglesia  busca  reafirmar  de  nuevo  su 
presencia  en  la  sociedad.  Volcada  antes  hacia  sus  problemas 
internos  principalmente,  en  los  pontificados  de  Pío  XI  y Pío 
XII  la  Santa  Sede  busca  ampliar  su  esfera  de  acción  e influen- 
cia entre  las  naciones. 

En  realidad,  la  realeza  y el  dominio  de  Cristo  sobre  el 
mundo  expresan  la  dominación  espiritual  que  la  propia  Iglesia 
desea  implantar  en  la  sociedad. 

Dos  movimientos  religiosos  reafirman  en  su  período  la 
idea  de  la  presencia  cristiana  en  la  sociedad:  los  cursillos  de 
Cristiandad,  fundados  en  España,  y el  Movimiento  por  un 
Mundo  Mejor,  fundado  en  Italia  por  el  jesuíta  Ricardo 
Lombardi. 

La  concepción  de  que  Cristo  debe  extender  de  hecho  su 
realeza  sobre  todas  las  naciones  repercute  fuertemente  en  la 
Iglesia  de  Brasil  en  ese  período. 

Una  de  las  manifestaciones  significativas  de  esa  nueva 
visión  eclesiástica  es  la  inauguración  de  la  estatua  del  Cristo 
Redentor  en  el  cerro  del  Corcovado,  en  Río  de  Janeiro. 

Además,  se  hace  una  campaña  para  que  el  Crucifijo  sea 
entronizado  en  los  lugares  públicos  de  reunión,  como 
símbolo  de  la  presencia  y del  dominio  de  Cristo.  En  los  tribu- 
nales de  justicia,  en  las  asambleas  y cámaras,  en  las  escuelas  y 
cuarteles  el  crucifijo  pasa  a ocupar  el  lugar  de  honor. 

A su  vez,  clérigos  y miembros  de  la  jerarquía  eclesiástica 
son  invitados  a un  lugar  destacado  al  lado  de  las  autoridades 
civiles  y militares  en  todas  las  manifestaciones  públicas  de 
carácter  cívico:  es  un  reconocimiento  significativo  de  la 
nueva  fuerza  de  influencia  ejercida  por  la  Iglesia  en  la 
sociedad. 


70 


Las  manifestaciones  más  expresivas,  además  de  la  fiesta 
de  Cristo  Rey,  son  los  congresos  eucarísticos,  inaugurados  en 
ese  período  con  una  pompa  exterior  verdaderamente  extra- 
ordinaria. El  primer  congreso  eucarístico  nacional  se  realiza 
en  Salvador  en  1933.  Los  congresos  eucarísticos  pasan  de 
hecho  a ser  vistos  como  la  proclamación  solemne  de  que 
Cristo  es  el  rey  de  la  sociedad  brasileña. 

Un  elemento  importante  en  los  congresos  eucarísticos  es 
la  participación  de  las  autoridades  políticas  y militares.  En 
todas  esas  asambleas  religiosas  esas  autoridades  ocupan  lugar 
destacado,  mereciendo  explícitas  referencias  durante  la  reali- 
zación de  los  actos  religiosos.  En  cierta  forma  la  Iglesia  pasa  a 
sacralizar  con  su  poder  espiritual  la  autoridad  política  de  los 
gobernantes.  Por  cierto,  a través  de  la  Liga  Electoral  Católica, 
solamente  son  aceptados  por  la  jerarquía  eclesiástica  como 
candidatos  políticos  aquellos  que  declaren  explícitamente  su 
conformidad  con  los  principios  católicos  defendidos  por  los 
obispos,  donde  sobresale  el  rechazo  del  divorcio,  la  adopción 
de  la  enseñanza  religiosa  en  las  escuelas  públicas  y la  negación 
formal  de  los  principios  socialistas. 

De  ese  modo.  Cristo  pasa  a ser  considerado  el  jefe  espi- 
ritual de  la  nación.  El  pueblo  católico  es  representado  como 
un  ejército  que  debe  estar  cohesionado,  unido  y obediente  a 
las  órdenes  de  los  representantes  de  Cristo,  a saber  los 
miembros  de  la  Iglesia  jerárquica. 

Se  canta  en  uno  de  los  himnos  muy  divulgados  en  ese 
período: 

Levantaos  soldados  de  Cristo-Jesús,  corred,  volad  a la  victoria 
—desplegando  la  bandera  de  la  gloria— i El  pendón  de  Jesús 
Redentor! 

En  el  himno  oficial  de  las  congregaciones  marianas,  la 
tónica  conservadora  emerge  con  toda  nitidez:  la  restauración 
del  nuevo  orden  llega  incluso  a ser  propuesta  en  términos  de 
la  antigua  alianza  entre  el  Trono  y el  Altar.  Cantan  los  con- 
gregados: 

Del  Plata  al  Amazonas  —Del  mar  a las  cordilleras  —Cerremos 
las  filas—  Soldados  del  Señor. 

Y en  el  estribillo  se  declara  textualmente: 


71 


El  infierno  ruge,  enfurecido  —el  altar  y el  trono  lo  quiero 
destruido. 

En  los  himnos  de  los  congresos  eucarísticos,  la  tónica  es 
también  la  de  la  realeza  y del  dominio  de  Cristo.  En  el  himno 
de  Bello  Horizonte,  en  1936  se  proclama: 

Tú  que  eres  rey,  tú  que  a los  pueblos  dominas.  Haz  aquí  tu 
trono,  oh  Jesús. 

En  Sáb  Paulo,  en  1942,  se  repite  el  estribillo: 

¡Brasileños,  levantemos  nuestro  cántico  . . . ! 

Cristo  vive,  Cristo  reina.  Cristo  impera  en  todo  el  mundo. 

En  última  instancia,  frente  a la  emergencia  de  una  bur- 
guesía liberal  laica,  la  Iglesia  intenta  una  vez  más  alinearse  al 
lado  de  las  fuerzas  conservadoras  del  país  en  la  defensa  de  los 
tradicionales  valores  cristianos.  Poco  a poco,  sin  embargo, 
frente  al  progreso  urbano  y burgués  a partir  de  la  revolución 
de  1930,  y especialmente  después  de  1946,  la  Iglesia  pasa  a 
aceptar  parcialmente  los  nuevos  patrones  liberales  y demo- 
cráticos. A partir  de  los  años  50,  empieza  a haber  por  parte 
de  la  Iglesia  de  Brasil  una  mayor  sensibilidad  por  el  problema 
social.  En  el  gobierno  de  Juscelino  Kubischek  una  parte  de  la 
jerarquía  eclesiástica  intenta  incluso  alinearse  al  lado  del 
gobierno  en  favor  de  las  reformas  sociales.  Por  fin,  a partir  de 
los  años  60,  con  el  Concilio  Vaticano  II,  nuevas  perspectivas 
se  abren  con  el  cambio  del  propio  modelo  de  Iglesia. 

VI.  CONCLUSION 

Al  término  de  este  estudio,  algunos  aspectos  merecen 
relieve  especial. 

Conviene  subrayar  en  primer  lugar  que  durante  el 
período  colonial  la  fe  católica  fue  introducida  en  Brasil 
mediante  el  modelo  de  Iglesia-Cristiandad, cuya  base  está  en  la 
unión  entre  Iglesia  y Estado.  En  la  práctica  la  Iglesia  es  incor- 
porada por  el  poder  político  e instrumentalizada  en  favor  del 
proyecto  colonial  portugués.  Tanto  en  la  evangelización, 
como  en  la  presencia  junto  al  pueblo,  la  Iglesia  actúa  como 
representante  del  Estado,  y la  transmisión  de  la  doctrina 


72 


evangélica  está  condicionada  a la  mantención  de  la  estructura 
latifundista  y esclavista  exigida  por  la  metrópoli.  Es  dentro  de 
esos  condicionamientos  que  se  difunde  la  teología  de  la 
Cristiandad,  la  Teología  del  Destierro  y la  Teología  de  la 
Pasión. 

A partir  de  fines  del  siglo  XVIII  y durante  las  primeras 
décadas  del  siglo  XIX  el  clero  brasileño  se  anima  por  las  ¡deas 
liberales  de  la  Revolución  Francesa  y de  la  Independencia 
Americana.  Frente  a la  rebeldía  de  la  jerarquía  eclesiástica,  el 
clero  se  pone  al  lado  del  pueblo,  en  defensa  de  los  derechos 
de  libertad  y participación  política,  luchando  por  la  Inde- 
pendencia del  Brasil.  Dando  poco  valor  a la  catequesis  tra- 
dicional, que  incluía  el  concepto  de  sumisión  al  orden  y a la 
autoridad  constituida,  el  clero  de  esa  época  pasa  a enaltecer 
la  idea  de  la  religión  vinculada  al  concepto  de  libertad.  Sin 
embargo,  el  clero  brasileño  liberal  no  logró  hacer  efectivo  el 
proyecto  de  creación  de  una  Iglesia  de  carácter  nítidamente 
nacional.  No  se  ha  profundizado  todavía  lo  suficiente  en  el 
tema  de  las  bases  teológicas  que  podría  haber  orientado  la 
actitud  de  esos  clérigos.  Está  fuera  de  duda,  no  obstante,  la 
influencia  de  la  teología  francesa  de  inspiración  jansenista  y 
galicana. 

El  movimiento  de  los  obispos  reformistas,  iniciado  a me- 
diados del  siglo  XIX,  logró. efectivamente  implantar  un  nuevo 
modelo  de  Iglesia  como  sociedad  perfecta,  de  acuerdo  con  la 
tradición  trrdentina.  Además  de  la  organización  de  nuevas 
asociaciones  religiosas  vinculadas  al  poder  eclesiástico,  los 
obispos  buscan  promover  el  adoctrinamiento  del  pueblo  me- 
diante la  difusión  de  catecismos  inspirados  en  la  teología  tri- 
dentina.  La  tónica  de  la  reforma  católica  es  eminentemente 
clerical.  Dentro  de  una  visión  puramente  espiritualista,  el 
episcopado  se  preocupa  mucho  más  por  traer  al  pueblo  hacia 
adentro  de  la  estructura  eclesiástica  que  en  colaborar  efecti- 
vamente con  el  pueblo  en  la  defensa  de  sus  derechos.  Reflejo 
de  esa  mentalidad  dominante  en  ese  período  es  la  promoción 
de  la  teología  del  poder  espiritual,  de  la  teología  del  Mérito  y 
de  la  teología  de  la  Reparación. 

Una  nueva  fase  del  movimiento  liderado  por  la  je- 
rarquía eclesiástica  es  implantada  a partir  de  la  década  del  20, 
teniendo  en  vista  recuperar,  fortalecer  y ampliar  la  influencia 
de  la  Iglesia  en  la  sociedad  brasileña.  La  ¡dea  de  restaurar  el 


73 


dominio  de  Cristo  sobre  las  instituciones  públicas  inspira  la 
actuación  de  los  obispos  y de  los  laicos  por  ellos  convocados, 
especialmente  a través  del  movimiento  de  acción  católica.  No 
es  aún  el  pueblo  quien  le  interesa  directamente  a la  Iglesia, 
sino  su  propia  influencia  efectiva  sobre  los  dirigentes  y las 
leyes  del  país.  Es  la  presencia  de  la  institución  eclesiástica  en 
la  orientación  de  los  destinos  de  la  nación  que  constituye  la 
meta  principal  de  la  acción  episcopal.  En  última  instancia, se 
vuelve  al  sueño  de  transformar  el  Brasil  en  un  país  decla- 
radamente católico.  Es  en  ese  contexto  que  se  difunde  la 
teología  de  la  Neo-Cristiandad,  la  teología  de  la  acción  cató- 
lica y la  teología  de  la  realeza  de  Cristo. 

Desde  los  inicios  de  los  años  60  se  inició  el  movimiento 
por  una  renovación  de  la  Iglesia  del  Brasil.  Ese  movimiento 
liderado  por  laicos  de  la  Acción  Católica,  encontró  una 
adhesión  parcial  del  clero  y de  algunos  obispos  destacados  del 
episcopado  brasileño.  El  movimiento  de  renovación  pastoral 
tiene  en  vista  efectivamente  crear  una  iglesia  identificada  con 
las  necesidades  y los  anhelos  de  la  población  brasileña.  En  esa 
nueva  visión  eclesial,  la  Iglesia  asume  una  actitud  crítica 
frente  a la  actuación  del  gobierno,  dispuesta  a defender  los 
derechos  de  los  pobres  y de  los  marginados  por  la 
sociedad. 

Es  efectivamente  en  los  años  60,  con  la  celebración  del 
Concilio  Vaticano  II,  que  se  consolida  la  idea  de  la  implan- 
tación de  un  nuevo  modelo  eclesial:  la  Iglesia  como  pueblo  de 
Dios.  Con  profunda  inspiración  bíblica,  la  Teología  del 
Pueblo  de  Dios  pasa  a tener  gran  aceptación,  superando 
prácticamente  la  anterior  concepción  teológica  de  la  Neo- 
Cristiandad. 

Ese  cambio  de  visión  teológica  es  analizado  con  mucha 
agudeza  por  el  obispo  D.  Antonio  Celso  Queiroz,  auxiliar  de 
la  diócesis  de  Sao  Paulo.  Escribe  él: 

A pesar  de  ciertas  indecisiones  y aún  contradicciones,  los  años 
60  y 70  han  asistido  primero  a la  entrada  decidida  de  la  Iglesia 
en  el  campo  social,  y después,  una  cada  vez  más  clara  toma  de 
posición  de  solidaridad  con  los  pobres  marginados.  Una  de 
las  consecuencias  más  importantes  de  este  hecho  ha  sido  el 
alejamiento  del  poder  político.  Esa  es  una  realidad,  creemos 
nosotros,  absolutamente  nueva  en  la  historia  de  la  Iglesia  de 


74 


Brasil.  Acordémonos  de  la  época  colonial  en  que  la  Iglesia  era 
prácticamente  un  departamento  del  Estado  colonizador, 
situación  fundamentalmente  conservada,  en  términos  de  rela- 
ciones con  el  Estado,  durante  la  época  imperial. 

A continuación  añade: 

En  la  primera  república  la  Iglesia,  anclada  en  la  concepción  del 
doble  poder,  vivió  quejosamente  la  situación  oficial  de  sepa- 
ración e intentó  encontrar  canales  e instrumentos  de  influen- 
cia, cosa  que  logró  sobretodo  en  los  últimos  años  de  la 
república  vieja  y durante  el  Estado  Nuevo.  Fue  esa  Iglesia 
influyente  junto  al  poder  que  participó  activamente  en  la  vida 
de  la  sociedad  brasileña,  sea  después  de  la  restauración  demo- 
crática, sea  en  la  época  del  debate  y de  los  primeros  pasos 
sobre  el  desarrollo  brasileño  en  los  años  50.  Hay  una  larga 
tradición,  sea  de  dependencia,  sea  de  colaboración,  que  supone 
por  lo  menos  una  concordancia  fundamental  de  ciertos  obje- 
tivos entre  la  Iglesia  y el  Estado.  La  situación  actual  refleja  una 
realidad  nueva,  con  todas  las  tensiones,  hesitaciones  y aun 
contradicciones  de  su  novedad.  La  perplejidad  se  encuentra  sea 
al  nivel  del  poder  político,  sea  junto  a la  clase  media,  sea 
dentro  de  la  misma  Iglesia.  La  novedad  es  saludada  con  entu- 
siasmo por  grupos  de  clase  media  y alta  que  tuvieron  acceso  a 
una  reflexión  crítica  sobre  el  papel  de  la  Iglesia,  por  la 
juventud  universitaria  y vinculada  a los  medios  de  comu- 
nicación social,  por  los  grupos  más  secularizados  de  la 
sociedad,  y por  el  pueblo  sencillo  que  participa  de  las  comu- 
nidades. 

Y el  prelado  concluye: 

Parece  claro  que  la  Iglesia  cambia  progresivamente  el  papel  de 
partícipe  en  el  poder  político  para  el  "bien"  espiritual  del 
pueblo,  por  el  papel  profético  de  anuncio  de  las  exigencias 
evangélicas  en  el  orden  político  y de  denuncia  de  los  conte- 
nidos anticristianos  de  los  modelos  sociales.  (22) 

Como  consecuencia  de  la  nueva  visión  eclesiológica, 
adoptada  por  la  misma  jerarquía  eclesiástica,  se  difunde  para- 
lelamente una  nueva  concepción  teológica  del  problema  de  la 
salvación.  Esta  ya  no  es  puesta  antes  o después  del  mundo, 
sino  que  se  afirma  que  ella  ya  se  inicia  en  este  mundo:  la 
salvación  comienza  a construirse  en  este  mundo,  sin  embargo 
no  se  agota  en  la  realidad  terrena.  Se  desarrolla  así  la  teología 


75 


del  Reino  de  Dios  presente  en  el  mundo.  Sobre  esa  teología 
del  Reino,  los  teólogos  brasileños  Clodovis  Boff  y Joao  B. 
Libanio  han  publicado  estudios  significativos.  La  tesis  básica 
es  que  el  reino  de  Dios,  mensaje  salvífico  de  Cristo,  debe  ser 
actuante  en  la  propia  realidad  del  mundo.  La  organización  de 
las  comunidades  eclesiales  de  base  reflejan  esa  nueva 
mentalidad. 

En  un  número  especial  dedicado  a ese  tema,  el  Editorial 
de  la  revista  SEDOC  caracteriza  así  a ese  movimiento: 

Emergencia  de  una  Nueva  Iglesia  nacida  de  la  vieja:  tanto  el 
estilo  distinto  de  pensar  en  Iglesia  como  la  forma  de  ser  de  ella, 
dejan  entrever  el  nacimiento  de  una  nueva  Iglesia,  nacida  del 
Pueblo.  Aquí  y allá  se  habla  de  Iglesia  de  la  tradición,  que  sería 
la  Iglesia  en  moldes  clásicos,  apoyada  sobre  el  clero,  y de  la 
Iglesia  del  Evangelio,  que  nace  de  la  fe,  en  el  seno  del  pueblo, 
apoyada  ya  no  en  un  solo  grupo,  sino  en  el  mismo  pueblo  que 
cree  y asume  llevar  la  causa  del  Evangelio  adelante.  Hay  una 
multiplicidad  de  servicios,  según  las  necesidades  de  la 
comunidad. 

Ese  tipo  nuevo  de  Iglesia  se  entiende  como  Iglesia  que  nace  de 
la  vida,  en  comunión  con  ella.  No  hay  otra  Iglesia.  Es  la  misma 
Iglesia  de  Cristo  y de  los  Apóstoles.  Pero  con  una  cara  nueva. 
Habla  el  lenguaje  del  pueblo  y se  viste  a su  estilo.  Nació  como 
respuesta  dada  en  la  fe  de  las  ingentes  necesidades  del  medio,  a 
la  falta  de  ministros  ordenados,  a las  dificultades  de  diálogo, 
encuentro  y comunión  entre  todos  los  miembros  del  pueblo  de 
Dios. 

Y a continuación-  el  Editorial  concluye  de  forma  signi- 
ficativa: 


Esa  Iglesia  nueva  no  es  una  totalización  ad  intra;  está  abierta  a 
los  problemas  de  la  sociedad,  especialmente  a los  referentes  de 
la  justicia.  Ella  posee  una  clara  conciencia  política,  por 
entender  que  si  el  Reino  de  Dios  no  es  una  dimensión  mera- 
mente política,  él  tampoco  se  realiza  sin  la  política.  Por  eso, 
todo  interesa  al  Reino,  porque  todo  puede  mediatizarlo,  y 
hacerlo  crecer  en  el  mundo  hasta  su*  plenitud  en  la 
parusía.  ^3) 

Vinculada  directamente  con  la  teología  del  Reino  y el 
compromiso  con  la  justicia  está  la  teología  de  la  liberación, 
de  origen  típicamente  latinoamericano. 


76 


Los  curas  liberales  de  inicios  del  siglo  XIX  se  colocaron 
al  lado  del  pueblo  en  nombre  de  los  ideales  de  la  Revolución 
Francesa.  El  clero  de  la  segunda  mitad  del  siglo  XX  comienza 
a redescubrir  en  la  Biblia  la  inspiración  para  efectivamente 
encarnarse  en  la  vida  del  pueblo,  y en  nombre  de  la  palabra 
de  Dios,  luchan  por  sus  derechos  y por  su  dignidad  humana. 

A ese  respecto  escribe  Leonard  Boff: 

El  proceso  de  liberación  humana  es  la  concretización  histórica 
de  la  liberación  de  Dios;  ésta  se  realiza  inicialmente  por  pura 
gratitud  y amor,  "dispone,  excita  y ayuda"  a los  hombres  a dar 
el  paso  liberador  desde  su  situación  enemiga  de  Dios,  ofensiva 
a los  demás  hermanos,  y alienada  del  mundo.  La  liberación  es 
humana  porque  es  efectivada  por  el  hombre  en  su  libertad; 
entre  tanto,  es  Dios  quien  mueve  y penetra  la  acción  humana 
de  tal  forma  que  la  liberación  pueda  ser  dicha  como  liberación 
de  Dios.  El  proceso  histórico  anticipa  y prepara  la  definitiva 
liberación  en  el  Reino;  las  libertades  humanas  ganan  una 
función  sacramental;  poseen  su  peso  propio,  pero  también 
señalan  y anticipadamente  concretizan  lo  que  Dios  preparó 
definitivamente  para  los  hombres.  ^4) 

Si  el  reino  de  Dios  comienza  en  esta  tierra,  también  debe 
empezar  aquí  el  proceso  de  liberación.  Escribiendo  sobre  "el 
pueblo  frente  al  Señor  Buen  Jesús",  Joao  C.  de  Oliveira 
Torres  afirmaba: 

En  las  desoladas  selvas  brasileñas,  los  hombrés  que  se  sienten 
abandonados  de  Dios  y de  los  hombres  y que  nada  poseen  de 
confortable,  esperan  la  salvación  de  algo  sobrenatural  y extra- 
ordinario. Su  fe,  dirán  los  teólogos,  es  confusa,  abstracta  y 
mezclada  de  varias  influencias  espúreas.  Pero  es  una  fe  viva: 
ellos  creen  que  el  Señor  Buen  Jesús,  pobre,  sufriente,  aban- 
donado como  ellos,  los  libertará  un  día  . . . '25) 

En  la  historia  reciente  de  Brasil,  la  Iglesia  busca  tornarse  en 
la  encarnación  de  esa  anhelada  liberación. 

El  6 de  mayo  de  1973,  algunos  obispos  y superiores 
religiosos  del  nordeste  publicaron  un  importante  documento 
bajo  el  título:  "Yo  oí  los  clamores  de  mi  pueblo".  En  la 
introducción  afirman: 

Frente  a los  sufrimientos  de  nuestra  gente,  humillada  y opri- 
mida, hace  tantos  siglos  en  nuestro  país,  nos  vemos  convo- 


77 


cados  por  la  palabra  de  Dios  para  tomar  posición.  Posición  al 
lado  del  pueblo.  Posición  juntamente  con  aquellos  que,  con  el 
pueblo,  se  empeñan  por  su  verdadera  liberación. 

Es  claro  que,  conscientes  de  nuestras  frecuentes  omisiones  y 
desaciertos,  a lo  Jargo  de  la  historia  de  nuestra  Iglesia  de  Brasil, 
nos  sentimos  impotentes  e intimidados  frente  a tan  gran 
tarea.  ^6) 

Y esta  toma  de  posición  al  lado  del  pueblo  se  ha  tornado 
en  los  últimos  años  cada  vez  más  significativa  y efectiva, 
tanto  por  las  actitudes  concretas  asumidas  por  la  Iglesia  en 
defensa  de  los  precaristas,  de  los  indios,  de  los  campesinos  y 
de  los  obreros,  así  como  por  las  declaraciones  oficiales  del 
episcopado,  en  los  documentos  más  actuales  de  la  Confe- 
rencia Nacional  de  los  Obispos  de  Brasil,  incluyendo  el  docu- 
mento sobre  la  pastoral  de  la  tierra,  publicada  recién  en  1980. 

No  hay  duda  de  que  en  la  Iglesia  de  Brasil  se  está 
afirmando  cada  vez  más  un  nuevo  modelo  de  Iglesia,  y una 
nueva  visión  teológica  acerca  de  su  misión  entre  los  hombres. 


NOTAS 

(1)  Hoornaert,  Eduardo,  Formagao  do  Catolicismo  Brasileiro 
1550—1800  Petrópolis,  Vozes,  1974,  pp.  31—58. 

(2)  Ver  Azzi,  R ¡olando,  As  romanas  no  Brasil  ¡n  Revista.de  Cultura 
Vozes,  mayo  de  1979,  n°  4,  pp.  281—282. 

(3)  Benci,  Jorge.  Economía  crista  dos  senhores  no  governo  dos 
escravos  Sao  Paulo,  Grijalbo,  1977,  p.  77. 

(4)  Moralistas  de  secuto  XVIII,  Río  de  Janeiro,  Ed.  Documentário, 
1979,  pp.  25-26. 

(5)  Hoornaert,  Eduardo,  o.c.  pp.  58—60. 

(6)  Torres,  Joab  Camilo  de  Oliveira,  Historia  das  Ideias  Religiosas  no 
Brasil,  Sao  Paulo  Grijalbo,  1968,  pp.  57—58. 

(7)  Filho,  Joao  Dornas,  O Padroado  e a Igreja  Brasileira,  Sao  Paulo, 
Ed.  Nacional,  1938,  p.  23. 

(8)  Carrato,  José  Ferreira,  Igreja,  lluminismo  e Escolas  Mineiras  Colo- 
niais,  Sao  Paulo,  Ed.  Nacional,  1968,  pp.  181—182. 

(9)  Caneca,  Frei,  Ensaios  Políticos,  Rio  de  Janeiro,  Ed.  Docu- 
mentário, 1976,  p.  27. 


78 


(10)  Tolenaro,  L.F.  Notas  Dominicais  tomadas  durante  urna  visita em 
Portugal  e no  Brasil  em  1816,  1817  e 1818,  Salvador,  Librería 
Progresso  Editora,  1956,  pp.  197— 198;  211. 

(11)  Carvalho,  Gilberto  Vilar,  A lideranga  do  clero  ñas  Revolucoes 
Republicanas:  1817—1824,  Petrópolis,  1980,  p.  183. 

(12)  Boff,  Leonardo,  O reverso  de  historia,  introducción  a la  citada 
obra  de  Gilberto  Vilar  de  Carvalho,  pp.  1 1—12. 

(13)  Ver  Azzi,  Riolando,  O movimento  de  reforma  católica  no  Brasil 
no  sáculo  XIX  in  REB,  1974,  pp.  646—662. 

(14)  Ver  Azzi,  Riolando,  D.  Pedro  II  e a reforma  do  clero  no  Brasil  in 
revista  do  I.H.G.B.  1978. 

(15)  María,  Julio,  O Catolicismo  no  Brasil,  Rio  de  Janeiro,  Agir,  1950, 
p.  244. 

(16)  María,  Julio,  o.c.  pp.  245— 246. 

(17)  Beozzo,  José  Oscar,  in  REB. 

(18)  Beozzo,  José  Oscar,  in  REB. 

(19)  Nogueira,  Ataliba,  Antonio  Conselheire  e Canudos,  Sao  Paulo, 
Ed.  Nacional,  1974,  p.  68. 

(20)  Carta  pastoral  de  D.  Sebastíao  Leme  arcebispo  metropolitano  de 
Olinda,  saudando  os  seus  diocesanos,  Vozes,  Petropolis,  1916,  pp. 
5;  16-17. 

(21)  Nery,  Castro,  Programa  de  Agao  Católica,  Rio  de  Janeiro,  2a  ed. 
1936,  p.  137. 

(22)  Queiroz,  Antonio  Celso,  A Igreja  no  Brasil,  Rio  de  Janeiro,  CRB, 
1977,  p.  11. 

(23)  SEDOC,  1975,  maio,  1058-1060. 

(24)  Boff,  Leonardo,  A graga  libertadora  no  mundo,  Petrópolis,  Vozes, 
1976,  p.  184. 

(25)  Torres,  Joao  Camilo  de  Oliveira,  o.c.,  p.  63. 

(26)  SEDOC,  1973,  nov.  607. 


79 


CENTRO  GUMILLA 


Historia  de  la  teología  en  Venezuela 


INTRODUCCION 

Políticos,  empresarios,  turistas  y emigrantes  parecen 
pensar  que  Venezuela  ha  comenzado  a existir  en  el  s.  XX. 
El  Dios  Petróleo  ha  logrado  que  se  tome  en  serio  a un  país 
juzgado  hasta  entonces  como  insignificante. 

Aunque  fue  allí  donde  Colón  y las  Casas,  con  propósitos 
tan  diversos,  pisaron  tierra  firme,  Venezuela  pronto  se 
convirtió  en  lugar  de  paso  para  Provincias  más  pingües,  o en 
un  buen  puesto  para  comenzar  —sólo  comenzar—  la  carrera 
política  en  las  Indias. 

Simón  Bolívar,  y los  hombres  que  le  acompañaron  e 
hicieron  posibles  sus  victorias,  concentraron  de  nuevo  la  aten- 
ción sobre  Venezuela  a comienzos  del  s.  XIX.  Hacía  apenas 
treinta  años  (1777)  que  la  Capitanía  General  de  Venezuela 
había  reunido  políticamente  a las  Provincias  que  más  tarde 
formarían  ese  país.  Hasta  entonces,  varias  de  ellas  dependían 
de  Bogotá,  Santo  Domingo  o Puerto  Rico.  Pero  pronto  las 
líneas  maestras  de  la  historia  del  Continente  discurrieron  por 
otros  caminos. 

Esta  es  una  de  las  razones  por  la  que  resulta  tan  difícil 
hacer  una  historia  de  la  teología  en  Venezuela.  A nivel  conti- 


81 


nental  somos  conscientes  de  que  carecemos  de  lumbreras  en 
este  campo.  Nuestros  teólogos  eran  profesores  dóciles  que 
repetían  los  textos  de  turno,  pastores  cuyas  urgencias  eran 
otras  distintas  a la  reflexión,  hombres  públicos  divididos  en 
mil  intereses  y compromisos.  Es  posible  entonces  que 
nuestros  aportes  den  la  impresión  de  ser  historia  de  la  Iglesia 
más  que  historia  de  la  teología.  Pero,  con  contadas  excep- 
ciones, éste  era  el  único  camino  abierto.  Descubrir  la  teología 
implícita  en  las  orientaciones  pastorales  y actividades  de  los 
personajes  estudiados. 

Otra  característica  de  nuestro  trabajo  es  que  constituye 
el  primer  intento  de  síntesis  de  la  historia  de  nuestra  teología. 
No  existen  trabajos  anteriores  por  los  que  orientarse.  En  la 
mayoría  de  los  casos  ni  siquiera  existen  monografías.  Son 
patentes  las  ventajas  e inconvenientes  de  tal  realidad.  Por  una 
parte  la  falta  de  competencia  interna  hace  de  cualquier 
esfuerzo  en  este  sentido  una  novedad.  Pero  eso  mismo  signi- 
fica que  no  podemos  hablar  más  que  de  un  primer  esfuerzo 
muy  incompleto,  que  necesita  mucho  perfeccionamiento. 

El  trabajo  lo  hemos  hecho  en  equipo.  Cada  capítulo  ha 
sido  elaborado  por  una  persona  diferente.  Los  motivos  de 
esta  opción  son  varios.  En  primer  lugar  el  trabajo  enco- 
mendado a cada  uno  resulta  menos  oneroso.  Además  nos 
ayuda  a cohesionar  el  equipo  al  tener  que  planificar  y retocar 
cada  uno  de  los  trabajos  en  común. 

Por  fin  tenemos  que  decir  que  los  que  conformamos  el 
equipo  somos  fundamentalmente  teólogos,  pero  no  histo- 
riadores. Baste  como  excusa  señalar  que  en  las  actuales 
circunstancias  en  Venezuela  resulta  poco  menos  que 
imposible  lograr  en  encuentro  entre  historiadores  de  la  Iglesia 
y teólogos  de  la  liberación.  Somos  muy  conscientes  de  las 
limitaciones  que  esto  impone.  Probablemente  desconocemos 
documentos  y materiales  que  hubieran  sido  de  extraordinario 
valor  para  enriquecer  nuestro  aporte. 

El  trabajo  no  es  exhaustivo  ni  intenta  serlo.  Cada  redac- 
tor ha  elegido  un  tema  representativo  de  una  época  o menta- 
lidad. El  conjunto  es  por  tanto  una  suma  de  calas  signi- 
ficativas que  indican  la  existencia  y dirección  de  corrientes 
subterráneas,  pero  no  siempre  las  sacan  a flote  y mucho 
menos  las  agotan. 


82 


En  total  hemos  presentado  diez  trabajos.  Dos  sobre  la 
colonia,  otros  dos  sobre  el  período  de  emancipación,  dos 
sobre  el  siglo  XIX,  dos  sobre  la  primera  mitad  de  este  siglo,  y 
los  dos  últimos  sobre  la  actualidad. 

I.  COLONIA 


1.  MISIONES 


Uno  de  los  períodos  más  estudiados  y mejor  docu- 
mentados de  nuestra  historia  celestial  es  el  de  las  misiones.  La 
preocupación  que  cada  congregación  religiosa  ha  tenido  por 
recoger,  comentar  y exaltar  su  pasado  y ayudaron  a ello. 

Al  comenzar  el  trabajo  partimos  de  una  hipótesis  que 
luego  resultó  insuficiente.  Pensamos  que  nos  sería  posible 
descubrir  una  doble  teología:  una  más  seráfica,  acostumbrada 
a ver  siempre  el  lado  positivo  de  objetos  y personas,  pero  a la 
vez  más  inclinada  a concebir  el  evangelio  en  un  sentido  espiri- 
tualizante y conformista;  otra  algo  más  agresiva,  fustigadora 
de  lo  que  no  entraba  dentro  de  su  propio  esquema,  pero  a la 
vez  más  creativa  y culturalmente  transformadora.  Hasta 
creimos  posible  adscribir  cada  una  de  estas  teologías  a una 
congregación  religiosa:  la  seráfica  y espiritualizante  a los 
franciscanos;  la  más  agresiva  y transformadora  a los  capu- 
chinos. 

Pero  un  análisis  desprejuiciado  de  los  textos  nos 
convenció  pronto  de  que  el  panorama  era  más  complejo  y 
menos  nítido  de  lo  que  suponíamos.  Sise  puede  distinguir 
con  facilidad  una  doble  actitud,  positiva  en  un  caso  y nega- 
tiva en  el  otro,  hacia  los  indígenas. 

Como  muestra  de  la  actitud  negativa  podríamos  citar 
algunos  apreciaciones  del  Padre  Capuchino  Agustín  de  Frías: 
"El  que  más  mujeres  tiene,  ese  es  el  más  respetado.  El  que 
más  bebe  y se  embriaga,  ese  es  el  término  de  sus  cultos.  Sólo 
tienen  por  bueno  lo  que  la  ley  natural  condena  por  malo.  La 
venganza  es  su  mayor  dicha  y para  que  se  hallen  más  aptos  a 
sus  crueldades  en  los  pechos  de  sus  madres  les  dan  por  jugue- 
te el  arquito  y flechas".  Pero  también  el  franciscano  Fray 


83 


Antonio  Caulín  los  describirá  como  "por  naturaleza  flojos, 
perezosos,  taimados,  agilísimos  y astutos  para  su  conve- 
niencia y enteramente  negados  al  socorro  de  la  ajena". 

Los  defensores  de  los  indios  resaltarán  en  cambio  sus 
habilidades  para  el  trabajo  y para  la  caza,  así  como  sus  cuali- 
dades morales:  "Su  mayor  cuidado  es  estar  alegres  y desechar 
la  melancolía.  Son  liberales  y nada  codiciosos.  Aman  tierna- 
mente a sus  hijos  y no  los  castigan,  porque  dicen  se  morirían. 
Respetan  mucho  a los  ancianos". 

Para  muchos  de  los  misioneros  el  principal  obstáculo 
para  la  evangelización  es  la  crueldad  y codicia  de  los  espa- 
ñoles. Aunque  también  señalan  otras  dificultades  como  el 
arraigo  de  la  idolatría,  la  bebida,  la  ignorancia,  los  hechiceros. 

Los  instrumentos  más  apropiados  para  contrarrestar 
estos  obstáculos  serán  la  caridad  y las  señales  contra  el  malig- 
no. Se  insistirá  también  en  proponer  la  doctrina  y las  normas 
cristianas  con  prudencia  y carácter  apacible.  No  se  descuida 
un  concepto  de  salvación  más  integral  que  incluya  la  educación 
y capacitación  para  el  trabajo. 

El  contenido  de  su  catequesis  venía  en  cierto  modo 
determinado  por  los  Concilios  de  Lima,  aplicados  aquí  por  el 
Concilio  Provincial  Dominicano. 


2.  VISITA  PASTORAL 


El  segundo  trabajo  sobre  la  colonia  ofrece  una  visión 
más  complexiva  del  estado  general  de  la  nación,  a partir  de 
los  escritos  de  visita  de  uno  de  los  Obispos  más  capacés  con 
los  que  contó  el  Arzobispado  de  Caracas:  el  catalán  Mons. 
Mariano  Martí  (1770—1792)  que  nos  ha  dejado  siete 
volúmenes  de  apuntes  sobre  una  visita  que  duró  doce  años, 
tres  meses  y veintidós  días.  Estas  notas  han  sido  declaradas 
como  la  mejor  descripción  que  poseemos  de  la  Venezuela  del 
último  tercio  del  s.  XVIII  ya  que  no  se  limitan  a lo  religioso 
sino  que  nos  describen  también  el  estado  de  los  caminos,  el 
tipo  de  población,  su  origen  étnico,  su  lengua,  el  tipo  de 
producción  agrícola  y las  gananacias  que  de  él  se  sacan,  el 
pago  de  impuestos,  las  condiciones  de  clima  y salubridad,  los 


84 


nombres  de  los  propietarios  de  las  tierras,  el  estado  de  las 
escuelas,  hospital  y guarnición  militar  en  el  caso  de  que 
existan. 

El  trabajo  propiamente  dicho  se  detiene  en  tres  aspec- 
tos: la  práctica  sacramental,  la  enseñanza  de  la  doctrina,  y la 
moralidad  inculcada. 

Al  final  se  concluye  resaltando  las  características  teoló- 
gicas de  esa  práctica  pastoral.  Resumiendo  podríamos  señalar 
que  el  lugar  privilegiado  de  encuentro  con  Dios  es  el  culto;  se 
trasplantan  en  la  teología  sacramental  símbolos  de  otras 
culturas  y épocas;  la  enseñanza  de  la  doctrina  es  también  una 
transmisión  de  sistemas  de  pensamiento  previamente  elabo- 
rados; la  fe  se  aprende  en  catecismos  y no  en  el  evangelio;  la 
ética  inculcada  es  una  ética  del  orden;  y la  teología  en  general 
nace  desde  una  situación  de  poder  donde  el  Dios  crucificado 
que  libera  a los  oprimidos  da  paso  al  pantocrator  que  habla  a 
través  del  Rey  y las  Autoridades. 


II.  EMANCIPACION 


Aunque  en  Venezuela,  como  en  los  demás  países  latino- 
americanos, el  clero  se  dividió  con  motivo  de  las  guerras  de 
independencia,  se  puede  decir  que  el  alto  clero  se  cuadró  en 
cada  ocasión  con  los  vencedores  de  turno.  Los  Obispos  de 
Caracas  procedían  directamente  de  la  Metrópoli  y no  era 
difícil  adivinar  sus  preferencias.  La  encíclica  'Etsi 
Longissimo'  de  Pío  Vil  les  daba  además  excusa  para  cubrir 
sus  simpatías  políticas  con  apariencias  de  obedencia  religiosa. 

Por  eso  nos  ha  sido  preciso  acudir  a los  criollos  laicos, 
bien  conscientes  de  las  limitaciones  que  presenta  dicha  alter- 
nativa: el  examinar  a personajes  cuya  actividad  principal  no 
es  la  teología,  y cuya  teología  no  pasa  de  ser  por  lo  general 
una  amalgama  ecléctica  de  creencias  tradicionales,  lecturas 
enciclopedistas  e intuiciones  políticas. 


85 


1.  BOLIVAR 


En  primer  lugar  nos  hemos  fijado  en  Bolívar.  Nos 
parecía  importante  tomar  postura  en  los  debates  que  se  tejen 
en  torno  a la  ideología  religiosa  de  un  personaje  tan  signi- 
ficativo e influyente. 

Por  lo  general  las  apreciaciones  de  crítica  o exaltación 
son  bastante  unilaterales.  Los  críticos  asoman  no  sin  cierto 
regocijo  su  relación  juvenil  con  las  logias  masónicas.  Los 
admiradores  insisten  en  afirmaciones  de  sus  últimos  años 
como  si  ellas  fueran  las  únicas  que  representan  su  verdadero 
pensamiento  a lo  largo  de  toda  la  vida. 

Todavía  hoy  es  difícil  hacer  en  Venezuela  estudios  desa- 
pasionados sobre  la  figura  de  Bolívar.  El  proceso  de  desmito- 
logización  está  por  hacer.  La  persona  aún  está  recubierta  por 
los  rasgos  del  superhombre  y el  héroe. 

Para  nosotros,  hablar  del  cristianismo  de  Bolívar  no 
sería  ante  todo  —como  lo  viene  haciendo  pertinázmente 
cierto  pensamiento  eclesiástico—  reivindicar  para  el  héroe  el 
carácter  de  protector  e hijo  fiel  de  la  Iglesia.  Si  queremos 
medir  su  cristianismo  no  con  los  criterios  de  la  restauración 
eclesiástica  sino  con  los  del  propio  Bolívar  —más  afines  por  lo 
demás,  en  cierto  modo,  al  espíritu  del  Vaticano  II—  ten- 
dríamos que  referirnos  a la  dimensión  religiosa  de  su  obra. 
Porque  para  él  el  título  de  Libertador  y la  tarea  que  implica 
son  verdaderamente  sagrados.  El  es  conciente  de  su  rango 
mesiánico.  Y en  este  sentido  se  experimenta  como  instru- 
mento de  la  Providencia.  Aunque  eso  no  implica  para  él 
recaer  en  la  esfera  incontrolable  de  lo  mítico.  Es  la  esfera  de 
la  acción  humana  la  que  en  algunas  ocasiones  históricas  se 
adensa  tanto  que  se  torna  numinosa.  Pero  sin  perder  su  índo- 
le. Y -esa  índole  es  la  política. 

Porque  Bolívar  se  propone  conseguir  políticamente  lo 
que  pretende  la  religión.  Para  eso  necesita  sacralizar  la  polí- 
tica, privatizar  la  religión  y reducir  la  práctica  religiosa 
organizada  a una  institución  ciudadana  y por  lo  tanto  bajo  el 
control  del  Estado,  dado  su  carácter  general  y público.  Todo 
esto  irá  puntualmente  realizando  hasta  que,  al  encontrarse 
con  el  límite  de  su  proyecto,  acabe  por  reconocer  el  carácter 


86 


autónomo  de  la  institución  eclesiástica  existente,  la  persis- 
tencia de  su  autoridad  con  el  pueblo,  y el  sentido  positi- 
vamente moderador  de  esta  autoridad.  Entonces  buscará  afa- 
nosamente una  alianza  con  ella. 

En  resumen,  podemos  considerar  a Bolívar  en  cuanto  a 
sus  ideas  religiosas  como  un  hijo  de  la  Ilustración;  en  lo  que 
toca  a su  conducta  particular  como  respetuoso  de  la  fe  y las 
tradiciones  de  sus  antepasados;  y en  su  papel  de  gobernante 
como  conocedor,  utilizador  y finalmente  aliado  de  la  insti- 
tución eclesiástica. 

Pero  donde  se  manifiesta  lo  más  genuino  de  su  cristia- 
nismo 'es  en  su  praxis  política  de  liberación.  Se  trata  de 
restituir  a sus  paisanos  el  augusto  carácter  de  hombres.  Para 
Bolívar  desde  luego  la  obra  libertadora  sería  voluntad  del 
cielo,  mérito  de  los  patriotas  y don  de  la  providencia. 


2.  JUAN  GERMAN  ROSCIO 


El  otro  personaje  que  cconsideramos  en  esta  época  de 
emancipación  es  Juan  Germán  Roscio,  nuestro  teólogo  laico 
por  excelencia,  aquél  en  quien  los  teólogos  de  la  liberación  se 
ven  prefigurados  en  nuestro  país.  A él  está  dedicada  otra 
ponencia  de  este  congreso,  y por  eso  no  me  detengo  en  él. 

Conviene  sin  embargo  resaltar  que,  aun  en  este  caso, 
Roscio  es  un  teólogo  de  tiempos  libres.  La  mayoría  de  los 
venezolanos  le  conocen  como  jurista  y político,  y apenas  si 
saben  de  la  existencia  de  su  obra  'El  triunfo  de  la  libertad 
sobre  el  despotismo'. 

Por  lo  demás,  aunque  ésta,  su  obra  maestra  alcanza  las 
quinientas  paginas,  todos  sus  otros  escritos  —al  menos  los 
conocidos  hasta  ahora—  en  ningún  caso  superan  las  treinta 
páginas  y por  lo  general  son  mucho  más  breves.  Se  reducen  a 
cartas,  remitidos,  proclamas,  comentarios. 

Hoy  una  parte  de  los  cristianos  está  tratando  de  rescatar 
su  memoria.  Pero  la  misma  escasez  de  elementos  disponibles 
no  hace  nada  fácil  la  tarea. 


87 


III.  SIGLO  XIX 


El  s.  XIX  fueren  Venezuela  un  tiempo  fuerte  para  la 
política  eclesiástica,  pero  no  tanto  para  la  teología.  Todo  ese 
tiempo  estuvo  marcado  por  las  ásperas  polémicas  a favor  o en 
contra  del  Patronato,  es  decir,  el  derecho  o no  de  las  nuevas 
autoridades  republicanas  a seguir  nombrando  a los  titulares 
de  los  diversos  oficios  eclesiásticos.  En  ésa  lucha  la  Iglesia  se 
mantuvo  firme  en  su  postura  inflexible  de  no  ceder.  En 
tiempo  de  José  Antonio  Páez  los  tres  obispos  que  entonces 
había  en  Venezuela  llegaron  a sufrir  simultáneamente  la  pena 
del  destierro.  Unos  años  más  tarde,  con  Guzmán  Blanco,  la 
tensión  se  hizo  aún  mayor.  Ya  estaba  redactado  el  decreto 
por  el  que  Venezuela  se  constituía  en  Iglesia  Nacional 
separada  de  Roma,  cuando  un  frenético  entrecruzado  de  calo- 
gramas  entre  el  Delegado  Apostólico  (fondeado  en  el  puerto 
de  la  Guaira  sin  poder  pisar  tierra  venezolana)  y el  Vaticano 
frena  el  cisma  no  sin  haber  cedido  totalmente  a los  deseos  del 
Dictador.  Desde  entonces  la  Iglesia  Venezolana  —con  muy 
contadas  excepciones—  ha  dejado  de  enfrentarse  a cualquier 
gobierno. 

A pesar  del  ardor  de  la  contienda,  es  difícil  encontrar  en 
la  literatura  apresurada  de  aquellos  años  un  pensamiento 
teológico.  Los  memoriales  de  los  Arzobispos  de  Caracas, 
portavoces  de  los  derechos  eclesiásticos,  están  recargados  de 
argumentaciones  históricas  y jurídicas,  pero  las  reflexiones 
teológicas  brillan  por  su  ausencia.  Más  de  una  vez  nos  encon- 
tramos incluso  con  la  chocante  inversión  de  que  los  ecle- 
siásticos saquen  argumentos  del  Derecho  Canónico  y los 
políticos  del  evangelio  (por  ejemplo,  en  las  discusiones  sobre 
la  libertad  religiosa). 

Por  eso,  al  estudiar  la  teología  de  este  siglo,  hemos 
preferido  fijarnos  en  el  panorama  político  —dividido  también 
aquí  entre  conservadores  y liberales—  y entresacar  la  teología 
implícita  en  algunos  de  los  líderes  de  ambas  tendencias. 

1.  FERMIN  TORO 

Como  representante  del  partido  conservador  hemos  ele- 
gido la  personalidad  rica  y múltiple  de  Fermín  Toro.  Orador, 
poeta,  narrador,  ensayista,  pedagogo,  legislador,  diplomático. 


88 


político.  Su  capacidad,  mesura  y honradez  lo  constituyen 
como  el  ideólogo  de  más  valía  del  incipiente  partido  conser- 
vador venezolano. 

Toro  se  confiensa  profundamente  cristiano,  consciente 
de  que  esa  firmación  le  quita  categoría  de  'científico'  frente 
a los  ilustrados  de  su  época.  Por  otra  parte,  las  ¡deas  sobre 
Dios  y la  religión  que  aparecen  en  sus  obras  reflejan  la 
complejidad  del  momento,  y se  debaten  entre  la  imagen 
deísta  del  creador  que  lejano  y encumbrado  rige  el  universo, 
y el  Cristo  romántico  que  conmueve  con  sus  lágrimas  y 
fortalece  en  la  adversidad. 

Dios  se  habría  reservado  un  cierto  saber  que  sólo  cono- 
cemos por  la  fe.  Si  el  hombre  intenta  penetrar  en  él  por  la 
razón,  o si  decide  guiarse  únicamente  por  lo  que  ésta  le  dice, 
terminará  por  estrellarse.  En  esta  misma  línea  se  puede 
colocar  su  caracterización  crítica  y demoledora  del  espíritu 
positivista  que  "es  hoy  el  dominador  de  la  sociedad  ...  De 
ahí  el  favor  exclusivo  de  las  cuestiones  de  economía  como 
ciencia  que  conduce  a la  riqueza  por  el  camino  más  corto, 
entendiéndola  cada  uno  a su  modo  y aplicándola  a su  exclu- 
sivo interés". 

De  ahí  su  condenación  enfática  del  espíritu  capitalista 
cuyos  crímenes  fustiga  con  vehemencia  y ampulosidad  retó- 
rica. Sería  ilusorio,  sin  embargo,  ver  en  Toro  a un  revo- 
lucionario social.  El  es  un  conservador  consecuente.  Su  voz 
de  alarma  irá  encaminada  a los  dirigentes  de  la  sociedad  para 
que  pongan  remedio  a una  situación  que  conduce  a la  deses- 
peración, al  crimen  y a la  anarquía.  No  cabe  duda  de  que  su 
educación  tradicional  y su  experiencia  política  le  influyen 
para  frenarle  en  sus  denuncias  e impedirle  asimismo  el  que  las 
lleve  hasta  las  últimas  consecuencias. 


Percibimos  en  él  la  perplejidad  de  toda  una  generación 
de  intelectuales  cristianos  que  se  encuentran  en  la  difícil 
posición  de  tener  que  alimentar  sus  conocimientos  en  libros 
prohibidos  por  la  Iglesia,  y de  tener  que  alimentar  su  fe  en 
manuales  y tratados  absolutamente  impermeables  a los 
progresos  de  su  tiempo. 


89 


2.  LOS  LIBERALES 


Ya  para  1840  aparece  en  la  vida  pública  venezolana  el 
'Gran  Partido  Liberal  de  Venezuela'.  Pero  el  liberalismo 
criollo  más  que  un  partido  de  masas  con  doctrina  coherente 
ajustada  al  pensamiento  manchesteriano  es  una  bandería  o 
tendencia  que  aglutina  a diversas  personalidades  ilustradas  y 
al  tanto,  desde  lejos,  de  las  polémicas  de  Europa.  Prácti- 
camente todos  los  políticos  que  emergen  en  la  vida  nacional 
desde  mediados  del  s.  XIX  se  proclaman  liberales  aunque  se 
opongan  y derroten  unos  a otros.  Por  eso  resulta 
doblemente  difícil  hablar  del  pensamiento  religioso  de 
nuestro  movimiento  liberal. 

Quizás  el  documento  que  mejor  recoge  el  fundamento 
filosófico  positivo  de  la  doctrina  del  nuevo  evangelio  liberal 
es  el  Manual  del  Colombiano  o Explicación  de  la  Ley  Natural 
escrito  por  Tomás  Lander  en  1825.  La  ley  natural  es 
entendida  allí  como  aquel  orden  regular  y constante  de 
hechos  con  que  Dios  rige  el  universo,  orden  que  conocido  por 
los  sentidos  y la  razón  humana  sirve  de  pauta  a todos  para 
alcanzar  la  perfección  y la  felicidad. 

Las  virtudes  individuales  son  la  ciencia,  la  templanza,  la 
fortaleza,  la  actividad,  la  limpieza.  Las  virtudes  domésticas, 
útiles  a la  familia,  son  la  economía,  el  amor  paterno,  el 
conyugal,  el  filial,  el  fraterno  y el  cumplimiento  de  las  obli- 
gaciones de  amo  y criado.  Las  virtudes  sociales  son  tantas 
como  acciones  puede  haber  útiles  a la  sociedad,  pero  todas  se 
reducen  a la  justicia  que  se  resume  en  el  axioma:  no  hagas  a 
otro  si  no  lo  que  quisieras  que  él  te  hiciese  a ti. 

i 

En  sus  relaciones  con  la  Iglesia,  el  liberalismo  reconoce 
la  necesidad  de  la  religión  para  los  estados  y los  hombres. 
Pero  da  al  Estado  el  poder  de  nombrar  los  oficios  eclesiásticos 
e incluso  el  de  admitir  o rechazar  en  Venezuela  el  Concilio  de 
Trento.  Se  proponen  además  ante  el  Congreso  la  reducción  de 
los  réditos  píos,  la  disminución  de  los  días  festivos,  la  libertad 
de  cultos  y la  secularización  de  la  enseñanza  pública. 

Su  poder  para  inmiscuirse  en  tales  materias  lo  saca  de 
una  curiosa  agudización  del  conciliarismo  que  podríamos 


90 


llamar  —quitándole  las  connotaciones  más  actuales— 
'populismo'.  La  Iglesia  es  superior  a los  Obispos  y al  Papa,  y 
consiste  en  la  congregación  de  todos  los  fieles  cristianos.  La 
Iglesia  se  pertenece  a sí  misma  en  lo  que  toca  a las  con- 
ciencias, en  las  creencias  y la  unidad  del  culto;  pero  no  puede 
ser  independiente  del  soberano  en  lo  que  toca  a los  intereses 
civiles  y políticos.  Por  eso  la  tuición  sobre  la  Iglesia  es  una 
prerrogativa  natural,  imprescindible  e inalienable  del  poder 
civil. 


En  el  discurso  que  tiene  Guzmán  ante  el  Congreso  en 
1876  sobre  la  cuestión  eclesiástica  hace  un  largo  excursus 
sobre  el  texto  'Tú  eres  Pedro'  de  Mt.  16.19  que  en  ocasiones 
envidiarían  algunos  redactores  de  Concilium.  No  cabe  duda 
de  que  detrás  de  ese  y otros  discursos  hay  algunas  manos 
versadas  en  teología  y en  la  exégesis  bíblica  más  progresista. 
Lo  cual  no  quita  que  el  evangelio  sea  constantemente 
forzado  para  servir  a los  intereses  político-eclesiásticos  del 
momento.  Cosa  que,  por  supuesto,  también  hacía  la  otra 
parte. 


Encontramos  en  el  fondo  de  las  intenciones  liberales  el 
mismo  propósito  y visión  sobre  el  catolicismo  que  tenían  los 
conservadores  y que  encontramos  ya  en  1830  en  un 
fragmento  del  mensaje  del  Congreso  Constituyente  de 
Venezuela  a los  pueblos  sus  comitentes:  ''Que  los  venerables 
prelados  y virtuosos  sacerdotes  de  una  religión  de  paz  y 
clemencia  se  esfuercen  en  conservar  el  orden,  la  moral  y la 
justicia,  únicos  apoyos  firmes  y durables  de  todo  gobierno; 
que  hagan  hablar  el  evangelio  al  corazón  de  los  pueblos  y 
recordarles  sin  cesar  el  respeto,  el  amor  y la  confianza  hacia 
los  mismos  que  han  elegido  y establecido  para  man- 
darlos . . . que  manteniendo  intacto  el  precioso  vínculo  que 
estrecha  a los  venezolanos  por  la  religión  católica  y apostólica 
y romana  que  han  heredado  de  sus  progenitores,  y de  que 
siempre  se  glorían,  inculquen  sin  cesar  el  espíritu  de  conci- 
liación y amor  fraternal  entre  todos,  de  obediencia  y 
sumisión  a la  ley  y a los  poderes  que  ésta  constituye,  y de 
horror  a la  sedición  y a los  proyectos  criminales  que 
comprometen  la  paz  y el  bien  del  estado”. 


91 


IV.  SIGLO  XX 
(Ia  mitad) 


La  primera  mitad  del  siglo  XX  venezolano  está  marcada 
en  lo  eclesial  por  la  más  rancia  apologética.  Ya  el  Concilio 
Vaticano  I había  dado  el  alerta  o había  condenado  todos  los 
'ismos'  que  aparecían  en  el  horizonte.  La  cadena  de  derrotas 
políticas  que  marcó  la  historia  de  la  Iglesia  venezolana  en  el 
s.  XIX  dejó  una  marca  difícil  de  borrar.  La  cultura  nacional, 
con  muy  marcadas  excepciones,  se  desarrolló  en  un  clima  de 
desprecio  por  una  religión  debilitada  y cada  vez  más  reaccio- 
naria. Entre  los  profesores  de  la  Universidad  e intelectuales  la 
corriente  en  boga  era  un  positivismo  deletéreo  y bastante 
dogmático.  Los  documentos  eclesiales  estarán  entonces 
marcados  por  sus  ataques  al  positivismo. 

En  este  período  hemos  elegido  dos  momentos  repre- 
sentativos del  Episcopado.  Mons.  Juan  Bautista  Castro  y la 
instrucción  pastoral  de  1904. 


1.  MONS.  CASTRO 


Monseñor  Juan  Baustista  Castro  marca  un  hito  impor- 
tante dentro  de  la  lista  de  Arzobispos  de  Caracas,  porque 
emerge  como  algo  más  que  un  buen  jurista  o pastor.  Es  un 
intelectual. 

Claro  que  su  producción  estará  fuertemente  limitada  por 
el  tinte  agresivamente  apologético  de  casi  todos  su  escritos. 
Pero  su  obra  es  de  excepcionales  proporciones  y variedad: 
numerosas  pastorales,  opúsculos  sobre  la  devoción  eucarística, 
sobre  la  ley  de  Patronato  Eclesiástico,  apologías  del  catolicis- 
mo frente  al  protestantismo  y el  espiritismo,  sobre  la  restau- 
ración del  Seminario  de  Caracas  que  le  tocó  iniciar,  sobre  arte 
y música  sacros.  Numerosos  discursos  ante  la  Academia  Vene- 
zolana, exposiciones  doctrinales  y escritos  polémicos  contra 
la  corriente  positivista,  un  incalculable  material  periodístico. 
Especial  mención  merecen  las  Lecciones  de  Filosofía  Ele- 
mental, que  constituyen  un  curso  de  Lógica,  Ontología  y 


92 


Cosmología  destinado  principalmente  a seminaristas,  y que 
pretendía  llenar  un  vacío  de  alternativas  a lo  que  él  llamaba  el 
análisis  materialista-mecanicista. 

Gran  parte  de  su  producción  versará  sobre  temas  tales 
como  la  relación  entre  fe  y ciencia,  la  inerrancia  de  la  Biblia 
(con  abundantes  alusiones  a las  discusiones  contemporáneas 
sobre  el  origen  de  la  vida:  "La  Ciencia  ha  descubierto  por  fin 
que  hay  agua  en  las  regiones  superiores  y en  los  espacios 
estelares,  y agua  en  cantidades  enormes"). 

Sin  embargo  el  lenguaje  y los  argumentos  utilizados  en 
estas  controversias  están  más  cerca  de  la  filosofía  que  de  la 
teología.  Las  razones  son  obvias:  había  que  adaptarse  al 
campo  de  argumentación  cuya  existencia  fuera  admitida  por 
el  adversario. 


2.  INSTRUCCION  PASTORAL  DE  1904 


La  instrucción  pastoral  de  1904,  que  estuvo  en  vigencia 
hasta  1928  surgió  como  complemento  del  Concilio  Plenario 
Latinoamericano  de  Roma  (1899)  y tuvo  como  objeto  tratar 
de  las  mayores  necesidades  de  la  Iglesia  en  nuestro  país  y 
organizar  la  disciplina  particular  de  estas  diócesis  de  acuerdo 
con  los  decretos  de  aquel  concilio. 

Fue  precisamente  Mons.  Castro  quien  convocó  a los 
cinco  Obispos  Venezolanos  de  aquel  entonces  para  redactar  la 
Instrucción.  Es  comprensible  por  consiguiente  que  la  redac- 
ción estuviera  marcada  por  el  peso  intelectual  del  prelado 
caraqueño.  En  todo  caso  las  Actas  y Decretos  del  Concilio 
Plenario  de  la  América  Latina  van  a servir  de  trasfondo  para 
la  elaboración  de  la  Instrucción  Pastoral.  La  distribución  de 
materias  en  ambas  es  coincidente.  La  Instrucción  Pastoral 
algunas  veces  traduce  literalmente,  otras  parafrasea  el  texto 
del  Concilio  Plenario,  y es  siempre  fiel  a su  espíritu  y a su 
letra. 


Entre  las  principales  características  del  pensamiento  de 
la  Instrucción  Pastoral  se  pueden  señalar  las  siguientes: 
marcado  tinte  apologético,  insistente  énfasis  en  la  ortodoxia. 


93 


excesivo  eclesiocentrismo,  marcada  diferenciación  entre  la 
jerarquía  y el  laicado,  divorcio  iglesia-mundo  e iglesia- 
sociedad  civil,  nulo  liderazgo  laical  en  materia  política. 

Esta  bastión  de  la  restauración  eclesiástica  pudo  haber 
sido  más  fructífero  si  al  paso  del  tiempo  hubiera  evolu- 
cionado siquiera  al  mismo  ritmo  de  las  enseñanzas  ponti- 
ficias y del  progreso  teológico.  Sin  embargo,  sin  variantes  de 
fondo,  permaneció  vigente  este  pensamiento,  a nivel  de  ideas 
y de  lenguaje,  casi  hasta  nuestros  días,  hasta  los  comienzos 
del  Concilio  Vaticano  II. 

3.  ALTERNATIVAS 

Quizás  más  que  en  ninguna  otra  parte  del  trabajo  de 
conjunto,  en  esta  época  hemos  sentido  que  las  limitaciones 
de  espacio  señaladas  por  CEHILA,  y también  en  parte  los 
límites  que  las  posibilidades  e intereses  de  los  componentes 
del  equipo  redactor  nos  imponían,  nos  han  obligado  a dejar 
¡ntocados  personajes  y momentos  importantes  de  nuestra 
teología. 

Baste  mencionar  una  excelente  monografía  recien- 
temente publicada  sobre  las  Pastorales  Colectivas  del  Epis- 
copado Venezolano,  y la  figura  extraordinaria  del  laico  inte- 
lectual católico  Mario  Briceño  Iragorri  fallecido  en  1958. 

V.  SIGLO  XX 
(2a  mitad) 

Al  examinar  la  teología  o el  pensamiento  cristiano  de 
los  años  recientes  hemos  querido  considerar  algunos  modelos 
significativos  de  los  dos  proyectos  pastorales  que  suceden  al 
preconciliar  de  restauración  de  la  cristiandad:  el  proyecto  de 
creación  de  una  nueva  cristiandad,  y el  proyecto  liberacionista. 

1 . DEMOCRACIA  CRISTIANA 

Rafael  Caldera,  creador  del  partido  social-cristiano 
COPEI,  sería  en  Venezuela  el  símbolo  del  proyecto  de  nueva 
cristiandad.  El  interioriza  este  proyecto  y a través  de  una 
actividad  tenaz  contribuye  decisivamente  a darle  la 
peculiar  concreción  histórica  que  tiene  en  nuestro  país. 


94 


No  ha  resultado  nada  difícil  expresar  en  unas  páginas, 
recogidas  de  sus  mismos  escritos,  los  aspectos  más  resaltantes 
de  este  nuevo  proyecto,  que  por  muy  conocidos  no  vamos  a 
hacer  aquí  más  que  enumerar. 

La  política  como  una  actitud  cristiana  de  servicio  al 
hombre;  diagnóstico  de  la  situación  latinoamericana  en  el  que 
se  coloca  como  problema  fundamental  el  subdesarrollo; 
distanciamiento  tanto  del  liberalismo  como  del  comunismo  y 
búsqueda  de  una  vía  intermedia;  inspiración  programática  en 
las  encíclicas  sociales  de  los  últimos  Sumos  Pontífices  y en  la 
doctrina  social  de  la  Iglesia;  paso  de  la  acción  católica  a la 
acción  política  por  intermedio  de  la  acción  social;  rechazo  de 
la  lucha  de  clases  como  contraria  al  evangelio;  Estado  social- 
cristiano  como  promotor  del  bien  común. 

Es  la  conciencia  de  la  clase  media  que  no  se  siente  ni 
oprimida  ni  opresora,  que  finge  una  tierra  de  nadie  en  que 
campean  las  ¡deas  pretendidamente  universales  por  encima  de 
los  intereses  en  pugna.  Esta  insistencia  principista  se  vuelve 
absorbente  a medida  que  el  movimiento  social  cristiano  cobra 
poder  político.  En  estas  condiciones  no  quedaría  más 
alternativa  cristiana  que  cerrar  filas  en  torno  al  proyecto 
propuesto  para  resolver  el  problema  pendiente:  la  margi- 
nalidad;  colaborar  para  que  todos  los  venezolanos  lleguen  al 
trabajo  "que  es  la  fuente  de  la  vida  y del  progreso".  La 
contradicción  capital-trabajo  se  habría  esfumado.  Y no 
aceptar  estas  reglas  de  juego  equivaldría  a derivar  hacia  un 
complejo  de  inferioridad  hacia  el  marxismo,  sería  encerrarse 
en  "reductos  ideológicos  que  no  son  ni  serán  nunca  compa- 
tibles con  los  elementos  fundamentales  de  la  vida  cristiana". 


I 

2.  NACIMIENTO  DEL  PROYECTO  LIBERADOR 


La  última  parte  de  nuestro  trabajo  es  más  bien  un  enca- 
denamiento de  hechos  eclesiales,  de  motivaciones  mas  de  una 
vez  intuitivas  y ambiguas,  que  tienen  la  finalidad  de  apuntar 
hacia  el  nacimiento  de  una  nueva  concepción  del  cris- 
tianismo. 


95 


En  relación  a los  movimientos  de  apostolados  seglar  en 
Venezuela  desde  el  final  de  Ja  década  del  50  y primeros  años 
de  la  década  del  60  cabe  señalar  la  decadencia  de  algunos 
(concretamente  la  Acción  Católica  en  sus  diversas  ramas)  y 
el  surgimiento  de  otros  nuevos:  Cursillos  de  Cristiandad, 
Movimiento  por  un  Mundo  Mejor,  Movimiento  Familiar  Cris- 
tiano, Palestra,  Movimiento  Universitario  Católico,  Fe  y 
Alegría,  Cursillos  de  Capacitación  Social.  Estos  movimientos 
no  representan  cambios  fundamentales  en  la  orientación  de  la 
proyección  seglar  de  la  Iglesia  hacia  el  mundo,  están  fuerte- 
mente controlados  por  el  clero  y en  su  mayoría  tienen  una 
intención  explícita  o implícitamente  antimarxista. 

Contra  lo  que  hubieran  podido  esperar  algunos,  es  preci- 
samente en  el  gobierno  de  los  social  cristianos  (1968—1973) 
cuando  surgen  las  r ayores  fricciones  entre  la  Iglesia  y el 
Estado.  Alrededor  c : ese  tiempo  podemos  ubicar  la  sepa- 
ración de  COPEI  de  la  Izq  erda  Cristiana,  la  interrupción 
espectacular  de  la  Misa  en  u céntrica  iglesia  caraqueña  para 
protestar  por  la  falta  de  te^Jmonio  y el  escaso  espíritu  de 
renovación  de  la  Iglesia;  la  expulsión  del  país  de  un  sacerdote 
ocupado  durante  años  en  la  atención  a la  población  marginal 
y la  manifestación  cífica  de  protesta  por  este  hecho;  la 

celebración  en  Barq  meto  del  I Congreso  Nacional  para  el 

Desarrollo  Integral  e l Hombre,  en  el  que  varios  seglares  y 
algunos  sacerdotes  manifiestan  puntos  de  vista  inequí- 
vocamente chocantes  con  los  de  muchos  obispos  allí 
presentes;  el  conflicto  suscitado  en  la  Universidad  Católica 
tras  la  expulsión  de  varios  alumnos  y profesores  (algunos  de 
ellos  sacerdotes)  por  motivos  ideológicos;  los  recientes 
ensayos,  a nivel  práctico  y teórico,  para  apoyar  también 
desde  el  cristianismo  una  vía  latinoamericana  y autóctona 
hacia  el  socialismo;  el  surgimiento  espontáneo  por  todo  el 
país  de  numerosas  comunidades  de  base  que  viven  inten- 
samehte  su  fe  y celebran  la  Eucaristía  desde  la  perspectiva  de 
la  liberación  de  los  pobres  y oprimidos. 

VI.  CONCLUSION 

Nuestro  trabajo  no  tiene  ni  podía  tener  punto,  final.  Día 
a día  se  suceden  nuevos  acontecimientos  que  confirman  o 
ponen  en  peligro  las  tendencias  en  él  planteadas. 


96 


Haría  falta  también  profundizar  varios  de  los  personajes 
o momentos  estudiados,  y explorar  otros  nuevos. 

Todo  ello  con  la  conciencia  de  que  necesitamos  conocer 
mejor  nuestro  pasado  para  actuar  mejor  en  nuestro  porvenir. 


97 


J.  MANUEL  DE  FERRARI  F.  Y MAXIMILIANO  A.  SALINAS  C. 


Las  ideas  teológicas  en  Chile 

EN  TORNO  A LA  CRISIS  DE  LA  CRISTIANDAD  COLONIAL 

-1810-1880 


I.  INTRODUCCION 


El  objeto  de  nuestra  presentación  lo  constituyen  las 
ideas  teológicas  que  se  desarrollan  en  Chile  durante  gran  parte 
del  siglo  XIX,  consideradas  aquéllas  en  su  mayor  amplitud. 
Como  marco  de  referencia  nos  referimos  también  brevemente 
al  período  previo,  el  de  la  Cristiandad  colonial. 

Para  lograr  nuestro  objetivo  hemos  cuidado  no  hacer 
discriminaciones  previas,  procurando  abarcar  todas  las 
fuentes  que  dan  cuenta  del  pensamiento  teológico  en  Chile. 
Se  incluyen,  de  preferencia,  aquellas  ideas  tratadas  explícita- 
mente como  materias  teológicas  y,  en  la  medida  de  lo  posible, 
aquellas  que  están  implícitas  en  escritos  que  no  tratan  direc- 
-tamente  de  estas  materias.  Asimismo,  registramos  lo  que  se 
puede  llamar  el  discurso  académico  y también  la  experiencia 
teológica  del  pueblo. 

Las  fuentes  de  la  investigación  son  textos  impresos  e 
inéditos  dimanados  de  diferentes  sectores  y expresados  de 
diferentes  maneras.  Hemos  indagado  en  la  producción  de  los 
teólogos,  en  la  literatura  episcopal  y en  sermonarios,  en  la 
literatura  devota,  en  los  escritos  ocasionales  y polémicos,  y en 
las  diversas  expresiones  de  la  sabiduría  popular. 


99 


La  perspectiva  del  estudio  considera  las  ideas  teológicas 
como  parte  integrante  y creadora  de  la  cultura  chilena,  de 
modo  que  ellas  no  pueden  comprenderse  aisladas  del  amplio 
mundo  cultural  que  las  acompaña  y envuelve.  El  análisis  de 
las  ideas  teológicas  en  Chile  nos  ha  llevado  a relacionarlas  con 
las  corrientes  de  pensamiento  filosófico  y político,  con  los 
movimientos  sociales  y con  las  instituciones  que  hacen  la  vida 
del  país,  y en  esa  relación  hemos  descubierto  que  la  pro- 
ducción teológica  responde,  en  gran  medida,  a la  necesidad 
que  tiene  el  pueblo  creyente  de  dar  razón  de  su  fe  ante  los 
hombres  y ante  la  sociédad. 

En  este  diálogo  tienen  especial  importancia  las  instancias 
oficiales  del  quehacer  teológico  de  la  Iglesia.  Sin  embargo,  no 
se  puede  marginar  de  nuestro  objeto  el  quehacer  teológico 
que  expresa  el  "sentir  de  los  fieles",  producido  generalmente 
en  el  mundo  popular,  sin  el  tutelaje  directo  de  la  institución. 
Podemos  adelantar  que  este  diálogo  adquiere  diversas  formas 
y contenidos,  según  quien  los  produzca  y las  circunstancias 
en  que  surgen,  de  modo  tal  que  nos  ha  permitido  sistematizar 
las  ¡deas  teológicas  en  atención  a esos  elementos. 

Una  mirada  global  de  la  historia  de  la  teología  en  Chile 
descubre  dos  grandes  etapas  religioso-culturales  en  las  cuales 
se  anida  el  pensamiento  teológico:  la  de  la  Cristiandad 
colonial  (siglos  XVI  a XVIII)  y la  de  la  Nueva  Cristiandad 
(siglos  XIX  y XX). 

Durante  la  etapa  de  la  Cristiandad  colonial  la  teología  se 
inserta  en  los  marcos  de  la  sociedad  colonial  y de  la  mo- 
narquía hispana,  donde  el  poder  de  los  reyes  invade  el  ámbito 
eclesial.  Igualmente,  la  Iglesia  y la  religión  católica  tienen  el 
privilegio  de  ser  la  oficial  y la  única  en  dicha  sociedad.  La 
teología,  pues,  se  desarrolla  en  ese  marco  de  oficialidad  y 
superposición  de  lo  religioso  con  lo  civil,  asegurado  por  la 
institucionalidad  colonial.  Durante  la  etapa  de  la  Nueva 
Cristiandad  la  teología  se  inserta  en  la  sociedad  republicana 
que  ha  roto  su  dependencia  del  imperio  español  y redefinido 
el  papel  de  las  instituciones  propias.  A nivel  eclesial  se  revisa 
el  alcance  del  antiguo  derecho  de  Patronato  y se  establece  el 
contacto  directo  con  Roma.  La  teología,  pues,  se  desarrolla 


100 


en  un  nuevo  marco  de  oficialidad,  diferente  al  estado 
colonial,  marco  que  se  va  gestando  poco  a poco  a lo  largo  del 
siglo  XIX  y que  sólo  encuentra  una  expresión  coherente  y 
global  a partir  del  siglo  XX. 

Nuestra  presentación  se  sitúa  en  la  época,  álgida  para  la 
sociedad  y para  la  teología,  en  la  cual  se  produce  la  crisis  de 
la  Cristiandad  colonial  y se  busca  un  modelo  de  nueva  Cris- 
tiandad que  reemplace  a la  anterior.  Como  fecha  de  iniciación 
de  la  crisis  colocamos  el  año  de  la  formación  del  primer 
gobierno  nacional  (1810),  con  el  cual  se  inicia  el  proceso  de 
lucha  por  la  República  y el  quiebre  de  la  institucionalidad 
colonial.  Estos  hechos  provocan  un  debate  teológico  político 
y la  apertura  de  nuevos  horizontes  que  significan  para  la 
teología  un  cambio  en  sus  contenidos  y perspectivas.  El 
término  de  la  época  de  crisis  lo  situamos  hacia  1880,  alre- 
dedor del  desaparecimiento  de  las  grandes  figuras  episcopales 
del  medio  siglo,  Rafael  Valentín  Valdivieso  y José  Hipólito 
Salas  (1878  y 1883,  respectivamente).  En  términos  políticos, 
el  triunfo  presidencial  de  Domingo  Santa  María  (1881) 
orienta  hacia  el  apogeo  del  ideario  liberal  y la  consolidación 
del  orden  neocolonial  en  el  país  (dependencia  más  estrecha 
en  relación  a la  economía  de  los  países  industriales  a partir  de 
la  Guerra  del  Pacífico,  concluida  en  1883).  A partir  de  1880, 
la  Iglesia  y la  teología  se  abocarán  a la  construcción  de  una 
Nueva  Cristiandad  u "orden  social  cristiano"  a fin  de  rein- 
terpretar el  catolicismo  en  la  nueva  sociedad  liberal. 

La  época  de  la  crisis  de  la  Cristiandad  colonial 
(1810—1880)  puede  dividirse  en  dos  períodos  característicos, 
tanto  a nivel  socio-político  como  ideológico.  En  cada  uno  de 
esos  momentos  las  ideas  teológicas  se -desarrollan  enfrentando 
situaciones  particulares. 

a)  El  período  de  la  Independencia  (1810—1840).  Se 
caracteriza  por  la  extinción  del  soporte  político  de  la  Cris- 
tiandad colonial:  la  monarquía  hispana.  Por  otra  parte,  se 
produce  una  amplia  discusión  acerca  del  sentido  y la  forma 
de  una  nueva  organización  política.  En  este  ambiente  se  desa- 
rrollan diversas  teologías  políticas  que  se  manifiestan  en  dos 
corrientes  fundamentales:  la  monárquica  y la  republicana. 
Ideológicamente,  este  período  está  marcado  por  el  pensa- 
miento de  la  Ilustración. 


101 


b)  El  período  del  Ascenso  Liberal  (1840—1880).  Se 
caracteriza  por  el  asentamiento  definitivo  de  la  república  y el 
auge  progresivo  de  la  discusión  en  torno  a la  orientación  ideo- 
lógico-política  de  la  nueva  sociedad.  En  torno  a este  tema  se 
desarrollan  dos  corrientes  teológicas  fundamentales:  una 
conservadora,  que  alcanza  su  orientación  capital  en  torno  al 
Syllabus  de  Pío  IX  y otra  más  abierta  a las  ideas  liberales. 
Ideológicamente,  este  período  está  marcado  por  el 
pensamiento  del  Romanticismo. 

A lo  largo  de  estos  períodos  podemos  caracterizar  tres 
teologías,  según  sus  posiciones  y sus  modalidades. 

1.  Una  teología  identificada  por  su  oposición  y resis- 
tencia a ideas  transformadoras  de  la  sociedad,  con  la  añoranza 
del  estado  socioreligioso  de  la  Cristiandad  colonial.  Esta  teo- 
logía se  encuentra  mayormente  desarrollada  en  el  seno  de  la 
Iglesia  institucional  y se  manifiesta  como  su  postura  oficial. 

2.  Una  teología  identificada  por  su  postura  de  diálogo  y 
simpatía  hacia  las  nuevas  ideas  que  mueven  la  sociedad.  Ella 
se  desarrolla  en  sectores  de  la  Iglesia  que  no  representan  su 
voz  oficial  y en  sectores  disidentes. 

3.  Una  teología  popular,  identificada  por  su  ligazón  al 
acervo  cultural  y a la  experiencia  histórica  de  opresión  del 
pueblo.  Ella  se  desarrolla  en  lo  fundamental  al  margen  de  las 
instituciones,  movimientos  e ideas  que  animan  las  estructuras 
oficiales  de  la  sociedad,  por  lo  cual  su  producción  es  poco 
conocida  si  no  ignorada.  Se  distingue  de  las  dos  formas  ante- 
riores de  quehacer  teológico,  por  ser  una  expresión  anónima 
y colectiva,  enraizada  en  la  vida  cotidiana  del  pueblo  opri- 
mido y creyente. 


II.  ANTECEDENTES.  LA  TEOLOG IA  DURANTE  LA 
CRISTIANDAD  COLONIAL 

1.  LA  ENSEÑANZA  Y LA  PRODUCCION  ACADEMICAS 

Los  estudios  teológicos  coloniales  en  Chile  comenzaron, 
aproximadamente,  medio  siglo  más  tarde  que  los  de  México  o 
Perú,  iniciados  éstos  al  promediar  el  siglo  XVI.  La  erección  de 
las  facultades  de  teología  en  los  dominicos  y jesuítas  de  Chile 


102 


se  remonta  a los  años  1619  y 1621,  respectivamente,  aunque 
los  primeros  tenían  estudios  formales  de  teología  desde 
1595^)  . La  educación,  en  el  siglo  XVII,  con  vistas  a formar 
al  doctor  en  teología,  consistía  en  cuatro  años  de  estudio 
centrado  en  la  Summa  Thelogica  de  Santo  Tomás  de  Aqui- 
no<2)  . Esta  formación  escolasticista  y monástica  en  teología 
perderá  su  vigor  en  el  siglo  XVIII  al  tomar  un  carácter  más 
secular  con  la  creación  de  la  Real  y Pontificia  Universidad  de 
San  Felipe,  que  abre  sus  puertas  en  1757,  y con  la  reacción 
anti-escolástica,  vinculada  a la  Ilustración. 


Las  primeras  producciones  de  consideración  académica, 
según  lo  expuesto,  corresponden  al  siglo  XVII.  Un  primer 
teólogo  chileno  en  este  sentido  es  el  franciscano  nacido  en 
Santiago  Alonso  Briseño  Arias  (1587—1668),  más  tarde 
Obispo  en  Nicaragua,  quien  publicó  en  Madrid,  durante  los 
años  1638  y 1639  sus  estudios  sobre  Duns  Escoto.  Otro  autor 
de  consideración  fue  el  Obispo  ecuatoriano  de  Santiago  de 
Chile  Gaspar  de  Villarroel  (1592?  —1665),  autor  de  numerosas 
obras  de  moral  y de  comentarios  bíblicos,  además  de  su 
famoso  "Gobierno  eclesiástico  pacífico  y unión  de  los  dos 
cuchillos  pontificio  y regio"  (Madrid,  1656)  en  la  línea  del 
regalismo  colonial^. 


Los  teólogos  jesuítas  nos  han  dejado  obras  académicas 
de  fines  del  siglo  XVII  y comienzos  del  siglo  XVIII.  Al  res- 
pecto podemos  citar,  entre  otros,  al  español  Francisco  Javier 
Grijalva  (1629—1722),  con  su  "Tractatus  de  Chántate"  de 
1685<3b>. 


Revelando  el  nuevo  espíritu  del  siglo  XVIII  se  puede 
citar  el  "Dictamen"  del  Obispo  franciscano  de  Concepción 
Angel  de  Espiñeira,  quien,  con  ocasión  del  Concilio  de  Lima 
de  1772,  impugnó  las  teorías  del  probabilismo  moral,  defen- 
didas por  los  jesuítas.  Como  una  manifestación  de  la  desin- 
tegración del  escolasticismo  colonial  puede  citarse  la  obra  del 
teólogo  dominico  Sebastian  Díaz  de  Andrade  (1740—1825), 
"Noticia  general  de  las  cosas  del  mundo  por  el  orden  de  su 
colocación"  (Lima,  1782)<4). 


103 


2.  LA  TEOLOGIA  POLITICA  EN  TORNO  A LOS  INDIOS 


Junto  al  quehacer  académico,  se  desarrolló  en  la  Cris- 
tiandad una  experiencia  teológica  estrechamente  ligada  a la 
situación  sociopolítica  concreta  de  la  Colonia,  en  particular,  a 
lo  relativo  a la  situación  de  los  indígenas. 

Esta  surge  históricamente  antes  que  la  teología  aca- 
démica, y se  extiende  hasta  gran  parte  del  siglo  XVII.  Al  año 
de  crearse  el  Obispado  de  Santiago,  durante  1562  y 1563,  se 
desata  una  importante  polémica  teológico-política  entre  el 
Provincial  de  los  dominicos  y defensor  de  los  indios  fr.  Gil 
González  de  San  Nicolás,  por  una  parte,  y el  licenciado 
Antonio  de  Molina  y el  maestre  de  campo  Alonso  de  Esco- 
bar, por  otra.  El  fraile  dominico  revela  un  creativo  esfuerzo 
por  iluminar  con  el  pensamiento  bíblico  la  situación  de 
pecado  generada  por  la  Conquista ^ . El  mismo  año  1562, 
los  franciscanos  de  Chile,  en  carta  a Bartolomé  de  Las  Casas, 
podían  interpretar  la  situación  social  como  una  "ofensa  de 
Nuestro  Señor  Jesucristo"  <6)  . A comienzos  del  siglo  XVII 
otra  considerable  disputa  teológico-política  sobrevino  a 
propósito  de  la  guerra  con  los  indios.  Los  apologistas  de  ésta, 
y de  la  esclavitud  de  los  indígenas,  como  el  licenciado 
Melchor  Calderón  ("Tratado  de  la  importancia  y la  utilidad 
que  hay  en  dar  por  esclavos  a los  indios  rebelados  de  Chi- 
le ..  . ",  1599),  el  Provincial  agustino  Juan  de  Vascones,  el 
franciscano  Pedro  de  Sosa  ("Memorial  del  peligroso  estado 
espiritual  y temporal  del  Reino  de  Chile",  Madrid,  1616), 
defendieron  la  esclavitud  de  los  indios  chilenos  con 
argumentos  bíblicos  de  la  "guerra  santa"  (2  Sam,  2 Re),  y 
teológicos  como  Santo  Tomás  de  Aquino,  Francisco  de 
Vitoria,  Domingo  de  Soto  o Diego  Covarrubias  (?)  . La 
defensa  real  y teológica  de  los  indios  adquirió  un  importante 
exponente,  entre  otros,  en  el  jesuíta  granadino  Luis  de  Val- 
divia (1560—1642),  catedrático  de  teología  en  Lima,  autor, 
entre  numerosos  informes  y cartas  sobre  el  tema,  del 
"Compendio  de  algunas  de  las  muchas  y graves  razones  en 
que  se  funda  la  prudente  resolución,  que  se  ha  tomado  de 
cortar  la  guerra  de  Chile  Lima,  1611) 

La  guerra  de  Arauco  mantuvo  una  constante  conciencia 
teológica  de  defensa  de  los  indios,  entre  los  jesuítas  del  siglo 
XVII.  El  catedrático  de  teología  e historiador  Alonso  de 


104 


Ovalle  llegó  a entender  la  rebelión  araucana  de  1595  como  un 
castigo  de  Dios  para  los  españoles,  a la  luz  del  texto  bíblico 
de  la  carta  de  Santiago  5,  1—6^)  . El  padre  Diego  de  Rosales 
escribió  en  1670  y 1672  un  “Manifiesto"  y un  "Dictamen", 
respectivamente,  contra  la  esclavitud  de  los  indios  apo- 
yándose, entre  varias  razones,  en  la  autoridad  del  Papa  Pablo 
ll|(10>  . Por  esos  mismos  años,  en  1673,  un  laico,  Francisco 
Núñez  de  Pineda  y Bascuñán,  termina  su  obra  "Cautiverio 
feliz"  donde  realiza  una  defensa  cristiana  de  los  indios  con 
apoyos  bíblicos,  patrísticos  y teológicos,  condenando  la  guerra 
y exaltando  una  evangelización  vinculada  a la  lucha  por  la 
paz^11). 

Finalmente,  el  Episcopado  mantiene  una  conciencia 
teológica  vigorosa  al  respecto.  Un  ejemplo  excepcional  fue  el 
Obispo  de  Santiago  Diego  de  Humanzoro,  de  1662  a 1676, 
quien  en  sus  cartas  e informes  a la  Santa  Sede  y al  Monarca 
español,  nos  ha  dejado  el  testimonio  teológico  de  la  consoli- 
dación de  una  situación  de  pecado  en  la  sociedad  colonial  ^12^. 

3.  LA  SABIDURIA  TEOLOGICA  DE  LOS  OPRIMIDOS 

La  teología  académica  y política  que  hemos  presentado 
fue  ejercida  por  españoles  o criollos,  y desarrollada  de  una 
forma  escrita,  para  su  publicación  en  Lima,  Madrid,  Roma  u 
otras  ciudades  eur-opeas.  Ahora  llamamos  la  atención  acerca 
de  la  sabiduría  teológica  propia  de  las  masas  explotadas  y 
trabajadoras,  integrada  por  indígenas,  mulatos  y mestizos.  A 
través  de  todo  Chile,  y a lo  largo  de  toda  la  época  colonial,  se 
desarrolla  esta  sabiduría  que  se  nutre  de  una  espiritualidad  y 
conciencia  histórica  propias,  nacidas  de  la  opresión  y en 
respuesta  a ella.  Esta  es  una  teología  oral,  que  se  expresa 
cotidianamente  en  la  vida  del  pueblo,  y a propósito  de  hechos 
colectivos  como  el  trabajo,  la  fiesta  o la  guerra,  entre  otros. 

En  el  Norte  Chico,  en  la  zona  de  Coquimbo,  surge  una 
sabiduría  teológica  colectiva,  conflictual  y festiva  en  la  que 
los  pobres  expresan  la  predilección  de  Jesucristo  y la  Virgen 
María  por  ellos,  y el  rechazo  a los  opresores.  Esto  se  celebra 
en  centros  de  veneración  religiosa  de  inmenso  vigor  como 
Andacollo,  Cunlagua  o Quilimarí^13)  . Por  otra  parte,  en  el 
sur  del  territorio,  escenario  de  la  larga  y cruenta  guerra  de 
Arauco,  los  indígenas  cristianos  que  participan  en  la  resis- 


105 


tencia  contra  el  poder  español  desarrollan  una  sabiduría 
teológica  de  la  predilección  de  Dios  por  los  ofendidos.  Como 
decía  de  ellos  el  jesuíta  Diego  de  Rosales:  "No  hay  indio 
destos  que  niegue  la  fe,  ni  que  reniegue  de  Dios  ni  de  Jesucris- 
to, ..  . reconociendo  la  Providencia  de  Dios,  y su  justicia, 
cuando  se  vían  victoriosos,  decían  que,  como  Dios  conocía  su 
causa  y su  inocencia,  aunque  eran  muchos  sus  pecados  en 
otras  materias,  les  favorecía  a ellos  y castigaba  a los  espa- 
ñoles; porque  (Dios)  se  daba  por  más  ofendido  de  los  escán- 
dalos de  los  cristianos  y de  los  malos  tratamientos  que  hacían 
a los  indios".  ( 141  En  fin,  en  la  zona  del  centro  del  país,  en 
torno  a Santiago  y Valparaíso,  la  sabiduría  teológica  de  los 
trabajadores  lleva  a cabo  un  concreto  discernimiento  del 
poder  y la  riqueza.  La  aristocracia  colonial,  que  ascendía  cada 
vez  más  en  poder  y riqueza,  fenómenos  abiertamente  percep- 
tibles en  el  siglo  XVIII,  era  vista,  en  casos  precisos,  en  alianza 
con  el  poder  maligno  de  Satanás^151. 

En  general,  en  medio  de  la  profunda  conflictividad  de  la 
sociedad  colonial,  los  pobres  y oprimidos  viven  la  sabiduría 
religiosa  del  Dios  que  "resiste  a los  soberbios  y da  su  gracia  a 
los  humildes"  (1  Pe  5,5;  Stgo  4,6). 


4.  LOS  PRESAGIOS  TEOLOGICOS  DE  LA  CRISIS  DE  LA  CRIS- 
TIANDAD COLONIAL 

La  crisis  de  la  Cristiandad  colonial,  como  el  lento  de- 
rrumbe del  edificio  religioso  y cultural  sustentado  en  los  pila- 
res de  la  Iglesia  y el  Estado  imperial  español,  se  origina  en  el 
progresivo  avance  de  los  valores  ideológicos  y políticos  de  la 
sociedad  burguesa  moderna. 

Algo  ya  habíamos  dicho  más  arriba  acerca  de  la  decli- 
nación del  escolasticismo  teológico  colonial,  con  la  influencia 
de  la  Ilustración,  en  el  siglo  XVIII.  Un  hecho  teoló- 
gico-político  que  no  puede  ignorarse  es  la  retractación  que 
exige  el  Gobernador  de  Chile  Ambrosio  O'Higginsen  1791  al 
teólogo  mercedario  fr.  Ignacio  Aguirre  quien  había  defendido 
la  tesis  antirregalista  de  que  el  Papa  podía  privar  a los  reyes 
del  derecho  de  cosas  temporales1161  . Sin  embargo,  la  gran 
señal  de  la  crisis  teológico-política  del  siglo  XVIII  había  sido 
la  expulsión  de  los  jesuítas  por  el  despotismo  ilustrado  de 


106 


Carlos  III.  De  esta  manera,  serán  los  teólogos  exilados  de 
Chile,  de  la  Compañía  de  Jesús,  los  que  expresarán  con 
mayor  viveza  estos  presagios  de  la  crisis  de  la  Cristiandad. 

Su  producción  intelectual  se  desarrolla  en  Europa,  publi- 
cando en  Imola,  Venecia,  Asís,  etc.  El  contenido  de  las  obras 
ataca  el  pensamiento  moderno  de  la  Ilustración,  el  Filo- 
sofismo, el  Deísmo,  la  Masonería,  el  Jansenismo,  y,  en  gene- 
ral, expresan  la  pérdida  del  poder  de  la  Iglesia  europea  a 
partir  de  la  Revolución  Francesa.  En  esta  línea  escribieron 
Diego  José  Fuenzalida  (1744—1803),  Pedro  Mogas 
(1733—1804?  ) autor  de  "Cartas  dogmático  críticas  sobre  los 
negocios  presentes  en  torno  a la  religión"  (Asís,  1791),  Do- 
mingo Antomás  (1722—1792),  Andrés  Febres  (1734—1790) 
autor  de  "Seconda  Memoria  Cattolica  contenente  II  trionfo 
del  la  Fede  o Chiesa,  de  'Monarchi  e Monarchie,  e del  la  Com- 
pagnia  di  Gesu  e sue  Apologie,  con  lo  sterminio  de'  Lor 
nemici:  da  presentarsi  a Sua  Santita  ed  ai  Principi  Cristiani" 
(1783—1784).  El  más  famoso  y original  de  los  teólogos 
chilenos  desterrados  fue  Manuel  Lacunza  (1731—1801),  hijo 
de  una  familia  de  acaudalados  comerciantes,  con  su  obra  "La 
Venida  del  Mesías  en  Gloria  y Majestad",  concluida  en  1790. 
Allí  se  mezcla  su  crítica  en  su  pesimismo  frente  a los  valores 
modernos,  la  denuncia  de  la  complicidad  de  la  Iglesia  con  los 
poderosos  y las  ambiciones  mundanas,  y el  optimismo  escato- 
lógico-apocalíptico  del  Milenarismo,  expectación  anhelante 
de  la  Segunda  Venida  de  Jesucristo,  que  rompe  con  el  pensa- 
miento escatológico  tradicional  de  la  Cristiandad.  Las 
primeras  ediciones  fueron  publicadas  en  Londres  (1816, 
1826),  París  (1825),  y Puebla  (1821),  a pesar  de  que  en  1824 
la  obra  fue  puesta  en  el  Index  de  los  libros  prohibidos  por  la 
Iglesia  ^17^. 


III.  ORIENTACIONES  TEOLOGICAS  DURANTE  LA 
EPOCA  DE  LA  CRISIS  DE  LA  CRISTIANDAD  COLONIAL 

1.  CARACTER  GENERAL  DEL  PERIODO 

En  términos  generales,  el  período  histórico  de  la  crisis 
de  la  Cristiandad 'colonial,  éntre  1810  y 1880,  está  enmar- 
cado por  dos  hechos  de  gran  trascendencia  nacional,  la  guerra 
de  la  Independencia  y la  guerra  del  Pacífico,  uno  al  comienzo 


107 


y otro  al  final  del  período,  respectivamente.  Ambos  hechos 
manifiestan  el  desplazamiento  del  país  dentro  del  ámbito  del 
Occidente  europeo,  desde  que  rompe  con  la  dominación  de 
España,  hasta  que  consolida  su  dependencia  con  relación  a 
Inglaterra. 

Esta  reubicación  de  Chile  en  el  marco  de  la  historia 
occidental  conlleva  diversos  cambios  económico-sociales, 
políticos  e ideológicos.  En  términos  socioeconómicos, 
ocurren  variadas  transformaciones  en  el  sentido  de  pasar  de 
una  sociedad  eminentémente  tradicional,  aristocrática  y rural, 
a una  sociedad  con  mayor  ritmo  de  urbanización,  y en  la  que 
surgen  sectores  de  la  burguesía,  de  carácter  comercial  y 
bancario,  alentados  por  el  impacto  del  capitalismo  inglés  en  el 
país.  En  términos  políticos,  estos  setenta  años  revelan  la 
relación,  en  parte  armónica  y en  parte  contradictoria,  entre 
los  grupos  sociales  vinculados  al  mundo  aristocrático  rural  y 
los  grupos  representativos  de  los  medios  socioeconómicos 
emergentes.  Unos  y otros  se  pondrán  de  acuerdo  o 
desacuerdo  para  la  conducción  y orientación  de  la  República. 
Esquemáticamente,  podría  señalarse  a lo  largo  del  período  un 
lento  deterioro  del  poder  de  la  oligarquía  terrateniente  (aboli- 
ción de  mayorazgos,  etc.),  y un  ascenso  político  de  la  bur- 
guesía liberal  (capaz  ya  de  mostrar  su  fuerza  en  la  guerra  civil 
de  1859  contra  el  gobierno  de  Manuel  Montt).  Con  todo,  se 
aprecia  en  lo  básico  una  convivencia  política  fundamental 
entre  ambas  fuerzas  socioeconómicas.  En  términos  ideoló- 
gicos y culturales,  comienza  a desintegrarse  el  mundo 
uniforme  de  valores  existentes  en  el  período  colonial,  debido 
al  impacto  de  los  valores  modernos  traídos  por  la  Ilustración 
y el  Romanticismo.  La  Ilustración  influye  sobre  todo  en  la 
época  de  la  Independencia  (1810—1840)  y el  Romanticismo 
especialmente  en  la  época  del  Ascenso  Liberal  (1840—1880). 
Ambas  influencias  confluyen  en  la  exaltación  del  hombre 
moderno,  confiado  en  sus  fuerzas,  y en  la  realización  del 
progreso.  Dentro  del  ideario  romántico  pueden  distinguirse 
vertientes  liberales  y socialistas,  claramente  diferenciadas 
pero  unidas  en  su  común  defensa  del  humanismo  moderno. 

La  Iglesia  y la  teología  durante  estos  setenta  años  de 
crisis  se  vieron  naturalmente  envueltas  en  estos  importantes 
cambios  económico-sociales,  políticos  e ideológicos  que 
hemos  señalado. 


108 


Un  sector,  el  más  influyente,  y al  mismo  tiempo  más  li- 
gado al  ámbito  de  la  nobleza  colonial  y de  la  aristocracia 
terrateniente  vinculada  a Santiago  (José  Santiago  Rodríguez 
Zorrilla,  Rafael  Valentín  Valdivieso  Zañartu,  José  Hipólito 
Salas  Toro,  Joaquín  Larra ín  Gandarillas,  Rafael  Fernández 
Concha,  entre  otros),  se  sintió  más  inclinado  a defender  el 
catolicismo  tradicional,  resistiendo  las  nuevas  ¡deas  que 
brotaban  en  la  sociedad  republicana.  Otro  sector,  menos 
influyente,  y más  vinculado  a los  sectores  de  la  pequeña 
burguesía  y de  la  burguesía  comercial  o minera  de  Valparaíso 
o del  norte,  o,  en  general,  ligado  a los  intereses  de  las 
provincias  (José  Ignacio  Cienfuegos,  Pedro  Arce,  José  Ignacio 
Víctor  Eyzaguirre,  Francisco  de  Paula  Taforó,  Ramón 
Valentín  García,  entre  los  más  destacados),  procuró  esta- 
blecer lazos  de  mayor  comprensión  entre  el  catolicismo  y las 
nuevas  ¡deas  del  siglo  XIX. 


2.  ALGUNAS  EXPRESIONES  TEOLOGICAS  ANTE  LA  CRISIS 


El  quehacer  teológico  en  Chile,  durante  el  período  de  la 
crisis,  tiene  diferentes  vertientes  y contenidos.  Nosotros  nos 
referiremos  a aquel  que  se  realiza  en  diálogo  con  el  mundo. 
Específicamente,  analizaremos  el  pensamiento  teológico  que 
se  produce  en  torno  a la  revolución  de  la  Independencia  —con 
la  cual  se  rompe  el  soporte  político  de  la  Cristiandad 
colonial:  la  monarquía  hispana—  y a la  conformación  del 
nuevo  mundo  moderno  burgués,  marcado  por  el  desarrollo  de 
nuevas  ideas  filosóf ico-religiosas,  políticas,  económicas-  y 
sociales. 


Fundamentalmente,  este  quehacer  teológico  lo  hemos 
caracterizado  en  dos  Líneas,  una  predominantemente  conser- 
vadora y otra  más  abierta  a las  nuevas  ideas.  (Paralelo  a estas 
dos  líneas  se  halla  el  pensamiento  teológico  popular,  cuya 
caracterización  la  hacemos  más  adelante). 


2.  7.  £7  período  de  la  Independencia  ( 1810—1840) 


La  revolución  de  la  Independencia  es  un  hito  histórico 
importante  para  los  teólogos  de  la  época.  En  torno  a este 
hecho  se  desarrollan  dos  teologías  políticas  básicas  que  se 
enfrentan:  la  teología  monarquista,  —que  defiende  el  estado 


109 


colonial  y se  opone  al  movimiento  de  independencia—,  y la 
teología  republicana  que  critica  el  estado  colonial,  defiende  el 
movimiento  de  independencia  y propugna  el  orden  repu- 
blicano. 

2. 1. 1.  La  teología  monarquista 

La  teología  monarquista  le  da  a este  período  la  conno- 
tación religiosa  de  prueba  y castigo  divino  por  las  iniquidades 
de  los  hombres.  De  este  modo,  la  revolución  se  carga  de 
significación  negativa  al  ser  considerada  como  manifestación 
de  la  ira  de  Dios.  El  llamado  a la  conversión,  que  sigue  a esta 
denuncia,  se  conecta  con  la  posibilidad  de  volver  al  estado  de 
orden,  paz  y religiosidad  que  caracterizarían  a la  sociedad 
colonial  y que  es  la  prueba  de  la  fidelidad  del  pueblo  a Dios, 
según  la  interpretación  del  texto  de  Baruc  3,13:  "si  hubieras 
andado  por  el  camino  de  Dios,  habrías  vivido  en  paz  eter- 
namente" (18>  . En  otro  sentido,  el  período  revolucionario  se 
advierte  como  la  concreción  de  las  calamidades  que  caracte- 
rizarán los  últimos  días  del  mundo,  según  las  prevenciones 
que  hace  San  Pablo  en  2 Tim  3,1— 9 ^19*. 

En  la  defensa  de  la  monarquía  hispano-colonial  la  re- 
flexión teológica  recurre  a textos  del  Antiguo  y del  Nuevo 
Testamento,  a la  Patrística  y a la  tradición  de  la  realeza  cris- 
tiana. Los  argumentos  tomados  de  la  Sagrada  Escritura 
defienden  el  poder  divino  del  monarca  a partir  de  afir- 
maciones de  la  relación  entre  Dios  y el  rey  en  pasajes  de  la 
literatura  sapiencial:  Prov.  8,15;  Sab  6,3— 4^2°)  . También  se 
afirma  el  carácter  sagrado  de  la  realeza  a partir  del  texto  de 
Ecclo.  49,4  que  se  refiere  a la  santidad  de  los  reyes  David, 
Ezequías  y Josías^21)  , y se  emplea  el  texto  de  Dt  17,14  para 
apoyar  la  idea  del  beneplácito  divino  sobre  la  monar- 
quía ^22)  . Con  el  texto  de  Mt  27,37  se  procura  identificar  a 
Cristo  con  el  título  de  Rey^23)  . Las  referencias  patrísticas 
son  sólo  de  autoridad,  es  decir,  se  cita  el  testimonio  de  Padres 
que  apoyan  la  institución  monárquica,  pero  sin  referirse  a sus 
argumentos.  Justino,  Jerónimo,  Cipriano,  Agustín  y Tertu- 
liano son  los  más  nombrados.  También  se  afirma  el  testi- 
monio de  Tomás  de  Aquino  en  este  sentido  <24)  . Finalmente, 
se  recurre  al  argumento  histórico  que  destaca  los  valores  que 
ha  encarnado  la  monarquía  desde  Constantino  hasta  los 
Reyes  Católicos  españoles:  santidad  y catolicismo,  especial- 
mente^25). 


110 


La  refutación  de  la  revolución  se  basa  en  la  calificación 
del  intento  independentista  como  pecado  de  subversión  y 
rebelión  contra  la  autoridad  legítima.  El  texto  bíblico  que  se 
emplea  como  apoyo  doctrinal  es  el  de  Gén  3,1—7  en  cuyo 
comentario  se  hace  aparecer  la  rebelión  que  seduce  al  hombre 
como  la  serpiente  que  tienta  a Eva^26^  . Los  teólogos  monar- 
quistas fundamentan  esta  calificación  en  varios  textos  del 
Nuevo  Testamento  que  enseñan  la  sumisión  al  poder  político: 
Rom  13,1-7;  1 Tim  2,1-3,  1 Cor  11,  16-19;  1 Pe 
2,1 3 — 1 7 <27> 

En  otro  sentido,  la  reflexión  teológica  fundamenta  la 
impugnación  de  la  lucha  republicana  por  el  poder,  en  textos 
que  se  interpretan  destacando  el  rechazo  de  Cristo  a asumir 
roles  políticos,  y el  respeto  a la  autonomía  de  las  cosas  que 
son  del  César,  evitando  señalar  cualquier  enfrentamiento 
entre  ellos^28)  . Asimismo,  en  el  uso  de  la  patrística,  del 
magisterio  y de  los  teólogos,  la  reflexión  monarquista  utiliza 
aquellos  textos  que  enseñan  la  sumisión  al  poder  y la  imposi- 
bilidad de  rebelarse  contra  la  autoridad  civi I <29)  De| 
magisterio  se  cita  el  Concilio  de  Constanza  (siglo  XV),  en  las 
disposiciones  que  condenan  las  ideas  de  Wicleff  y Huss  sobre 
el  derecho  de  rebelión  contra  el  tirano  y sobre  el  tiranicidio, 
y el  Concilio  de  Trento  (siglo  XVI),  que  hace  lo  mismo  con 
las  ¡deas  que  propician  la  insurrección  contra  la  tiranía  polí- 
tica, defendidas  por  los  reformadores  Lutero,  Calvino, 
Zwinglio^30). 

2. 1.2.  La  teología  republicana 

La  teología  republicana  le  da  a este  período  la  conno- 
tación religiosa  de  tiempo  favorable  de  bendición  y liberación 
otorgado  por  Dios.  De  este  modo  la  revolución  se  carga  de 
significación  positiva  al  ser  considerada  como  manifestación 
de  la  voluntad  liberadora  de  Dios^31). 

La  consideración  del  período  revolucionario  como 
tiempo  de  castigo,  también  está  presente  en  esta  teología, 
pero  en  un  sentido  muy  diferente  al  que  le  daba  la  teología 
monarquista.  En  la  emancipación  ellos  ven  la  justicia  divina 
que  cae  sobre  el  imperio  español^32*. 

La  impugnación  de  la  monarquía  hispano-colonial 
recoge  su  argumentación  de  la  Sagrada  Escritura  — preferente- 


111 


mente  de  la  vertiente  histórica  y profética—  y del  magisterio. 
Uno  de  los  temas  preferidos  es  el  de  la  exclusividad  de  la 
realeza  divina  sobre  todos  los  hombres,  deduciendo  de  allí  la 
imposibilidad  de  qué  un  hombre  se  convierta  en  rey  sin 
expulsar  a Dios  de  la  vida  social  del  pueblo.  En  este  sentido  se 
cita  Jueces  8,23:  "no  seré  yo  quien  reine  sobre  vosotros  ni  mi 
hijo;  Yahvé  será  vuesto  rey"  y 1 Sam  8,  10-22<33>  . En  este 
mismo  sentido  se  pretende  demostrar  que  la  institución 
monárquica  es  consecuencia  directa  de  la  dinámica  de  la  ene- 
mistad a que  se  ve  sometido  el  hombre  desde  el  pecado  de 
Adán  y Eva^34)  . Consecuentemente  con  la  valoración 
general  de  la  monarquía,  se  interpreta  el  pasaje  de  Prov.  8,15: 
"por  mí  los  reyes  reinan"  en  el  sentido  de  una  relativización 
del  poder  y autoridad  de  los  reyes,  en  respuesta  a los  monar- 
quistas que  veían  en  ese  pasaje  una  afirmación  de  la 
causalidad  directa  de  Dios  a la  realeza <35)  . De  aquí  surge 
también  la  crítica  a la  idolatría  o sacralización  del  poder 
político  en  la  persona  del  rey  (36)  y una  amenaza  general  de 
castigo  para  los  poderosos,  según  los  anuncios  de  Sab  6,6: 
"los  poderosos  serán  poderosamente  castigados"  <37)  . Más 
concretamente,  se  presentan  textos  de  la  literatura  del 
Antiguo  Testamento  en  los  cuales  la  idolatría  del  poder  y la 
infidelidad  de  los  reyes  motiva  los  anuncios  proféticos  de  que 
la  ira  de  Dios  caerá  sobre  el  reino  e incluso  sobre  la  persona 
del  tirano  (ver  1 Re  12,1-24;  14,21-31;  22,38;  2 Crón 
12,1-16;  1 Mac  6,8-13;  2 Mac  9,28). 

Otro  aspecto  que  toca  la  impugnación  de  la  monarquía 
se  refiere  a que  el  ejercicio  tiránico  del  poder  invade,  atro- 
pella y conculca  los  derechos  de  los  pueblos,  lo  cual  también 
provoca  el  celo  de  Dios^38)  . Uno  de  los  esfuerzos  impor- 
tantes que  hicieron  los  teólogos  que  favorecían  la  revolución 
fue  impugnar  la  pretendida  identificación  entre  monarquía  y 
reino  de  Cristo,  a partir  de  la  Escritura.  Los  pasajes  de  Jn 
6,15  y Le  12,14  se  interpretan  como  el  rechazo  de  Cristo 
ante  el  poder  político  o de  juez  temporal  <39^.  Jn  18,36 
sobre  el  reinado  escatológico  de  Cristo  y Jn  19,12—15  sobre 
los  reinados  de  Cristo  y del  César,  se  emplean  para  enfatizar 
la  distinción  entre  el  poder  de  Cristo  y los  poderes  de  este 
mundo.  Así  también  debe  entenderse  la  distinción  que  se 
hace  entre  el  ejercicio  del  poder  político  como  señorío 
absoluto  y la  conducta  cristiana  como  actitud  de  servicio, 
siguiendo  el  texto  de  Le  22,24— 27  <4°)  . En  definitiva,  las 


112 


distinciones  llegan  hasta  la  persona  del  monarca,  al  cual  hay 
que  evitar  mirarlo  "como  una  deidad  de  superior  natu- 
raleza" ^41). 

La  argumentación  antimonárquica  recurre  también  a la 
tradición  cristiana.  Los  Padres  de  la  Iglesia  San  León,  Juan 
Crisóstomo,  Gregorio  de  Nacianzo,  Ambrosio,  Basilio  y 
Agustín  son  citados  en  diversos  lugares.  En  1813,  Camilo 
Henríquez  se  apoya  en  San  León  para  afirmar  el  carácter 
perjudicial  de  la  autoridad  que  se  constituye  por  la  violen- 
cia <42)  . José  Ignacio  Cienfuegos  explota  en  sentido  político 
la  afirmación  de  San  Agustín  que  no  hay  criaturas  inter- 
puestas entre  Dios  y el  hombre,  deduciendo  de  allí  la  libertad 
humana  sobre  todo  poder  que  pretenda  dominarle  <43).  Justo 
Donoso  recoge  el  testimonio  del  enfrentamiento  de  los  padres 
de  la  Iglesia  con  el  poder  de  los  emperadores^44). 

Esta  posición  teórico-doctrinal  se  aplica  en  una  crítica 
histórica  de  la  monarquía  hispana  y su  pretendida  cristiandad 
colonizadora,  destacando  una  oposición  de  intereses  y moti- 
vaciones entre  la  expansión  imperial  y la  evangelización.  Aquí 
se  hace  referencia  a la  querella  del  Papa  Pablo  III  y el 
emperador  Carlos  V,  a la  defensa  que  el  Papa  debe  hacer  de  la 
libertad  del  indio,  en  1537,  frente  a la  esclavitud  a que  era 
sometido  por  los  colonizadores,  a las  denuncias  que  hacen 
Bartolomé  de  Las  Casas,  Antonio  de  Montesinos  y,  en  Chile, 
Alonso  de  Ovalle,  sobre  la  opresión  de  los  indios <45)  . Por 
último,  la  crítica  histórica  alcanza  al  origen  mismo  de  la 
cristiandad  hispano-colonial,  esto  es,  a las  bulas  pontificias 
que  en  el  siglo  XV  conceden  el  territorio  americano  a la 
Corona  española.  Los  teólogos  republicanos  niegan  la 
autoridad  papal  en  materia  temporal,  declaran  opuesta  al 
Evangelio  su  extensión  arbitraria  del  poder  y nula  la  donación 
de  territorios  hecha  por  Alejandro  VI  <46). 

Muy  ligada  a toda  esta  argumentación  se  encuentra  la 
defensa  de  la  república.  Esta  se  realiza  destacando  los  valores 
evangélicos  que  ella  encarna.  A partir  de  la  lectura  de  los 
libros  históricos  del  Antiguo  Testamento  —especialmente 
Exodo,  Reyes,  Crónicas  y Macabeos—  se  afirma  el  derecho 
del  pueblo  a rebelarse  contra  la  tiranía,  así  como  lo  hizo  el 
pueblo  de  Israel  guiado  por  Yavé  en  la  gesta  liberadora  de 
Egipto  y en  la  guerra  de  los  Macabeos  contra  el  hele- 
nismo^47) . Fundado  en  Hechos  5,29  se  afirma  también  el 


113 


derecho  a desobedecer  a la  autoridad  cuando  ésta  manda  algo 
contrario  a la  ley  de  Dios^48)  . El  apoyo  a la  rebelión 
independentista  debe  defenderse  de  las  encíclicas  de  1816  y 
1824  que  condenaron  la  insurrección  americana  contra  la 
monarquía  española . La  teología  republicana  se  apoya 
positivamente  en  la  teoría  de  la  soberanía  popular  de  Santo 
Tomás,  a veces,  y en  la  línea  seguida  por  el  tomismo  español 
del  siglo  XVI,  para  defender  el  sistema  republicano  como 
aquel  donde  se  encarna  el  ideal  político  cristiano 

En  la  elaboración  teológica  patriota  se  afirma  que  Dios 
no  está  con  los  monarcas  ni  poderosos  sino  con  los  débiles  y 
afligidos,  entre  los  cuales  se  encuentra  el  pueblo  y los 
patriotas  reprimidos  por  la  reconquista  española ^51). 

Es  interesante  anotar  que  de  parte  del  pensamiento  cató- 
lico revolucionario  surgió  una  reflexión  profética  y social  no 
sólo  en  los  términos  políticos  de  un  orden  democrático,  sino 
que  también  en  términos  económicos,  en  el  sentido  de  una 
denuncia  de  los  peligros  del  imperialismo  inglés  en  Chi le  <52) 

2. 1.3.  Los  autores  del  tiempo  de  la  Independencia 

Entre  los  téologos  monarquistas  deben  mencionarse  al 
Obispo  de  Santiago  José  Santiago  Rodríguez  Zorrilla 
(1752—1832),  catedrático  de  teología  y rector  de  la  Univer- 
sidad de  San  Felipe;  al  receptor  del  Santo  Oficio  Judas  Tadeo 
Reyes  (1756—1827);  y al  profesor  de  teología  dominico  José 
María  de  la  Torre  (1775—1840),  a pesar  de  que  terminará 
apoyando  la  causa  revolucionaria. 

Algunos  de  los  teólogos  republicanos  más  importantes 
son  el  Gobernador  del  Obispado  de  Santiago  y Obispo  de 
Concepción  José  Ignacio  Cienfuegos  (1762—1845);  el  profe- 
sor franciscano  José  María  Bazaguchiascúa  (1768—1840);  el 
regente  de  estudios  del  Colegio  franciscano  de  San  Diego  de 
Alcalá  en  Santiago  Fernando  García  (1761— 1817);  el  doctor 
en  teología  y Provincial  franciscano  José  Javier  Guzmán 
(1759—1840);  el  religioso  periodista  Camilo  Henríquez 
(1769-1825);  etc. 


114 


2.2.  El  período  del  ascenso  liberal  ( 1 840—1 880) 


La  independencia  política  ya  se  ha  consolidado  y sevive 
bajo  el  régimen  republicano.  Este  hecho,  como  ya  se  ha 
dicho,  marca  profundamente  a las  instituciones  sociales  y 
revoluciona  los  roles  que  ellas  cumplían  en  la  sociedad 
colonial.  Al  mismo  tiempo,  se  produce  una  apertura  de 
horizontes  políticos,  ideológicos  y religiosos  al  entrar  en 
contacto  con  el  mundo  europeo  en  forma  autónoma  al 
imperio  español. 

La  Iglesia,  en  este  período,  se  ve  enfrentada  a grandes 
desafíos.  Ella  busca  readecuar  su  posición  y su  papel  en  la 
nueva  sociedad  republicana,  inicia  un  nuevo  período  de  rela- 
ciones con  la  Iglesia  universal,  en  lo  cual  destaca  su  relación 
directa  con  la  sede  romana  —ya  sin  el  patrono  español—  y 
recibe  el  constante  desafío  ideológico  y doctrinal  de  la 
cultura  chilena,  en  la  cual  entran  con  cierta  fuerza  el 
liberalismo  político  y económico  y comienzan  a tener  eco  las 
doctrinas  socialistas. 

Frente  a estos  desafíos  la  teología  de  la  época  se  desa- 
rrolla en  dos  grandes  líneas  que  hemos  caracterizado  como 
teología  conservadora  —la  que  reaciona  en  oposición  a las 
nuevas  ideas  que  se  abren  paso  en  la  sociedad—  y teología 
liberal  —la  que  entra  en  diálogo  y armoniza  con  las  nuevas 
ideas. 


2.2. 1.  Algunas  ¡deas  predominantes  de  la  teología  del  período 

Uno  de  los  motivos  centrales  v predominantes 
de  la  teología  es  la  defensa  de  la  libertad  de  la  Iglesia  frente  al 
Estado  republicano.  En  la  base  de  esta  preocupación  está  el 
hecho  de  que  la  Iglesia  añora  la  situación  privilegiada  en  que 
se  encontraba  durante  la  cristiandad  colonial  y trata  de  reedi- 
tarla en  la  nueva  sociedad  republicana  que,  aunque  le 
mantiene  casi  todos  sus  privilegios,  propugna  una  orga- 
nización social  y política  bien  diferente  a la  monárquica.  Por 
otro  lado,  los  gobiernos  republicanos  reciben  la  herencia  del 
regalismo  colonial  y pretenden  tener  las  mismas  atribuciones 
que  tuvo  la  Corona  española  con  la  Iglesia,  la  cual  resiste  con 
celo  su  independencia  y libertad  frente  al  poder  político. 


115 


Esta  lucha  teológico-eclesiástica  se  hace  más  aguda  mien- 
tras avanza  el  período  y coincide  con  la  mayor  influencia  que 
tienen  en  la  política  interna  los  liberales  y con  el  encureci- 
miento  del  Vaticano  contra  el  liberalismo,  expresado  en  las 
condenaciones  del  Syllabus,  en  1865. 

Aparecen  como  personajes  de  primera  importancia  en  la 
defensa  de  la  libertad  de  la  Iglesia  el  Arzobispo  de  Santiago 
Monseñor  Rafael  Valentín  Valdivieso  y el  Obispo  de  Concep- 
ción Monseñor  José  Hipólito  Salas.  Estos  dos  insignes  obispos 
fueron  contemporáneos,  amigos  y plenamente  coincidentes 
en  sus  apreciaciones  teológicas,  pastorales  y políticas. 
Mientras  Valdivieso  influía  grandemente  bajo  una  apariencia 
de  mesura  y ecuanimidad,  Salas  se  mostraba  como  un  lucha- 
dor fogoso  e inagotable  en  la  defensa  de  los  intereses  ecle- 
siásticos . Junto  a ellos  se  debe  mencionar  al  Obispo  de 
La  Serena,  José  Manuel  Orrego  y al  Vicario  Capitular,  sucesor 
de  Valdivieso,  Joaquín  Larraín  Gandarillas. 

La  preocupación  por  la  libertad  de  la  Iglesia  frente  al, 
Estado  va  generando  un  movimiento  y una  reflexión  de  acer- 
camiento a la  Santa  Sede,  configurándose  un  avance  del 
ultramontanísimo.  Un  gran  impulso  a esta  corriente  lo  da  el 
teólogo  argentino  Pedro  Ignacio  Castro  Barros,  quien  emigra 
a Chile  en  1841,  donde  se  desempeña  como  profesor  del 
Seminario  de  Santiago.  Desde  su  cátedra  difunde  las  posi- 
ciones antigalicanas  de  los  teólogos  chilenos  de  la  época  de  la 
independencia  Justo  Donoso  y Tadeo  Silva. 

Reciben  la  influencia  de  Castro  los  teólogos  chilenos 
Joaquín  Larraín  y Domingo  Aracena,  ambos  de  gran  influen- 
cia en  la  época  que  estudiarnos^54^. 

Junto  con  Castro  Barros  llegó  a Chile  su  sobrino  José 
Vitaliano  Molina,  el  cual  defendió  a la  Iglesia  del  regalismo 
desde  las  páginas  de  La  Revista  Católica  <55>  . Fue  su  amigo  y 
defendió  las  mismas  tesis  el  decano  de  la  Facultad  de 
Teología  José  Manuel  Orrego^56)  . Otro  teólogo  de 
importancia  fue  Francisco  Belmar  quien  critica  las  tendencias 
regalistas  y episcopalistas  en  Ch¡le<57). 

En  conexión  con  la  posición  general  antigalicana  de  la 
Iglesia  chilena  y en  respuesta  a la  influencia  que  había 
ejercido  la  escuela  moderna  francesa  y la  Ilustración  Católica 
en  el  pensamiento  teológico  desde  fines  de  la  época  colonial. 


116 


se  desarrolla  un  movimiento  de  revalorización  de  ia  esco- 
lástica y del  tomismo.  Entre  los  escolásticos  más  ardientes  e 
influyentes  en  la  revalorización  de  este  pensamiento  se 
encuentra  el  profesor  del  Seminario  de  Santiago  y del  Ins- 
tituto Nacional,  Juan  Bautista  Loubert.  Este  difunde  el 
pensamiento  de  Rohrbacher,  A.  Nicolás,  P.  Gueranguer,  J.  A. 
Móhler,  G.  Perrone  y,  por  supuesto,  de  Tomás  de  Aquino. 
Junto  a esto  polemiza  y acusa  a la  mayoría  de  los  teólogos 
chilenos  de  estar  influidos  por  la  teología  francesa.  Uno  de 
los  pocos  chilenos  elogiados  por  Loubert  es  José  Ramón 
Saavedra. 

Otro  ardiente  escolástico  es  José  Domingo  Meneses, 
también  profesor  de  ambos  establecimientos  y secretario  del 
cabildo  eclesiástico 

José  Manuel  Orrego,  como  decano  de  la  Faculdad  de 
Teología  también  introduce  una  preocupación  por  la  esco- 
lástica, aunque  mantiene,  al  mismo  tiempo,  la  influencia 
moderna  francesa.  En  1857  manifestó  algunas  preferencias 
por  el  tomismo  en  su  "Tratado  de  los  fundamentos  de  la  fe", 
lo  cual  fue  reafirmado  y profundizado  un  año  después  en  su 
memoria  de  licenciatura. 

El  tomismo  fue  haciendo  escuela  en  la  Facultad  de  Teo- 
logía, destacando  entre  sus  adeptos  José  Ramón  Saavedra, 
discípulo  de  Orrego,  y el  futuro  Obispo  Rafael  Fernández 
Concha. 

También  es  mayoritaria  en  la  teología  del  período  una 
oposición  al  romanticismo,  tanto  en  su  vertiente  filosófica 
como  teológica. 

La  apreciación  general  que  hace  la  teología  sobre  las 
doctrinas  del  romanticismo  se  encuentran  en  el  teólogo  José 
Ramón  Saavedra  quien  las  ve  como  emancipación  de  las  leyes 
morales  ^59). 

En  la  vertiente  filosófica,  el  Romanticismo  se  vincula  a 
Hegel,  Fichte  y Schelling  principalmente.  Estos  tres  autores 
son  sistemáticamente  impugnados  en  la  teología  chilena^60). 

En  la  vertiente  teológica,  el  romanticismo  se  vincula  a 
autores  como  Schleiermacher,  Strauss,  Bauer  y Renán,  repre- 
sentantes de  un  protestantismo  liberal.  Los  aspectos  más 


117 


opuestos  a la  teología  católica  eran  las  afirmaciones  más  o 
menos  coincidentes  de  estos  autores  que  ponían  en  duda  la 
divinidad  de  Cristo  y su  resurrección 

2.2.2.  La  teología  conservadora 

Ya  hemos  dicho  que  la  teología  católica  de  este  período 
se  enfrenta  al  liberalismo  político  e ideológico  y a un  socia- 
lismo naciente. 

La  línea  conservadora  de  la  teología  se  opone  desde  los 
comienzos  al  pensamiento  progresista  chileno.  Una  de  las 
primeras  muestras  es  la  reacción  del  entonces  decano  de  la 
Facultad  de  Teología  y futuro  Arzobispo  de  Santiago,  Rafael 
Valentín  Valdivieso,  frente  al  artículo  "Sociabilidad  chilena" 
(1844)  de  Francisco  Bilbao,  un  liberal  y pro-sociaHsta 
chileno.  En  el  escrito  de  impugnación  Valdivieso  hace  una 
apología  de  la  religión  en  su  función  de  sostén  del  orden 
social.  El  año  1850,  ya  como  Arzobispo,  Valdivieso  vuelve  a 
rebatir  a Bilbao  en  una  carta  pastoral  del  24  de  Junio. 

Estos  dos  hechos  podrían  llamarse  los  presagios  de  una 
actitud  que  se  endurece  después  de  la  guerra  civil  de  1851.  En 
efecto,  la  Iglesia  y la  teología  conservadora  pondrán  especial 
énfasis  en  defender  el  principio  de  autoridad,  el  orden  social 
y en  atacar  los  movimientos  y doctrinas  que  subvierten  el 
orden  . En  este  mismo  sentido  son  notables  las  pastorales 
de  los  Obispos  Valdivieso  y Salas,  en  cuanto  a su  insistencia 
en  el  papel  de  la  Iglesia  y la  religión  como  sostenedores  del 
orden  y de  la  paz  social,  a la  vez  que  denuncian  la  agitación  y 
el  desorden  que  provocan  las  ideas  liberales  y socialistas. 

Consecuente  con  esta  doctrina,  la  teología  conservadora 
denupcia  la  laicización  de  la  sociedad  como  la  antesala  de  la 
subversión  y He  la  revolución.  Esta  ha  llegado  a Chile,  según 
denuncian  los  conservadores,  en  las  obras  de  Voltaire, 
Prudhom  y Marx^63^. 

Contra  el  liberalismo  en  general,  se  pronuncia  drásti- 
camente Guillermo  Juan  Cárter,  en  su  discurso  de  incor- 
poración a la  Facultad  de  Teología  en  1878.  Este  retoma  el 
Syllabus  y Donoso  Cortés  para  hacer  su  refutación  que  llega 
hasta  la  declaración  de  los  derechos  del  hombre  y el  libera- 


118 


lismo  católico.  En  esta  misma  línea  se  deben  inscribir  los 
Obispos  Valdivieso  y Salas,  quienes  hacen  eco  a las  condena- 
ciones del  liberalismo  por  el  Syllabus. 

La  aplicación  de  esta  condena  a personajes  o grupos 
chilenos  no  se  deja  esperar.  Así  se  mencionan  los  liberales,  los 
francmasones  y,  nuevamente,  Francisco  Bilbao*64*. 

Otro  aspecto  que  toca  la  crítica  de  los  teólogos  conser- 
vadores hace  alusión  a las  consecuencias  de  la  implantación 
de  un  liberalismo  económico  que  echa  las  bases  del  orden 
capitalista  moderno.  Esta  crítica  alcanza,  en  primer  lugar  a 
los  valores  que  va  imprimiendo  en  Chile  la  burguesía  de  la 
época,  que  se  caracterizan  por  el  materialismo,  el  afán  de 
lucro  y de  riqueza,  en  desmedro  de  valores  espirituales,  reli- 
giosos y sociales*65*  . En  segundo  lugar  se  refiere  a las  nefas- 
tas consecuencias  económicas  y sociales  que  tiene  en  Chile  la 
aplicación  del  sistema  liberal  capitalista.  Se  denuncia  la 
miseria  en  que  está  sumida  la  gran  masa  de  los  chilenos  frente 
a la  acumulación  de  la  riqueza  por  unos  pocos  y la  explo- 
tación de  unos  sobre  otros,  permitida  por  el  sistema*66*  . 
Junto  a esto,  se  acusa  al  sistema  de  causar  la  cesantía  con  su 
comercio  de  importación  y de  condenar  a la  miseria  al 
artesano  criollo*67*  . Justo  Donoso  denuncia  las  injusticias 
del  comercio  internacional*68*  , José  Ignacio  Víctor 
Eyzaguirre  acusa  al  progreso  liberal  de  marginar  a los  pobres 
y a las  masas  indígenas  y Valdivieso  recuerda  la  dramática 
situación  de  los  trabajadores  desocupados*69*. 

El  estudio  más  serio  de  las  implicancias  de  la  economía 
liberal  lo  realiza  Ventura  Marín  quien  hace  una  crítica  a las 
teorías  económicas  de  Adam  Smith  por  sus  consecuencias 
sociales  y por  las  influencias  económicas  de  Europa  sobre 
América  que  pasa  a ser  "factoría  de  la  primera"*70*. 

Sin  embargo,  a la  certeza  del  diagnóstico  no  le  corres- 
ponde una  adecuada  solución.  No  se  llega  a plantear  la  nece- 
sidad de  un  cambio  de  sistema,  ni  se  destacan  el  sentido  de  la 
justicia,  igualdad,  etc.  La  solución  para  los  problemas  que  ha 
traído  la  economía  liberal  se  ponen  a nivel  de  moral  parti- 
cular. En  efecto,  repetidas  veces  se  culpa  a la  avaricia  de  los 
ricos  y a la  codicia  de  los  pobres  de  la  situación  que  se  vive. 
Consecuentemente,  la  predicación  de  la  Iglesia  llama  a los 
ricos  a tener  caridad  y a los  pobres  resignación*71*. 


119 


También,  ante  esta  realidad,  tanto  ideológica  como 
económica,  la  teología  conservadora  desarrolla  algunas  alter- 
nativas. Los  católicos  conservadores  más  tradicionalistas 
soñaron  con  la  restauración  monarquista  ^72)  , llegando  a 
pronunciarse  contrarios  a los  principios  de  igualdad,  libertad 
y democracia^73)  . La  mayoría,  sin  embargo,  prefiere  un 
republicanismo  católico  autoritario  como  el  que  implantó 
Gabriel  García  Moreno  en  Ecuador^74). 

Esta  vertiente  política  de  la  teología  conservadora  desa- 
rrolla la  tesis  del  "partido  católico"  que  en  un  comienzo  tiene 
la  función  casi  exclusiva  de  defender  a la  Iglesia  en  el  campo 
de  las  luchas  parlamentarias  y legislativas,  pero  que,  poco  a 
poco,  va  asumiendo  un  papel  de  organizador  social  y político 
en  vistas  a crear  un  orden  social  cristiano^. 

2.2.3.  La  teología  liberal 

Llamamos  así  a la  teología  más  abierta  a las  nuevas 
¡deas,  tanto  liberales  como  socialistas. 

Esta  línea  de  pensamiento,  en  los  primeros  años  de 
nuestro  período,  aparece  directamente  vinculada  a la  corrien- 
te teológica  que  dio  apoyo  a la  revolución  de  la  indepen- 
dencia, e insiste  en  un  ideal  libertario  para  la  sociedad,  donde 
se  exaltan  los  "sacrosantos  derechos  del  hombre  social"  y se 
expresa  favorable  a la  revolución  social  (76K 

Un  personaje  de  relieve  en  la  Iglesia  y en  la  teología 
chilenas  es  José  Ignacio  Víctor  Eyzaguirre  quien  fue  un  entu- 
siasta seguidor  de  la  teología  revolucionaria  de  la  época  de  la 
independencia  y continuó  proclive  a la  ideas  modernas  que 
influían  en  la  sociedad.  Hasta  la  guerra  civil  militaba  en  la 
oposición  liberal  de  la  Cámara  de  Diputados,  lo  cual  le  costó 
el  exilio  a Europa  en  1852.  Lejos  de  la  patria  escribe  sus 
principales  obras:  El  catolicismo  en  presencia  de  sus  disi- 
dentes, 1855  y los  intereses  católicos  en  América,  1859Í77). 

Entre  1847  y 1852  se  desempeña  como  decano  de  la 
Facultad  de  Teología  de  la  Universidad  de  Chile,  a la  cual 
integra  a dos  teólogos  liberales,  Ramón  Valentín  García  y 
Francisco  de  Paula  Taforó. 


120 


García  propone,  en  su  discurso  de  incorporación,  las 
mutuas  implicancias  entre  cristianismo  y progreso  <78)  . Más 
aún,  esta  apertura  al  progreso  se  extiende  a una  simpatía  por 
algunas  formas  de  socialismo,  especialmente  por  su  preocu- 
pación por  las  clases  laboriosas  ^79^.  Concretamente,  sus 
inclinaciones  lo  llevan  a proteger  a Francisco  Bilbao  de  la 
persecución  política  que  se  desata  en  su  contra  durante  la 
guerra  civil  de  1851.  En  otras  dimensiones  de  su  pensamiento 
teológico  habría  que  señalar  su  rechazo  a la  escolástica  y su 
cercanía  al  milenarismo^80). 

Taforó  es  un  teólogo,  eclesiástico  y político  contro- 
vertido. Como  político  militó  en  la  oposición  liberal  de  la 
Cámara  de  Diputados,  lo  que  le  costó  ser  apresado  y deste- 
rrado a causa  de  la  Guerra  Civil  de  1851.  En  la  época  de  los 
gobiernos  liberales  volverá  al  país  donde  será  elegido  Senador  y 
Consejero  de  Estado.  Como  hombre  eclesiástico  es  el 
principal  candidato  de  los  liberales  y propuesto  a la  Santa 
Sede  para  ocupar  la  sede  vacante  del  Arzobispado  de 
Santiago.  Como  teólogo,  sacerdote  y predicador  propicia  una 
verdadera  reforma  de  las  conductas  eclesiásticas  y sociales. 
Propone  cambios  en  las  costumbres  de  los  civiles,  espe- 
cialmente de  los  aristócratas.  En  los  eclesiásticos,  promueve 
actitudes  de  abertura,  ilustración,  sobriedad  y moderación, 
atacando  duramente  el  sectarismo,  la  intransigencia  y la 
ostentación  del  clero  ultramontano.  En  términos  religioso- 
políticos  propicia  un  cristianismo  democrático  y anti- 
totalitario <81)  , pero  no  transigía,  sin  embargo,  con  las  ideas 
radicales  del  socialismo  y del  liberalismo. 

Esta  corriente  más  abierta  se  va  haciendo  cada  vez  más 
minoritaria,  apagándose  casi  por  completo  su  expresión 
después  de  la  publicación  del  Syllabus  en  Chile  el  año  1865. 

Mencionaremos  por  último  la  vertiente  de  lo  que 
podemos  llamar  un  cristianismo  social.  Esta  línea  liga  directa- 
mente con  el  movimiento  liberal  y socialista  y recibe  la 
influencia  del  romanticismo. 

Uno  de  sus  precursores  fue  el  discípulo  chileno  de 
Lammenais,  Francisco  Bilbao.  Este  hace  un  análisis  histórico 
donde  opone  el  cristianismo  primitivo  y revolucionario  al 
catolicismo  actual  que  ha  llegado  a jugar  un  papel  legitimador 
de  la  dominación  *8*). 


121 


Otros  representantes  de  esta  línea  son  Pedro  Félix 
Vicuña  que  desarrolla  el  tema  del  cristianismo  como  causa  e 
impulsor  de  la  revolución  social  *83*  , Martín  Palma  que 
integra  la  fe  cristiana  con  rasgos  del  pensamiento  de  Rousseau 
y de  los  socialistas  franceses*84*  , Emilio  Corvalán,  un  perio- 
dista, seguidor  de  Bilbao,  que  retoma  el  tema  de  la  relación 
entre  cristianismo  y proletariado  *85*  y,  finalmente,  Joaquín 
Chiriboga,  un  ecuatoriano  que  publica  en  Valparaíso,  el  año 
1873,  una  obra  que  titula  “La  luz  del  pueblo,  o sea  el  criterio 
para  juzgar  cuestiones  político-religiosas”.  En  este  libro  se 
propone  reivindicar  los  derechos  del  hombre  a partir  del 
Evangelio.  Entre  una  serie  de  temas  critica  el  despotismo 
político  y religioso,  defiende  la  separación  Iglesia  y Estado, 
ataca  el  ultramontanísimo  oponiéndolo  al  cristianismo 
fundado  por  Cristo  y destaca  la  armonía  entre  fe  y razón. 

Esta  corriente  de  la  teología  chilena  de  la  época  es,  por 
cierto,  minoritaria,  pero  es  necesario  tenerla  en  cuenta  y 
seguir  su  influencia  en  el  cristianismo  de  preocupación  social 
que  se  va  haciendo  más  amplio  y oficial  en  el  período 
siguiente,  en  el  cual  se  echan  las  bases  para  la  construcción  de 
una  nueva  cristiandad. 

3.3  La  sabiduría  teológica  de  los  pobres  *86* 

Durante  la  época  que  estudiamos,  el  pensamiento  teoló- 
gico de  los  pobres  desarrolla  las  grandes  intuiciones  surgidas 
en  el  período  colonial,  alcanzando  un  grado  superior  de 
riqueza  y complejidad  a raíz  de  las  nuevas  experiencias  histó- 
ricas por  las  que  atraviesa  el  siglo  XIX  y en  las  primeras 
décadas  del  presente  siglo. 

Como  lo  señalamos  sumariamente  al  referirnos  al  pensa- 
miento teológico  durante  la  colonia,  la  reflexión  de  los 
pobres  se  sitúa  al  nivel  de  un  discernimiento  concreto  entre 
las  fuerzas  del  bien  y del  mal,  entendidas  como  instancias 
históricas  de  opresión  y liberación. 

Algunas  tradiciones  religiosas  coloniales  del  pueblo, 
entre  las  que  se  encuentran  algunas  de  las  grandes,  ali- 
mentadas en  fiestas  y leyendas  apuntaban  a una  inter- 
pretación teológica  de  la  historia  en  la  cual  los  dominadores 
hispanos  y sus  descendientes  criollos  fueron  profundamente 


122 


cuestionados  en  su  comportamiento  social  de  explotación, 
mientras  que  las  masas  oprimidas  eran  vistas  directamente 
auxiliadas  y protegidas  en  su  vida  cotidiana  por  Dios  y la 
Virgen  María. 

Esta  clave  interpretativa  condujo  a la  percepción  del  mal 
como  opresión  y desvalimiento,  y del  bien  como  cualquier 
forma  de  paliarlos,  alcanzando  un  espacio  de  salud  y libertad. 

Las  grandes  fiestas  coloniales  que  denunciaban  la 
opresión  y celebraban  la  cercanía  del  Señor  entre  los  pobres, 
como  Nuestra  Señora  del  Rosario  de  Andacollo,  el  Señor  de 
la  tierra  de  Cunlagua  y la  Virgen  del  Carmen  de  Palo 
Colorado,  siguieron,  a no  dudarlo,  teniendo  una  profunda 
vitalidad  en  esta  nueva  época  histórica.  Por  ejemplo,  en  el 
siglo  XIX,  los  bailes  religiosos  de  Andacollo  desafiaron 
abiertamente  a las  autoridades  del  gobierno  republicano,  que 
amenazaba  con  la  cárcel  la  participación  del  pueblo  en  las 
danzas  festivas.  Inútil  fue  toda  represión  en  este  sentido,  pues 
la  fuerza  de  los  pobres  impidió  que  se  ahogara  su  experiencia 
religiosa  *87). 

Siguiendo  esta  línea  característica  del  pensamiento 
teológico  popular  consistente  en  la  identificación  y discerni- 
miento de  tas  fuerzas  opresivas  del  mal  y la  dinámica  libe- 
radora del  bien  es  que  podemos  situarnos  para  apreciar  los 
contenidos  de  la  sabiduría  cristiana  en  esta  nueva  etapa  his- 
tórica. 

3.3. 1.  Las  fuerzas  opresivas  del  mal 

A partir  del  s.  XIX,  satanás  maestro  del  mal,  adquiere  en 
la  imaginación  popular,  una  apariencia  característica,  la  del 
caballero  burgués,  de  elegancia  impecable,.el  "futre"  que  si 
lleva  poncho,  es  de  contextura  finísima,  cubriendo  sus  espal- 
das al  modo  de  un  rico  chalón  ^88). 

La  apariencia  burguesa  del  diablo  refleja  con  claridad  la 
vinculación  histórica  de  éste.  Son  los  ricos  las  personas 
comúnmente  poseídas  por  Satanás,  al  que,  al  mismo  tiempo, 
hay  que  invocar  para  adquirir  la  riqueza.  La  vinculación  entre 
Satanás  y la  riqueza  es  directa  (89). 

El  rasgo  principal  de  Satanás  es  poseer  al  rico,  su  forma 
de  comportarse,  reflejo  del  desorden  que  provoca  en  la  reali- 


123 


dad,  es,  según  expresión  popular,  la  falta  de  "sosiego”,  o,  en 
forma  positiva,  el  "ataranto”.  Con  estas  expresiones,  los 
pobres  quieren  expresar  también  la  desesperación  y confusión 
en  que  se  hallan  los  que  obran  el  mal  (90>  . Si  el  mal  es  ausen- 
cia de  paz,  la  guerra  es  incitación  directa  de  Satanás.  Así 
pudo  decir  un  campesino,  a propósito  de  la  primera  guerra 
mundial:  "por  eso  yo  hei  andao  muy  contristao  y hei  pensao 
que  esas  guerras  las  ha  endustriao  y movío  el  mesmo 
demonio  . . ."  <91). 

Un  siglo  antes,  con  ocasión  de  las  guerras  de  indepen- 
dencia de  Chile,  el  pueblo  había  percibido  en  el  ejercicio  del 
poder  violento  por  parte  del  ejército  español,  una  dimensión 
diabólica  explícita^92). 

H 

En  la  raíz  de  la  dinámica  del  mal,  junto  a la  voluntad  de 
riqueza,  tan  claro  en  el  pacto  o en  la  posesión  del  rico  por  el 
diablo,  está  la  voluntad  de  poder  o de  mando.  Un  poeta  a lo 
Divino  del  siglo  XIX  decía  que  el  intento  de  Satanás  "era 
gobernar/  todo  el  mundo  en  su  ataranto/  ..  ,"í93)  . Como 
una  extensión  generalizada  de  esta  voluntad,  un  campesino 
decía  a principios  de  este  siglo:  "toos  agora  quieren  ser  siño- 
res"(94)  . La  alarma  popular  frente  a la  voluntad  de  riqueza  y 
el  rol  del  dinero  en  la  destrucción  de  las  relaciones  humanas, 
durante  el  siglo  XIX,  ha  quedado  de  manifiesto  en  el  canto  de 
los  poetas  a lo  Divino^95). 

Este  progresivo  avance  de  la  voluntad  moderna  del 
poder  y la  riqueza  viene  envuelto,  para  los  pobres,  en  una 
atmósfera  de  temor  e inseguridad . "Yo  no  les  envidio  sus 
comoiaes  (a  los  ricos), porque  me  le  figura  qui  a menuo  ni 
dormirán  siguros,  por  timor  a perder  sus  haberes  . . ,"(96)  . 
Este  desasociego  va  acompañado  por  un  afán  desesperado  por 
fijar  y detener  el  tiempo^97). 

Los  proyectos  del  mal  acaban  con  el  juicio  implacable 
de  Dios,  quien  castigará  la  voluntad  desmesurada  de  la 
riqueza  y del  poder.  "Que  los  ricos  y los  gobiernos  son  malos, 
como  muchos  lo  son;  ya  darán  cuenta  a Dios  de  su  proceer  a 
su  tiempo  . . .”(98)  . Este  tiempo  preciso  es,  sobre  todo,  a 
partir  de  la  muerte,  que  adquiere  rasgos  amenazantes  para  los 
ricos . Sobre  todo,  el  tiempo  del  castigo  es  real,  concreto, 
palpable,  tal  como  lo  atestiguan  tradiciones  campesinas  como 
la  del  "Desbarrancado"  de  Doñihue  (10°). 


124 


Finalmente  digamos  que,  en  el  pensamiento  popular. 
Satanás,  al  contrario  de  lo  que  ocurre  con  los  ricos,  no  posee 
mayor  influencia  ni  poder  sobre  los  pobres.  Al  revés,  son  los 
pobres  los  que  engañan  al  diablo,  burlándose  de  sus  pactos. 
Existen,  en  este  sentido,  diversas  variantes  de  la  leyenda 
popular  "La  historia  maravillosa  del  roto  que  engañó  al 
diablo"*101). 

3.3.2.  Las  fuerzas  de  salvación 

La  concepción  popular  de  Dios  no  conduce  de  lleno  al 
discernimiento  concreto  entre  las  fuerzas  del  bien  y del  mal 
expresadas  en  los  opuestos  campos  de  pobres  y ricos,  respec- 
tivamente. El  poeta  del  siglo  XIX,  Bernardino  Guajardo,  pone 
en  boca  de  Dios  las  siguientes  palabras  dirigidas  a Satanás:  "Si 
por  pobre  me  desprecias/  busca  un  rico  que  te  dé/  y cuando 
el  rico  te  falte/  busca  a tu  pobre  otra  vez/"*102)  . De  este 
modo  Dios  aparece,  identificado  con  la  realidad  del  pobre, 
como  ámbito  antagónico  a los  ricos. 

Con  todo,  es  la  persona  de  Cristo  la  que  adquiere  toda  la 
fuerza  ontológica  del  pobre,  en  toda  su  complejidad  histórica. 
Podríamos  llegar  a decir  que,  en  la  teología  popular,  Jesu- 
cristo es  la  explicabilidad  del  pobre  o,  en  otras  palabras,  el 
pobre  lleno  de  sentido  histórico. 

Cristo  pobre  llega  a la  tierra,  en  un  ambiente  de  crueldad 
y persecución  *103).  Cuando  José  y María  buscan  un  lugar 
para  su  nacimiento,  "sólo  hallaron  crueldad/  en  toda  la 
monarquía/"  *104)  . Las  autoridades  diabólicas  de  su  tiempo 
no  descansarán  hasta  asesinarlo  *105). 

Como  una  paradoja  abismante.  Cristo  niega  radical- 
mente en  su  vida  esta  realidad  histórica  homicida  y cruel. 
Asume  toda  la  precariedad  de  la  "humilde  pobreza",  el  hecho 
de  que  "no  quiso  ser  distinguido"*106)  y,  por  otra  parte, 
enseña  la  igualdad,  el  perdón,  y la  muerte  generosa  como  la 
más  grande  delicadeza  del  amor,  la  "fineza  mayor",  como 
decía  el  poeta  B.  Guajardo,  en  medio  de  una  historia  asesina, 
que  no  puede  dar  la  vida,  porque  solo  la  quita  *107). 

En  la  teología  popular.  Cristo  es  la  paradoja  del  mundo, 
la  contradicción  de  lo  dado  e impuesto,  en  fin,  la  vida  del 
pobre.  Básicamente,  el  Cristo  popular  es  el  de  la  Pasión  y la 


125 


Muerte  que  acoge  con  gusto  y ternura  un  suplicio  por  amor. 
Sin  embargo,  la  noción  de  libertad  que  aportó  la  indepen- 
dencia política  de  Chile,  ayudó  a visualizar  la  Resurrección  de 
Cristo  como  un  hecho  liberador,  al  punto  que  llegó  a cele- 
brarse la  Pascua  cristiana  como  una  especie  de  fiesta  de  la 
independencia  de  Cristo,  en  los  festejos  del  "Dieciocho  de  On 
Jecho"  <108>. 

Otra  figura  sagrada  del  pueblo  es  la  Virgen  María  la  que, 
desde  el  siglo  XIX  es  para  los  pobres,  ante  todo,  Nuestra 
Señora  del  Carmen.  Ella  cumple  funciones  directas  de  auxilio 
y,  a partir  de  la  independencia  de  Chile,  se  la  asocia  al  anhelo 
o la  promesa  de  una  tierra  propia  y libre  para  los  afligidos  y 
oprimidos  <109). 

Uno  de  los  rasgos  mesiánicos,  y por  lo  tanto,  salvíficos  y 
liberadores,  del  pensamiento  religioso  popular  es  la  indenti- 
ficación  que  se  establece  entre  los  pobres  y la  Iglesia  triun- 
fante del  cielo,  formada  por  Santos  y Santas.  Ellos  expresan  y 
procuran  la  profunda  vitalidad,  la  vida  abundante,  que  los 
pobres  necesitan  y anhelan.  Los  Santos  viven  regocijadamente 
la  fiesta  campesina  de  esta  tierra  U10),  y se  revelan  como 
serviciales  y generosos  amigos  del  pueblo,  entre  los  que  se 
destacan  San  Sebastián  deYumbely  Santa  Rosa  de  Pelequén, 
en  el  siglo  XIX  Ull) 

Digamos  de  paso  que,  por  el  contrario,  la  Iglesia  jerár- 
quica terrestre  es  comprendida  en  el  pensamiento  popular 
como  una  instancia  ajena  y no-mesiánica,  un  contra-signo 
salvífico.  El  clero  se  ubica  entre  quienes  necesitan  ser  servidos 
en  esta  tierra*1 12^. 

El  gran  signo  de  salvación  y de  gracia  es  eminentemente 
el  pobre.  En  él  se  manifiesta  la  bendición  abundante  y gene- 
rosa del  cielo,  sobre  todo  de  la  Virgen  y los  Santos,  en  la  vida 
cotidiana  del  hogar  y el  trabajo  *113^  . Los  pobres  descansan 
en  las  manos  de  Dios:  "en  teniendo  el  pan  que  se  necesita  y 
un  peacito  de  suelo  onde  acurrucarse,  no  hay  que  peir  más  a 
nuestro  Dios”*114)  . Confían,  desde  una  honda  intimidad 
con  el  Señor,  en  el  amor  que  los  salva:  "Yo  confío  en  su 
misericordia,  puesto  que  paeció  por  nosotros  pecaores  y 
aemás  yo  siempre  hei  vivió  allegado  a su  Majestá"*115)  . A 
imitación  de  Cristo,  el  pobre,  junto  con  vivir  en  la  gratitud 
ante  Dios,  ejerce  el  bien  y el  perdón  en  una  sociedad  injus- 
ta *116^  . Incluso  los  pobres  dan  la  salvación  a los  ricos*117). 


126 


Si  la  culminación  del  camino  del  mal  es  el  castigo  de 
Dios  y la  muerte  pavorosa  del  rico,  el  destino  último  del  bien 
es  la  plenitud  de  los  pobres  en  la  Gloria.  Con  confianza  puede 
exclamar:  "le  pío  a mi  Dios  que  me  lleve  y me  dé  su  santa 
gloria"  *118*  . De  este  modo  se  cumple  el  anuncio  evangélico 
de  la  muerte  como  paso  a la  vida:  "mi  Dios  (que)  pa  too  tiene 
remedio,  hasta  pa  la  muerte,  como  muramos  en  su 
gracia"  <119). 

Más  aún,  en  el  siglo  XIX,  la  imaginación  religiosa 
popular  llegó  a pensar  en  un  "descenso  a los  infiernos"  del 
pobre,  con  los  mismos  rasgos  del  que  realizó  Jesucristo  antes 
de  resucitar.  Así,  el  pobre  emprende  una  gesta  liberadora,  de 
carácter  escatológico,  contra  Satanás  y los  poderes  malignos, 
liberando  a las  almas  condenadas  en  las  regiones  infer- 
nales^120^. 


NOTAS 

(1)  Por  otra  parte,  hay  que  esperar  hasta  fines  del  siglo  XVII  la  crea- 
ción de  la  canongía  magistral,  concursada  por  doctores  en 
teología,  de  la  Catedral  de  Santiago  de  Chile,  cf.  Carlos  SIL  VA 
COTAPOS,  Historia  eclesiástica  de  Chile,  Santiago,  1925,  pp. 
75-77,  101-102. 

(2)  Cf.  José  Ignacio  Víctor  EYZAGUIRRE,  Historia  eclesiástica, 
política  y literaria  de  Chile,  Valparaíso,  1850,  tomo  I,  pág.  450. 

(3)  Cf.  J.  LOPEZ  ORTIZ,  El  regalismo  indiano  en  el  Gobierno  ecle- 
siástico pacífico  de  Don  Fr.  Gaspar  de  Villarroel,  Madrid,  1947. 

(3b)  Otros  son  Baltasar  Duarte,  autor  de  Comentaría  in  Thoman, 
también  del  siglo  XVII;  el  primer  rector  de  la  facultad  de  teología 
en  Concepción,  Ignacio  Arcaya,  autor  de  Tractatus  de  visione, 
volúntate  Dei  et  Trinitate  en  1702  y 1703;  José  Aguirre,  autor  de 
un  Tractatus  de  Restitutione;  José  Bodart,  y su  Tractatus  de  Fide 
et  Chantas ; etc. 

(4)  El  distanciamiento  frente  a la  enseñanza  de  la  teología  escolástica 
en  el  siglo  XVIII  puede  observarse  en  la  obra  del  jesuíta  chileno 
Felipe  Gómez  de  Vidaurre  (1740—1818),  Historia  geográfica, 
natural  y civil  del  Reino  de  Chile  (Bolonia  1776).  En  1797,  el 
Rector  de  la  Universidad  de  San  Felipe,  José  A.  Errázuriz, 
solicitaba  la  creación  de  una  cátedra  de  Sagrada  Escritura,  cf. 
Mario  GONGORA,  Notas  para  la  historia  de  la  educación  univer- 
sitaria colonial  en  Chile,  en  Anuario  de  Estudios  Americanos  VI 
(1949)  161-229. 


127 


(5)  Fr.  Gil  González  de  San  Nicolás  recurre  a los  profetas  del  Antiguo 
Testamento  como  Ezequiel;  y del  Nuevo  Testamento,  a San 
Pablo,  en  su  carta  a los  Romanos,  cf.  una  descripción,  en  José 
Toribio  MEDINA,  Historia  del  Tribunal  del  Santo  Oficio  de  la 
Inquisición  en  Chile,  Santiago,  1952,  pp.  13—71. 

(6)  Carta  fechada  en  Santiago,  6 de  marzo  de  1562,  cf.  Colección  de 
Documentos  Inéditos  para  la  Historia  de  Chile,  XXIX,  143. 

(7)  Cf.  el  Tratado  . ...  de  M.  Calderón  en  Colección  de  Documentos 
Inéditos  para  la  Historia  de  Chile  (Segunda  Serie),  V,  23—42.  El 
informe  de  J.  de  Vascones,  en  Ibid. , V,  49—60.  Este  último 
defiende  la  esclavitud  con  Vitoria  y Toma's  de  Aquino  (Summa 
Theol  II  Mae,  q.  10). 

(8)  Cf.  José  Toribio  MEDINA,  Reseña  de  la  vida  y obra  del  Padre 
Luis  de  Valdivia  en  Estudios  sobre  la  literatura  colonial  de  Chile, 
Santiago,  1970,  tomo  I,  pp.  359—399. 

(9)  Alonso  de  OVALLE,  Histórica  Relación  del  Reino  de  Chile, 
Roma,  1646,  Libro  VI,  Capítulo  XIII. 

(10)  Ambas  obras  véanse  en  Domingo  AMUNATEGUI  SOLAR,  Las 
encomiendas  de  indígenas  en  Chile,  Santiago,  1910,  tomo  II,  pp. 
181-272. 

(11)  Cf.  Sergio  CORREA  BELLO,  El  "Cautiverio  Feliz"  en  la  vida 
política  chilena  del  siglo  XVII,  Santiago,  1965;  José  ANADON, 
Pineda  y Bascuñán,  defensor  del  araucano,  Santiago,  1977. 

(12)  Cf.  Colección  de  Documentos  Históricos  del  Archivo  Arzobispal 
de  Santiago,  Tomo  I,  pp.  228—329;  Fernando  ALIAGA, 
Relaciones  a la  Santa  Sede  enviadas  por  los  Obispos  de  Chile 
colonial,  en  Anales  de  la  Facultad  de  Teología  (Santiago  de 
Chile),  1974. 

(13)  Cf.  Principio  ALBAS,  Historia  de  la  imagen  y el  santuario  de 
Nuestra  Señora  del  Rosario  de  Andacollo,  Santiago,  1943;  Hugo 
POZO,  El  Señor  de  la  Tierra  en  Dos  siglos  en  la  vida  de  lllapel, 
Santiago,  1954;  Natanael  YANEZ  SILVA,  La  Virgen  del  Carmen 
de  Palo  Colorado,  en  revista  Zig—Zag  n°  10,  1905,  pp.  8—1 1. 

(14)  Diego  de  ROSALES,  Manifiesto  apologético  de  los  años  de  la 
esclavitud  del  Reino  de  Chile,  1670,  en  Domingo  AMUNATEGUI 
SOLAR,  op.  cit.,  tomo  II,  pág.  227. 

(15)  Cf.  Justo  Abel  ROSALES,  Historia  y tradiciones  del  Puente  de 
Cal  y Canto,  Santiago,  1888;  Benjamín  VICUÑA  MACKENNA, 
De  Valparaíso  a Santiago,  Santiago,  1877,  tomo  II,  p.  21;  ID.,  La 
edad  del  oro  en  Chile,  Buenos  Aires,  1969. 

(16)  Mario  GONGORA,  art.  cit.  (cf.  nota  4),  pp.  176—177. 

(17)  Walter  HANISCH,  Itinerario  y pensamiento  de  los  jesuítas  expul- 
sos de  Chile  (1767—1815),  Santiago,  1972;  Alfred— Félix 
VAUCHER,  Une  célébreté  oubliée.  Le  P.  Manuel  de  Lacunza  y 
Díaz,  Collongessous— Saleve,  1941;  Mario  GONGORA,  La  obra  de 
Lacunza  en  la  lucha  contra  el  "Espíritu  del  Siglo " en  Europa, 
1770-1830,  en  Historia  15  (1980)  7-65. 

128 


(18)  Cf.  ANONIMO,  Mística  Junta,  1810;  José  Santiago  RODRIGUEZ 
ZORRILLA,  Carta  al  Rey,  1814  (Sobre  la  ubicación  de  estas 
obras,  y las  siguientes -que  aparecerán  mencionadas  en  la  presente 
exposición,  véase  el  volumen  colectivo,  del  cual  somos  autores, 
junto  a otros,  titulado  Pensamiento  teológico  en  Chile.  Contri- 
bución a su  estudio.  I.  Epoca  de  la  Independencia  nacional, 
1810—1840,  de  los  Anales  de  la  Facultad  Teología  (Santiago  de 
Chile)  vol.  XXVII  2,  Santiago,  (1978). 

(19)  Cf.  Franciscanos  de  Chillan,  Refutación,  1813;  Diego 
VILLODRES,  Pastoral  a la  diócesis  de  Concepción,  1814. 

(20)  Cf.  Franciscanos  de  Chillón,  ibid;  Domingo  VELASCO,  Circular, 
1815;  ANONIMO,  Mística  Junta,  1810. 

(21)  Cf.  José  María  TORRES,  Refutación,  1816. 

(22)  Cf . Franciscanos  de  Chillón,  ibid. 

(23)  Cf . ibid. 

(24)  José  María  TORRES,  Refutación,  1816. 

(25)  Ibid;  Domingo  VELASCO,  Circular,  1815;  ANONIMO,  Mística 
Junta,  1810;  Franciscanos  de  Chillón,  Refutación,  1813,  José 
María  TORRES,  Viva  el  Rey.  Prospecto,  1814;  José  Santiago 
RODRIGUEZ  ZORRILLA,  Carta  al  Rey,  1814. 

(26)  Cf.  José  María  TORRES,  Refutación  doctrinal,  1816;  José  Santia- 
go RODRIGUEZ  ZORRILLA,  Carta  al  Rey,  1814. 

(27)  Cf.  José  María  ROMO,  Discurso,  1810;  Diego  VILLODRES, 
Pastoral  a los  habitantes  de  Valdivia  y Osorno.  1814. 

(28)  Cf.  la  serie  de  textos  bíblicos  Jn  6,15;  Jn  18,36;  Jn  19,12— 15;  Mt 
22,  21;  Le  22,  24-27. 

(29)  Cf.  Franciscanos  de  Chillón,  ibid.  De  San  León  se  recuerda  el 
Sermón  Octavo  de  la  Pasión  en  el  cual  se  presenta  la  humildad  y 
mansedumbre  de  Cristo.  De  Tertuliano  se  destaca  su  descripción 
de  los  cristianos  como  los  súbditos  más  fieles  del  imperio,  ajenos  a 
las  conspiraciones  contra  la  autoridad  civil,  cf.  José  María 
TORRES,  Refutación,  1816. 

(30)  Cf.  Domingo  VELASCO,  Circular,  1815;  José  María  TORRES, 
ibid. 

(31 ) Cf.  Camilo  HENRIQUEZ,  Sermón,  1811;  Manuel  de  SALAS,  Dis- 
curso, 1812;  Rafael  ANDREU,  Pastoral,  1813;  José  María  TO- 
RRES, América  vindicada,  1818;  José  Ignacio  CIENFUEGOS, 
Carta  a Bernardo  O'Higgirs,  14  de  abril  de  1823. 

(32)  Cf.  Camilo  HENRIQUEZ,  Reflexiones,  1813;  José  IR/SARRI, 
Sobre  la  justicia  de  la  revolución,  1813. 

(33)  Cf.  ANONIMO,  Catecismo  político  cristiano,  1810;  Camilo 
HENRIQUEZ,  Catecismo,  1813;  A.  IR/SARRI,  Origen  y natu- 
raleza de  las  monarquías,  1813;  etc. 

(34)  Cf.  Rafael  ANDREU,  Proclama  de  Concepción,  1813. 

(35)  Cf.José  María  TOR RES,  América  Vindicada,  1818. 

(36)  Cf.  José  María  BAZAGUCHI ASCUA,  Discurso  moral,  1812;  José 


129 


María  TOR RES,  América  vindicada,  1818. 

(37)  Cf.  ANONIMO,  Catecismo  o despertador  patriótico,  cristiano  y 
político  que  se  ha  formado  en  diálogo  para  el  conocimiento  de  la 
sagrada  causa  que  la  América  del  Sur  se  propone  ...  1814. 

(38)  Cf.  Camilo  HENRIQUEZ  y Pedro  ARCE,  Apología  del  cristia- 
nismo con  respecto  a la  política,  1813. 

(39)  Cf.  José  María  TORRES,  América  vindicada,  1818. 

(40)  Cf.  nota  38. 

(41)  Cf.  Antonio  José  de  IRISARRI,  Sobre  el  origen  y naturaleza  de 
las  monarquías,  1813. 

(42)  Camilo  HENRIQUEZ,  Catecismo,  1813. 

(43)  Cf.  José  Ignacio  CIENFUEGOS,  Circular,  1817. 

(44)  Cf.  Justo  DONOSO,  El  pensador  político— religioso,  1825. 

(45)  Cf.  José  María  TORRES,  América  vindicada,  1818;  Manuel  José 
VERDUGO,  Clamor  de  justicia,  1817;  Bernardo  VERA,  Mani- 
fiesto, 1818;  ANONIMO,  Manifiesto  de  eclesiásticos  por  la  Inde- 
pendencia de  Chile,  1818;  Justo  DONOSO,  El  pensador  político- 
religioso,  1825;  José  Javier  GUZMAN,  El  chileno  instruido,  1834. 

(46)  Cf.  la  Thesis  Theologica  de  1820  elaborada  en  el  Instituto  Nacio- 
nal en  Gaceta  Ministerial  de  Chile,  tomo  2,  n°  45,  del  20  de  mayo 
de  1820;  A.  J.  de  IRISARRI,  Justicia  de  la  revolución,  1813; 
ANONIMO,  Desafío  político-religioso,  1817;  M.  J.  VERDUGO, 
Clamor  de  Justicia,  1817;  ANONIMO,  Viva  la  Patria,  Señores, 
1817;  José  Javier  GUZMAN,  El  chileno  instruido,  1834,  etc. 

(47)  Cf.  Camilo  HENRIQUEZ,  Sermón,  1811;  José  María  TORRES, 
Sermón  del  18  de  septiembre  de  1811;  Camilo  HENRIQUEZ  y 
Pedro  Arce,  op.  cit.  (nota  38). 

(48)  Cf.  José  Ignacio  CIENFUEGOS,  Catecismo,  1829. 

(49)  Cf . ANONIMO,  Carta  Encyclica  ...  en  Década  Araucana  n°  3 del 
10  de  agosto  de '1825;  El  Independiente,  n°  1 del  28  de  septiem- 
bre de  1927  y n°  3 del  10  de  octubre  de  1827. 

(50)  Cf.  Pedro  ARCE,  Circular,  1817;  ANONIMO,  Desafío  político- 
religioso,  1817. 

(51 ) Cf . Juan  EGAÑA,  El  chileno  consolado  en  los  presidios,  1 826. 

(52)  Cf.  José  Javier  GUZMAN,  El  chileno  instruido  en  la  historia  topo- 
gráfica, civil  y política  de  su  país.  1 834. 

(53)  Así,  por  ejemplo,  en  la  cuestión  de  los  cementerios,  en  los  privi- 
legios que  la  ley  da  a la  Iglesia  Católica,  en  el  fuero  eclesiástico, 
libertad  de  enseñanza,  matrimonio  civil  y leyes  laicas  en  general. 

(54)  Cf . LARRAIN  G.,  Joaquín,  Oración  fúnebre  por  Ignacio  Castro; 
discurso  sobre  la  libertad  de  cultos,  1865;  ARACENA,  D., 
Oración  fúnebre  en  honor  de  Ignacio  Castro. 

(55)  Cf.  El  Catolicismo  civil,  en  La  Revista  Católica,  1859. 

(56)  Cf.  Tratado  de  los  fundamentos  de  la  fe,  1857. 

(57)  Cf.  Los  periódicos  católicos  y los  partidarios  del  antiguo  régimen, 
1862  (3o  ed.);  España  y América,  1867. 


130 


(58)  En  1862  publica  una  traducción  de  La  vida  de  Cristo,  de 
Rohrbacher. 

(59)  Cf.  SAA  VEDRA,  J/R/.,  La  inquisición,  1867. 

(60)  Cf.  GARCIA,  R.  V.,  Tratado  de  la  verdadera  religión  y de  la 
verdadera  Iglesia,  1848;  ORREGO,  J.  M.,  Tratado  de  los  funda- 
mentos de  la  fe,  1857;  MONTES,  J.,  Discurso  de  incorporación  a 
la  Facultad  de  Teología,  1857;  DONOSO  J.,  Diccionario 
1859;  FERNANDEZ  CONCHA,  R.,  Discurso  de  incorporación  a 
la  Facultad  de  Teología,  1875. 

(61)  Cf.  ORREGO,  J.  M.,  Disertación  al  consursar  a la  canongía  ma- 
gistral del  Cabildo  Eclesiástico  de  Santiago,  1858;  CRUZ,  D.  B., 
Memoria  de  licenciatura  en  Teología,  1859;  MARTINEZ,  F.  P., 
Disertación  en  la  Facultad  de  Teología,  1864;  SALAS,  J.  H., 
Pastoral  que  condena  y prohíbe  el  libro  "Vida  de  Jesús",  1864; 
SAAVEDRA,  J.  R.(  Demostración  de  la  divinidad  de  la  religión, 
1868;  VERGARA  DONOSO,  L.,  Discurso  de  incorporación  a la 
Facultad  de  Teología,  1876. 

(62)  Cf.  TOCORNAL,  V.  G.,  Oración  fúnebre  por  las  almas  de  los  que 
por  defender  al  gobierno  murieron  en  la  guerra  civil . . .,  1852; 
MOLINA,  J.  V.,  Religión  y principio  de  autoridad,  1852; 
ORREGO,  J.  M.,  Tratado  de  los  Fundamentos  de  la  fe,  1857. 

(63)  Cf.  CIFUENTES,  A.,  Los  paganos  modernos,  1872;  LIRA,  M.  R.f 
La  Comuna  y sus  enseñanzas,  1872. 

(64)  Cf.  RODRIGUEZ,  Z.,  Francisco  Bilbao,  su  vida  y sus  doctrinas, 
1872;  MANDIOLA,  R.,  Francisco  Bilbao  y sus  panegiristas,  1876. 
Esta  obra  fue  prologada  por  Crescente  Errázuriz  quien  llamó  a 
Bilbao  "héroe  de  la  impiedad". 

(65)  Es  interesante  ilustrar  este  pensamiento  liberal  con  el  siguiente 
texto:  "El  alza  o baja  del  trigo  o del  cobre  es  para  nosotros  algo 
más  valioso  que  saber  si  el  protestantismo  hace  nuevos  prosélitos, 
o si  bien  los  librepensadores  chilenos  aumentan  o disminuyen  su 
guarismo",  en  El  Mercurio,  16  de  Marzo  de  1872. 

(66)  Cf.  SO  LIS  DE  OVANDO,  P.,  Discurso  de  incorporación  a la 
Facultad  de  Teología,  1846. 

(67)  Cf . La  Revista  Católica,  2 de  Septiembre  de  1 847. 

(68)  Cf.  Diccionario  Teológico,  1857. 

(69)  Cf.  Edicto,  1869. 

(70)  Cf.  ¿a  Estrella  de  Chile,  1876. 

(71)  Ver  las  pastorales  de  Valdivieso,  Salas  y Orrego,  principalmente. 

(72)  Cf.  BELMAR,  F.,  Los  periódicos  católicos  y los  partidarios  del 
antiguo  régimen,  1862. 

(73)  Cf.  REYES,  T.,  Instituto  de  caridad  . . .,1862. 

(74)  Cf.  Elogio  de  Mariano  Casanova  con  motivo  de  su  muerte,  1875; 
dos  cartas  que  le  envió  J.  H.  Salas,  en  1874  y 1875,  felicitándolo 
por  su  posición  católica  en  medio  de  un  mundo  liberal  y laico. 


131 


(75)  Las  vinculaciones  de  la  jerarquía  eclesiástica  con  los  líderes  del 
Partido  Conservador  son  evidentes;  éste  fue,  durante  todo  el  siglo 
pasado,  un  partido  confesional  católico  y la  Iglesia  lo  declaraba  su 
representante  en  el  campo  de  la  política.  Sobre  la  tesis  del 
"partido  católico"  ver  CRUZ,  D.  B.,  Deber  de  los  católicos  en 
política,  1871 ; ERRAZURIZ,  C.,  El  periódico  católico,  1872. 

(76)  Cf . SANTA  ANA,  J.,  Oración  fúnebre  en  honor  de  José  Miguel 
Infante,  1844;  Esta  oración  no  fue  leída  por  prohibición  de  las 
autoridades;  MENDEZ,  D.,  Oración  de  fiestas  patrias,  1845. 

(77)  La  primera  de  estas  obras  es  elogiada  por  Lacordaire  y Monta- 
lambert,  dos  destacados  representantes  del  catolicismo  liberal 
francés. 

(78)  Cf . La  necesidad  del  cristianismo  en  medio  del  progreso  científico 
y social,  1847. 

(79)  Cf.  Tratado  de  la  verdadera  religión  y de  la  verdadera  Iglesia, 
1848;  La  religión  y la  industria  (discurso),  1848. 

(80)  Cf.  Memoria  sobre  la  historia  de  la  enseñanza  en  Chile,  1852. 

(81 ) Cf . Sermón  del  Apóstol  Santiago  sobre  la  prudencia  del  celo  cris- 
tiano; Cartas  a Blest  Gana  y Domingo  Santa  María; Sermón  sobre 
los  deberes  del  Jefe  político  del  Estado. 

(82)  Cf.  Sociabilidad  chilena,  1844. 

(83)  Cf . El  porvenir  del  hombre,  1 858 . 

(84)  Cf . El  cristianismo  político-^..  .,  1 858. 

(85)  Cf . El  E vangelio  del  pueblo  y la  reforma  social,  1871. 

(86)  Las  fuentes  que  estudiamos  para  este  capítulo  no  se  limitan  exclu- 
sivamente al  período  1810—1880,  sino  que  se  extiende  hasta 
comienzos  del  siglo  XX. 

(87)  ALBAS,  P.,  Historia  de  la  imagen  y del  santuario  de  N.  Sra.  del 
Rosario  de  Andacollo,  Stgo.,  1943,  pp.  116—120.  En  1895  la 
autoridad  intentó  por  última  vez  reprimir  los  bailes  populares.  En 
la  devoción  de  Andacollo  los  pobres  interpretan  el  sentido  de  su 
sufrimiento  en  relación  a la  experiencia  del  amor.  Véase  el  verso 
"A  la  Virgen  de  Andacollo/  mis  penas  le  fui  a contar/  y por 
consuelo  me  dijo:/  Quien  más  quiere,  sufre  más/",  en  HER- 
NANDEZ, R.,  El  roto  chileno,  Valpo.,  1929.  p 67.  Para  los 
oprimidos  el  misterio  del  sufrimiento,  es  un  misterio  de  amor. 

(88)  POZO,  H.,  Tradiciones  chilenas,  lllapel,  1934,  p.  34—37  ("De 
cómo  el  Diablo  perdió  el  poncho  en  Petorca"). 

(89)  VICUÑA  CIFUENTES,  J.,  Mitos  y supersticiones.  Estudios  del 
folklore  chileno  recogidos  de  la  tradición  oral,  Stgo.  194.  pp. 
122-4,  14-27,33-35,63,81,221-222.  (1°ed.,  1910). 

(90)  Sobre  el  "ataranto"  de  Satanás,  Cfr.  MENESES,  D,  Las 
tentaciones  de  Lucifer  y el  poder  de  Jesucristo  (poesía  a lo 
Divino),  Stgo.,  1897.  Acerca  de  la  falta  de  "sosiego"  de  los 
demonios,  cf.  los  versos  del  poeta  a lo  Divino  del  S.  XIX,  Bernar- 
dino  Guajardo  (1810—1886),  en  La  Biblia  del  Pueblo,  Stgo,  1978, 
p.  298  y 300. 


132 


(91)  Cf.  la  serie  de  trabajos  antropológicos  y folklóricos  de  Pedro 
BUSTOS  Tipos  campesinos,  en  Revista  Seráfica  de  Chile,  1916,  p. 
265. 

(92)  AMUNATEGUI,  M.  L.,  La  reconquista  española.  Apuntes  para  la 
historia  de  Chile,  1814—1817,  Stgo.,  1912,  p.  257. 

(93)  MENESES,  D.,  Las  tentaciones  de  Lucifer  y el  poder  de  Jesu- 
cristo, Stgo.,  1897. 

(94)  BUSTOS,  P.,  Art.  cit.,  en  Revista  Seráfica  de  Chile,  1917,  p.  36. 

(95)  Cf.  GUAJARDO,  B.,  Los  amigos,  reprod.  en  La  Biblia  del  Pueblo, 
Stgo.,  1978,  pp.  166-167. 

(96)  BUSTOS,  P.,  art.  cit.,  en  R.  S.  Ch„  1916,  p.  397. 

(97)  Cf.  los  versos  de  B.  GUAJARDO:  "Decidme  feudal  mezquino/  la 
causa  de  tu  avaricia/  ¿por  qué  ejerces  la  injusticia/  en  contra  del 
campesino?  / Sigue  roto  tu  camino/  y no  quieras  más  porfiar/ 
eterno  es  tu  malestar/  y acortemos  la  cuestión/  tú  naciste  para 
peón/  yo  nací  para  gozar/."  Reprod.  en  La  Biblia  del  Pueblo  . . ., 
p.  443. 

(98)  BUSTOS,  P.,art.  cit.,  p.  400. 

(99)  Ibid.,  p.  397. 

(100)  VARGAS,  P.,  "El  desbarrancado  de  Doñihue,  en  RSCh,  1918,  pp. 
230-232. 

(101)  VICUÑA,  J.,  Mitos  . . .,  p.  67.  Cí.ACEVEDO  HERNANDEZ,  A., 
Leyendas  chilenas,  Stgo.,  1952.  P.  ej.  la  leyenda  "El  cerro  de 
Manco"  (pp.  236—247),  recogida  hacia  1936.  Véase  el  siguiente 
dicho  popular,  mezcla  de  conjuro  y de  desprecio:  "maíz  cornudo 
para  el  diablo  cornudo,  flores  de  manzanillón  para  el  diablo  rabón, 
tírame  la  cuerda,  diablo  de  mierda",  en  POZO,  H.,  Tradiciones 
chilenas,  lllapel,  1934,  p.  37.  ("De  cómo  el  diablo  perdió  el 
poncho  de  Petorca").  Véase  también  el  famosp  cuento  popular 
"La  puntada  del  diablo",  donde  una  mujer  del  pueblo  engaña  al 
diablo,  lo  vence  y reconquista  la  vida  amenazada,  cf.  CHACON 
DEL  CAMPO,  J.,  Folklore  linarense:  la  puntada  del  diablo,  en 
Linares  n°  14  (abril— junio  1936)  106—108  (cuento  recogido  en 
1914). 

(102)  Reprod.  en  La  Biblia  . . .,  p.  299. 

(103)  MENESES,  D.,  Poesías  populares,  1897.  (104) 

(104 ) MENESES,  D .,  Poesías  Populares,  1895. 

(105)  "Decían:  ha  murmurado/  del  emperador  Tiberio/  gritó  el  infernal 
imperio:/  que  muera  crucificado/",  en  GARCIA,  N.,  Poesías 
populares,  Stgo.  1884. 

(106)  GUAJARDO,  B„  Poesías,  T.  V.,  1881;  MENESES,  O.,  Poesías, 
1897.  VICUÑA,  J.,  Romances  populares  y vulgares,  Stgo.,  1912, 
p.  320. 

(107)  MENESES,  D.,  Poesías,  1897;  GUAJARDO,  B.,  Versos  reprod. 
en  La  Biblia  . . .,  pp.  151,  192,  244.  ("Querer  sólo  por  querer/  es 
la  fineza  mayor/el  querer  por  interés/  no  es  fineza  ni  es  amor/",  p. 
192). 


133 


(108)  URIBE  E.  J,  Folklore  de  Colliguay,  Stgo.,  1965. 

(109)  En  1869  la  Virgen  del  Carmen  fue  declarada,  por  ejemplo,  "Patro- 

na  y reina  de  las  prisiones  de  Chile”,  cf.  ALLIENDE,  J.,  Carmen 
de  los  valientes,  Stgo,  1974,  p.  78.  — 

(110)  LAVAL,  R.,  Oraciones,  ensalmos  y conjuros  del  pueblo  chileno, 
Stgo.,  1910,  p.  10-14. 

(111)  MUÑOZ  OLA  VE,  R .,  El  Santuario  de  San  Sebastián  de  Yumbel, 
Stgo.,  1927;  CRUZ,  D.  B.,  Vida  de  San  Sebastián  y el  santuario 
de  San  Sebastián  en  Yumbel,  Conc.,  1934. 

(1 12)  Cf.  la  décima  reprod.  por  F.  BILBAO,  Sociabilidad  chilena,  Stgo., 
1844;  y también  la  visión  de  la  Iglesia,  en  R.  LAVAL,  Cuentos  de 
Pedro  Urde  males,  Stgo.,  1925. 

(1 13)  Cf.  nota  25. 

(114)  BUSTOS,  P.,  art.  cit.,  1916  p.  432. 

(115)  Ibid.,  1917,  p.  76. 

(116)  "Aunque  soy  pobre  he  tenido/  nobleza  de  corazón / por  esta 
misma  razón/  a Dios  soy  agradecido/ . . ./  De  este  modo  como 
ven/  aunque  infeliz  y fatal/  a los  que  me  hacen  más  mal / les  deseo 
yo  más  bien/  . . ./",  versos  de  B.  GUAJARDO,  reprod.  en  La 
Biblia  . . .,  p.  147. 

(117) Cfr.  el  cuento  "El  hijo,  ahijado  del  pobre",  donde  los  pobres, 
imágenes  de  Dios,  traen  la  dicha  y la  ventura  a los  ricos,  ame- 
nazados en  su  vida  y frágiles,  en  ROMAN,  R.,  Folklore  de  la 
antigua  provincia  de  Colchagua,  RChHG,  t.  LXII,  1929,  p. 
213-218. 

(1 18)  BUSTOS,  P.,  art.  cit.  1917,  p.  77. 

(119)  Id.  Carta  abierta,  en  Rev,  cit.  1916,  pp.  135—138. 

(120)  Reprod.  en  SALINAS,  M.,  El  canto  a lo  Divino  en  Chile,  Mensaje, 
Julio  1980,  p.368.  Se  trata  de  los  versos  "si  Dios  me  presta  el 
avío"  del  poeta  B.  Guajardo. 


134 


TERCERA  PARTE 


TEOLOGIA  DURANTE  LA  EPOCA  COLONIAL 


- 

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■ 


GUSTAVO  GUTIERREZ 


En  busca  de  los  pobres  de  Jesucristo: 
evangelización  y teología  en  el  Siglo  XVI  (*) 


I.  INTRODUCCION 


Entrado  en  años  y algo  achacoso,  el  controvertido  indio 
Felipe  Huamán  Poma  de  Ayala  emprende  su  largo  viaje  por  el 
virreynato  del  Perú  para  documentarse  sobre  los  usos  y 
costumbres  del  antiguo  Imperio  Incaico.  Yo  andaba  por  el 
mundo  —dice  en  una  fórmula  expresiva—  "en  busca  de  los 
pobres  de  Jesucristo  ; se  consideraba  a sí  mismo  amigo 
de  los  pobres  y esa  búsqueda  trató,  durante  los  treinta  años 
que  duró  su  recorrido,  de  ser  el  primero  en  sufrir  persecución 
y lo  consiguió  "haciéndose  pobre  y metiéndose  entre  ellos 
treinta  años"  (2)  . Esos  pobres  son  los  indios,  sus  hermanos  de 
raza,  marginados  y explotados  por  el  sistema  colonial.  El 
resultado  de  sus  pesquisas  nos  lo  dejó  en  textos  y dibujos 
incisivos  (más  conocidos  los  segundos  que  los  primeros),  en 
los  que  este  "indio  acusador  de  extorsiones",  como  lo  llama 
Mons.  José  Dammert,  recoge  "el  testimonio  de  los  estragos 
producidos  por  la  violencia  institucionalizada  en  la  misma 


(*)  El  presente  artículo  es  parte  de  un  trabajo  en  preparación  sobre 
evangelización  y teología  en  el  s.  XVI.  Un  primer  adelanto  fue 
publicado  bajo  el  titule  de  "Oro  y Evangelio.  El  anónimo  de 
Yucay"  en  Páginas  N°  20,  Febrero  — 1979. 


137 


raíz";  por  eso  "la  validez  de  sus  denuncias  reside  en  su  prove- 
niencia de  la  base,  esto  es  en  la  descripción  de  hechos 
concretos;  en  los  que  se  llama  por  su  nombre  y apellido  a tal 
corregidor,  cura  o encomendero  que  actuó  en  sitio  y fecha 
determinados  y designa  a las  víctimas  de  las  extorsiones 
también  en  forma  nominal"  <3). 

En  busca  de  los  pobres  de  Jesucristo,  vivió  también  Bar- 
tolomé de  Las  Casas,  por  ellos  luchó  y desde  ellos  anunció  el 
Evangelio  en  una  sociedad  que  comenzaba  —y  que  continúa 
todavía—  a establecerse  sobre  el  despojo  y la  explotación.  Por 
eso  su  proclamación  del  mensaje  evangélico  reviste  caracte- 
rísticas de  denuncia  profética  que  mantienen  hasta  hoy  toda 
su  vigencia.  Lo  que  ocurre  es  que  la  situación  de  las  Indias  al 
empezar  el  s.  XVI  será  para  algunos  la  ocasión  de  reencontrar 
las  fuentes  mismas  de  su  fe.  Las  injusticias  y vejaciones 
cometidas  por  quienes  "se  hacen  llamar  cristianos",  como  lo 
dirá  Las  Casas  repetidas  veces,  contra  los  habitantes  de  estas 
tierras,  despertará  conciencias  y decidirá  destinos.  Las  Casas  y 
Huamán  Poma  de  Ayala  no  son  sino  dos  buenos  ejemplos  de 
esto,  pero  hay  muchos  otros  más. 

Es  conveniente  puntualizar  desde  ahora  que  lo  que  está 
aquí  en  juego  es  algo  más  profundo  y complejo  que  una 
querella  entre  indigenismo  e hispanismo.  Sin  negar  la  inci- 
dencia del  factor  racial  y cultural,  es  necesario  ver  la  raíz 
misma  del  punto  de  partida  asumido  en  la  defensa  del 
indio,  punto  de  partida  que  arrancando  de  la  situación  con- 
creta de  estos  pueblos  va  más  allá  de  ellos  y de  su  época.  Esto 
está  dado,  nos  parece,  por  la  percepción  del  indio  como  el 
pobre  de  que  habla  el  evangelio,  desde  allí  será  cuestionado  el 
régimen  colonial  por  Las  Casas  y tantos  otros.  Desde  esa 
percepción,  de  arraigo  en  la  realidad  y de  inspiración  bíblica, 
surgirá  la  exigencia  de  comprender  sobre  distintas  bases  la 
tarea  evangelizadora  de  la  Iglesia;  y tendrá  lugar,  como  conse- 
cuencia, una  reflexión  teológica  que  acompañe  esas  nuevas 
prácticas. 

Esa  radicalidad  del  punto  de  partida  es  lo  que  no  nos 
permite  considerar  la  lucha  por  la  liberación  del  indio  en  el 
s.  XVI  como  algo  perteneciente  al  pasado.  Como  algo  que 
sucedió  en  un  mundo  de  indígenas  y españoles  sin  validez 
ninguna,  al  presente,  en  un  continente  (o  en  un  país)  mestizo 


138 


o pretendidamente  tal.  La  situación  de  las  clases  populares, 
del  pobre  y oprimido  hoy  —indio  o mestizo,  negro  o mulato, 
asiático  o injerto—  resulta  igualmente  cuestionante  en  una 
sociedad  construida  sobre  el  despojo  y la  injusticia,  pero  en  la 
que  se  busca  encubrir  las  diferencias  y esquivar  las  confron- 
taciones afirmando  generalidades  del  estilo  de  "todos  somos 
latinoamericanos  (o  peruanos)".  Ese  cuestionamiento  se  ha 
hecho,  en  el  subcontinente,  más  firme  y exigente  en  los 
últimos  años.  Es  por  ello  que  podemos  hablar  de  una 
verdadera  "irrupción  del  pobre"  en  el  proceso  histórico  lati- 
noamericano y en  la  comunidad  cristiana  que  se  forja  cons- 
tantemente desde  él.  Se  trata  de  una  entrada  dura  y difícil, 
que  no  pide  permiso  a nadie;  el  pobre  viene  "con  su  pobreza 
a cuestas",  como  dice  fray  Bartolomé,  con  sus  sufrimientos, 
su  cultura,  su  lengua,  su  raza  (es  falso  sostener  que  no  hay 
problema  racial  en  América  Latina),  con  la  explotación  social 
que  experimenta,  con  su  fe  cristiana  y su  religiosidad.  Cuando 
el  pobre  irrumpe  lo  hace  con  todo  lo  que  es. 

No  es  exagerado,  por  ello,  decir  que  más  allá  de  lo  anec- 
dótico o de  lo  que  algunos  interesadamente  quisieran 
hacernos  creer,  esa  presencia  creciente  de  los  hasta  ahora 
"ausentes"  de  la  historia  es  el  hecho  decisivo  hoy  para  la 
sociedad  y para  la  Iglesia  latinoamericanas.  Eso  fue  lo  que  la 
conferencia  episcopal  de  Medellín  supo  decir  con  fuerza, 
imaginación  y profecía,  y que  Puebla  ratificó  con  madurez. 
Los  pobres,  los  oprimidos,  y su  liberación  se  han  convertido 
en  la  gran  exigencia  para  la  misión  evangelizadora  de  la 
Iglesia. 

Esto  ha  sido  la  ocasión  del  lanzamiento  de  múltiples 
experiencias  pastorales;  de  gestos  de  solidaridad  con  los  opri- 
midos; de  un  reencuentro  con  los  aspectos  contemplativos  de 
la  expiritualidad  cristiana;  de  la  entrega  generosa  de  vidas, 
sangre  de  mártires  como  la  de  Mons.  Oscar  Romero  sobre  la 
que  se  construye  una  Iglesia  que  da  testimonio  eficaz  de  la 
muerte  y resurrección  de  Cristo.  Sobre  esta  práctica  surge 
también  una  reflexión  teológica  que  al  poner  el  acento  en  la 
perspectiva  del  pobre  y en  el  anuncio  de  la  liberación  en 
Jesucristo,  está  nutriéndose  de  la  experiencia  de  los  opri- 
midos de  nuestro  subcontinente.  Es  eso  lo  que  intenta  la 
llamada  Teología  de  la  liberación. 


139 


Pero,  lo  sabemos,  todo  esto  no  ha  nacido  y no  se  está 
afirmando  sin  encontrar  recelos,  desconfianzas,  hostilidad. 
Asumir  la  perspectiva  del  pobre  y del  oprimido  significa 
necesariamente  desafiar  el  orden  social  que  viola  sus  más  ele- 
mentales derechos.  Y así  los  usufructuarios  de  ese  estado  de 
cosas  acostumbrados  a tener  al  Evangelio  en  su  regazo,  como 
un  perrito  faldero,  lo  desconocerán  cuando  surge,  en  nombre 
de  Dios  de  Jesucristo,  afirmando  la  preferencia  por  el  pobre. 
Dirán  que  ese  no  es  el  Evangelio,  en  parte  tienen  razón:  no  se 
trata  del  "evangelio"- que  ellos  se  habían  fabricado  para  su 
propio  consumo  y tranquilidad  de  conciencia. 

La  historia  no  se  repite  como  un  dicho  frecuente  lo  hace 
pensar.  No  obstante  la  experiencia,  la  histórica  en  particular, 
es  en  expresión  de  Las  Casas,  "maestra  de  todas  las  cosas". 
Sin  caer  en  traslados  mecánicos,  pero  desde  una  problemática 
actual  y sabiendo  lo  que  conocer  el  pasado  púede  aportarnos, 
intentamos  captar  su  significación  para  nosotros.  Se  trata  en 
este  caso  del  sentido  del  inicio  de  la  lucha  que  en  defensa  de 
los  pobres,  concretamente  de  los  indios,  llevó  a cabo  un 
puñado  de  misioneros  españoles  en  los  albores  del  s.  XVI, 
roturando  un  sendero  por  el  que  transitarían  muchos  otros. 

II.  EL  DERECHO  DE  LOS  POBRES 

Diecinueve  años  hacía  ya  que  los  habitantes  de  las  llama- 
das Indias  Occidentales  padecían  la  ocupación,  el  maltrato, 
la  explotación  y la  muerte  en  manos  de  los  que,  desde  su 
propio  punto  de  vista,  el  europeo,  se  consideraban  los  descu- 
bridores de  estas  tierras.  El  sufrimiento  de  los  indios,  tratados 
como  "si  fueran  animales  sin  provecho"  por  quienes  sólo 
bucaban  "hacerse  ricos  con  la  sangre  de  aquellos  míseros", 
llevó  a los  religiosos  dominicos  de  la  Española  a "juntar  el 
derecho  con  el  hecho".  Es  decir  los  condujo  a unir  la  re- 
flexión al  conocimiento  de  la  situación  y a confrontar  esa 
opresión  con  la  "ley  de  Cristo".  Los  religiosos  se  preguntarán 
entonces  "¿Estos  no  son  hombres?  ¿con  éstos  no  se  debe 
guardar  y cumplir  los  preceptos  de  caridad  y justicia?  . Pero 
"juntar  el  derecho  con  el  hecho"  no  será  para  ellos  entrete- 
nimiento especulativo,  sino  motivo  para  decidir  "predicarlo 
en  los  púlpitos  públicos"  y denunciar  abiertamente  el  pecado 
en  que  se  hallan  los  que  orimen  a los  indios"  (II, 
174— 175)<4>. 


140 


1.  EL  GRITO  DE  "LA  ESPAÑOLA" 


Concientes  los  dominicos  de  la  gravedad  del  asunto  ela- 
boran y firman  todos  el  sermón  que  habría  de  pronunciar 
fray  Antón  de  Montesinos,  gran  predicador  y "aspérrimo  en 
reprender  vicios".  Escogieron  el  cuarto  domingo  de  Adviento 
y tomaron  como  punto  de  partida  la  frase  de  Juan  Bautista 
"soy  la  voz  que  clama  en  el  desierto"  e invitaron  a todos  los 
notables  de  la  isla,  entre  los  cuales  estaba  el  almirante  Diego 
Colón  (II,  175)^  . El  contenido  del  sermón  sólo  lo 
conocemos  por  la  versión  de  Barlomé  de  Las  Casas,  y aunque 
éste  haya  puesto  tal  vez  algo  de  lo  suyo  en  ella,  lo  funda- 
mental es  auténtico.  Las  reacciones  provocadas  por  ese 
sermón,  y que  conocemos  por  otras  fuentes,  lo  prueban  con 
claridad. 

Los  textos  son  conocidos.  Reproduzcamos  lo  que  fray 
Bartolomé  pone  a modo  de  citas  literales  "todos  estáis  en 
pecado  mortal  y en  él  vivís  y morís,  por  la  crueldad  y tiranía 
que  usáis  con  estas  inocentes  gentes.  Decid,  ¿con  qué  derecho 
y con  qué  justicia  tenéis  en  tan  cruel  y horrible  servidumbres 
aquestos  indios?  ¿Con  qué  autoridad  habéis  hecho  tan 
detestables  guerras  a estas  gentes  que  estaban  en  sus  tierras 
mansas  y pacíficas,  donde  tan  infinitas  de  ellas,  con  muerte  y 
estragos  nunca  oídos,  habéis  consumido?  ¿cómo  los  tenéis 
tan  opresos  y fatigados,  sin  darles  de  comer  ni  curarlos  en  sus 
enfermedades,  que  de  los  excesivos  trabajos,  que  les  dáis 
incurren  y se  os  mueren,  y por  mejor  decir,  los  matáis,  por 
sacar  y adquirir  oro  cada  día?  ¿y  qué  cuidado  tenéis  de 
quien  los  doctrine  y conozcan  a su  Dios  y criador,  sean  bauti- 
zados, oigan  misa,  guarden  las  fiestas  y domingos?  ¿Estos,  no 
son  hombres?  ¿No  tienen  ánimas  racionales?  ¿No  sois 
obligados  a amarlos  como  a vosotros  mismos?  ¿Esto  no 
entendéis?  ¿Esto  no  sentís?  ¿cómo  estáis  en  tanta  profun- 
didad de  sueño  tan  letárgico  dormidos?  Tened  por  cierto, 
que  en  el  estado  que  estáis  no  os  podéis  salvar  más  que  los 
moros  o turcos  que  carecen  y no  quieren  la  fe  de  Jesu- 
cristo" (II,  176). 

Todos  los  grandes  temas  que  se  discutirán  ásperamente 
durante  más  de  medio  siglo  están  ya  presentes  en  este  texto. 
La  explotación  a muerte  —el  asesinato—  de  los  indios  por 
sacar  el  oro  de  las  minas,  la  servidumbre  y opresión  a las  que 


141 


se  les  tienen  sometidos,  la  ausencia  de  derecho  para  sojuzgar  a 
estos  pueblos,  la  incapacidad  para  ver  la  injusticia  que 
cometen,  la  situación  de  pecado  del  opresor  y la  imposi- 
bilidad de  salvarse  en  que  éste  se  halla,  la  calidad  humana  de 
los  indios;  y finalmente  una  exigencia  radical:  el  indio  es  el 
prójimo  que  el  Evangelio  manda  amar. 

Bartolomé  de  Las  Casas  comenta  que  aunque  los  senti- 
mientos ante  las  palabras  del  fraile  fueron  diversos,  ninguno 
de  los  presentes  fue  convertido  (II,  176).  Pero  el  sentido  del 
sermón  fue  claramente  comprendido;  lo  prueban  las  airadas 
reacciones  del  Almirante  Diego  Colón  y otros  oficiales  del  rey 
que  estuvieron  entre  los  auditores.  La  persistencia  de  los 
dominicos  de  la  Española  en  estas  denuncias  provocaron 
acusaciones  en  España,  censuras  y amenazas  del  rey,  y de  los 
mismos  superiores  religiosos  dominicos.  Todos  ellos  vieron  en 
la  predicación  de  los  frailes  un  cuestionamiento  a la  autoridad 
y a los  derechos  del  rey  sobre  las  Indias,  así  como  un  peligroso 
germen  de  subversión  que  podría  dar  un  nuevo  giro  al  orden 
social  que  comenzaba  a establecerse.  En  una  real  cédula  en 
respuesta  a Diego  Colón  el  rey  de  España  —informado  de  lo 
sucedido—  recuerda  los  derechos  de  la  corona  y lo  bien 
fundamentada  teológica  y canónicamente,  que  está  "La 
servidumbre  que  los  indios  hacen  a los  cristianos";  y por  lo 
tanto  lo  descaminados  que  se  hallan  los  frailes  dominicos  al 
cuestionar  esos  derechos.  Se  asombra  de  que  se  ponga  la 
liberación  de  los  indios  como  condición  para  absolver  á los 
encomenderos  en  confesión,  porque  si  culpa  hubiese  —"lo 
que  no  hay"  advierte—  sería  de  él  mismo  que  mandó  tal 
servidumbre.  Al  final  de  la  carta  por  consideración  a la  orden 
dominica  ("porque  siempre  tuve  mucha  devoción  a esta 
Orden")  esboza  una  posible  explicación  a la  extraña  conducta 
de  los  frailes;  tal  vez  "si  ellos  —dice  el  rey  Fernando—  estaban 
en  aquella  opinión,  era  por  no  estar  informados  del  derecho 
que  tenemos  a esas  islas,  y aun  también  por  no  saber  las 
justificaciones  que  había  para  esos  indios  sirvan  no  sólo  como 
sirven,  más  aún  para  tenerlos  en  más  servidumbre".  Sea  como 
fuese  esa  posición  es  juzgada  peligrosa  y se  les  debe  hacer 
callar,  y si  continúan  "en  su  mal  propósito",  el  rey  ordena  al 
Almirante  enviarles  "acá  a su  superior  para  que  los 
castiguen" 

El  mismo  punto  de  vista  es  expuesto  con  claridad  por  el 
provincial  de  la  orden  dominica  que  escribía  a sus  frailes 

142 


desde  España,  "toda  la  India  por  vuestra  predicación  esté 
para  rebelar,  y ni  nosotros  ni  cristiano  alguno  puede  allá 
estar";  atribuye  la  actitud  de  los  misioneros  al  pecado  que 
Satanás  introdujo  en  la  historia,  y les  recuerda  que  "estas 
islas  las  ha  adquirido  su  Alteza  por  el  derecho  de  guerra,  y su 
Santidad  ha  hecho  al  Rey  nuestro  Señor  donación  délo,  por 
lo  cual  —concluye—  ha  lugar  y razón  alguna  de  servidumbre". 
El  mensaje  termina  con  una  tajante  prohibición  "que  ninguno 
sea  osado  predicar  más  en  esta  materia".  No  ir  contra  la 
autoridad  política  e incluso  consultar  su  parecer  antes  de 
predicar  el  evangelio  ("no  hubiérais  de  predicar  ni  publicar  tal 
doctrina  sin  consultarla  primero  acá  con  los  del  Consejo  de  su 
Alteza,  y consejo  del  Gobernador  suyo  que  allá  tiene")  es 
garantía  de  ortodoxia  y de  obediencia  religiosa  . En  otra 
carta  el  provincial  dará  la  razón  teológica  de  todo  esto,  soste- 
niendo —como  lo  harán  tantos  otros  más  tarde  en  casos 
semejantes—  que  al  predicar  tales  cosas  los  frailes  estaban 
contra  "el  fin  deseado  con  que  tan  crescido  tomaste  el 
trabajo  de  ir  a esas  partes,  que  es  la  conversión  de  los  infieles 
a la  fe  en  Jesucristo  y aprovechar  a las  ánimas,  lo  cual,  a vos 
padre,  incumbe  por  el  cargo  que  tenéis"^  . En  otras 
palabras,  denunciar  la  situación  de  explotación  de  los  indios  y 
cuestionar  el  derecho  a oprimir,  no  tiene  nada  que  ver  con  la 
salvación  en  Jesucristo,  es  más  va  contra  ella. 

A este  tipo  de  razonamiento  frente  a doctrinas  cali- 
ficadas por  el  rey  como  "de  tan  gran  novedad  y tan  sin  funda- 
mento"^ estamos  ahora  ya  acostumbrados.  Pero  precisa- 
mente contra  este  pretendido  espiritualismo  de  la  tarea 
misionera  se  yerguen  los  dominicos  de  la  Española.  El 
contacto  directo  con  la  pobreza  y la  explotación  de  los  indios 
les  hace  asumir  una  perspectiva  diferente.  Una  cosa  es  cierta: 
la  denuncia  profética  cuestiona  un  orden  social  que  se  halla  al 
servicio  de  los  grandes  de  este  mundo  y que  legaliza  el 
despojo  y la  muerte  del  pobre.  Esto  lo  percibieron  bien  el 
segundo  Almirante  y sus  secuaces,  así  como  el  rey  y el  mismo 
provincial  de  los  dominicos  de  España  que  se  hacen  eco  de  la 
queja  de  los  primeros. 

2.  LA  VIDA  Y LA  MULTIPLICACION  TEMPORAL 

DE  LOS  INDIOS 

El  grupo  de  los  frailes  dominicos  que  tienen  su  guía  en 
fray  Pedro  de  Córdoba,  seguirá  no  obstante  su  lucha  en 


143 


defensa  del  indio.  Algunos  años  más  tarde,  en  carta  a España 
atacarán  duramente  el  régimen  de  la  encomienda,  al  que 
declaran  contrario  a las  leyes  divina,  natural  y humana. 
Piensan  que  esto  se  puede  demostrar  de  muchas  maneras, 
pero  más  que  razonamientos  un  hecho  macizo  les  parece  la 
mayor  prueba:  "todos  estos  indios  han  sido  y son  destruidos 
en  almas  y cuerpos,  y en  su  posteridad  y que  está  asolada  y 
abrasada  toda  la  tierra,  a que  de  aquesta  manera  ellos  no 
pueden  ser  cristianos  ni  vivir" < 1Q)  . Tenemos  aquí  un  punto 
de  partida  para  argumentar  en  favor  del  indio  que 
encontraremos  a menudo  en  Bartolomé  de  Las  Casas,  y que 
es  frecuente  en  todos  los  que  se  sitúan  en  la  perspectiva  del 
oprimido:  el  hecho  de  la  muerte  del  pobre  niega  el  derecho 
que  tiene  a la  vida.  Se  trata  de  un  nivel  básico,  el  de  la  vida  y 
la  muerte  concretas,  que  arranca  la  careta  a toda  disquisición 
ideológica  deseosa  de  encubrir  la  cruda  realidad  de  un  sistema 
económico  y social  basado  en  la  destrucción  y en  la  muerte, 
lenta  o violenta,  de  los  oprimidos 

Los  dominicos  piden  en  consecuencia  la  liberación  de 
los  indios:  "por  tanto  nos  parece  que  deben  ser  sacados  del 
poder  de  los  cristianos  y puestos  en  libertad"  <12) ; y aunque 
no  estén  en  condiciones  de  proponer  los  medios  concretos 
para  lograrlo,  son  claros  en  afirmar  que  frente  a la 
explotación  a la  que  son  sometidos  más  vale  que  los  indios 
regresen  a su  condición  primitiva  . Y esto  por  dos  razo- 
nes, la  primera  "porque  aunque  no  ganasen  nada  en  las  almas 
al  menos  ganarían  en  la  vida,  y la  multiplicación  temporal, 
que  es  menos  mal  que  perderlo  todo"  ^14'  . Proposición  atre- 
vida que  Bartolomé  de  Las  Casas  retomará  más  tarde,  y que 
equivale  a decir  que  más  vale  la  libertad  y la  salud  corporal  de 
los  infieles  que  hacer  de  ellos  cristianos  cautivos  y destinados 
a la  muerte.  A nadie  escapa  el  "materialismo"  de  esta  opi- 
nión, pero  con  gran  libertad  espiritual  estos  frailes  se  sienten 
más  urgidos  por  el  Evangelio  y por  lo  que  ven  en  las  Indias, 
que  por  las  distinciones  y las  jerarquías. establecidas  por  los 
teólogos. 

La  segunda  razón  no  es  menos  significativa.  "Menos  mal 
es  que  estén  —escriben  los  dominicos*-  los  indios  en  sus 
tierras  como  se  están,  que  no  que  el  nombre  de  Cristo  se 
blasfeme  como  se  blasfema  entre  los  infieles''^15)  . El  motivo 
parece  más  "religioso"  que  él  aducido  en  primer  lugar,  pero 


144 


en  realidad  no  hay  tal;  blasfeman,  el  nombre  de  Cristo 
precisamente  aquellos  que  explotan  a los  indios  y que  —como 
dice  realista  e incisivamente,  fray  Pedro  de  Córdoba  en  carta 
al  rey—  más  que  a poblar  las  Indias  “han  venido  a despo- 
blarlas"<16)  . Tanta  es  la  destrucción  en  estas  tierras  "que 
Faraón  y los  Egipcios  aún  no  cometieron  tanta  crueldad 
contra  el  pueblo  de  Israel''^17)  . La  referencia  al  paradigma 
bíblico  de  la  opresión  en  Egipto  es  clásica  cuando  se  trata  del 
despojo  al  pobre.  Mal  puede  por  eso  el  encomendero  enseñar 
la  fe  cristiana  a los  indios  que  les  son  entregados  "porque 
cómo  podrá  enseñar  la  fe  al  infiel  aquel  que  para  sí  no  la  sabe 
y,  lo  que  es  peor,  no  la  obra"^18^  . No  obrar  la  fe  es  peor  que 
no  conocerla,  o más  exactamente  es  en  realidad  no  conocer  la 
fe.  Esto  descalifica  desde  la  raíz  a todo  aquel  que  pretenda 
instruir  en  una  fe  que  no  practica;  y que  en  definitiva 
rechaza;  porque  explotar  al  pobre  es  negar  la  fe  en  Jesucristo. 
La  perspectiva  del  pobre  y del  oprimido  nos  saca  siempre  del 
mundo  de  los  principios  abstractos  para  colocarnos  sin  esca- 
patoria en  el  exigente  terreno  de  la  práctica;  y de  la  verdad 
evangélica. 

Los  misioneros  no  se  detienen  ante  las  consecuencias 
que  se  deducen  de  sus  acusaciones  y razonamientos,  propo- 
niendo con  valentía  que  se  impida  que  vengan  más  cristianos 
a las  Indias.  Sólo  deben  venir  predicadores  del  Evangelio  sin 
estar  acompañados  por  soldados  o futuros  encomenderos,  ya 
que  los  frailes  piensan  que  las  disposiciones  de  los  habitantes 
de  estas  tierras  son  tales  que  se  puede  con  ellos  "fundar  una 
casi  tan  excelente  Iglesia  como  fue  la  primitiva"  . Esta  es 
una  idea  que  más  tarde  se  encontrará  con  frecuencia  en  los 
misioneros  del  s.  XVI:  las  Indias  ofrecen  la  ocasión  de  un 
nuevo  comienzo  para  el  cristianismo. 

Estas  tomas  de  posición  y reflexiones  de  los  dominicos 
de  La  Española  son  el  inicio  de  lo  que  se  ha  llamado  la  contro- 
versia de  las  Indias.  E|  desarrollo  ulterior  de  las  elaboradas 
doctrinas  jurídico-teológicas  de  Vitoria,  Domingo  de  Soto  y 
otros,  basadas  en  la  teología  de  Tomás  de  Aquino  ha  hecho 
interpretar  los  hechos  que  hemos  relatado  a la  luz  del  derecho 
de  gentes,  cuando  no  del  derecho  natural  y sus  implicaciones 
teológicas.  En  esa  perspectiva  se  sitúa,  al  parecer,  M.  Chacón 
y Calvo,  en  un  texto  muchas  veces  citado  en  estudios  sobre  la 
cuestión  y en  referencia  directa  al  sermón  de  Montesinos, 


145 


cuando  afirma  "en  aquellos  momentos  solemnes,  en  la 
humilde  residencia  de  unos  oscuros  frailes  surgía  un  Derecho 
nuevo.  Un  Derecho  de  profunda  raigambre  teológica"^20)  . A 
ese  tipo  de  interpretación  apunta  también  Venancio  Carro, 
autor  de  una  obra  clásica  sobre  los  teólogos  juristas  del 
s.  XVI  <21)  , cuando  construye  su  interpretación  de  dicho 
sermón  sobre  la  base  de  las  incisivas  preguntas  "¿estos  no  son 
hombres?  ¿no  tienen  ánimas  racionales? Pero  omite 
comentar  la  interrogante  que  sigue  y que  subraya  la  frater- 
nidad humana  en  una  exigente  línea  evangélica:  "¿no  estáis 
obligados  a amarlos  como  a vosotros  mismos?  Estas  dife- 
rentes cuestiones  forman  un  todo,  pero  nos  parece  que  las 
primeras  pierden  su  real  alcance  si  no  se  precibe  el  exigente 
carácter  evangélico  de  la  tercera  pregunta,  es  decir  la  calidad 
de  prójimo  que  tiene  el  indio  para  estos  misioneros  y el  consi- 
guiente deber  de  amarlo. 

Ciertamente  hay  en  la  protesta  de  los  frailes  la  afirmación 
de  la  igualdad  fundamental  de  todos  los  seres  humanos,  y 
esto  es  una  base  para  entender  su  actitud  y defensa  como  la 
postulación  de  un  derecho  humano  y natural;  pero  más  allá 
de  esto  y más  profundamente  está  la  percepción  del  indio,  o 
más  exactamente  todavía  de  esas  naciones  indias,  como  un 
oprimido,  como  un  pobre,  como  el  prójimo  por  excelencia  al 
que  hay  que  amar.  Esa  percepción  se  hará  aún  más  explícita 
en  Bartolomé  de  Las  Casas,  pero  se  halla  aquí  con  nitidez  en 
los  textos  que  hemos  citado.  Nos  parece  más  acertado  por 
ello  el  apunte  de  Henriquez  Ureña  a propósito  de  esos 
mismos  acontecimientos  cuando  dice  que  por  medio  de  ellos 
"los  predicadores  devolvieron  al  cristianismo  su  antiguo  papel 
de  religión  de  los  oprimidos"  ^22^. 


En  una  palabra,  derechos  humanos  sin  duda,  pero  no  en 
una  perspectiva  liberal  y formalmente  igualitaria,  sino  en  la 
línea  del  derecho  de  los  pobres.  Y en  este  caso,  y este  punto 
es  de  capital  importancia,  de  los  pobres,  no  considerados 
como  individuos  aislados  sino  constituidos  en  pueblo,  en 
nación  oprimida,  condenada  a la  muerte  y a la  destrucción 
por  el  opresor.  En  este  sentido  sí  puede  afirmarse  que 
estamos  ante  un  derecho  nuevo,  de  profunda  raigambre  no 
sólo  teológica  sino  bíblica.  No  hay  en  esta  perspectiva  pérdida 


146 


de  universalidad  de  los  principios  como  algunos  parecen 
temer,  lo  que  hay  es  verdadera  universalidad  a través  de  la 
ganancia  en  concreción  histórica  y en  realismo  evangélico; 
raíces  de  toda  auténtica  profecía. 

III.  DESDE  LOS  CRISTOS  AZOTADOS 

La  lucha  de  los  frailes  dominicos  anteriormente 
reseñada,  es  el  contexto  inmediato  del  sentido  que  el  enton- 
ces clérigo  Las  Casas  imprimirá  a su  larga  vida  a partir  de 
1514,  año  de  su  conversión  a Cristo  en  los  pobres  de  las 
Indias.  El  puñado  de  frailes  de  La  Española  agitaba  ¡deas  que 
reencontraremos  en  Bartolomé  de  Las  Casas;  éste  tuvo  por  lo 
demás  clara  conciencia  de  que  luchar  por  los  derechos  del 
indio  significaba  incorporarse  a la  acción  de  ese  grupo  de 
misioneros. 

Si  bien  la  vida  y la  obra  de  Bartolomé  de  Las  Casas 
destacan  con  nitidez  en  este  combate,  sería  falsear  la  historia 
verlo  como  una  figura  aislada,  algo  así  como  un  luchador 
tenaz,  solitario  e idealista  bregando  contra  todo  y contra 
todos.  En  realidad  no  sólo  logró  una  gran  influencia  en  su 
tiempo  (como  lo  reconocen  sus  adversarios,  el  autor  del 
anónimo  de  Yucay,  por  ejemplo)  sino  que  además  tuvo  a lo 
largo  de  su  vida  —y  desde  el  inicio  de  su  árduo  combate- 
muchos  compañeros  en  su  tarea  de  defensa  del  indio.  Friede 
habla  incluso  de  la  existencia  de  un  "Partido  indigenista" 
por  oposición  de  un  "partido  colonialista"^23^  . Sea  lo  que 
fuera  de  esto,  la  verdad  es  que  lo  que  hizo  coincidir  —en 
algunos  casos  sólo  temporalmente  y no  en  todos  los  puntos— 
a muchos  con  Bartolomé  de  Las  Casas  fue  vivir  una  misma 
realidad,  la  opresión  del  indio  y el  sentirse  urgidos  por  un 
mismo  evangelio,  la  buena  nueva  de  Jesucristo  leída  desde  el 
pobre. 

Ninguno,  es  cierto,  logró  el  vigor,  la  creatividad,  el 
coraje,  el  sentido  práctico,  la  capacidad  teórica  de  Batolomé 
de  Las  Casas.  Pero  que  quede  claro  desde  ahora  que  al  hablar 
de  él  y comentar  sus  escritos  tendremos  presente  a todos 
aquellos  que  antes  de  él,  durante  su  extensa  vida,  y en  los 
siglos  que  siguieron  han  ido  descubriendo  —no  todos  con  la 
misma  nitidez—  a Cristo  en  los  pobres  flagelados  de  las 
Indias. 


147 


1.  EL  QUE  QUITA  AL  POBRE  SU  PAN  ES  UN  ASESINO 


En  1514  el  clérigo  Las  Casas  es  encomendero  en  Cuba. 
Buen  encomendero  según  su  propia  versión,  diligente  en  sus 
negocios  y al  mismo  tiempo  humano  y paternal  con  los  indios 
que  trabajan  para  él.  Poco  preocupado,  no  obstante  su 
condición  de  sacerdote,  por  la  "obligación  que  tenía  de  darles 
doctrina,  y traerlos  al  gremio  de  la  Iglesia  de  Cristo"  (II, 
356).  Tiempo  atrás,  estando  todavía  en  La  Española,  un  fraile 
dominico  le  había  negado  la  absolución  debido  a ese  descuido 
de  sus  deberes  para  con  los  indios  que  allá  tenía  a su 
servicio  (24)  . En  Cuba  la  encomienda  la  había  recibido  por 
su  participación  en  la  "pacificación  de  la  isla";  Las  Casas 
intervino  en  efecto  en  la  campaña  conducida  por  el  capitán 
Narváez,  en  condición  de  capellán.  Con  una  sensibilidad  que 
no  tenía  todavía  en  la  época  de  la  entrada  en  Cuba,  fray 
Bartalomé  nos  ha  dejado  en  su  "Historia  de  las  Indias"  un 
terrible  relato  de  las  vejaciones  y atropellos  a los  naturales  de 
la  isla,  y muy  en  especial  de  la  matanza  de  Caonao  en 
1513  (II,  244—248).  Aunque  en  el  momento  mismo  de  vivir 
estos  hechos  su  rechazo  no  fuese  tan  total  como  lo  sería  al 
recordarlos  muchos  años  más  tarde,  ellos  le  repugnaron  ya 
entonces.  Los  consideré  injustos  y contrarios  a la  voluntad  de 
Dios,  porque  como  lo  dirá  más  tarde  "no  puede  causarse 
ningún  detrimento  mayor  que  el  de  privar  a algunos  de  la 
vida"  <25)  . |_0  qUe  es  más,  esta  experiencia  lo  dispuso  a com- 
prender que  participar  en  el  sistema  colonial  significaba  apro- 
barlo. 

El  propio  Bartolomé  de  Las  Casas  nos  ha  dejado  una 
reseña  de  esta  iluminación  de  su  conciencia  (26)  t versión 
escrita  muchos  años  después  y de  la  que  en  lo  referente  a los 
aspectos  más  personales  no  tenemos  otros  testimonios.  Poco 
importa  por  lo  demás  en  este  caso  la  fidelidad  histórica  a los 
detalles.  Lo  interesante  es  el  sentido  que  se  desprende  del 
relato.  Sentido  que  asume  con  nitidez  el  Las  Casas  maduro,  y 
que  confirman  los  textos  que  tenemos  de  él  fechados  en  los 
años  inmediatamente  posteriores  al  cambio  que  experimenta 
su  vida  en  ese  tiempo.  Esa  significación,  así  corroborada, 
asegura  la  fidelidad  histórica  profunda  del  relato. 

Teniendo,  refiere,  que  decir  misa  y predicar  a los  espa- 
ñoles en  "Pascua  de  Pentecostés"  se  puso  a estudiar  "los 


148 


sermones  que  les  predicó  la  pasada  pascua,  u otros  por  el 
tiempo,  comenzó  a considerar  consigo  mismo  sobre  algunas 
autoridades  de  la  Sagrada  Escritura,  y,  si  no  me  he  olvidado, 
fue  aquella  la  principal  y primera  del  Eclesiástico,  capí- 
tulo 34".  Reproduzcamos,  como  lo  hace  el  propio  Bartolomé 
de  Las  Casas,  el  pasaje  en  cuestión  porque  los  términos 
precisos  tienen  gran  importancia:  "Un  sacrificio  inicuo  es 
una  ofrenda  manchada  y las  expiaciones  de  los  impíos  no  son 
agradables.  El  altísimo  no  agradece  los  dones  de  los  injustos, 
ni  mira  sus  ofrendas.  Ofrecer  un  sacrificio  con  los  bienes  de 
los  pobres,  es  como  sacrificar  un  hijo  ante  los  ojos  de  su 
padre.  El  pan  de  los  pobres  es  su  vida;  el  que  se  lo  quita  es  un 
asesino.  Tomar  el  pan  ganado  con  sudor,  es  como  matara  su 
prójimo.  Privar  al  trabajador  de  su  salario,  es  como  verter  su 
sangre"  (versículos  21—27).  Se  trata  de  un  texto  claro  y 
duro,  y que  sin  embargo,  sólo  ahora,  después  de  haber  visto 
cometerse  en  las  Indias  — e incluso  haber  de  algún  modo  parti- 
cipado en  ellos—  los  crímenes  denunciados  por  la 
Escritura,  golpea  su  conciencia.  Esta  relectura  fue  la  ocasión 
para  él  de  "considerar  la  miseria  y servidumbre  que  padecían 
aquellas  gentes".  La  "consideración"  de  la  Escritura  a partir 
de  su  experiencia  indiana  lo  lleva  a una  nueva  "conside- 
ración" de  la  realidad  que  está  viviendo.  Escritura  y realidad 
se  iluminan  mutuamente.  Pasó,  nos  dice  hablando  en  tercera 
persona,  algunos  días  en  está  meditación  y se  convenció  a sí 
mismo  de  esta  verdad  "ser  injusto  y tiránico  todo  cuanto 
cerca  de  los  indios  en  estas  Indias  se  cometía".  Desde  el 
momento  en  que  "comenzó  a deshechar  las  tinieblas  de 
aquella  ignorancia",  el  sesgo  de  sus  lecturas  cambió,  y la 
interpretación  que  hará  de  ellas  será  iluminada  por  la 
conciencia  creciente  de  la  injusticia  que  se  cometía  con  el 
indio  "nunca  —escribe—  leyó  un  libro  de  latín  o romance, 
que  fueron  en  cuarenticuatro  años  infinitos,  en  que  no  hallase 
o razón  o autoridad  para  probar  y corroborar  la  justicia  de 
aquestas  indianas  gentes,  y para  condenación  de  las  injusticias 
que  se  les  han  hecho  y males  y daños"  (II  356—357). 
Examinemos  más  en  detalle  la  significación  de  estos  hechos. 
Tres  enseñanzas  se  desprenden  con  claridad  para  nuestro 
fraile. 

Lo  que  Bartolomé  de  Las  Casas  percibe  en  primer  lugar, 
y este  será  en  adelante  un  rasgo  fundamental  de  su  denuncia 
profética,  es  el  lazo  existente  entre  el  oro  y la  muerte.  Este 


149 


hecho  no  sólo  no  es  denunciado,  sino  que  incluso  es  encu- 
bierto ideológicamente  por  el  anónimo  de  Yucay,  por 
ejemplo,  al  postular  que  sin  oro  no  habría  evangelio  en  las 
Indias.  La  diferencia  con  fray  Bartolomé  es  clara,  para  éste 
“los  que  se  llaman  cristianos"  están  en  las  Indias  movidos  por 
la  codicia,  y la  muerte  del  indio  es  el  precio  que  se  paga  por 
obtener  ese  oro.  Muchos  ejemplos  de  esto  encontramos  en  la 
Historia  de  las  Indias,  recordamos  uno  que  se  refiere  a 
Hernán  Cortés,  caso  típico  de  explotador  de  indios,  para 
Bartolomé  y gran  amigo  de  Ginés  de  Sepúlveda,  teólogo 
justificador  de  las  guerras  de  conquista.  "Dióse  buena  prisa 
Cortés  —escribe  Las  Casas—  poniendo  diligencia  en  que  los 
indios  que  le  había  repartido  Diego  Velázquez,  le  sacasen 
mucha  cantidad  de  oro,  quesera  el  hipo  de  todos,  y así  le 
sacaron  dos  o tres  mil  pesos  de  oro,  que  para  en  aquellos 
tiempos  era  gran  riqueza.  Los  que  por  sacarle  el  oro 
murieron.  Dios  habrá  tomado  mejor  cuenta  que  yo"  (II 
240b). 

Lo  que  aquí  se  ejemplifica  con  Cortés,  es  una  evidencia 
para  Bartolomé:  la  codicia  del  conquistador  que  no  se 
preocupa  sino  "de  adquirir  dineros"  (1516,  V,  276),  es  la  que 
mata  al  indio.  Esa  ambición  del  oro  es  la  que  quita  "las  vidas 
antes  de  tiempo"  (II,  484).  El  oro  se  convierte  así  en  el  nuevo 
señor  (1531:  V,  87a),  y en  el  ídolo  al  que  se  adora  y sacrifica 
vidas  humanas  (1552;  V,  333).  Al  relatar  sus  experiencias  en 
Cuba,  Las  Casas  afirma  en  varias  ocasiones  que  trató  de 
"estorbar  la  muerte"  de  los  indios  en  manos  de  los  conquis- 
tadores, pero  sin  mucho  éxito  (II,  245a).  Y cuando  algunas 
veces  lo  conseguía,  sólo  salvaba  vidas  humanas,  dice  con 
frustración,  para  que  "poco  a poco,  en  las  minas  y los 
trabajos  los  matasen,  como  finalmente  los  mataron"  (II, 
248a).  Porque  no  usan  los  conquistadores  de  "los  indios  más 
de  cpmo  medios  e instrumentos  para  alcanzar  el  oro  y 
riquezas  que  desean  y tienen  por  fin"  (1531;  V,  88b). 

Estas  denuncias  lo  llevaron,  a un  duro  enfrentamiento 
personal  con  conquistadores  y encomenderos;  y sus  aliados 
en  la  Corte^27).  Pero  Fray  Bartolomé  apunta  con  lucidez 
que  más  allá  de  una  cuestión  de  intenciones,  esto  ocurría 
debido  a la  lógica  del  sistema  que  se  implantaba.  "No  digo 
—escribe  perspicázmente  al  Consejo  de  Indias—  que  los 
deseen  matar  de  directo,  por  odio  que  les  tenga,  sino  que 


150 


desean  ser  ricos  y abundar  en  oro,  que  es  su  fin,  con 
trabajos  y sudor  de  los  afligidos  y angustiados  indios,  usando 
de  ellos  como  de  medios  e instrumentos  muertos,  a lo  cual  se 
sigue,  de  necesidad,  la  muerte  de  todos  ellos”  (1531;  V,  89b). 
La  muerte  del  indio  se  hacía  por  lo  tanto  necesaria  como 
consecuencia  del  trabajo  alienado  sobre  el  que  se  construía  el 
nuevo  orden,  orden  social  orientado  a satisfacer  los  intereses 
y la  codicia  del  dominador,  "estos  no  pretendían 
directamente  matarlos  sino  servirse  de  ellos  como  de 
animales,  postponiendo  la  salud  corporal  y espiritual  de  los 
indios  a sus  intereses,  codicias  y ganancias,  a lo  cual 
seguírseles  la  muerte  no  era  dubitable,  sino  necesario”  (II, 
248a).  Quien  asesina  al  pobre  ("quien  le  quita  su  pan")  no  es 
pues  en  realidad  un  individuo  aislado  movido  por  malos 
instintos,  sino  un  sistema  social  opresor  basado  en  el  interés  y 
el  lucro  del  dominador,  y en  la  acumulación  de  la  riqueza  en 
pocas  manos.  Sistema  que  usa  a los  pobres  como  "instru- 
mentos muertos"  y no  respeta  su  carácter  de  seres  vivientes. 
Se  crea  así  una  situación  de  profunda  injusticia  y por 
consiguiente  contraria  a la  voluntad  de  Dios.  Las  Casas 
denuncia  desde  la  fe  el  orden  social,  centrado  en  el  oro,  que 
comenzaba  a implantarse  "pues  —escribe  no  sin  sarcástica 
puntería— no  lo  hizo  así  Cristo,  que  no  vino  al  mundo  a morir 
por  el  oro,  sino  a padecer  por  los  hombres  para  salvar  a los 
hombres"  (1531,  V,  88b). 

Haber  vivido  esos  hechos,  participar  de  alguna  manera 
en  este  orden  social  criminal,  le  permitió  a Bartolomé  leer  el 
texto  de  Eclesiástico  con  otros  ojos.  Y a su  vez 
comprender  gracias  a ese  pasaje  de  la  Escritura  —de  sabor 
profético—  que  despojar  al  pobre  de  lo  que  le  es  debido,  es 
matarlo.  Le  ayudó  también  a considerar  de  una  manera 
diferente  su  experiencia  en  las  Indias  y su  propia  responsa- 
bilidad en  la  opresión  de  los  indios. 

Esto  lleva  a Bartolomé  de  Las  Casas  a percibir  al  indio 
como  el  pobre  de  que  habla  la  Biblia.  Se  trata  del  pobre  que 
es  asesinado  a través  de  las  guerras  de  conquista  y de  la  explo- 
tación de  su  trabajo.  Las  Casas  se  refiere,  en  efecto,  repetidas 
veces  del  indio  como  un  pobre  y lo  hace  con  acentos 
fuertemente  bíblicos,  con  descripciones  que  recuerdan,  por 
ejemplo,  las  del  libro  de  Job  (cap.  24),  o la  de  los  profetas. 
Así,  nos  hablará  de  los  indios  que  tienen  "la  barriga  pegada 


151 


de  pura  hambre  al  espinazo",  y a quienes  —se  queja  con  un 
realismo  ajeno  a falsas  espiritualidades—  después  de  trabajar 
todo  el  día  se  quiere  todavía  imponer  el  catecismo  y la 
oración.  O mencionará  a aquellos  indios  de  Cuba  que 
creyendo  que  los  españoles  no  les  harían  ya  más  daño 
vinieron  a verlo  a él  con  su  "pobreza  a cuestas"  (II,  247b). 
Constantemente  dirá  que  "son  gentes  paupérrimas"  (1552;  V, 
138a),  y que  "tan  pobres  de  muebles  y raíces  jamás  en  el 
universo  mundo  se  vieron  ni  oyeron  ni  fueron"  (1555,  V, 
431).  A las  matanzas  que  sufrieron  en  las  guerras  de 
conquista  se  añadía,  dice  Las  Casas  con  fina  sensibilidad 
"mucho  dolor  intrínseco,  angustia  y tristeza"  (1,293b);  esto 
llevó  a muchos  indios  a la  desesperación  e incluso  al  suicidio. 
Fray  Bartolomé  denuncia  que  los  indios  eran  considerados 
"menos  que  chinches"^28)  . Todo  esto,  dice,  "apenas  puede 
contarse  sin  lágrimas"  ^29)  . En  su  último  texto,  en  la  carta 
dirigida  al  Papa  Pío  V,  Las  Casas  volverá  a insistir  en  la 
"increíble  pobreza"  de  los  habitantes  de  las  Indias. 

Innumerables  textos  pueden  citarse  en  la  misma  pers- 
pectiva, pero  es  importante  subrayar  que  Las  Casas  no  se 
limita  a describir  una  situación;  en  realidad  no  sólo  ve  en  el 
indio  a un  pobre  sino  a un  oprimido,  a alguien  que  ha  sido 
despojado  de  sus  derechos  y de  un  salario  como  dice  el  texto 
del  Eclesiástico.  "Opresos  indios"  es  una  expresión  que 
vendrá  muchas  veces  bajo  su  pluma  (cf.  por  ejemplo  II, 
364a),  o "pobres  cautivos"  (cf.  por  ejemplo,  1566,  V,  541b). 
Bartolomé  es  plenamente  consciente  de  que  la  pobreza 
presente  del  indio  es  el  resultado  de  una  opresión  sin  nombre. 
Los  naturales  de  las  Indias  "oprimidos  con  sumos  trabajos,  y 
tiranías  (más  que  se  puede  creer),  llevan  sobre  sus  flacos 
hombros,  contra  todo  derecho  divino  y natural,  un  pesa- 
dísimo yugo  y carga  incomparable"  (V,  541b).  Por  ello 
concluye  en  el  último  memorial  que  envía  al  Consejo  de 
Indids,  "todo  cuanto  oro  y plata,  perlas  y otras  riquezas  que 
han  venido  a España  es  todo  robado"  (1166,  V,  538b). 

Volveremos  sobre  este  punto  al  hablar  de  encomienda. 
Limitémonos  ahora  a una  evidente  consecuencia  que 
Bartolomé  de  Las  Casas  deduce  desde  el  momento  mismo  en 
que  la  lectura  del  texto  del  Eclesiástico  ilumina  su  conciencia, 
y que  constituirá  el  empeño  de  toda  su  vida:  la  liberación  del 
indio.  Este  es  el  "total  remedio  de  estos  desventurados"  dice 


152 


el  clérigo  Bartolomé  a su  amigo  Rentería  al  comunicarle  sus 
decisiones  (II,  360  a).  Desde  aquel  día  esa  liberación  le 
aparece  como  una  condición  de  justicia  y una  exigencia  del 
Señor,  porque  la  opresión  del  indio  "es  contra  la  intención  de 
Jesucristo  y contra  la  forma  que  de  la  caridad  en  su  Evangelio 
nos  dejó  tan  encargada,  y a todo  contradice,  si  bien  lo  miráis, 
toda  la  Escritura  Sagrada"  (Ibid).  Sus  contemporáneos 
percibieron  rápidamente  lo  peligroso  de  estos  propósitos.  Las 
Casas  refiere  como  el  Obispo  del  Darién,  don  Juan  Cabedo,  se 
hace  eco  en  la  corte  real  de  las  quejas  de  los  conquistadores 
contra  él,  porque  "trabajaba  de  libertar  todos  los  indios, 
quitándolos  a los  españoles,  estimándole  por  ello  por  des- 
truidor de  tantos  hidalgos  que  con  los  indios  se  mantenían,  y 
de  enemigo  de  su  nación"  (II,  530b).  Temprano  pues  nuestro 
clérigo  se  verá  acusado  de  ir  contra  su  propio  país  por  pro- 
pugnar la  liberación  de  los  indios.  Esta  será  hasta  nuestros 
días  una  frecuente  pero  no  por  eso  menos  injusta  acusación. 
Lo  que  ocurre  es  que  este  español,  y Bartolomé  lo  era  de 
verdad  y profundamente,  consideraba  que  el  Evangelio  y la 
defensa  del  pobre  están  antes  que  falsos  y encubridores  nacio- 
nalismos. 

Las  Casas  comprende,  sin  embargo,  que  para  predicar  y 
luchar  por  esto  es  necesario  dejar  toda  atadura  con  el  sistema 
que  explota  y despoja  al  pobre,  en  consecuencia  dirá  de  él 
mismo:  finalmente  se  determinó  de  predicarlo;  y porque 
teniendo  él  los  indios  que  tenía,  tenía  luego  la  reprobación 
de  sus  sermones  a la  mano,  acordó  para  libremente  condenar 
los  repartimientos  o encomiendas  como  injustas  y tiránicas, 
dejar  luego  los  indios"  (II,  357a).  La  conversión  al  pobre 
implica  para  él  romper  con  su  clase  social,  este 
descasamiento  es  condición  de  autenticidad  de  un  cambio 
que  no  quiere  permanecer  ideal ística mente  en  un  nivel 
puramente  interior  y pretendidamente  espiritual.  Seguir  con 
la  encomienda  es  negar  en  la  práctica  lo  que  se  propone  pre- 
dicar. Las  Casas  es  conciente  del  costo  que  esto  significa  para 
los  mismos  indios;  porque  dejados  por  él  "los  habían  de  dar  a 
quien  los  había  de  oprimir  o fatigar  hasta  matarlos,  como  al 
cabo  los  mataron"  (ibid).  Esto  le  resulta  doloroso,  y le  hace 
interrogarse  sobre  lo  acertado  de  su  decisión,  pero  percibe 
con  claridad  que  ceder  por  motivos  tan  plausibles  es  olvidar  a 
muchos  otros  oprimidos  por  un  sistema  que  es  necesario 
atacar  en  la  raíz.  Es  un  duro  dilema  que  reviste  formas 


153 


diversas,  pero  que  se  presenta  siempre  en  la  lucha  contra  las 
causas  estructurales  de  una  situación  de  explotación  e 
injusticia. 

Las  Casas  comunicó  en  primer  lugar,  esta  ruptura  con  su 
condición  de  encomendero  al  gobernador  Diego  Velázquez; 
éste  con  la  reacción  propia  de  todo  aquel  que  beneficia  del 
orden  existente  y lo  encuentra  por  eso  normal  y conforme  a 
la  naturaleza  humana,  calificó  de  "cosa  tan  nueva  y como 
monstruosa"la  decisión  del  clérigo,  y buen  encomendero  que 
cuestionaba  así  con  la  palabra  y con  los  hechos  el  sistema  de 
explotación  del  indio  (II,  357b).. Pero  Bartolomé  siguió 
adelante  y un  tiempo  después  anunció  públicamente  su  deci- 
sión en  un  sermón  pronunciado  el  día  de  la  Asunción,  a los 
españoles  de  la  isla  declarándoles  "su  ceguedad,  injusticia  y 
tiranías  y crueldades  que  cometían  en  aquellas  gentes 
¡nocentes  y mansísimas;  como  no  podían  salvarse  teniéndolos 
repartidos  ellos  y quien  se  los  repartía;  la  obligación  a resti- 
tución en  que  estaban  ligados,  y que  él  por  conocer  el  peligro 
en  que  vivía,  había  dejado  los  indios,  y otras  muchas  cosas 
que  a la  materia  concernían".  Todo  ello  pareció  "nuevo” 
igualmente  a quienes  no  podrían  creer  que  "sin  pecado  no 
podían  tener  los  indios  a su  servicio;  como  si  se  dijera  que  de 
las  bestias  del  campo  no  podían  servirse".  No  le  creyeron  por 
eso  al  predicador,  apunta  Bartolomé  (II,  358b).  Para  los 
usufructuarios  de  un  orden  social  determinado,  este  es 
siempre  el  mejor  posible  o por  lo  menos  humanamente  ine- 
vitable, todo  aquello  que  lo  cuestiona  es  nuevo,  inaudito, 
utópico.  Vimos  ya  que  esa  misma  fue  la  reacción  del  rey 
Fernando  y del  provincial  de  los  dominicos  en  España  ante 
los  sermones  de  Montesinos.  Nuevo  será  invariablemente  el 
Evangelio  cuando  se  le  lee  desde  el  pobre. 

El  texto  del  Eclesiástico  leído  en  el  contexto  de  las 
experiencias  de  Bartolomé  de  Las  Casas  tiene  para  él  una 
tercera  y capital  enseñanza:  la  incompatibilidad  entre  el  culto 
a Dios  y la  explotación  del  pobre.  Ese  pasaje  escrituario  le 
recordaba  el  clásico  tema  profético  de  que  la  ofrenda  a Dios 
sin  la  práctica  de  la  justicia  es  una  ofrenda  manchada  con  la 
sangre  del  pobre.  Inútil  por  eso  pretender  creer  en  el  Dios  de  la 
Biblia  si  se  vive  sustentándose  "con  sangre  de  indios"  (1516; 
V,  106).  La  muerte  del  pobre  es  el  sacrificio  que  la  codicia 
del  dominador  ofrece  al  dios  oro,  porque  en  el  mundo  de  la 


154 


acumulación  del  capital  "menos  se  estima  reverencia  y adora 
a Dios  que  al  dinero"  (1531,  V,  87b).  Defender  la  vida  y el 
bien  temporal  del  indio  será  para  él,  en  adelante,  un  modo  de 
afirmar  al  Dios  vivo  de  la  Biblia.  No  hay  que  perder  de  vista 
este  punto,  porque  es  central  para  comprender  tanto  la 
teología  de  Las  Casas,  como  su  acción  misionera.  Su 
conversión  a Cristo  en  el  pobre  da  lugar  a una  nueva  práctica. 
Porque  lo  que  "el  poderoso  Dios  y piadoso  padre"  tiene  en 
estima  es  "liberar  a los  opresos"  (1531,  V,  46a).  Oprimidos 
por  el  apetito  del  oro  y de  las  minas  que  años  más  tarde  el 
"anónimo  de  Yucay"  considerará  blasfematoriamente  como 
el  motivo  por  el  cual  hay  Evangelio  y Dios  en  las  Indias.  Otro 
Evangelio  y otro  Dios  dirían  al  unísono  Bartolomé  de  Las 
Casas  y José  María  Arguedas. 

2.  LOS  CRISTOS  AZOTADOS  DE  LAS  INDIAS 

Las  Casas  adquiere  desde  el  inicio  de  su  lucha  una  con- 
ciencia clara  de  que  la  opresión  del  indio  es  contraria  a la 
"intención  de  Jesucristo  y a toda  la  Escritura",  porque  lo  que 
Dios  quiere  más  bien  es  la  "liberación  de  los  oprimidos".  Esta 
es  una  convicción  profundamente  arraigada  en  él  y motor  de 
la  lucha  que  llevará  a lo  largo  de  toda  su  vida.  El  pobre  es 
amado  por  Dios  con  un  amor  de  predilección  porque  del  más 
chiquito  y del  más  olvidado  tiene  Dios  la  memoria  muy 
reciente  y muy  viva"  (1531,  V.  44b),  esta  preferencia  debe 
ser  por  lo  tanto  una  norma  de  vida  para  el  cristiano.  Y fray 
Bartolomé  recordando  que  aquellos  que  explotan  y asesinan 
al  indio  "tienen  el  oro  por  vivo  y principal  fin"  los 
descalificará  como  cristianos  diciendo  polémicamente,  en  un 
texto  que  ya  hemos  citado,  "Cristo  no  vino  al  mundo  a morir 
por  el  oro"  (V,  88b).  Serán  por  el  contrario  el  oro,  el  dinero, 
la  ambición  de  las  riquezas  y el  capital  los  que  harán  morir  a 
Cristo,  asesinando  a los  indios.  En  efecto,  el  fraile  dominico 
en  una  de  su  páginas  más  profundas,  bellas  y evangélicas 
identificará  a los  "opresos  indios"  con  Cristo  mismo. 

En  la  "Historia  de  las  Indias",  las  Casas  nos  relata  cómo 
en  su  empeño  por  "amparara  estas  miserias  gentes  y estorbar 
que  no  pereciesen",  se  embarcó  poco  después  de  su 
conversión  en  una  difícil  y discutible  empresa  de  coloni- 
zación pacífica  en  tierras  hoy  de  Venezuela.  Para  ésto  ofreció 


155 


dinero  al  rey  a cambio  de  la  concesión  de  tierras  y otras 
facilidades.  Un  crudo  realismo  le  hizo  en  ese  entonces  "por  la 
mucha  experiencia  que  tenía,  fundar  en  esta  negociación 
todo  el  bien,  libertad  y conversión  de  los  indios,  en  el  puro 
interés  temporal  de  los  que  le  habían  de  ayudar  a conse- 
guirlo" (II,  490b).  Esta  negociación  escandalizó  a 
alquien  que  apreciaba  mucho  al  clérigo  Las  Casas,  éste  nos 
refiere  entonces  la  explicación  que  dio  a esta  persona  amiga; 
esto  nos  ha  valido  uno  de  los  más  impresionantes  pasajes  de 
toda  su  obra  que  vale  la  pena  transcribir  íntegramente: 
"Súpolo  el  clérigo  y dijo:  señor,  si  vieses  a Nuestro  Señor 
Jesucristo,  poniendo  las  manos  en  él  y afligiéndolo  y demos- 
trándolo con  muchos  vituperios,  ¿no  rogarías  con  mucha 
instancia  y con  todas  vuestras  fuerzas  que  os  lo  diesen  para 
adorar  y servir  y regalar  y hacer  con  él  todo  lo  que  como 
verdadero  cristiano  deberías  de  hacer?  Respondió:  'Sí,  por 
cierto'.¿'Y  si  os  no  lo  quisiesen  dar  graciosamente  sino  vendé- 
roslo, no  lo  comprarías?  '.  'Sin  alguna  duda,  dijo  él  sí  com- 
praría'. Añadió  luego  el  clérigo:  'Pues  de  esa  manera,  señor, 
he  hecho  yo,  porque  yo  dejo  en  las  Indias  a Jesucristo, 
nuestro  Dios,  azotándolo  y afligiéndolo  y abofeteándolo  y 
crucificándolo,  no  una,  sino  millares  de  veces,  cuanto  a de 
parte  de  los  españoles  que  asuelan  y destruyen  aquellas  gentes 
y les  quitan  el  espacio  de  su  conversión  y penitencia,  quitán- 
doles la  vida  antes  del  tiempo,  y así  mueren  sin  fe  y sin 
sacramentos;  he  rogado  y suplicado  muy  muchas  veces  al 
Consejo  del  rey  que  las  remedien  y les  quiten  los  impe- 
diementos  de  su  salvación,  que  son  tenerlos  los  españoles  en 
cautiverio  a los  que  tienen  ya  repartidos,  y a los  que  aún  no, 
que  no  consientan  ir  españoles  a cierta  parte  de  tierra  firme 
donde  los  religiosos,  siervos  de  Dios,  han  comenzado  a 
predicar  el  Evangelio,  y a los  españoles  que  por  aquella  tierra 
vara,  con  sus  violencias  y malos  ejemplos,  los  impiden  y 
blasfeman  el  nombre  de  Cristo:  hanme  respondido  que  no  ha 
lugar,  porque  sería  tener  la  tierra  ocupada  los  frailes  sin  que 
della  tuviese  renta  el  rey.  Después  vi  que  me  querían  vender 
el  Evangelio,  y por  consiguiente  a Cristo,  y lo  azotaban  y 
abofeteaban  y crucificaban,  acordé  comprarlo,  proponiendo 
muchos  bienes,  rentas  y riquezas  temporales  para  el  rey,  de  la 
manera  que  vuestra  merced  habrá  oído"  (II,  51  Ib). 

Detrás  de  la  paradójica  "venta  del  Evangelio  y de 
Cristo",  y del  ambiguo  y reformista  intento  de  colonización 


156 


pacífica,  una  pasión  anima  a Las  Casas:  su  amor  por 
Jesucristo  vivo,  flagelado,  abofeteado,  crucificado  y muerto 
en  los  "pobres  cautivos”  de  las  Indias.  De  allí  su  convicción 
de  que  amar  a Cristo  es  liberar  al  indio  e impedir  que  "se  le 
quite  la  vida  antes  de  tiempo".  Una  vez  más,  y esta  vez 
indentificándolo  con  Cristo,  hallamos  ese  agudo  sentido  del 
pobre,  y de  su  vida  concreta,  material,  temporal.  Despojarlo, 
explotarlo,  matarlo  es  "blasfemar  el  nombre  de  Cristo".  Ya 
habíamos  encontrado  esta  idea  en  los  dominicos  de  la 
Española  y por  las  mismas  razones;  se  ofende  al  hombre  de 
Cristo  —decían  ellos—  con  el  contratestimonio  que  se  da  al 
impedir  "la  vida  y la  multiplicación  temporal"  de  los  indios. 

Hallamos  un  eco  más  de  ese  texto  central  en  otra  obra 
de  fray  Bartolomé.  Citando  a Agustín  de  Hipona  a propósito 
del  importante  texto  de  Mateo  25,  31—46,  Las  Casas  se 
pregunta  con  agudeza  "si  pues  ha  de  ir  al  fuego  eterno  aquel  a 
quien  Cristo  le  diga:  estuve  desnudo  y no  me  vestiste.  ¿Qué 
lugar  tendrá  en  el  fuego  eterno  aquel  a quien  le  diga,  estaba 
vestido  y tú  me  desnudaste?^31)  . Porque  de  eso  se  trata  en 
realidad  en  la  Indias,  no  sólo  de  no  vestir  al  desnudo,  sino  de 
desnudar  abusiva  y violentamente  a los  pobres  de  esas  tierras; 
de  despojar  de  lo  que  legítimamente  pertenece  al  indio,  de 
robar  al  pobre  y en  él  a Cristo  mismo.  A esta  perspectiva  no 
pueden  llegar  evidentemente  los  que  consideran  a los  indios 
raza  inferior  por  naturaleza  como  Ginés  de  Sepúlveda,  el  gran 
adversario  de  Las  Casas,  o sus  sofisticados  seguidores  de  hoy; 
ni  tampoco  quienes  se  limitan  a ver  en  ellos  a hombre  depo- 
sitario de  derechos  formalmente  ¡guales  a todos  los  demás, 
como  Francisco  de  Vitoria.  Sólo  se  alcanza  esa  cima  de  la 
espiritualidad  si  se  percibe,  como  lo  hizo  Bartolomé  de  Las 
Casas,  en  el  indio  al  pobre  del  evangelio^321  . Los  habitantes 
de  las  Indias  son  seres  humanos  con  todos  los  derechos  que 
eso  implica,  pero  son  sobre  todo  "nuestros  hermanos  y Cristo 
ha  dado  su  vida  por  ellos"  hasta  llegar  a identificarse  con  esos 
"opresos  indios'^331  . Este  será  el  punto  central  del  pensa- 
miento teológico  de  Bartolomé  de  Las  Casas  que  se  presenta 
así  con  profundas  raíces  evangélicas  y espirituales,  a ellas 
conduce  invariablemente  la  práctica  de  la  solidaridad  con  el 
pobre.  Esta  perspectiva  lo  distinguirá,  neta  y definitivamente, 
de  los  considerados  grandes  teólogos  españoles  del  siglo  XVI 
que  prefirieron  permanecer  más  bien  en  un  nivel  filosófico, 
jurídico  o a lo  sumo  jurídico— teológico.  Las  consecuencias 
de  estas  diferencias  no  son  pocas. 


157 


Unas  palabras  para  concluir.  Las  exigencias  evangélicas 
son  permanentes  y por  eso  mismo  son  siempre  nuevas.  Ellas 
rechazan  un  mundo  construido  sobre  el  despojo  y la  explo- 
tación, porque  pisotear  los  más  elementales  derechos  de  los 
pobres  y oprimidos  es  repudiar  al  Hijo  de  Dios  que  se  hizo 
uno  de  ellos  en  la  historia.  Esta  ha  sido  a lo  largo  de  los  siglos 
una  de  las  más  profundas  intuiciones  místicas  y una  de  las 
más  grandes  fuentes  inspiradoras  de  la  acción  histórica  de  la 
comunidad  cristiana. 

La  fuerza  profética  de  Pedro  de  Córdoba,  Bartolomé  de 
Las  Casas  y otros,  está  en  haber  sabido  ser  fieles  al  Evangelio 
en  las  circunstancias  de  su  tiempo;  y en  haber  visto  en  las 
naciones  indias  al  pobre  real  de  que  habla  la  Biblia.  Y lo 
hicieron  descarnadamente,  cuestionando  el  sistema  colonial, 
enfrentando  al  poder  político,  desenmascarando  pretendidas 
justificaciones  teológicas  de  un  orden  social  injusto.  El  itine- 
rario de  estos  hombres  que,  como  dirá  más  tarde  de  sí  mismo 
el  indio  Huamán  Poma  de  Ayala,  salieron  de  su  propio 
mundo  para  ir  "en  busca  de  los  pobres  de  Jesucristo",  está 
lleno  de  logros  y fracasos,  avances  y retrocesos,  claridades  y 
confusiones,  aciertos  y errores.  Pero  precisamente  por  todo 
ello  ese  camino  representa  para  nosotros  un  requerimiento 
hondo  y urgente. 

Hoy,  en  otro  contexto,  y gracias  a esa  irrupción  del 
pobre  en  la  historia  latinoamericana  de  que  hemos  hablado  al 
comienzo  de  estas  páginas,  tomamos  nueva  conciencia  de  la 
urgencia  de  la  defensa  de  los  oprimidos,  de  un  compromiso 
con  su  liberación, 'de  un  anuncio  profético  del  Evangelio,  de 
una  reflexión  teológica  sobre  el  Dios  libertador.  Lo  que 
Puebla  llama  "la  antievangélica  pobreza",  en  que  viven  las 
grandes  mayorías  de  nuestro  subcontinente  tiene,  como  lo 
dice  la  misma  conferencia  episcopal,  hondas  causas  estuctura- 
les;  y, tiene  también  sofisticadas  maneras  de  encubrir  esa  dura 
realidad.  Las  justificaciones  sociales  y religiosas  de  la 
opresión  del  pobre,  son  mucho  más  complejas  que  en  tiempo 
de  estos  frailes  misioneros,  y penetran  incluso  la  mentalidad  y 
las  actitudes  de  los  mismos  explotados  y marginados.  Razón 
de  más  para  anunciar  oportuna  e inoportunamente,  siguiendo 
el  ejemplo  de  esos  misioneros,  el  Evangelio  de  la  liberación  en 
Jesucristo  y denunciar  el  rompimiento  de  la  amistad  con 
Dios,  el  pecado,  raíz  última  de  la  injusticia  social. 


158 


Cuando  vemos  levantarse  al  presente  en  América  Latina 
la  esperanza  de  la  liberación  de  una  opresión  secular,  y 
surgir,  bajo  el  impulso  de  Medellín  y Puebla,  comunidades 
cristianas  desde  ese  pueblo  pobre,  los  hechos  recordados  nos 
hacen  ver  una  profunda  continuidad  en  la  opción  por  el 
pobre.  Opción  fecundada  por  la  sangre  de  los  mártires  de 
ayer;  pensemos  en  el  obispo  Antonio  Valdivieso,  muerto  por 
los  encomenderos  de  Nicaragua  <34)  ; de  hoy,  evoquemos  a 
Mons.  Oscar  Romero,  asesinado  —como  muchos  antes  de  él 
en  estos  últimos  años,  por  dar  testimonio  de  la  existencia  de 
pobres  y oprimidos  en  su  país,  por  comprometerse  con  su 
liberación  y por  sostener  su  esperanza  en  el  Dios  que  se 
encarna  en  la  historia  í35). 

Contra  esa  sangre  martirial  se  enfrentarán  siempre  los  que 
pretenden,  interesada  o doctoralmente,  que  en  la  defensa  del 
oprimido,  tal  y como  hoy  se  presenta  en  nuestra  sociedad  hay 
una  desviación  o una  reducción  del  mensaje  evangélico.  Ese 
testimonio  prueba  que  los  que  siembran  la  muerte  se  irán  con 
las  manos  vacías,  y que  sólo  los  pobres  tienen  las  manos 
llenas  de  historia  y de  vida. 

Una  teología  que  quiera  ser  fiel  a la  compleja  y rica 
realidad  de  opresión  y esfuerzos  de  liberación  que  se  vive 
entre  nosotros,  será  siempre  un  signo  de  contradicción.  Esto 
no  debe  llamar  la  atención,  ni  llevar  a rasgarnos  las  vestiduras, 
es  necesario  comprender  que  no  puede  ser  de  otro  modo.  Esa 
teología  viene,  en  verdad,  de  una  contradicción  real,  dolorosa 
y exigente  que  ella  traduce  al  nivel  de  la  reflexión  sobre  el 
Dios  en  quien  creemos.  Se  trata  de  la  contradicción  que 
existe  entre  la  situación  del  pobre  en  América  Latina  y la 
voluntad  de  justicia  y de  amor  del  P^dre. 


NOTAS 


(1)  "Nueva  Crónica  y buen  Gobierno".  París,  Instituto  d'ethnologie, 
1936,  p.  1109. 

(2)  Id.  p.  1110. 

(3)  José  Dammert,  "Un  indio  acusador  de  extorsiones"  (texto 
mimeografiado,  15  de  Mayo  de  1976,  de  cuatro  páginas). 


159 


(4)  Los  textos  de  Bartolomé  de  Las  Casas  están  tomados  principal- 
mente de  las  "obras  escogidas"  5 tomos,  edición  e introducción 
de  Juan  Pérez  de  Tudela,  Biblioteca  de  autores  españoles  (BAE), 
Madrid,  1957—1958.  Para  simplificar  citaremos  poniendo  entre 
paréntesis  en  nuestro  texto  la  indicación  del  tomo  en  números 
romanos,  la  página  y la  columna  correspondientes.  En  el  caso  del 
vol.  V,  que  trae  una  selección  de  trabajos,  señalaremos  previa- 
mente la  fecha  del  escrito  respectivo.  Como  se  sabe  los  tomos 
I— II  contienen  "La  Historia  de  las  Indias,  y los  tomos  I II— IV  "La 
Apologética  Histórica". 

(5)  Hay  una  pequeña  controversia  alrededor  de  la  fecha  exacta  de 
este  sermón.  El  gran  conocedor  de  la  vida  de  fray  Bartolomé, 
Manuel  Jiménez  Fernández  señala  la  fecha  del  30  de  Noviembre 
("Fray  Bartolomé  de  Las  Casas:  A Biographical  Sketch"  en 
"Bartolomé  de  Las  Casas  in  History"  ed.  por  J.  Friede  y B.  Keen, 
1971,  Northern  Illinois  University  Press,  p.  74).  En  verdad,  la 
indicación  que  da  Las  Casas  y el  texto  bíblico  apuntan  más  bien 
al  cuarto  domingo  de  Adviento  (Cf.  José  de  Martín  Rivera  "El 
sermón  de  Fray  Antonio  de  Montesinos"  en  "Libro  Anual" 
editado  por  el  Instituto  Superior  de  Estudios  Eclesiásticos, 
México,  1974,  pp.  113—117;  y que  en  adelante  citaremos  con  la 
Sigla  L A). 

(6)  El  texto  de  esta  real  cédula  se  halla  en  LA,  pp.  173—176. 

(7)  "Mensajera  del  Provincial  de  los  dominicos,  para  los  dominicos 
que  están  en  las  Indias,  de  reprehensión  (Marzo  de  1512)"  en  LA, 
p.  177-178. 

(8)  "Mensajera  del  Provincial  de  los  dominicos  para  el  Vicario  general 
que  está  en  las  Indias,  sobre  lo  de  los  sermones  (16  de  Marzo  de 
1512)"  en  LA,  p.  172. 

(9)  Texto  citado,  en  LA,  p.  174. 

(10)  "Carta  de  Vice-provincial  (fr.  Pedro  de  Córdoba)  y sacerdotes  del 
Convento  de  Santo  Domingo  dirigida  a los  muy  reverendos 
padres"  (texto  escrito  seguramente  a fines  de  1516)  en  LA,  p. 
160. 

(11)  La  situación  de  los  pobres  y oprimidos  hoy  nos  hace  igualmente 
sensibles  a esta  exigencia  fundamental.  Recordemos  el  hecho  con 
,que  comienza  el  texto  "Dános  nuestro  pan  de  cada  día".  Firmado 

por  cerca  de  mil  religiosas  y sacerdotes  del  país  (Noviembre  — 
1979):  "En  la  reunión  semanal  de  reflexión  en  una  parroquia  de 
barrio,  una  señora  de  edad,  dice:  'yo,  como  he  vivido  bastante, 
me  estoy  preparando  para  morir;  los  viejos  estamos  más  cerca  de 
la  muerte'.  Una  joven  responde  en  seguida:  'no,  abuelita;  eso  era 
antes,  ahora  son  los  niños  los  que  están  más  cerca  de  la  muerte' 
Sigue  un  largo  silencio  que  marca  la  gravedad  de  la  situación". 

(12)  "Carta  del  Vice-provincial  . . ."  en  LA,  p.  160. 

(13)  Las  Casas  refiere  en  la  "Historia  de  las  Indias"  que  fray  Pedro  de 


160 


Córdoba  no  se  sintió  en  condiciones  de  aceptar  la  responsabilidad 
que  al  respecto  le  proponía  la  Corte. 

(14)  "Carta  del  Vice-provincial  . . .",  en  LA,  p.  160. 

(15)  id,  p.  162. 

(16)  "Carta  dirigida  a S.M.  por  Fray  Pedro  de  Córdoba  vice-provincial 
de  los  frailes  de  Santo  Domingo  que  moran  en  las  Indias".  (Santo 
Domingo,  2 de  Mayo  de  1517),  en  LA,  p.  165. 

(17)  id.  p.  166. 

(18)  l.c. 

(19)  id.  p.  165. 

(20)  José  Chacón  y Calvo  "La  experiencia  del  indio  ¿un  antecedente  a 
las  doctrinass  de  Vitoria?  Madrid,  Asociación  Francisco  de  Vito- 
ria, 1934,  p.  214. 

(21 ) "La  teología  y los  teólogos-juristas  españoles  ante  la  conquista  de  A- 
mérica"  Madrid,  1944. 

(22)  "Las  corrientes  literarias  en  la  América  Hispánica"  México, 
Fondo  de  Cultura  Económica,  1949,  p.  21. 

(23)  "Bartolomé  de  Las  Casas  precusor  del  anticolonialismo",  México, 

siglo, XXI,  1974,  pp.  26—30.  De  modo  similar  se  habían  expre- 
sado anteriormente  los  historiadores  Raúl  Porras  Barrenechea  y 
Jorge  Basadre.  Citemos  un  texto  del  primero  de  ellos:  "Las  Casas 
es  un  verdadero  caudillo  continental  el  jefe  de  un  gran  partido 
político  defensor  de  la  libertad  de  los  indios  ...  El  de  Las  Casas 
fue  en  realidad  un  primer  partido  internacional  y socialista,  cuyos 
principios  agentes  fueron  los  padres  dominicos  y franciscanos", 
(citado  por  Mons.  José  Dammert  "Oposición  de  ideas  en  el 
siglo  XVI",  texto  mimeografiado,  31  de  Diciembre  de  1973,  de 
cuatro  páginas).  Las  expresiones  son  interesantes,  pero 
ciertamente  excesivas  y cruzan  categoría  de  «épocas  distintas; 
digamos  además  que  Porras,  biógrafo  elogioso  de  Pizarro,  tiene 
en  su  obra  claras  críticas  a ese  detractor  de  conquistadores  que 
fue  Las  Casas.  v 

(24)  Enrique  Ruiz  Maldonado  piensa  sin  embargo  que  Las  Casas  nunca 
fue  encomendero  en  sentido  estricto.  Es  posible  que  el  dominico 
que  le  negara  la  absolución  fuese  fray  Pedro  de  Córdoba,  por 
quien  Las  Casas  tuvo  siempre  una  gran  veneración. 

(25)  Las  Casas  "Del  único  modo  de  atraer  a todos  los  pueblos  a la 
verdadera  religión",  México,  Fondo  de  Cultura  Económica,  1975, 
p.  440. 

(26)  En  verdad  fray  Bartolomé  no  llamará  conversión  a este  momento 
de  su  vida,  como  se  hace  con  frecuencia;  sólo  empleará  ese 
término  al  hablar  de  su  decisión  de  hacerse  dominico  después  del 
fracaso  de  Cumaná.  De  otro  lado,  Demetrio  Ramos  Pérez  ("La 
'conversión'  de  Las  Casas  en  Cuba:  el  clérigo  y Diego  Velásquez", 
en  "Estudios  sobre  fray  Bartolomé  de  Las  Casas",  Sevilla,  1974, 
pp.  247—257)  ha  demostrado  a través  de  un  acucioso  análisis  de 


161 


textos  que  la  llamada  "primera  conversión"  de  Las  Casas  es  un 
proceso  que  desarrolla  a lo  largo  de  varios  meses. 

(27)  Las  Casas  señala,  por  ejemplo,  que  los  conquistadores  ganaron  a 
su  causa  a don  Juan  Cabedo,  primer  obispo  del  Darién,  manifes- 
tándose generosos  con  él.  'También  se  presumió  —dice—  que 
Diego  de  Velásquez  le  había  untado  las  manos  ayudándole  para  el 
camino  . . . esperando  que  le  podía  en  la  corte  con  el  rey  nuevo, 
que  era  el  Emperador,  en  sus  negocios  ayudar"  (I,  530—531). 
Conquistadores  y encomenderos  seguirán  usando  en  el  método  de 
"untar  las  manos"  para  defender  sus  privilegios.  Así,  por  ejemplo, 
los  notables  de  México  consideraron  importante  recompensar  con 
largueza  la  defensa  que  Gines  de  Sepúlveda  hacía  de  la  presencia 
peninsular  en  las  Indias  (cf.  Lewis  Hanke  "Aristotle  and  the 
American  Indians";  Bloomington,  Indiana  University  Press, 
1959). 

(28)  Carta  de  Las  Casas  a Domingo  de  Soto  publicada  por  Marcel 
Bataillon  "Pour  Tepistolario  de  Las  Casas.  Une  lettre  et  un 
brouillon"  en  "Etudes  sur  Bartolomé  de  Las  Casas",  París,  1965, 
p.  221. 

(29)  Las  Casas  "Apología",  ed.  Angel  hosada,  Madrid,  1974. 

(30)  Este  contrato  sería  una  expresión  de  aquello  que  Jiménez  Fer- 
nández llama  "el  posibilismo"  de  Las  Casas,  es  decir  un  sentido 
práctico  que  lo  llevaba  a aceptar,  pese  a lo  alto  de  sus  ideales 
aquello  que  era  susceptible  de  realización. 

(31)  "Del  único  modo..."  p.  429.  Y en  otro  pasaje,  hilvanando 
textos  bíblicos,  preguntará  desafiantemente:  "Y  nuevamente,  con 
las  muertes  o carnicerías  con  que  lo  inundan  todo  en  sangre 
humana,  ¿se  cumple  con  aquel  precepto:  no  testificarás  contra  la 
vida  de  tu  prójimo?  , ¿es  esto  no  derramar  la  sangre  del 
¡nocente?  , ¿es  no  hacer  traición  a tu  hermano?  , ¿es  esto  dejar  de 
obrar  mal?  , ¿buscar  la  justicia?  , ¿socorrer  al  oprimido?  , ¿juzgar 
al  huérfano?  , ¿defender  a la  viuda?  , ¿no  entristecer  a los 
hombres?  , ¿no  arrebatar  nada  por  la  fuerza?  , ¿dar  de  su  pan  al 
hambriento?  , ¿no  es  esto  más  bien  quitárselo?  , ¿no  es  esto  más 
bien  ser  causa  de  que  miles  de  personas  de  ambos  sexos,  de  todas 
condiciones,  dignidades  y edades  perezcan  de  hambre?  A lo 
que  responderá  sin  ambages  "Estos  hombres  más  bien  hacen  liba- 
ciones en  honor  de  Baalim,  es  decir,  del  ídolo  peculiar  de  los  que 
tal  hacen  y que  es  el  que  los  domina  y los  tiene  sujetos  y está  en 
posesión  de  ellos;  en  otras  palabras,  el  deseo  de  dominar,  la 
inmensa  ambición  de  enriquecerse  que  nunca  se  sacia  ni  tiene  fin, 
y que  es  también  una  idolatría"  (id.  pp.  373—374). 

(32)  Cf.  Juan  B.  Lasségue  "La  larga  marcha  de  Las  Casas",  Lima,  CEP, 
1974,  pp.  157. 

(33)  "Apología",  ed.  Losada. 

(34)  Su  asesinato  es  relatado  así:  "Sucedió  que  predicando  en  favor  de 


162 


la  libertad  de  los  indios,  reprehendió  a los  conquistadores  y gober- 
nadores, por  los  malos  tratamientos  que  hazian  a los  indios.  Indig- 
náronse tanto  contra  él,  que  se  lo  dieron  a entender  con  obras  y 
con  palabras  . . . Entre  los  soldados  que  avian  venido  del  Perú,  a 
esta  tierra  mal  contentos,  fue  un  Juan  Bermejo,  hombre  de  mala 
intención.  Este  se  hizo  de  parte  de  los  hermanos  Conteras 
—Gobernador  de  Nicaragua—  . . . Salió  acompañado  de  algu- 
nos ...  y se  fue  a casa  del  obispo,  que  le  halló  acompañado  de  su 
compañero  fray  Alonso,  y de  un  buen  clérigo,  y perdiendo  el 
respeto  a lo  sagrado,  le  dió  de  puñaladas”  (González  Dávila), 
"Teatro  Eclesiástico  de  la  Primitiva  Iglesia  de  las  Indias  Occiden- 
tales", T.  1,  p.  235—236;  citado  por  Enrique  Düssel  "El  epis- 
copado latinoamericano  y la  liberación  de  los  pobres, 
1504-1620"  México,  1979,  p.  335-336. 

(35)  Ver  textos  y testimonios  sobre  Mons.  Romero  en  "Páginas",  N° 
29,  Mayo  - 1980. 


163 


EDUARDO  HOORNAERT 


Teología  y acción  pastoral  en 
Antonio  Vieira  SJ:  1652*1661 


El  sacerdote  portugués  Antonio  Vieira  (1608—1697)  es 
el  jesuíta  más  famoso  de  la  historia  del  Brasil.  De  sus  largos 
89  años  de  vida,  estuvo  52  en  Brasil:  27  años  en  Bahía  (entre 
la  edad  de  6 y 33  años),  nueve  años  en  Maranháo  (entre  1652 
y 1661,  con  interrupción  de  seis  meses  mientras  fue  al  Reino  a 
defender  los  intereses  de  la  misión  maranhense)  y finalmente 
16  años,  otra  vez  en  Bahía,  de  los  73  años  hasta  la  fecha  de  su 
muerte. 

Su  figura  histórica  ha  sido  siempre  muy  controvertida: 
su  primer  biógrafo  André  de  Barros  SJ  (1746)  lo  describe 
como  jesuíta  modelo,  dedicado  y santo,  mientras  que  el 
obispo  de  Viseu,  Francisco  Alexandre  Lobo  (1826)  lo 
presenta  como  un  hombre  vanidoso  y ambicioso;  en  eso  es 
secundado  por  el  historiador  maranhense  Joao  Francisco 
Lisboa  (1865).  A finales  de  siglo  XIX  dos  autores.  Carel 
(1889)  y Cabral  (1900),  realizaron  su  vida  sacerdotal  y 
religiosa,  mientras  el  portugués  Joao  Lúcio  de  Azevedo 
(1918—1921)  puso  en  evidencia  su  personalidad  política  y 
Serafim  Leite  SJ,  en  su  monumental  "Historia  da  Companhia 
de  Jesús  no  Brasil"  (1938—1950,  10  vol.)  hizo  de  él  un 
retrato  predominantemente  apologético. 

Vieira  ha  sido  descrito  como  político  (Hermáni  Cidade: 
1955)  y misionero  (Máxime  Haubert:  1964),  predicador 


165 


(Luis  Gonzaga  Cabral  1901)  y teólogo  (Raymond  Cantel: 
1960).  ¿Cuál  es  su  verdadera  imagen?  ¿Cómo  fue  Antonio 
Vieira  ''objetivarhente''?  Nos  parece  que  esta  pregunta,  tan 
frecuentemente  repetida  a lo  largo  de  la  numerosa  literatura 
sobre  el  famoso  jesuíta,  nos  llevaría  a un  callejón  sin  salida:  el 
pasado  ya  no  vuelve  y los  documentos  aunque  numerosos, 
son  todos  "parciales”  y "partidarios",  por  así  decirlo.  Por 
eso,  pensamos  arrancar  desde  otra  pregunta:  ¿Cómo  fun- 
cionó la  teología  de  Vieira  dentro  de  la  realidad  por  él  vivida? 
¿Cuál  fue  el  mecanismo  de  este  funcionamiento?  ¿Qué  signi- 
ficó su  teología,  respectivamente,  para  el  estado  central  por- 
tugués, el  estado  periférico  maranhense  y sobre  todo  para  los 
indígenas,  sean  los  del  área  externa  aún  no  reducida,  sean  los 
ya  asentados  en  aldeas  por  los  misioneros,  encuadrados  en  el 
servicio  de  los  residentes?  Queremos  entonces,  aproximar 
teología  y acción  pastoral  misionera  y para  ello  el  período 
maranhense  de  Vieira  (1652—1661)  nos  ofrece  excelentes 
oportunidades  por  ser  un  período  ampliamente  documen- 
tado, tanto  de  escritos  emanados  del  mismo  Vieira  (vea 
HCJB,  Vol.  IX)  como  por  literatura  proveniente  de  los 
estados  portugués  y maranhense.  Trataremos  en  primer  lugar 
de  la  teología  de  Vieira,  para  después  estudiar  el  funcio- 
namiento de  ella  en  el  marco  de  la  situación  concreta  de  la 
colonización  del  Maranhao. 


I.  LA  TEOLOGIA  EN  ANTONIO  VIEIRA 

Es  imposible  entender  la  teología  de  Vieira  sin  antes 
conocer  las  corrientes  mesiánicas  que  se  dieron  en  Portugal  a 
partir  del  siglo  XVI.  Estas  corrientes  provienen  de  tres  grupos 
sociales:  en  primer  lugar  los  "cristianos-nuevos"  o judíos  que 
tuvieron  que  bautizarse  a fines  del  siglo  XV  para  no  ser 
expulsados  de  Portugal  y que  alimentaron  un  ansia  mesiánica; 
en  segundo  lugar  los  "cristianos-viejos"  que  experimentaron 
una  especie  de  "neo-joaquimitismo",  o ideología  de  una  era 
feliz  y bendecida,  a partir  de  los  mensajes  del  abad  Joaquim 
de  Fiore  (1130  — 1202)  continuamente  reavivados  y 
reanimados;  en  tercer  lugar  los  comerciantes  que  entendieron 
los  famosos  descubrimientos  transatlánticos  como  un 
acontecimiento  nunca  alcanzado  en  la  historia  de  la  huma- 
nidad, ni  por  los  griegos  ni  por  los  romanos:  esta  euforia  se 


166 


encuentra  en  la  epopeya  "Os  Luzíadas"  de  Camoes.  (R. 
Cantel,  1960,  passim). 

Estas  tres  corrientes  convergían,  entre  1530  y 1546, 
hacia  las  famosas  "trovas"  de  Bandarra,  zapatero  de  Trancoso 
que  leía  mucho  la  biblia  y que  fue  consultado  por  los  cristia- 
nos-nuevos sobre  el  significado  de  la  historia  de  Portugal.  Las 
"trovas"  de  Bandarra,  profetizaron  acerca  de  un  rey  que 
dominaría  el  mundo  entero  y bajo  su  imperio  el  único  Dios 
verdadero  sería  adorado.  Los  judíos  vieron  en  este  rey  a su 
Mesías,  y los  cristianos  la  realización  del  reino  de  Dios.  Este 
mesianismo  fue  tan  poderosamente  propagado  que  ni  siquiera 
la  Inquisición  logró  reprimirlo.  Es  en  el  marco  de  este 
mesianismo  que  debemos  entender  el  evento  de  Ourique,  la 
leyenda,  fundadora  de  Portugal,  propagado  por  los  cister- 
cienses  de  Alcobaga  a partir  del  inicio  del  siglo  XVII.  Esta 
leyenda  atribuía  la  fundación  del  Portugal  al  mismo  Cristo 
que  le  había  aparecido  a Don  Alfonso  I Heriquesen  Ourique 
en  el  año  1139,  prometiéndole  fundar  el  "Reino  de  Dios  por 
Portugal".  Portugal  habría  de  ser  el  quinto  imperio  (después 
de  Asiria,  Persia,  Grecia  y Roma),  un  Reino  de  paz  definitivo 
y universal. 

Una  parte  de  estas  previsiones  mesiánicas  se  cumplieron 
el  día  21  de  diciembre  de  1640,  cuando  el  conde  de  Braganca 
se  hizo  rey  de  Portugal,  Don  Joao  IV.  Era  la  restauración 
portuguesa,  después  de  la  "cautividad"  bajo  los  Felipes 
(españoles),  entre  1580  y 1640.  Predicadores,  profetas  y apo- 
logistas aseguraron  que  en  aquella  fecha  una  parte  de  las 
previsiones  de  Ourique  se  realizaron  y que  la  otra  (Portugal 
como  Imperio  de  Dios  en  el  mundo)  se  realizaría  a conti- 
nuación. 

Cuando  Vieira  arribó  a Lisboa  en  1641,  él  encontró  esta 
euforia  mesiánica  por  todas  partes  y simpatizó  profun- 
damente con  ella.  Su  teología  fue  una  síntesis  grandiosa, 
científica  y bíblicamente  fundamentada  en  la  historia  por  él 
vivida  a partir  del  mesianismo  de  Bandarra,  de  la  tradición  de 
Ourique  y de  otras  tradiciones  que  vivían  en  diversos  grupos 
portugueses  de  la  época.  Sobre  todo  sus  escritos  Historia  do 
Futuro  (editada  por  Hernáni  Cidade)  y Ciavis  Prophetarum 
(aún  inédita):  como  también  su  "Defensa  frente  ai  Santo 
Oficio"  y diversos  sermones  expresan  esta  teología  mesiánica 
y entusiasta. 


167 


El  principio  unificador  de  toda  la  teología  de  Vieira,  lo 
que  caracteriza  su  interpretación  de  la  providencia,  de  la  cris- 
tología,  de  la  soteriología  y de  la  moral,  es  el  principio  mesiá- 
nico:  El  Reino  de  Dios  por  Portugal.  Veamos  un  texto  típico: 

El  Reino  de  Portugal,  en  cuanto  reino  y en  cuanto  monarquía, 
está  obligado,  no  sólo  por  caridad  sino  por  justicia,  a buscar 
activamente  la  conversión  y la  salvación  de  los  paganos,  a la 
cual  muchos  de  ellos  por  su  incapacidad  e ignorancia  invencible 
no  están  obligados.  Esta  obligación  la  tiene  Portugal  en  cuanto 
que  reino:  porque  éste  ha  sido  el  fin  particular  para  el  cual 
Cristo  lo  fundó  e instituyó,  como  consta  en  la  misma  insti- 
tución. Y tiene  esta  obligación  en  cuanto  a monarquía:  porque 
ésta  ha  sido  el  intento  y contrato  con  el  que  los  Sumos  Pontí- 
fices le  concedieron  el  derecho  de  las  conquistas  , como  consta 
en  tantas  bulas  apostólicas.  Y como  el  fundamento  y base  del 
reino  de  Portugal  por  ambos  títulos  es  la  propagación  de  la  fe 
y la  conversión  de  las  almas  de  los  paganos,  no  sólo  perderán 
infaliblemente  las  suyas  todos  aquellos  sobre  quienes  recae  esta 
obligación,  si  se  descuidaren  o no  cuidaren  mucho  de  ella,  sino 
el  propio  Reino  y Monarquía,  suprimida  y perdida  la  base 
sobre  la  cual  ha  sido  fundada,  haré  de  aquella  conquista  la 
ruina  que  en  otras  tantas  partes  se  ha  experimentado.  Y nos  lo 
quitará  el  mismo  Señor  que  nos  lo  dio,  como  a los  malos 
colonos:  auferetur  a vobis  Regnum  Dei  e dabitur  genti  facienti 
fructus  eius  (Mt.  21,  43).  (Cit.  De  Bie,  318) 

El  Reino  de  Portugal  es  identificado  entonces  con  el 
Reino  de  Dios  en  marcha.  De  ahí  que  el  rey  portugués  sea 
distinto  de  otros  reyes: 


Todos  los  reyes  son  de  Dios,  pero  los  demás  reyes  son  de  Dios 
hechos  por  el  Hombre:  el  rey  de  Portugal  es  de  Dios  y hecho 
por  Dios  y por  eso  más  propiamente  suyo  (Cit.  De  Bie,  426) 

Esta  elección  especial  del  Reino  Portugués,  tiene  una 
dimensión  misionera: 

Los  otros  hombres  por  institución  divina  tienen  solamente  la 
obligación  de  ser  católicos:  el  portugués  tiene  la  obligación  de 
ser  católico  y de  ser  apostólico.  Los  otros  cristianos  tienen  la 
obligación  de  creer  la  fe;  el  portugués  tiene  la  obligación  de 
creerla  y además  de  propagarla  (Cit.  De  Bie  427). 


168 


La  historia  de  Portugal  es  historia  de  salvación,  es  his- 
toria sagrada.  Dios  actúa  en  ella  de  manera  continua.  Portugal 
es  el  “seminario''  de  la  fe  a ser  propagada  por  Africa,  Asia, 
América.  Las  carabelas  portuguesas  son  de  Dios,  en  ellas  van 
juntos  los  misioneros  y los  soldados,  pues  . . . 

. . no  solamente  son  apóstoles  los  misioneros,  sino  también  los 
soldados  y capitanes,  porque  todos  van  a buscar  paganos  y 
traerlos  a la  luz  de  la  fe  y al  gremio  de  la  iglesia  <Cit.  De  Bie, 
320). 

En  otras  tierras  unos  son  ministros  del  evangelio,  mientras 
otros  no,  en  las  conquistas  de  Portugal,  todos  son  ministros  del 
evangelio  (Cit.  De  Bie,  320). 

En  este  contexto  la  separación  entre  Iglesia  y Estado  no 
tiene  sentido,  pues  podría  debilitar  la  obra  misionera.  Vieira 
no  estaba  en  condiciones  de  criticar  el  estado  portugués  como 
tal  y se  limitaba  a criticar  los  abusos,  manteniendo  vivo  su 
entusiasmo  mesiánico  acerca  de  los  reyes  que  gobernaban  el 
país  en  el  período  de  su  misión  maranhense:  Don  Juan  IV 
(1640—1656)  y Don  Alfonso  VI  (1656—1667),  sin  embargo 
ninguno  de  los  dos  respondieron  a tan  ardientes  expresiones 
de  fe  y adhesión  mesiánica.  Para  arquitectar  esta  síntesis 
teológica,  Vieira  fue  a buscar  fundamentos  bíblicos  en  los 
siguientes  textos  del  Antiguo  testamento: 

— Daniel  227  ss,  especialmente  44—45: 

En  el  tiempo  de  estos  reyes,  Dios  hará  surgir  un  reino  que 
jamás  será  destruido.  Este  reino  no  pasará  a otras  manos,  sino 
que  pulverizará  y destruirá  a todos  estos  reinos,  y se  quedará 
eternamente. 

— Daniel  7,  27: 

El  reino,  el  poder  y la  grandiosidad  de  todos  los  reinos  del 
mundo  serán  entregados  al  pueblo  de  los  santos  de  Dios  Altí- 
simo: eterno  será  su  reino.  Todos  los  reinos  lo  servirán  y le 
serán  sometidos. 

— Zacarías  6,  1—8: 

Los  cuatro  carros  tirados  por  animales  que  salen  para  recorrer 
toda  la  tierra  (Estos  son,  en  la  lectura  hecha  por  Vieira,  los 
cuatro  imperios:  asirio,  persa,  griego  y romano,  que  anteceden 


169 


el  imperio  definitivo,  el  portugués).  Cristo  entregó  directa- 
mente, en  Ourique  este  imperio  futuro  en  las  manos  de  Don 
Alfonso  I,  de  suerte  que  el  rey  portugués  sea  directamente 
Vicario  de  Cristo,#  sin  ser  intermediario  el  papa.  Por  el  con- 
trario, los  textos  pontificios  solamente  pueden  ser  aplicados  a 
América,  posteriormente  al  beneplácito  real.  Esta  es  la 
doctrina  de  Juan  de  Solórzano  Pereira  en  su  libro:  "De 
Indiarum  lure",  Madrid,  1629—1639,  condenado  por  Roma  en 
1642,  pero  enviado  y recomendado  por  Vieira  a los  misioneros 
del  Maranháo  en  1680  (M.  Haubert  1964,  170). 

Esta  teoría  del  vicariato  del  rey  portugués,  extrema 
interpretación  del  patronato,  fue  defendida  por  A.  Vieira 
hasta  el  fin  de  su  vida  y revestida  de  contornos  dogmáticos, 
bíblicos  y patrísticos.  No  obstante  Roma  instituye  en  1662  la 
Congregación  "de  Propaganda  Fide"  para  combatir  el 
patronato,  éste  se  hizo  tan  fuerte  que  Vieira,  en  su  segunda 
estadía  en  Roma,  participó  de  negociaciones  acerca  del 
nombramiento  de  obispos  en  Brasil  y disputó  con  el  padre 
Lachaise,  jesuíta  francés  que  defendió  el  derecho  papal  sobre 
estos  nombramientos.  (M.  Haubert,  1964,  149).  Para  Vieira, 
el  rey  no  era  solamente  vicario  de  Cristo  en  América,  sino 
también  superior  inmediato  de  los  obispos  y dirigía,  en 
última  instancia,  toda  la  actividad  misionera. 

El  mesianismo  teológico  de  Vieira,  centrado  en  el  rey  de 
Portugal,  es  la  llave  interpretativa  de  sus  demás  discursos,  sea 
acerca  de  los  indígenas  o de  los  portugueses  en  América. 

1.  Los  indígenas  son  por  orden  divina,  beneficiarios  de 
un  derecho  anterior  a cualquier  otro  "derecho  humano"  ( o 
sea  la  libertad,  la  vivienda,  el  casamiento,  etc):  el  derecho  a la 
salvación. 

Portugal  está  obligado,  no  solamente  por  caridad  sino  también 
por  justicia,  a buscar  efectivamente  la  conversión  de  los 
paganos,  pues  éstos,  por  incapacidad  o ignorancia  invencible, 
no  tienen  esta  obligación  (Cit.  M.  Haubert,  1964,  161). 

El  texto  es  importante  pues  indica  que  este  derecho 
soberano  a la  "conversión  y salvación",  no  aflora  a la  con- 
ciencia de  los  indígenas  por  "ignorancia  invencible".  El  tema 
de  la  "ignorancia  invencible"  de  los  paganos,  muy  discutido 
en  Vieira,  aleja  su  reflexión  teológica  de  las  intuiciones  funda- 
mentales de  Bartolomé  de  las  Casas,  según  la  cual  Cristo  está 


170 


siendo  flagelado  en  la  persona  de  los  indígenas.  (Historia  de 
las  Indias  III,  Cap.  138).  Los  indígenas  son  comprendidos  por 
Las  Casas,  como  miembros  "en  potencia"  del  Cuerpo  Místico 
de  Cristo,  de  suerte  que,  haya  espacios  de  salvación  fuera  de 
los  cuadros  de  la  cristiandad.  Esta  intuición  fundamen- 
talmente mística  recorre  toda  la  vida  y obra  de  Las  Casas  y lo 
lleva  a asumir  posiciones  políticas  cada  vez  más  alejadas  de 
los  proyectos  coloniales  (Ver  el  excelente  artículo  de  André 
Vincent,  1974).  Vieira  no  comparte  esta  mística,  basada  en  lo 
que  el  tomismo  tiene  de  más  sano.  El  está  enteramente 
envuelto  por  el  entusiasmo  mesiánico  relativo  al  "Reino  de 
Dios  por  Portugal"  y nunca  llega  a encarar  ai  indígena  fuera 
de  los  marcos  de  este  plan  de  Dios  revelado  en  Ourique  de 
forma  definitiva;  nunca  considera  el  rostro  del  indígena  como 
revelación  propia,  anterior  a las  revelaciones  de  su  propia 
tradición.  Si  Vieira  defiende  a los  indígenas,  él  lo  hace  a 
partir  de  una  fundamental  "negatividad",  esto  es,  él  queda 
sensibilizado  por  su  falta  de  libertad,  por  su  sufrimiento,  etc, 
pero  nunca  atribuye  al  indígena  no-reducido  una  positividad. 
Fuera  del  sistema  cristiano,  el  indio  no  tiene  valor  para  él. 
Decididamente  la  distancia  entre  las  intuiciones  teológicas 
fundamentales  de  las  Casas  y Vieira  es  enorme,  no  obstante 
sean  las  formulaciones  un  tanto  fluctuantes  en  los  dos. 

El  derecho  de  los  indios  a la  salvación  relega  todos  los 
demás  derechos  a un  segundo  plano.  De  esta  forma  com- 
prendemos por  qué  Vieira,  por  un  lado,  combate  la  esclavitud 
de  los  indios  por  los  residentes  de  Maranháo  —por  el  motivo 
que  existe  la  alternativa  misionera  de  las  reducciones—  y por 
otro  lado,  es  contrario  a la  sacramentan zación  de  negros 
cimarrones  en  el  "quilombo  dos  Palmares",  (Azevedo,  1931, 
II,  273)  pues  para  los  negros  no  existe  reducción.  A partir  de 
esta  premisa  del  derecho  a la  salvación,  Vieira  construye 
complicados  razonamientos  teológicos,  con  la  intención  de 
apaciguar  las  conciencias  frente  a los  abusos  más  que 
evidentes.  El  justifica  el  sistema  de  trabajo  forzado,  de  reparto  de 
los  indios  en  las  reducciones,  no  obstante  en  la  práctica  éste  sea 
mucho  peor  que  el  servicio  en  las  casas  de  los  residentes  en 
San  Luis  o Belén.  Este  reparto  debía  limitarse,  en  teoría,  a 
seis  meses  por  año,  de  dos  en  dos  meses,  para  asegurar  a los 
misioneros  y a las  tropas  de  rescate  los  portadores,  remeros, 
colectores  y soldados,  en  fin  todo  el  trabajo  pesado  o 
peligroso  (M.  Haubert,  1964,  47,  59,  83).  En  la  práctica 


171 


raramente  los  indios  servían  menos  de  diez  meses  por  año  y 
morían  después  de  dos  o tres  años  de  extenuados  servicios 
(M.  Haubert-,  1964,89).  Para  Vieira,  los  repartos  sirven 
directamente  para  la  obra  de  salvación  del  mundo  por 
Portugal,  mientras  que  la  esclavitud  sólo  sirve  a la  codicia  de 
los  residentes  de  San  Luis  o de  Belén.  Contra  el  argumento  de 
que  muchos  indígenas  se  mueren  en  estos  repartos  Vieira 
responde  que  les  es  garantizada  aquí  en  la  tierra  una  "salva- 
ción oculta",  y allá  en  el  cielo  una  "salvación  abierta"  (De 
Bie,  67).  El  mismo  razonamiento  se  aplica  a los  africanos:  en 
Africa  son  "etíopes"  y como  tales  imbuidos  de  "ignorancia 
invencible".  Migrando  al  Brasil  o al  Maranhao  ellos  pueden 
vencer  esta  ignorancia,  pero  solamente  gracias  al  servicio  de 
los  blancos  (Hoornaert,  1974,  83—88),  pues  mucho  peor  que 
la  esclavitud  del  cuerpo  lo  es  la  del  alma.  Sirviendo  al  Señor 
terrestre  como  se  sirve  a Dios,  el  esclavo  recibirá  el  premio 
celestial.  Los  textos  bíblicos  citados  por  Vieira  para  apoyar 
este  discurso  son:  Col.  3,  22—24;  Ef.  6,  5—9;  1 Pedro  2, 
18-21;  Le.  12,  37: 

Ya  estoy  persuadido  sin  duda,  que  el  cautiverio  de  la  primera 
transmigración  (del  Africa  al  Brasil)  es  ordenado  por  Su  Miseri- 
cordia para  la  libertad  de  la  segunda  (de  la  tierra  al  cielo)  (Cit. 
De  Bie,  423). 

Los  famosos  sermones  de  Vieira  pronunciados  en 
Maranhao  frente  a los  colonos  portugueses  y que  algunas 
veces  fueron  interpretados  como  la  defensa  de  una  libertad 
absoluta  de  los  indios,  deben  ser  comprendidos  en  el  marco 
total  de  la  teología  del  jesuíta,  en  la  cual  el  derecho  a la 
salvación  es  primario,  mientras  los  otros  (por  ejemplo  el  dere- 
cho a la  libertad  aquí  en  la  tierra)  son  sólo  secundarios.  En 
caso  de  conflicto  el  derecho  primordial  vence:  de  esta  forma, 
Vieira  legitimaba  siempre  las  "bajadas"  que  en  la  realidad 
diezmaron  las  poblaciones  amazónicas. 

2.  El  derecho  primordial  de  los  portugueses  en  Amé- 
rica, que  es  a la  vez  un  deber  sagrado,  es  el  derecho  a la 
evangelización. 

Como  los  indígenas  no  buscan  espontáneamente  la 
salvación  por  "ignorancia  invencible",  los  portugueses  están 
obligados  por  un  deber,  en  cierto  modo  supletorio,  a asegurar 
a los  paganos,  perdidos  en  la  tierra  de  la  ignorancia  y del 


172 


pecado,  la  salvación.  El  derecho  de  los  portugueses  es  funda- 
mentalmente idéntico  al  de  los  indígenas,  pero  en  sentido 
contrario.  Ambos  derechos  están  condicionados  por  la  misma 
jerarquía  entre  un  derecho  primordial  (salvación  - evan- 
gelización)  y los  demás  "derechos  humanos",  todos  secun- 
darios. Así  como  Jesús  eligió  los  doce  apóstoles  y los  envió  a 
predicar  el  evangelio  por  todo  el  mundo  a partir  de  Galilea, 
así  también  El  elige  al  pueblo  portugués  y lo  envía  a 
evangelizar  al  mundo  entero  a partir  de  Ourique.  La  juris- 
dicción concedida  por  el  papa  Calixto  III  en  1456  a los  reyes 
católicos  y la  donación  de  tierras  hechas  por  Alejandro  VI  a 
los  mismos  reyes  en  1493,  así  como  el  derecho  del 
padronazgo  son  concretizaciones  históricas  y decurrencias 
prácticas  de  este  derecho  misionero,  absoluto  y supremo.  El 
padronazgo  es  misionero,  expresión  de  la  "militia  cristi ",  tan 
bien  explicado  por  Juan  Solórzano  Pereira.  Vieira  traspone  al 
nivel  teológico  y sobre  todo  mesiánico  las  consideraciones 
jurídicas  de  Solórzano  y les  da  la  fuerza  de  un  entusiasmo 
simple  e incondicional,  de  una  exaltación  retórica  envolvente. 
Aún  hoy,  al  leer  los  sermones  de  Vieira  ( ¡Y  cómo  debe  haber 
sido  envolvente  el  espectáculo  teatral  de  un  sermón  de  Vieira 
dentro  de  una  iglesia  barroca  repleta  y espléndidamente  ilu- 
minada! ),  no  se  escapa  a la  impresión  de  que  este  hombre,  al 
elaborar  los  tortuosos  laberintos  de  sus  discursos,  logró 
engañar  (tal  vez  en  primer  lugar)  a sí  mismo  y creer  que 
estaba  diciendo  la  más  pura  verdad. 

Provienen  del  derecho  a la  evangelización  una  serie  de 
otros  derechos  de  los  portugueses  misioneros  en  relación  a 
los  indígenas:  el  de  las  "bajadas"  (también  llamadas 
"entradas"  o "rescates"),  o el  de  la  guerra  justa  (en  ciertas 
condiciones),  el  de  las  reducciones.  Vieira,  sin  embargo,  no 
permite  la  esclavitud,  pues  está  convencido  que  la  reducción 
corresponde  mejor  a los  intentos  de  la  evangelización.  Más 
adelante  veremos  qué  significa  eso  concretamente. 

II.  LA  FUNCIONALIDAD  DE  ESTA  TEOLOGIA  AL 
INTERIOR  DE  LA  HISTORIA  MARANHENSE 
ENTRE  1652  Y 1661 

La  teología  de  Vieira  nace  de  una  acción  pastoral  y se 
encamina  a la  acción.  Por  eso  mismo  debe  ser  situada  dentro 
de  los  marcos  más  amplios  de  la  sociedad  en  la  cual  está 
inserta.  Para  ello  vamos  a dar  cuatro  pasos:  pretendemos 


173 


verificar,  en  primer  lugar,  los  "actores"  o personajes  con  los 
cuales  Vieira  se  enfrentó  durante  su  período  maranhense,  ya 
sea  entrando  en  conflicto  con  ellos,  ya  sea  estando  de 
acuerdo.  En  segundo  lugar  consideremos  los  "actores"  o 
fuerzas  más  o menos  organizadas  que  actuaban  por  detrás  de 
la  acción  de  los  personajes.  Después  intentaremos  "leer"  esta 
historia  a partir  de  los  indígenas,  para  finalmente  decir  algo 
sobre  el  desenlace  de  este  episodio  misionero,  considerado  a 
partir  del  mundo  indígena. 

1.  LOS  ACTORES  O PERSONAJES 

Podemos  agruparlos  en  cuatro  bloques:  a)  los  que 
gravitan  alrededor  del  Rey  de  Portugal;  b)  lo  que  actúan 
alrededor  de  las  cámaras  Municipales  de  Sao  Luis  y Belén; 
c)  los  jesuítas  y finalmente;  d)  los  indios. 

Vieira  ejerció  su  actividad  misionera  en  Maranhao  y en 
Pará  durante  los  reinados  de  Juan  IV  (1640—1656)  y 
Alfonso  VI  (1656—1667).  El  rey  se  encuentra  en  el  centro  de 
la  actividad  del  misionero,  pues  a él  se  le  envían  numerosas 
cartas  y de  él  se  esperan  las  nuevas  leyes.  El  rey  es  asesorado, 
para  fines  de  política  exterior,  por  el  Consejo  Ultramarino 
desde  1642  y, —precisamente  a causa  de  los  insistentes 
llamados  de  Vieira—  por  la  Junta  de  las  Misiones  desde  1655. 
El  director  de  esta  Junta  es  el  sacerdote  jesuíta  André 
Fernández  quien,  al  mismo  tiempo,  es  confesor  del  rey,  y 
muere  en  1660.  André  Fernández  es  gran  confidente  de  Viei- 
ra en  la  segunda  parte  del  episodio  maranhense,  entre  1655  y 
1660.  El  mismo  Vieira  formó  parte  de  la  corte  real  como 
predicador  y desde  Maranhao  siguió  recibiendo  emulaciones 
en  Lisboa  por  esta  causa. 

Un  poco  más  alejados,  pero  no  menos  importantes,  son 
los  capitanes  generales  de  Maranhao  y de  Pará  respecti- 
vamente, sustituidos  por  los  gobernadores  que  unifican  las 
dos  Capitanías  en  un  Estado,  después  de  1655.  Los  Capitanes 
Generales  fueron  Baltazar  de  Souza  Pereira  (Maranhao)  e 
Inacio  do  Regó  (Pará),  los  gobernadores:  André  Vidal  de 
Negreiros  (en  1655)  y Pedro  de  Meló  (después  de  1.658).  El 
poder  efectivo  de  los  Capitanes  o gobernadores  es  bastante 
limitado:  Pedro  de  Meló  se  queja  que  solamente  posee  cuatro 
soldados  y no  puede  decidir  nada  en  el  problema  entre  Vieira 
y los  residentes  de  San  Luis  y Belén.  (M.  Haubert,  1964, 
101). 


174 


Bastante  más  poderosa  es  la  Cámara  Municipal  de  San 
Luis,  cuyo  procurador,  Jorge  Sampaio  de  Carvalho,  logra  la 
expulsión  de  Vieira  en  1661.  En  esa  época  existen  dos 
Cámaras:  la  de  San  Luis  y la  de  Belén.  Ellas  representan  los 
intereses  de  los  así  llamados  "residentes”  de  estas  nacientes 
Villas,  en  número  aún  reducido.  En  1660  San  Luis  tiene  sola- 
mente 600  residentes  (M.  Haubert,  1964,  101). 

Además  de  las  Cámaras  y sus  aliados  existen  los  dos 
Vicarios-generales  y los  superiores  de  las  demás  órdenes  reli- 
giosas, todos  alejados  de  la  política  de  los  jesuítas  en  la  época. 

Un  tercer  bloque  de  personajes  gravita  en  torno  a An- 
tonio Vieira  quien,  además  de  predicador  real  en  la  corte  de 
Lisboa,  es  también  superior  de  las  misiones  jesuíticas  en  Ma- 
ranháo.  El  no  está  de  acuerdo  en  que  lo  llamen  "repartidor  de 
los  indios"  y "padre  de  los  cristianos",  dos  títulos  prove- 
nientes de  la  experiencia  portuguesa  en  la  India  (M.  Haubert, 
1964,  46).  A veces  Vieira  actúa  también  como  predicador  en 
las  iglesias  de  los  jesuítas,  ya  sea  en  San  Luis,  o en  Belén,  lo 
que  no  deja  de  constituirse  en  una  importante  arma  política, 
siempre  dirigida  contra  los  "residentes"  y las  Cámaras  Muni- 
cipales que  los  representan. 

El  cuarto  grupo  es  casi  anónimo  y casi  no  tiene  protago- 
nistas, por  lo  menos  al  nivel  de  los  textos  escritos.  El  es 
genéricamente  denominado  "indio",  pero  específicamente 
Ibajara  (en  el  río  Itapecuru).  Tocantins  (en  el  río  del  mismo 
nombre),  Nheengaiba  (en  la  isla  Marajó),  Tobajara  (en  el, 
cerro  de  lleiapaba).  Son  los  hombres  sin  habla  y sin  rostro  en 
torno  a los  cuales  gira  todo  el  drama  maranhense.  Ellos  ocu- 
pan el  inmenso  espacio  de  lo  "no  dicho",  de  la  "ausencia 
historiográfica",  son  los  que  se  "murieron  antes  de  tiempo", 
como  decía  Las  Casas.  El  discurso  acerca  de  ellos  es  un 
discurso  acerca  de  los  muertos,  de  los  que  desaparecieron 
frente  al  mundo  de  los  blancos.  Es  un  discurso  que  pretende 
ser  cristiano,  ellos  deben,  por  el  contrario,  ocupar  el  centro 
del  palco,  pues  representan  a Cristo  en  América,  así  como  lo 
intuyó  el  mismo  Las  Casas. 

En  los  textos  en  torno  a Vieira  solamente  emerge  un 
protagonista  indígena,  llamado  Guaquaíba  (o  Guarapaúba, 
Copaúba,  Acapaúba).  El  se  revela  contra  la  vida  en  las  reduc- 
ciones y se  rehúsa  a convidar  a los  sacerdotes  por  celebrar  las 


175 


misas  o administrar  los  sacramentos.  Es  amonestado  por  las 
autoridades  y finalmente  atraído  por  Vieira  para  Belén,  bajo 
pretexto  de  falsas  promesas.  Al  llegar  a Belén  es  tomado 
preso  por  orden  del  mismo  Vieira  (M.  Haubert,  1964, 
103—104).  Este  episodio  no  mejoró  las  relaciones  ya  tensas 
entre  Vieira  y los  demás  habitantes  de  Belén,  que  se  aprove- 
charon del  caso  para  criticar  las  reducciones,  . . . ahora  ya  no 
por  amor  a los  indios,  sino  por  amor  al  sistema  de  esclavitud 
de  los  indios,  combatido  por  Vieira  y por  la  práctica  pastoral 
de  las  reducciones. 

Para  completar  el  cuadro,  todavía  debemos  presentar  a 
un  protagonista,  el  herrero  Cardoso  residente  en  Belén,  quien 
fue  invitado  en  1653  por  el  capitán-general  Ináciodo  Regó  a 
organizar  una  "bajada”  de  indios  en  el  Tocantins.  Esta 
indicación  reveló  a Vieira,  para  quien  la  "bajada"  debiera  ser 
un  movimiento  esencialmente  misionero  cuya  finalidad  sería 
la  evangelización.  Los  soldados  solamente  debieron  acom- 
pañar la  "bajada",  según  el  punto  de  vista  de  Vieira,  para 
proteger  a los  misioneros.  Al  organizar  una  bajada- en  el 
Tocantins  sin  misioneros,  el  capitán-general  cometió  el  error 
de  explicitar  demasiado  que  sus  intereses  no  eran  precisa- 
mente misioneros.  (M.  Haubert,  1964,  64). 

2.  LOS  ACTORES  O FUERZAS  ORGANIZADAS 

Por  atrás  de  los  "personajes"  actúan  los  actores.  Son  las 
fuerzas  organizadas  atrás  de  los  acontecimientos.  Los  prota- 
gonistas o personajes  se  mueven  con  una  autonomía  que  sólo 
es  relativa,  no  obstante  ella  existe.  Son  capaces  de  cambiar  el 
curso  de  la  historia  si  lograran  articular  una  fuerza  organizada. 
¿Será  que  las  ideas  misioneras  y teológicas  de  Vieira  lograrán 
"cambiar"  la  historia  de  Maranháo?  Para  poder  contestar  a 
esta  pregunta,  tenemos  que  averiguar  cuáles  son  los  actores. 

Tenemos  en  primer  lugar  el  rey  con  su  corte,  inclusive  el 
confesor  y predicador,  con  las  estructuras  centrales  como  el 
Consejo  ultramarino  y la  Junta  de  las  Misiones,  o periféricas 
como  las  capitanías  o gobernadores  maranhenses:  actúan  en 
nombre  del  estado  central  portugués  que,  a su  vez,  es  impul- 
sado por  el  sistema  mundial  capitalista  en  expansión  (I. 
Wallerstein,  1980). 


176 


Uno  de  los  problemas  más  urgentes  de  este  estado  cen- 
tral en  el  siglo  XVII  fue  el  de  la  rivalidad  con  los  estados 
capitalistas  emergentes  como  Holanda,  Inglaterra  y el  Norte 
de  Francia.  Este  problema  fue  duramente  sentido  en  Ma- 
ranháo  a causa  del  valor  estratégico  de  la  desembocadura  del 
río  Amazonas.  Si  lograse  asegurar  la  cuenca  amazónica  en  el 
norte  y la  cuenca  platense  en  el  sur,  Portugal  aseguraría  tran- 
quilamente para  sí  la  "exclusividad  comercial"  en  el  Atlán- 
tico Sur.  De  ahí  por  qué,  para  el  estado  portugués,  la  cuestión 
más  importante  en  Maranháo  era  militar,  o sea  el  control 
sobre  la  región.  Pero,  ese  interés  no  coincidía  con  el  del  esta- 
do periférico  maranhense. 

Este  estado  periférico,  ubicado  en  América,  represen- 
taba los  intereses  de  los  "residentes",  fuesen  laicos  o reli- 
giosos, o aún  los  mismos  gobernadores  en  cuanto  residentes. 
Estos  intereses  se  articulaban  a través  de  la  Cámara  Municipal, 
principalmente  la  de  Sáo  Luis,  y más  tarde  también  la  de 
Belém.  Así  el  protagonista  Jorge  Sampaio  de  Carvalho,  Procu- 
rador de  la  Cámara  de  Sáo  Luis,  representaba  el  estado 
periférico  de  Maranháo  en  conflicto  (no  obstante  de  índole 
no  antagónica)  con  el  estado  portugués,  puesto  que  los  resi- 
dentes de  Maranháo  querían  "hacer"  tabaco  o azúcar  para 
elevar  su  nivel  de  vida,  lo  que  en  la  práctica  presuponía  la 
esclavización  de  los  indígenas.  La  vida  en  Maranháo  siempre 
fue  dura  para  los  residentes;  ellos  no  tuvieron  condiciones  de 
comprar  negros  del  Africa  igual  a como  lo  hicieron  sus  co- 
legas brasileños,  tuvieron  que  acudir  a los  indios  y al  escla- 
vismo  colonial  indígena,  ardorosamente  combatido  por  los 
jesuítas.  El  estado  periférico  maranhense  nada  más  era  una 
frontera,  siempre  móvil,  del  sistema  mundial  capitalista  en 
expansión  sobre  los  inmensos  espacios  amazónicos.  Sola- 
mente la  Cámara  Municipal  le  daba  cierta  consistencia  y 
lograba  congregar  los  intereses  de  esta  naciente  burguesía  que 
abarcaba  tanto  a los  hacendados  como  a los  comerciantes  y 
también  al  clero  del  hábito  de  Sáo  Pedro  con  sus  vicarios- 
generales  (más  tarde  con  el  obispo),  y los  religiosos. 

Entre  los  religiosos  se  destacaban  los  jesuítas  que  for- 
maban en  la  realidad  una  fuerza  aparte.  ¿Fue  que  los  jesuítas 
en  Maranháo  formaban  "un  estado  dentro  del  estado",  como 
fue  dicho  y escrito  en  el  auge  de  la  crisis  pombalina 
(1750—1760)?  Creemos  que  la  realidad  fue  básicamente  dife- 


177 


rente.  Los  jesuítas  estaban  seguramente  aliados  al  estado  cen- 
tral portugués,  más  que  otros  religiosos,  sin  embargo  no  nos 
parece  acertado  afirmar  que  esta  alianza  era  incondicional. 
Ella  era  secundaria  y dependiente  del  empeño  del  estado  en 
cuanto  misionero.  Los  jesuítas  de  la  época  encaraban  el  mun- 
do como  un  espacio  a ser  evangelizado  y el  estado  portugués 
como  el  instrumento  providencial  de  esta  evangelización.  En 
caso  de  que  el  estado  portugués  dejara  de  ser  evangelizador 
(lo  que  la  experiencia  demostró),  los  jesuítas  le  retirarían  su 
lealtad  y alianza  (lo  que  sucedió).  Los  jesuítas  participaban 
también  de  los  ¡nteréses  de  los  residentes  en  Maranháo,  pero 
igualmente  de  modo  mediado  y crítico.  Si  acaso  estos  inte- 
reses estuvieran  en  conflicto  con  los  de  la  evangelización  (es 
el  caso  de  las  haciendas  de  caña  y tabaco),  los  jesuítas  se 
negarían  a colaborar  para  defenderlos.  El  principio  misionero 
orientador  de  la  acción  del  grupo  jesuítico,  por  más  que  estu- 
viere imbuido  de  mesianismos  ingenuos  e ilusiones  políticas, 
creó  en  él  una  distancia  crítica,  tanto  frente  a la  política  del 
estado  central  portugués,  como  frente  a los  intereses  del  es- 
tado periférico  maranhense.  Los  jesuítas  formaban  parte  de 
esos  estados;  no  vivían  fuera  de  la  sociedad,  pero  constituían 
un  grupo  crítico  dentro  de  ella  y no  un  "estado  dentro  del 
estado". 

El  inmenso  mundo  indígena  de  la  Amazonia  significaba 
en  la  época  un  área  exterior  al  sistema  mundial  en  expansión. 
Como  si  fuera  aplanadora  este  sistema  avanzaba  sobre  las 
estructuras  del  mundo  indígena,  destribalizándolo  y masti- 
cándolo. El  primer  y más  grande  resultado  de  esta  expansión 
capitalista  fue  la  desaparición  de  millones  de  indígenas  por  la 
contaminación,  por  la  esclavitud,  por  los  terribles  repartos 
(trabajos  forzados  como  remeros,  soldados,  cargadores  o co- 
lectores en  la  colecta  de  las  famosas  "drogas  del  sertao)",  por 
las  guerras,  por  las  misiones  religiosas  que  perseguían 
inexorablemente  la  resistencia  cutural.  El  segundo  resultado 
fue  la  división  de  la  fuerza  indígena  entre  "indios  mansos" 
(indios  de  iglesia)  e "indios  bravos",  los  primeros  persi- 
guiendo a los  últimos  en  una  lucha  fratricida. 

Frente  al  drama  de  los  grupos  indígenas,  las  insensi- 
bilidad de  Vieira  y de  los  misioneros  en  general  era  inven- 
cible: ellos  estaban  acometidos  por  una  "ignorancia  inven- 
cible" referente  a la  libertad  religiosa  de  los  pueblos  no  cris- 
tianos en  general  y de  los  indios  en  particular. 


178 


Resumiendo:  ¿cuál  fue  la  toma  de  posición  de  Vieira  y 
de  los  demás  jesuítas  dentro  de  la  sociedad  en  que  vivían? 
Parece  que  podemos  contestar  de  la  siguiente  forma:  inte- 
grados en  la  política  del  estado  portugués  colonizador  por 
una  alianza  que  no  dejaba  de  ser  condicional,  los  jesuítas,  que 
también  formaban  parte  del  estado  periférico  maranhense,  se 
alejaban  bastante  de  los  intereses  de  los  demás  residentes,  no 
tanto  por  amor  a los  grupos  indígenas  en  sí,  sino  por  amor  a 
una  determinada  idea  demisión.  ¿Es  que  esta  toma  de  posi- 
ción logró  de  alguna  forma  cambiar  los  rumbos  de  la  sociedad 
en  Maranháo?  Para  contestar  a esta  pregunta  tenemos  que 
averiguar  la  “realidad"  detrás  de  los  discursos  y de  las  ac- 
ciones. Sabemos  que  Vieira  logró  que  se  pasara  la  ley  de 
09/04/1655,  particularmente  favorable  a las  reducciones,  re- 
forzada por  la  ley  de  10/04/1658.  Estas  leyes  anularon  la  ley 
de  octubre  1653  que  fue  articulada  por  los  residentes  y per- 
mitía la  esclavitud  indígena.  Estas  fueron  victorias  de  Vieira  y 
de  los  jesuítas  en  general,  al  nivel  de  las  leyes.  Y al  nivel  de  la 
realidad  ¿qué  sucedió? 

3.  LA  REALIDAD  A PARTIR  DEL  MUNDO  INDIGENA 

A partir  del  punto  de  vista  portugués  se  debe  subrayar 
en  la  acción  jesuíta,  la  conquista  de  leyes  indigenistas  que 
condenaban  de  forma  más  o menos  clara  la  esclavitud  indí- 
gena. Desde  la  ley  de  1624  gestionada  por  el  franciscano  Frei 
Cristovao  de  Lisboa,  pasando  por  el  permiso  de  1638  logrado 
por  iniciativa  del  jesuíta  Luis  Figueira,  por  la  carta  real  de 
1647  acerca  de  los  rescates,  por  la  ley  de  1648  y la  provisión 
de  1649  sobre  el  trabajo  de  los  indios,  por  la  ley  de  1653  que 
fue  una  victoria  de  la  Cámara  Muhicipal  en  contra  de  los 
jesuítas,  por  las  leyes  de  1655  y 1658  que  fueron  victorias  de 
Vieira  contra  la  Cámara  Municipal,  hasta  la  ley  desastrosa  de 
12/09/1663  que  fue  un  nuevo  triunfo  de  los  colonos,  la  lucha 
jurídica  fue  continua. 

Mirando  aún  la  realidad  a partir  de  los  indígenas,  tene- 
mos que  reconocer  que  esta  lucha  jurídica  en  poco  o nada 
alteró  la  inexorable  penetración  del  sistema  mundial  capi- 
talista en  dirección  a las  nacientes  de  los  ríos  amazónicos, 
para  de  ahí  sacar  fuerzas  de  trabajo  y riquezas  que  fuesen 
negociadas  en  Europa. 


179 


Estas  penetraciones  se  denominaban  "bajadas”  o "en- 
tradas” o aún  "misiones”  y Vieira  participó  directa  o indirec- 
tamente de  cuatro  de  ellas: 

La  del  río  Itapecuru,  en  Maranháo  (1),  gran  río  nave- 
gable por  más  de  700  Kms.,  tras  los  indios  Ibajara.  Como  el 
mismo  capitán  Baltazar  de  Souza  Pereira  poseía  haciendas  de 
tabaco  a lo  largo  del  río,  esta  "misión”  fue  interrumpida, 
para  gran  decepción  de  Vieira  (M.  Haubert,  1964,  63). 

La  del  río  Tocantins,  en  Pará,  en  1653  (2).  El  capitán 
Inácio  do  Regó  hizo  un  llamado  al  herrero  Cardoso  para  que 
se  fueran  a cargar  indios  y no  llamó  a los  misioneros,  para 
gran  escándalo  de  Vieira.  Este  capitán  poseía  también  ha- 
ciendas de  tabaco  a lo  largo  del  río  Tocantins  (M.  Haubert, 
1964,  64). 


MARANHAO  EN  LA  EPOCA  DE  VIEIRA 


(2)  Missao  no  Tocantins. 

(3)  Missao  entre  os  Nheengaebas. 

(4)  Missao  no  Ibiapaba. 


180 


La  gran  misión  de  las  Nheengaebas  (literalmente:  los  que 
hablan  mal,  cuya  lengua  es  mala)  de  la  Isla  Marajó  (3),  .orga- 
nizada por  Vieira  con  gran  gusto  y que  resultó  en  la  reduc- 
ción pacífica  de  100.000  indios,  según  la  carta  de 
28/1 1/1659  dirigida  al  rey  (M.  Haubert,  1964,91). 

La  misión  en  el  cerro  Ibiapaba  entre  los  tobajaras  (4), 
ampliamente  documentada  en  la  literatura  jesuíta  (M. 
Haubert,  1964,  94). 

Además  de  estas  cuatro  misiones,  durante  este  periodo 
realizó  la  muy  comentada  "jornada  de  oro"  que  fue  un  gran 
fracaso.  Esta  jornada  fue  acompañada  por  el  sacerdote  jesuíta 
Souto  Mayor  (M.  Haubert,  1964,  88). 

Para  los  indígenas  el  vínculo  entre  misioneros  y "bandei- 
rantes"  cazadores  de  indios  y ladrones  de  tierras  era  por 
demás  evidente,  como  también  la  relación  entre  la  misión 
religiosa  y la  imposición  de  trabajos  forzados.  Lo  que  a los 
ojos  de  los  mismos  misioneros  quedó  oscurecido  a causa  del 
"envolvimiento"  y de  la  fascinación  ejercida  sobre  su  mente 
por  discursos  nobles  y pretendidamente  evangélicos,  era  claro 
y cristalino  a los  ojos  de  los  indios. 

Aún  así,  los  indios  prefirieron  los  misioneros  a los  mili- 
tares de  las  tropas  de  rescates,  pues  para  los  indios,  las  reduc- 
ciones misioneras  eran  un  mal  más  pequeño,  vistas  las 
alternativas  frente  a las  cuales  se  hallaban:  o morirse,  o huir, 
o aceptar  la  "doctrina".  El  último  "mal"  era  el  más  pequeño, 
principalmente  para  evitar  la  muerte  y también  por  permitir 
una  relativa  persistencia  de  las  raíces  culturales,  a pesar  de 
todo. 

4.  EL  DESENLACE 

A partir  de  1660  los  acontecimientos  se  precipitaron  en 
el  estado  de  Maranháo.  Los  jesuítas  poseían  en  1661  en  la 
región,  40  misioneros  en  38  aldeas  con  4.000  indios  ya  redu- 
cidos y 24  aldeas  de  los  así  llamados  "Catecúmenos"  (M. 
Haubert,  1964,  111).  Todo  esto  fue  desmantelado  en  1663 
gracias  a la  nueva  ley  del  12/09/1663,  emanada  de  la  corte  de 
Don  Alfonso  VI,  quien  se  volviera  contrario  a los  planes  de 
Vieira. 

También  y principalmente,  del  lado  indígena  el  desen- 
lace fue  trágico:  de  25  Nheengaebas  reducidos  por  Vieira  en 


181 


su  tercera  jornada  misionera,  solamente  uno  quedó  con  vida; 
los  demás  murieron  debido  a enfermedades  contagiosas.  Y así 
se  dio  el  terrible  "despoblamiento"  de  toda  la  región  de  la 
desembocadura  amazónica,  confirmado  por  el  mismo  Vieira 
en  el  memorial  que  escribió  en  1678  "sobre  las  cosas  del 
Maranháo",  mencionando  que  más  de  quinientos  pueblos 
fueron  destruidos  entre  Sao  Luis  y Gurupá  en  el  periodo 
1615—1652  (cit.  Hoornaert,  1977,  405).  Después  de  1652,  y 
posteriormente  a 1661,  la  misma  destrucción  prosiguió  . . . 


III.  CONCLUSION 

¿Podemos  decir  que  con  este  desenlace,  todo  estaba  irre- 
mediablemente destruido  y que  a fin  de  cuentas  de  nada 
sirvieron  la  teología  y la  acción  pastoral  de  Vieira  y de  sus 
compañeros?  Esta  angustiante  pregunta  —la  cual  lleva  con- 
sigo un  juicio  de  alianza  entre  misión  y colonización  de  tipo 
capitalista-  nos  obliga  a plantear  algunas  distinciones  ne- 
cesarias. 

1.  No  se  puede  negar  que  Vieira  y compañeros  for- 
maban parte  tanto  del  estado  central  portugués  (Vieira  mis- 
mo aún  viviendo  en  Maranháo,  todavía  quedó  como 
predicador  real  de  la  corte  de  Lisboa)  como  del  estado  peri- 
férico maranhense.  En  los  sermones  de  Vieira  pronunciados 
en  contra  de  los  residentes  del  Maranháo,  se  percibe  un  cierto 
espíritu  de  superioridad  del  "cortés"  de  Lisboa  frente  al  pro- 
vincianismo rústico  y "peregrino"  (como  se  decía  en  la 
época)  de  los  residentes  maranhenses.  Aún  así  no  dejó  de 
existir  una  distancia  crítica  entre  los  misioneros  y el  estado 
portugués,  creada  por  el  tema  misionero.  Los  jesuítas  acep- 
taban el  estado  en  cuanto  misioneros.  Su  lealtad  al  estado 
estaba  condicionada  por  la  prioridad  misionera,  (el  caso  de 
Cardoso  en  el  Tocantins,  el  de  las  haciendas  de  capitanes  y 
gobernadores  en  el  Itapecuru  y Tocantins). De  ahí  nació,  al 
inicio,  la  decepción,  la  revuelta  y ulteriormente  una  reflexión 
más  madura. 

2.  Sobre  todo  la  experiencia  de  las  dos  últimas  misio- 
nes, la  de  los  Nheengaebas  y la  de  los  Tobajaras,  le  enseñó  a 
Vieira  que  el  tema  de  la  "monarquía  portuguesa  esencial- 
mente misionera"  debía  ser  matizado  y que  la  relación  entre 


182 


monarquía  y propagación  de  la  fe  debía  ser  problematizada. 
Un  texto  importante  en  este  sentido  es  el  siguiente,  reflejo  de 
la  experiencia  de  una  reducción  pacífica  de  los  Tobajaras: 

Dios  venció  en  pocos  días  con  pocos  hombres  desarmados  don- 
de tantos  gobernadores  por  más  de  veinte  años  con  soldados, 
•fortalezas,  guarniciones  y grandes  gastos  no  hicieron  si  no 
empeorar  la  situación  para  que  Portugal  llegase  a comprender, 
y los  ministros  del  rey  a persuadirse  que  los  primeros  y más 
grandes  instrumentos  de  la  conservación  y prosperidad  de  esta 
monarquía  son  los  ministros  de  la  propagación  de  la  fe  para  la 
cual  (propagación)  Dios  la  instituyó  y creó  (la  monarquía)  (cit. 
M.  Haubert,  1964,  95). 

Con  estas  palabras  estaba  creada  la  distancia  entre  misio- 
neros y gobernadores,  se  abría  un  espacio  para  las  reduc- 
ciones autónomas  (gobernados  por  misioneros). 

3.  Todo  el  periodo  maranhense  de  Vieira  debe  ser  inter- 
pretado a partir  de  la  alternativa  estructural  que  se  creó  en  la 
frontera  entre  área  externa,  es  decir  el  mundo  indígena  arti- 
culado según  tradiciones  propias,  y área  periférica  del  sistema 
capitalista  en  expansión.  Esta  alternativa  se  llamaba  reduc- 
ción. La  reducción  se  constituyó  en  "actor"  de  la  historia,  en 
fuerza  organizada.  Este  sí  tenía  la  posibilidad  de  tornarse  un 
"estado  dentro  del  estado";  o "contra  el  estado",  y no  los 
jesuítas  como  grupo  de  religiosos.  Los  jesuítas  sólo  fueron 
importantes  porque  optaron  por  las  reducciones  y creían  en 
la  fuerza  latente  de  esta  alternativa.  Esta  fuerza  —por  lo 
demás  latente—  era  toda  la  fuerza  de  la  "resistencia  con  as- 
tucia" que  encontramos  hasta  hoy  en  el  seno  del  catolicismo 
popular.  Lo  verdaderamente  importante  no  era,  entonces,  la 
teología  de  Vieira,  no  obstante  ésta  crease  la  posibilidad  de 
alejamiento  crítico  frente  al  sistema,  sino  la  praxis  pastoral 
refleja  que  llevó  a Vieira  a un  realismo  siempre  mayor.  En 
este  sentido,  no  solamente  los  jesuítas  fueron  importantes 
sino  también  los  demás  misioneros  en  la  medida  en  que 
optaron  por  esta  praxis  misionera,  la  única  capaz  en  aquella 
época  de  resistir  el  avance  del  capitalismo  en  la  Amazonia. 


183 


BIBLIOGRAFIA 


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191 8 — 1 92 1 1 (2  vol),  1 931 2 . 

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Hacemos  numerosas  citas  sacadas  de  la  obra  de  HAUBERT,  Máxime, 
L'Eglise  et  la  défense  des  'sauvages':  le  pére  Antome  Vieira  au 
Brésil,  Académie  Royale  des  Sciences  d'Outre-Mer,  Bruxelles, 
1964. 


184 


CUARTA  PARTE 


TEOLOGIA  DURANTE  LA  INDEPENDENCIA 
Y EL  PERIODO  LIBERAL 


CENTRO  GUMILLA 


Juan  Germán  Roscio:  La  teología  del  triunfo 
de  la  libertad  sobre  el  despotismo 


I.  INTRODUCCION 

La  monarquía  española  era  teocrática  y clerical  así 
como  la  sustentación  del  orden  colonial  establecido  en  la 
América  hispana.  Es  lógico  pues  que  el  intento  de  inde- 
pendencia de  la  Corona  española  por  parte  de  las  colonias 
americanas  se  presentara  en  un  primer  momento  como 
rebelión  contra  el  orden  establecido  por  Dios.  Petenecía  a los 
intereses  establecidos  y dominantes  de  la  época  y al  sentido 
común  asimilado  y vivido  como  connatural  por  la  mayoría 
de  los  creyentes,  la  idea  de  que  Dios  en  esta  contienda  era 
pro-monárquico  y pro-español. 

Cualquiera  que  hubiera  sido  la  filosofía  inspiradora  de  la 
independencia  tendría  que  enfrentar  esta  resistencia.  Pero 
resulta  que  la  filosofía  política  que  sirvió  de  inspiración  y de 
orientación  a los  líderes  de  la  emancipación  provenía  de 
esa  ~gran  revolución  cultural  de  la  Ilustración  que  desde  su 
cuna  europea  irradiaba  su  inspiración  hacia  las  tierras  ameri- 
canas. Es  históricamente  evidente  el  choque  que  se  produjo 
entre  la  Ilustración  y el  régimen  de  cristiandad  imperante  con 
el  que  se  identificaba  la  IgJesia  Católica,  su  sentir  y su  pensar. 
La  Ilustración  es  producto  del  mundo  cristiano  y de  su  capa- 
cidad de  desacralizar  la  naturaleza  y el  orden  social  creado 


187 


por  el  propio  hombre,  sin  embargo  por  lo  menos  dos  siglos 
largos  de  la  historia  de  la  Iglesia  Católica  han  estado  marcados 
por  la  dificultad  profunda  de  comprensión,  de  asimilación  y 
reinterpretación  de  su  papel  a la  luz  de  este  movimiento 
histórico  nacido  en  Europa,  pero  que  tiende  hoy  a convertirse 
en  patrimonio  generalizado  de  la  humanidad  en  todas  sus 
formas  culturales.  Naturalmente  hoy  esta  asimilación  implica 
también  crítica  y superación.  Es  evidente  que  la  Ilustración  es 
un  movimiento  histórico  quecomotal  irrumpe  con  agresividad 
y con  la  absolutez  de  su  carga  utópica.  El  tiempo  se  encargará 
de  reducirlo  a sus  contenidos  posibles  y a sus  limitaciones 
evidentes:  La  diosa  razón  resultó  ser  en  muchos  aspectos 
opresora  e irracional. 

Pero  en  el  momento  en  que  la  minoría  de  ilustrados 
americanos  trataban  de  inspirar  con  las  nuevas  ideas  repu- 
blicanas un  vasto  movimiento  emancipador,  chocaban  con  el 
sentir  y el  pensar  de  la  mayoría  y específicamente  con  la 
teología  que  oficialmente  había  implantado  en  estos  reinos  la 
estrecha  alianza  de  la  Iglesia  y la  Monarquía  borbónica:  el 
derecho  divino  de  los  reyes.  La  soberanía  del  pueblo  era  el 
nuevo  dogma  que  se  quería  enfrentar  al  derecho  divino  de  los 
reyes.  No  es  que  la  teología  tradicional  católica  defendiera  las 
monarquías  absolutas,  aunque  fueran  arbitrarias.  Pero  en  este 
punto  lo  tradicional  cristiano  (por  ejemplo  el  derecho  de 
rebelión  contra  el  tirano,  contra  el  rey  que  gobierna  negando 
el  bien  común  a los  pueblos)  había  sido  proscrito  de  los 
seminarios  y universidades,  olvidado  y borrado  del  sentir  y 
entender  de  los  pueblos. 

No  es  extraño  que  en  Venezuela,  donde  se  alzó  la 
punta  de  lanza  que  Nevó  la  Independencia  a seis  naciones  y 
fue  luz  precursora  para  otras,  junto  con  un  estadista-guerrero 
como  Simón  Bolívar,  surgiera  un  estadista-teólogo  como 
Juan  Germán  Roscio.  El  uno  tuvo  que  preparar  las  armas 
para  vencer  a las  tropas  españolas.  El  otro  tuvo  que  acudir  a 
las  fuentes  y raíces  de  la  reflexión  teológica  para  sacudir  la 
¡delogía  religiosa  imperante  y producir  una  teología 
liberadora  que  ganara  el  sentir  y el  pensar  de  los  pueblos  para 
la  causa  de  la  independencia.  Evidentemente  la  tarea 
concientizadora  de  ganar  adeptos  americanos  para  la  causa  de 
la  independencia  no  era  ni  exclusiva  ni  principalmente 
teológica,  pero  la  teología  tenía  una  notable  importancia  y 


188 


España  hacía  uso  de  ella  a través  de  los  clérigos.  Todavía  en 
1820  Roscio  en  carta  a Santander  recalca  que  la  fuerza  de 
España  en  la  guerra  reside  en  la  adhesión  de  los  americanos  a 
su  causa:  "La  España  nos  ha  hostilizado  con  gente  americana, 
con  provisiones  americanas,  con  caballos  americanos,  con 
frailes  y clérigos  americanos,  y con  TODO  americano"^). 

En  la  mente  de  Roscio  formaban  una  unidad  la  tarea 
teológica  de  compatibilizar  el  cristianismo  con  los  principios 
políticos  liberales  y republicanos  y con  la  lucha  de  los 
pueblos  dominados  por  su  liberación.  Naturalmente  no  era 
fácil  que  sus  ¡deas  se  popularizaran  en  tan  corto  tiempo  como 
para  hacer  mella  en  el  balance  de  la  guerra.  El  mismo  Roscio 
reconoce  la  dificultad  y el  poco  éxito  en  vida  de  su  teología. 
Lo  que  no  quita  nada  del  mérito  y de  sus  enseñanzas  para  el 
futuro. 


II.  ¿QUIEN  ES  JUAN  GERMAN  ROSCIO? 


Juan  Germán  Roscio  es  un  laico  cristiano  con  buena 
formación  teológica  y jurídica  que  desde  1809  abrazó  la 
causa  de  la  independencia.  Ocupando  cargos  destacados  hasta 
llegar  a ser  Vicepresidente  de  la  recién  creada  república  gran- 
colombiana.  Su  lucha  por  unir  en  su  vida  la  condición  de 
cristiano,  de  republicano  y de  luchador  por  la  independencia 
es  expresada  en  el  testamento  que,  obligado  por  una  enfer- 
medad, hizo  en  1818  en  Filadelfia:  "Primeramente  declaro  y 
confieso  que  profeso  la  religión  Santa  de  Jesucristo  y como 
más  conforme  a ella,  profeso  y deseo  morir  bajo  el  sistema  de 
gobierno  republicano,  y protesto  contra  el  tiránico  y 
despótico  gobierno  de  monarquía  absoluta,  como  el  de 
España."  W "Item  declaro:  que  el  dicho  mi  hermano  tiene 
conocimiento  de  las  propiedades  que  tengo  en  mi  país,  a 
quien  suplico,  que  luego  que  lo  permitan  sus  circunstancias  y 
las  de  mi  país  se  ponga  en  posesión  de  ellas  para  que  las 
emplee  en  continuar  la  guerra  contra  los  tiranos  que 
pretenden  oprimir  por  más  tiempo  la  América  del  Sur"<3). 

Su  doctorado  en  Cánones  y en  Derecho  Civil  le  dieron 
un  destacado  lugar  en  la  sociedad  colonial,  aunque  por  su 
condición  de  hijo  de  mestiza  se  le  negara  el  ingreso  al  Colegio 


189 


de  Abogados.  Hasta  1809  vivió  dócilmente  sometido  a la 
Corona  española  como  él  mismo  recordara  en  1819  en 
Angostura  al  ser  elegido  Vicepresidente  de  la  República 

Cuando  el  19  de  abril  de  1810  el  Cabildo  de  Caracas  se 
rebeló  contra  Emparan,  representante  del  orden  napoleónico 
implantado  en  España*,  Roscio  entró  al  Cabildo  como 
"representante  del  pueblo".  En  este  momento  tácticamente 
no  optaron  por  la  independencia  completa,  sino  que  valién- 
dose de  la  tradición  y el  derecho  hispánico  asumieron  en 
nombre  del  pueblo  la  soberanía  interinamente  durante  el 
destierro  francés  de  Fernando  Vil.  Meses  después,  al  dar  el 
paso  a la  proclamación  de  la  independencia  total,  Roscio  fue 
con  Francisco  Isnardy  el  redactor  del  Acta  de  Independencia. 
El  elaboró  en  1811  el  "Manifiesto  que  hace  al  Mundo  la 
Confederación  de  Venezuela"  y tuvo  un  importante  papel  en 
la  elaboración  de  la  primera  Constitución  venezolana  el 
mismo  año. 

A la  caída  de  la  primera  república  en  1812  fue  dete- 
nido y llevado  preso  a Cádiz  y de  allá  a Ceuta.  Se  fuga  en 
1814  pero  es  entregado  a las  autoridades  españolas  y de 
nuevo  liberado  en  1815. 

Plenamente  persuadido  de  que  la  primera  república  se 
perdió  porque  los  americanos  no  entendían  las  nuevas  ideas 
y porque  el  clero  utilizaba  la  religión  para  presentar  la 
independencia  como  opuesta  al  orden  querido  por  Dios, 
publica  en  Filadelfia  su  obra  "El  Triunfo  de  la  Libertad  sobre 
el  Despotismo".  Se  trata  de  una  legitimación  teológica  de  la 
lucha  por  la  libertad  de  los  pueblos  americanos  presentada 
como  "la  confesión  de  un  pecador  arrepentido  de  sus  errores 
políticos  y dedicado  a desagraviar  en  esta  parte  a la  religión 
ofendida  con  el  sistema  de  la  tiranía"^  . Roscio  comenzó  a 
idear  este  libro  en  la  prisión  de  Ceuta 

Para  1818  también  tenía  escrito  otro  libro  sobre  tema 
religioso  político  titulado  "Catecismo  religioso  político 
contra  el  real  Catecismo  de  Fernando  Vil",  pues  lo  menciona 
en  el  testamento^  . Por  desgracia  dicho  manuscrito  se  ha 
perdido. 

El  capitán  general  español  Vicente  Emparan  era  afrancesado  y 

había  sido  nombrado  por  Napoleón  quien  para  la  fecha  contro- 
laba casi  toda  España. 


190 


A fines  de  1818  regresó  a Venezuela  y se  incorporó  al 
Congreso  de  Angostura,  ciudad-capital  del  gobierno  indepen- 
diente de  Colombia.  Allá  se  iba  a organizar  la  nueva  república 
y de  allí  partirían  las  tropas  que  esta  vez  iban  a tener  éxito  en 
el  empeño  emancipador. 

Roscio  en  Angostura  fue  nombrado  Vice-Presidente  del 
Departamento  de  Venezuela  y sustituyó  provisionalmente  a 
Zea,  Vice-Presidente  de  Colombia.  Al  mismo  tiempo  se 
destacó  como  administrador  público  incorruptible  mere- 
ciendo del  Libertador  el  calificativo  de  Catón  por  su  hones- 
tidad y severidad  en  él  cumplimiento  del  deber. 

Nacido  en  1763  en  San  Francisco  de  Tiznados.  Provincia 
de  Caracas  (actual  Edo.  Guárico),  murió  en  1821  en  Cúcuta 
cuando  se  aprestaba  a presidir  como  Vice-presidente  de 
Colombia  el  Congreso  Constituyente.  Dejó  viuda  y una  hija. 

Su  pensamiento  teológico  fundamental  está  recogido  en 
su  obra  “El  Triunfo  de  la  Libertad  sobre  el  Despotismo",  en 
varias  de  sus  cartas,  en  el  “Manifiesto"  y en  “El  Patriotismo 
de  Nirgua  y Abuso  de  los  Reyes"  publicado  en  1811  donde 
sale  con  argumentos  teológicos  al  paso  de  los  que  eran  sem- 
brados por  los  clérigos  para  conseguir  la  sumisión  de  esta 
población  al  Rey. 

En  la  obra  de  Roscio  es  indudable  la  influencia  de  los 
pensadores  de  la  Ilustración  y en-  particular  del  Contrato 
Social  de  Rousseau  ^ . Trata  de  encontrar  las  raíces  bíblicas 
de  la  fe  donde  la  democracia,  la  libertad  y la  igualdad  son 
defendidas  y queridas  por  Dios. 


III.  EL  PROBLEMA  TEOLOGICO  PLANTEADO  POR  LA 
GUERRA  DE  LA  INDEPENDENCIA 

Inicialmente  el  problema  se  plantea  como  cuestio- 
namiento  a la  nueva  realidad.  ¿Puede  un  cristiano  luchar 
contra  el  rey  católico,  contra  el  orden  social  de  cristiandad  y 
a favor  de  formas  políticas  ajenas  (y  opuestas)  a lo  que  el 
cristianismo  ha  consagrado  tras  años  de  identificación?  Pero 
a medida  que  se  profundiza  en  la  pregunta  el  cuestionamiento 
se  vuelve  contra  esa  fácil  legitimación  y casi  identificación 
poseída  como  evidencia  que  obliga  al  cristiano  a defender  la 


191 


monarquía  absoluta  y el  dominio  español.  ¿Es  cristiana  esta 
identificación?  ¿Está  acorde  con  el  Dios  de  la  Biblia,el  Dios 
transmitido  como  defensor  del  orden  colonial? 

De  esta  manera  el  problema  teológico  se  amplía  hacia  el 
cuestionamiento  de  la  legitimación  irrestricta  que  da  cierto 
tipo  de  cristianismo  a un  orden  de  dominación  social.  Legi- 
timación tan  absoluta  que  pretende  condenar  en  nombre  del 
cristianismo  toda  novedad  histórica  que  cuestione  ese  orden  y 
esa  dominación. 

Es  sabido  que  en  las  bases  del  cristianismo  hay  un 
radical  rechazo  al  poder  como  dominación.  Sólo  es  aceptable 
la  autoridad  y el  poder  correspondiente  como  servicio 
(Marcos  10,  42—45).  Por  eso  para  el  siglo  XVII  había  una 
amplia  tradición  sustentada  en  Santo  Tomás,  y reavivada  por 
Suárez  y Mariana  entre  otros,  que  sólo  reconocía  la  autoridad 
política  en  cuanto  gestora  del  bien  común.  De  manera  que 
el  gobernante  al  convertirse  en  tirano  "gestor  del  mal 
común",  pierde  su  legitimidad  hasta  llegar  a justificar  la 
rebelión  de  los  súbditos  e incluso  el  tiranicidio  en  deter- 
minadas circunstancias. 

Pero  en  las  colonias  americanas  en  la  segunda  mitad  del 
siglo  XVIII  los  Borbones  habían  prohibido  la  docencia  de 
esta  doctrina  calificada  de  "jesuítica"  por  ser  los  jesuítas 
—ahora  desterrados  y suprimidos  como  orden  por  presión  de 
los  Borbones—  Suárez  y Mariana,  sus  principales  actua- 
lizadores. 

En  los  seminarios  y universidades  se  enseñaba  la 
doctrina  más  reciente  y servil  del  "derecho  divino  de  los 
reyes"  que  exigía  de  los  súbditos  un  acatamiento  absoluto  de 
los  reyes  y su  gobierno,  ya  que  eran  puestos  por  Dios  y sólo 
Dios  podía  pedirles  cuentas  de  su  mal  gobierno.  El  mismo 
Roscio  dirá  que  él  había  oído  de  la  existencia  de  la  doctrina 
deslegitimadora  de  la  tiranía,  pero  que  a él  no  le  habían 
enseñado  y ahora  se  veía  obligado  a cimentarla. 

La  teología  de  la  sumisión  absoluta  a la  monarquía 
"católica"  no  era  sólo  ni  principalmente  un  asunto  académico 
que  atañía  a unos  pocos  cientos  de  clérigos,  sino  que  a través 
de  la  predicación  y el  catecismo  formaba  parte  de  la  vivencia 
y de  la  ética  de  la  población  hispanoamericana. 


192 


Por  eso  a los  primeros  brotes  de  los  movimientos  de 
insurrección  trataron  de  salir  al  paso  la  jerarquía  y los  clé- 
rigos. En  Venezuela  el  terremoto  que  asoló  en  Semana  Santa 
de  1812  algunas  ciudades  del  país  fue  presentado  como 
castigo  de  Dios  contra  la  impiedad  de  rebelarse  contra  el  rey 
católico. 

Hay  que  decir  que  en  todos  los  países  hubo  clérigos  y 
cristianos  muy  destacados  que  estuvieron  de  parte  de  la  inde- 
pendencia desde  el  primer  momento  e incluso  tuvieron  un 
papel  de  precursores,  pero  ello  a costa  de  ir  contra  la 
corriente  oficial  de  la  Iglesia  y de  la  sociedad  de  aquel 
tiempo.  Para  citar  sólo  dos  casos  de  Venezuela,  el  canónigo 
Cortés  de  Madariaga  tuvo  un  papel  destacado  en  el  movi- 
miento del  19  de  abril  de  1810  y el  precursor  Miranda,  tras  el 
desembarco  en  Coro,  mandó  leer  en  las  iglesias  y en  las  plazas 
la  carta  a los  americanos  del  jesuíta  peruano  Abate  Vizcardo 
donde  éste  invita  a la  rebelión  contra  España. 

Pero  nada  de  esto  contradice  a la  afirmación  de  que  la 
secular  identificación  de  la  Iglesia  con  el  orden  de  cristiandad 
establecido  por  la  monarquía  española  llevaba  a crear  una 
especie  de  segunda  naturaleza  en  el  creyente  que  le  hacía  ver 
como  impía  la  rebelión.  Evidentemente  no  eran  sólo  razones 
teológicas  y religiosas  las  que  motivaban  la  sumisión  de  los 
pueblos  americanos  a la  Corona,  sino  que  la  ideología  de  la 
sumisión  está  constituida  por  un  conjunto  de  elementos 
culturales  formando  una  estrecha  unidad.  Pero  aquí  nos 
interesa  sólo  el  aspecto  religioso  puesto  que  Roscio  expre- 
samente quiso  buscar  argumentos  teológico-religiosos  y no 
sólo  filosóficos  para  deslegitimar  la  dominación  española. 

Es  difícil  concebir  que  en  aquel  orden  de  cristiandad 
constituido  laboriosamente  durante  siglos  de  estrecha  alianza 
y hasta  confusión  entre  la  Iglesia  y la  Monarquía,  pudiera  la 
Jerarquía  conceder  a los  cristianos  la  posibilidad  de  atentar 
contra  ese  orden.  Era  casi  un  absurdo  sociológico  que  el 
orden  feudal  imperante  bendijera  a sus  enterradores.  Y ese 
absurdo  no  ocurrió,  sino  que  en  1816  el  papa  Pío  Vil  envió  a 
todo  el  clero  de  América  una  carta  urgiendo  su  participación 
activa  contra  el  movimiento  independentista  como  contrario 
a la  religión.  Conclusión  lógica  si  a la  religión  se  le  iden- 
tificaba, como  era  el  caso,  con  el  orden  político  social  impe- 
rante. Y esta  posición  la  presenta  el  Papa  como  exigencia  "de 


193 


la  santísima  Religión  que  profesamos".  La  doctrina  errada 
pero  dominante  del  "derecho  divino  de  los  reyes"  es  urgida  a 
los  clérigos  en  esta  carta  pontificia:  "Y  como  sea  uno  de  sus 
hermosos  y principales  preceptos  el  que  prescribe  la  sumisión 
a las  autoridades  superiores,  no  dudamos  que  en  las  conmo- 
ciones de  esos  países,  que  tan  amargas  han  sido  para  nuestro 
corazón,  no  habréis  cesado  de  inspirar  a vuestra  grey  el  justo 
y firme  odio  con  que  debe  mirarles.  Sin  embargo  por  cuanto 
hacemos  en  este  mundo  las  veces  del  que  es  Dios  de  paz;  y 
que  al  nacer  para  redimir  al  género  humano  de  la  tiranía  de 
los  demonios,  quiso  anunciarla  a los  hombres  por  medio  de 
sus  ángeles;  hemos  creído  propio  de  las  apostólicas  funciones 
que,  aunque  sin  merecerlo  nos  competen,  el  exitaros  más  y 
más  con  esta  carta  a no  perdonar  esfuerzo  para  desarraigar  y 
destruir  completamente  la  funesta  cizaña  de  alborotos  y 
sediciones  que  el  hombre  enemigo  sembró  en  esos 
países"^9). 

De  acuerdo  a esta  teología  y este  análisis  de  la  realidad  les 
exhorta  a demostrar  a la  grey  "los  terribles  y gravísimos  perjui- 
cios de  la  rebelión"  y a presentar  ante  sus  ojos  "las  ilustres  y 
singulares  virtudes  de  nuestro  carísimo  hijo  en  Jesucristo, 
Fernando  nuestro  Rey  Católico,  para  quien  nada  hay  más 
precioso  que  la  religión  y felicidad  de  sus  súbditos"^10). 

Esta  carta  fue  promulgada  en  Venezuela  un  año  después 
—el  mismo  año  en  que  se  publicaba  en  Filadelfia  "El  Triunfo 
de  la  Libertad  sobre  el  Despotismo"—  por  el  Vicario  General 
del  arzobispo  de  Caracas,  Coll  y Prat,  exigiendo  un  gran  celo 
en  su  aplicación.  Es  claro  que  el  sentir  del  clero  no  era  uná- 
nime, lo  que  hacía  más  urgente  la  insistencia  del  Vicario  Dr. 
Manuel  Vicente  de  Maya  en  la  carta  que  acompaña  al  docu- 
mento pontificio:  ". . . os  rogamos  que  habléis  a los  pueblos 
de  vuestro  cargo,  para  que,  dando  toda  la  importancia  debida 
a las  letras  apostólicas  cuya  copia  fiel  os  insertamos,  se  arran- 
que de  raíz  la  discordia,  renazca  el  orden,  florezcan  las 
costumbres  y brille  con  esplendor  la  fe"^1^  . Más  adelante 
agrega  que  "la  voz  del  supremo  Pastor  que  os  exhorta  a 
obedecer  al  más  amable  de  los  reyes,  al  defensor  de  nuestra 
fe,  y al  feliz  resorte  de  nuestra  prosperidad  temporal,  debe 
fijar  ya  vuestras  irresoluciones,  uniformar  vuestras  ideas  y 
sentimientos,  para  que  todos  formemos  una  sola  familia 
gobernada  por  el  mejor  de  los  padres.  Esta  obedencia,  que  os 


194 


pedimos  en  unión  del  sucesor  de  San  Pedro,  hará  renacer  de 
un  modo  prodigioso  todos  los  bienes  de  que  os  privó  la  ino- 
bediencia"^1^. 

La  fácil  identificación  de  un  orden  social  con  la  volun- 
tad de  Dios  y la  identificación  de  la  carta  papal  con  la  voz'de 
Dios  lleva  al  Vicario  a la  siguiente  conclusión:  "Dios  ha 
hablado;  es  forzoso  obedecer".  Refiriéndose  al  Papa  dice 
"que  su  lenguaje  es  el  de  Jesucristo"  y "que  la  plenitud  de  su 
poder  y la  firmeza  de  su  fe  garantizada  por  la  palabra  eterna 
de  Jesucristo  en  la  persona  de  San  Pedro,  hace  enmudecer  a 
los  impíos  y seductores  que  produjeron  en  medio  de  noso- 
tros, y han  sostenido  por  largo  tiempo  el  espíritu  de  rebelión, 
que  nos  ha  traído  la  ira  del  Todopoderoso  y derramado  sobre 
estas  desgraciadas  provincias  un  gérmen  de  males  físicos  y 
morales  . . ."<131. 

Esta  era  la  situación  en  la  que  Juan  Germán  Roscio 
quería  ser  hijo  fiel  de  la  Iglesia  y seguidor  de  Jesucristo 
mientras  luchaba  con  todas  sus  capacidades  por  la  indepen- 
dencia. Para  ello  tenía  que  demostrar  —como  lo  hicieron  en 
tiempo  de  la  conquista  Bartolomé  de  Las  Casas,  Vitoria,  la 
escuela  dominicana  y otros  en  contra  de  la  legitimación 
oficial  de  la  Conquista  encerrada  en  la  Bula  de  Alejandro  VI  o 
en  la  teología  del  texto  del  Requerimiento—  que  el  Dios 
cristiano  no  estaba  con  la  dominación  sino  con  la  liberación 
de  los  pueblos  de  América.  Demostrar  ésto  y hacer  que 
llegara  al  pueblo  esta  teología  y religiosidad  fue  la  ardua  tarea 
que  se  impuso  Roscio.  El  insistió  hasta  el  fin  de  su  vida  en 
que  la  fuerza  de  España  no  residía  en  los  ejércitos  peninsu- 
lares sino  en  la  mentalidad  de  los  mismos  americanos:  "Yo, 
aunque  de  los  más  serviles  en  la  antigua  administración 
española,  cuando  me  desengañé,  conocí  también  que  nuestro  ma- 
yorenemigoera  la  ignorancia,  y el  apego  que  ella  había  inspirado 
a los  hierros  de  la  esclavitud.  Me  dediqué  muy  temprano, 
aunque  con  poco  fruto,  a la  táctica  del  desengaño;  y todavía 
me  atrevo  a decir  que  he  sido  solo  en  esta  empresa,  cuya 
importancia  ha  sido  mejor  conocida  por  los  enemigos  que  por 
nosotros  mismos.  Por  fortuna  la  actual  revolución  de  Espa- 
ña (*)  ha  desarmado  a los  clérigos  y frailes  ignorantes  y 
fanáticos;  ya  no  podrán  predicar,  escribir,  ni  susurrar  en  el 


Se  refiere  a los  acontecimientos  de  1820. 


195 


confesionario,  diciendo  y enseñando  que  pecamos  en  nuestra 
revolución  y en  la  lucha  por  nuestra  independencia  y liber- 
tad"^). 

Ya  hemos  dicho  que  para  Roscio  el  problema  no  se 
planteaba  sólo  filosóficamente,  sino  que  buscaba  argumentos 
teológicos.  Veía  por  todas  partes  argumentos  para  legitimar  la 
tiranía  y no  para  la  liberación. 

Por  desgracia  y por  virtud  de  un  sistema  pésimo  de  gobierno, 
ellas  (las  ¡deas  que  sustentaban  la  tiranía)  eran  el  pasto  de  las 
aulas  de  Teología  y jurisprudencia,  que  yo  había  frecuentado 
en  la  carrera  de  mis  estudios.  Yo  suspiraba  por  una  obra  que 
refutase  estos  errores,  no  con  razones  puramente  filosóficas, 
sino  con  la  autoridad  de  los  mismos  libros  de  donde  la  facción 
contraria  deducía  sofismas,  con  que  defender  y propagar  la 
ilusión.  Tanto  más  deseada  llegó  a ser  para  mí  esta  obra, 
cuanto  que  uno  de  los  impresos  en  circulación  decía  que 
"aunque  atendida  la  filosofía  de  los  Gentiles,  no  podía  negarse 
al  pueblo  la  calidad  de  soberano';  los  que  profesábamos  la 
religión  de  Cristo,  debíamos  defender  lo  contrario,  y confesar 
que  el  poder  y la  fuerza  venían  derechamente  de  lo  alto  a la 
persona  de  los  Reyes  y príncipes. 

En  vano  busqué  lo  que  yo  deseaba:  No  hallé  más  que  discursos 
filosóficos,  tan  cargados  de  razón,  que  para  nada  contaban  con 
la  Biblia.  Yo  estaba  muy  lejos  de  pensar  que  faltasen 
defensores  de  la  libertad,  fundados  en  la  autoridad  de  libros 
religiosos.  Yo  no  podía  "creer  que  desde  que  el  ídolo  de  la 
tiranía  erigió  su  imperio  sobre  el  abuso  de  las  Escrituras, 
hubiese  dejado  de  tener  impugnadores  armados  de  la  sana  inte- 
ligencia de  ellas.  A mi  noticia  llegaron  los  nombres  de  muchos 
de  ellos.  Ya  más,  ya  menos  antiguos.  Pero  no  aparecían  sus 
escritos,  cuando  más  urgía  la  necesidad  del  desengaño  y de  la 
impugnación  de  un  error  reproducido  con  mayor  inso- 
lencia ^5). 

Intuía  que  esa  interpretación  no  era  correcta.  "Me 
bastaba  la  excelencia  de  la  moral  del  Evangelio  para  conocer 
que  unos  usos  y costumbres  tales  como  los  de  la  monarquía 
absoluta  y despótica,  no  podían  conciliarse  con  el  cris- 
tianismo"'16^. 

Con  esta  preocupación  se  dedicó  al  estudio  de  la  Biblia. 
Y llegó  a conclusiones:  "Por  fruto  de  mis  tareas  saqué  argu- 
mentos contra  la  tiranía,  y por  la  libertad  nuevas  pruebas  del 
carácter  sublime  y divino  de  una  religión  que  hace  las  delicias 
del  hombre  libre,  y el  tormento  de  los  opresores" ^17^. 


196 


Pero  estas  conclusiones  deben  difundirse  de  manera  que 
puedan  popularizarse  y contrarrestar  la  deformación  legi- 
timadora de  la  dominación:  "Hagamos  conocer  al  vulgo,  que 
en  esta  línea  no  hay  otros  herejes  entredichos  y proscritos, 
que  los  mismos  inquisidores,  y cuantos  a su  imitación  abusan 
de  lo  más  sagrado  contra  la  salud  del  pueblo.  Inspirémosle 
todo  el  horror  que  merecen  estos  excomulgados  vitandos, 
como  profanadores  del  santuario  de  la  Libertad.  Cooperemos 
todos  al  exterminio  de  la  tiranía,  al  desagravio  de  la  Religión 
ofendida  por  el  déspota  que  la  invoca  en  su  despotismo; 
unamos  nuestras  fuerzas  para  el  restablecimiento  de  la  alta 
dignidad  de  nuestros  semejantes  oprimidos"  (181. 


IV.  LA  RESPUESTA  DE  ROSCIO 

En  "El  Triunfo  de  la  Libertad  sobre  el  Despotismo" 
Roscio  comienza  confesando  su  pecado  contra  el  Señor  por 
haber  creído  en  el  despotismo.  En  la  teología  recibida  por  él 
"las  prácticas  opresivas  del  tirano  se  veneraban  como 
divinas  y eran  tildados  de  irreligiosos  cuantos  usaban  de  su 
derecho  contra  este  mal  envejecido''^191.  "De  esta  subversión 
de  principios  es  que  el  hombre,  mejorado  por  la  ley  de  gracia, 
se  halla  no  obstante  en  peor  condición  que  los  paganos  y 
judíos  anteriores  al  nuevo  orden  de  cosas  consumado  en  la 
Cruz.  Encorvado  bajo  el  triple  yugo  de  la  monarquía 
absoluta,  del  fanatismo  religioso  y de  los  privilegios  feudales, 
vive  tan  degradado,  que  ni  aun  conoce  su  degradación"^201. 

"Tan  constante  ha  sido  la  obstinación  de  los  teólogos 
del  poder  arbitrario  en  querer  amalgamar  dos  cosas  incon- 
ciliables, el  cristianismo  y el  despotismo,  que  irritados  ciertos 
filósofos  del  siglo  pasado,  atribuyeron  a la  religión  unos  vicios 
que  ella  condenaba:  vicios  propios  de  los  obstinados  defen- 
sores de  la  monarquía  absoluta  e indignantemente  imputados 
a nuestras  relaciones  con  el  Ser  Supremo"^211. 

1.  INTERPRETACION  DE  LA  BIBLIA 

Roscio  es  liberal  y con  una  formación  del  siglo  XVIII 
por  tanto  hay  algunas  concepciones  filosóficas  y teológicas 
poco  satisfactorias  para  el  hombre  de  hoy  e históricamente 


197 


superadas.  Al  mismo  tiempo  carecía  de  todos  los  avances  de 
la  exégesis  moderna  para  poder  realizar  una  hermenéutica 
más  adecuada  de  la  Escritura.  Sin  embargo  tiene  intuiciones 
muy  acertadas  en  el  empeño  de  buscar  el  apoyo  bíblico 
contra  la  tiranía. 

Una  especie  de  contradicción  básica  y al  mismo  tiempo 
un  acierto  fecundo,  radica  en  que  por  un  lado  busca  en  la 
Escritura  argumentos  contra  el  despotismo  y les  otorga 
autoridad,  y por  otro,  cuando  aparecen  argumentos  en  contra 
dice  que  la  Escritura  sólo  es  verdadera  en  materia  religiosa, 
pero  no  en  las  materias  profanas  como  la  política. 
Escribiendo  sobre  la  soberanía  del  pueblo  afirma:  "Lejos  de 
esta  insensatez,  el  autor  del  libro  de  la  Sabiduría  reconoce  y 
confiesa  en  otro  lugar  la  majestad  y poder  del  pueblo;  pero 
aún  cuando  hubiese  escrito  contra  ella,  quedaría  ilesa  la 
verdad  de  este  dogma  político;  y la  infalibilidad  prometida  en 
los  arcanos  del  Reino  de  los  cielos  no  sería  perjudicada  en  un 
ápice.  Vuelvo  a confesar  que  no  son  de  este  resorte  las 
materias  de  gobierno,  de  física  o astronomía.  Tan  falible  era 
en  el  curso  de  los  astros  como  en  política  el  escritor  de  los 
libros  de  la  Sabiduría  y Proverbios" 

Aquí  hay  un  acierto  en  no  atribuir  a la  escritura  una 
inerrancia  en  todos  los  aspectos  del  saber  humano  que  la 
humanidad  va  desarrollando,  sino  en  su  aspecto  salvífico.  Es 
verdad  que  este  mismo  acierto  va  acompañado  de  cierta 
concepción  dualista  propia  del  liberalismo.  El  dualismo  lleva 
a hacer  de  Jesucristo  un  "libertador  puramente  espiri- 
tual"^23^ con  lo  que  tiene  el  peligro  de  afirmar  que  lo 
espiritual  no  penetra  todo  el  quehacer  humano  y toda  la 
historia,  no  con  su  saber  científico,  pero  sí  con  un  saber 
sapiencial  capaz  de  ordenar  los  otros  saberes  con  el  sentido 
profundo  que  da  la  revelación  a las  relaciones  del  hombre  con 
Dios,  con  la  naturaleza  y con  los  demás  hombres. 

Pero  a pesar  de  esta  limitación  encontramos  el  avance 
(sobre  lo  que  le  enseñaron)  de  que  las  ciencias  cobraban  su 
específica  autonomía  y que  la  Escritura  no  anulaba  ni  sus- 
tituía el  necesario  avance  científico,  sino  que  en  esas  materias 
había  todo  tipo  de  errores  en  la  Biblia. 

"Yo  quería  que  cuanto  contiene  la  Biblia  fuese  tan 
infalible  y estable  como  los  misterios  y dogmas  de  la  Reli- 


198 


gión,  aunque  nada  tuviesen  de  común  con  ellos,  con  la  moral 
cristiana  y demás  puntos  concernientes  al  reino  espiritual  del 
Mesías.  Para  mi  desengaño  no  bastaba  ver  en  estos  libros 
preocupaciones  vulgares,  errores  físicos  y astronómicos, 
descubiertos  en  otra  edad:  incapaz  de  reflexionar  que  si 
Jesucristo  se  acomodó  a ellos  en  la  práctica  de  su  misión  fue, 
sin  duda,  porque  no  era  del  resorte  de  ella  enseñar  a sus 
discípulos  ciencias  naturales  y exactas,  ni  el  arte  de  Gober- 
nar"!24) . Este  pensamiento  venía  a expresar  la  afirmación 
que  ya  en  1638  había  hecho  Descartes  "el  padre  del 
pensamiento  moderno":  "Querer  inferir  de  la  Sagrada 
Escritura  el  conocimiento  de  verdades  que  únicamente  perte- 
necen a las  ciencias  humanas  y no  sirven  para  nuestra  salva- 
ción, no  es  más  que  utilizar  la  Biblia  para  unos  fines  para  los 
que  Dios  no  la  ha  dado  en  absoluto  y consiguientemente, 
manipularla"!25). 

El  gran  acierto  de  Roscio  es  comprender  que  la  Biblia 
nos  revela  la  opción  radical  de  Dios  a favor  del  oprimido  y la 
identificación  de  su  acción  con  la  liberación  integral  hacia  la 
fraternidad  y filiación  divina  rompiendo  las  cadenas  que 
tienen  sometida  a la  creación  entera  al  yugo  de  la  escla- 
vitud.!26) Los  hijos  de  Dios  que  poseen  la  radical  libertad  de 
su  amor  se  sirven  de  todas  las  ciencias  y avances  que  se  logran 
en  las  diversas  etapas  de  la  historia  para  comprender  mejor  las 
ataduras  y las  liberaciones  y poder  disponer  de  medios  para 
hacer  posible  en  la  historia  el  camino  hacia  el  reino. 

2.  HISTORIA  HUMANA  E HISTORIA  DE  SALVACION 

Roscio  concibe  la  historia  como  una  profunda  invitación 
de  Dios  al  hombre  a la  creación  de  la  libertad,  la  justicia,  la 
convivencia.  De  ahí  deduce  algunas  consecuencias  impor- 
tantes para  la  comprensión  teológica  de  la  causa  americana. 
En  el  "Manifiesto  que  hace  al  mundo  la  Confederación  de 
Venezuela"  dice:  "La  revolución  más  útil  al  género  humano, 
será  la  de  la  América,  cuando  constituida  y gobernada  por  si 
misma,  abra  los  brazos  para  recibir  a los  pueblos  de  la  Euro- 
pa . . y agrega  que  "no  es  éste  un  sueño  agradable,  sino  un 
homenaje  que  hace  la  razón  a la  providencia.  Escrito  estaba 
en  sus  inefables  designios,  que  no  debía  gemir  la  mitad  de  la 
especie  humana  bajo  la  tiranía  de  la  otra  mitad;  ni  había  de 


199 


llegar  el  día  del  último  juicio,  sin  que  una  parte  de  sus 
criaturas  gozase  de  todos  sus  derechos"  ^27)  . En  esa 
Providencia  de  Dios,  llevada  adelante  en  la  historia  por  la 
libertad  humana  de  quienes  escuchan  la  invitación  de  Dios, 
hay  un  lugar  para  la  América  Libre.  En  1811  en  carta  a Bello 
le  dice  que  "nuestra  independencia  y libertad  es  obra  divina". 
"Este  es  el  plan  que  la  eterna  sabiduría  tuvo  a bien  trazaren 
beneficio  de  las  generaciones  de  Adán.  Unas  serán  oprimidas 
y mañana  sus  opresores  abatidos  sufrirán  la  suerte  que  ellos 
habían  descargado  sobre  los  otros.  Esta  es  la  escena  que  se 
mira  representada  en  todos  los  siglos;  y no  hay  poder  sobre 
la  tierra  que  sea  capaz  de  contener  la  serie  de  estos  aconte- 
cimientos. Dios  es  justo;  y todos  quedarán  igualados  al  nivel 
de  la  justicia.  Los  individuos,  las  comunidades,  las  grandes 
naciones,  las  principales  partes  del  universo,  todo,  todo  corre 
su  turno,  experimenta  las  amarguras  y dulzuras  de  la  fortuna 
y halla  la  igualdad  de  las  suertes  en  el  centro  de  la  justicia 
eterna  del  Creador. 

"Sobre  la  redondez  de  la  tierra,  han  figurado  ya  las  tres 
partes  que  componían  el  antiguo  mundo.  El  Asia,  Africa  y 
Europa  hicieron  su  papel  y figura  correspondiente  . . ,"^28^ . 

Dios  no  es  neutral  en  estos  vaivenes  de  la  historia: 
"Jamás  podrá  Dios  ser  garante  de  nada  que  no  sea  obligatorio 
en  el  orden  natural;  ni  puede  suponerse,  que  acepte  contrato 
alguno  que  se  oponga  a las  leyes  que  El  mismo  ha  establecido 
para  la  felicidad  del  género  humano:  sería  insultar  su  sabi- 
duría, creer  que  puede  prestarse  a nuestros  votos  cuando  nos 
place  interponer  su  divino  nombre  en  un  contrato  que 
choque  con  nuestra  libertad,  único  origen  de  la  moralidad  de 
nuestras  acciones:  semejante  suposición  indicará,  que  Dios 
tenía  algún  interés  en  multiplicar  nuestros  deberes  en 
perjuicio  de  la  libertad  natural  por  medio  de  estos  compro- 
misos" ^29). 

Roscio  considera  en  el  "Manifiesto"  de  1811  que  Dios 
crea  un  orden  natural  y que  su  Providencia  estimula  a los 
hombres  a desarrollarlo  y realizarlo  con  desempeño  de  su 
libertad,  sin  que  en  el  orden  de  la  revelación  y de  la  autoridad 
eclesiástica  mande  algo  distinto:  "para  que  todos  sepan  que 
los  gobiernos  no  tienen,  no  han  tenido  ni  pueden  tener  otra 
duración  que  la  utilidad  y felicidad  del  género  humano:  que 
los  reyes  no  son  de  una  naturaleza  privilegiada,  ni  de  un 


200 


orden  superior  a los  demás  hombres:  que  su  autoridad  emana 
de  la  voluntad  de  los  pueblos,  dirigida  y sostenida  por  la 
providencia  de  Dios,  que  deja  nuestras  acciones  al  libre  albe- 
drío: que  su  omnipotencia  no  interviene  a favor  de  tal  o cual 
forma  de  gobierno;  y que  ni  la  religión  misma  ni  sus  ministros 
anatematizan  ni  pueden  anatematizar  los  esfuerzos  que  hace 
una  nación  para  ser  independiente  en  el  orden  político,  y 
depender  sólo  de  Dios  y de  su  Vicario  en  el  orden  moral  y 
religioso 

Pero  no  solo  se  afirma  esta  autonomía  para  que  la  so- 
ciedad civil  se  encauce  conforme  a la  recta  razón  sino  que  la 
Biblia  nos  muestra  a un  Dios  que  lucha  con  su  pueblo  contra 
la  esclavitud.  Aquí  vemos  a Roscio  inspirándose  para  su 
teología  de  la  liberación  en  la  liberación  israelita  de  Egipto, 
de  Nabucodonosor  I,  de  Antioco  Epífanes  y también  de  los 
abusos  de  sus  propios  reyes  israelitas:  “El  pueblo  de  Dios 
gobernado  por  El  mismo  y dirigido  por  milagros,  portentos  y 
beneficios,  que  tal  vez  no  se  repetirán  jamás  ofrece  una 
prueba  del  derecho  de  insurrección  de  los  pueblos  que  nada 
dejará  que  desear  a la  piedad  ortodoxa  de  los  amantes  del 
orden  público"  . Después  de  presentar  una  serie  de  casos 
bíblicos  concluye:  “Y  será  de  peor  condición  el  pueblo 
cristiano  de  Venezuela,  para  que  declarado  libre  por  el  go- 
bierno de  España,  después  de  trescientos  años  de  cautiverio, 
pechos  y vejaciones  e injurias,  no  pueda  hacer  lo  que  el 
mismo  Dios  de  Israel  que  adora,  permitió  en  otro  tiempo  a su 
pueblo  sin  indignarse,  ni  argliirlo  en  su  furor  Su  dedo  divino 
es  el  norte  de  nuestra  conducta,  y a sus  eternos  juicios 
quedará  sometida  nuestra  resolución"  <32). 

"Si  la  independencia  del  pueblo  hebreo  no  fue  un 
pecado  contra  la  ley  escrita,  no  podrá  serlo  la  del  pueblo 
cristiano  contra  la  ley  de  gracia.  Jamás  ha  excomulgado  la 
silla  apostólica  a ninguna  nación  que  se  ha  levantado  contra  la 
tiranía  de  los  reyes  o los  gobiernos  que  violaban  el  pacto 
social''^33)  . Trae  varios  ejemplos  recientes  de  Suiza, 
Holanda,  Francia  y finalmente  la  independencia  de  América 
del  Norte  a la  que  ayudó  el  católico  rey  español  Carlos  III.  Y 
"ahora  que  el  orden  de  los  sucesos  la  presenta  con  más  justi- 
cia a la  América  del  Sur,  quieren  los  que  se  dicen  apoderados 
de  su  nieto,  abusar  de  la  religión  que  tanto  respetó  Carlos  III, 
para  continuar  en  la  más  atroz  e inaudita  de  las  usurpa- 


201 


dones  . . . ¡Dios  justo.  Dios  omnipotente.  Dios  piadoso! 
¿Hasta  cuándo  ha  de  disputar  el  fanatismo  el  imperio  a la 
sagrada  religión  que  enviaste  a la  sencilla  América  para  tu 
gloria  y felicidad?  "<34). 


3.  LA  RELIGION  REDUCIDA  A IDEOLOGIA  LEGITIMADORA 

DEL  PODER 

El  mismo  año  181 1,  se  ve  obligado  a elaborar  un  escrito 
"El  Patiotismo  de  Nirgua  y Abuso  de  los  Reyes"  contra 
quienes  reduciendo  la  religión  a ideología  legitimadora  del 
orden  establecido  tratan  de  mantener  la  sumisión  del  pueblo. 
Este  es  uno  de  los  escritos  de  mayor  interés  de  Roscio  sobre 
el  papel  liberador  del  cristianismo.  Primero  plantea  el  estado 
de  las  conciencias  populares  en  Nirgua  después  de  siglos  de 
sumisión  y manipuladas  por  algunos  clérigos  de  Valencia. 
Animados  por  los  vecinos  de  San  Felipe,  los  habitantes  de 
Nirgua  juraron  la  independencia  y su  ayuntamiento  lo 
comunicó  al  gobierno.  Roscio  envió  en  contestación  el  escrito 
a que  nos  referimos. 

Los  felicita  primero  por  "la  sublimidad  de  sentimientos 
que  manifestó  arrojando  en  una  hoguera  en  esa  plaza  pública 
el  retrato  y armas  de  Fernando  el  hijo  de  María  Luisa  y el 
pendón,  que  como  monumentos  de  ignominia  y servidumbre 
permanecían  en  la  sala  de  un  cuerpo  capitular,  depositados 
por  transmisión  de  nuestros  progenitores,  fascinados  con  la 
idolatría  que  se  tributaba  a los  reyes,  apoyada  y propagada  de 
generación  en  generación  por  el  monopolio  que  éstos  tenían 
con  varios  eclesiásticos  que  abusando  de  su  ministerio  y de  las 
santas  escrituras,  empeñaban  su  palabra  en  mantener  la 
ilusión  en  los  pueblos  para  que  no  se  instruyesen  del  vicioso 
origen  de  los  reyes,  langostas  del  género  humano  que  tanto  ha 
gemido  bajo  su  sanguinario  cetro  de  hierro,  empuñado  por  lo 
común  sin  otro  título  que  el  de  la  fuerza  y usurpación. 

"Piensan  muchos  ignorantes,  que  el  vivir  sin  rey  es  un 
pecado;  y este  pensamiento  fomentado  por  los  tiranos  y sus 
aduladores,  se  ha  hecho  tan  común,  que  para  definir  el  vulgo 
a un  hombre  malvado  suele  decir  que  vive  sin  rey  y sin 
ley"(35) 


202 


Después  de  descubrir  tan  vigorosamente  la  manipulación 
ideológica  a través  de  la  religión  demuestra  que  vivir  sin  rey  es 
más  acorde  con  el  orden  natural  y con  la  escritura: 

Sin  rey  vivieron  nuestros  primeros  padres:  sin  rey  vivieron  sus 
descendientes  antes  del  diluvio:  sin  rey  vivieron  los  de  la 
familia  de  Noé  y toda  su  posteridad  más  de  doscientos  años 
después  del  diluvio  y vivieron  con  menos  males  que  los  que 
sobrevinieron  a la  aparición  de  los  reyes  . . . (36) 

Después  de  una  larga  lista  de  pueblos  que  han  vivido  sin 
rey  continúa:  "Sin  rey  vivieron  otras  muchas  repúblicas  mo- 
dernas: y sin  rey  vive  la  primera  que  recobró  su  indepen- 
dencia y libertad  en  este  Nuevo  Mundo:  sin  rey  vivió  Abrahán 
y su  sobrino  Loth:  sin  rey  vivió  su  numerosa  descendencia 
más  de  800  años,  hasta  que  su  ingratitud  mereció  ser  casti- 
gada con  el  gobierno  de  los  reyes  en  tiempo  de  Samuel. 
Ninguno  más  que  este  profeta  sabía  la  viciosa  conducta  de 
los  reyes:  él  la  refiere  en  un  discurso  excelente  y acomodado 
a las  cortes  de  nuestros  tiempos,  cuyos  desórdenes  son  los 
mismos  que  entonces  manifestaba  el  divino  Samuel, 
transmitidos  por  desgracia  hasta  nosotros  y derivados  todos  de 
la  idolatría. 


"Dios  no  crió  reyes  ni  emperadores,  sino  hombres  hechos 
a imagen  y semejanza  suya.  Pecó  el  hombre,  y su  pecado  trajo 
sobre  sí  y sobre  su  posteridad  la  muerte  y todo  género  de 
penas.  La  tierra  por  todas  partes  producía  abrojos  y espinas 
para  vengar  la  prevaricación  de  Adán;  pero  la  Divina  Justicia 
rehusaba  castigar  su  desorden  primitivo  con  el  gobierno 
monárquico:  fue  menester  que  otra  ingratitud  del  pueblo 
escogido  exigiese  el  azote  de  los  reyes  que  aparecieron  bajo 
las  sombras  de  la  ¡dolotría.  Aunque  pecó  él  hombre  quedó 
ilesa  su  voluntad  y libre  albedrío  para  establecer  el  gobierno 
que  fuese  más  conveniente  a su  felicidad:  y de  esta  fuente 
nace  el  derecho  que  tienen  los  pueblos  para  quitar,  alterar  o 
reformar  el  gobierno  establecido  cuando  así  lo  exige  la  salud 
pública,  y el  convencimiento  de  ser  establecido  para  servir,  no 
para  dominar  a los  hombres;  para  hacerlos  felices,  no  para 
abatirlos,  para  conservar  su  vída,  su  libertad  y sus  propie- 
dades, no  para  oprimirlos  ni  sustraerles  sus  fueros  sagrados  e 
imprescriptibles". 


203 


"El  gobierno  republicano  fue  primero  porque  es  más 
conforme  a la  naturaleza  del  hombre.  Antes  del  diluvio  y 
mucho  tiempo  después  se  conservaron  las  repúblicas,  y no  se 
conocían  ni  monarquías  ni  aristocracias.  Aún  no  había 
llegado  a tanto  grado  de  codicia  y ambición,  que  un  sólo 
hombre  aspirase  a enseñorearse  de  sus  semejantes,  a escla- 
vizarlos y venderlos  como  ganado  o mercancía.  Aún  no  eran 
conocidas  entre  los  hombres  aquellas  alteraciones  que 
posteriormente  sirvieron  de  pretexto  a la  clasificación  de  los 
individuos  de  la  especie  humana.  La  uniformidad  de  color  y 
otros  accidentes  sostenían  el  sistema  republicano  entre  los 
descedientes  de  Adán,  y Noé"^37^. 

Después  de  cuestionar  la  monarquía  como  dominación 
del  hombre  por  el  hombre,  Roscio  ha  proclamado  el  derecho 
de  los  pueblos  a darse  el  gobierno  que  sea  más  útil  para  su 
felicidad  y de  paso  afirma  que  la  única  legitimación  de  un 
gobierno  es  que  está  "para  servir,  no  para  dominar  a los 
hombres". 

Una  vez  que  surge  la  dominación  del  hombre  por  el 
hombre,  como  fruto  de  esa  situación,  nace  la  ideología  de  la 
dominación  que  manipula  la  religión  para  presentar  a Dios 
como  defensor  del  monarca  y a éste  como  hijo  de  Dios. 
Instaurado  el  poder  viene  la  divinización  del  mismo,  es  decir 
la  presentación  de  la  dominación  como  algo  religiosamente 
legitimado  y que  obliga  por  tanto  a los  súbditos  a la  sumisión. 
Por  eso  la  ¡dolotría  y el  rechazo  del  verdadero  Dios  florecen 
en  esta  situación  de  dominación  social.  De  la  dominación 
nace  la  idolatría  y en  la  liberación  se  halla  el  verdadero  Dios. 
Roscio  dice  que  cuando  los  hombres  abandonaron  la  ley 
natural  y al  verdadero  Dios  por  la  idolatría  apareció  la  monar- 
quía: "Un  joven  valiente  y astuto  acostumbrado  a la  caza  de 
fieras,  es  el  primero  que  adquiriendo  entre  los  asirios  y babi- 
lonios un  gran  séquito  de  admiradores  domina  por  la  fuerza  a 
sus  semejantes,  sustituye  el  nombre  de  rey  al  de  usurpador  o 
ladrón,  que  eran  sinónimos,  y de  la  caza  de  fieras  se  convirtió 
en  cazador  de  hombres.  Venator  hominum,  le  llama  la  Escri- 
tura"<38). 

"Al  paso  que  se  aumentaba  la  idolatría,  se  aumentaba 
también  el  número  de  los  imitadores  de  Nembrod.  Este  era  el 
nombre  del  primero  que  se  tituló  monarca  y señor  de  los  que 
tuvieron  la  desgracia  de  vivir  bajo  su  mando.  En  la  idolatría 


204 


que  los  produjo  hallaron  medios  de  multiplicarse  y conser- 
varse sin  necesidad  de  ía  fuerza  continuada  de  las  armas.  . 
Valía  más  que  ellas  la  falsa  opinión  que  inspiraba  el  error  y la 
ignorancia.  De  aquí  resultó  considerarse  ya  como  punto  de 
religión  el  engrandecimiento  y desmesurada  ambición  de 
estos  opresores.  Con  este  escudo  lograron  el  amparo  de  su 
opresión,  y que  los  oprimidos  se  abstuvieron  de  recuperar  con 
frecuencia  sus  derechos  usurpados.  Lograron  mucho  más. 
Degradado  el  hombre  por  su  falsa  creencia,  adquirió  tanto 
exceso  la  degradación,  que  no  contentos  con  la  muche- 
dumbre de  dioses  celestiales,  también  adoraban  como  tales 
innumerables  sublunares.  Las  más  despreciables  sabandijas, 
las  más  humildes  yerbas  eran  otras  tantas  deidades  que  multi- 
plicaban asombrosamente  el  politeísmo.  El  hombre  más 
borracho  y la  mujer  más  prostituta  también  se  deifican,  y son 
colocados  en  el  catálogo  de  los  dioses.  Baco  y Venus  reciben 
adoraciones  entre  los  gentiles,  y ya  los  reyes  no  tenían  sino 
un  brevísimo  paso  que  dar  para  llegar  también  a ser  reputados 
y adorados  como  deidades. 

"La  licencia  del  demonio  en  aquellos  tiempos,  y los 
sacerdotes  de  los  ídolos  fueron  los  medios  de  que  se  valieron 
los  reyes  para  lograr  sus  designios.  Por  medio  de  ellos 
engañan  a los  pueblos,  y les  hacen  creer  que  su  autoridad 
venía  inmediatamente  de  los  cielos:  que  ningún  monarca  tenía 
superior  sobre  la  tierra:  que  su  voluntad  era  la  de  los  dioses: 
que  aunque  fuesen  tiranos  y malévolos,  debían  ser 
reconocidos,  obedecidos  y adorados  como  divinos:  que  sólo 
Júpiter  el  gran  padre  de  los  dioses,  podía  exigirles  cuentas  y 
razón  de  su  procedimiento,  juzgarlos  y corregirlos:  que  sus 
leyes  todas  como  inspiradas  por  el  Santo  Numen,  debían  ser 
obedecidas  y ejecutadas,  por  más  injustas  y perniciosas  que 
fuesen"^40). 

En  este  análisis  de  la  dominación  que  desvía  la  religión 
hacia  la  legitimación,  Roscio  se  adelanta  a Marx  y lo  hace  en 
forma  matizada  dejando  abierta  la  posibilidad  de  una  religión 
cuestionadora  de  la  dominación.  La  dominación  humana  es  a 
la  vez  la  usurpación  de  los  derechos  del  cielo  y del  pueblo: 
"Usurpación  de  los  derechos  del  cielo,  usurpación  de  los 
derechos  del  pueblo,  era  todo  el  compendio  de  la  ley  que 
practicaban  los  tiranos  que  imitaban  y sucedían  a Nembrod 
en  el  siglo  quinto  después  del  diluvio"  '41^. 


205 


4.  EL  CRISTIANISMO  LIBERADOR;  SU  SIGNIFICADO  POLI- 
TICO Y SU  CORRUPCION 

Frente  a esta  idolatría  de  los  reyes  está  el  Dios  verda- 
dero. 

"Este  era  su  lastimoso  estado  cuando  compadecidos  los 
cielos  de  los  males  que  gravitaban  sobre  ella,  la  preservan  de 
su  total  corrupción:  resuena  entonces  la  vos  del  Dios 
verdadero,  y se  establece  en  una  pequeña  parte  del  globo 
aquella  excepción  feliz»  de  donde  había  de  nacer  el  encargado 
de  quebrantar  las  cadenas  de  la  tiranía.  Abrahán  es  llamado 
para  que  en  su  persona  y familia  se  conserve  la  religión 

verdadera,  y un  gobierno  contrapuesto  al  de  los  reyes  ( 

. . .)  En  Egipto  después  de  la  muerte  de  sus  favorecedores  se 
fomenta  el  odio  de  los  reyes,  bajo  la  tiranía  de  otro  Faraón 
que  gobernaba  a los  Israelitas  con  vara  de  hierro;  pero  ellos 
acaudillados  del  mejor  PATRIOTA  de  aquellos  tiempos 
quedaron  independientes  y libres  de  su  imperio  a pesar  del 
juramento  de  obediencia  que  los  ligaba''^42). 

Después  de  hacer  el  recuento  del  Antiguo  Testamento 
viene  al  nuevo  y presenta  a Jesucristo  como  libertador.  Vale 
la  pena  extractar  algunos  párrafos  por  más  significativos. 

"Viene  al  mundo  el  Mesías  prometido,  no  con  la  idea  de 
fundar  monarquías  sino  una  república  de  salud  eterna, 
cuando  casi  todos  gemían  bajo  la  tiranía  del  demonio,  y de 
sus  vicarios  los  reyes  y emperadores.  Para  que  fuese  más 
notable  la  redención  de  Jesucristo  permite  Dios  que  gimiesen 
entonces  los  mortales  bajo  esta  doble  servidumbre.  Jesucristo 
cuyo  carácter  era  el  de  libertador  y redentor,  no  podía 
aprobar  la  usurpación  de  los  emperadores  de  Roma  y demás 
opresores  de  aquella  época". 

"La  doctrina  de  Jesucristo  era  una  declaración  de  los 
derechos  del  hombre  y de  los  pueblos.  Sin  cesar  les  hablaba 
de  su  igualdad  primitiva;  los  consolaba  de  los  errores  de  la 
tiranía:  los  exhortaba  en  término  muy  expresa  (SIC)  a que  no 
tomasen  la  cualidad  de  Señor  (Mat.  8,  9 y 10)  porque  sólo 
tenían  uno  que  era  el  mismo  Jesucristo,  y todos  los  demás 
hombres  eran  hermanos" 

Para  la  autoridad  civil  sólo  exigía  el  acatamiento  racio- 
nal: "sumisión  racional  y no  ciega  era  la  que  exigía  de  los 


206 


individuos  este  divino  Libertador  por  boca  del  Apóstol  (A. 
Romanos  21,  1)  en  su  carta  a los  romanos.  Nada  agradaba  a 
los  emperadores  de  Roma,  ni  a sus  satélites  esta  doctrina. 
Ellos  temían  que  se  hundiese  el  coloso  de  su  potencia  y 
despotismo,  si  los  pueblos  llegaban  a instruirse  perfectamen- 
te de  ella.  De  este  temor  resultó  la  persecución  que  movieron 
contra  el  cristianismo  en  la  sangre  de  los  mártires:  pero  en 
vano  trabajaron:  su  persecución  aumentaba  el  número  de  los 
cristianos,  y cuanto  más  crecía  el  de  los  mártires  tanto  más  se 
propagaba  la  religión  Católica"^44). 

Aquí  Roscio  nos  ofrece  una  intuición  muy  importante: 
el  cristianismo  mientras  socialmente  no  estaba  en  el  poder  —y 
esa  es  su  condición  original—  tiene  una  indetenible  fuerza 
liberadora  de  los  oprimidos.  Por  el  contrario,  en  la  medida  en 
que  se  hace  poder  en  una  sociedad  donde  reina  ia  dominación 
del  hombre  por  el  hombre,  se  convierte  en  religión  legiti- 
madora, en  "opio  del  pueblo".  Por  eso  nos  presenta  cómo  el 
imperio  romano  logró  cambiar  este  significado  y realidad 
social  del  cristianismo  con  el  constantinismo. 

"Frustrados  sus  tiros  por  esta  vía  sanguinaria,  desis- 
tieron de  ella,  y entraron  en  otra  más  favorable  a su  tiranía. 
Intentaron  entonces  corromper  al  cristianismo,  intro- 
duciendo las  riquezas  en  la  Iglesia  y otras  cosas  del  siglo. 
Donaciones,  empleos,  dignidades  temporales  fueron  los 
nuevos  recursos  que  emprendieron  los  enemigos  del  hombre 
cristiano,  para  obtener  por  esta  senda  lo  que  no  habían 
podido  lograr  por  medio  de  la  persecución.  Profesaban  el 
cristianismo  con  esta  mira  política:  concedían  franquezas  y 
privilegios  a las  iglesias  y eclesiásticos,  halagaban  con  señoríos 
seculares  a los  primeros  prelados  y pusieron  en  movimiento 
otros  resortes  halagüeños  para  ganar  la  voluntad  y corres- 
pondencia de  sus  beneficiados.  En  cambio  de  todas  estas 
liberalidades  nada  más  esperaban  que  sostener  y fomentar  su 
despotismo  por  medio  de  los  eclesiásticos,  y aún  de  la  misma 
religión  de  Jesucristo  que  abiertamente  le  condenaba.  A la 
sombra  de  estas  falacias  ganaron  tanto  terreno  en  favor  de  su 
opresión  y tiranía,  que  según  .dice  San  Bernardo  en  poco 
estuvo  que  las  hijas  sofocasen  a la  madre.  Los  pontífices  y los 
déspotas  formaron  una  liga  criminal  para  remachar  los  grillos 
a las  naciones"^45). 


207 


Así  expone  magistral  mente  un  proceso  que  se  puede 
sintetizar  como  la  alianza  entre  cristianismo  y poder  domi- 
nador donde  aquel  da  la  bendición  y a cambio  recibe  de  e'ste 
la  protección  y el  privilegio.  Esta  evolución  llega  hasta  la 
conversión  del  papado  en  reino  temporal:  “Los  mismos  pontí- 
fices convertidos  en  reyezuelos  temporales  contra  la  expresa 
voluntad  de  Jesucristo  que  había  protestado  NO  SER  SU 
REINO  DE  ESTE  MUNDO."  Y esta  situación  de  Iglesia- 
poder  trae  consecuencias  doctrinales.  Así  "apoyaban  aque- 
lla falsa  y perniciosa  doctrina  que  fijaba  exclusivamente  en  el 
cielo  el  origen  de  los  reyes  y,  de  su  autoridad,  con  agravio  y 
usurpación  de  la  soberanía  de  los  pueblos"  í46*. 

La  lógica  consecuencia  de  este  proceso  es  que  "desde 
entonces  el  despotismo  que  es  un  grande  error  llamó  en  su 
ayuda  a la  ignorancia  para  esconder  bajo  el  celemín  las 
verdades  fundamentales  de  los  derechos  del  pueblo;  y ambos 
de  convenio  intentaron  asociar  a sus  delitos  una  religión  que 
los  condena,  y nos  ha  transmitido  los  monumentos  antiguos 
del  ingenio:  una  religión  que  es  ofendida,  cuando  los  prínci- 
pes y sus  aduladores  le  atribuyen  que  ella  ordena  una 
sumisión  ciega,  mientras  que  por  el  contrario  ella  llama  la 
discusión  y la  luz,  cuando  ordena  que  sea  racional  nuestro 
obsequio  y nuestra  obediencia:  una  religión  que  subor- 
dinando el  interés  personal  al  social  manda  al  hombre  que  se 
penetre  de  su  dignidad,  que  cultive  su  razón;  que  perfec- 
cione sus  facultades  para  concurrir  a la  felicidad  de  nuestros 
semejantes,  en  la  cual  quiere  que  cifremos  la  nuestra;  y de 
esta  manera  ensanchar  a nuestra  vida  vista  la  carrera  de  todo 
lo  bello  y lo  grande"  í47). 

Creo  que  en  este  análisis  del  proceso  histórico  que  ter- 
mina deformando  el  cristianismo  liberador  en  cristianismo 
legitimador  de  la  opresión  hay  una  aguda  comprensión  de 
sociología  religiosa  con  importantes  implicaciones  teológicas: 
No  es  la  religión  ni  el  cristianismo  en  este  caso,  el  que 
produce  el  desorden  social  y la  dominación,  sino  a la  inversa: 
una  vez  instaurada  una  sociedad  de  dominación,  los  domi- 
nadores tratan  —al  menos  con  parcial  éxito—  de  convertir  al 
cristianismo  en  su  aliado. 

Estas  son  las  ¡deas  fundamentales  de  Roscio  ya  en  1811 
donde  en  categorías  liberales  muy  propias  de  los  "ilustrados" 
de  la  época  se  adelanta  en  más  de  siglo  y medio  a la  com- 


208 


prensión  que  la  teología  de  la  liberación  —ayudándose  de  los 
aportes  marxistas—  hace  de  la  religión  y del  cristianismo 
como  liberador  o como  legitimador  de  una  dominación. 

En  1817  salió  el  documento  pontificio  en  favor  de  Fer- 
nando Vil  del  cual  extractamos  algunos  párrafos  al  comienzo 
de  este  trabajo. 

La  autoridad  papal  ponía  en  aprietos  las  conciencias 
cristianas  que  la  tomaron  en  cuenta  y Roscio  ve  la  impor- 
tancia de  relativizar  este  documento.  El  mismo  Pío  Vil, 
siendo  obispo  de  Imola  había  tenido  una  homilía  defen- 
diendo un  proceso  político  de  rebelión  liberar  parecido  al  de 
la  América  hispana.  Roscio  interviene  en  la  edición  de  esta 
homilía  en  español  en  Filadelfia  y lo  prologa.  Este  docu- 
mento "con  nuevos  argumentos  demostrará  que  muy  lejos  de 
ser  repugnante  al  cristianismo  la  forma  popular  de  su 
gobierno,  ella  es  la  más  conforme  a la  igualdad,  libertad  y 
fraternidad  recomendadas  en  el  Evangelio"  í48^. 

Alega  que  la  Escritura  está  contra  los  tiranos  y a favor 
de  la  libertad  de  los  pueblos:  "Hasta  el  ciego  mirará  entonces 
"que  abusa  de  ellas  y las  profana  quien  las  interpreta  contra 
la  libertad  del  pueblo  o contra  el  proceder  de  todas  las  nacio- 
nes oprimidas  y a beneplácito  de  sus  opresores"  <49). 

Después  de  hacer  alusión  a una  nota  de  un  ministro  de 
Fernando  Vil  al  Gobierno  de  los  Estados  Unidos  contra  los 
insurgentes  americanos  del  Sur  concluye:  "Dejarnos  intimidar 
con  ella,  sería  un  crimen  y seríamos  entonces  indignos  del 
carácter  de  cristianos  y de  la  bendición  de  los  santos 
apóstoles  Pedro  y Pablo.  Leed  os  ruego  el  impreso  que  rebate 
por  menor  las  fábulas  y supercherías  del  tirano  y sus  satélites. 
Recurrid  a lo  menos  a la  práctica  de  los  pueblos  cristianos 
insurrectos  contra  la  potestad  opresiva  de  sus  magis- 
trados" l5°l. 

Para  Roscio  eran  muy  importantes  las  buenas  relaciones 
con  el  Papa  como  cabeza  de  la  Iglesia.  Así  instruye  a Peñalver 
y Vergara,  comisionados  en  Londres,  desde  Angostura  el  7 de 
julio  de  1819:  "Abrirán  comunicaciones  con  el  Papa  como 
jefe  de  la  Iglesia  Católica  y no  como  señor  temporal  de  sus 
legaciones.  Contra  las  imposturas  de  nuestros  enemigos  le 
declararán  que  la  religión  católica  es  la  que  se  profesa  en  la 
Nueva  Granada  y Venezuela  y en  toda  la  América  insurrecta 


209 


contra  la  dependencia  colonial  y tiranía  del  Gobierno  espa- 
ñol. Le  dirán  que  este  mismo  gobierno  opresor  y desolador  de 
la  América  se  jacta  de  ser  auxiliado  por  el  sucesor  de  San 
Pedro  contra  la  emancipación  y felicidad  de  estos  paí- 
ses”(5l)  y les  da  algunos  de  los  argumentos  ya  señalados 
sobre  la  correspondencia  entre  la  soberanía  del  pueblo  y el 
Evangelio.  Concluye:  “En  suma  le  propondrán  las  bases  de 
concordato,  y el  nombramiento  de  una  persona  sufi- 
cientemente autorizada  por  concluirlo  en  Venezuela"  ^52). 

5.  EL  TRIUNFO  DE  LA  LIBERTAD  SOBRE  EL  DESPOTISMO 

Esta  es  la  obra  más  amplia  de  Roscio.  De  sus  489 
páginas  dedica  más  de  200  a defender  la  soberanía  del  pueblo 
con  testimonios  de  la  Escritura  desde  Moisés  a los  Apóstoles, 
desde  el  libro  de  los  Proverbios  hasta  las  cartas  de  San  Pablo. 
Todo  ello  es  leído  a la  luz  de  las  ideas  políticas  de  la  Ilus- 
tración en  general  y de  Rousseau  en  particular.  Roscio  aborda 
la  problemática  de  hacer  compatible  los  postulados  políticos 
que  a la  razón  humana  se  le  presentan  en  su  época  como  de 
gran  elevación  humana,  —decisivos  para  la  humanización  de  la 
política  y para  la  independencia  de  América—  con  la  fe 
cristiana  y las  enseñanzas  de  la  Escritura.  Conforme  a la  razón 
humana  habría  unos  axiomas  políticos  como  hay  unos  princi- 
pios matemáticos.  La  Biblia  admite  y respeta  estos  axiomas. 
Por  ejemplo:  "Por  más  que  se  afanen  los  déspotas  y sus 
cortesanos,  la  soberanía  ha  sido  y será  siempre  un  atributo 
natural,  e inseparable  del  pueblo.  Es  un  dogma  político  y 
cuasi  religioso"  <53).  Naturalmente  afirma  que  esta  soberanía 
del  pueblo  viene  en  último  término  de  Dios  y por  lo  mismo 
no  puede  ser  contradicha  por  la  fe:  El  Dios  de  la  razón  y el 
Dios  de  la  Biblia  no  se  pueden  contradecir. 

Como  se  señaló  antes,  cuando  en  la  Escritura  aparecen 
capítulos  que  parecen  apoyar  la  tiranía,  Roscio  aplica  lo  que 
hoy  llamaríamos  el  principio  de  la  inerrancia  de  la  Escritura. 
Esta  inerrancia  es  sólo  en  orden  a la  salvación  pero  no  en  las 
áreas  correspondientes  a las  diversas  ciencias  incluida  la  polí- 
tica . "Tan  falible  era  en  el  curso  de  los  astros  como  en 
política  el  escritor  de  los  libros  de  la  Sabiduría  y Pro- 
verbios"^54^. 


210 


A lo  largo  de  la  obra  aparecen  los  términos  roussonianos 
de  “contrato  social",  "voluntad  general",  y otras  ideas  libe- 
rales como  el  poder  legislativo  como  la  parte  más  noble  de  la 
soberanía  y producto  de  la  "razón  ¡lustrada",  y el  gobierno 
como  mero  administrador  (55). 

En  cuanto  al  Nuevo  Testamento  dice  que  "clara  es  pues 
la  imposibilidad  de  hallar  entre  los  libros  de  la  nueva  ley,  un 
ápice  que  contradiga  al  dogma  de  la  soberanía  nacional"  (56)  . 
Y esto  le  parece  lógico,  pues  la  gracia  no  destruye  la  natu- 
raleza. 

Junto  con  la  soberanía  del  pueblo  defiende  con  textos  y 
situaciones  de  la  Escritura  un  conjunto  de  actitudes  políticas 
necesarias  para  que  en  una  sociedad  dominada  por  el  despo- 
tismo de  los  reyes  pueda  llevarse  a cabo  la  implantación  de 
esa  soberanía.  Al  mismo  tiempo  trae  argumentos  contra  las 
monarquías  despóticas.  Veamos  algunas  de  estas  posiciones 
políticas  más  como  muestras  significativas  que  como 
exposición  exhaustiva: 

— La  legítima  violencia: 

Repeler  la  fuerza  con  la  fuerza  es  un  derecho  natural  y común 
a todos  los  vivientes. 

A una  violencia  inicua  debe  oponer  el  pueblo  una  violencia 
justa  para  repelerla  (57). 

Por  eso: 

Todo  movimiento  popular  o el  de  aquellas  personas  capaces  de 
salvar  al  pueblo  de  la  opresión, ^sea  cual  fuese  el  dictado  que  se 
le  aplique,  será  meritorio  y glorioso,  todas  las  veces  que  se 
encamine  a romper  el  yugo  de  la  tiranía,  a recobrar  la  indepen- 
dencia y libertad  nacional,  a librar  de  su  angustia  y trabajo  al 
inocente,  a indicar  el  ultraje  de  las  leyes  fundamentales  de  la 
sociedad.  Conjuraciones  y acechanzas  para  cualquiera  de  estos 
fines,  son  actos  dignos  de  alabanza  y honor"  (58). 

— Deber  de  desobediencia: 

Cuando  los  magistrados  no  mandan  conforme  a la  ley. 

Ejemplo  de  Moisés  en  la  desobediencia  al  Faraón. 

La  obediencia  ha  de  ser  racional  y no  ciega. 


211 


El  rechazo  de  la  esclavitud: 


Porque  va  contra  la  naturaleza  querida  por  Dios  y hay 
que  obedecer  antes  a Dios  que  a los  hombres. 

Porque  la  condición  de  esclavo  genera  la  mentalidad 
servil  y esclavos  que  prefieren  su  condición  a la  libertad.  Esta 
tendencia  se  vio  reforzada  cuando  . . . 

...  los  asesores  de  la  tiranía  colocaron  sus  cadenas  entre  las 
bienaventuranzas  y artículos  de  fe  ^9). 

Fuera  de  nosotros,  el  infame  tráfico  de  nuestros  seme- 
jantes (60). 

— La  identificación  con  la  dominación  como  desviación 
cristiana: 

Ya  en  decadencia  el  primitivo  espíritu  de  la  Cristiandad  decayó 
más  y más  con  este  exceso,  con  las  riquezas,  honores  y privi- 
legios mundanos.  Desapareció  la  pobreza  evangélica  y comenzó 
la  siembra  de  las  semillas  del  nuevo  poder.  iOjalá  no  se  hubie- 
sen propagado  tanto  en  los  siglos  posteriores!  (61) 

En  la  misma  vida  interna  de  la  Iglesia  ha  desaparecido  la 
vida  democrática  que  caracterizaba  a la  primera  comunidad 
como  consta  en  los  Hechos  de  los  Apóstoles.  La  vida  demo- 
crática duró  "hasta  que  se  disolvió  la  comunidad  de  bienes. 
Mitigada  entonces  la  democracia,  empezó  la  aristo- 
cracia" (62)  . A parte  del  valor  histórico  de  esta  afirmación, 
tiene  gran  importancia  analítica  el  relacionar  la  democracia 
con  la  comunidad  de  bienes  y la  división  económica  de  la 
sociedad  con  la  antidemocracia. 

Con  el  tiempo  "de  la  igualdad  y fraternidad  tan  reco- 
mendadas en  el  Evangelio  se  pasó  al  señorío  y vasallaje,  desde 
que  se  reunieron  en  una  sola  persona  el  principado  temporal 
y la  vicaría  de  Jesucristo”  (63>. 

Cuando  los  déspotas  políticos  se  dicen  cristianos  crean 
una  contradicción:  "En  su  conducta  manifiestan  a todo  el 
mundo  o que  el  Evangelio  no  obliga  a todos  los  cristianos,  o 
que  los  déspotas  y conquistadores  no  son  sino  cristianos  de 
solo  nombre,  mientras  que  están  obrando  contra  los  consejos 
y preceptos  de  Jesucristo"*64). 


212 


Roscio  pone  en  lo  económico,  en  la  desviación  de  la 
pobreza  evangélica,  la  dominación  del  hombre  consentida  y 
aun  practicada  en  la  Iglesia:  "Este  es  uno  de  los  excesos 
procedentes  de  los  vicios  que  pervierten  la  razón,  corrompen 
la  voluntad,  y hacen  que  el  más  fuerte,  el  más  astuto  y osado, 
labre  su  fortuna  a costa  de  la  miseria  y esclavitud  de  sus 
semejantes.  Reducida  a solo  nombre  la  pobreza  evangélica 
por  la  execrable  hambre  de  oro,  no  podía  ser  otro  el  fruto  de 
esta  reducción"^65). 

Ve  los  males  graves  que  ha  traído  a la  Iglesia  la  identi- 
ficación de  los  clérigos  con  el  poder:  "Infectados  del 

contagio  feudal,  reunieron  en  su  persona  el  poder  del  cielo,  y 
el  poder  de  la  tierra;  empuñaban  la  espada  y el  cayado; 
confundían  lo  espiritual  con  lo  temporal" '66^. 

En  este  orden  de  cosas  va  examinando  históricamente 
las  teorías  políticas  de  dominación  que  han  defendido  los 
teólogos  católicosyqueson  más  una  ideología  autolegitimadora 
que  teología  inspirada  en  la  liberación  bíblica.  Todas  estas 
refutaciones  las  hace  Roscio  por  tratarse  de  ideas  que  van 
contra  la  soberanía  del  pueblo.  Los  reyes  no  tienen  un  poder 
absoluto  intocable  dado  por  Dios.  Su  poder  sólo  tiene  consis- 
tencia moral  en  tanto  en  cuanto  se  ajusta  a la  razón.  En  caso 
contrario,  dice  Roscio,  se  llega  de  la  rebelión  hasta  el  tira- 
nicidio. Este  es  un  tema  al  que  dedica  un  capítulo  aparte: 
"Moisés  que  dio  a los  Hebreos  el  primer  ejemplo  de  resis- 
tencia a la  potestad  tiránica,  a que  él  mismo  se  hallaba  subor- 
dinado, fue  también  el  primero  en  allarnarles  la  práctica  del 
regicidio,  cuando  los  conducía  a ia  tierra  de  promisión''^67). 

\ 

— La  rebelión  contra  los  tiranos: 

Roscio  recuerda  la  doctrina  de  Santo  Tomás  a este  res- 
pecto: "Tratando  ex  profeso,  este  santo  del  gobierno  de  los 
príncipes,  enseñaba  que  era  lícita,  y aun  obligatoria  la  des- 
trucción del  tirano  y de  los  que  gobernaban  tiránicamente. 
Guiado  por  su  razón,  por  la  Escritura,  por  la  tradición  de 
todos  los  pueblos  libres,  escribió  lo  mismo  que  han  escrito  los 
varones  más  sabios  y virtuosos  de  todas  las  edades  del  mundo 
civilizado"  í68>. 

Pero  esta  no  es  la  doctrina  que  le  enseñaron  a Roscio 
bajo  el  monopolio  ideológico  del  monarca  Borbón  que  había 


213 


logrado  universidades  y seminarios  serviles:  "Me  confirmaba 
en  este  concepto  el  oír  calificar  de  pecado  gravísimo,  en  las 
escuelas  que  yo  cursaba,  no  solamente  el  regicidio,  más 
también  el  tiranicidio.  En  favor  del  monarca  reinante,  se 
exigía  sin  excepción  alguna  un  juramehto  de  no  defender,  ni 
aun  como  probable  la  opinión  que  sostiene  el  regicidio,  y 
tiranicidio,  contra  las  potestades  legítimas''^69). 

En  el  escrito  titulado  "El  Patriotismo  de  Nirgua  y Abuso 
de  los  Reyes"  en  1811  había  recordado  esta  situación  y la 
práctica  de  condenar  a los  defensores  de  dicha  doctrina: 
"Para  los  de  España  fue  tan  placentera  esta  condenación  que 
aceptándola  en  todas  sus  partes,  le  mandaron  observaran  las 
universidades  y colegios,  como  punto  cardinal  de  sus  esta- 
tutos, ordenando  que  ninguno  pudiese  obtener  cátedra  ni 
grado  literario,  sin  que  antes  jurase  no  defender,  ni  aun  como 
propable,  la  opinión  del  regicidio  y tiranicidio  que  antes  de 
Wiclef  había  enseñado  al  célebre  Francisco  Juan  Petit,  y sostu- 
vieron posteriormente  los  jesuítas.  He  aquí  la  verdadera  causa 
porque  fueron  arrojados  de  los  reinos  y provincias  de  España: 
Todo  lo  demás  fue  un  pretexto  de  que  se  valieron  los  tiranos 
para  simular  el  despotismo  y contener  la  censura  y venganza 
que  merecía  el  decreto  bárbaro  de  su  expulsión.  También 
lograron  extinguir  la  compañía  . . . "(70>. 

Así  mismo  presenta  largas  disquisiciones  para  explicar  la 
bondad  cristiana  y la  compatibilidad  escriturística  de  todo  el 
conjunto  de  las  ideas  políticas  de  la  Ilustración  (las  ideas 
democráticas  actualmente  vigentes  en  las  democracias  de  las 
sociedades  de  economía  capitalista  y de  una  u otra  manera 
bloqueadas  entonces  al  sentir  y al  pensar  cristiano). 

Seguramente  más  que  cada  argumento  particular  lo 
importante  y decisivo  para  Roscio  desde  el  punto  de  vista 
cristiano,  lo  que  trasciende  lo  circunstancial  de  aquella  época 
y también  lo  circunstancial  de  cada  pasaje  de  la  Escritura  es  la 
discusión  sobre  el  significado  básico  de  la  acción  y revelación 
de  Dios  para  el  orden  socio-político:  ¿liberación  u opresión? 
El  defensor  de  la  tiranía  "se  toma  la  libertad  de  interpretara 
su  modo  la  Escritura  en  lo  político,  en  lo  militar  y demás 
ramos  ajenos  a la  religión  y sus  dogmas,  y pretende  despo- 
jarme de  esta  misma  libertad,  cuando  debo  ejercerla  en  favor 


214 


de  los  oprimidos  y no  de  los  opresores.  Toda  interpretación 
en  su  concepto  es  buena,  cuando  favorece  a la  tiranía,  y 
pésima,  cuando  milita  por  la  libertad"  ^71). 

Este  es  el  principio  hermenéutico  básico  desde  donde 
deben  utilizarse  los  demás  instrumentos  de  interpretación: 
desde  el  Dios  liberador  y su  opción  a favor  del  pueblo 
oprimido. 

Después  hay  otros  enfoques  básicos  que  hoy  no  podemos 
compartir  y son  muy  de  la  época.  Por  ejemplo  una  separación 
casi  total  entre  el  orden  temporal  y el  espiritual,  aquel  funcio- 
naría con  la  recta  razón  natural  y éste  con  unas  disposiciones 
misteriosas  reveladas  <72). 

Roscio  termina  su  larga  obra  con  una  oración  que  qui- 
siera que  pronto  fuera  realidad,  rememorando  la  acción  de 
gracias  del  anciano  Simeón  por  haber  visto  al  Salvador: 
"Ahora,  Señor  (diré  yo),  dejarás  a tu  siervo  en  paz,  porque 
mis  pjos  han  visto  la  libertad  saludable  de  mi  país,  y de  todos 
mis  semejantes.  Estos  son.  Señor,  los  votos  de  mi  corazón,  y 
los  que  os  tributo  por  la  emancipación  y felicidad  de  todos 
los  oprimidos"  ^73^. 


V.  REFLEXION  FINAL 


Sin  duda  alguna  desde  el  punto  de  vista  de  la  liberación 
del  hombre  y de  la  realización  de  los  pueblos  el  modelo  polí- 
tico liberal,  la  democracia  republicana,  era  un  notable  avance 
sobre  la  monarquía  absoluta.  Al  cristiano  Roscio  se  le 
presentó  la  tarea  histórica  de  compatibilizar  en  la  práctica  y 
en  la  teoría  la  fe  con  los  nuevos  avances  de  la  humanidad.  La 
dificultad  especial  venía  de  haberse  compenetrado  tanto  el 
cristianismo  con  el  orden  feudal  y la  monarquía  imperantes 
que  llegaba  a parecer  orden  natural  e inmutable  esa  identi- 
ficación. 

Roscio  afirmó  con  todo  apasionamiento  el  avance  histó- 
rico que  suponían  la  república  y la  emancipación  de  los 
pueblos  americanos  con  respecto  al  régimen  anterior.  Natural- 
mente el  tiempo  se  ha  encargado  de  descubrir  los  problemas  y 
las  insuficiencias  reales  que  oculta  este  tipo  de  democracia. 


215 


De  manera  que  las  nuevas  formas  de  opresión  ofrecen  al 
cristiano  nuevas  tareas.  Lo  absoluto,  lo  que  ha  de  caracterizar 
al  cristiano  de  todos  los  tiempos  en  su  enfoque  de  la  política 
es  esta  búsqueda  de  alternativas  históricamente  viables  a la 
opresión  reinante,  sabiendo  que  cada  logro  histórico  abre  la 
puerta  a nuevas  tareas  pues  se  dan  nuevas  formas  de  opresión. 
Lo  que  aprendemos  de  Roscio  no  es  el  liberalismo  político, 
sino  la  tarea  de  un  cristiano  por  vincular  la  fe  a la  liberación  y 
el  derecho  de  afirmar  un  papel  en  la  construcción  del  futuro 
en  contra  de  un  orden  de  injusticia  que  había  sido  asimilado 
por  la  Iglesia  como  natural.  El  Espíritu  de  Diosen  la  historia 
actúa  a través  de  aquellos  hombres  que  en  su  libertad 
escuchan  la  invitación  a trabajar  por  la  liberación  hacia  la 
fraternidad  de  hijos  de  Dios  en  contra  de  cualquier  forma  de 
opresión  que  es  sostenida  por  la  idolatría  y la  falsa  religión. 


NOTAS 

(1)  Juan  Germán  Roscio  Obras  Tomo  III  p.  168. 

Publicaciones  de  la  Secretaría  General  de  la  Décima  Conferencia 
Interamericana.  Caracas  1953.  En  adelante  todas  las  citas  de  Juan 
Germán  Roscio  se  refieren  a esta  publicación  de  tres  tomos. 

(2)  Op.  Cit.  Tomo  II  p.  136. 

(3)  Ibidem. 

(4)  Op.  Cit.  II  p.  266  y 267. 

(5)  Cfr.  Op.  Cit.  Tomo  I Prólogo  XXVI. 

(6)  Cfr.  Op.  Cit.  Tomo  III  p.  1 14. 

(7)  Cfr.  Op.  Cit.  Tomo  II  p.  137. 

(8)  Cfr.  Guillermo  Emilio  Willwoll.  Sesquicentenario  de  Juan  Germán. 
Roscio;  Suárez-Rousseau-Roscio. 

Editorial  Lucre.  Caracas  1974. 

(9)  Cfr.  Op.  Cit.  Tomo  1 1 pp.  1 32,  1 33  y 1 34. 

(10)  Ibidem. 

(11)  fbidem. 

(12)  Ibidem. 

(13)  Ibidem. 

(14)  Carta  a Santander  en  Op.  Cit.  Tomo  III  pág.  170. 

(15)  En  el  Prólogo  de  "El  Triunfo  de  la  Libertad  sobre  el  Despotismo" 
en  Op.  Cit.  Tomo  I pág.  8. 

(16)  Ibidem. 

(17)  Op.  Cit.  Tomo  I pág.  10. 

(18)  Ibidem. 

(19)  Op.  Cit.  Tomo  I p.  19. 


216 


(20)  Ibidem. 

(21)  Op.  Cit.  Tomo  I pág.  20. 

(22)  Op.  Cit.  I p.  45.  Subrayado  nuestro. 

(23)  Op.  Cit.  I p.  17. 

(24)  Op.  Cit.  I p.  17. 

(25)  Citado  por  Hans  Küng  ¿Existe  Dios?  pág.  33;  Ediciones  Cris- 
tiandad. 

(26)  Rom.  8,  18-27. 

(27)  Op.Cit.  II  p.  42. 

(28)  Op.Cit.  III  p.  29  y 30. 

(29)  Op.Cit.  II  p.  66  y67. 

(30)  Op.  Cit.  II  p.  78. 

(31)  Ibidem. 

(32)  Op.Cit.  II  p.  79,  80. 

(33)  Ibidem. 

(34)  Ibidem. 

(35)  Op.Cit.  II  p.  86. 

(36)  Ibidem. 

(37)  Op.Cit.  II  p.  87  y 88. 

(38)  Op.Cit.  II  p.  88. 

(39)  Obsérvese  con  qué  acierto  señala  Roscio  la  importancia  de  la 
legitimación  y la  consiguiente  sumisión  voluntaria  de  los  súbditos 
como  sustitutivo  eficaz  del  odiado  recurso  de  la  represión  de  las 


armas.  E 

1 subrayado  es  nuestro. 

(40) 

Op.  Cit. 

II  p.  89. 

(41) 

Op.  Cit. 

II  p.  90. 

(42) 

Op.  Cit. 

II  pp.  90,  91. 

(43) 

Op.  Cit. 

II  p.  93. 

(44) 

Op.  Cit. 

II  p.  94. 

(45) 

Op.  Cit. 

II  pp.  94  y 95. 

(46) 

Ibidem. 

(47) 

Op.  Cit. 

II  pp.  95  y 96. 

(48) 

Op.  Cit. 

II  p.  105. 

(49) 

Op.  Cit. 

II  p.  111. 

(50) 

Op.  Cit. 

II  p.  115. 

(51) 

Op.  Cit. 

II  p.  243. 

(52) 

Op.  Cit. 

II  p.  244. 

(53) 

Op.  Cit 

pág.  35. 

(54) 

Op.  Cit. 

1 pág.  45. 

(55) 

Op.  Cit. 

1 pág.  54  y 55. 

(56) 

Op.  Cit. 

1 pág.  163. 

(57) 

Op.  Cit. 

1 p. 197. 

(58) 

Op.  Cit. 

1 p.  164. 

(59) 

Op.  Cit. 

1 p.  312. 

(60) 

Op.  Cit. 

1 p.  313. 

(61) 

Op.  Cit. 

1 p.  322. 

217 


(62)  Op.  Cit.  I p.  325. 

(63)  Ibidem. 

(64)  Op.  Cit.  I p.  327. 

(65)  Op.  Cit.  I p.  331. 

(66)  Op.  Cit.  I p.  332. 

(67)  Op.  Cit.  I p.  397.  Se  refiere  al  libro  de  los  Números  Capítulo  21 

(68)  Op.  Cit.  I p.  412. 

(69)  Ibidem. 

(70)  Op.  Cit.  1 1 p.  97.  Subrayado  en  el  original. 

(71)  Op.  Cit.  I P.  446. 

(72)  Ver  por  ejemplo  Op.  Cit.  I pp.  449  y 450. 

(73)  Op.  Cit.  I p.  465. 


BIBLIOGRAFIA 

ROSCIO,  Juan  Germán:  Obras  (3  volúmenes)  — Secretaría  General  de 
la  Décima  Conferencia  Interamericana,  Caracas,  1953. 
WILLWOLL,  Guillermo  Emilio:  Sesquicentenario  de  Juan  Germán 
fíoscio.  Suárez-Rousseau-Roscio  —Revista  de  la  Facultad  de 
Derecho  N°  49,  pp.  103—180. 


218 


AGUSTIN  CHURRUCA  PELAEZ 


El  pensamiento  de  Morolos 


I.  LA  NUEVA  ESPAÑA  EN  EL  CRUCE  DE  DOS  SIGLOS 

Tres  grupos  sociales  dominaron  la  economía  novo- 
hispana  durante  el  siglo  XVIII  y comienzos  del  XIX:  1)  El 
Consulado  de  la  ciudad  de  México,  que  dependía  del 
monopolio  sevillano  en  cuanto  al  comercio  exterior  y que 
mantenía  cautivo  al  mercado  interno;  2)  La  Iglesia;  3)  Los 
mineros  y hacendados. 

Los  dirigentes  de  estos  grupos,  españoles,  detentaban  el 
verdadero  poder  de  la  colonia.  Los  funcionarios  reales  debían 
unirse  a ellos  para  que  su  autoridad  no  fuera  decorativa. 

En  1761  el  rey  Carlos  III  en\4ió  a Nueva  España  al  Visi- 
tador José  de  Gálvez  con  instrucciones  de  reformar  las 
estructuras  económicas,  políticas,  religiosas  y sociales  a fin  de 
que  la  colonia  proporcionara  mayores  ganancias  a la 
Metrópoli. 

1.  EL  COMERCIO  EXTERIOR 

Gálvez  fomentó  las  exportaciones  novohispanas  en  tal 
medida  que  este  renglón  constituyó  el  fundamento  de  la 
economía  colonial.  Con  ello  creció  el  mercado  interno.  Las 


219 


relaciones  inestables  entre  estos  dos  sectores  de  la 
producción  conformaron  las  clases  de  la  sociedad. 

Para  aumentar  el  poderío  económico  de  la  corona, 
Carlos  III  combatió  el  monopolio  andaluz  y apoyó,  en 
cambio,  a otros  grupos  de  comerciantes  españoles.  En  1770 
permitió  que  los  puertos  de  Yucatán  y Campeche  quedaran 
abiertos  al  comercio  exterior.  Concedió  que  Nueva  España 
comerciara  con  Nueva  Granada  y Perú,  con  excepción  de  los 
productos  que  resultaran  competitivos  con  los  de  la 
Metrópoli,  por  ejemplo  el  vino. 

En  1796  Carlos  IV  retiró  a los  barcos  del  monopolio  de 
Cádiz  la  exclusividad  de  realizar  los  viajes  de  España  a 
Veracruz. 


La  Minería 


Como  efecto  del  decidido  apoyo  que  Gálvez  otorgó  a los 
mineros  —José  de  la  Borda,  Manuel  de  Aldaso,  Conde  de 
Regla,  entre  otros—  en  el  año  de  1800  eran  explotadas  3000 
unidades  mineras  cuya  producción  valía  25  millones  de  pesos 
anuales.  Daban  trabajo  a 14  mil  personas. 

Para  incrementar  la  producción  minera,  Carlos  III  fundó 
el  Consulado  de  Minería  (1776)  y el  Banco  del  Avío  (1784). 
Carlos  IV  estableció  la  Escuela  de  Minería  (1792). 

Los  dueños  de  las  minas  quedaron  exentos  del  pago  de 
impuestos  en  la  compra  de  materia  prima  y de  maquinaria. 
Como  resultado  de  la  política  económica  proteccionista 
otorgada  a este  sector  de  la  producción,  los  mineros  obtu- 
vieron un  150%  de  descuento  en  el  precio  del  azogue  y vieron 
redu9¡dos  sus  costos  generales  de  producción  en  un  15%. 

Muchos  comerciantes  invirtieron  sus  capitales  en  las 
minas  ante  la  perspectiva  de  obtener  ganancias  considerables. 
Para  1800  la  Nueva  España  producía  el  66%  del  total  de  la 
plata  que  circulaba  en  el  mundo.  La  corona  obtenía  sumas 
importantes  por  concepto  de  impuestos.  Entre  1760  y 1781 
Guanajuato  pagó  a España  23  millones  de  pesos.  La  mina  de 
La  Valenciana,  por  su  parte,  hizo  ganar  a su  dueño  la 
cantidad  de  8 millones  de  pesos  entre  los  años  1788—1798. 


220 


La  Industria 


La  actividad  industrial  de  la  colonia  fue  muy  restringida 
por  la  monarquía  para  evitar  que  resultara  competitiva  con  la 
peninsular  y para  facilitar  a ésta  las  exportaciones  hacia  la 
Nueva  España. 

El  proteccionismo  español  permitía  únicamente  las 
exportaciones  e importaciones  con  la  Metrópoli,  a costa  de  la 
economía  colonial,  si  bien  esta  política  produjo  un  gran 
auge  en  el  contrabando.  A la  América  le  estaba  prohibido 
explotar  azogue,  producir  seda,  harina,  jerga,  jabón  y 
muchas  cosas  más. 

En  esta  época  surgieron  los  monopolios  estatales  llama- 
dos Estancos.  El  del  Tabaco  inició  sus  operaciones  en  1765. 
Suprimió  la  propiedad  particular  en  el  ramo  y dio  inicio  a un 
cuasi  proletariado  industrial.  Entre  1785  y 1789  la  corona 
obtuvo  una  ganancia  de  cerca  de  16  millones  de  pesos, 
equivalentes  al  137%  de  la  inversión  y de  los  gastos  efec- 
tuados. En  cada  uno  de  los  años  siguientes,  hasta  1800,  este 
Estanco  envió  a Madrid  un  promedio  de  4 millones  de  pesos 
anuales. 


2.  LA  AGRICULTURA  Y LA  GANADERIA 


Esta  actividad  sufrió  restricciones  análogas  a las  ante- 
riores. En  la  Nueya  España  estaba  prohibido  plantar  viñas  y 
olivas,  destilar  miel  de  caña  y de  maguey,  explotar  montes, 
traficar  interiormente  con  los  granos,  etc.  Para  proteger  las 
plantaciones  de  Cuba  y Puerto  Rico,  los  reyes  prohibieron  la 
producción  del  azúcar  y del  aguardiente.  Cuando  España,  en 
cambio,  necesitó  lino  y cáñamo,  ofreció  grandes  facilidades 
para  que  fuera  cultivado. 

Pese  a estas  medidas,  la  agricultura  colonial  tuvo  un 
crecimiento  decidido.  En  1803  Guadalajara  produjo  3 mi- 
llones de  pesos  en  maíz,  trigo,  legumbres,  etc.  Tenía  esa 
región,  además,  370  haciendas,  1 18  estancias  y 1511  ranchos 
en  producción.  En  el  mismo  año,  la  ganadería  de  Michoacán 
redituó  2 millones  de  pesos.  En  el  noroeste  y noreste  los 


221 


rebaños  eran  numerosos  e incontables.  En  el  centro,  en  la 
región  cercana  a la  capital  había  824  haciendas,  871  ranchos 
y 57  estancias  en  1810.  Producían  cereal  y maíz.  Enviaban  la 
caña  al  Bajío  y de  Puebla  y del  Bajío  traían  trigo  y cebada. 
En  otras  regiones  este  tipo  de  actividad  era  similar  al  aquí 
descrito. 


3.  EL  REGIMEN  FISCAL 


Los  impuestos  recaudados  en  la  Nueva  España  eran 
cuantiosos.  Provenían  del  cobro  de  los  quintos,  del  almo- 
jarifazgo, de  la  venta  del  pulque  y aguardiente,  del  papel 
sellado  y la  lotería,  de  los  2/9  del  décimo,  de  la  venta  de 
pólvora  y salinas,  de  la  media  anata,  del  tabaco,  del  naipe, 
azoque.  Bulas,  vacantes  y varios  conceptos  más. 

La  alcabala  proporcionaba  a la  corona,  hacia  fines  del 
siglo  XVIII,  tres  millones  de  pesos  cada  año.  La  venta  del 
pulque  pagaba  en  esas  fechas  800  mil  pesos  anuales.  Los 
indígenas  tributaban,  en  el  mismo  período,  un  millón 
doscientos  mil  pesos. 

Fernando  VI  retiró  al  Consulado  la  concesión  de  cobrar 
la  alcabala  en  1754  y le  privó  del  control  que  ejercía  sobre  la 
Aduana  de  Veracruz.  Ordenó  la  apertura  de  24  oficinas  recau- 
dadoras de  impuestos  y las  situó  en  las  ciudades  principales. 
Fueron  establecidos  impuestos  a las  ventas  de  las  pulperías  o 
misceláneas.  Estas  medidas  produjeron  un  aumento  extra- 
ordinario en  la  recaudación  fiscal. 

Hacia  1750  los  virreyes  enviaban  al  monarca  alrededor 
de  un  millón  de  pesos  anuales.  En  1800  la  cantidad  que  salía 
del  püertode  Veracruz  era  de  7 millones  de  pesos.  Cinco  más 
eran  destinados  a la  ayuda  que  Nueva  España  proporcionaba 
a Cuba,  Puerto  Rico,  Santo  Domingo  y posesiones  españolas 
en  Asia. 

La  Corte  de  Madrid  obtuvo,  además,  diversas  recau- 
daciones extraordinarias.  La  confiscación  de  bienes  de  los 
jesuítas  le  había  producido  6 millones  de  pesos  hasta  1794. 
En  virtud  del  Decreto  de  1804  de  Enajenación  de  Fincas  de 


222 


Fundaciones  Piadosas  y Cobro  de  Capitales  prestados,  fueron 
trasladados  a Madrid  10  millones  de  pesos,  junto  con  otros  5 
provenientes  de  las  Cajas  de  Comunidades  y Censos  de  Indios. 

Si  las  rentas  novohispanas  producían  3 millones  de  pesos 
en  1712,  en  el  año  de  1765  sumaban  6 millones  y en  1798 
llegaron  a la  cantidad  de  21  millones. 

De  1784  a 1805  fueron  acuñadas  monedas  por  valor  de 
477  millones  de  pesos.  De  ellos,  342  pasaron  a España.  De  los 
135  millones  que  permanecieron  en  Nueva  España,  30  perte- 
necían al  rey,  25  a los  comerciantes  y 80  debía  repartírselos 
el  resto  de  la  población. 


4.  LAS  CONSECUENCIAS  SOCIALES 


La  colonia  novohispana  estaba  habitada  por  6.122.000 
personas  en  1810.  Unos  70  mil  individuos  eran  españoles 
(vascos  y santanderinos  principalmente).  Alrededor  de  un 
millón  eran  criollos.  Los  miembros  de  las  castas  eran 
1.338.706.  El  número  de  indígenas  sumaba  3.676.280. 

La  bonanza  económica  que  hemos  estudiado  llevó  a 
España  millones  de  pesos  coloniales  pero  también  dislocó  las 
estructuras  de  la  colonia,  generó  amplias  expectativas  polí- 
ticas y estalló  en  la  revolución  de  1810.  El  lento  reacomodo 
social  que  venía  teniendo  lugar  en  la  Nueva  España  quedó 
roto  de  una  manera  drástica. 

El  monto  de  las  exportaciones  aumentó  en  los  criollos 
su  conciencia  de  clase  despojada.  Ellos  sufrieron  una  grave 
frustración  social  y política,  tanto  mayor  cuanto  más  incon- 
trolable había  sido  su  esperanza  de  participar  en  el  beneficio 
que  estaba  reportando  el  progreso  económico  de  su  patria. 

El  grupo  de  españoles  que  manejaba  el  comercio 
exterior  deseaba  el  mantenimiento  del  orden  establecido.  El 
grupo  que  se  beneficiaba  del  mercado  interno,  en  cambio, 
anhelaba  profundamente  reformas  estructurales.  Estaba 
formado  por  individuos  pertenecientes  a la  clase  media  surgi- 
da cuando  el  mercado  interno  resultó  indirectamente 
favorecido  por  el  auge  de  las  exportaciones.  Eran  pequeños 


223 


comerciantes,  administradores,  letrados,  etc.,  que  com- 
prendían mejor  que  otros  lo  injusto  de  la  situación  social. 

La  tan  desigual  distribución  de  la  riqueza  mantenía  al 
pueblo  en  un  régimen  de  infrasubsistencia.  A los  indígenas  les 
habían  sido  arrebatadas  buena  parte  de  sus  tierras.  Junto  con 
los  miembros  de  las  castas,  trabajaban  como  peones  en  las 
minas,  las  haciendas  o las  ciudades.  Formaban  la  clase  pro- 
letaria de  las  urbes  así  como  el  proletariado  rural  móvil.  La 
sociedad  novohispana,  estratificada  rígidamente,  no  absorbió 
estos  desajustes  sociales. 

Indígenas  y castas  eran  presa  del  hambre  y de  Jas 
epidemias.  Iletrados,  no  tenían  conciencia  de  la  opresjón  que 
sufrían.  Se  la  despertaron  los  rebeldes  de  la  clase  media.  Con 
facilidad,  por  lo  demás,  por  el  hambre  que  experimentaban 
diariamente. 

Los  privilegiados  del  régimen  eran  los  mineros  expor- 
tadores, los  cuales  guardaban  una  relación  estrecha  entre  sí  y 
con  sus  compradores  españoles.  Sabían  que  el  acrecen- 
tamiemto  de  sus  fortunas  dependía  de  la  dependencia  de  la 
colonia.  De  ésta  dependían  también  las  ganancias  de  la 
burocracia  y de  los  oficiales  del  ejército  formado  casi  exclusi- 
vamente por  hispanos. 

El  malestar  social  puede  calificarse  de  agudo  y aun 
crónico.  Las  autoridades  virreinales  habían  reprimido  violen- 
tamente los  movimientos  de  rebeldía  surgidos  a fines  del 
siglo  XVIII. 

Por  otro  lado,  la  herida  que  había  causado  la  expulsión 
de  la  Compañía  de  Jesús  no  había  cicatrizado  ni  se  olvidaban 
los  muertos,  azotados  y encarcelados  que  había  dejado  la 
venganza  que  Gálvez  llevó  a cabo  contra  quienes  se  opusieron 
a la  tan  impopular  medida. 

Con  el  ejército  español  que  desembarcó  en  Veracruz,  en 
1765,  llegaron  protestantes,  masones  o ilustrados  que  se 
burlaron  del  catolicismo  del  pueblo.  El  regalismo  de  moda 
impuso  el  requisito  del  pase  del  virrey  a los  documentos 
papales.  El  derecho  de  asilo  fue  restringido  a partir  del  15  de 
mayo  de  1779  y las  inmunidades  del  clero  quedaron  redu- 
cidas desde  el  11  de  diciembre  de  1799.  Todo  ello  había 


224 


molestado  a un  pueblo  que  amaba  a su  clero,  sus  imágenes, 
templos  y costumbres  religiosas.  La  burla  que  los  extranjeros 
hacían  de  ello  no  fue  aceptada  por  los  novohispanos. 


5.  LA  SITUACION  POLITICA 


Carlos  III  reinó  en  España  y colonias  de  1759  a 1788. 
Envió  como  virreyes  a Francisco  Cagigal  de  la  Vega  (1760),  al 
Marqués  de  Cruillas  (1760-66),  al  de  Croix  (1766-71),  a 
Antonio  María  de  Bucareli  ( 1771-79),  a Martín  de  Mayorga 
(1779-83),  a Matías  de  Gálvez  (1783-85),  a Bernardo  de 
Gálvez  (1785-87),  a Alonso  Nuñez  de  Haro  y Peralta  (1787) 
que  también  fue  arzobispo  de  México,  y a Manuel  Antonio 
Flores  (1787-89). 

Carlos  IV  ciñó  la  corona  de  1788  a 1808.  Fueron 
virreyes  suyos  el  2o.  Conde  de  Revillagigedo  (1789-94),  el 
Marqués  de  Branciforte  (1794-98),  Miguel  José  Azanza 
(1798-1800),  Félix  Berenguer  de  Marquina  (1800-03)  y José 
de  Iturrigaray  (1803-1808). 

Los  españoles  gozaban  en  exclusividad  de  los  puestos 
importantes:  virrey,  mayordomo,  familiares,  secretario, 
prosecretario,  oficial  mayor,  regente  de  la  Audiencia,  alcaldes 
de  Corte,  director  de  Minería,  director  de  Alcabalas,  alcaldes 
ordinarios,  etc.  Los  intendentes  eran  hispanos  a excepción  de 
uno.  El  capitán  general  del  ejército,  los  mariscales,  briga- 
dieres, comandantes  y coroneles  eran  naturales  de  la  penín- 
sula, así  como  un  buen  número  de  capitanes  y oficiales. 

Así  las  cosas.  Napoleón  ordenó  la  invasión  de  España  en 
1808.  El  19  de  mayo  abdicó  Carlos  IV  en  favor  de  su  hijo 
FernandoVIl.  Padre  e hijo  fueron  obligados  por  Napoleón  a 
presentarse  ante  él  en  Bayona,  Francia.  Napoleón  nombró  rey 
de  España  a su  hermano  José.  El  pueblo  español  se  sublevó  en 
armas. 

La  noticia  llegó  a México  el  14  de  julio.  El  29  fue 
conocido  el  levantamiento  de  los  españoles  contra  el  usur- 
pador. Qué  posición  asumir  ante  los  acontecimientos,  fue  una 
cuestión  ampliamente  discutida  por  las  diversas  clases  sociales 


225 


sin  llegarse  a un  acuerdo  común,  eomo  que  los  intereses  y 
expectativas  de  cada  una  de  ellas  eran  diferentes.  Los  espa- 
ñoles temieron  que  cobrara  fuerza  el  movimiento  de  inde- 
pendencia. El  15  de  septiembre,  guiados  por  el  hacendado 
Gabriel  Yermo,  los  hispanos  apresaron  al  virrey  Iturrigaray  y 
a los  dirigentes  del  partido  americano  Azcarate,  Verdad,  Tala- 
mantes, entre  otros. 

Como  resultado  de  esta  arbitrariedad  gobernó  Pedro  de 
Garibay  del  16  de  septiembre  de  1808  al  19  de  julio  del 
siguiente  año.  La  Junta  Central  de  España  nombró  virrey  al 
arzobispo  Francisco  Xavier  Lizana  y Beaumont,  que  estuvo 
en  ese  puesto  del  19  de  julio  de  1809  al  8 de  mayo  de  1810. 

Los  criollos,  más  disgustados  que  antes  por  estos  acon- 
teceres,  conspiraron  tan  secretamente  como  pudieron.  La 
Audiencia  tomó  las  riendas  de  fa  colonia  del  8 de  mayo  de 
1810  al  13  de  septiembre  de  ese  año,  por  orden  de  la  Regen- 
cia. El  14  de  mayo  inició  sus  labores  el  59°  virrey,  Francisco 
Xavier  Venegas. 

Al  amanecer  del  16  de  septiembre  de  1810,  Don  Miguel 
Hidalgo  enarboló  el  estandarte  de  la  Virgen  de  Guadalupe  e 
inició  el  movimiento  de  independencia  de  México 


II.  NACIO  EN  VALLADOLID,  MURIO  EN 
SAN  CRISTOBAL 


En  esta  colonia  nació  el  mestizo  José  María  Morelos  y 
Pavón.  Vio  la  primera  luz  en  la  ciudad  de  Valladolid,  hoy 
llamada  Morelia,  el  30  de  septiembre  de  1765.  Fue  hijo  de 
Manuel,  carpintero,  y de  Juana,  hija  de  un  maestro.  Tuvo  dos 
hermanos:  María  Antonia  y Nicolás. 

Su  padre  murió  cuando  José  María  apenas  sabía  leer  y 
escribir.  Un  tío,  Felipe,  tomó  bajo  su  cuidado  al  niño  y le 
consiguió  el  trabajo  de  cuidar  vacas.  Convertido  en  mu- 
chacho, Morelos  trabajó  como  labrador  y arriero.  Recorrió 
los  actuales  estados  de  Michoacán,  México,  Morelos, 
Guerrero,  a partir  de  Uruapan,  Apatzingán  y Taretan. 

Esta  ocupación  le  facilitó  el  conocimiento  de  la  región 
en  donde,  durante  la  insurgencia,  obtendría  importantes 


226 


triunfos  y le  ayudó,  además,  a que  terminara  de  formar  su 
personalidad  endurecida  por  medio  del  trabajo  y el  enfren- 
tamiento al  peligro. 

En  1790  cambió  radicalmente  el  rumbo  de  la  vida  de 
José  María.  Ingresó  en  el  Colegio  de  S.  Nicolás  para  cursar  la 
carrera  sacerdotal.  El  alumno  contaba  entonces  25  años  de 
edad.  El  hecho  resulta  parecido  al  de  otro  personaje,  Ignacio 
de  Loyola,  quien  a los  33  años  tomó  asiento  también  en  las 
aulas  de  Barcelona.  Era  rector  de  la  institución  vallisoletana 
Don  Miguel  Hidalgo.  Frecuentaban  aquellas  aulas  José  María 
Cos,  José  Sixto  Berdusco,  otros  de  los  futuros  adictos  a la 
causa  de  la  independencia. 

Morelos  recibió  la  ordenación  sacerdotal  el  21  de  di- 
ciembre de  1797.  Desarrolló  sus  primeros  ministerios  en  los 
alejados  pueblos  de  Churumuco  y La  Huacama.  En  1799  fue 
trasladado  a Carácuaro  y Nocupétaro  cuyo  párroco  fue.  Allí 
vivía  cuando  supo  que  el  16  de  septiembre  de  1810,  Hidalgo, 
"su  maestro",  "su  rector"  —como  lo  llamaba  D.  José  María— 
había  tomado  las  armas  y desatado  la  lucha  emancipadora  de 
la  Nueva  España. 

Morelos  no  perdió  tiempo  en  presentarse  ante  D.  Miguel. 
Lo  alcanzó  en  Indaparapeo  y le  ofreció  sus  servicios  como 
capellán  del  pueblo  insurgente  que  en  número  de  100  mil 
personas  seguía  al  libertador.  Este  le  ordenó  se  dirigiera  a 
levantar  en  armas  el  sur,  en  favor  de  la  independencia.  El 
trascendental  encuentro  se  verificó  el  25  de  octubre  de  1810. 

Morelos  obtuvo  los  primeros  25  seguidores  en  su  propia 
parroquia.  Se  apoderó  de  Tecpan,  en  donde  se  le  unieron  los 
hermanos  Galeana,  y del  Cerro  del  Veladero,  cerca  de  Aca- 
pulco,  a donde  llegó  seguido  de  3 mil  hombres.  Los  realistas 
impidieron  que  Acapulco  pasara  a dominio  insurgente. 
Morelos  entró  en  Chilpancingo,  donde  los  hermanos  Bravo  le 
ofrecieron  sus  servicios  y venció  igualmente  en  Tixtla  y en 
Chilapa.  En  9 meses  reconquistó  grandes  extensiones  del  sur 
y disciplinó  admirablemente  sus  tropas. 

Optó  por  salir  rumbo  a la  ciudad  de  México.  Antes  de 
hacerlo  estableció  y organizó  la  Provincia  de  Tecpan  y dictó 
medidas  económicas  y sociales.  Para  llegara  la  capital  ingresó 
en  el  actual  estado  de  Puebla.  El  16  de  diciembre  de  1811 
triunfó  en  Izucar,  llamado  después  de  Matamoros,  porque 


227 


este  sacerdote  se  alistó  aquí  a las  órdenes  de  D.  José  María  y 
llegó  a ser  su  lugarteniente.  Morelos  envió  parte  de  sus  tropas 
a Oaxaca  y Taxco,  mientras  él  se  apoderaba  de  Tenancingo, 
llegó  a Toluca,  dejó  a un  lado  Puebla  y se  atrincheró  en 
Cuautla.  Al  finalizar  el  año  de  1811  el  Ejército  de  Recon- 
quista comandado  por  Morelos,  Matamoros,  los  Bravo,  los 
Galeana,  Guerrero,  Trujano,  Ayala,  etc.,  dominaba  los  esta- 
dos de  Michoacán,  México,  Oaxaca  y Puebla.  Amenazaba 
cortar  el  comercio  entre  la  capital  y el  puerto  de  Veracruz  y 
arruinar  la  economía  virreinal. 

Comprendiendo  la  situación,  el  virrey  Venegas  con- 
centró sus  fuerzas  militares  contra  Morelos,  desamparando 
para  ello  otros  frentes.  Calleja,  el  azote  de  los  insurgentes, 
sitió  Cuautla  el  19  de  febrero  de  1812.  Afirmó  que  en  24 
horas  liquidaría  las  fuerzas  de  Morelos.  La  resistencia,  admi- 
ración de  Wellington,  duró  72  días.  Morelos  dirigió  la 
retirada,  volvió  a Chilapa,  penetró  en  Tehuacán  el  10  de 
agosto  y después  en  Orizaba  y otros  lugares  del  estado  de 
Veracruz.  Venegas  y Calleja  quedaron  confundidos. 

D.  José  María  decidió  atrincherarse  en  la  ciudad  de 
Oaxaca  (25  de  noviembre)  desde  donde  podía  controlar  el 
camino  a Veracruz,  el  estado  de  Puebla,  el  estado  que  hoy 
lleva  su  nombre  y el  que  sería  bautizado  con  el  de  su  fiel 
Guerrero. 

En  vez  de  atacar  Puebla  y pasar  a México,  el  9 de 
febrero  de  1813  cayó  sobre  el  puerto  de  Acapulco,  que  no 
había  podido  dominar  antes.  No  pudo  lograrlo  sino  hasta  el 
20  de  agosto.  Esta  demora  causó  graves  daños  al  movimiento 
libertario  porque  detuvo  las  fuerzas  de  Morelos  en  aquel  lugar 
mientras  las  de  Calleja  se  reorganizaban  y acomodaban  en 
lugares  estratégicos  preparatorios  de  la  ofensiva  final. 
Recibieron  órdenes  de  concentrar  su  capacidad  de  fuego 
exclusivamente  contra  las  fuerzas  de  Morelos  sin  distraerse  en 
otras  acciones. 

En  tanto  desarrollaba  estas  operaciones,  D.  José  María 
no  había  descuidado  su  propósito  intencional  de  organizar 
política,  social  y económicamente  al  pueblo  que  estaba  inde- 
pendizando. 

Siguiendo  la  idea  de  Hidalgo,  insistió,  junto  con  otros 
conectados  dirigentes  del  levantamiento  popular,  en  la  nece- 


228 


sidad  de  celebrar  un  Congreso  Constituyente  que  redactara  la 
primera  Carta  Magna  de  la  América  Septentrional  libre.  Para 
ello  se  reunieron  en  Chilpancingo  (14  de  septiembre  de  1813) 
los  diputados  Padres  Morelos,  Berdusco,  Herrera,  Cos  y los 
letrados  Liceaga,  Bustamante,  Quintana  Roo,  López  Rayón, 
entre  otros. 

D.  José  María  leyó  ante  la  Asamblea  los  Sentimientos  de 
la  Nación,  en  que  expuso  su  ideario  en  23  puntos.  El  día  15 
Morelos  fue  nombrado  General  de  los  Ejércitos.  Rechazó 
otros  honores  y se  dio  a sí  mismo  el  título  de  Siervo  de  la 
Nación. 

El  Congreso  decretó  la  independencia  de  nuestra  patria 
el  6 de  noviembre.  Diputados  y ejército  salieron  rumbo  a 
Val ladolid  para  hacerla  asiento  del  Congreso  y para  recon- 
quistar, desde  ese  lugar  estratégico,  tanto  el  occidente -Gua- 
dalajara—  como  el  norte  — Guanajuato  y San  Luis  Potosí—  y el 
sur— la  capital—. 

El  22  de  diciembre  los  insurgentes  atacaron  Valladolid, 
en  donde  se  encontraba  el  obispo  electo  Manuel  Abad  y 
Queipo,  acérrimo  opositor  de  nuestra  independencia.  Morelos 
fracasó  estrepitosamente  a causa  de  unas  maniobras  desafor- 
tunadas y de  la  intempestiva  llegada  de  refuerzos  realistas 
comandados  por  Llano  e Iturbide.  El  brazo  derecho  de 
Morelos,  el  P.  Matamoros,  fue  fusilado  poco  después. 

Los  sobrevivientes  huyeron.  Con  los  soldados  que  pudo 
reunir,  Morelos  decidió  escoltar  al  Congreso  hasta 
Apatzingán.  Aquí,  el  22  de  octubre  de  1814,  fue  promulgada 
la  Constitución  cuya  redacción  había  sido  iniciada  en  Chil- 
pancingo. 

El  Congreso  prosiguió  su  huida  hacia  Oaxaca,  en  donde 
el  Siervo  había  decidido  rehacer  sus  fuerzas  y proseguir  la 
lucha.  En  Temazcala  los  peregrinos  fueron  sorprendidos  por 
las  fuerzas  represivas  a las  que  hasta  ese  momento  habían 
podido  burlar.  Morelos  les  hizo  frente  en  posición  desven- 
tajosa mientras  facilitaba  la  salida  de  los  congresistas  guiados 
por  el  General  Nicolás  Bravo.  La  victoria —6  de  noviembre  de 
1815— favoreció  a los  hispanos.  Trasladaron  a Morelos  a la 
ciudad  de  México  y lo  fusilaron  el  22  de  diciembre  de  1815 
en  la  cercana  población  de  San  Cristóbal  Ecatepec. 


229 


Unas  de  las  últimas  palabras  del  procer  fueron  las  que 
dirigió  al  coronel  realista  Concha:  "...  yo  quería  la  inde- 
pendencia de  mi  patria  y luché  por  ella.  No  me  arrepiento  de 
lo  que  he  hecho  por  ese  ideal.  Mi  conciencia  no  me 
acusa  Cuando  las  balas  penetraron  su  cuerpo,  Morelos 

estaba  pronunciando  las  palabras  del  Credo  de  los 
Apóstoles 


III.  LOS  ENEMIGOS  DEL  PUEBLO  Y SUS  ACCIONES 


Morelos  dirigió  su  levantamiento  armado  contra:  1)  la 
monarquía  borbónica  que  había  esclavizado  a los  novo- 
hispanos,  2)  contra  los  funcionarios  al  servicio  de  esa  corona 
y 3)  contra  los  españoles  europeos  que  habitaban  Nueva 
España. 

Aunque  un  grupo  de  insurgentes  opinaba  que  no 
convenía  declararse  abiertamente  contra  la  monarquía,  para 
.no  perder  adeptos  entre  el  pueblo,  poco  después  de  iniciada  la 
independencia,  Morelos  se  opuso  a esta  tendencia,  conside- 
rando que  ya  no  reinaba  Fernando  Vil  en  España  y que, 
aunque  no  hubiera  renunciado,  los  insurgentes  habían  deci- 
dido reconquistar  su  soberanía  e’  independencia  y romper  con 
el  rey,  ese  "joven  imbécil  . . . perseguido  y degradado",  como 
le  llamó  Morelos 

- Este,  reprochó  a los  funcionarios  reales  la  terrible 
opresión  que  habían  ejercido  contra  el  pueblo  y el  saqueo 
que  habían  hecho  de  sus  riquezas  . Los  españoles  europeos 
fueron  calificados  por  Morelos  como  "nuestros  enemigos 
implacables"^. 

Contra  la  monarquía,  sus  funcionarios  y los  europeos, 
Morelos  escribió  acusaciones  graves. 

Los  tildó  de  haber  mantenido  una  oprobiosa  y despótica 
dictadura  de  300  años  de  duración.  Por  medio  de  ella  pu- 
dieron robar  la  riqueza  de  América.  Desataron,  además,  una 
feroz  represión  contra  la  insurgencia  por  "su  resolución 
injusta  de  eternizar...  su  tiranía  en  estos  dominios,  cuya 
opulencia  tanto  excita  su  avaricia",  afirmó  el  Siervo.  "La  sed 
de  la  plata  y oro  en  vosotros  es  insaciable",  les  reprochó.  Al 


230 


campesino  novohispano  no  le  dejaban  ni  "el  fruto  del  sudor 
de  su  rostro  y personal  trabajo".  Despojaban  al  pueblo  impo- 
niéndole "enormes  exacciones",  y "opresivas  contri- 
buciones". Eran  incontables,  además,  las  "cantidades  de  plata 
y oro  que,  desde  la  conquista  de  Cortés  hasta  hace  año  y 
medio  se  han  llevado  los  gachupines  a su  reino  para  habilitar  a 
los  extranjeros  a costa  de  la  ruina  e infelicidad  de  los  habitan- 
tes de  este  suelo"  estos  enemigos  del  pueblo,  como  les 
llamaba  D.  José  María. 

"No  se  detienen  en  los  medios  de  hostilizarnos,  aunque 
reprobados  por  el  derecho  de  gentes,  como  consigan  el  fin  de 
esclavizarnos.  El  veneno,  el  fuego,  el  hierro,  la  perfidia,  la 
cébala,  he  aquí  las  baterías  que  nos  asestan  y con  que  nos 
hacen  la  guerra  más  ominosa",  aseguraba  el  libertador. 


Morelos  censuró  también  lo  que  él  llamaba  la  actuación 
sacrilega  de  los  tiranos,  por  más  que  éstos  se  decían  defen- 
sores de  la  religión.  Atentaron  sacrilegamente  contra  la 
esencia  religiosa  del  corazón  mexicano  y provocaron  una  enér- 
gica reacción  defensiva  del  pueblo.  Morelos  los  acusó  de  estar 
destruyendo  la  religión,  los  altares,  las  imágenes  y no  toleró 
que  blasfemaran  contra  Jesucristo  robaran  las  iglesias  y fusi- 
laran a los  sacerdotes  insurgentes  '6'. 


Hidalgo  había  sostenido  parecidas  acusaciones.  Refu- 
tando el  Edicto  de  la  Inquisición  lanzado  en  su  contra,  pre- 
guntó: "¿Quién  creería,  amados  conciudadanos,  que  llegase 
hasta  este  punto  el  descaro  atrevimiento  de  los  gachupines? 
¿Profanar  las  cosas  más  sagradas  para  asegurar  su  intolerable 
dominación?  ¿Valerse  de  la  misma  religión  santa  para  aba- 
tirla y destruirla?  ¿Usar  de  excomuniones  contra  toda  la 
mente  de  la  Iglesia?  ¿Fulminarlas  sin  que  intervenga  motivo 
de  religión?  Abrid  los  ojos,  americanos  . . .:  Ellos  no  son 
católicos  sino  por  política:  su  Dios  es  el  dinero  y las  conmi- 
naciones solo  tienen  por  objeto  la  opresión.  ¿Creéis,  acaso, 
que  no  puede  ser  verdaderamente  católico  el  que  no  esté 
sujeto  al  déspota  español?  ¿De  dónde  nos  ha  venido  este 
nuevo  dogma,  este  nuevo  artículo  de  fe? 


231 


IV.  EL  PRIMER  GOBIERNO  MEXICANO 


Cumpliendo  un  antiguo  anhelo  de  sus  antepasados,  que 
habían  muerto  sin  poder  realizar  su  deseo,  los  insurgentes 
desconocieron  al  gobierno  español  por  ilegítimo.  Vivieron  "el 
momento  glorioso  de  la  posesión  de  México"^8)  y fueron,  a 
partir  de  ese  histórico  entonces,  "dueños  y señores  libres  del 
país"  en  que  habían  nacido^9)..  Desconociendo  a Fernando 
Vil,  a José  Napoleón,  a la  Regencia,  a las  Juntas,  los  mexi- 
canos se  declararon  "el  legítimo  Gobierno  Americano" 

Los  insurgentes  juzgaron  que  por  haber  sido  preso 
Fernando  Vil,  la  soberanía,  que  reside  esencialmente  en  los 
pueblos,  había  recaído  nuevamente  en  la  nación. 

La  determinación  de  Morelos  era  clara:  "que  los  criollos 
gobiernen  el  reino  y que  los  gachupines  se  vayan  a su  tierra  o 
con  su  amigo  el  francés" ^ El  mismo  éxpresó  en  los  Senti- 

mientos: "América  es  libre  e independiente  de  España  y de 
toda  otra  nación,  Gobierno  o Monarquía"^12*. 

El  Lie.  Ignacio  López  Rayón  formó  la  Junta  de  Zitá- 
cuaro  o Suprema  Junta  Nacional  Americana,  con  el  fin  de 
coordinar  el  movimiento  insurgente.  El  19  de  agosto  de  1811 
convocó  a los  partidarios  de  la  independencia  para  que 
eligieran  a los  directores  de  la  Junta.  Morelos  no  pudo  asistir 
porque  estaba  situado  a lejana  distancia. 

Fueron  nombrados  el  mismo  López  Rayón  (presidente), 
José  María  Liceaga  y José  Sixto  Berdusco  (vocales  ambos),  el 
día  21. 

En  cuanto  conoció  el  resultado,  José  María  Morelos  juró 
obediencia  a esta  autoridad  que  formaba  el  primer  gobierno 
libre  '18>.  Sometió  a su  aprobación,  además,  todos  los  asuntos 
de  su  competencia.  Aceptó  el  nombramiento  de  Capitán 
General  que  la  Junta  le  extendió*14^. 

El  ejército  español  atacó  Zitácuaro  el  1 de  enero  de 
1812  y venció  la  resistencia  insurgente.  Calleja  fusiló  a 
quienes  pudo  apresar,  ordenó  que  la  población  fuera 
saqueada  y la  incendió  totalmente. 

López  Rayón  se  refugióen  tierrasde  Valladolid, Liceaga 
llegó  a las  de  Guanajuato  y Berdusco  a las  de  México.  A causa 


232 


de  las  peripecias  militares,  de  la  lejanía  entre  los  elegidos  y de 
sus  diferencias  ideológicas,  la  Junta  no  pudo  prestar  eficaz- 
mente sus  servicios,  pese  a ingentes  esfuerzos  de  Morelos  por 
defender  y consolidar  esta  institución  política. 

1.  EL  CONGRESO 

Morelos  insistió  a tiempo  y a destiempo  en  la  urgente 
necesidad  que  para  los  americanos  significaba  la  realización 
de  un  Congreso  Nacional  que  reasumiera  la  únic?  y legítima 
autoridad  de  la  nación  ^15!,  La  idea,  que  había  sido  clara- 
mente expresada  por  Hidalgo,  era  compartida,  como  vimos, 
por  numerosos  insurgentes,  que  inclusive  empezaron  a 
redactar  textos  provisionales  de  la  Constitución,  por  ejemplo 
fray  Vicente  Santamaría  y el  Lie.  Carlos  María  Bustamante. 

El  Congreso  inició  sus  labores  el  14  de  septiembre  de 
1813  en  la  ciudad  de  Chilpancingo.  Solicitó  al  Papa  Pío  Vil  la 
restauración  de  la  Compañía  de  Jesús En  opinión  de 
Morelos,  el  Congreso  velaría  por  los  intereses  de  la  nación  y 
restablecería  "la  autoridad  y el  imperio  de  las  leyes"  ^17^. 

2.  LA  INDEPENDENCIA 

El  6 de  noviembre  de  1813,  los  congresistas  emitieron  la 
"Solemne  Declaración  de  la  Independencia  de  la  América 
Septentrional"  cuyo  texto  reza  así:  "El  Congreso  de 
Anáhuac,  legítimamente  instalado  en  la  ciudad  de  Chil- 
pancingo, de  la  América  Septentrional,  por  las  provincias  de 
ella:  Declara  solemnemente,  a presencia  del  Sr.  Dios,  árbitro 
moderador  de  los  imperios  y autor  de  la  sociedad  que  los  da  y 
los  quita,  según  los  designios  inescrutables  de  su  providencia, 
que  por  las  presentes  circunstancias  de  la  Europa,  ha  reco- 
brado el  ejercicio  de  su  soberanía,  usurpado;  que  en  tal 
concepto,  queda  rota  para  siempre  jamás  y disuelta  la  depen- 
dencia del  trono  español;  que  es  árbitro  para  establecer  las 
leyes  que  le  convengan  para  el  mejor  arreglo  y felicidad 
interior,  para  hacer  la  guerra  y paz  y establecer  alianzas  con 
los  monarcas  y repúblicas  del  Antiguo  Continente,  no  menos 
que  para  celebrar  concordatos  con  el  Sumo  Pontífice 


233 


Romano,  para  el  régimen  de  la  Iglesia  Católica,  Apostólica 
Romana,  y mandar  embajadores  y cónsules;  que  no  profesa  ni 
reconoce  otra  religión  más  de  la  católica,  ni  permitirá  ni 
tolerará  el  uso  público  ni  secreto  de  otra  alguna;  que  prote- 
gerá con  todo  su  poder  y velará  sobre  la  pureza  de  la  fe  y de 
sus  dogmas  y conservación  de  los  cuerpos  regulares;  declara 
por  reo  de  alta  traición  a todo  el  que  se  oponga  directa  o 
indirectamente  a su  independencia,  ya  sea  protegiendo  a los 
europeos  opresores,  de  obra,  palabra  o por  escrito,  ya  negán- 
dose a contribuir  con  los  gastos,  subsidios  y pensiones  para 
continuar  la  guerra  hasta  que  su  independencia  sea  reco- 
nocida por  las  naciones  extranjeras;  reservándose  al  Congreso 
presentar  a ellas  por  medio  de  una  nota  ministerial,  que  circu- 
lará por  todos  los  gabinetes,  el  manifiesto  de  sus  quejas  y 
justicia  de  esta  resolución,  reconocida  ya  por  la  Europa 
misma.  Dado  en  el  Palacio  Nacional  de  Chilpancingo,  a 6 días 
del  mes  de  noviembre  de  1813  años.  Lie.  Andrés  Quintana, 
Vicepresidente.  Lie.  Ignacio  Rayón.  Lie.  José  Manuel  de 
Herrera.  Lie.  Carlos  María  de  Bustamante.  Dr.  José  Sixto 
Berdusco.  José  María  Liceaga.  Lie.  Cornelio  Ortiz  de  Zárate, 
Secretario  í18). 

3.  LA  CONSTITUCION 

La  Constitución,  cuya  redacción  -fue  terminada  en 
Apatzingán  el  22  de  octubre  de  1814,  constó  de  242  artí- 
culos. Los  temas  principales  de  su  contenido  fueron  los 
siguientes:  reconocimiento  de  la  religión  católica,  soberanía 
popular,  ciudadanía  general,  igualdad  ante  la  ley,  garantía  de 
la  libertad  y de  los  derechos,  inviolabilidad  del  domicilio, 
división  de  poderes,  facultades  del  Congreso,  Poder  Ejecutivo 
colegiado,  establecimiento  de  las  Secretarías  de  Guerra, 
Hacienda,  Gobierno  y facultades  de  cada  uno  de 'los  tres 
poderes^9*. 


4.  LA  DIVISION  DE  PODERES 

En  el  sexto  de  los  Sentimientos  de  la  Nación,  el  caudillo 
expresó:  "Que  los  poderes  legislativo,  ejecutivo  y judicial 
estén  divididos  en  los  cuerpos  compatibles  para  ejercerlos". 


234 


En  el  séptimo  introdujo  la  ¡dea  de  que  los  vocales  de  la  Junta 
se  turnaran  en  el  ejercicio  de  sus  funciones  para  que  fueran 
evitados  los  abusos  ^20). 

El  Congreso  adoptó  la  montesquiniana  división  de  pode- 
res, concebidos  cornos  servicios.  El  equilibrio  de  los  poderes 
entre  sí  y su  uso  diferenciado  en  distintas  personas  o agru- 
paciones, ayudaría  a que  los  gobernantes  cumplieran  más  fiel- 
mente su  misión:  "parten  entre  sí  los  poderes  soberanos,  y 
mezclándose  sin  confusión  sus  sagradas  atribuciones,  quedan 
sujetos  a la  sobrevigilancia  mutua,  y reducidas  sus  funciones 
a un  período  determinado"  ^21). 

5.  LA  AUTORIDAD  CONCEBIDA  COMO  SERVICIO 

Según  leimos,  ante  la  acometida  de  las  tropas  represivas, 
la  Junta  perdió  su  eficacia.  Cada  grupo  insurgente  obedeció  a 
su  respectivo  jefe,  en  tanto  esperaba  la  llegada  de  tiempos 
más  propicios.  Podemos  estudiar,  con  todo,  cuál  era  la 
concepción  que  Morelos  manifestaba  acerca  de  lo  que  debería 
ser  el  nuevo  gobierno  americano. 

D.  José  María  no  aspiraba  a convertirse  en  dictador  ni 
pretendía  usar  el  poder  en  beneficio  propio.  Pidió  a los  ciuda- 
danos que  tomaran  parte  en  la  dirección  de  los  destinos  del 
país:  "cualquier  individuo —escribió— sin  excepción  alguna, 
tiene  derecho  a . . . presentar  proyectos  aue  ilustren  al 
gobierno  en  toda  clase  de  materias ..."  '22)  . A López 
Rayón  le  comunicó:  "No  pretendo  la  Presidencia".  Morelos 
dejaría  los  cargos  que  le  habían  sido  confiados  en  cuanto  sus 
servicios  no  resultaran  útiles  a la  causa,  y entonces,  añadió, 
"me  tendré  por  muy  honrado  con  el  epíteto  de  humilde 
Siervo  de  I a Nación"^)  Morelos  rechazaba  como  a la  peste 
al  "tirano  gobierno,  esto  es  al  monárquico,  aunque  se  me 
eligiera  a mí  mismo  por  primero",  confesó  j24>. 

Cómo  era  el  interior  del  hombre  que  manifestaba  tales 
posiciones  políticas,  nos  lo  enseñan  sus  mismas  expresiones: 
"Yo  soy  ingenuo,  afirmaba,  y no  puedo  usar  otro  lenguaje 
que  el  verdadero,  ni  diría  bien  a mi  carácter  la  mentira  . . . 
básteme  decir  que  soy  un  hombre  miserable,  más  que  todos, 
y que  mi  carácter  es  servir  al  hombre  de  bien,  levantar  al 
caído,  pagar  por  el  que  no  tiene  con  qué  y favorecer ...  al 


235 


que  lo  necesita,  sea  quien  fuere  . . yo  no  hago  otra  cosa  que 
empeñarme  en  que  se  le  de'  a cada  uno  lo  que  le  fuere 
suyo"  (25) 

Conceptualizando  sus  sentimientos,  el  Siervo  indicó  en 
otra  ocasión:  "Es  constante  el  ardor  con  que  he  sostenido  los 
derechos  de  la  patria,  solicitando  por  todos  medios  sus  ali- 
vios, su  tranquilidad  y el  orden  del  gobierno.  Soy  el  más 
amigo  de  la  justicia  y equidad  y aborrezco  lo  que  se  opone  a la 
libertad  civil  de  cualquier  individuo,  porque  ni  soy  déspota 
ni  conviene  esta  idea  con  los  principios  liberales  a que 
naturalmente  se  acomoda  mi  genio"(26) 

Acercándose  el  final  de  su  gesta,  Morelos  mantenía 
firmes  sus  convicciones.  Escribió,  en  efecto:  "Nuestro  sistema 
de  gobierno,  habiendo  comenzado,  como  era  natural,  por  los 
más  informes  rudimentos,  se  ha  ¡do  perfeccionando  sucesi- 
vamente, según  que  lo  han  permitido  las  turbulencias  de  la 
guerra  y hoy  se  ve  sujeto  a una  constitución  cimentada  en 
máximas  a todas  luces  liberales  y acomodadas  en  cuanto  ha 
sido  posible  al  genio,  costumbres  y hábitos  de  nuestros 
pueblos,  no  menos  que  a las  circunstancias  de  la  revolución. 
Con  el  transcurso  del  tiempo,  recibirá  modificaciones  y 
mejoras,  a medida  que  nos  ilustre  la  experiencia;  pero  nunca 
nos  desviaremos  una  sola  línea  de  los  principios  esenciales 
que  constituyen  la  verdadera  libertad  civil"  (27) 

V.  LA  LIBERTAD 

Hemos  estudiado  las  quejas  expresadas  por  Morelos 
contra  la  tiranía  borbónica,  que  había  reservado  para  sí  el 
derecho  de  decisión  en  el  Anáhuac  y privado  de  él  a los 
naturales. 

Estos,  nos  lo  ha  recordado  el  insurgente,  eran  tratados 
como  esclavos,  a pesar  de  ser  los  dueños  del  país.  Después  de 
1810  muchos  americanos  aceptaban  resignadamente  esta 
herencia  social  impuesta  y heredada.  No  así  Morelos  que  se 
rebeló  contra  ella  y decidió  dar  su  vida  por  la  independencia 
de  su  país. 

Tres  fechas  claves  en  la  historia  de  su  pueblo  recordaba 
el  Siervo.  La  primera,  de  lúgubre  recuerdo.  Las  dos  restantes 
de  profundo  significado  esperanzador. 


236 


El  12  de  agosto  de  1521  —escribía  el  caudillo— "se  apre- 
taron las  cadenas  de  nuestra  servidumbre''^28*.  El  16  de 
septiembre,  en  cambio,  fue  el  día  "en  que  se  levantó  la  voz  de 
la  independencia  y nuestra  santa  libertad  comenzó  . . . (por) 
mérito  del  grande  héroe,  el  señor  Don  Miguel  Hidalgo  y su 
compañero  Don  Ignacio  Allende"^29*.  La  tercera  fecha 
honraba  las  conciencias  insurgentes.  Era  el  14  de  septiembre 
de  1813.  Las  cadenas  de  1521  quedaban  rotas  "para  siempre 
en  el  venturoso  pueblo  de  Chilpancingo"  donde  se  redactaba 
el  Acta  de  Independencia  y la  Constitución  del  país  libre  (30*. 

Conozcamos  por  qué  la  Nueva  España  estalló  de  ira  en 
1810.  El  General  insurgente  lo  explicó  así  al  Presidente  de 
Estados  Unidos,  Mr.  James  Madison:  "Cansado  el  pueblo 
mexicano  de  sufrir  el  enorme  peso  de  la  dominación  española 
y perdida  para  siempre  la  esperanza  de  ser  feliz  bajo  el 
gobierno  de  sus  conquistadores,  rompió  los  diques  de  su 
moderación  y arrastrando  dificultades  y peligros  que 
parecían  insuperables  a los  esfuerzos  de  una  colonia  escla- 
vizada, levantó  el  grito  de  su  libertad  y emprendió  vale- 
rosamente la  obra  de  su  regeneración"^31*. 

Morelos,  en  efecto,  había  dicho  que  "los  pueblos  escla- 
vizados son  libres  en  el  momento  en  que  quieren  ..."  (32*. 


1.  LA  LIBERTAD  DON  DE  DIOS 


Cuando  D.  José  María  reconquistó  Oaxaca  afirmó: 
"nuestro  designio  no  se  reduce  a otra  cosa  que  a defender  la 
libertad  que  nos  concedió  el  Autor  de  la  Naturaleza,  y de  la 
cual  se  trata  de  despojarnos  injustamente";  "sólo  aspiramos", 
añadió,  a una  "independencia  tal  como  el  Autor  de  la  Natu- 
raleza nos  la  concedió  desde  un  principio  . . . "(33) 

Es  necesario  recordar  que  los  pueblos  tienen  obligación 
de  ser  libres  porque  tal  es  la  voluntad  de  Dios  que  creó  libre 
al  hombre.  Contraviene  el  deseo  del  Creador  quien  esclaviza  a 
un  individuo  o a una  nación.  La  conquista  de  México  con- 
travino, por  tanto,  la  voluntad  divina,  como  afirmaba  Las 
Casas.  Cuando  los  pueblos  recuperan  su  libertad  usurpada, 
restauran  el  orden  de  la  creación  que  ha  sido  violado. 


237 


2.  INDEPENDENCIA  Y LIBERTAD 


¿A  qué  libertad  se  refería  Morelos  en  sus  escritos? 

El  movimiento  insurgente  trataba,  de  “separar  a los 
tiranos  intrusos”  del  poder  <3<H  pretendía  dar  por  finalizada 
la  esclavitud  "mas  ignominiosa  que . . . hemos  experi- 
mentado bajo  los  reyes  de  España" ^35)  y deseaba,  en  fin, 
sacudir  el  “ignominioso  yugo  español"  (36). 

Además  de  independizarnos  de  la  metrópoli  y de 
cualquier  otro  país,  la  libertad  concebida  por  Morelos  con- 
sistía también  en  que  los  ciudadanos  gozaran  de  esta  facultad 
en  la  vida  diaria. 

En  el  país  independiente  no  habría  diferencias  sociales 
que  favorecieran  la  libertad  de  unos  ciudadanos  a costa  de  los 
otros.  En  el  sentimiento  15  Morelos  escribió:  "Que  la  escla- 
vitud se  proscriba  para  siempre  y lo  mismo  la  distinción  de 
castas,  quedando  todos  ¡guales,  y sólo  distinguirá  a un  ameri- 
cano de  otro  el  vicio  y la  virtud"  (37). 

Abolir  la  esclavitud  y las  discriminaciones  sociales  era 
ciertamente  un  ideal  muy  difundido  por  la  Ilustración. 
Morelos,  sin  embargo,  derivó  explícitamente  sus  principios 
del  Evangelio.  Estableció  el  ideal  de  la  igualdad  social: 
" . . . para  que  mirándonos  como  hermanos  vivamos  en  la 
santa  paz  que  nuestro  Redentor  Jesucristo  nos  dejó  cuando 
hizo  su  triunfante  subida  a los  cielos  . . . "(38>. 

¿En  qué  otros  hechos  renació  la  libertad  de  los  habi- 
tantes del  Anáhuac  durante  el  movimiento  Insurgente? 

El  decreto  constitucional  de  Apatzingán  dispuso  en  su 
artículo  40:  "En  consecuencia  la  libertad  de  hablar,  de  dis- 
currir y de  manifestar  sus  opiniones  por  medio  de  la 
imprenta,  no  debe  prohibirse  a ningún  ciudadano,  a menos 
que  en  sus  producciones  ataque  al  dogma,  turbe  la  tranqui- 
lidad pública  u ofenda  el  honor  de  los  ciudadanos"^39). 

La  libertad  política  de  los  ciudadanos  fue  reconocida, 
también  en  el  artículo  4o.  Estableció  que  la  "sociedad  . . . 
tiene  derecho  incontestable  a establecer  el  gobierno  que  más 
le  convenga,  alterarlo,  modificarlo  y abolirlo  totalmente 
cuando  su  felicidad  lo  requiera"^40). 


238 


Estos  conceptos  no  se  refieren  solamente  al  sistema 
monárquico  anterior.  Abrían  la  puerta  a cambios  futuros  que 
pudiera  exigir  el  bien  común  de  los  ciudadanos. 

Bien  es  verdad  que  llevar  a cabo  tal  decisión  no  había 
sido  fácil  para  los  insurgentes. 

En  1813  Morelos  describió  así  los  esfuerzos  realizados: 

" iah!  , la  libertad,  este  don  precioso  del  cielo,  este  patri- 
monio cuya  adquisición  y conservación  no  se  consigue  sino  a 
merced  de  la  sangre  y de  los  más  costosos  sacrificios,  cuyo 
precio  está  en  razón  del  trabajo  que  cuesta  su  recobro,  ha 
vestido  a nuestros  padres,  hijos,  hermanos  y amigos  de  duelo 
y amargura.  Porque  ¿quién  es  de  nosotros  el  que  no  haya 
sacrificado  alguna  de  las  prendas  más  caras  de  su  corazón? 
¿Quién  no  registra  entre  el  polvo  y la  ceniza  de  nuestros  . 
campos  de  batalla  la  de  algún  amigo,  padre,  deudo?  ¿Quién 
el  que  en  la  soledad  de  la  noche  no  ve  su  cara  imágen  y oye 
los  heridos  gritos  con  que  clama  por  la  venganza  de  sus  ase- 
sinos? Morelos  terminó  su  pronunciamiento  usando  frases 
tan  determinadas  como  lo  era  su  voluntad.  Prometió  "morir  o 
salvar  la  patria,  ¡morir  o salvar  la  patria!  ",  "vamos  a ser 
libres  e independientes,  asentó,  vamos  a restablecer  el  Impe- 
rio Mexicano  ...  o a morir".  No  tenía  ante  sí  otra  alter- 
nativa (41). 


VI.  INSURGENCIA  Y RELIGION 


Como  el  General  del  Sur  empuñó  las  armas  también  para 
salvar  la  religión  que  él  consideraba  en  situación  de  peligro, 
nos  corresponde  conocer  los  principios  bíblico  teológicos  que 
lo  inspiraron  en  su  acción  liberadora  del  pueblo. 

Por  vocación,  por  raza,  por  convencimiento,  la  visión 
religiosa  del  hombre,  de  la  sociedad  y del  mundo,  repre- 
sentaban un  valor  esencial  en  la  posición  intelectual  y prác- 
tica del  caudillo.  Esta  frase  caracteriza  la  actitud  del  insur- 
gente; "Yo  soy  católico,  y por  lo  mismo  le  digo  a Ud.  que 
tome  su  camino  para  su  tierra  ...  ",  escribió  D.  José  María  a 
Calleja  durante  el  cerco  de  Cuautla^42). 


239 


No  es  lícito  prescindir  de  la  visión  religiosa  manifestada 
insistentemente  por  el  insurgente  y sus  compañeros,  si 
queremos  comprender  integralmente  su  personalidad  y el 
carácter  profundo  de  la  insurgencia. 

Morelos  nunca  puso  en  duda  los  principios  de  su  fe  reli- 
giosa. Al  contrario,  precisamente  de  ella  obtenía  las  luces,  la 
fuerza,  la  esperanza  y el  valor  necesarios  para  mantenerse  en 
la  lucha  y para  continuar  por  el  sendero  liberador  en  que 
había  empeñado  su  vida<43). 


Israel  y América,  España  y Babilonia:  Historias  Paralelas 

Desde  su  infancia  Morelos  conocía  la  narración  que  nos 
ha  transmitido  la  Biblia  acerca  de  la  opresión  que  había  sufri- 
do el  pueblo  de  Israel  bajo  el  poder  de  Babilonia  y de  Egipto. 

Durante  la  guerra  de  independencia,  el  revolucionario 
comparó  la  historia  de  Israel  con  la  del  pueblo  novohispano, 
como  destinos  análogos.  Ambas  naciones  habían  sido  vejadas 
por  potencias  extranjeras.  La  judía  fue  subyugada  por  Babi- 
lonia y por  Egipto.  La  patria  novohispana  lo  era  por  España,  la 
nueva  Babilonia.  Los  tres  imperios  habían  sido  igualmente 
sordos  a la  causa  de  la  justicia,  según  les  reprochaba 
Morelos^44). 

El  insurgente,  sin  embargo,  encontraba  que  la  servi- 
dumbre experimentada  por  su  pueblo  había  sido  peor  que  la 
sobrellevada  por  Israel <45l  A los  patriotas  correspondía,  por 
tanto,  destruir  el  altar  erigido  en  Nueva  España  para  dar 
culto  a Baal  <46). 

El  discípulo  de  Hidalgo  describió  también  el  paralelismo 
entre  las  vicisitudes  de  Gedeón  y las  propias.  Recordemos  que 
Dios  pidió  a Gedeón  que  liberara  a su  pueblo.  Los  madianitas 
eran  el  azote  de  la  nación  escogida.  Dios  ordenó  a Gedeón 
que  destruyera  el  altar  de  Baal  y el  poste  que  simbolizaba  a la 
diosa  Astarté.  Como  el  enviado  obedeciera  el  mandato  divino, 
sus  mismos  padres,  que  eran  idólatras,  pretendieron 
asesinarlo.  Gedeón  fue  salvado  por  Joás.  Cuando  Gedeón  fue 
elegido  Juez  de  Israel,  derrotó  a los  madianitas^47). 


240 


El  libro  del  Exodo  relata  que  “el  pueblo  de  Israel  sufría 
bajo  la  esclavitud.  Gritaban  y su  clamor  subió  hasta  Dios. 
Escuchó  Dios  sus  lamentos  y se  acordó  de  su  alianza  con 
Abraham,  Isaac  y Jacob.  Y miró  Dios  con  bondad  a los  hijos 
de  Israel  y los  atendió"  (Cap.  2,  23—25). 

Siglos  después  llegó  otro  grito  desgarrador  a la  eternidad 
en  donde  no  existe  ni  el  antes  ni  el  después.  Era  la  voz  de  los 
nuevos  israelitas:  “Este  pueblo  oprimido,  semejante  con 
mucho  al  de  Israel,  trabajado  por  Faraón,  cansado  de  sufrir, 
elevó  sus  manos  al  cielo,  hizo  oír  sus  clamores  ante  el  solio 
del  Eterno,  y compadecido  éste  de  sus  desgracias,  abrió  su 
boca  y decretó  ante  la  corte  de  los  serafines  que  el  Anáhuac 
fuese  libre"  escribió  Morelos*48). 

El  mismo  usó  también  una  comparación  basada  en  el 
Libro  del  Exodo,  cap.  17,  8—16. 

Amalee,  atacó  a Moisés  en  Refidím.  Los  israelitas, 
comandados  por  Josué,  vencieron  a los  amalecitas.  "Yavé  dijo 
a Moisés:  Escribe  esto  en  un  libro  para  que  sirva  de  recuerdo, 
y haz  saber  a Josué  que  Yo  borraré  por  completo  la  memoria 
de  Amalee  de  debajo  de  los  cielos-.  . . " 

Desde  Tehuantepec,  el  General  del  Sur  anunciaba  a los 
realistas  que  correrían  la  misma  suerte:  "Temed  a Dios  y a su 
Santísima  Madre,  y estad  ciertos  que  si  no  os  sujetáis,  en 
breve  tiempo  seréis  reducidos  a menudos  átomos  y seréis 
exterminados  de  tal  modo  que  aun  vuestra  memoria  perecerá 
como  la  de  Amalee,  y si  por  accidente  la  posteridad  hiciere 
algunos  recuerdos,  será  sólo  para  escarnecer  vuestro 
nombre"  <49). 


1.  LA  ACTUACION  DE  DIOS  EN  LA  INDEPENDENCIA 


La  intervención  de  Dios  en  la  independencia  de  nuestro 
país  tuvo  lugar  de  maneras  diversas  según  se  desprende  de  las 
expresiones  de  D.  José  María  Morelos  y Pavón.  Dios  escuchó 
a su  pueblo,  inspiró  la  independencia,  escogió  a los  liber- 
tadores, dirigió  al  Ejército  y cuidó  del  movimiento  indepen- 
dentista. 


241 


Las  voces  llegadas  al  cielo  fueron  atendidas  por  el  Señor, 
que  tuvo  compasión  dé  los  sufrimientos  del  pueblo.  El  movió 
a éste  a defender  sus  derechos.  Su  Espíritu  lo  iluminó  *5°). 

El  Señor  del  cielo  exigió  que  los  patriotas  actuaran: 
"Aquel  espíritu  que  animó  la  enorme  masa  que  vagaba  en  el 
antiguo  caos  que  le  dio  vida  con  un  soplo  e hizo  nacer  este 
mundo  maravilloso,  semejante  ahora  a un  golpe  de  electri- 
cidad, sacudió  espantosamente  nuestro  corazón,  quitó  el 
vendaje  a nuestros  ojos,  y tornó  la  apatía  vergonzosa  en  que 
yacíamos,  en  un  furor  belicoso  y terrible"  ) . 

Como  a Israel,  Dios  escuchó  a Nueva  España:  "nos  oyó 
el  Señor  en  el  día  en  que  lo  invocamos  y los  clamores  de 
Israel  han  llegado  a sus  oídos"  *52). 

José  María  Morelos  invocaba  y clamaba,  en  efecto,  ante 
Dios:  "Señor  Dios  que  nos  miras  desde  la  alta  Sión:  compa- 
décete de  las  miserias  que  tanto  tiempo  nos  han  sumergido  en 
la  más  terrible  calamidad,  sin  dejarnos  otro  consuelo  que, 
desde  la  Babilonia,  volver  los  ojos  llenos  de  agua,  y mirar 
nuestros  países  devorados  por  la  tiranía.  La  mansedumbre  de 
David  y la  rectitud  de  su  corazón  mueva  vuestra  soberana 
piedad  para  dar  fin  a un  proyecto  que  tanto  interesa  á vuestro 
santo  servicio,  conservando  la  vida  más  amable  en  el  móvil 
principal  de  nuestras  acciones.  Entonces  descolgaremos  los 
instrumentos  que  hemos  tenido  callados  tanto  tiempo  y ento- 
nando con  ellos  sonoros  himnos  en  acción  de  gracias  daremos 
honra,  gloria  y bendición  al  triunfo  de  vuestro  santo  nombre 
y al  que  habéis  enviado  a promoverlo”*53). 

Dios  mismo  se  puso  al  frente  de  las  fuerzas  insurgentes. 
El  levantó  los  ejércitos  que  reconquistaron  "los  derechos  que 
nos  habían  usurpado  los  gachupines"*54)  . El  Señor  de  los 
Ejércitos  fue  el  Señor  del  Ejército  del  Sur*55)  . El,  Dios 
mismo,  el  Invencible*50). 

Tal  como  había  hecho  con  los  israelitas,  el  Dios  eterno 
llamaba  a un  hombre  mortal  para  que  comandara  sus  huestes. 
Judas  Macabeo  intentó  la  liberación  de  su  pueblo  a ejemplo 
de  Moisés  *57)  . Para  la  liberación  de  los  americanos,  el  Señor 
providente  llamó  a Morelos  *50)  que  hubo  de  aceptar  su  obli- 
gación como  una  respuesta  necesaria  al  dictado  de  la  provi- 
dencia sobre  su  conciencia  *59). 


242 


Dios  obró  la  conversión  en  la  voluntad  del  párroco  de 
Carácuaro,  como  él  nos  explicaba:  lo  sacudió  espanto- 
samente, le  quitó  el  vendaje,  tornó  la  apatía  en  furor.  Dios 
convirtió  a Morelos  y le  hizo  abandonar  su  parroquia  en 
1810. 

La  actuación  divina  llegó  más  adelante. 

/ 

Dios  cuidó  incesantemente  que  su  obra  llegara  a tér- 
mino. Morelos,  por  su  parte,  esperaba  —esperanza  sin  límite— 
en  la  providencia  continua  de  Dios. 

Leamos  los  textos  que  se  refieren  a las  vicisitudes  que  ha 
debido  pasar  el  Ejército  Libertador.  Narran  aquellos  hechos 
que  han  confirmado  al  Rayo  del  Sur  en  su  fe.  Porque  el  Dios 
que  decreta  y que  mueve,  también  protege  a sus  elegidos,  los 
acompaña,  va  por  delante  de  ellos,  ha  dedicido  permanecerá 
su  lado  y devolverá  a los  naturales  la  América  que  les 
pertenece. 

Como  sabemos,  a partir  del  levantamiento  en  armas,  los 
triunfos  militares  de  Morelos  fueron  sorprendentes.  El  cielo 
encadenaba  los  acontecimientos  para  beneficio  del  pueblo 
oprimido  que  ansiaba  su  liberación.  Lo  ayudaba  a vencer  las 
agresiones  de  la  codicia,  de  la  ambición  y de  la  tiranía  que  los 
había  humillado. 

En  Cuautla  lo  reconocía  el  Generalísimo:  "las  repetidas 
victorias  con  que  el  cielo  se  ha  especializado  en  proteger  visi- 
blemente los  diversos  combates  que  ha  sostenido  esta  divi- 
sión, valiente  y aguerrida  . . . son  un  testimonio  claro  y 
constante  de  la  justicia  de  nuestra  causa,  por  la  que  debemos 
derramar  la  última  gota  de  nuestra  sangre  antes  que  rendir 
nuestros  cuellos  al  yugo  intolerable  del  gobierno  tirano"  *6°). 

La  rápida  caída  de  Oaxaca  en  su  poder,  hizo  exclamar  al 
rebelde  que  la  victoria  había  sido  debida  al  "Señor  Dios  de 
los  Ejércitos"*61^. 

Morelos  convocó  al  Congreso  de  Chilpancingo  "ha- 
biendo ya  la  Divina  Providencia  proporcionado  un  terreno 
seguro  y capaz  de  plantar  algún  gobierno"*62). 

El  Padre  Hidalgo  había  encomendado  a su  discípulo  que 
incendiara  el  sur  de  Nueva  España.  Después  de  apoderarse  del 
Castillo  de  Acapulco,  el  vencedor  participó  el  hecho  al  pueblo 


243 


“para  su  satisfacción  y tributo  de  gracias  al  Señor  de  los 
Ejércitos  por  haberse  concluido  la  reconquista  del  sur  con 
toda  felicidad”  í63). 


En  el  Discurso  con  que  Morelos  inició  las  sesiones  del 
Congreso  reconoció  que,  pese  a las  calamidades  sufridas,  el 
movimiento  independentista  había  sido  protegido  a cada  paso 
por  la  providencia:  “Pero  ioh  misericordias  del  Altísimo! 
—exclamó—  todo  ha  pasado  como  pasan  las  tormentas  borras- 
cosas, las  pérdidas  se  han  repuesto  con  creces,  a las  derrotas  y 
dispersiones  han  sucedido  las  victorias  y los  hijos  del  Anáhuac 
jamás  han  sido  más  formidables  a sus  enemigos  que  cuando 
han  vagado  errantes  por  las  montañas,  ratificando  a cada  paso 
y peligro  el  voto  de  salvar  la  Patria  y vengar  la  sangre  de  sus 
hermanos”  í64). 

Redactado  el  Decreto  Constitucional,  los  firmantes  se 
reconocieron  embargados  de  “sentimientos  religiosos  de 
gratitud  por  la  benéfica  providencia  con  que  el  cielo  nos  ha 
franqueado  maravillosamente  los  medios  para  recobrar 
nuestra  libertad ”(65>. 

Junto  con  "el  brío  y entusiasmo  de  nuestros  patriotas, 
decididos  a morir  primero  que  volver  al  yugo  afrentoso  de  la 
esclavitud”,  los  rebeldes,  según  reconocía  Morelos,  "confiá- 
bamos en  la  protección  del  cielo  que  no  podía  desamparar  la 
justicia  notoria  de  nuestra  causa  ..."  En  el  mismo  docu- 
mento, el  libertador  describió  el  modo  de  actuar  de  la  provi- 
dencia, que  proporcionó  los  medios  con  los  que  cooperaron 
los  hombres:  “aprovechando  —dijo—  los  momentos  preciosos 
que  nos  ha  traído  una  serie  de  incidentes  encadenados  por  la 
mano  de  la  providencia,  nos  apresuramos  a realizar  nuestras 
intenciones  . . . Ӓ66). 

La  fe  en  la  providencia  futura  de  Dios  era  otro  elemento 
integrador  de  la  religiosidad  del  caudillo  insurgente.  Las 
demostraciones  de  la  injerencia  de  Diosen  su  movimiento  de 
independencia  no  hacían  más  que  confirmar  a Morelos  en 
esta  verdad. 

El  convencimiento  y el  sentimiento  de  que  Dios  estaba  a 
su  lado  guiaba  las  acciones  del  General  y le  proporcionaba 
energía  para  planear  sus  acciones  futuras.  Así  lo  pedía  él: 
“¡Oh!  quiera  el  cielo  llegue  el  afortunado  día  en  que  paci- 


244 


ficado  nuestro  territorio  se  instale  la  Representación  Nacio- 
nal”. Pidió  también  a Dios  que  protegiera  a la  Junta  de 
Gobierno^67). 

En  el  favor  del  Señor  basaba  el  caudillo  su  actuación: 
"con  el  favor  de  Dios”  planeaba  los  ataques^68)  . Confiaba, 
también,  en  que  "El  Señor  Dios  Todopoderoso  que  vela 
incensantemente  por  la  conservación  y prosperidad  de 
nuestra  causa  tiene  a su  cuidado  destruir  los  obstáculos  que 
encuentre  en  sus  progresos”  *69>. 

La  providencia  reclamaba  a los  patriotas"constancia  y 
valor".  El  éxito  final  correspondía  al  Dios  de  los  Ejércitos 
"en  quien  está  depositado  todo  el  poder  y la  fuerza  de  las 
naciones”.  En  efecto,  El  "disipará  como  ligera  nube  la  mise- 
rable porción  de  europeos ...  ”,  declaraba  José  María 
Morelos^70). 


2.  LA  VIRGEN  DE  GUADALUPE 

María  de  Guadalupe,  como  es  de  suponer,  participó  de 
manera  importante  en  favor  de  la  causa  de  liberación  del 
pueblo  mexicano,  según  el  testimonio  de  Morelos. 

Desde  Hidalgo  ella  fue  patrona  y defensora  de  la 
independencia.  Carísima  al  corazón  de  los  insurgentes,  perma- 
neció al  lado  de  éstos  en  las  luchas  reivindicadoras,  en  las 
victorias  y en  los  fracasos. 

En  ocasiones,  la  Virgen  actuaba  junto  con  Dios  mismo. 
Ambos,  por  ejemplo,  libraron  milagrosamente  a los  sitiados 
de  Cuautla  en  opinión  del  jefe  de  la  resistencia  ^71). 

D.  José  María  expresó,  asimismo,  que  él  y la  América 
entera  "esperan  más  que  en  sus  propias  fuerzas,  en  el  poder 
de  Dios  e intercesión  de  su  Santísima  Madre,  que  en  su 
portentosa  imagen  de  Guadalupe  que,  aparecida  en  las 
montañas  de  Tepeyac  para  nuestro  consuelo  y defensa,  visi- 
blemente nos  protege.  Espera  que  esta  soberana  Reina  del 
Empíreo,  castigará  —dice  a los  hispanos—  vuestra  insolencia  y 
perfidia  inaudita,  con  que  se  está  viendo  ultrajada  con  lanzas 
y escarnecida  con  las  sacrilegas  voces  de  aquí  está  ésta. 
Espera  que  sus  hijos  arrancarán  de  vuestras  manos  cuanto 
habéis  robado  a Dios  y a su  iglesia;  que  venguen  las  enormes 


245 


injurias  que  nuestros  verdaderos  hermanos  han  sufrido  en  los 
pueblos  desalarmados,  viendo  quemar  y destrozar  a los  hijos 
que  les  servían  de  complacencia  y en  quienes  tenían  la 
esperanza  de  que  fueran  el  báculo  de  su  ancianidad.  No  me 
dejarán  mentir  —expuso  el  Generalísimo—  las  diversas  repre- 
sentaciones que  los  celosos  párrocos  han  hecho  al  gobierno, 
sobre  todos  los  hechos  que  llevo  referidos"  <72). 


En  otros  momentos,  María  de  Guadalupe  manifestó  su 
ayuda  intercesora  a los  ejércitos  de  la  América  Septentrional. 
El  Generalísimo  exhortaba  a quienes  defendían  Cuautla: 
"Confiad  en  la  protección  de  la  Soberana  Protectora  nuestra 
y proseguid  con  aliento,  animosos  y sin  temor  alguno,  en  la 
defensa  de  la  más  justa  causa  que  se  ha  propuesto  nación 
alguna  en  el  decurso  de  los  tiempos"^73). 

La  fe  y el  amor  a la  Virgen,  tan  firme  en  Morelos  y en 
todos  los  insurgentes,  los  llevaba  a calificarla  como  la  Señora 
"milagrosa"  que  ayudaba  la  obra  de  la  independencia  <74l 
María  era,  también,  la  "amabilísima  protectora"  de  los 
hombres  empeñados  en  regenerar  a la  nación  <75>  . El  Siervo 
le  concedió  el  título  de  Patrona  de  la  libertad <76>  , "protec- 
tora y defensora  visible"  de  las  expediciones  ^77)  . Ella 
otorgaba  las  victorias.  De  la  obtenida  en  Oaxaca,  por  ejemplo, 
Morelos  opinaba  que  no  se  debía  a él,  "sino  a la  Emperatriz 
Guadalupana,  como  todas  las  demás"  <78^. 


Son  conocidos  los  versos  que  circulaban  entre  las  filas  de 
los  patriotas: 


Guadalupana,  salve 
salve  Virgen  excelsa 
que  del  Divino  Verbo 
sois  Madre  verdadera. 

A Juan  Diego  dijiste 
que  como  madre  tierna 
nos  constituya  objetos 
vuestra  piedad  inmensa. 
Por  esto  los  indianos 
en  la  presente  guerra 
vuestro  poder  invocan 
vuestros  cultos  aumentan. 
Escuchad  compasiva 
sus  ayes  y sus  quejas 


pues  sois  su  protectora 
liberal,  fiel,  discreta. 
Humildes  os  pedimos 
que  una  paz  verdadera 
selle  gloriosamente 
vuestra  dulce  clemencia. 
Romped,  reina  adorable, 
romped  nuestras  cadenas 
y enjugad  nuestros  ojos 
con  amorosa  diestra. 

Al  Padre  siempre  demos 
y al  Espíritu  Santo 
alabanzas  eternas ^79^. 


246 


Como  señal  visible  de  guadalupanismo,  los  seguidores  del 
jefe  de  la  revolución  traían  "la  imagen  de  Guadalupe  en  los 
sombreros”  <8°)  . Morelos  dio  otra  manifestación  de  agrade- 
cimiento al  establecer  las  divisiones  territoriales  políticas, 
como  recordamos:  "atendiendo  al  mérito  del  pueblo  de 
Teypan  ...  he  venido  en  erigirle  por  ciudad,  dándole  con  esta 
fecha  el  nombre  de  la  Ciudad  de  Nuestra  Señora  de  Guada- 
lupe ^81). 


3.  REVOLUCION  Y RELIGION  CATOLICA 

El  movimiento  insurgente  no  era  una  acción  que  contra- 
viniera ningún  precepto  divino.  Según  la  concepción  de 
Morelos,  luchar  por  la  independerlcia  de  la  colonia  equivalía  a 
restaurar  el  orden  social  deseado  por  Dios:  "Sólo  aspiramos, 
decía,  a una  independencia  tal  como  el  Autor  de  la  Natu- 
raleza nos  la  concedió  desde  un  principio"  <82). 

Cuando  el  Congreso  declaró  que  la  América  recobraba 
el  derecho  natural  y divino  de  su  libertad,  el  Siervo  exclamó: 
"Americanos.  El  Siervo  de  la  Nación  os  habla  en  pocas  y 
convincentes  razones:  oídle  . . . somos  libres  por  la  gracia  de 
Dios  e independientes  de  la  soberbia  tiranía  espa- 
ñola ..."  (83). 

En  otras  palabras;  Morelos  reconocía  que  la  inde- 
pendencia era  acorde  a los  planes  de  Dios  y querida  por  El. 
Oponerse  a ella  resultaba,  por  el  contrario,  obra  del  pecado 
de  soberbia  propia  de  Luzbel.  Quienes  cuestionaban  la 
independencia  eran  seguidores  de  Satanás,  pecaban  y se  apar- 
taban del  orden  de  la  gracia  *84*. 

Procurar  la  independencia  resultaba  un  acto  moralmente 
justificado  exigido  por  la  virtud  de  la  justicia.  No  afiliarse  al 
movimiento  independentista  era  una  acción  cobarde  y 
egoísta.  Significaba  dejar  que  la  patria  y la  religión  fueran 
destruidas.  Salvar  ambas  aparecía  ante  la  conciencia  de  los 
insurgentes  como  un  deber  ineludible.  De  no  cumplirlo, 
serían  reos  de  traición  a su  religión *85). 

Por  sus  fines  y por  su  naturaleza,  la  revolución  originada 
en  septiembre  de  1810  era  llamada  "santa",  "santa  revo- 
lución", "santa  insurrección'486).  Era,  para  los  patriotas,  un 
deber  "sagrado"  <87). 


247 


Los  participantes  en  el  amplio  movimiento  regenerador 
obedecían  los  dictados  divinos,  correspondían  a la  obligación 
que  su  deber  les  manifestaba  y realizaban  actos  meritorios  en 
el  orden  de  la  gracia.  Por  este  motivo  Morelos  declaraba  a 
Calleja  —recordémoslo—  que  como  católico  le  exigía  que 
abandonara  el  país.  Por  requerimiento  apremiante  de  su  reli- 
gión, como  un  acto  legítimo,  como  una  acción  moral  y grata 
a Dios,  Morelos  luchaba  contra  la  metrópoli. 

Puesto  que  eran  católicos  los  insurgentes  proclamaron  la 
independencia  y pusieron  las  manos  sobre  los  fusiles.  No  trai- 
cionaron su  deber  religioso  sino  que  actuaron  en  consonancia 
con  él.  Obraron  religiosamente  siguiendo  este  dictado  de  su 
conciencia^88). 

Con  la  misma  claridad,  Morelos  se  dirigió  al  defensor 
realista  de  Acapulco:  "Esto  que  Ud.  llama  Revolución  es  para 
mí  y será  a los  ojos  de  Dios,  de  los  ángeles  y de  los  hombres, 
ejercicio  de  virtud"  <89). 

La  participación  de  los  insurgentes  en  la  liberación 
nacional  producía  el  efecto  de  unirlos  "con  los  vínculos  más 
estrechos  hacia  Dios  . . . ";  "más  avanzaré,  sin  duda,  a lo 
menos  para  con  Dios,  libertándolos  y protegiéndolos", 
concluía  el  párroco  de  Carácuaro^90). 

/ 

Liberar  al  pueblo  y procurar  el  bien  común  propor- 
cionaba a Dios  la  honra  y gloria  que  todo  ser  humano  está 
obligado  a otorgarle.  Las  lides  bélicas  tenían  como  finalidad 
salvar  la  patria  y salvar  la  religión.  No  era  antirreligiosa  ni 
areligiosa  la  revolución  de  Morelos.  En  plena  expansión 
revolucionaria  los  insurgentes  se  percibían  más  unidos  a Dios 
como  efecto  de  haber  decidido  llevar  a cabo  la  insur- 
gencia^91). 

El  6 de  noviembre  de  1813  los  patriotas  pudieron 
declarar  la  independencia,  como  vimos.  Concluían  una  fase 
importante  de  su  lucha.  Por  ello  se  apresuraron  a expresar: 
"El  Congreso  de  Anáhuac,  declara  solemnemente  a presencia 
del  Sr.  Dios,  árbitro  moderador  de  los  imperios  y autor  de  la 
sociedad  ...  ",  que  América  Septentrional  "ha  recobrado  el 
ejercicio  de  su  soberanía...".  Según  la  creencia  antigua, 
Dios  entregaba  a los  reyes  el  poder  y el  reino.  En  todo  caso. 
Dios  decretaba  ahora  la  libertad  de  América  con  respecto  de 
toda  otra  nación.  Puesto  que  tal  había  sido  la  determinación 


248 


divina,  al  pueblo  correspondía  llevar  a término  el  cumpli- 
miento de  esta  providencia,  aun  a costa  de  sus  vidas,  como 
hemos  estudiado.  Podían  permanecer  seguros  los  insurgentes 
de  la  firmeza  de  sus  principios  y de  su  actuación,  porque  Dios 
los  respaldaba  y porque  ellos  actuaban  conforme  a los  dictá- 
menes de  su  conciencia*92). 

Morelos  había  pedido  al  Señor  de  la  gloria  la  realización 
de  sus  ideales:  “Dios  grande  y misericordioso.  Dios  de 
nuestros  padres,  loado  seas  por  una  eternidad  sin  principio  y 
cada  hora,  cada  momento  de  nuestra  vida  sea  señalada  con  un 
himno  de  gracias  a tamaños  e incalculables  beneficios.  Pero, 
Señor,  nada  hagamos,  nada  intentemos,  si  antes  y en  este 
lugar  no  juramos  todos  a presencia  de  este  Dios  benéfico, 
salvar  la  patria,  conservar  la  religión  católica,  apostólica, 
romana,  obedecer  al  romano  Pontífice,  vicario  en  la  tierra  de 
Jesucristo;  formar  la  dicha  de  los  pueblos,  proteger  todas  las 
instituciones  religiosas,  olvidar  nuestros  sentimientos  mutuos 
y trabajar  incesantemente  en  llenar  estos  objetos"  *"). 

Podemos  afirmar  que  salvar  la  patria  y la  religión  era  una 
obligación  cívica  y religiosa,  ejercicio  de  virtud,  inspirado, 
promovido  y premiado  por  Dios. 

La  "ficticia"*94)  Inquisición,  resucitada  festinada  mente 
por  Calleja  para  condenar  insurgentes,  reprochó  a Morelos  de 
que  eran  "para  este  reo,  compatibles  la  observancia  de  la 
religión  católica  con  las  corrompidas  máximas  de  la  inicua 
rebelión  ..."  *95).  Este  juicio  del  Tribunal  nos  presenta  una 
curiosa  coincidencia  con  la  afirmación  actual  de  Gustavo 
Gutiérrez;  predice  que  los  cristianos  comprometidos  en  el 
proceso  liberador  actual  serán  acusados  de  "confundir  reino  y 
revolución"  *96). 

Los  insurgentes  obedecieron  el  plan  divino.  No  se  des- 
viaron del  camino  moral.  Actuaron  conforme  al  bien.  Consi- 
deraron sus  acciones  como  obras  virtuosas  pues  tenían  como 
objeto  directo  a Dios.  Tuvieron  fe  en  su  verdad,  que  los 
movió  a actuar.  Esperaron  en  El  como  Bien  supremo  que  los 
mantenía  en  su  esfuerzo.  Lo  amaron  de  manera  práctica 
como  Bien  en  sí  mismo  y en  consecuencia  trataron  de  liberar 
al  pueblo.  Su  conciencia  cristiana  los  hizo  emerger  del 
forzado  envilecimiento  en  que  estaban,  para  dirigirse  a 
restaurar  la  obra  creadora  de  Dios,  en  contra  del  proceder  de 


249 


los  injustos  invasores  de  sus  derechos.  Estas  convicciones  y 
sentimientos  cristianos  de  los  insurgentes  le  hicieron  estar  a la 
altura  de  su  misión  aunque,  en  un  momento  determinado,  ese 
destino  resultara  trágico.  En  este  caso,  en  efecto,  y otra  vez, 
los  caminos  misteriosos  de  Dtos  no  fueron  los  de  los  hombres. 
Como  ha  ocurrido  a lo  largo  de  la  historia,  los  cristianos  van  a 
la  cárcel  un  día  antes  del  triunfo. 

% 

Conforme  a lo  dicho,  con  todo,  se  desprende  que  hace 
165  años  el  Siervo  respondió  a las  preguntas  que  Gustavo 
Gutiérrez  formula  hoy  a los  cristianos:  "¿Cuál  es  el 
significado  de  la  fe  en  una  vida  comprometida  en  la  lucha 
contra  la  injusticia  y la  alienación,  cómo  se  articula  la  obra  dé 
construcción  de  una  sociedad  justa  con  el  valor  absoluto  del 
reino?  ".  Afirma  el  téologo  peruano  que  "la  amplitud  y gra- 
vedad del  proceso  de  liberación, es  tal  que  la  pregunta  por  su 
significación  es  en  realidad  una  cuestión  sobre  el  sentido 
mismo  del  cristianismo  y sobre  la  misión  de  la  Iglesia  en  el 
mundo".  En  estos  renglones  hemos  podido  considerar  cómo 
los  cristianos  insurgentes  afrontaron  este  mismo  problema  y 
cómo  respondieron  a él.  Morelos  rechazó  el  dilema  "o 
redención  espiritual  o redención  temporal".  En  la  fe  de 
Morelos,  "lo  político"  no  "se  hallaba  en  un  segundo 
plano  ...  ",  no  creía  él  que  "intervenir  directamente  en  la 
acción  política  es  traicionar  su  función".  Gutiérrez  recuerda 
las  tradicionales  afirmaciones  bíblicas,  por  ejemplo  Prov.  14, 
21  y 17,5,  así  como  Dt.  24,  14—15  y Ex.  22,  21—23,  etc., 
que  sintetiza  en  las  expresiones  "conocer  a Dios  es  obrar  la 
justicia",  "amar  a Yahvé  es  hacer  justicia  al  pobre  y al  humi- 
llado", "amar  a Yahvé  es  establecer  relaciones  justas  entre  los 
hombres,  es  reconocer  el  derecho  de  los  pobres.  Al  Dios  de  la 
revelación  bíblica  se  le  conoce  a través  de  la  justicia  inter- 
humana". 

Tal  nos  parece  que  fue  la  posición  que  asumió  Morelos. 
Al  promover  la  liberación  del  pueblo,  el  Generalísimo 
cooperó  a la  acción  salvífica.  Gutiérrez  dice  que  "trabajar, 
transformar  este  mundo  es  hacerse  hombre,  y forjar  la  comu- 
nidad humana  es  también  ya  salvar",  "es  insertarse  ya  en  el 
movimiento  salvador  en  marcha  hacia  su  cumplimiento".  Para 
Morelos  "la  construcción  de  una  sociedad  justa"  tuvo  el  valor 
de  aceptación  del  reino,  y "participar  en  el  proceso  de 
liberación  del  hombre”  fue,  en  la  concepción  del  insurgente 


250 


"en  cierto  modo  obra  salvadora”.  Tal  crecimiento  del  reino 
así  planteado  "es  acontecer  salvífico,  pero  no  la  llegada  del 
reino  ni  toda  la  salvación",  señala  acertadamente  el  P. 
Gutiérrez.  Es,  más  bien  "anuncio  de  plenitud",  "es  significar 
la  venida  del  reino". 

Debemos  recordar  que  Morelos  ha  confesado  que  avan- 
zaba en  el  conocimiento  de  Dios  a través  del  proceso  de 
liberación  con  que  acompañaba  a su  pueblo:  "En  el 
encuentro  con  los  hombres  se  da  nuestro  encuentro  con  el 
Señor,  sobre  todo  en  el  encuentro  con  aquellos  a quienes  la 
opresión,  el  despojo  y la  alienación  han  desfigurado  el  rostro 
humano ..."  afirmará  ahora  Gustavo  Gutiérrez.  "Todo 
esfuerzo  —concluyamos—  por  construir  una  sociedad 
justa  ...  es  ya  obra  salvadora,  aunque  no  sea  toda  la  salva- 
ción". Esta,  en  efecto,  será  consumada  al  final  de  los  tiempos, 
cuando  toda  la  creación  torne  a Dios,  cuando  sea  recapitulada 
en  Cristo  cada  vida  y toda  la  humanidad.  Mientras  tanto,  la 
historia  será,  para  los  cristianos,  la  continua  imitación  del 
Dios  de  la  Historia  que  liberó  a su  pueblo  y de  Jesucristo,  que 
liberó  a toda  la  humanidad  ^97). 

Vil.  TIRANIA  EVIDENTE 

Pacifista  por  naturaleza  y por  vocación  cristiana,  Mo- 
relos fue  guerrero  por  destino.  Combatió  al  frente  del  Ejér- 
cito de  Redención  que  —él  mismo  nos  lo  ha  dicho—  Dios 
comandaba,  María  de  Guadalupe  protegía  y él  organizó  admi- 
rablemente. El  P.  José  María  Morelos  no  fue  original  al 
proponer  las  que  eran  tradicionales  conclusiones  teológicas 
políticas  y que  estaban  vigentes  en  su  tiempo,  las  cuales  justi- 
ficaban moralmente  el  uso  de  los  medios  violentos  a los  que 
él  acudió.  Fue,  con  Hidalgo,  original  en  atreverse  a llevarlas  a 
cabo. 

La  teología  católica  ha  mantenido  a lo  largo  de  los  siglos 
el  derecho  que  asiste  a los  pueblos  tiranizados  y oprimidos  a 
rebelarse  contra  sus  tiranos.  Haciéndose  eco  de  esa  tradición, 
Paulo  VI  especificó  que  la  "insurrección  revolucionaria"  es 
una  acción  legítima  "en  el  caso  de  tiranía  evidente  y 
prolongada  que  atentase  gravemente  a los  derechos 
fundamentales  de  la  persona  y dañase  peligrosamente  el  bien 
común"^98). 


251 


En  el  P.  Francisco  Suárez,  como  es  sabido,  aparece, 
entroncada  con  diversos  teólogos,  la  doctrina  del  derecho  qué 
asiste  a los  pueblos  tiranizados  para  suprimir  sus  males.  El 
jesuíta  afirmó:  “Si  el  rey  cambiase  en  tiranía  su  potestad 
justa,  abusando  de  ella  para  daño  manifiesto  de  la  ciudad, 
podría  el  pueblo  usar  de  su  potestad  natural  para  defenderse, 
porque  de  ésta  nunca  se  ha  privado”,  "porque  en  la  república 
(está  el  derecho  de  resistencia)  —añadía  el  teólogo— sólo  por 
vía  de  necesaria  defensa  para  su  conservación”.  Suárez 
concluía:  "Y  así  puede  la  república  toda,  por  acuerdo 
público  y general  de  las  ciudades  y de  los  proceres,  deponer  al 
rey:  ya  en  virtud  del  derecho  natural,  por  el  cual  es  lícito 
repelar  la  fuerza  con  la  fuerza;  ya  también  porque  en  este 
caso  necesario  para  la  propia  conservación  de  la  república  se 
entiende  quedar  exceptuado  en  aquel  primer  pacto,  por  el 
que  la  república  transfirió  su  potestad  al  rey"("). 

1.  EL  DERECHO  A LA  GUERRA 

Morelos  y los  teólogos  insurgentes  conocían  su  derecho 
natural  a repeler  con  violencia  la  tiranía  y el  abuso  de  auto- 
ridad de  que  eran  objeto.  Según  el  General,  en  efecto,  ”...  a 
un  reino  le  es  lícito  reconquistarse  y a un  reino  obediente  le 
es  lícito  no  obedecer  a su  rey  cuando  es  gravoso  en  sus  leyes, 
que  se  hacen  insoportables,  como  las  que  de  día  en  día  nos 
iban  recargando  en  este  reino  los  malditos  gachupines  arbi- 
tristas” (10°).  Los  patriotas  apelaron  a la  violencia  como  al 
último  recurso  posible  para  reivindicar  sus  derechos.  Habían 
agotado  antes  todos  los  demás  medios.  El  único  de  que 
podían  disponer,  entonces,  era  el  de  "repeler  la  fuerza  con  la 
fuerza".  Sólo  con  las  armas  recobrarían  los  derechos  usur- 
pados a su  nación  <101)  . Los  tiranos  habían  cerrado  todos  los 
caminos  pacíficos  de  reivindicación  del  pueblo.  Fue  necesario 
a los  criollos  "valerse  de  la  fuerza"  para  reclamar  sus  derechos 
y expulsar  del  territorio  a los  invasores^102). 

El  P.  Morelos  lo  explicó  así  al  Obispo  de  Oaxaca: 
"Aunque  la  obstinada  resistencia  del  gobierno  europeo,  tan 
¡legítimo  en  sus  principios  como  tirano  y bárbaro  en  sus 
providencias,  no  sólo  ha  negádose  a nuestras  solicitudes,  sino 
lo  que  parece  increíble,  ha  cerrado  los  oídos  a la  razón,  sin 


252 


querer  entrar  en  discusión  sobre  la  justicia  de  nuestra  causa  y 
los  sanos  principios  con  que  nos  conducimos;  no  por  eso  nos 
desatendemos  los  que  estamos  a la  frente  de  la  Nación,  soste- 
niendo sus  derechos  sagrados,  de  repetir  y observar  exac- 
tamente las  justificadas  causas  o máximas  de  los  de  gentes  y 
de  guerra,  en  beneficio  de  la  humanidad,  en  ocasión  en  que, 
más  que  a todos,  interesa  a nuestros  antagonistas  el  conocerlo 
y el  acogerse  a los  últimos  efugios  que  después  de  veinte  y 
seis  meses  de  una  guerra  intestina  y nunca  vista,  han  quedado 
en  fuerza  de  nuestra  religiosidad  y carácter  por  temperamento 
humano''^103). 

La  guerra  insurgente  no  fue  un  movimiento  arbitrario 
producido  por  un  capricho  irracional,  señaló  el  Siervo:  "no  es 
mi  intento  proceder  por  la  fuerza  y el  capricho,  sino  por  la 
recta  razón "HO4)  . Empeñarse  en  su  acción  liberadora  era  un 
derecho  natural  y una  acción  justificada  teológicamente: 
"valgámonos  del  derecho  de  guerra  —exhortaba  el  jefe  de  la 
resistencia  en  Cuautla—  para  restaurar  la  libertad  polí- 
tica" <105)  . En  Acapulco,  el  jefe  militar  que  incendiaba  el 
sur,  expuso  claramente  a los  españoles:  "La  nación  quiere 
que  el  gobierno  recaiga  en  los  criollos,  y como  no  se  le  ha 
querido  oír,  ha  tomado  las  armas  para  hacerse  entender  y 
obedecer''^106). 


Morelos  recordó  las  excepciones  que  merece  el  quinto 
mandamiento  de  la  ley  divina:  es  lícito  matar  en  "guerra  justa 
como  la  presente",  decía,  así  como  "al  injusto  inva- 
sor" í107)  , El  general  instruyó  a sus  compatriotas  con 
palabras  contundentes:  "Por  fin,  paisanos  míos,  es  ley 
prescrita  en  el  Derecho  Común  y de  Gentes,  que  se  extermine 
al  enemigo  conocido.  Si  los  gachupinos  no  rinden  sus  armas 
ni  se  sujetan  al  gobierno  de  la  Soberana  y Suprema  Junta 
Nacional  de  esta  América,  acabémoslos,  destruyámoslos, 
exterminémoslos,  sin  envainar  nuestras  espadas  hasta  no 
vernos  libres  ..."  D°8). 

Era  íntima  la  persuación  de  la  necesidad  y justicia  de  la 
revolución  en  el  ánimo  de  Morelos.  Por  ello  decía  al  Cabildo 
oaxaqueño  que  si  la  causa  no  fuera  justa  "yo  y todo  mi 
ejército  dejaremos  las  armas  de  las  manos"  <109*  . Sin  reti- 


253 


cencías,  por  tanto,  el  discípulo  de  Hidalgo,  que  rechazaba 
otros  títulos,  aceptó  el  que  le  dio  un  subordinado  suyo,  D. 
Miguel  Antonio  de  Quesada:  "Generalísimo  de  las  Católicas 
Armas  de  esta  América  Septentrional" 


VIII.  DIVERSAS  OPCIONES  POLITICAS  DEL 
CLERO  ANTE  LA  INDEPENDENCIA 


Durante  la  insurgencia  se  produjo  una  agria  polémica 
entre  el  clero  novohispano,  en  la  cual  participaron  también 
los  laicos.  Una  parte  del  clero,  irreductiblemente  asentada  en 
el  pasado,  execró  al  movimiento  renovador.  Otros  fueron 
insurgentes.  De  las  filas  del  clero  salieron  realistas  e insur- 
gentes que  tomaron  las  armas  para  defender  sus  ideas,  según 
lo  muestra  el  cuadro  siguiente.  (Ver  pag.  225) 


1.  ALGUNAS  OPINIONES  EPISCOPALES 

El  24  de  mayo  de  1810  el  obispo  electo  Don  Manuel 
Abad  y Queipo  declaró  que  "D.  Miguel  Hidalgo  ...  y sus 
secuaces  . . . son  perturbadores  del  orden  público,  seductores 
del  pueblo,  sacrilegos,  perjuros  ...  y calumniadores  de  los 
europeos"  í11  ^ . El  arzobispo  de  México,  D.  Francisco 
Xavier  Lizana  y Beaumont,  reaccionó  el  24  de  septiembre.  En 
una  carta  pastoral  preguntó  a Hidalgo:  "Dime,  dime,  pobre 
engañado  por  el  espíritu  maligno  . . . ¿cómo  has  caído  como 
otro  Luzbel  por  su  soberbia?  ...  No  se  volverá  a oír  tu 
nombre  en  este  reino  de  Dios,  sino  para  eternos  anatemas". 
Según  Lizana,  Hidalgo  no  era  ministro  de  Jesucristo,  sino  de 
Satanás  y precursor  del  Anti  Cristo.  Contra  la  revolución 
insurgente  el  prelado  defendió  la  tesis  política  de  que  "el 
mejor  gobierno  de  cada  país  es  el  que  actualmente  tiene  . . . 
porque  son  tales  y tantas  las  desgracias  que  han  de  intervenir 
para  mudarlo  que  jamás  podrá  compensarlas  felicidad 
alguna".  Lizana  exhortó  al  clero  a que  sostuviera  la  causa  de 
Fernando  Vil  para  que  limpiara  "el  borrón  con  que  un 
ministro  del  santuario  ha  tiznado  nuestro  venerable 
gremio"  ^112^  . En  opinión  del  Sr.  Lizana,  la  insurgencia  era 
anticatólica,  quimérica,  extravagante,  ridicula  y produciría 


254 


CUADRO  GENERAL  ESTADISTICO 

INSURGENTES  TRIGARANTES  REALISTAS  TOTAL 

Número  Porcentaje  Número  Porcentaje  Número  Porcentaje  Número  Porcentaje 


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Fuente:  José  Bravo  Ugarte,  S.J.  Revista  Abside  Vol.  Vil,  1943. 

255 


tres  males  terribles.  Sería  sumamente  perjudicial  para  los  diri- 
gentes de  ella,  para  la  Nueva  España  y para  todas  las  naciones 
de  la  tierra.  El  movimiento  de  independencia  era,  también 
una  "doctrina  que  reprueba  con  las  Sagradas  Escrituras 
nuestra  Santa  Madre  la  Iglesia"  afirmaba  el  anciano  D.  Fran- 
cisco t-113). 

El  obispo  de  Guadalajara,  el  24  de  octubre  de  1810, 
excomulgó  a los  "protervos"  Hidalgo,  Allende,  Aldama, 
Abasólo  y a "cuantos  de  cualesquiera  suerte  voluntariamente 
aprueben,  auxilien  o favorezcan  sus  proclamas  . . <114). 

El  obispo  de  Puebla  y su  clero  se  adhirieron  a la  causa 
del  rey  mediante  un  juramento  que  firmaron  el  27  de  octubre 
del  mismo  1810:  "Como  ministros  de  la  religión  santa  que 
profesamos,  que  impone  como  uno  de  los  primeros  deberes  la 
obediencia,  respeto  y sumisión  a los  reyes,  de  que  nos  dio 
ejemplo  su  soberano  Autor,  debemos  ser  las  más  firmes 
columnas  que  sostengan  el  trono  del  Monarca,  a quien  hemos 
jurado  reconocer  y obedecer".  Los  poblanos  tacharon  a los 
sacerdotes  insurgentes  de  "sujetos  infames  y desnaturalizados 
que  aspiran  a sacudir  el  suave  yugo  bajo  el  cual  gustosamente 
hemos  vivido".  Concluyeron  su  escrito  prometiendo  no  apar- 
tarse "jamás  de  la  justa  causa,  predicar  y enseñar,  tanto  en  los 
ejercicios  propios  de  nuestro  ministerio,  como  en  las  conver- 
saciones familiares,  la  sana  doctrina  de  obediencia  y respeto  a 
nuestro  legítimo  soberano  el  Sr.  Don  Fernando  VI I " ^ 1 1 . 

2.  EL  ASOMBRO  D€  UN  ESPIA 

Un  grupo  de  sacerdotes  y seglares  se  reunieron  para 
comentar  los  sucesos  que  tanto  interesaban  a todos.  La  junta 
tuvo  lugar  en  la  ciudad  de  Celaya.  Fr.  Cristóbal  Rodríguez, 
espía  realista,  los  denunció  el.  17  de  febrero  de  181 1.  Su  carta 
es  reveladora  de  la  efervescencia  vivida  en  aquellos  días. 

Dice  así:  "Mimo.  Sr.  En  cumplimiento  de  mi  obli- 
gación . . . paso  a hacer  las  denuncias  siguientes:  . . . huvo 
una  junta  en  la  Celda  del  R.P.  Planearte,  en  donde  concu- 
rrieron los  Padres  Dn.  Manuel  Días,  Cura  interino  de  Celaya, 
Dn.  José  Bellojín,  D.  José  Pérez,  D.  Pedro  Pérez,  D.  Ramón 
Natera,  el  R.P.  Guardian  de  aquel  colegio  Fr.  Ignacio  Mora- 
les, el  Padre  Lector  de  sagrada  Theología  Fr.  Mariano  Salazar 


256 


y los  Seculares  Dn.  Francisco  Tres  Guerras (1 16)  y Dn.  Fran- 
cisco Oviedo.  En  medio  de  la  confusión  de  los  muchos,  que 
hablaban  a un  mismo  tiempo,  oí  esta  proposición:  de  que  era 
subrrepticio  el  Edicto  (de  Abad  y Queipo)  . . . porque  no 
havía  venido  por  la  conducta  acostumbrada:  y me  parece, 
que  la  profirió  Dn.  Francisco  Tres  Guerras:  a lo  que  respondí 
que  aquella  proposición  era  delatable.  Todos  callaron;  pero 
de  allí  a poco  comenzó  otra  vez  la  misma  confusión  de 
preguntas,  y repreguntas  al  R.P.  Planearte;  sobre  si  al  día 
siguiente,  que  era  domingo,  dirían  misa,  y que  si  se  fixaban 
los  Edictos  los  rasgarían  ...  En  esa  misma  junta,  el  P.D.  José 
Bellojín  dixo:  (como  escandalizado)  que  le  havía  dicho  un 
sujeto,  y creo,  que  de  carácter:  que  el  Edicto  de  la  Santa 
Inquisición  solo  serviría  para  limpiarse ...  Al  mismo  P. 
Guardian  le  oí  engrandecer,  y alabar,  el  espíritu- del  Herege 
Hidalgo  ...  A Dña.  Gertrudes  la  Ojos  la  oí  decir . . . que  el 
Sr.  Obispo  de  Valladolid  por  que  era  gachupín  había  puesto 
la  Excomunión;  y por  no  estar  consagrado  no  la  podía 
poner  ...  El  P.  Dn.  José  Pérez  havía  dicho  que  todos  los  que 
creían  a los  Gachupines  eran  Hereges  ...  El  P.  Dn.  Manuel 
Días  dixo  al  sargento,  Magdaleno  Rodríguez,  que  la  primera 
descarga  la  dieran  al  ayre,  y la  segunda  a los  gachupines:  que 
él  y los  P.P.  Dn.José  Pérez  y Dn. Pedro  Pérez  les  absolvían  de 
todo  . . . Dicho  P.  Rodríguez  ...  en  un  día  de  los  del  mes  de 
octubre  último  sacó  un  Rosario  por  las  calles,  y después 
predicó  cosas,  que  indicaban  persuasión  a Ntra.  Sra.  por  el 
felix  éxito  del  Herege  Hidalgo  ..."  (117>. 

3.  ACUSACIONES  ANALOGAS 

Realistas  e insurgentes  se  lanzaron  una  serie  de  acusa- 
ciones sumamente  fuertes.  Cada  bando  defendía  con  tena- 
cidad su  punto  de  vista,  basado  en  sus  conocimientos  teo- 
lógicos. Morelos  no  salió  bien  librado  del  juicio  inquisitorial. 
El  24  de  noviembre  de  1815  el  Tribunal  lo  acusó  de  haberse 
pasado  al  gremio  "feo,  impuro  y abominable  de  los  herejes 
Hobbes,  Helvecio,  Voltaire,  Lutero  y otros  autores  pestilen- 
ciales". La  inquisición  declaró  al  Siervo  "hereje  formal,  após- 
tata de  nuestra  sagrada  religión,  ateísta,  materialista,  deísta, 
libertino,  sedicioso,  reo  de  lesa  majestad  divina  y humana, 
enemigo  implacable  del  cristianismo  y del  estado,  seductor, 
protervo,  hipócrita,  astuto,  traidor  al  rey  y a la  patria,  lascivo. 


257 


pertinaz,  contumaz  y rebelde  al  santo  oficio".  Las  anteriores 
eran  las  imputaciones  generales.  A estas  siguieron  26  capí- 
tulos de  acusaciones  por  menorizadas^1 18^. 

Si  Abad  y Queipo  consideraba  que  Morelos  era  "sin 
disputa,  el  alma  y tronco  de  toda  la  insurrección",  decía  de 
él,  también:  "aunque  él  es  un  idiota,  la  envidia  y ambición 
han  desplegado  bastante  sus  talentos  para  entender  y atender 
su  propio  negocio  y aprovecharse  de  las  luces  y experiencias  de 
los  franceses  que  le  dirigen"  I1 19>. 

Antes  de  atacar  Valladolid,  Morelos  escribió  a Abad  y 
Queipo  en  los  siguientes  términos:  "Entre  los  grandes 
corifeos  de  la  tiranía  en  América,  sin  duda  ocupa  usted  un 
lugar  muy  distinguido.  Usted  fue  el  primero  que  con 
infracción  de  las  reglas  prescritas  por  Jesucristo  fulminó  el 
terrible  rayo  de  la  excomunión  contra  un  pueblo  cristiano  y 
generoso.  Usted  con  sus  persuasiones  y escritos  es  el  que  con 
mas  impulso  ha  soplado  la  hoguera  en  que  se  han  inmolado 
tantas  ¡nocentes  víctimas  a la  justicia  y a la  libertad  . . . Usted 
se  halla  en  el  conflicto  de  dar  la  última  prueba:  o de  que  es 
monstruo  entre  los  tiranos,  o de  que  circula  en  sus  venas 
espíritu  racional.  Presienta  en  su  corazón  los  sollozos  de  las 
viudas,  el  llanto  de  los  inocentes,  losayesde  los  heridos,  la 
confusión  de  todos  y cuanto  tiene  de  horrible  el  aspecto  de  la 
muerte  sembrando  por  todas  partes  los  cadáveres;  y ya  que 
tantas  veces  ha  exhortado  a ese  pueblo  a su  perdición, 
anímelo  ahora  para  su  salvación  . . . "U20) 

Terrible  también  es  el  Bando  del  insurgente  Dr.  Cos 
contra  el  mismo  Abad  y Queipo.  Lo  acusó  de  seguidor  de 
Bayo  y Jansenio.  Dijo  que  él  predicaba  que  "Jesucristo  no 
derramó  su  sangre  por  los  insurgentes;  que  es  imposible  que 
e'stos  se  salven  aunque  se  arrepientan  de  sus  pecados;  que  los 
insurgentes  sacerdotes  dejan  de  serlo  y quedan  destituidos  del 
carácter  espiritual  en  el  hecho  de  declararse  por  el  partido  de 
la  Nación  Americana  . . . ". 

El  doctor  escribió  los  siguientes  'Teoremas"  que 
recuerdan  el  método  de  Spinoza,  en  contra  del  electo: 
"1)  Abad  y Queipo  ni  es  ni  ha  podido  ser  penitenciario  ni 
obispo  de  Valladolid  porque  está  acusado  de  hereje  formal 
muchos  años  ha  ...  2)  Aunque  hubiese  sido  hábil  para  esta 
dignidad,  debería  deponerse  de  ella  por  ser  enemigo  tan 


258 


irreconciliable  de  la  América,  que  ha  procurado  el  exterminio 
de  todo  el  criollismo  . . . ; porque  en  vez  de  hacer  oficios  de 
pastor,  ha  hecho  los  de  lobo  rapaz,  solicitando  la  muerte 
temporal  y eterna  del  rebaño  de  Jesucristo  ...  3)  Abad  y 
Queipo  es  un  excomulgado  y está  incurso  en  todas  las 
censuras  fulminadas  por  el  Derecho  Canónico,  así  por  las 
causas  ya  indicadas,  como  por  haber  puesto  manos  violentas 
en  los  clérigos  . . . "(121) 


IX.  LA  TEOLOGIA  POLITICO  CARITATIVA 


Varios  decenios  antes  de  1810  había  empezado  en 
Michoacán,  en  Puebla,  en  México,  un  movimiento,  propiciado 
por  jesuítas,  renovador  de  la  teología  y filosofía  escolástica 
enseñada  en  las  aulas. 

En  1763  Clavijero  inició  su  período  docente  en  Valla- 
dolid.  Trató  de  incorporar  la  filosofía  y ciencias  modernas  a 
la  escolástica  tradicional.  Francisco  Xavier  Alegre,  por  su 
parte,  preparaba  sus  Instituciones  Teológicas  que  después 
publicó  en  7 volúmenes.  Asentó  que  la  autoridad  se  funda  en 
la  naturaleza  social  del  hombre  pero  su  origen  próximo  es  el 
consentimiento  de  la  comunidad.  La  autoridad  civil,  escribió, 
no  viene  inmediatamente  de  Dios  a los  gobernantes  sino 
mediante  la  comunidad.  Andrés  de  Guevara  y Bazoazabal 
promovió  el  estudio  de  la  filosofía  moderna  y escribió  el 
elogio  de  Descartes,  de  Galileo  y de  Bacon.  El  filipense  Díaz 
de  Camarra,  autor  de  Elementa  Recentioris  Phlosophiae 
impulsó  —expulsados  ya  los  jesuítas—  "la  avalancha  de  la 
modernidad".  Sufrió,  como  Clavijero,  contratiempos  graves 
por  lo  que  pareció  a los  conservadores  una  intolerable  osadía. 

El  P.  José  Pérez  Cálama,  patrocinado  por  el  obispo  de 
Puebla,  Sr.  Fabián  y Fuero,  partidario  de  la  Ilustración,  luchó 
contra  el  ergotismo  y contra  los  que  él  llamaba  vicios  de  la 
escolástica.  Pese  a las  contradicciones  que  le  opuso  una  parte 
del  clero,  trató  de  fomentar  en  los  alumnos  del  Seminario  de 
Valladolid,  tanto  el  sentido  crítico  como  el  uso  de  los  autores 
contemporáneos. 


259 


En  el  concurso  convocado  para  la  designación  del  rector 
de  esa  institución,  D.  Miguel  Hidalgo  obtuvo  el  puesto  gracias 
a su  “Disertación  sobre  el  verdadero  método  de  estudiar 
Teología  Escolástica".  Hidalgo  expuso  la  necesidad  de  unir  la 
escolástica  con  la  teología  positiva. 

Una  vez  consolidados  estos  intentos  renovadores  en  el 
campo  académico,  los  efectos  salieron  a la  calle.  Pérez  Cálama 
fundó  la  Sociedad  de  Amigos  del  país  en  1784.  Tenía  como 
fin  extender  al  pueblo  los  frutos  de  la  renovación  que  estaba 
experimentando  el  clero.  Deseaba  fomentar  la  educación  y 
acrecentar  la  industria  popular  para  cambiar  la  economía  y la 
sociedad.  Algunos  se  opusieron  alegando  que  el  movimiento 
propiciaría  la  independencia  política  de  la  Nueva  España,  que 
de  ninguna  manera  deseaban.  El  obispo  S.  Miguel  apoyó  el 
proyecto  en  1785.  En  septiembre  de  ese  año  unas  heladas 
destruyeron  las  cosechas  de  Michoacán.  El  obispo  encausó 
varios  préstamos  para  que  el  maíz,  alimento  necesario  para  el 
pueblo,  fuera  traído  de  otras  regiones. 

Pérez  Cálama  ideó  un  “Proyecto  Caritativo"  que  tendía 
a conseguir  mayores  cantidades  de  dinero  para  facilitarlo  en 
préstamos.  Junto  con  el  obispo  inició  la  construcción  de  un 
monumental  acueducto  —que  aún  subsiste—  para  propor- 
cionar trabajo  a los  pobres.  Ambos  pidieron  a las  clases 
adineradas  que  dieran  trabajo  al  mayor  número  posible  de 
desocupados  e indigentes  para  evitar  que  murieran  de 
hambre.  Aunque  el  canónigo  Lazo  se  opuso  a tales  iniciativas, 
no  pudo  impedir  que  tuvieran  éxito.  De  octubre  de  1785  a 
enero  del  siguiente  año  los  necesitados  obtuvieron  préstamos 
por  la  cantidad  de  288  mil  pesos.  Es  de  notar  que  actividades 
similares  eran  llevadas  a cabo  en  los  arzobispados  de  Puebla  y 
de  México. 

El  anterior  movimiento  desembocó  en  el  bosquejo  de  la 
llamada  Teología  Político  Caritativa,  que  ha  sido  calificada 
como  una  “interpretación  ¡lustrada  de  la  caridad  cristiana". 
Estableció,  en  efecto,  un  método  nuevo  para  considerar  y 
reinterpretar  los  contenidos  teológicos.  Esta  teología  trató  de 
encarnar  efectivamente  la  fe  a partir  de  las  necesidades 
sociales. 

Pérez  Cálama  escribió  su  Carta  Histórica  sobre  Siembras 
Extemporáneas  de  Maíz  y otras  Precauciones  para  lo  Futuro 


260 


contra  la  Escasez,  así  como  su  Proyecto  de  Transporte  por  el 
Río  Balsas.  Ahondó  su  reflexión  en  la  realidad  económica, 
urgido  por  la  fe  religiosa  que  lo  interpelaba.  El  Dr.  Vicente 
Antonio  de  los  Ríos  hizo  lo  posible  para  que  el  movimiento 
teológico  social  fuera  detenido  por  las  autoridades  reales. 

El  cambio  de  mentalidad  en  muchos  clérigos,  principal- 
mente en  la  diócesis  de  Michoacán  estaba,  con  todo,  reali- 
zado. Los  adictos  a estas  tendencias  se  preocuparon  por 
fundir  la  teología  de  la  Ciudad  de  Dios  con  la  preocupación 
que  mostraba  por  la  Ciudad  del  Hombre. 

Desde  1787  el  clero  mostró  un  abierto  malestar  contra 
la  corona  por  la  creciente  injerencia  que  ésta  mostraba  en  los 
asuntos  eclesiásticos.  Igualmente  grave  sería  la  reacción  ante 
el  Decreto  de  Enajenación  expedido  en  1804  que  tan  drásti- 
camente dañó  la  economía  colonial.  Un  elemento  externo,  la 
Revolución  Francesa  y su  efecto,  Napoleón,  detuvo  el  choque 
contra  la  corona,  así  como  también  la  profundización  y evo- 
lución de  la  Teología  Política  Caritativa.  Sin  embargo,  el 
clero  había  quedado  interesado  vivamente  en  los  problemas 
políticos  y económicos.  La  presencia  en  la  revolución  insur- 
gente de  un  clero  altamente  politizado,  que  sabía  de  organi- 
zación social  y económica,  tuvo  aquí  una  parte  importante  de 
su  origen  U22) 


X.  CONCLUSION 

Las  observaciones  del  revolucionario  Morelos  analizaron 
los  cinco  más  importantes  problemas  que  afrontaba  su  nación. 
A lo  largo  de  sus  escritos,  D.  José  María  criticó  la  situación 
política,  jurídica,  económica,  social  y religiosa  de  la  entonces 
Nueva  España.  Los  escritos  del  insurgente  fueron  producidos 
al  tiempo  que  comandaba  sus  fuerzas  armadas.  No  son,  por 
tanto,  ni  el  lamento  del  poeta  que  manifiesta  la  soledad  de  su 
alma,  ni  el  frío  ensayo  analítico  del  especialista  que  diagnos- 
tica males  sociales  ajenos  a su  vida.  Por  necesidad  revolu- 
cionaria Morelos  describió  los  males  que  experimentaba  como 
parte  que  era  del  pueblo  oprimido  por  la  injusticia. 

Leyendo  aquellos  párrafos  suyos,  hemos  comprendido 
por  qué  el  Siervo  abandonó  su  parroquia  y fue  a incendiar  el 
Sur.  Cumplía  el  mandato  de  Hidalgo  su  maestro  en  cuanto 


261 


éste  encarnaba  la  voz  angustiosa  de  un  pueblo  que  exigía  su 
liberación.  El  mérito  de  Morelos  consistió  en  haber 

ampliado  de  un  modo  tan  efectivo  la  acción  libertadora 
iniciada  por  Hidalgo,  que  resquebrajó  un  discurrir  histórico 
tres  veces  centenario.  Morelos  engendró  una  época  nacional 
creadora. 

El  pensamiento  del  insurgente  tuvo  su  fuerte  principal 
en  la  pobreza  agobiante  que  soportaba  el  pueblo.  Como  sacer- 
dote suyo,  sintió  en  carne  propia  el  profundo  malestar  que 
experimentaba  el  nacido  en  estas  tierras.  Morelos  fue  guía 
indiscutible  de  la  ¡nsurgencia  porque  no  había  sido  ajeno  al 
sufrimiento  de  sus  hermanos. 

La  extraordinaria  fuerza  que  el  Siervo  imprimió  a la 
revolución  de  independencia  fue  resultado  de  una  conciente 
acción  del  caudillo  que  tenía  el  deliberado  propósito  de 
lograr  la  libertad  y reorganización  social  de  su  nación.  Los 
graves  errores  cometidos  por  Morelos  en  las  batallas  de  Valla- 
dolid  y Puruarán,  derrumbaron  las  energías  del  hombre  y 
derrotaron  al  movimiento  insurgente,  que  decayó  cuando  las 
balas  realistas  asesinaron  al  prisionero. 

El  espíritu  de  Morelos,  con  todo,  vive  aún  y permanece 
como  ideal,  porque  él  es  héroe  y símbolo  de  la  Historia  de 
México.  El  rápido  discurrir  de  los  años,  a partir  del  ya  remoto 
1815,  no  han  reducido  la  importancia  de  la  herencia  que 
D.  José  María  legó  a su  patria. 

Es  un  hecho  relevante  que  los  más  encarnizados  opo- 
sitores de  Morelos  hayan  pronunciado,  sin  embargo,  los  mejo- 
res elogios  vertidos  acerca  del  hombre  fusilado  en  S.  Cris- 
tóbal. Alamán  confesó:  “Es  el  hombre  más  notable  que  hubo 
entre  los  insurgentes".  Abad  y Queipo  reconoció:  "fue  un 
héroe  extraordinario  en  la  guerra  y en  la  política".  Calleja  le 
llamó  "espíritu  verdaderamente  revolucionario  y empren- 
dedor" H23) 

No  finalicemos  este  sencillo  trabajo  sin  reproducir  una 
parte  del  manifiesto  redactado  por  los  soldados  de  Morelos 
cuando  éste  caminaba  hacia  México,  próximo  a derramar  su 
sangre.  Las  líneas  reflejan  los  sentimientos  de  los  comba- 
tientes que  perdían  a su  jefe,  y así  como  el  ambiente  en  que 
se  encontraba  nuestro  país  azotado  por  la  guerra:  "Soldados: 
acabáis  de  ser  testigos  casi  presenciales  de  un  hecho  que  ha 


262 


cubierto  de  luto  vuestro  corazón  . . .;  queremos  deciros  del 
arresto  del  señor  Generalísimo  D.José  María  Morelos, 
ocurrido  desgraciadamente  el  domingo  5 del  corriente  en  las 
inmediaciones  de  Temazcala.  Este  acontecimiento  que  llorará 
la  Nación  Mexicana  con  la  misma  justicia  que  el  pueblo  de 
Israel  la  de  su  caudillo  Judas  Macabeo  ...  no  debe  preci- 
pitaros en  el  abandono,  en  la  desolación  y des- 
pecho . . . Soldados:  vosotros  sabéis  mejor  que  nadie  lo  que 
habéis  perdido;  vosotros  conocisteis  a nuestro  Padre  Morelos, 
le  acompañásteis  en  sus  brillantes  campañas,  merecisteis  su 
cariño  entrañable,  partisteis  con  él  la  gloria  de  dar  libertad  a 
la  afligida  América,  y siempre  os  condujo  por  el  camino  del 
honor  y de  la  victoria.  ¡Ah!  Consideradlo  ahora  en  medio  de 
sus  enemigos  rabiosos,  sedientos  de  su  sangre,  como  oveja  en 
las  garras  de  los  tigres  y leopardos,  hecho  el  objeto  de  su 
menosprecio;  burlado,  ultrajado,  herido  y dispuesto  a sufrir 
por  vosotros  una  muerte  cruel  en  que  apuren  nuestros  ene- 
migos los  arbitrios  más  exquisitos  de  su  natural  ferocidad. 
Soldados:  He  aquí  la  suerte  que  ha  cabido  a vuestro  Padre,  el 
ornamento  de  la  América  Mexicana,  el  Héroe  del  Sur,  cuyo 
solo  nombre  hacía  retemblar  a nuestros  tiranos  y ha  forzado 
la  admiración  de  Europa  ...  i Ea!  , juremos  todos  vengar  su 
sangre;  repitamos  este  propósito  a la  tarde,  a la  mañana,  a la 
noche  y a todos  instantes  de  nuestra  vida.  ¡Mueran  sus  ase- 
sinos, y lave  la  sangre  de  sesenta  mil  europeos  tiranos  que 
habitan  esta  América  la  de  vuestro  amado  y querido  general! 
¡Guerra,  guerra  y odio  eterno  a los  asesinos  del  Gran 
Morelos!  H24) 


NOTAS 

(1)  Puede  consultarse  la  Historia  de  México  de  Lucas  Alamán, 
México,  JUS,  1942,  t I p.  89— 144;  Villoro,  Luis,  El  Proceso 
Ideológico  de  la  Revolución  de  Independencia,  México,  UNAM, 
1967,  250  p,  p.  13—31;  Florescano  Enrique  e Isabel  Gil  Sánchez, 
La  Epoca  de  las  Reformas  y el  Crecimiento  Econó- 
mico, 1750—1808,  p.  183—301,  en  Historia  General  de  México, 
México,  El  Colegio  de  México,  1976,  t.  II;  Cuevas,  Mariano, 
Historia  de  la  Iglesia  en  México,  México,  Ed.  Patria,  5a.  ed.,  t.  I V 
p.  435—549,  y t.  V de  Editorial  Revista  Católica,  el  Paso,  Texas, 
1928,  p.  33-96. 


263 


(2)  La  última  afirmación  proviene  de  Villaseñor  y Villaseñor,  Alejan- 
dro, Biografías  de  los  Héroes  y Caudillos  de  la  Independencia, 
México,  JUS,  1962,  t.  II  p.  45.  La  mejor  obra  que  conozco  en 
torno  a Morelos,  verdadera  enciclopedia  del  insurgente  y su 
época,  es  la  de  Lemoine  Villicaña,  Ernesto,  Morelos  y la  revo- 
lución de  1810,  Gobierno  del  Estado  de  Michoacán,  1979,  458 
p.  Fuentes  importantes  son  Bustamante,  Carlos  María,  Cuadro 
Histórico  de  la  Revolución  Mexicana  Comenzada  en  Septiembre 
15  de  1810  por  el  C.  Miguel  Hidalgo  y Costilla,  México,  Talleres 
Soria,  1926;  Alamán,  op.  cit.  t.  I a III.  Dos  estudios  dignos  de 
mención  acerca  de  D.  José  María  son  los  de  Chavez  A.,  Ezequiel, 
Morelos  México,  JUS,  1965,  222  p.,  y Vargas,  Ubaldo,  Morelos 
Siervo  de  la  Nación,  México,  Porrúa,  1971,  3a.  ed.,  175  p. 

(3)  Para  estudiar  los  escritos  de  Morelos  usé  la  recopilación  que  publi- 
có Lemoine  Villicaña,  Ernesto,  Morelos,  Su  vida  revolucionaria  a 
través  de  sus  escritos  y de  otros  testimonios  de  la  época,  México, 
UNAM,  1965,  715  p.  En  adelante  cito  el  título  del  escrito,  el 
lugar  donde  fue  redactado  y la  fecha.  La  letra  D indica  el  número 
que  este  Documento  tiene  asignado  en  esta  obra  y señalo  en  qué 
páginas  se  encuentra.  Véase  para  este  caso  la  Proclama,  Cuautla, 
23  II  1812,  D 24  p.  196. 

(4)  Desengaño  de  la  América,  Tehuantepec,  XII,  1812,  D 55  p.  255 

(5)  Manifiesto  de  Puruarán,  ibid,  28  Vil  1815,  D 202  p.  557. 

(6)  Tratados  con  mayor  amplitud  pueden  verse  estos  conceptos  en 
Churruca  Peláez,  Agustín,  Abad  y Queipo  y Morelos,  Diagnosis 
Sociales  en  Pugna,  México,  Christus,  julio  de  1978,  núm.  512, 
p.  37-46. 

(7)  García  Genaro,  Documentos  Inéditos  o Muy  Raros  para  la  Histo- 
ria de  México,  El  Clero  de  México  y la  Guerra  de  Independencia, 
México,  Librería  de  la  Vda.  de  Ch.  Bouret,  1906,  t.  IX,  p.  38—49 
documento  V y Anexo  A. 

(8)  Elemento  de  la  Constitución,  Tehuacán,  7 XI  1812,  D.  40  p.  222. 

(9)  Proclama,  Cuautla,  8 II  1812,  D.  22  p.  192. 

(10)  Anotación  a Una  Circular  del  Arzobispado  de  México,  Chilpan- 
cingo,  2 VI  1813,  D.  84  p.  317. 

(11)  A los  Criollos  Que  Andan  Con  las  Tropas  de  los  Gachupines, 
Cuautla,  23  II  1812,  D.  24  p.  195. 

(12)  Sentimientos  de  la  Nación,  Chilpancingo,  14  1X1813,  D.  110 
p.  370. 

(13)  Oficio,  Cuautla,  31  XII  1811,  D.  19  p.  186. 

(14)  Carta  a J.  M.  Liceaga,  Chilapa,  28  VI  1812,  D.  28  p.  203. 

(15)  Carta  a Don  Ignacio  López  Rayón,  Tehuacán,  12  IX  1812,  D.  31 
p.  207. 

(16)  Actas  del  Congreso,  Chilpancingo,  5 a 9 XI  1813,  D.  135  p.  421. 

(17)  Reglamento  para  la  Instalación  del  Congreso,  Chilpancingo,  11 
IX  1813  D.  107  p.  355. 


264 


(18)  D.  136  p.  424-5. 

(19)  Puede  verse  el  texto  constitucional  en  Tena  Ramírez,  Felipe, 
Leyes  Fundamentales  de  México,  1808—1957,  México,  Porrúa, 
1957,  942  p.  32—58.  Las  principales  influencias  que  recibió  esta 
Constitución  provinieron  de  Locke,  Hume,  Montesquieu, 
Rousseau,  Jefferson,  Feijoo,  entre  otros.  Cabe  recordar  que  en  las 
universidades  americanas  había  sido  elaborada  una  tradición  jurí- 
dica, asentada  en  el  Derecho  Romano  y en  el  Derecho  Clásico 
Español,  populista  y democrático,  que  había  sido  clarificado  en  el 
siglo  XVI  por  Vitoria,  Soto,  Suárez,  etc.  Los  universitarios  de  la 
América  también  conocieron  a los  juristas  Grocio,  Puffendorf  y 
Heineccius.  Por  otro  lado,  el  ejemplo  estadounidense  fue  deter- 
minante, como  cabe  suponer.  En  cuanto  al  proceso  electoral, 
nuestra  constitución  se  inspiró  en  la  de  Cádiz  y en  la  francesa.  El 
Documento  significó  la  culminación  social  y política  del  pueblo 
novohispano.  Fue  la  sexta  escrita  en  América,  después  de  las  de 
Estados  Unidos  (1776),  Haití  (1804),  Ecuador  (1809),  Colom- 
bia (1810)  y Venezuela  (1811).  Puede  verse  el  excelente  estudio 
de  De  la  Torre  Villar,  Ernesto,  La  Constitución  de  Apatzingán  y 
los  Creadores  del  Estado  Mexicano,  México,  UNAM,  1964,  439 
p.,  p.,  41-84. 

(20)  Sentimientos  de  la  Nación,  Chilpancingo,  14  IX  1813,  D.  110 
p.  371. 

(21)  Exposición  de  Motivos,  Apatzingán,  23  X 1814,  D.  175  p.  492. 

(22)  Decreto,  Chilpancingo,  25  X 1813,  D.  131  p.  411-12. 

(23)  Subrayó  Morelos.  Carta  a Ignacio  López  Rayón,  Acapulco, 
3 VIII  1813,  D.  101,  p.  346. 

(24)  Carta  a López  Rayón,  Liceaga  y Berdusco,  El  Veladero, 
29  III  1813,  D.  68  p.  280. 

(25)  Ultimátum  a Velez,  Acapulco,  2 V 1813,  D.  76  p.  287. 

(26)  Carta  a Liceaga,  Puruarán,  3 I 1814,  D.  151  p.  453. 

(27)  Carta  al  Presidente  de  los  Estados  Unidos  del  Norte,  Puruarán,  14 
Vil  1 8 1 5,  D . 206  p.  564.  Madison  gobernó  de  1 808  a 1816. 

(28)  Discurso,  Chilpancingo,  14  IX  1813,  D.  103  p.  369. 

(29)  Sentimientos  de  la  Nación,  sentimiento  23,  Chilpancingo,  14  IX 
1813,  D.  1 10  p.  372-3 

(30)  Discurso,  Chilpancingo,  14  IX  1813,  D.  103  p.  369. 

(31)  Carta  al  Presidente  de  los  Estados  Unidos  del  Norte,  Puruarán,  14 
Vil  1815,  D.  206  p.  563. 

(32)  Proclama,  Cuautla,  8 II  1812,  D.  22  p.  190. 

(33)  Manifiesto,  Oaxaca,  23  XII  1812  D.  53  p.  243  y 245. 

(34)  Ibidem. 

(35)  Exposición  de  Motivos,  Apatzingán,  23  X 1814,  D.  175  p.  493. 

(36)  Decreto,  Puruarán,  3 a 14  Vil  1815,  D.  203  p.  559. 

(37)  Sentimientos  de  la  Nación,  Chilpancingo,  14  IX  1813,  D.  110 
p.  372. 


265 


(38)  Circular,  Ciudad  de  Nuestra  Señora  de  Guadalupe  de  Tecpan, 
13  X 1811,  D.  16  p.  182. 

(39)  Tena  Ramírez,  op.  cit.  p.  35—6 

(40)  Ibidem.  p.  33 

(41)  Discurso,  Chilpancingo,  14  IX  1813,  D.  109  p.  367—9. 

(42)  Carta  a Calleja,  Cuautla,  4 IV  1812,  D.  26  p.  201. 

(43)  Morelos  explicitó  su  fe  católica  contraponiéndola  a la  conducta 
de  los  enemigos  de  la  independencia.  Los  calificó  de  "perjuros 
enemigos  de  Dios",  al  que  no  guardaban  el  debido  temor. 
Tampoco  tenían  la  veneración  debida  a la  Virgen,  según  expresó 
D.  José  María.  (Desengaño,  Tehuantepec,  XII,  1812,  D.  55  p. 
255).  La  conducta  de  estas  personas  era  para  el  Generalísimo  peor 
que  la  de  los  paganos  (Manifiesto,  Oaxaca,  23  XII  1812,  D.  53  p. 
244). 

(44)  Desengaño,  ibidem.  El  autor  llama  a los  españoles  "gachupines 
brutos  de  Babilonia".  Véase  también  Intimación  a Velez, 
Acapulco,  2 V 1813,  D.  77  p.  290. 

(45)  Carta  al  Obispo  de  Puebla,  D.  Manuel  Ignacio  del  Campillo, 
Tlalpa,  24X1  181 1,  D.  17  p.  183. 

(46)  Proclama,  s/1 .,  XII  181  T,D.  18  p.  185-6. 

(47)  Ibidem.  Molestaba  a Morelos  que  no  todos  sus  compatriotas 
tuvieran  el  valor  de  seguir  el  camino  de  sacrificio  que  exigía  el 
bien  de  la  patria.  Recordemos  que  no  fue  fácil  a Moisés  acallar  las 
protestas  de  los  judíos  que  también  preferían  las  cadenas  de  la 
esclavitud.  Véase  p.e.  Exodo  14,11  — 12:"...  mejor  nos  es  servir 
a los  egipcios  que  morir  en  el  desierto". 

(48)  Carta  al  Obispo  de  Oaxaca  D.  Antonio  Bergoza  y Jordán,  Oaxaca, 
25X1  1812,  D.  43  p.  231.;  Discurso,  Chilpancingo,  14  IX  1813 
D.  109  p.  366. 

(49)  Desengaño,  Tehuantepec,  XII  1812,  D.  55  p.  256. 

(50)  Reflexiones,  Tehuacán,  7 XI  1812,  D.  40  p.  226. 

(51)  Discurso,  Chilpancingo,  14  IX  1813,  D.  109  p.  366.  Permítaseme 
una  disgresión.  El  Papa  Juan  Pablo  II  encuentra  un  bello  signi- 
ficado a esta  cita  del  Génesis.  Dios,  creador  omnipotente,  es 
Amor:  "El  Dios  de  la  creación  se  hace  Dios  de  f la  Alianza.  V esto 
se  realiza  según  la  misma  lógica  que  preside  desde  el  principio 
toda  la  obra  de  la  creación.  Es  una  lógica  del  amor  que  puede  tal 
vez  ser  identificada  con  aquella  de  la  que  habla  Pascal:  Le  coeur  a 
ses  raisons.  Precisamente  le  coeur:  iel  corazón!  . ¡En  toda  la 
descripción  del  Génesis  se  siente  latir  el  corazón!  No  tenemos 
ante  nosotros  a un  gran  Constructor  del  mundo,  a un  Demiurgo: 
estamos  ante  el  gran  Corazón"  (Wojtyla,  Karol.  Signo  de  Contra - 
dicción.  Meditaciones,  Madrid,  BAC,  2a.  edc.  1978,  264  p.,  p.  29. 

(52)  Desengaño,  Tehuantepec,  XII  1812,  D.  55  p.  253. 

(53)  Proclama,  s/1.  XII  1811  D.  18  p.  185-6. 

(54)  Proclama,  Cuautla,  8 II  1812  D.  22  p.  192. 


266 


(55)  Decreto,  Acapulco,  30  III  1813,  D.  70  p.  281. 

(56)  A los  Señores  Europeos,  Chilpancingo,  30  IX  1813,  D.  119 
p.  384. 

(57)  Proclama  del  Gobierno  Insurgente,  Tehuacán,  17  IX  1815,  D.  218 
p.  607. 

(58)  Proclama  s/1  XII  1811,  D.  18  p.  186. 

(59)  Carta  a Licega,  28  VI  1812  D.  28  p.  203. 

(60)  Proclama,  Cuautla,  8 II  1812  D.  22  p.  190. 

(61)  Anotación  de  Morelos,  Oaxaca,  26  XI  1812  D.  44  p.  233. 

(62)  Convocatoria  para  el  Congreso,  Acapulco,  28  VI  1813,  D.88 
p.  325. 

(63)  Toma  del  Castillo  de  Acapulco,  ibid.  25  VIII  1813  D.  105  p.  352. 

(64)  Discurso,  Chilpancingo,  14  IX  1813  D.  109  p.  368. 

(65)  Normas  para  el  Juramento  del  Decreto  Constitucional,  Apatzin- 
gán,  24  V 1814,  D.  176  p.  493. 

(66)  Carta  al  Presidente  de  Estados  Unidos  del  Norte.  Puruarán,  14  Vil 
1815,  D.  206  p.  563-4. 

(67)  Oficio,  Cuautla,  31  XII  1811,  D.  19  p.  186;  Exposición  de 
Motivos  Apatzingán,  23  X 1814,  D.  175  p.  493. 

(68)  Carta  al  Lie.  Ignacio  López  Rayón,  Hacienda  de  Viguera,  Oaxaca, 
24  XI  1812  D.42  p.  229;  Carta  al  Dr.  José  Ibañez  de  Corvera, 
Oaxaca,  18  II  1813  D.  61  p.  267. 

(69)  Circular,  Zacapo,  7 IX  1815  D.  209  p.  582. 

(70)  Proclama,  Cuautla,  8H  1812  D.22  p.  190.  Morelos  anotó  otras 
característica  de  la  actuación  de  Dios  en  la  independencia  de 
nuestro  país.  Confiaba  en  la  intervención  de  Dios  para  que  finali- 
zaran las  discordias  internas  que  calificaba  como  "cáncer",  ocu- 
rridas entre  los  insurgentes  (Carta  al  Dr.  Sixto  Berdusco,  El 
Veladero,  29  III  1813,  D.  68  p.  279).Trató  de  mover  la  voluntad 
de  Dios  para  ello:  "Yo  mandaré  decir  misas  de  gracias  el  día  que 
estemos  todos  de  acuerdo;  espero  en  Dios  que  tardará  poco  esta 
turbulencia"  (Carta  a D.  José  María  Liceaga,  Acapulco,  6 IV 
1813,  D.73  p.  284).  En  la  concepción  de  Morelos,  asimismo. 
Dios  juzgaba,  premiaba  y castigaba:  juzgará  a los  criollos  que  se 
opusieran  al  movimiento  insurgente  (A  los  Americanos,  Cuautla, 
23  III  1812,  D.  25  p.  199)  Premiará  a los  miembros  de  la  Junta 
que  cumplieren  su  obligación  y castigará  a los  que  fueren  infieles 
a su  deber  (Circular,  Uruapan,  6 IX  1815  D.  208  p.  576).  Casti- 
gará también  a los  europeos  opuestos  a que  los  "americanos 
recobren  sus  derechos"  (Carta  a Calleja,  Cuautla,  4 IV  1812  D.  26 
p.  200).  La  Virgen  de  Guadalupe  castigará  también  la  "insolencia 
y perfidia  inaudita"  de  los  enemigos  de  la  causa  (Desengaño, 
Tehuantepec,  XII  1812  D.  55  p.  255).  Morelos  nos  presentó  una 
actuación  de  Dios  muy  parecida  a la  que  El  mostró  en  el  Exodo 
de  los  judíos  (véase  p.e.  6,  6—9);  los  liberó  de  la  esclavitud  y los 
guió  a la  tierra  prometida.  Observemos  que  el  Generalísimo  consi- 


267 


deraba  a Dios,  como  abserva  ahora  Gustavo  Gutiérrez,  "un  Dios 
cercano,  de  comunión  y compromiso  con  el  hombre"  y "que 
acompaña  las  vicisitudes  históricas  de  su  pueblo"  (Gutiérrez, 
Gustavo,  Teología  de  la  Liberación,  Salamanca,  Sígueme,  1972 
399  p.,  p.  244  y 246).  Según  analiza  el  P.  Gutiérrez,  la  presencia 
de  Dios  entre  los  hombres  tuvo  dos  fases  en  el  Antiguo  Testa- 
mento. En  efecto,  de  "localizada  y ligada  a un  pueblo",  el  judío, 
fue  extendiéndose  a todos  los  pueblos  del  orbe.  Para  D.  José 
María  Morelos,  en  cambio,  en  el  tiempo  de  la  independencia,  Dios 
volvió  a tomar  su  postura  inicial:  optó  preferencialmente  por  el 
pueblo  oprimido  de  la  Nueva  España  (Ibidem  p.  250). 

(71 ) A los  Americanos,  Cuautla,  23  I II  1812  D.  25  p.  199. 

(72)  Desengaño,  Tehuantepec,  XII  1812  D.  55  p.  255. 

(73)  Proclama,  Cuautla,  10  11  1812  D.  22  p.  193. 

(74)  Razón,  Pinotepa  deJ  Rey  (hoy  Nacional)  3 11  1811  D.  8 p.  169. 

(75)  Desengaño,  Tehuantepec  XII  1812  D.  40  p.  255. 

(76)  Sentimientos  de  la  Nación,  sentimiento  19,  Chilpancingo,  14 
IX  1813  D.  1 10  p.  372. 

(77)  A los  Americanos,  Cuautla,  23  III  1812  D.  25  p.  199. 

(78)  Carta  al  Lie.  Ignacio  López  Rayón,  Oaxaca  I XII  1812  D.  47 
p.  235. 

(79)  Hernández  y Dávalos,  J.E.  Colección  de  Documentos  para  la 
Historia  de  la  Guerra  de  Independencia  de  México  de  1808  a 
1821,  México,  El  Sistema  Postal  de  la  República  Mexicana, 
1877-82,  6 t.,  t.  V D.  148,  p.  36. 

(80)  Informe  de  un  espía  realista,  Cuautla,  1 I 1812,  D.  20  p.  187—8. 

(81)  Decreto,  Ciudad  de  Nuestra  Señora  de  Guadalupe,  18  IV  1811, 
D.  10  p.  172.  Subrayado  de  Morelos. 

(82)  Manifiesto,  Oaxaca,  23  XII  1812,  D.  53  p.  245. 

(83)  Breve  Razonamiento,  Tlacosantitlán,  2X1  1813,  D.  133  p.  417. 

(84)  A los  Americanos,  Cuautla,  23  V 1812,  D.  25  p.  198. 

(85)  Desengaño,  Tehuantepec,  XII  1812,  D.  55  p.  251. 

(86)  Proclama,  Cuautla,  8 II  1812  D.  22  p.  190;  Juramento,  Oaxaca, 
13X11  1812,  D.  49  p.  236;  Carta  al  Gobernador  del  Obispado 
Dr.  Antonio  Ibañez  de  Corvera,  Oaxaca,  8 V 1813,  D.  78  p.  291 ; 
Convocatoria,  Acapulco,  28  VI  1813,  D.  88  p.  325. 

(87)  Exposición  de  Motivos,  Apatzingan,  23  X 1814  D.  175 
p.  489-91. 

(88)  Carta  a Calleja,  Cuautla,  4 IV  1812  D.  26  p.  201. 

(89)  Ultimátum  a Velez,  Acapulco,  30  IV  1813,  D.  76  p.  287. 

(90)  Proclama,  s/1.  XII  1811,  D.  18  p.  185;  Intimación  a Pedro 
Antonio  Velez,  Campo  sobre  el  Castillo  de  Acapulco,  2 V 1813, 
D.  77  p.  289. 

(91)  Morelos  no  concebía  a la  sociedad  como  autónoma  frente  a la 
autoridad  eclesiástica,  en  parte  como  reacción  ante  el  anti- 
clericalismo revolucionario  francés.  Ni  a la  Iglesia  —ello  por 


268 


resabios  del  Patronato—  frente  al  Estado. 

(92)  Acta,  Chilpancingo,  6 IX  1813,  D.  136  p.  424. 

(93)  Discurso,  Chilpancingo,  14  IX  1813,  D.  109  p.  365. 

(94)  Cuevas,  t.  V p.  98. 

(95)  Guzmán,  Martín  Luis,  Morelos  y la  Iglesia  Católica,  Documentos, 
México  Empresas  Editoriales,  1948,  231  p.,  p.  95  cap.  19,  Causa 
Instruida  por  la  Inquisición  de  México  contra  D.  José  María  More- 
los y Pavón. 

(96)  Gutiérrez,  op.,  cit.  p.  177. 

(97)  Ibidem,  p.  79,  90,  108,  177,  187,  210-1,221-2,237-9,  240, 
251-2,255,  264. 

(98)  Exceptuado  este  caso,  el  Pontífice  consideraba  la  sublevación  como 
"un  mal  mayor"  porque  "engendra  nuevas  injusticias,  introduce 
nuevos  desequilibrios  y provoca  nuevas  ruinas":  Populorum 
Progressio,  Parte  Primera,  III,  30—31.  Permítaseme  incluir  aquí 
el  comentario  que  el  P.  Pedro  Arrupe  hizo  a este  respecto, 
durante  la  III  Celam,  efectuada  en  Puebla,  en  el  año  de  1979.  El 
periodista  José  Ramón  Ceschi,  de  Cadena  de  Radio  Rosario, 
Argentina,  en  una  parte  de  su  pregunta  le  dijo:  "La  Iglesia  admite 
tradicionalmente  que  la  violencia  considerada  como  recurso  a las 
armas  puede  ser  el  mal  menor  (aunque  solo  por  vía  excepcional  y 
bajo  determinadas  condiciones)  ante  una  situación  de  opresión 
extrema  . . . ".  El  Superior  General  de  los  jesuítas  respondió: 
".  . . la  Constitución  Gaudium  et  Spes  nos  dice  que  el  uso  y vio- 
lencia de  las  armas  es  legítimo  en  casos  extraordinarios,  muy 
extraordinarios.  ¿Qué  se  desprende  de  esta  enseñanza  de  la 
Iglesia?  Primero:  el  cristiano  es  un  hombre  de  paz.  No  es  pacifista 
por  cobardía,  sino  pacifista  por  amor.  El  cristiano  está  dispuesto 
o debe  estar  dispuesto  a ser  mártir,  pero  es  pacifista.  Segundo:  es 
importante  saber  que  la  paz  es  posible  o dicho  de  otra  forma,  que 
la  violencia  y la  guerra  no  son  inevitables.  Es  posible  desarmar  las 
manos  y el  corazón.  Tercero:  la  paz  jamás  es  una  cosa  hecha  y 
dada  de  una  vez  para  siempre,  sino  una  tarea  y un  desafío  que  hay 
que  realizar  día  por  día.  La  paz  es  fruto  de  la  justicia:  de  la 
justicia  equitativa  en  la  distribución  de  los  bienes  y en  las  oportu- 
nidades de  todos  los  pueblos.  Y también,  de  la  justicia  del 
corazón  que  sabe  respetar  a los  demás  en  su  dignidad  de 
hermanos  suyos  e hijos  de  Dios.  Además,  la  justicia  que  se 
alimenta  del  amor  va  mucho  más  allá  que  la  sola  justicia.  Cuarto 
punto,  que  conviene  aclarar,  es  que  hay  obligación  de  evitar  la 
violencia  armada,  utilizando  todos  los  medios  y en  todos  los 
niveles.  Por  eso  hay  que  oponerse  con  igual  entereza  a las  causas, 
principalmente  a las  situaciones  de  injusticia,  que  son  una  cierta 
forma  de  violencia  institucionalizada,  como  lo  dice  Medellín  en  el 
Documento  sobre  la  Paz  n.  16.  Quinto:  es  verdad  que  la  insu- 
rección  revolucionaria  puede  ser  legítima,  como  dijo  Pablo  VI  en 


269 


la  Carta  Encíclica  Populorum  Progressio  "en  el  caso  de  tiranía 
evidente  y prolongada  que  atentase  gravemente  a los  derechos 
fundamentales  de  la  persona"  (y  son  palabras  del  Santo  Padre,  no 
del  P.  Arrupe  revolucionario),  "y  dañase  peligrosamente  el  bien 
común  del  país".  Esto  lo  dice  también  Medellín  en  el  núm.  19 
del  Documento  sobre  la  Paz.  (.  . .)  Pero  si  se  diese  en  algún  país 
de  Latinoame'rica  (hablo  en  condicional),  "si  se  diese",  aquella 
situación  excepcional  a que  se  refería  Pablo  VI,  las  personas  que 
piensan  emplear  la  violencia  contra  otra  violencia  mayor,  echan 
sobre  sus  conciencias  una  gravísima  responsabilidad  de  la  que  han 
de  dar  cuenta  a Dios,  a los  hombres  y a la  historia  de  sus  propios 
pueblos.  Esto  es  muy  delicado  y por  eso  lo  he  escrito,  porque  no 
quisiera  decir,  improvisando,  ni  más  ni  menos  de  lo  que  es.  . . 
(Grabación  del  autor). 

(99)  Suárez,  Francisco,  Defensio  Fidei,  3,3,3;  6,  4,5. 

(100)  A los  Criollos,  Cuautla,  23  11  1812,  D.  24  p.  196. 

(101)  Manifiesto,  Oaxaca,  23  XII  1812,  D.  53  p.  244. 

(102)  Desengaño,  Tehuantepec,  XII  1812,  D.  55  p.  246. 

(103)  Carta  al  Obispo  Antonio  Bergosa  y Jordán,  Oaxaca,  25  XI  1812, 
D.  43  p.  230. 

(104)  Carta  al  Gobernador  del  Obispado  D.  Antonio  Ibañez  de  Correrá, 
Oaxaca,  30  V 1813,  D.  78  p.  291. 

(105)  Proclama,  Cuautla,  8 II  1812  D.  22  p.  192. 

(106)  Ultimátum,  Acapulco,  30  IV  1813,  D.  76  p.  287. 

(107)  Decreto,  Oaxaca,  29  I 1813,  D.  60  p.  266. 

(108)  Proclama,  Cuautla,  8 11  1812,  D.  22  p.  193. 

(109)  Carta  al  Cabildo  de  Oaxaca,  Acapulco,  5 Vil  1813,  D.  91,  p.  330. 

(110)  Circular,  Chilpancingo,  28  X 1813,  D 132,  p.  415. 

(111)  García,  op.  cit.  p.  24—5. 

(112)  Hernández  y Dávalos,  t.  II  D.  77  p.  152—4. 

(113)  García,  op.  cit.  p.  9—20. 

(114)  Hernández  y Dávalos,  t.  II  D.  83  p.  160. 

(115)  García,  op.  cit.  p.  73—4. 

(1 16)  Se  trataba  del  célebre  arquitecto,  pintor  y grabador. 

(117)  Hernández  y Dávalos,  t.  I D.  48  p.  1 13—15. 

(1 18)  Guzmán,  op.  cit.  p.  87—122. 

(119)  Lemoine,  Morelos  y I a revolución  . . . p.  388—90. 

(120)  Carta  al  Sr.  D.  Manuel  Abad  y Queipo,  Valladolid,  23  XII  1813  D 
148  p.  447. 

021)  Lemoine,  Ernesto,  José  María  Cos,  Escritos  Políticos,  México, 
UNAM,  1967.  D.  34,  p.  114-18. 

(122)  La  Teología  Político  Caritativa  puede  estudiarse  en  Cardozo 
Galve,  Germán,  Michoacán  en  el  siglo  de  las  luces,  México,  El 
Colegio  de  México,  1973,  146  p.  Para  la  antecedente  renovación 
académica  y sus  repercusiones  es  muy  útil  la  obra  de  Méndez 
Planearte,  Gabriel,  Humanistas  del  siglo  XVIII  México,  UNAM, 


270 


1941,  200  p.  Es  muy  necesario  un  estudio  de  la  Teología  Política 
Caritativa,  como  antecedente  de  alguna  manera  análogo  a la  actual 
Teología  de  la  Liberación.  Mucho  antes  que  llegara  la  década 
recién  pasada  de  los  años  sesenta,  había  sido  producida  una  teolo- 
gía latinoamericana  que  trataba  de  juzgar  la  situación  social  a la 
luz  de  la  fe  y que  pretendía  llevar  a cabo  una  acción  congruente 
con  la  inspiración  que  le  proporcionaban  sus  principios.  Al 
estudiar  la  que  llama  "nueva  teología  política",  aquella  que  "se 
hace  creadora  en  contacto  con  las  realidades  sociales  del  mundo 
de  hoy",  Gustavo  Gutiérrez  recuerda  la  teología  de  la  historia,  la 
teología  del  desarrollo,  la  teología  política  y la  teología  de  la 
revolución  es  especial  la  vertiente  iniciada  porBIoch  y vigorizada 
por  J.B.  Metz.  Esta  teología  avanzó  en  "la  determinación  de  un 
nuevo  tipo  de  relación  entre  religión  y sociedad  pública,  entre  fe 
escatológica  y práctica  social".  No  fue  otra,  nos  parece,  la 
búsqueda  que  encauzó  la  Teología  Político  Caritativa 
(Cfr.  Gutiérrez,  op.  cit.  p.  73  y 288). 

(123)  Henestrosa,  Andrés,  Héroe  de  Héroes,  p.  181—4,  en  La  Inmor- 
talidad de  Morelos  México,  Secretaría  de  Hacienda  y Crédito 
Público,  1965,  392  p. 

(124)  Las  Supremas  Corporaciones  de  la  América  Mexicana  a los  ilustres 
defensores  de  su  libertad  e independencia,  Tehuacán,  17  XI  1815, 
D.  218  p.  606-8. 


271 


EDUARDO  VEGA 


Catecismo  o instrucción  popular  de 
Juan  Fernández  de  Sotomayor— 1814 


I.  LUCHA  CONTRA  LA  DOMINACION  COLONIAL 

De  la  gran  cantidad  de  reflexiones  f i losóf ico-teológicas 
escritas,  producidas  entre  1810  y 1816  defendiendo  o justi- 
ficando política  y religiosamente  la  Independencia  de  la 
Nueva  Granada  con  respecto  de  España,  pocas  lograron 
escapar  a la  ola  de  represión  y destrucción  organizada  por  la 
Corona,  en  1815,  al  mando  del  General  Pablo  Morillo  para 
recuperar  la  colonia  cuyas  ciudades  y regiones  iban 
declarando  paulatinamente  su  independencia  Dentro  de 
los  escritos  que  sobrevivieron  a la  "reconquista  y paci- 
ficación" de  Morillo  merece  especial  atención  el  "Catecismo 
o Instrucción  Popular"  de  Juan  Fernández  de  Sotomayor  y 
Picón,  cura  de  la  "valerosa"  ciudad  de  Mompós.  V merece 
especial  estudio  porque  no  sólo  recoge  y expresa  un  "sentir" 
filosófico-teológico  en  favor  de  la  causa  de  la  independencia, 
sino  que  también  es  un  intento  de  acercamiento  al  pueblo 
granadino  procurando  ganar  el  apoyo  y la  adhesión  de  las 
masas  populares  ^ a la  lucha  emprendida  por  la  aristocracia 
criolla  contra  el  poderío  y el  monopolio  español.  Según  la 
opinión  del  historiador  Roberto  Tisnés,  "se  trata  de  una  de 
las  publicaciones  seguramente  más  decisivas  en  la  Nueva 
Granada  y en  la  América  toda  en  torno  a la  libertad  y a la 
independencia" 

I 


273 


Esta  pequeña  y polémica  obra,  publicada  en  1814,  fue 
objeto  de  persecuciones  por  parte  de  las  tropas  realistas  al 
mando  de  Morillo.  En  efecto,  en  1816,  y más  exactamente 
"el  3 de  febrero  D.  Pablo  Morillo  dirige  el  siguiente  oficio  a 
Montalvo:  'Incluyo  a V.E.  los  documentos  originales  que  se 
recogieron  al  impresor  Manuel  González  Pujol  del  archivo  que 
conservaba  del  tiempo  que  ejerció  su  profesión  bajo  el  gobier- 
no rebelde;  habiendo  numerado  y extractado  los  más  impor- 
tantes; y como  entre  ellos  se  encuentran  algunos  que  pueden 
obrar  en  las  causas  que  se  siguen  a vario§  individuos  de  los 
que  se  hallan  presos  en  esta  plaza,  lo  remito  todo  a V.E.  para 
que  con  su  vista  haga  de  dichos  papeles  el  uso  que  tenga  por 
conveniente'.  He  aquí  la  lista  o 'inventario' ( . . . ): 5.  El  cate- 
cismo original  de  Sotomayor  con  una  esquela  para  que  corrija 
la  ortografía  Ferrero  ..." 

Igualmente,  en  julio  de  1815  el  Tribunal  del  Santo 
Oficio  de  la  Inquisición  condena  el  texto  e inicia  proceso 
contra  su  autor:  "De  la  aprobación  del  Consejo  fueron  las 
medidas  que  tomaron  para  prohibir  con  edictos  la  Proclama 
del  'traidor  Miranda'  y el  Catecismo  o instrucción  popular  del 
doctor  don  Juan  Fernández  de  Sotomayor . . . Con  motivo  de 
este  folleto,  el  Tribunal  circuló  edicto  para  su  prohibición, 
recordando  y ratificando  en  él  la  que  ténía  hecha  de  los 
Derechos  del  hombre,  que  con  ocasión  de  la  supresión  del 
Tribunal  'se  había  propagado  su  impresión  y lectura  por  todo 
este  reino,  bajo  las  penas  de  excomunión  mayor  latae 
sententiae  ¡pso  facto  ¡ncurrenda  y la  de  doscientos  pesos  para 
gastos  del  Santo  Oficio,  que  se  han  hecho  extensivas  aún  a los 
licenciados  de  leer  libros  prohibidos,  mediante  a ser  tales 
papeles  sediciosos,  subversivos,  seductores,  escandalosos  e 
injuriosos  a nuestro  Católico  Monarca  y al  Papa  y opuestos  a 
las  máximas  de  la  santa  religión,  cuya  conservación  y la  que 
pide  la  fidelidad  al  soberano  ha  obligado  a tomar  esta  opor- 
tuna determinación" 

Pero  así  como  este  catecismo  fue  condenado  por  los 
sectores  civiles  y eclesiásticos  de  la  Nueva  Granada  fieles  al 
rey,  el  gobierno  republicano  hizo  uso  de  él  no  sólo  para 
propagar  la  causa  de  la  independencia,  sino  también  para 
afianzarla  después  de  la  victoria  definitiva  sobre  España  en  el 
Puente  de  Boyacá  el  7 de  agosto  de  1819.  Al  respecto,  leamos 
primero  el  testimonio  de  Gabriel  Jiménez  Molinares  sobre  el 


274 


momento  exacto  de  aparición  del  mencionado  texto:  "...  el 
Catecismo  se  proponía  contrarrestar  la  prédica  en  sentido 
perfectamente  opuesto  que  hacían  sacerdotes  realistas  del 
alto  y del  bajo  Clero  y que,  en  el  Estado  de  Cartagena,  culmi- 
naron con  la  rebelión  de  los  departamentos  de  Tolú  y San 
Benito  (Sinú  y Sabanas)  contra  el  gobierno  republicano  de 
1812.  Pero  la  propaganda  de  los  clérigos  realistas  hacía 
destrosos  más  graves,  aniquilando  el  fervor  por  la  inde- 
pendencia en  forma  tan  extensa  que,  el  1814,  el  Presidente 
del  Estado  Dr.  Manuel  Rodríguez  Torices  se  vio  precisado  a 
enviar  en  toda  dirección  hombres  de  reconocida  prestancia  a 
predicar  por  la  libertad,  a recuperar  la  adhesión  de  los 
pueblos  que  habían  perdido  la  fe.  Entre  estos  emisarios 
contóse  el  Cura  de  Mompós  Fernández  de  Sotomayor.  De 
estos  exactos  días  es  el  Catecismo  Popular"  El  mismo 
autor  afirma  después  cómo  el  Vicepresidente  Santander,  para 
consolidar  la  triunfante  revolución,  lo  mandó  reimprimir  en 
1820,  añadiéndole  la  siguiente  leyenda:  "Bogotá,  junio  27  de 
1820.  Este  Catecismo  se  enseñará  en  todas  las  Escuelas 
públicas  y privadas  del  Departamento,  sin  omisión  alguna. 
SANTANDER."  (7). 

Con  esta  rápida  introducción,  vamos,  entonces,  a ubi- 
carlo y analizarlo  más  detenidamente. 

1.  CONTEXTO  GENERAL:  GUERRA  DE  INDEPENDENCIA 

El  20  de  julio  de  1810  tiene  lugar  en  Santa  Fe  de  Bogotá 
la  declaración  de  la  Independencia  del  Nuevo  Reino  de  Gra- 
nada. Esta  declaración,  con  la  consiguiente  Acta  de  Inde- 
pendencia, ocurre  no  sólo  dentro  de  un  clima  de  agitación  y 
malestar  interno  en  las  colonias,  sino  también  en  torno  al 
debilitamiento  del  poder  de  la  Corona  Española,  situación 
sólo  comprensible  en  su  complejidad  dentro  de  un  contexto 
más  amplio  de  avance  y consolidación  de  un  nuevo  orden 
económico-político  mundial. 

Todo  el  proceso  de  emancipación  de  las  colonias  hispa- 
noamericanas se  presenta  íntimamente  vinculado  a la  crisis  de 
cambio  que  afronta  la  sociedad  europea  ^ . El  nuevo  orden 
capitalista,  en  proceso  de  expansión  y consolidación,  exige 
huevas  formas  políticas,  jurídicas,  sociales  y culturales.  El 
poder  Absolutista  entra  en  crisis  ante  las  exigencias  de  las 


275 


burguesías  comerciales  que  se  han  ido  conformando  y que 
detentan  el  poder  económico.  Estas  burguesías,  blandiendo  la 
bandera  de  la  democracia  y de  la  libertad,  reclaman  mayor 
participación  en  las  decisiones  políticas  y en  las  actividades 
económicas,  en  franco  enfrentamiento  a las  ideas  e institu- 
ciones de  la  monarquía  absolutista.  La  revolución  industrial, 
surgida  dentro  de  las  exigencias  de  demanda  de  productos  en 
la  fase  mercantil  del  sistema  capitalista,  va  a significar  grandes 
transformaciones  en  el  comercio  y en  las  relaciones  interna- 
cionales^9* : es  imposible  permitir  monopolios  comerciales  o 
relaciones  coloniales  con  países  periféricos  aptos  y apete- 
cibles para  consumo  de  productos  y suministro  de  materias 
primas  a la  naciente  industria  europea.  Es  la  lucha  por  romper 
el  bloqueo  monopolista  y alcanzar  una  hegemonía  en  el 
nuevo  orden  mundial,  y para  ello  Inglaterra  cuenta  con  la 
ventaja  de  haber  adquirido  el  control  de  los  mares  y de  haber 
establecido 'una  compleja  red  comercial  y financiera.  Esto 
explica,  entonces,  las  guerras  europeas  a finales  del  siglo 
XVIII  y comienzos  del  XIX,  así  como  el  apoyo  dado  por 
Inglaterra  a las  colonias  americanas  durante  la  guerra  de  inde- 
pendencia. 

Al  mismo  tiempo,  este  proceso  económico  ha  ido  acom- 
pañado por  un  movimiento  cultural  e intelectual  conocido 
como  "Ilustración”  o "Siglo  de  las  luces".  El  hombre  es 
colocado  como  centro  y medida  del  universo,  en  contra- 
posición a una  cosmovisión  teocéntrica  propia  del  mundo 
feudal.  Así,  ante  explicaciones  oscuras  o envueltas  en  el 
misterio,  se  empezaba  a afirmar  que  la  razón  humana  era 
capaz  de  comprender  la  realidad  y transformarla  según  sus 
opiniones,  pues  el  conocimiento  humano  es  un  todo  concreto 
resultante  de  las  aportaciones  del  entendimiento  y de  los  sen- 
tidos* 10*  . Es  toda  una  dinámica  en  la  cual  el  hombre 
adquiere  "mayoría  de  edad",  según  afirmación  de  Kant. 

España,  como  consecuencia  en  gran  parte  del  exceso  de 
oro  llegado  de  América,  fue  quedando  al  margen  del  desa- 
rrollo económico  e industrial  de  Europa,  convirtiéndose  en 
simple  intermediario  entre  los  productos  elaborados  en  el 
resto  de  Europa  y el  oro  americano.  Los  Borbones,  al  llegar  al 
poder  en  el  siglo  XVIII,  intentan  tomar  una  serie  de  provi- 
dencias en  orden  a adecuar  la  economía  y la  administración 
de  las  colonias  americanas  al  ritmo  impuesto  por  el  desarrollo 


276 


euroReo.  Ocurren,  así,  las  famosas  reformas  económico- 
administrativas  de  los  Borbones  (monarquía  reformista  y 
progresista  conocida  con  el  nombre  de  "Despotismo  Ilus- 
trado") que,  queriendo  racionalizar  la  Economía  y el  Estado, 
buscaban  la  libertad  de  las  ¡deas,  agilizar  la  administración  del 
Imperio  y dar  más  amplitud  al  comercio*1  ^ , pero  mante- 
niendo siempre  el  control  absoluto  del  poder  económico  y 
político.  Gran  contradicción,  expresión  más  de  una  situación 
de  resquebrajamiento  y crisis  de  la  monarquía  española.  Todo 
esto  se  agravará  con  la  pérdida  del  control  absoluto  del 
dominio  marítimo  con  Inglaterra,  así  como  con  la  invasión  de 
Francia  a la  Península  Ibérica  provocando  la  abdicación  de  la 
monarquía  española  en  favor  de  Napoléon  en  1808.  Esta 
última  coyuntura  será  ampliamente  aprovechada  por  el  grupo 
criollo  para  buscar  la  separación  política  y económica  de  la 
metrópoli*  12^. 

A nivel  interno  de  las  colonias,  una  serie  de  aconteci- 
mientos venían  manifestando  el  resquebrajamiento  del 
Imperio  Español  en  América  y las  grandes  injusticias  sobre  las 
cuales  estaba  edificado  el  orden  colonial.  Levantamientos  y 
rebeliones  de  indígenas  —hechos  bastante  frecuentes  durante 
todo  el  período  colonial  y que  alcanzan  expresión  máxima  en 
el  levantamiento  de  Túpac  Amarú  en  1779  en  el  Virreinato 
del  Perú—,  debidos  al  mal  trato  y a la  violenta  explotación  a 
que  eran  sometidos  por  encomenderos  y funcionarios 
públicos  y religiosos.  Rebeliones  violentas  y fugas  de  negros 
esclavos,  con  el  posterior  refugio  en  palenques  construidos  en 
lugares  de  difícil  acceso  para  las  tropas  españolas  o los  impro- 
visados ejércitos  de  los  amos,  en  un  intento  de  adquirir  a 
cualquier  precio  la  libertad  injustamente  arrebatada  durante 
tantos  años* 13^.  Levantamiento  y organización  de  los 
pequeños  productores  campesinos  libres,  ganando  apoyo  de 
los  sectores  indígenas  y mestizos  empobrecidos  y explotados 
por  el  régimen  colonial,  como  ocurre  en  el  movimiento  de  los 
Comuneros  en  el  Virreinato  de  la  Nueva  Granada  en  1781 
para  protestar  contra  la  mala  administración  pública  y la 
elevación  de  los  impuestos  para  sostener  la  guerra  de  España 
con  Inglaterra,  protestando  también  contra  el  rígido  control 
monopolista  colonial  sobre  la  producción  y el  comercio  de 
artículos  vitales  para  la  economía  de  aquel  sector  de  la 
población  *14^.  Descontento  y ambición  del  sector  criollo 
por  adquirir  participación  en  el  poder  político,  expresados 


277 


nítidamente  en  los  acontecimientos  de  1794  al  publicarse  la 
traducción  del  francés  de  los  Derechos  del  Hombre  hecha  por 
Antonio  Nariño  y al  suscitarse  una  serie  de  enfrentamientos 
entre  los  criollos  y los  funcionarios  públicos  en  diversos  luga- 
res del  Virreinato  de  la  Nueva  Granada  *15*. 

Así,  llegamos  al  20  de  julio  de  1810:  por  un  lado,  un 
Imperio  que  se  desmorona  víctima  de  las  propias  contra- 
dicciones sobre  las  cuales  había  sido  levantado,  e invadido  en 
su  centro  por  las  tropas  francesas;  y por  otro,  un  grupo 
criollo  participante  de  las  ¡deas  ¡lustradas  que  circulaban  en 
Europa  —donde  la  mayoría  de  ellos  había  estado  estu- 
diando— y que  comenzaban  a inundar  las  colonias 
americanas,  con  un  fuerte  poder  económico  heredado  de  sus 
padres  españoles  y afianzado  por  las  medidas  borbónicas  de 
liberación  del  comercio,  pero  buscando  por  todos  los  medios 
participar  política  y socialmente  en  la  gestión  administrativa 
de  las  colonias. 

Este  grupo  criollo  va  a enfrentar  a la  Corona  y a sus 
representantes  puesto  que  "la  libertad  para  comerciar  no  era 
absoluta  como  deseaban  los  comerciantes  y las  restricciones 
que  subsistían  obraban  como  un  freno  para  la  expansión  del 
comercio.  Esta  contradicción  entre  los  intereses  de  la  burgue- 
sía comerciante  y la  Corona,  la  que  no  obstante  haber  cedido 
en  algunos  aspectos,  quería  seguir  siendo  la  única  proveedora 
de  mercancías  para  sus  colonias  y la  única  compradora  de  sus 
frutos,  fue  la  causa  fundamental  que  motivó  la  independencia 
americana"  ^16*. 

Habría  que  destacar,  además,  la  discriminación  social  y 
política  de  que  eran  objeto  los  criollos  a pesar  de  pertenecer  a 
la  "casta"  11 '*  o grupo  social  de  los  blancos.  En  una  sociedad 
fuertemente  jerarquizada*18*  "y  de  escasa  movilidad 
social"  *19*  el  español  se  encontraba  en  la  cúspide  gozando 
de  todos  los  privilegios  que  su  origen  le  proporcionaba,  como 
por  ejemplo  los  altos  cargos  públicos  y burocráticos  que 
estaban  reservados  para  ellos  *2D*  como  premio  al  sacrificio 
de  haber  venido  a servir  a la  Corona  en  tierras  extrañas.  Así, 
"no  sólo  por  su  poder  burocrático  y por  su  significación 
económica,  sino  por  el  acatamiento  y reverencia  que  le 
otorgaba  una  sociedad  en  que  el  linaje  seguía  siendo  fuente 
de  privilegios  y prestigio,  el  poder  político  y social  de  este 
grupo  seguía  siendo  considerable  en  vísperas  de  la  inde- 


278 


pendencia  y constituyendo  un  motivo  de  hostilidad  y 
malquerencia  de  parte  del  sector  de  los  criollos  que  al 
finalizar  la  centuria  llegaba  a ser  el  grupo  dominante"  *21^. 

Relegados  económica,  política  y socialmente,  sólo 
existía  una  alternativa  para  los  criollos:  aprovechando  la 
coyuntura  de  debilitamiento  de  la  metrópoli,  así  como  la 
invasión  francesa,  y retomando  los  movimientos  populares 
del  período  colonial,  había  que  declarar  la  independencia  y 
luchar  por  ella.  Así,  como  ellos  eran  los  únicos  preparados 
para  asumir  el  control  de  las  colonias  recién  libertadas, 
tendrían  en  sus  manos  todo  el  poder:  poseían  ya  gran  parte 
del  económico,  les  faltaba  el  político.  Y ese  es  su  proyecto 
histórico,  buscar  una  nueva  organización  política  y jurídica 
que,  substituyendo  al  viejo  y decadente  poder  monárquico, 
les  diese  total  control  económico  y político  en  los  nuevos 
Estados  americanos.  Por  eso  se  lanzan  a la  lucha,  por  eso  se 
constituyen  en  vanguardia  de  la  independencia,  contando, 
claro  está,  con  la  anuencia  y el  apoyo  de  Inglaterra,  nueva 
metrópoli  económica  *22*.  v 

Declarada  la  independencia  en  Santa  Fe,  otras  ciudades  y 
provincias  se  adhieren  a la  causa  revolucionaria  criolla.  Para 
alcanzar  el  triunfo  en  tal  empresa  era  necesario  constituir 
ejércitos,  organizar  incursiones  para  tomar  territorios  del 
Virreinato  que  permanecían  bajo  el  poder  realista,  y buscar, 
por  todos  los  medios  destruir  todo  el  poderío  que  el  Imperio 
Español  había  construido  durante  trescientos  años  de 
coloniaje  (y  uno  de  estos  medios  será  el  ideológico-religioso, 
donde  el  clero  desempeñará  un  papel  determinante).  Tene- 
mos, entonces,  que  entre  el  20  de  julio  de  1810  y el  7 de 
agosto  de  1819,  la  Nueva  Granada  se  encuentra  en  estado  de 
guerra,  donde  la  Corona,  sus  funcionarios,  ejércitos  y aliados 
buscan  la  sumisión  de  los  levantados  en  armas,  mientras  los 
criollos  intentan  consolidar  un  nuevo  orden  político. 

En  este  estado  de  guerra,  los  ejércitos  tenían  que  ser 
constituidos  o reforzados  con  efectivos  provenientes  de  los 
sectores  populares  de  la  población.  Ante  esta  necesidad, 
realistas  y criollos  se  lanzan  en  procura  de  apoyo  y de 
adhesión  popular.  Y había  que  utilizar  para  ello  diversidad  de 
métodos  persuasivos  y convincentes.  Con  respecto  a los 
indios,  los  realistas  van  a contar  con  la  actividad  de  un  sector 
del  clero  para  alimentar  el  sentimiento  religioso  de  fidelidad 


279 


a Dios  y al  monarca,  cuestión  que  en  la  totalidad  de  los 
indios  se  presentaba  indisolublemente  ligada  *23*.  En  cuanto 
a los  negros,  la  metodología  va  a ser  otra,  y es  así  como  les 
prometen,  uno  y otro  bando,  la  libertad  absoluta  una  vez 
conseguido  el  triunfo  militar:  "Fueron  buen  pasto  para  la 
propaganda  de  los  criollos  contra  el  régimen  español  y cola- 
boraron con  Bolívar  y el  Ejército  Libertador,  cuando  se  les 
ofreció  el  premio  de  la  libertad  absoluta.  En  la  misma  forma, 
colaboraron  con  los  ejércitos  españoles:  en  los  Llanos  con 
Tomás  Boves,  y en  Santa  Marta,  cuando  para  atraerlos,  los 
gobernantes  españoles  les  ofrecieron  su  liberación  de  la 
esclavitud"  ^24^. 

En  esta  tarea  de  conseguir  apoyo  popular,  "Curas  repu- 
blicanos y españoles,  se  dieron  cuenta  bien  pronto  de  la  signi- 
ficación de  la  tribuna  sagrada  en  pro  de  sus  ideas"  í25). 
Consideremos  un  poco  más  el  apoyo  y la  participación  de  la 
Iglesia,  haciendo  especial  énfasis  en  el  clero. 

2.  PAPEL  DE  LA  IGLESIA,  ESPECIFICAMENTE  DEL  CLERO, 

EN  ESTA  COYUNTURA. 

La  Iglesia,  fuertemente  ligada  política,  social  y religio- 
samente a la  Corona  por  el  vínculo  del  Patronato  Regio,  no 
va  a permanecer  al  margen  de  los  enfrentamientos  y contra- 
dicciones que  se  vivían  en  la  sociedad  granadina  en  esos  mo- 
mentos. Tanto  en  sus  elementos  laicos  como  en  el  sector  del 
clero  se  va  a presentar  la  escisión  que  se  venía  desarrollando 
al  interior  de  la  sociedad  global  * 2°*.  Un  sector  eclesial  toma 
partido  por  la  fidelidad  al  rey  intentando  mantener  la  total 
dependencia  de  las  colonias  respecto  de  España,  mientras 
otro  sector  asume  la  bandera  de  la  independencia  entregando 
todos  sus  esfuerzos  al  establecimiento  del  proyecto  político 
de  la  aristocracia  criolla. 

Y en  el  clero  esto  era  clarísimo:  "Mientras  obispos, 
oriundos  de  España  y presentados  por  el  monarca,  ligados  a 
él  por  el  juramento  de  fidelidad  y doctrinas  seculares  de  obe- 
diencia a las  legítimas  autoridades,  sostenían  ardientemente, 
con  muchos  sacerdotes  del  clero  regular  y diocesano,  los  dere- 
chos de  la  Corona,  otros  eclesiásticos  eminentes,  miembros  de 
los  Cabildos  diocesanos,  y superiores  y profesores  del  Rosario 


280 


y de  San  Bartolomé,  de  la  Universidad  Tomfstica  y del  Colegio 
de  Popayán,  se  inclinaron  a apoyar  y aún  a promover  abierta- 
mente el  nuevo  ordenamiento  jurídico” 

Claro  está  que  es  necesario  aclarar  que  la  gran  escisión  se 
da  fundamentalmente  en  el  alto  clero,  pues  el  bajo  clero  se 
adhiere  más  fácilmente  a la  causa  republicana,  dando  todo 
tipo  de  apoyo  y solidaridad.  Muchos  hombres  del  bajo  clero, 
humildes  en  sus  orígenes,  van  a actuar  como  capellanes  de  los 
ejércitos  patriotas,  otros  ofrecerán  los  templos  como  albergue 
para  los  soldados,  prestando  así  una  gran  colaboración  reli- 
giosa y moral.  Otros  darán  también  su  contribución  pecu- 
niaria, en  dinero  o en  objetos  para  el  sostenimiento  de  las 

tropas  (28) 

Los  componentes  del  alto  clero,  generalmente  prove- 
nientes de  familias  acomodadas  de  España  o pertenecientes  a 
la  aristocracia  colonial,  van  a resentir  más  fuertemente  la 
división  pues  los  grupos  sociales  de  donde  proceden  son  los 
que  entran,  precisamente,  en  conflicto. 

Así,  encontramos  que  la  jerarquía  va  a estar  fuertemente 
ligada  a la  obediencia  y fidelidad  al  rey,  siendo  secundada  por 
la  totalidad  de  los  sacerdotes  españoles  y unos  cuantos 
criollos,  dentro  de  los  cuales  se  destaca  el  tunjano  José 
Antonio  de  Torres  y Peña  *29*.  Algunos  obispos  son  expul- 
sados de  sus  sedes  episcopales  por  negarse  a jurar  la  nueva 
Constitución  elaborada  por  el  grupo  independentista(3°).  ' 
Por  su  parte,  van  a utilizar  todo  el  poder  que  les  concede  su 
dignidad  eclesiástica  para  favorecer  la  sumisión  de  los  ameri- 
canos a la  Corona  española,  apelando,  inclusive,  a la 
EXCOMUNION  de  quienes  colaborasen  con  los  ejércitos 
patriotas  y a la  SUSPENSION  de  LICENCIAS  a los  sacer- 
dotes que  diesen  cualquier  tipo  de  apoyo  a la  independencia: 
"Excomulgo  con  Excomunión  Mayor  Ipso  Facto  Incu- 
rrendam  a todos  aquellos  que  cooperen  de  cualquier  modo 
que  sea  o presten  auxilios  a los  traidores  para  que  lleven 
adelante  la  revolución:  Declaro  en  entredicho  a todos  los 
Pueblos  que  no  se  sometan  a las  Legítimas  Autoridades  del 
Rey  nuestro  señor  y a todos  los  Eclesiásticos  seculares  o regu- 
lares que  estuviesen  con  ellos  los  Suspendo  del  uso  de  sus 
licencias,  les  prohíbo  el  que  digan  misa  y les  mando  que  no 
den  Sepultura  Eclesiástica,  ni  hagan  oficios  divinos  por  todos 
aquellos  que  muriesen  con  las  armas  en  la  mano  peleando 


281 


contra  las  tropas  realistas  cuyas  censuras  deben  extenderse  a 
todos  los  pueblos  y personas  que  en  ésta  mi  Diócesis  diesen 
motivos  para  incurrir  en  ellas  ...”  ^31^. 

Dentro  del  alto  clero  favorable  a la  independencia  se 
encontraban  todos  aquellos  hombres  eminentes  que  habían 
cursado  estudios  en  San  Bartolomé,  en  el  Rosario  o en  la 
Universidad  Tomística  *32*  . Y es  bueno  recordar  que  en 
aquella  sociedad  colonial  fuertemente  jerarquizada  y 
discriminatoria,  la  carrera  eclesiástica  era  considerada  una 
profesión  noble  y,  por  tanto,  reservada  a los  blancos:  "El 
mismo  efecto  diferenciador  se  lograba  también  con  la  división 
de  oficios  y ocupaciones  en  nobles  y plebeyos,  reservándose 
los  primeros  a los  limpios  de  sangre  y las  segundas  a mestizos, 
indígenas  y negros.  La  burocracia,  aún  en  los  más  modestos 
niveles,  como  la  escribanía  de  oficinas  públicas,  así  como  las 
profesiones  de  jurisprudencia  y oficios  eclesiásticos,  eran 
reputados  actividades  nobles.  En  cambio  todo  lo  que  signi- 
ficaba trabajo  manual,  como  oficios  artesanos  y aun  las  profe- 
siones de  maestro  de  escuela  y cirujano,  se  tenían  como  pro- 
pias de  la  castas  de  mestizos,  pardos  y gentes  con  raza  de  la 
tierra” (33). 

Y la  discriminación  no  acababa  ahí.  "Para  cursar  y 
obtener  grados  en  las  únicas  profesiones  existentes  entonces, 
a saber,  la  jurisprudencia  y la  carrera  eclesiástica,  era  indis- 
pensable probar  la  limpieza  de  sangre.  (...)  Para  el  ingreso 
en  la  Universidad  Tomista  se  exigía  legitimidad  de  nacimiento 
y limpieza  de  linaje,  porque  en  el  testimonio  que  después  se 
extendía,  el  secretario  certificaba  que  el  graduando  era  vir 
purus  ab  imni  macula  sanguinis  atque  legitimus  et  natilibus 
descendens  (Hombre  de  legítimo  nacimiento  y libre  de  toda 
mancha  de  sangre).  Lo  mismo  se  exigía  en  el  Colegio  Mayor 
de  Nuestra  Señora  del  Rosario.  Del  procesillo  de  ingreso  al 
colegio  debía  resultar  bien  probado:  1.  La  legitimidad  de 
nacimiento  del  alumno  y de  sus  padres;  2.  Que  su  padre  no  se 
ocupaba  de  oficios  bajos  y mucho  menos  infames  por  las 
leyes  del  Reino;  3.  Que  no  se  tenía  sangre  de  la  tierra  y si  la 
tuvieran  sus  progenitores,  que  hubiera  ya  desaparecido; 
4.  Que  era  persona  de  grandes  esperanzas  para  la  Re- 
pública”^34^. 

Vemos,  entonces,  que  el  clero  formado  en  Santa  Fe  perte- 
nece por  sus  orígenes  al  grupo  de  los  criollos,  y que  también 


282 


va  a sentir  la  discriminación  que  sufrían  los  criollos  en  la  vida 
civil,  sólo  que  ahora  trasladada  al  ámbito  religioso.  Para  los 
cuatro  diócesis  existentes  en  la  Nueva  Granada  en  aquellos 
momentos  (Santa  Fe,  Cartagena,  Santa  Marta  y Popayán) 
siempre  eran  nombrados  obispos  españoles  *35*  . Lo  mismo 
sucedía  con  otros  cargos  eclesiásticos  con  presentación  o 
escogencia  reservada  a la  Corona  *36*. 

Además,  perteneciendo  a la  élite  cultural  del  Virreinato, 
no  sólo  participa  de  las  modernas  corrientes  filosóficas  que 
comenzaban  a circular  en  el  Nuevo  Reino,  sino  que  tiene 
como  profesores  a muchos  de  los  que  serán,  a los  pocos  años, 
ideólogos  u orientadores  del  nuevo  Estado  implantado*37*. 

Este  sector  eclesial,  identificado  totalmente  con  el 
proyecto  histórico  de  la  aristocracia  criolla,  comenzará  a ela- 
borar, desde  ese  compromiso  histórico  y político  concreto, 
una  nueva  comprensión  de  la  fe,  una  nueva  reflexión 
teológica  y,  por  consiguiente,  una  nueva  práctica  pastoral  que 
asume,  por  ejemplo,  la  representación  del  pueblo  en  los 
Cabildos,  Congresos  o Constituyentes.  Al  mismo  tiempo,  se 
preocupará  por  mostrar  al  pueblo  cómo  desde  la  fe  y la 
religión  no  sólo  es  posible,  sino  que  también  es  necesario  y 
justo  adherirse  a la  guerra  de  la  independencia  *38*  . Aquí  se 
encuadra  el  "Catecismo  o Instrucción  Popular"  de  Juan  Fer- 
nández de  Sotomayor  que  al  igual  que  múltiples  novenas  a la 
Virgen  y a los  santos  *39*  , intentaba  "concientizar"  a los 
sectores  populares  sobre  la  validez  y la  justicia  de  la  guerra 
emprendida  contra  España. 

3.  EL  AUTOR:  JUAN  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  Y PICON 

Nace  en  Cartagena  el  2 de  noviembre  de  1777  *40*  , del 
matrimonio  de  Marcos  Fernández  de  Sotomayor  —Secretario 
del  Secreto  del  Santo  Oficio  de  la  Inquisición*41*  , miembro 
de  una  de  las  familias  que  conformaban  la  nobleza  de  la 
sociedad  cartagenera  *42*  — y de  María  Anselma  Picón. 
Comienza  sus  estudios  en  Cartagena,  continúa  en  Santa 
Marta,  terminándolos  en  Santa  Fe  de  Bogotá.  Allí  estudia  un 
año  en  el  Colegio  Mayor  y Seminario  de  San  Bartolomé, 
tiempo  necesario  para  terminar  el  curso  de  filosofía.  En  1794 
es  inscrito  en  el  Colegio  del  Rosario,  "cuya  beca  vistió  'previa 
la  correspondiente  información  de  legitimidad,  limpieza  y 


283 


nobleza'.  Allí  tuvo  de  profesores  a Camilo  Torres,  a Fernando 
Caicedo,  a Miguel  de  Valenzuela,  a Tomás  Tenorio,  a Frutos 
Joaquín  Gutiérrez  y a otros  menos  sonados,  pero  no  menos 
eminentes.  Estos,  decimos  nosotros,  sembraron  en  el  alma  del 
futuro  sacerdote,  la  semilla  del  futuro  revolucionario"*43*. 
Termina  la  carrera  de  jurisprudencia,  y el  16  de  enero  de 
1801  es  ordenado  sacerdote  por  el  obispo  Jerónimo  Liñán  y 
Borda. 

El  1 de  marzo  de  1804  toma  posesión  del  curato  de  la 
Villa  de  Mompós,  centro  colonial  de  vital  importancia.  En 
1805  es  electo  Examinador  Sinodal  y Consultor  del  Tribunal 
de  la  Inquisición.  Así  mismo,  en  diciembre  de  1805  es  nom- 
brado encargado  de  la  Vicaría  de  Mompós  que  era  casi  un 
obispado.  Todo  esto  demuestra,  ciertamente,  sus  grandes 
cualidades  humanas  e intelectuales. 

Su  actuación  en  favor  de  la  independencia  comienza 
desde  el  instante  mismo  en  que  llega  a Mompós,  el  5 de 
agosto  de  1810,  la  noticia  de  los  sucesos  del  20  de  julio  en 
Santa  Fe.  El  7 de  agosto  preside  el  Te  Deum  en  acción  de 
gracias  por  la  independencia,  y el  9 bendice  solemnemente  las 
banderas  de  los  dos  batallones  de  voluntarios  que  se 
conforman  para  pelear  contra  los  ejércitos  realistas  *44*. 

Estas  actuaciones  van  a significar  persecución  y cárcel 
después  de  la  toma  de  Mompós,  el  25  de  enero  de  1811,  por 
el  destacamento  realista  de  Cartagena.  Estuvo  detenido,  por 
orden  de  la  junta  de  Cartagena  *45*  , en  el  Convento  de  Santo 
Domingo  de  donde  sale,  en  medio  de  los  vítores  del  pueblo, 
el  11  de  noviembre  de  1811,  día  en  el  cual  es  declarada  la 
independencia  de  Cartagena  *46*. 

En  1812  es  elegido  Diputado  por  Mompós  a la  Conven- 
ción Constituyente  del  Estado  de  Cartagena,  siendo 
nombrado  miembro  de  la  Cámara,  y dentro  de  la  Cámara, 
vicepresidente.  Este  cargo  lo  desempeña  durante  los  años  de 
1812  y 1813 (47) . 

En  1814  es  comisionado  por  el  gobierno  eclesiástico  de 
Cartagena  para  hacer  una  visita  a ciertos  pueblos  del  bajo 
Cauca.  Aprovechando  estas  circunstancias,  el  Presidente  del 
Estado,  Dr.  Manuel  Rodríguez  Torices,  le  encarga  la  propa- 
gación de  las  ideas  patriotas  pues  la  opinión  pública  en  favor 
de  la  independencia  comenzaba  a desfallecer*48*  . El  mismo 


284 


explicará  después  esta  misión  al  ser  acusado  de  haber  descui- 
dado sus  responsabilidades  sacerdotales  para  dedicarse  a las 
actividades  políticas:  "Esta  ocupación  no  me  distrajo  de  los 
deberes  de  párroco;  en  el  año  de  1812  regresé  a Mompós  por 
julio;  en  el  13  volví  a la  Cámara  por  enero  hasta  junio;  en 
el  14  habría  acontecido  lo  mismo,  si  el  Gobierno  no  me 
hubiera  creído  necesario  para  cimentar  la  opinión  en  el 
Cauca.  Esta  comisión  recayó  por  la  que  el  Gobierno  ecle- 
siástico me  había  conferido  para  la  visita  eclesiástica  de 
aquellos  pueblos.  Las  dos  potestades  obraban  de  acuerdo  en 
el  sostenimiento  de  I a independencia;  la  eclesiástica  sabía  que 
el  influjo  de  los  párrocos  podía  ser  a la  vez  que  el  mejor  bien, 
el  mayor  mal;  que  acaso  algunos  pueblos  exigían  un  remedio 
oportuno  con  tal  respecto  y que  no  podía  aplicarse  otro  que 
el  de  un  visitador  eclesiástico.  Se  me  había  confiado  la  misión 
civil  de  otro  partido,  y el  Gobierno  quiso  que  reuniese  en  el 
del  Cauca  ésta  a la  eclesiástica"  *49* . En  medio  de  estas  acti- 
vidades surge  el  Catecismo  o Instrucción  Popular  *50*. 

Elegido  Diputado  por  Cartagena  para  el  Congreso 
General  de  1815,  se  encontraba  en  Bogotá  cuando  es 
escogido  para  pronunciar  el  Sermón  en  la  Solemne  conmemo- 
ración del  20  de  julio  en  la  Catedral,  donde  hace,  nueva- 
mente, una  condena  enérgica  de  la  Conquista  y de  la  Colonia, 
con  la  consiguiente  defensa  de  la  guerra  de  inde- 
pendencia^51^. 

Y surgen  nuevamente  las  persecuciones.  El  7 de  febrero 
de  1815  había  zarpado  de  Cádiz  la  famosa  "Expedición 
Pacificadora"  que  tanta  desolación  y muerte  traería  a terri- 
torios de  la  Nueva  Granada.  Esta  ola  de  represión  iba  a 
afectar,  lógicamente,  a Juan  fernández  de  Sotomayor.  A 
finales  de  1815,  el  nuevo  Obispo-Inquisidor  de  Cartagena  ini- 
cia proceso  en  el  re-establecido  Tribunal  del  Santo  Oficio 
contra  el  Catecismo*52*  , así  como  contra  tres  sacerdotes 
republicanos  —Juan  Fernández  de  Sotomayor,  Mario  Benito 
Revollo  y Juan  Miramón  y Henríquez— , siendo  declarados 
"reos  de  alta  traición,  perturbadores  de  la  tranquilidad 
pública,  trastornadores  del  orden,  enemigos  declarados  de 
nuestro  legítimo  Soberano  el  señor  don  Fernando  Vil  (Que 
Dios  guarde),  y como  tales  por  sus  notorios  enormes  delitos, 
se  les  desafuera,  para  que  la  autoridad  Real  y ordinaria  los 
castigue  según  mandan  las  leyes,  si  llega  a aprehen- 
dérseles" *53*. 


285 


Encargado  de  la  Presidencia  del  Congreso,  al  apro- 
ximarse Morillo  a Santa  Fe  huye  hacia  Popayán  el  3 de  marzo 
de  1816,  en  compañía  de  todo  el  Gobierno:  "Como  Presi- 
dente del  Gobierno  debí  seguir  la  suerte  del  Gobierno 
General,  y si  como  parecía  conveniente  emigrar  a Popayán,  se 
hubiera  creído  que  debía  ser  a los  Llanos,  yo  no  habría  vaci- 
lado en  hacerlo  ..."  ^54^.  Se  encontraba  huyendo  cuando 
Fernando  Vil  concede  Indulto  general  en  1817.  Abrazándose 
a él,  se  presenta  a su  Ordinario  en  Cartagena.  El  Obispo,  Fray 
Gregorio  Rodríguez  Carrillo,  le  presenta  como  única  alter- 
nativa la  retractación  pública  dg  su  conducta  anterior.  Así, 
"escribió  un  papel  elogiando  a Fernando  Vil  por  el  indulto 
conque  favoreció  a los  revolucionarios;  lo  elogió  hiperbóli- 
camente, que  ello  parecía  disfrazado  sarcasmo:  lo  hacía  des- 
cender del  Trono  del  Altísimo.  Negó  ser  autor  del  malhado 
"Catecismo  Popular",  calificó  de  criminal  su  conducta  ante- 
rior, y se  declaró  realista" 

A pesar  de  esta  actitud,  los  recelos  continúan,  siendo 
enviado  al  Curato  de  Chimá,  uno  de  los  más  pobres  de  la 
Diócesis Sólo  con  el  triunfo  de  la  Independencia  es 
restablecido,  por  el  Supremo  Gobierno,  como  Párroco  de 
Mompós.  Es  nombrado  representante  para  el  Congreso  Gene- 
ral de  1824,  así  como  para  la  famosa  Convención  de  Ocaña 
en  1828. 

Finalmente,  el  Consejo  de  Estado  decide  proponerlo  al 
Presidente  de  la  República,  General  Simón  Bolívar,  para 
Obispo  de  Cartagena.  Nombrado  Obispo  de  Leuca,  gobierna 
la  Diócesis  de  Cartagena  desde  1832  hasta  el  19  de  diciembre 
de  1834,  cuando  a petición  del  Gobierno  Granadino  es 
elevado  a la  categoría  de  Obispo  Titular  de  aquella  Sede 
episcopal  *57*. 

Muere  en  Cartagena  el  29  de  marzo  de  1849. 

4.  EL  CATECISMO  O INSTRUCCION  POPULAR 

4. 1.  Características  generales 

Dentro  de  la  Ubicación  socio-histórica  emprendida  en 
las  páginas  anteriores,  esbozábamos  como  el  objetivo  funda- 
mental del  texto  era  conseguir  apoyo  popular  para  la  guerra 
de  la  Independencia  —que  en  principio  se  presentaba  como 


286 


un  enfrentamiento  entre  dos  sectores  de  la  misma  “casta"  por 
el  control  de  la  Economía  y del  Estado—  a partir  de  una 
nueva  comprensión  de  la  fe  inmersa  y comprometida  en  un 
proceso  socio-político.  Igualmente,  manifestábamos  cómo  su 
autor  y otros  eminentes  sacerdotes  se  adhieren  totalmente  al 
proyecto  histórico  de  los  criollos,  pues  gran  sector  del  alto 
clero  pertenecía,  por  nacimiento  y por  formación,  a ese 
grupo  social.  Finalmente,  es  bueno  recordar  cómo  este  texto 
surge  dentro  de  una  verdadera  lucha  ideológica,  pues  nace 
precisamente  en  una  campaña  realizada  por  el  Gobierno  Civil 
y el  Eclesiástico  en  el  bajo  Cauca  para  contrarrestar  los  efec- 
tos de  la  predicación  del  clero  realista.  Y el  autor,  en  el  texto 
mismo  del  Catecismo,  manifiesta  esa  preocupación:  “Que  el 
imperio  de  la  tiranía  caiga  por  los  mismos  medios  que  se 
levantó  entre  nosotros.  Y al  abuso  y profanación  sacrilega  de 
algunos  sacerdotes  que  la  predicaron,  suceda  en  desagravio  de 
la  religión  el  verdadero  celo,  aue  debe  devorarnos  por  sus 
intereses  y los  de  la  Patria"  '58*.  Esto  explica  el  estilo 
polémico  y radical  que  caracteriza  al  Catecismo. 

Como  todo  catecismo,  su  método  será  el  de  preguntas  y 
respuestas  simples.  Son  tres  páginas  y media  de  prólogo  y 23 
de  texto  para  “refutar  los  fundamentos  contrarios  a la  Inde- 
pendencia" ^59*. 

Conciente  de  la  enorme  influencia  del  clero  en  la  so- 
ciedad granadina,  Fernández  de  Sotomayor,  en  el  prólogo, 
dedica  prácticamente  este  Catecismo  a todos  los  párrocos: 
"Por  último,  permítaseme  recomendar  a los  párrocos  este 
Catecismo.  Sí;  a nosotros  toca,  venerables  hermanos,  en 
defensa  de  la  religión  santa  de  que  somos  ministros,  extirpar 
de  una  vez  el  error  que  tanto  la  injuria  y degrada.  Error,  que 
hace  a una  religión  de  amor  y caridad,  cómplice  en  las  cruel- 
dades y asesinatos  de  una  conquista  bárbara  y feroz.  Nosotros 
llenaremos  dignamente  nuestro  ministerio  toda  la  vez  que 
declarándonos  enemigos  de  la  tiranía,  que  nos  ha  hecho  gemir 
tres  siglos  hagamos  conocer  a los  pueblos  la  justicia  de 
nuestra  resolución,  los  bienes  consiguientes  a ella,  y el  deber 
de  su  defensa  para  asegurarlos  perpetuamente"  *6°).  La  lucha 
por  la  libertad,  expresada  como  doble  exigencia  —de  la  fe  y 
del  amor  a la  patria—,  demanda,  pues,  grandes  respon- 
sabilidades del  clero  en  la  formación  de  la  conciencia  religiosa 
y política  del  pueblo. 


287 


Finalmente,  influenciado  por  las  corrientes  filosóficas  de 
la  Ilustración,  fundamentada  la  lucha  por  la  libertad  en  la 
Instrucción,  en  el  Conocimiento  de  los  derechos  y deberes 
del  hombre,  porque  una  de  las  grandes  armas  utilizadas  por  la 
dominación  para  perpetuarse  ha  sido,  precisamente,  la  igno- 
rancia: "El  fundamento  de  la  grande  esperanza  de  domi- 
narnos, que  aun  no  han  perdido  nuestros  enemigos,  es  la 
ignorancia.  Un  hombre  que  desconoce  sus  derechos  jamás 
podrá  defenderlos.  Si  desde  los  primeros  días  de  nuestra 
independencia  nos  hubiésemos  ocupado  en  instruir  a los 
pueblos,  el  Estado  contaría  ciertamente  con  otra  fuerza.  Esto 
no  necesita  de  más  convencimiento,  que  la  ligera  observación 
de  la  capital  y de  uno  u otro  lugar  de  la  provincia,  donde  la 
ignorancia  no  es  tan  general"  En  el  CONOCER  radica, 
entonces,  el  comienzo  de  la  verdadera  libertad  del  hombre,  a 
lo  cual  desea  contribuir  con  su  Catecismo  INSTRUYENDO  a 
los  hombres  sobre  los  derechos  y deberes  del  ciudadano. 


4. 2.  L íneas  F ¡losó  fico-  T eo lógicas 

El  Catecismo  o Instrucción  Popular  mantiene  dos  dis- 
cursos cercanos  y complementarios:  uno  filosófico  y otro  más 
específicamente  teológico.  Claro  está  que  esas  dos  pro- 
ducciones teóricas  apuntan  hacia  el  mismo  objetivo, 
largamente  descrito  por  el  autor  en  el  prólogo  de  la  obra  y al 
cual  ya  hemos  hecho  referencia  en  este  estudio.  Para  alcanzar 
su  meta,  Fernández  de  Sotomayor  recoge  todos  los  argu- 
mentos, tanto  filosóficos  como  religiosos,  a su  disposición.  El 
mismo  título  de  la  obra  " Catecismo  o Instrucción..." 
insinúa  esa  correlación  teología-filosofía. 

Para  complementar  el  pensamiento  teológico  de  Fer- 
nández de  Sotomayor  expresado  en  su  catecismo,  vamos  a 
tomar  apartes  del  Sermón  pronunciado  en  la  Solemne  Cele- 
bración del  20  de  julio  de  1815  en  la  Catedral  de  Santa  Fe  de 
Bogotá,  y que  "es  un  canto  de  Júbilo  a la  libertad  y un  himno 
de  acción  de  gracias  al  Creador  'por  el  inefable  beneficio  de 
habernos  constituido  en  sociedad  y devuéltonos  por  un 
efecto  de  su  gran  bondad  el  derecho  de  existir,  mantenernos 
y gobernarnos  por  nosotros  mismos  fijando  las  leyes  funda- 
mentales de  nuestra  asociación,  y haciéndonos  conocer  a un 
tiempo  nuestros  derechos  y nuestros  deberes"'  *62^.  Sin 


288 


embargo,  vamos  a mantener  el  esquema  del  Catecismo,  pues 
trayendo  los  elementos  filosóficos  se  enriquece  la  com- 
prensión de  su  posición  teológica. 

Entrando  ya  en  materia,  para  contestar  el  dominio  de 
España  sobre  las  colonias  americanas,  el  Catecismo  o Ins- 
trucción Popular  va  a refutar  las  tres  razones  tal  vez  más 
aducidas  por  los  realistas  para  justificar  la  fidelidad  y obe- 
diencia de  las  colonias  al  rey:  la  legitimidad  que  confería  la 
DONACION  HECHA  POR  EL  PAPA,  el  derecho  que 
otorgaba  la  CONQUISTA,  y la  justicia  que  representaba  la 
PROPAGACION  DE  LA  RELIGION  CATOLICA  entre  los 
salvajes  e idólatras  habitantes  de  la  América  pre- 
hispánica *63*. 

4.3  Ilegitimidad  de  la  donación  hecha  por  el  Papa 

El  realista  que  expresa  más  nítidamente  la  legitimidad 
de  la  concesión  de  los  territorios  de  América  hecha  por  Ale- 
jandro VI  a los  reyes  de  España  con  la  Bula  "Inter  Coetera" 
del  3 de  marzo  de  1493,  es  el  franciscano  Fray  Buenaventura 
de  Bestard  en  su  "Pastoral"  de  1816  a los  franciscanos  y 
fieles  de  las  Indias,  donde  sostiene  que  "encargado  el  Roma- 
no Pontífice  de  predicar  a todo  el  mundo  el  Santo  Evangelio; 
encomendó  a los  Reyes  de  España  el  cuidado  de  enviar  a las 
Américas  sus  Ministros,  y procurar  que  allí  se  le  diera  franco 
paso  a la  Divina  palabra.  Se  hallaban,  por  lo  mismo,  prescin- 
diendo de  otros  títulos,  legítimamente  autorizados  nuestros 
Reyes  para  enviar  a sus  embajadores,  y tomar  competente 
satisfacción  de  los  que  dominaban  en  América,  declarándoles 
la  más  justa  guerra  si  contra  el  derecho  mismo  de  las  gentes 
atropellaban  el  respeto  debido  a unos  embaxadores.  En  unas 
partes,  el  deseo  de  recibir  la  luz  del  Evangelio  hace  que  los 
mismos  que  mandaban  en  la  tierra  se  sujetaran  volun- 
tariamente a unos  Reyes  que  tanto  se  interesaban  en  su  bien; 
en  otras,  como  Tabasco  y otras  partes,  se  les  oponen  con 
armas,  les  arman  traiciones,  quieren  contra  todo  derecho  de 
gentes  acabar  con  ellos,  y sacrificarlos  a los  demonios.  Y el 
Señor  los  entrega  en  manos  de  los  españoles,  como  había 
entregado  en  otro  tiempo  la  tierra  de  los  Amorréos  en  manos 
de  Israel"  ^64^.  .Una  nueva  versión  del  famoso  "reque- 
rimiento" utilizado  por  los  conquitadores  para  someter  a los 
indios. 


289 


Siguiendo  las  tesis  del  P.  Francisco  de  Vitoria*66),  el 
párroco  de  Mompós  afirma  que  este  título  es  ¡legítimo, 
puesto  que  el  Papa  no  tiene  ningún  poder  temporal: 
" . . . porque  el  vicario  de  Jesucristo  no  puede  dar  ni  ceder  lo 
que  no  ha  sido  jamás  suyo,  mucho  menos  en  calidad  de  papa 
o sucesor  de  S.  Pedro  que  no  tiene  autoridad  ni  dominio 
temporal,  y el  imperio  que  le  fue  confiado  al  mismo  S.  Pedro, 
y que  ha  pasado  a sus  legítimos  sucesores  ha  sido  puramente 
espiritual,  como  se  evidencia  por  las  mismas  palabras  que 
contienen  la  plenitud  del  poder  apostólico''*66).  Y tomarse 
estos  privilegios  es  producto  de  la  "ignorancia”  tanto  de 
España  como  de  la  autoridad  pontificia  misma*67). 

Y en  el  sermón  del  20  de  julio  añade  un  nuevo  ele- 
mento, el  dolor  que  experimenta  por  esta  concesión  de  la 
Silla  Apostólica  a los  primeros  usurpadores  de  América*68). 

4.4  La  Conquista:  imposición  de  la  fuerza  sobre  el  débil 

Otra  de  las  argumentaciones  que  rebate  en  el  Catecismo 
es  aquella  que  defiende  que,  "como  enseñan  S.  Agustín,  el 
Angélico  Doctor  Santo  Tomás,  con  otros  Santos  Padres  y 
Autores  muy  respetables,  cualquier  Nación  civilizada  tiene 
justo  título,  y derecho  fundado  en  los  principios  naturales  y 
divinos  para  subyugar  por  la  fuerza  a aquellas  Naciones  bár- 
baras y brutales  que  viven  como  las  fieras  quebrantando  la  ley 
natural"*69). 

Al  respecto,  Fernández  de  Sotomayor  muestra  cómo  la 
conquista  no  es  otra  cosa  que  la  imposición  del  fuerte  sobre 
el  débil,  y que  los  conquistados  deben  recobrar  su  libertad  e 
independencia  al  presentárseles  la  oportunidad  de  rechazar  la 
fuerza  que  los  domina  u oponerle  otra  superior.  Es  preci- 
samente lo  que  hacen  los  españoles  contra  los  invasores  fran- 
ceses. Esta  resistencia  no  había  sido  posible  en  América 
porque  la  intensidad  de  la  fuerza  había  mantenido  oprimido  a 
todo  el  pueblo,  agregando  a ello  la  ignorancia  generalizada, 
favorecida  conscientemente  por  España  para  hacer  más  fácil 
la  dominación.  En  la  actual  situación  española,  la  correlación 
del  fuerzas  es  bien  distinta*70)  , presentándose  para  las  colo- 
nias condiciones  propicias  para  acabar  con  la  tiranía. 

Igualmente,  ante  acusaciones  de  "ingratitud  de  los  hijos 
emancipados"  que  aprovechan  la  agonía  de  la  madre  para 


290 


emanciparse  *71*,  retoma  los  planteamientos  de  la  Filosofía 
Política  del  P.  Francisco  Suárez*72^  , manifestando  cómo  en 
el  supuesto  caso  de  haber  existido  un  pacto  social  —aunque 
injusto  e ¡legítimo—  con  España,  en  el  momento  mismo  de 
' la  abdicación  de  Carlos  IV  y de  la  renuncia  de  su  hijo 
Fernando  Vil  en  favor  de  Napoleón  Bonaparte,  ese  pacto  ha 
sido  disuelto  por  España,  regresando  la  soberanía  al  pueblo  a 
quien  corresponde  organizar  su  propio  gobierno  por  el  voto 
de  sus  representantes  *73*. 

Dentro  del  espíritu  polémico,  continúa  rebatiendo  todas 
las  tesis  que  pudieran  dar  supremacía  a los  españoles  sobre  los 
americanos.  Los  teólogos  realistas  predicaban  la  natural  desi- 
gualdad de  los  hombres,  lo  cual  hacía  necesaria  la  subor- 
dinación a los  superiores:  "Yo  os  digo  que  jamás  ni  por  un 
solo  instante  hubo  hombres  libres,  hombres  ¡guales,  hombres 
independientes.  Adán  obedeció  a Dios,  sus  hijos  a Adán,  sus 
hijos  y descendientes  a sus  padres  primitivos:  hubo  Reyes, 
hubo  Repúblicas,  mandaron  los  primeros,  mandaron  los  jefes 
de  las  segundas;  el  pueblo  obedeció  constantemente  a unos  y 
otros  sin  esa  libertad  quimérica;  hubo  clases,  hubo  órdenes, 
hubo  distinciones  que  no  alcanzaron  a todos”  * 74*.  Y algunos 
alcanzaron  a ir  más  lejos,  como  Antonio  de  León  que  des- 
prende esta  "natural  subordinación"  del  pecado  de  Adán: 
"¿Mas,  por  ventura,  ignoráis,  que  desde  que  el  común  Padre  de 
los  hombres  se  rebeló  contra  Dios,  quedaron  por  irrevocable 
Decreto  condenados  sus  descendientes  a perder  su  libertad,  y 
vivir  sujetos  a las  Supremas  autoridades  y legítimas  potes- 
tades?”^75^. Simplemente,  Fernández  de  Sotomayor 
responde  que  los  americanos  son  y han  sido  en  todo  tiempo 
hombres  libres  e iguales  a los  españoles,  franceses,  ...  y que 
por  tanto  ningún  hombre  o nación  tiene  el  título  para 
mandarlos  o exigirles  obediencia  sin  el  explícito  general  con- 
sentimiento *76^. 

Esta  lucha  por  la  libertad  es  un  derecho  natural,  pero 
también  un  don  divino.  Haciendo  referencia  —aunque  sin 
mencionarlo—  a los  sufrimientos  del  pueblo  de  Israel  en 
Egipto,  cuyos  clamores  subieron  hasta  Dios  (Ex.  3,  7—8), 
tanto  en  el  Catecismo  como  en  el  Sermón  sostiene  que  tres- 
cientos años  de  oprobios  y de  cadenas,  de  insultos  y depre- 
daciones "han  probado  bastante  nuestra  paciencia,  y al  fin, 
oh  Dios  mío,  cansaron  también  la  vuestra”*  77*.  Así  mismo. 


291 


recordando  las  grandes  intervenciones  del  Dios  de  los  débiles 
en  favor  de  su  pueblo  escogido,  la  proclamación  de  libertad  el 
20  de  julio  y la  lucha  por  la  independencia  no  es  “obra  de 
nuestros  esfuerzos,  ioh  Dios  protector  de  los  oprimidos!  Vos 
les  pusisteis  la  mano,  y prestásteis  un  auxilio  poderoso  a 
nuestra  debilidad”  ^78'.  Insiste,  además,  que  esta  revolución 
americana  ha  sido  dirigida  por  la  “mano  de  Dios”,  y prueba 
de  ello  ha  sido  la  ausencia  de  desórdenes,  abuso  y senti- 
mientos de  venganza,  existiendo,  por  el  contrario,  la  com- 
pasión y la  caridad  para  con  los  tiranos  ^79^. 

El  Evangelio  tampoco  ha  dado  titulo  legítimo  a los 
Reyes  de  Castilla  para  dominar  a América;  antes  bien,  la  con- 
quista ha  sido  la  violación  de  los  derechos  naturales  y de  las 
enseñanzas  del  Evangelio:  "Los  Españoles  eran  unos  invasores 
injustos,  crueles  y feroces  que  hollaban  a su  tiempo  los 
derechos  de  la  naturaleza,  las  leyes  de  los  pueblos  del  mundo, 
los  preceptos  del  Señor,  los  principios  y las  máximas  del 
Evangelio”  ^80^.  V no  sólo  eso,  sino  que  esa  conquista  ha 
generado  una  S ITUACION  DE  PECADO:  “Nosotros 
habíamos  nacido  al  mundo  degradados  y envilecidos:  doble 
desgracia  escoltaba  nuestro  nacimiento,  hijos  de  ira  y de  mal- 
dición por  el  pecado  de  Adán,  infelices  y miserables  esclavos 
de  una  nación  fiera  y orgullosa  por  haber  nacido  en  América; 
pecado,  si  se  me  permite  decirlo,  más  enorme  e indeleble  que 
el  orginal  puesto  que  para  él  no  había  ningún  género  de  bau- 
tismo" (81'. 

Por  todo  lo  anterior,  concluye  que  la  Independencia  es 
“una  guerra  justa  y santa,  y acaso  la  más  justa  y santa  aue  se 
haya  visto  en  el  mundo  de  muchos  siglos  para  acá”  *82'.  La 
sangre  de  los  americanos  debe  ser  derramada  en  defensa  de  la 
libertad,  como  la  derramaron  los  Macabeos  luchando  contra 
la  dominación,  puesto  que  esta  muerte  por  la  libertad  santi- 
fica y glorifica  a quien  entrega  la  vida  *83' . Al  mismo  tiempo, 
Dios  está  con  ellos,  la  victoria  está  asegurada:  "Sí,  con 
vuestra  ayuda  nuestros  enemigos  se  disiparán  como  el  polvo  y 
se  desvanecerán  como  el  humo.  La  libertad  e independencia 
de  la  América  es  causa  vuestra:  levantaos,  pues  y venid  en 
nuestro  socorro.  Que  conozcan  nuestros  opresores  aue  estáis 
de  nuestro  lado  y que  nos  protegéis  abiertamente”^84^. 


292 


4.5.  Propagación  de  la  Religión  Católica:  Obra  de  Dios 

La  conquista  y la  colonización  de  los  territorios  ame- 
ricanos buscaban  ser  justificadas,  por  los  teólogos  al  servicio 
de  la  Corona,  con  la  predicación  del  Evangelio  que  hicieron 
abnegados  y entregados  misioneros,  ocultando  la  sed  insa- 
ciable de  oro  que  se  despertó  en  todos  los  conquistadores  y 
en  varios  de  los  sacerdotes  venidos  a América,  y las  pesadas 
cargas  de  sometimiento  y esclavitud  que  impusieron  a los 
indígenas  y los  negros  traídos  del  Africa.  Se  argüía,  entonces, 
que  el  triunfo  de  la  colonización  había  sido  una  demostración 
más  del  Poder  y de  la  Providencia  de  Dios*85^  Con  ello  se 
pretendía,  nuevamente,  consagrar  la  dominación  española  en 
América. 

Dentro  del  marco  de  análisis  posible  en  la  época, 
Fernández  de  Sotomayor  demuestra,  en  primera  instancia, 
cómo  Cristóbal  Colón  jamás  pensó  en  propagar  la  religión 
católica  al  emprender  la  aventura  que  lo  llevó  a descubrir  a 
América,  pues  bucaba  solamente  perfeccionar  ciertos  cálculos 
para  la  navegación  marítima  ^86^. 

Enumera  luego  todos  los  abusos,  tanto  de  conquis- 
tadores como  de  clérigos,  que  se  cometieron  bajo  el  manto  de 
la  consolidación  del  poder  español  y de  la  evangelización  en 
el  continente.  Entre  estos  abusos  menciona  la  codicia  y la  sed 
de  riquezas,  así  como  la  imposición  de  la  fe  por  la  fuerza, 
“predicando  un  Evangelio  que  es  todo  paz  y caridad  con 
escoltas  de  soldados  que  dexaban  por  lo  común  cubierto  de 
cadáveres  el  lugar  de  la  predicación,  y exigiendo  por  condi- 
ción precisa  y esencial  al  Evangelio  la  subyugación  a España, 
la  destronación  de  los  príncipes  legítimos,  e inmensas  contri- 
buciones” *87^. 

Otro  es  el  espíritu  del  Evangelio,  donde  Cristo  Jesús 
invita  a una  comunión,  a un  diálogo  de  amor  en  una  respuesta 
libre  y voluntaria  de  fe  ^88^.  Otra  fue  la  práctica  de  los  discí- 
pulos que  prefirieron  morir  por  la  fe  y el  Evangelio  antes  de 
forzar  o matar  a alguien  para  que  aceptase  a Jesús  como 
Salvador:"  ¡Qué  contraste!  En  Roma  son  perseguidos  los  que 
profesan  el  cristianismo  por  los  idólatras  que  ven  ya  muy 
cerca  la  ruina  de  sus  dioses;  en  América  los  cristianos  persi- 
guen a los  idólatras  a quienes  han  ido  a convertir”  ^89^. 


293 


Entonces,  se  pregunta,  ¿cuál  es  la  razón  de  la  acogida  a la 
religión  católica  en  América?  En  primer  lugar,  la  omni- 
potencia de  Dios  que  pudo  superar,  incluso,  los  obstáculos 
que  los  mismos  cristianos  españoles  opusieron  a la  Evange- 
lización;  y,  en  segunda  instancia,  el  ejemplo  y el  testimonio 
de  algunos  misioneros  que  tuvieron  que  padecer  dificultades 
más  por  parte  de  los  mismos  españoles  que  de  los  indios  a 
quienes  convertían  *90*. 

Como  trabas  impuestas  a la  Evangelización  de  los  indios 
coloca  las  reparticiones  y encomiendas  donde  prácticamente 
se  esclavizaba  a los  indígenas,  y allí,  por  añadidura,  recibían 
forzosamente  la  religión  de  los  amos.  Lo  mismo  acontecía 
con  los  esclavos  negros  traídos  del  Africa.  Además,  estaba  la 
gran  controversia  que  desataron  los  mismos  españoles  sobre  si 
los  indios  tenían  o no  alma,  y si  eran  capaces  de  aceptar  la  fe 
y recibir  los  Sacramentos.  Finalmente,  y como  dificultades 
colocadas  ya  a.  la  Iglesia  misma,  menciona  el  afán  de  la 
Corona  por  apropiarse  de  las  rentas  y bienes  de  la  Iglesia^91  \ 

La  religión  católica  es  una  religión  de  hombres  libres, 
que  no  conoce  ni  la  esclavitud  ni  las  cadenas  * 92^ ; el  Dios  de 
los  cristianos  es  Aquel  que  defiende  a los  oprimidos  *93*  y 
redime  de  toda  esclavitud  y tiranía  *94*  despedazando  todas 
las  cadenas  de  la  servidumbre  y la  opresión  ^95*.  Por  ello,  una 
vez  más  exhorta  a los  granadinos,  si  de  veras  aman  a Dios  y a 
la  religión,  a redoblar  los  esfuerzos  para  no  recaer  en  la 
dependencia  antigua  y alcanzar,  así,  la  independencia  y la 
libertad  ^96^. 

Para  terminar  su  Catecismo  o Instrucción  Popular, 
rebate  las  afirmaciones  hechas  por  los  monarquistas  sobre  los 
peligros  de  destrucción  y aniquilamiento  que  la  Inde- 
pendencia traía  para  la  religión  *9'* . Explica,  entonces,  que 
la  nueva  ordenación  política  del  país  va  a reportar  grandes 
ventajas  para  la  religión.  Estas  ventajas  serían:  1.  El  estudio  y 
conocimiento  de  la  misma  religión,  dirigidos  por  el  Estado 
que  ha  dado  demostraciones  de  proteger  a la  religión  católica 
como  exclusiva  de  la  nación;  2.  Contar  con  Pastores  aptos  y 
capaces  de  dirigir  y gobernar  las  almas  sin  estar  expuestos  a la 
contingencia  de  los  que  enviaban  de  España,  tal  vez  sin  la 
preparación  necesaria  y sin  el  amor  y caridad  que  deben  dis- 
tinguir las  altas  funciones  del  ministerio  apostólico,  trocadas 
algunas  veces  en  odios  y animosidades  escandalosas;  3.  Final- 


294 


mente,  al  establecer  las  relaciones  con  la  Santa  Sede  se  obten- 
drán las  gracias  y privilegios  que  exijan  las  necesidades  espiri- 
tuales de  los  granadinos,  sin  más  consideración  y mérito  que 
el  de  ser  hijos  de  la  Iglesia  Católica*98*. 

Para  concluir  esta  exposición  de  su  pensamiento  teoló- 
gico, queremos  traer  la  Plegaria  que  eleva  a Dios  al  final  de  su 
Sermón  del  20  de  julio  de  1815  en  la  Catedral  de  Santa  Fe, 
pues  allí  remata  magistral  mente  las  líneas  que  sintéticamente 
hemos  esbozado:  "Oh  Padre  Celestial,  es  vuestro  Unigénito 
el  encargado  de  corresponder  por  nosotros  a los  beneficios  de 
nuestra  libertad  y de  nuestro  rescate.  Pero  es  también  por  su 
poderosa  mediación  que  os  conjuramos  para  la  conservación 
de  bienes  tan  preciosos  e inestimables.  No  permitáis,  Señor, 
que  jamás  abusemos  de  ellos;  vengan  sobre  nosotros  tus 
gracias  y evitaremos  su  pérdida,  y tu  bendición  Paternal  sobre 
el  Pueblo  que  te  adora  como  a su  Dios  Redentor  de  la  escla- 
vitud y tiranía  Española.  Derrama  sobre  el  gobierno  que  la 
preside  tu  Espíritu,  sí,  el  espíritu  de  fortaleza  y de  consejo 
con  que  deben  obrar  en  los  grandes  peligros  a que  estamos 
expuestos;  dirige  por  tu  bondad  los  ejércitos  que  deben  com- 
batir contra  nuestros  enemigos  y los  vuestros;  haz  que  la 
victoria  los  acompañe  en  todos  los  encuentros,  y que  ellos  no 
prevalezcan  jamás  contra  nosotros;  antes  bien  yo  os  ruego 
que  les  hagáis  conocer  su  temeridad  e insensatez.  Por  último, 
danos  la  paz  porque  tanto  suspiramos,  ella  colmará  nuestras 
dichas  en  la  tierra  y será  el  principio  de  nuestra  eterna  feli- 
cidad en  el  cielo.  Así  sea"*99*. 


5.  A MANERA  DE  CONCLUSION:  ¿TEOLOGIA  DE  LA  LIBE- 
RACION? 

Manteniendo  las  necesarias  distancias  —sobre  todo  en  lo 
referente  a exigencias  coyunturales,  método,  análisis  y pers- 
pectivas, queremos  terminar  esta  pequeña  investigación  dedi- 
cando unas  cortas  líneas  a mostrar  la  importancia  de  la  refle- 
xión teológica  de  Juan  Fernández  de  Sotomayor  y Picón 
(Párroco  de  Mompós  y Obispo  de  Cartagena  en  el  siglo  XIX) 
para  nuestro  actual  momento  histórico  y eclesial,  haciendo 
una  breve  evaluación  de  ella  desde  la  perspectiva  de  la 
Teología  de  la  Liberación*100*. 


295 


Encontramos,  en  primer  lugar,  ciertas  líneas  de  conver- 
gencia con  la  reflexión  teológica  de  la  Liberación  que  se 
adelanta  hoy  en  muchos  sectores  eclesiales  de  América 
Latina,  y que  comienza  a extenderse,  con  características 
propias,  por  otros  lugares  del  Tercer  Mundo.  Sin  querer 
forzar  los  textos  que  hemos  expuesto  sintéticamente, 
encontramos  que  allí,  de  alguna  manera  y con  los  instru- 
mentales filosóficos  de  la  época,  se  describe  la  situación  de  las 
colonias  americanas  y se  hace  un  análisis  de  esa  realidad;  se 
reflexiona  sobre  ella  a la  luz  de  Dios,  del  Evangelio  y de  la  fe, 
y se  pronuncia  un  juicio  teológico-moral  sobre  esa  realidad 
considerada;  finalmente,  se  hace  un  llamado  a la  praxis  como 
dimensión  esencial  de  la  fe,  a fin  de  transformar  cualita- 
tivamente esa  situación  de  injusticia  y de  pecado,  para 
alcanzar  la  paz  y la  libertad  que  Dios  otorga  a todos  sus  hijos. 

España  descubre  y coloniza  parte  de  América  arrasando 
con  los  indígenas,  sus  tierras,  sus  riquezas  y su  cultura;  les 
impone  por  la  fuerza  la  religión  católica;  los  esclaviza  en  las 
reparticiones  y encomiendas;  y posteriormente  trae  negros 
del  Africa  para  servir  de  esclavos  en  América.  Se  establece  así, 
una  dependencia  colonial  cargada  de  opresión  y de  desigual- 
dades y desequilibrios  sociales.  Igualmente,  se  instrumentaliza 
la  religión  católica  para  justificar  una  conquista  y una  coloni- 
zación inadmisibles  para  la  razón  y para  el  Evangelio. 

Sobre  esa  situación  se  pronuncia  un  juicio  profético, 
partiendo  de  la  fe  y de  la  realidad  de  Dios  mismo,  que  es  un 
Dios  que  está  al  lado  de  los  oprimidos,  que  no  acepta  cadenas 
ni  esclavitudes,  si  no  que  por  el  contrario  salva  y redime  de  la 
servidumbre,  de  la  opresión,  del  pecado.  Así,  la  conquista  y la 
colonia  son  acciones  que  no  sólo  van  contra  las  leyes  de  la 
razón  y de  la  naturaleza,  sino  que  van  contra  el  espíritu 
mismo  del  Evangelio  y contra  la  experiencia  del  Dios  Paz,  del 
Dios  Amor,  del  Dios  Justicia  de  Jesucristo.  Pero  eso  no  hay 
duda  en  afirmar  que  esa  situación  es  de  PECADO. 

Se  muestra,  entonces,  la  necesidad  de  la  praxis  como 
dimensión  esencial  de  la  fe.  La  búsqueda  de  la  independencia 
y de  la  libertad  es  una  exigencia  que  sobrepasa  los  límites  de 
la  razón,  y se  convierte  en  dimensión  integrante  de  la  fe. 
Parte  de  la  fe  y dinamiza  la  misma  experiencia  de  respuesta  a 
Dios.  No  es  posible  seguir  viviendo  en  la  dependencia  y en  la 


296 


esclavitud  si  se  ama  a Dios  y se  le  acepta  en  la  fe.  La  libertad 
es  un  don  de  Dios  que  el  hombre  debe  conquistar,  y para  ello 
El  ofrece  su  apoyo,  luz  y compañía. 

Ahí  radica  esa  dimensión  profética  que  tanto  estorba  a 
los  poderosos  y que  origina  persecución,  cárcel,  tortura, 
y muerte. 

Pero  hay  también  serias  divergencias.  Vamos  a limi- 
tarnos a dos  fundamentales.  La  primera  sería  en  torno  al 
lugar  de  origen  de  la  reflexión  teológica.  Mientras  que  la  Teo- 
logía de  la  Liberación  surge  de  las  exigencias  de  justicia  y del 
grito  de  Dios  en  las  mayorías  oprimidas  de  América  Latina,  la 
reflexión  teológica  de  Fernández  de  Sotomayor  nace  de  las 
exigencias  de  libertad  y de  participación  política  de  las 
minorías  criollas  de  la  sociedad.  Este  lugar  social  va  a dis- 
tanciar profundamente  las  perspectivas  y alcances  de  las  libe- 
raciones socio-históricas,  así  como  dimensiones  mismas  de  la 
reflexión  teológica.  La  primera  trata  de  balbucear  una  nueva 
sociedad  más  justa  y fraterna  donde  haya  igualdad  de  condi- 
ciones y posibilidades  para  todos,  y donde  sea  abolido  todo 
tipo  de  explotación  del  hombre  por  el  hombre,  realización 
histórica  del  Reino  trascendente  de  Dios;  la  segunda  esboza 
como  proyecto  histórico  la  toma  del  poder  político  por  parte 
de  la  aristocracia  criolla,  manteniendo  la  estructuración  de  la 
sociedad  en  idénticas  condiciones,  es  decir,  no  se  plantea 
solución  para  la  miseria  y la  ignorancia  del  indígena,  el  negro 
es  mantenido  en  la  esclavitud  que  sólo  será  abolida  30  años 
más  tarde,  la  tierra  quedará  concentrada  en  las  mismas  pocas 
manos  que  la  poseían,  la  educación  seguirá  siendo  privilegio 
de  las  élites,  etc.  La  liberación  de  Dios  en  la  historia  no  es 
abordada  por  la  teología  de  la  independencia  con  la  radi- 
calidad  vivida  y proclamada  por  Cristo  Jesús. 

Una  segunda  divergencia  radica  en  la  praxis  que  se 
implementa  para  la  transformación  de  la  sociedad.  Claro  está 
que  esto  obedece  a las  exigencias  coyunturales,  y para 
Fernández  de  Sotomayor  las  circunstancias  concretas  eran  de 
guerra  declarada. 

Hace  algo  más  de  150  años  fue  una  independencia  polí- 
tica. Hoy,  en  nuestro  caminar  histórico  y eclesial  vamos  cons- 
truyendo las  bases  de  una  nueva  independencia,  de  una  nueva 
sociedad,  concreción  histórica  del  escatológico  y definitivo 


297 


Reino  de  Dios,  que  supere  las  injusticias  y desigualdades  que 
permanecieron,  se  originaron  y se  prolongaron  después  de  la 
emancipación  de  las  colonias  latinoamericanas  de  sus 
respectivas  metrópolis.  Hoy,  un  nuevo  Imperio, ‘el  del  Capital, 
con  sus  banqueros  y guardianes  nacionales  e internacionales, 
continúa  oprimiendo  y explotando  a los  pobres  y débiles  de 
la  sociedad,  pero  abrigamos  la  esperanza  del  día  nuevo  de  la 
Liberación,  pues  el  Dios  de  los  pobres  nos  reconforta  y forta- 
lece, Cristo  Jesús,  con  su  muerte  y resurrección,  marcha 
adelante,  el  Espíritu  del  Señor  nos  guía  e ilumina. 


NOTAS 


(1)  Cfr.  TISNES  C.M.F.  Roberto  María,  "Historia  Eclesiástica  — El 
clero  y la  independencia  en  Santafé",  en  "Historia  Extensa  de 
Colombia",  Volumen  XIII,  Tomo  4,  Editorial  Lerner,  Bogotá, 
1971,  pgs.  266,  515. 

(2)  Cfr.  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  Juan,  "Catecismo  o 
Instrucción  Popular",  Primera  Edición  Facsimilar  de  la  Edición 
Príncipe  de  1814  hecha  en  Cartagena  de  Indias  en  la  Imprenta  del 
Gobierno  por  el  C.  Manuel  González  y Pujol,  Editorial  Kelly, 
Bogotá,  1976,  pg.  2. 

(3)  TISNES  C.M.F.  Roberto  María,  "La  Independencia  en  la  Costa 
Atlántica ",  Editotial  Kelly,  Bogotá,  1976,  pg.  189. 

(4)  Ibid.  pgs.  189-190. 

(5)  MEDINA  José  Toribio,  "La  Inquisición  en  Cartagena  de  Indias, 
Carlos  Valencia  EditQres,  Bogotá,  1978,  pg.  200.  Al  respecto 
puede  verse  también  la  obra  de  JIMENEZ  Molinares  Gabriel, 
"Linajes  Cartageneros.  Los  Fernández  de  Sotomayor",  Imprenta 
Departamental,  Cartagena,  1950,  pgs.  23  y 32. 

(6)  JIMENEZ  M.  Gabriel,  op.  cit.  pg.  34. 

(7)  Ibid.,  pg.  33. 

(8)  Cfr.  GARDOSO  F.  Ciro  y Héctor  Pérez  Brignoli,  "Historia  Eco- 
nómica de  América  Latina",  Tomo  II:  Economías  de  Exportación 
y Desarrollo  Capitalista.  Editorial  Crítica,  Barcelona,  1979, 
pgs.  7—14. 

(9)  Cfr.  op.  cit.  pg.  8. 

(10)  Cfr.  OCAMPO  López  Javier,  "El  proceso  ideológico  de  la  eman- 
cipación", Universidad  Pedagógica  y Tecnológica  de  Colombia, 
Tunja,  1974,  pg.  21. 

(11)  Cfr.  Ibid., 'pg.  33.  Puede  verse  también  HALPERIN  Donghi  Tulio, 
"Historia  Contemporánea  de  América  Latina ",  Alianza  Editorial, 
Madrid,  1975,  pgs.  74  y siguientes. 


298 


(12)  Cfr.  OCAMPO  J.,op.  cit.  pg.  144. 

(13)  Cfr.  JARAMILLO  Uribe  Jaime,  "Ensayos  sobre  Historia  social 
colombiana”.  Universidad  Nacional  de  Colombia,  Bogotá,  1968, 
pgs.  5—87. 

(14)  Cfr.  POSADA  Francisco,  "El  movimiento  revolucionario  de  los 
Comuneros",  Siglo  XXI.  Bogotá,  1977.  También,  GONZALEZ 
Fernán,  "La  revolución  de  los  Comuneros ",  en  Revista  SOLI- 
DARIDAD N°  17,  Bogotá,  agosto  de  1980,  pgs.  14—18. 

( 1 5)  Cfr.  OCAMPO  J.,  op.  cit.  pgs.  89-94,  223-226. 

(16)  TIRADO  Mejía  Alvaro,  "Introducción  a la  historia  económica  de 
Colombia",  Universidad  Nacional  de  Colombia,  Bogotá,  1971, 
pg.  100. 

(17)  Así  llamaban  en  la  época  a los  grupos  socio-raciales  existentes  en 
la  sociedad.  Cfr.  JARAMILLO  Jaime,  op.  cit.  pg.  177. 

(18)  Cfr.  JARAMILLO  Uribe  Jaime,  "Etapas  y sentido  de  la  historia 
colombiana ",  en  "Colombia  hoy".  Siglo  XXI,  Bogotá,  1978, 
pg.  23. 

(19)  OCAMPO  J.,  op.  cit.  pg.  59. 

(20)  Cfr.  I bid.,  pg.  89. 

(21)  JARAMILLO  J.  "Etapas ..."  pgs.  24-25. 

(22)  Cfr.  TIRADO  Alvaro,  op.  cit.  pg.  101;  también  OCAMPO  J.,  op. 
cit.  pgs.  86—106. 

(23)  Cfr.  OCAMPO  j.,  op.  cit.  pgs.  67—69. 

(24)  Ibid.,  pg.  69.  Ver  también  TIRADO  A.,  op.  cit.  pg.  102. 

(25)  TISNES  Roberto,  "Historia  Eclesiástica  . . . " pg.  257. 

(26)  Cfr.  Ibid.  pg.  335. 

(27)  GOMEZ  Hoyos  Rafael,  "La  revolución  granadina  de  1810. 
Ideario  de  una  generación  y de  una  época.  1781— 1821 ", 
Tomo  II,  Editorial  Temis,  Bogotá,  1962,  pg.  301. 

(28)  Cfr.  TISNES  R.,  "Historias  Eclesiásticas  ..."  pgs.  485—489.  Un 
detalle  curioso,  por  ejemplo,  lo  constituye  la  donación  que 
muchos  sacerdotes  hicieron  de  las  grandes  campanas  de  las  iglesias 
para  fundirlas  y hacer  balas  para  los  cañones  combatientes. 

(29)  Cfr.  OCAMPO  J.,  op.  cit.  pg.  88. 

(30)  Cfr.  TISNES  R.,  "Historia  Eclesiástica  . . . " pg.  132. 

(31)  JIMENEZ  Salvador,  Obispo  de  Popayán,  Circular  enviada  a los 
Curas  de  su  Diócesis,  Setiembre  9 de  1819,  citada  por  OCAMPO 
J.,  op.  cit.  pgs.  279. 

(32)  Cfr.  GOMEZ  R.,  op.  cit.  pg.  301. 

(33)  JARAMILLO  J.,  "Ensayos..."  pg.  193.  El  subrayado  es 
nuestro. 

(34)  Ibid.,  pgs.  189—190.  Nuevamente  el  subrayado  es  nuestro. 

(35)  Cfr.  TISNES  R.,  "Historia  Eclesiástica..."  pgs.  131  — 133.  Ver 
también  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR,  "Catecismo  . . . " 
pgs.  27—28,  donde  se  alcanza  a traslucir  la  problemática. 

(36)  Cfr.  OCAMPO  J.,  op.  cit.  pgs.  89-90. 


299 


(37)  Cfr.  JIMENEZ  Colmenares  G.,  op.  cit.  pg.  13. 

(38)  Cfr.  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  J„  op.  cit.  pgs.  4-5 

(39)  Cfr.  TISNES  R.,  Historia  Eclesiástica  ..."  pgs.  532—536. 

(40)  Cfr.  JARAMILLO  Roberto,  "El  clero  en  la  independencia",  Edi- 
ciones de  la  Revista  Universidad  de  Antioquia,  Medellín,  1946, 
pgs.  143-145. 

(41)  Cfr.  JIMENEZ  G.,op.  cit.  pg.  12. 

(42)  Cfr.  Ibid.  pg.  4. 

(43)  Cfr.  Ibid.  pg.  13.  \ 

(44)  Cfr.  TISNES  R.,  "La  Independencia  ..."  pgs.  149—150. 

(45)  Cfr.  Ibid.  pg.  164. 

(46)  Cfr.  JARAMILLO  R..  op.  cit.  pg.  143. 

(47)  Cfr.  JIMENEZ  G.,op.  cit.  pg.  18. 

(48)  Cfr.  Ibid.  pgs.  18-19. 

(49)  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  Juan,  "Respuesta  al  Manifiesto 
del  Dr.  Ramón  Eguiguren",  Impreso  por  F.M.  Sotkes,  Bogotá, 
1825.  Citado  por  TISNES  R.,  "La  Independencia  ...  ",  pg.  165. 
Hemos  subrayado  este  párrafo  pues  queremos  resaltar  no  sólo  la 
participación  eclesiástica  en  actividades  político-partidarias,  sino 
también  la  consciencia  que  se  tenía  del  importantísimo  papel  que 
el  clero  desempeñaba  en  la  formación  de  la  conciencia  política 
popular.  Es  necesario  tener  en  cuenta  también  que  el  Gobernador 
del  Obispado  de  Cartagena,  nombrado  por  el  Cabildo  Eclesiástico 
en  enero  de  1812  después  de  la  expulsión  del  Titular  Diez  Merino 
por  haberse  negado  a juzgar  la  nueva  Constitución  del  Estado,  era 
el  Dr.  Manuel  Fernández  de  Sotomayor  y Benedetti,  tío  del 
mencionado  párroco  de  Mompós.  Desempeñará  estas  funciones 
hasta  el  28  de  octubre  de  1815  cuando  el  Capitán  General  Fran- 
cisco de  Montalvo  nombra  en  su  lugar  al  Inquisidor  Juan  José  de 
Orderis.  Su  tío  será,  entonces,  quien  lo  enviará  a la  visita  eclesiás- 
tica por  los  pueblos  del  bajo  Cauca  en  1814.  (Cfr.  JIMENEZ  G., 

op.  cit.  pgs.  5—9). 

(50)  Cfr.  JIMENEZ  G.,op.  cit.  pg.  34. 

(51)  Cfr.  TISNES  R.,  "Historia  Eclesiástica  ¡ pgs.  515—527. 

(52)  A esto  ya  hemos  hecho  mención.  Cfr.  MEDINA  José  T.,  op.  cit. 

pg.  200. 

(53)  JIMENEZ  G.,op.  cit.  pg.  23. 

(54)  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  J.,  "Respuesta..."  en 
TISNES  R.,  "La  Independencia  ..."  pg.  166. 

(55)  JIMENEZ  G.,op.  cit.  pg.  26 

(56)  Cfr.  Ibid.  pg.  27. 

(57)  Cfr.  Ibid.  pgs.  27-31. 

(58)  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  J.,  "Catecismo  ...  ",  pg.  5.  El 
subrayado  es  nuestro. 

(59)  Ibid.  pg.  7. 

(60)  Ibid.  pgs.  4—5. 


300 


(61)  Ibid.  pg.  2. 

(62)  GOMEZ  H.  Rafael,  op.  cit.  pg.  323.  Desafortunadamente,  y a pesar 
de  los  esfuerzos  realizados,  no  pudimos  conseguir  el  texto 
completo  del  mencionado  Sermón.  Así,  tendremos  que  limitarnos 
a fragmentos  publicados  en  las  obras  de  los  historiadores  Tisnés  y 
Gómez  Hoyos. 

(63)  Cfr.  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  J.,  "Catecismo  . . . " pg.  7. 

(64)  BESTARD  Juan  Buenaventura,  "Pastoral  del  Comisario  General 
de  Indias  a sus  súbditos",  Madrid,  MDCCCXVI,  citado  por 
OCAMPO  J.,  op.  cit.  pg.  285. 

(65)  OCAMPO  J.,  op.  cit.  pgs.  185-187. 

(66)  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  J.,  "Catecismo  ..."  pg.  8. 

(67)  Cfr.  Ibid.  pgs.  8-9. 

(68)  OCAMPO  J.,  op.  cit.  pg.  190. 

(69)  LEON  Antonio  de,  "Discurso  Político— Moral.  Sobre  la  obe- 
diencia debida  a los  Reyes,  y males  infinitos  de  la  insurrección  de 
los  pueblos ",  Predicado  en  la  Catedral  de  Santafe'  de  Bogotá  en 
1816.  Javier  Ocampo  López,  en  la  obra  ya  citada,  trae  el  texto 
completo,  pgs.  505—545. 

(70)  Cfr.  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  J.,  "Catecismo..." 

pg.  10-12. 

(71)  Cfr.  OCAMPO  J .,  op.  cit.  pgs.  287-288. 

(72)  Cfr.  GOMEZ  H.  Rafael,  op.  cit.,  Tomo  I,  pgs.  53—67. 

(73)  Cfr.  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  J.,  "Catecismo 

pgs.  11-13. 

(74)  GREGORIO  José,  Obispo,  "El  obispo  de  Cartagena  a todos  los 
habitantes  de  la  Nueva  Granada ",  Cartagena,  1819,  citado  por 
OCAMPO  J.,  op.  cit.  pg.  273. 

(75)  LEON  Antonio  de,  op.  cit.,  en  OCAMPO  J.,  op.  cit.  pg.  515. 

(76)  Cfr.  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  J.,  "Catecismo..." 

pgs.  13—14. 

(77)  FERNANDEZ  DE  SOTOMAYOR  J.,  "Sermón  pronunciado  el  20 
de  julio  de  1815  en  la  Catedral  de  Santafé ",  en  TISNES  R., 
"Historia  Eclesiástica . . ."  pgs.  519.  Ver  también  el  "Cate- 
cismo ...  ",  pgs.  15—16. 

(78)  Ibid.,  pg.  522;  "Catecismo  . . . " pg.  16. 

(79)  Cfr.  "Sermón  ..."  en  TISNES  R.,  op.  cit.  pg.  523. 

(80)  Ibid.  pg.  521. 

(81)  Ibid.,  pg.  518. 

(82)  "Catecismo  ..."  pg.  16. 

(83)  Cfr.  "Sermón  ..."  en  TISNES  R.,  op.  cit.  pg.  525. 

(84)  Cfr.  Ibid.,  pg.  525. 

(85)  Cfr.  BESTARD  Juan  Buenaventura,  op.  cit.,  en  OCAMPO  J.,  op. 
cit.  pgs.  286-287. 

(86)  Cfr.  "Catecismo  ..."  pg.  17. 

(87)  "Catecismo  ..."  pgs.  18— 19. 


301 


(88)  Ibid.  pg.  19. 

(89)  "Sermón..."  en  TISNES  R.,  "Historia  Eclesiástica..." 
pg.  521. Ver  también  el  "Catecismo  ..."  pgs.  19,  20  y 21. 

(90)  Cfr.  "Catecismo  . . . " pg.  20. 

(91)  Cfr.  Ibid.  pgs.  21-24. 

(92)  Cfr.  Ibid.  pg.  25. 

(93)  Cfr.  "Sermón  ..."  en  TISNES  R.,  "Historia  Eclesiástica  . . . " 
pgs.  522  y 525. 

(94)  Cfr.  Ibid.  pg.  526. 

(95)  Cfr.  Ibid.  pg.  524. 

(96)  Cfr.  "Catecismo  . . . " pg.  24. 

(97)  Cfr.  OCAMPO  J.,  op.  cit.  pgs.  276-277. 

(98)  Cfr.  "Catecismo  ..."  pgs.  25—28. 

(99)  "Sermón  ..."  en  TISNES  R.,  "Historia  Eclesiástica 
pgs.  525—526. 

(100)  El  historiador  Fernán  González  califica  de  "Teólogo  de  la  Libe- 
ración" a Juan  Fernández  de  Sotomayor  en  su  obra  " Partidos 
Políticos  y poder  eclesiástico ",  Editorial  CINEP,  Bogotá,  1977. 
La  revista  SOLIDARIDAD  de  Bogotá  publica  el  texto  del  Cate- 
cismo y comenta  al  respecto  que  es  "un  texto  explosivo  de 
alcance  político,  destinado  a suscitar  en  el  pueblo  el  entusiasmo 
por  la  liberación  y el  rechazo  a los  opresores:  a tomar  conciencia 
de  la  esclavitud  padecida  durante  tres  siglos;  a decidirse  por  la 
independencia  y a tener  confianza  en  el  futuro.  El  resorte 
religioso  es  el  medio  principal  de  concientización:  la  tiranía  y la 
opresión  van  contra  la  esencia  misma  del  Cristianismo,  y la  lucha 
por  la  libertad  es  una  exigencia  de  la  fe". 


BIBLIOGRAFIA 


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trucción Popular",  Primera  Edición  Facsimilar  de  la  Edición 
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302 


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CARDOSO  Ciro  y Héctor  Pérez  Brignoli,  "Historia  económica  de 
América  Latina",  2 Tomos,  Editorial  Crítica,  Barcelona,  1979. 


303 


' 


V 


JOSE  OSCAR  BEOZZO 


Padre  Julio  María:  Una  teología  liberal-republicana 
en  una  iglesia  monarquista  y conservadora 


I.  INTRODUCCION 


La  teología  del  Dr.  Julio  César  de  Moráis  Carneiro 
(1850—1916),  Padre  Julio  María  (1891—1916),  abogado, 
periodista,  parlamentario,  hombre  de  letras  y finalmente  cura 
secular  que  se  pasa  al  clero  religioso  (1904),  debe  ser  captada 
en  contrapunto  con  la  teología  vigente  en  la  época. 

La  importancia  de  su  teología  reside  en  la  contem- 
poraneidad con  los  problemas  vividos  por  la  sociedad  bra- 
sileña en  el  final  del  Imperio  e inicios  de  la  República.  Julio 
María  no  es  un  teólogo  desde  el  punto  de  vista  tradicional.  Es 
un  publicista,  un  predicador,  un  misionero.  Quiere  dirigirse  al 
público  que  se  encuentra  fuera  de  la  iglesia,  y en  vez  del 
sermón  predicado  dentro  del  templo  para  el  rebaño  fiel, 
prefiere  la  conferencia  pública,  el  periódico,  el  libro,  dirigidos 
a los  apartados  e incrédulos. 

Históricamente,  la  vida  y la  obra  de  Julio  María  consti- 
tuyeron un  marco  en  el  movimiento  de  “renovación”  del 
catolicismo  brasileño,  desencadenado  en  la  década  de  1920, 
por  la  conversión  de  Jackson  de  Figueiredo.  El  grupo  del 
Centro  Dom  Vital  y de  la  revista  “Orden”  reconocen  en  Julio 
María  un  precursor  y un  maestro.  Con  la  revolución  de  1930, 


305 


donde  muchas  de  sus  ¡deas  acerca  del  lugar  de  la  religión  en  la 
sociedad,  sobre  el  papel  de  la  relación  entre  Iglesia  y Estado 
se  ven  concretizadas,  Julio  María  vuelve  a la  actualidad  y sus 
obras  son  re  editadas  y difundidas. 

En  un  momento  de  profunda  ruptura  del  catolicismo 
brasileño  con  su  pasado,  Julio  María  escribe  para  el  libro  de 
Centenario  (1900)  una  memoria  histórica  sobre  el  catolicismo 
en  el  Brasil.  Memoria  tanto  más  preciosa  y útil,  cuanto  emerge 
solitaria  entre  el  ensayo  sobre  la  historia  de  la  Iglesia  en  el 
Brasil  del  senador  Cándido  Mendes  de  Almeida,  añadido  al 
inicio  del  primer  volumen  de  su  Derecho  Civil-Eclesiástico 
(1866)  y algunas  obras  menores  y parciales  de  la  década  de 
1950.  Sólo  en  los  años  70,  con  el  impulso  del  CEHILA,  se 
apunta  nuevamente  a una  interpretación  global  del 
catolicismo  brasileño,  desde  el  punto  de  vista  Histórico. 

La  vida  de  Julio  María  se  desenvuelve  en  un  marco  de 
tiempo  que  cubre  las  más  importantes  transformaciones  eco- 
nómicas, sociales  y políticas  sufridas  por  el  país. 

Nace  en  1850,  en  el  año  en  que  es  decretada  la  extinción 
del  tráfico  negrero,  cuyo  flujo  sustentaba  la  formación  social 
esclavista  brasileña.  Ingresa  en  la  Facultad  de  Derecho  de  Sao 
Paulo  en  1870,  en  el  año  de  la  gran  campaña  abolicionista, 
que  el  gabinete  conservador  del  Visconde  de  Río  Branco 
consigue  vaciar,  aprobando  apenas  la  Ley  del  Vientre  Libre 
(1871),  Sin  los  brazos  traídos  por  el  tráfico  negrero,  privados 
de  la  reposición  de  la  mano  de  obra  a través  del  vientre 
esclavo,  los  hacendados  del  café  van  a transformar  al  Brasil 
africano  de  esclavos,  en  un  Brasil  blanco  del  emigrante 
europeo. 

Es  entre  1870  y 1914,  período  de  la  vida  adulta  y activa 
de  Julio  María,  que  el  Brasil  es  enteramente  reestructurado  en 
sus  raíces  más  profundas,  siendo  substituidas  en  el  campo  y la 
ciudad  las  relaciones  esclavistas  de  producción  por  relaciones 
capitalistas,  apoyadas  en  el  trabajo  "libre". 

El  país  es  reintroducido  en  el  mercado  internacional  de 
mano  de  obra  y de  mercancía,  en  el  cuadro  de  un  capitalismo 
cada  vez  más  monopolista  e imperialista  bajo  la  hegemonía 
británica.  La  monocultura  de  exportación  transforma  el  sur 
del  país  en  una  inmensa  hacienda  de  café,  donde  son 


306 


despojados  en  millares  los  inmigrantes  italianos,  españoles, 
portugueses  y los  desheredados  de  la  Europa  Central  y del 
Este. 

Desde  el  punto  de  vista  político,  el  imperio,  sustentado 
por  los  varones  del  café  esclavistas  del  valle  del  Paraiba  flu- 
minense (Estado  de  Río  de  Janeiro),  es  substituido  por  la 
República,  momentáneamente  controlada  por  militares  y por 
la  pequeña  burguesía  urbana,  para  luego  pasar  a las  manos  de 
la  oligarquía  cafetalera  del  Oeste  del  estado  Sao  Paulo  y del 
sur  de  Minas  Gerais. 

El  estado  liberal-oligárquico  de  inspiración  laica  y posi- 
tivista rompe  con  la  Iglesia,  decretando  la  separación  entre 
Iglesia  y Estado,  negándole  un  lugar  en  el  nuevo  orden  liberal. 

Es  por  el  lugar  de  la  Iglesia  y de  la  religión  en  este  nuevo 
orden  que  batalla  el  Padre  Julio  María,  atacando  los  que  se 
amarraban  inútilmente  al  pasado  y combatiendo  los  que 
huían  de  la  nueva  sociedad.  Esto  le  valió,  de  un  lado,  un 
ataque  cerrado  de  los  católicos  monarquistas  y conservadores, 
acusaciones  delante  del  Santo  Oficio  en  Roma,  y del  otro 
lado,  simpatía  de  parte  de  la  prensa  liberal  y del  propio 
Gobierno  Republicano  que  insistentemente  propugnaba  por 
su  nombramiento  al  Episcopado. 

Dividiremos  el  estudio  en  cuatro  secciones:  (1)  rápido 
resumen  de  la  vida  del  Padre  Julio  María;  (2)  temas  centrales 
de  su  predicación;  (3)  su  interpretación  de  la  historia  de  la 
Iglesia  en  el  Brasil;  (4)  conclusiones. 

II.  VIDA  DEL  PADRE  JULIO  MARIA  H) 

Nace  en  Angra  dos  Reis,  puerto  de  la  provincia  de  Río 
de  Janeiro,  el  20  de  agosto  de  1850,  teniendo  por  padres  a 
Firmino  Julio  de  Moráis  Carneiro  y María  Angélica  Carneiro. 

Estudia  Humanidades  en  Niteroi  y cursa  Derecho  en  la 
tradicional  Escuela  paulista  del  Largo  de  San  Francisco,  en 
uno  de  los  períodos  más  brillantes  de  la  escuela,  de  1870  a 
1874.  Son  sus  contemporáneos  Julio  de  Castilhos,  el  padre  de 
la  constitución  republicana  positivista  de  Río  Grande  do  Sul; 
Rui  Barbosa,  Ministro  de  Hacienda  del  Primer  Gobierno 
Republicano;  Joaquín  Nabuco,  líder  en  el  parlamento  de  la 
campaña  abolicionista;  Castro  Alves,  el  poeta  de  los  esclavos. 


307 


En  1875  presenta  su  doctorado  en  la  misma  Facultad  de 
Derecho  de  Sao  Paulo,  con  una  tesis  sobre  el  derecho 
comercial. 

Sale  de  la  Academia  con  un  punto  de  vista  religioso 
anticlerical,  agnóstico  en  la  filosofía  y liberal  en  política. 

En  1877  trabaja  como  promotor  público  en  Mar  de 
Espanha  en  Minas  Gerais.  Se  casa  ahí  con  Doña  Ana  Cle- 
mentina  Rothier  Duarte,  en  1877.  Su  esposa  muere  después 
de  un  año,  dejándole  una  hijita,  Iranina,  que  ingresa  más  tarde 
en  la  vida  religiosa,  en  la  congregación  del  Buen  Pastor. 

Contrae  segundas  nupcias  con  una  prima  de  su  primera 
esposa,  doña  Joana  Batista  de  Menezes,  quien  fallece  en 
1889. 

Ingresa  en  la  política  por  el  partido  liberal.  En  el  Parla- 
mento, sin  embargo,  sale  del  partido  y pasa  a la  oposición 
conservadora,  atacando  con  vehemencia  al  gabinete  liberal  en 
1878. 

Este  cambio  de  rumbo  político  hace  que,  en  una 
cuestión  tan  crucial  como  la  esclavitud,  adopte  la  posición 
gradualista,  típica  de  los  políticos  conservadores  repre- 
sentantes de  los  intereses  de  los  latifundistas  esclavistas: 
"aprendemos  en  el  libro  de  la  naturaleza  que  todas  las  meta- 
morfosis son  lentas,  todas  las  evoluciones  graduales". 
Reconoce  que  la  libertad  es  un  derecho  natural  del  hombre, 
"sea  cual  sea  su  raza,'  caucásica,  mongólica  o africana". 
"Triste  legado  del  pasado,  terrible  necesidad  del  presente, 
anomalía  que  ha  de  desaparecer  en  el  futuro",  la  esclavitud 
en  nuestro  país,  es,  a los  ojos  de  Julio  María,  un  "simple 
hecho  sancionado  por  el  tiempo  y por  la  ley",  "ilegítima", 
pero  "legal". 

Lo  más  prudente  es  ir  lentamente  con  la  ley  del  28  de  setiem- 
bre (Ley  del  Vientre  Libre)  sin  saltos  bruscos  y peligrosos.  (2) 

Alceu  Amoroso  de  Lima,  en  el  prefacio  de  la  reedición 
de  1950,  de  "El  catolicismo  en  el  Brasil  — memoria  histó- 
rica", que  fue  escrito  por  Julio  María,  en  1900,  dice  que  su 
vida  se  desenvuelve  en  tres  partes  nítidamente  diferenciadas. 

"La  primera,  —dejando  a un  lado  el  período  de  la 
infancia  y adolescencia  que  fueron  pasados  en  Angra  dos  Reis 


308 


y que  aún  no  han  sido  incluidos  en  una  biografía  (porque 
Jonatán  Serrano  no  entró  en  minucias  biográficas,  ni  se 
preocupó  por  ese  período)—  la  primera  fase  es  la  de  su 
juventud  materialista,  impregnada,  tal  vez  total  o parcial- 
mente, del  estado  de  espíritu  de  su  generación.  Ese  estado  de 
espíritu  era,  como  todos  saben,  nítidamente  negativista  en 
materia  religiosa,  y natíiralista  en  materia  filosófica.  El  mismo 
lo  contó  en  una  de  sus  apostrofes  escritas:  'Pueblo,  te  voy  a 
decir  la  verdad.  No  es  de  un  hombre  que  tu  necesitas,  es  de 
Cristo'. 

El  joven  y ardiente  Moráis  Carneiro  apelaba,  ya  conver- 
tido, no  para  un  jefe  carismático,  sino  para  el  propio  Cristo, 
sin  falsas  delegaciones  a salvadores  políticos.  Moráis  Carneiro 
prosigue: 


nuestros  sabios  se  reirán  de  lo  que  te  digo.  Ellos  pen- 
sarán que  yo  nunca  leí  a Darwin,  a Augusto  Comte,  Littré  y 
Buchner.  Los  he  leído  y releído,  yo  también  bebí  en  la 
escuela,  en  el  libro,  en  el  periódico,  en  esos  vasos  dorados,  el 
veneno  de  la  filosofía.  Yo  también  leí  Laplace  ...  Y también 
leí  a los  darwinistas  ...  Yo  también  leí,  aprendí  y profesé 
todo  ésto.  Mas  yo  caí,  como  San  Pablo,  de  mi  caballo  y 
encontré,  después  de  un  golpe  vertiginoso  y loco,  mi  camino 
de  Damasco.  Hoy  yo  no  estoy,  sino  corporalmente,  en  este 
medio  corrompido  y excéptico. 

Julio  César  de  Moráis  Carneiro,  en  su  fase  de  estudiante 
de  Derecho,  en  Sao  Paulo,  entre  1870  y 1874,  y posterior- 
mente hasta  más  o menos  1880,  participó  del  negativismo  y 
naturalismo  de  su  generación. 

Convertido  como  San  Pablo,  por  un  'golpe  vertiginoso  y 
loco'  y no  como  San  Agustín  o-Newman,  por  una  transfor- 
mación lenta  y gradual,  fue  al  extremo  opuesto.  Pasó  de 
Buchner  a Donoso  Cortés.  Es  la  fase  que  podemos  llamar 
reaccionaria  en  su  evolución  filosófica-política.  Esas  'Apos- 
trofes' a las  que  me  referí,  publicadas  solamente  en  1898  en 
Niteroi,  pero  escritas  durante  el  crepúsculo  de  la  monarquía, 
representan  una  afirmación  teocrática  absoluta,  una 
condenación  radical  de  todas  las  instituciones  políticas 
modernas,  como  las  de  después  de  1789,  y una  creencia  en  el 
remedio  exclusivo  de  la  acción  religiosa. 


309 


Fue  la  consecuencia  natural  de  una  conversión  violenta. 
Fue  el  pasaje  de  un  extremo  al  otro.  Es  verdaderamente 
curioso  que,  al  lado  de  Joseph  de  Maistre  y Donoso  Corte's, 
dos  reaccionarios  católicos,  los  dos  nombres  que  cita  más 
frecuentemente  son  los  de  Savanarola  y Lamenais,  dos 
católicos  extremistas,  uno  francamente  apóstata  en  el  fin  de 
la  vida,  a pesar  de  su  profunda  nostalgia  casi  subconsciente  de 
la  Iglesia,  y el  otro  que  llevó  su  justa  reacción  contra  el  mal 
Papa  Alejandro  VI  hasta  los  límites  del  "celo  indiscreto”.  A 
decir  verdad  "las  apostrofes”  de  Julio  César  de  Moráis 
Carneiro  fueron  llenas  de  valor  y previsión  contra  el  Imperio 
masonizado  y decadente. 

Viudo  por  segunda  vez  en  1889,  en  este  mismo  año, 
Julio  María  ingresa  en  el  Seminario  de  Mariana,  siendo 
ordenado  sacerdote  en  1891.  En  1904  entra  al  noviciado  de 
los  padres  redentoristas  en  Juiz  de  Fora. 

En  esta  tercera  fase  de  su  vida  extraordinaria  es  que  encon- 
tramos el  equilibrio  supremo  entre  los  dos  extremos  anteriores 
como  el  negativista  del  impío  y el  reaccionario  del  convertido. 
Durante  este  período  sucedieron  dos  acontecimientos  que 
influirían  decisivamente  en  la  vida  y la  acción  del  gran 
converso.  El  primero  sería  el  advenimiento  de  León  XIII,  parti- 
cularmente la  publicación  de  la  encíclica  "Rerum  Novarum". 
Después  de  un  pontificado  que  pareciera  haber  querido  cortar 
las  relaciones  de  la  Iglesia  con  su  siglo  (lo  que  no  es  exacto, 
pues  el  Syllabus  no  fue,  como  los  extremistas  y ciertos  "ultra- 
montanos", un  regreso  de  la  Iglesia  al  medievalismo  o a la 
teocracia  —de  lo  cual  ella  siempre  rehuyó  en  el  sentido  de  la 
apropiación  del  poder  civil  por  lo  religioso,  sino  una  simple 
condenación  de  errores  liberales,  que  en  el  siglo  XX  serían 
confirmados  por  boca  de  los  propios  sucesores  de  esos 
liberales,  los  socialistas  revolucionarios  y ateos)  después  de  ese 
pontificado  de  Pío  IX,  tan  mal  interpretado,  vendría  el  de 
León  XIII  a abrir  un  nuevo  capítulo  en  la  historia  de  la  Iglesia 
y de  sus  relaciones  con  su  siglo. 

Julio  María,  en  el  Brasil,  vio  con  lucidez  extraordinaria  todo  el 
sentido  de  esa  nueva  orientación.  Tanto  más  cuanto  el  segundo 
gran  acontecimiento  al  que  ya  aludí  en  el  orden  nacional,  fuera 
la  caída  de  la  monarquía. 

Julio  María,  que  nunca  fue  republicano,  jamás  se  dejó  llevar 
tampoco  por  el  prejuicio  monárquico  al  que  la  mayoría  de  los 
católicos  de  su  tiempo  sedejó  llevar:  eldevincularelaltaral  trono; 
Julio  María  fue  el  hombre  que,  en  el  fin  de  la  monarquía,  supo 


310 


decir  al  régimen  imperial  las  verdades  más  duras.  Y que,  en  el 
comienzo  de  la  República,  supo  advertir  a los  católicos 
conservadores  o reaccionarios  contra  el  error  de  vincular  la  Fe 
con  un  Régimen. 

Les  mostró  la  independencia  de  la  Iglesia,  como  fundamento 
de  todo  auténtico  catolicismo.  Como  también  les  mostró  la 
precariedad  de  los  regímenes  políticos  y por  encima  de  todo, 
la  necesidad  de  cristianizar  la  democracia"  .^) 

Habiéndosele  nombrado  párroco  en  la  diócesis  de  Ma- 
riana, el  29  de  noviembre  de  1891,  a los  41  años  de  edad, 
Julio  María  rápidamente  sobrepasó  los  límites  diocesanos,  ini- 
ciando una  predicación  nacional. 

Regresa  a Sao  Paulo  después  de  19  años,  en  1894,  e 
inicia  el  apostolado  que  había  comenzado  en  Minas  y que 
luego  le  llevaría  a otras  capitales  del  Brasil.  El  mismo  escribe: 

No  fue  inoportuna  ni  presuntuosamente  que,  después  de  largos 
años  de  ausencia,  regresé  a la  ciudad  de  Sao  Paulo,  cuya 
gloriosa  Academia,  en  1874  y 1875  me  confirió  sus  dos  grados 
académicos:  Es  cierto  que  deseaba  retornar  para  rever  mi  cuna 
literaria,  y en  aquella  misma  arena  de  mis  luchas  juveniles 
ejercer  las  armas  de  este  nuevo  combate  al  que  me  siento 
impulsado  por  la  más  ardiente  y profunda,  y al  mismo  tiempo 
calma  y serena  convicción.  ^ 

Julio  María  encuentra  una  ciudad  transformada: 

Era  noche  cuando  desembarqué  en  Sao  Paulo.  Las  magni- 
ficencias de  la  ciudad  no  se  manifestaron  sino  durante  los  días 
siguientes,  cuando,  progresivamente,  como  si  fuera  de  ruinas, 
que  hace  19  años  yo  había  dejado,  fueron  surgiendo  con  difi- 
cultad los  vestigios  de  mi  antigua  ciudad  académica,  cuyas 
calles,  modestas  y sin  ruido,  yo  encontraba  ahora  trans- 
formadas en  arterias  de  vida  y de  riqueza,  cuyos  arrabales, 
otrora  despoblados,  yo  encontraba  convertidos  en  otras  tantas 
villas,  llenos  de  edificios  lujosos,  cuyo  tránsito  hace  años  fue 
tan  diminuto,  yo  veía  substituirse  por  febril  y agitado  movi- 
miento. 

Julio  María  había  dejado  Sao  Paulo  al  inicio  de  la  trans- 
formación que  fue  impulsada  por  el  ferrocarril  que  vinculó  el 
Puerto  de  Santos  al  interior  cafetalero.  Cuando  apenas  tenía 
20.000  habitantes,  lo  encontró,  19  años  después,  como 


311 


centro  comercial,  financiero  e industrial,  cuya  población 
cosmopolita  se  aproximaba  a los  200.000  habitantes,  el 
corazón  del  Brasil  moderno  y capitalista. 

Regresa  a la  Escuela  de  Derecho: 

Fácilmente  se  pueden  evaluar  también  las  emociones  de  mi 
corazón  cuando  entré  a mi  antigua  Academia.  Asistí  a las 
clases  de  Práctica  y Derecho  Comercial,  son  enseñados 
respectivamente  por  Brazilio  Machado  y Joao  Monteiro.  La 
gentileza  de  los  profesores  no  me  permitió  completo  silencio;  y 
en  aquellas  mismas  salas  en  que  estudié  el  Derecho  y recibí  mis 
pergaminos  tuve  que  corresponder  a los  saludos  que  ellos  y sus 
alumnos  profirieron  a través  de  mi  persona  a la  Iglesia  Cató- 
lica. ^8) 

En  este  momento  la  Academia  de  Sao  Paulo  era  un 
centro  activo  del  liberalismo  anti-clerical  y masónico. 

En  1895,  el  Padre  Julio  María,, recibe  de  la  Santa  Sede  el 
título  de  “Misionero  apostólico"  lo  que  le  facilitó  grande- 
mente el  trabajo  sacerdotal,  puesto  que  el  título  venía  acom- 
pañado de  varios  privilegios  en  el  terreno  de  la  absolución 
penitencial  de  casos  comúnmente  reservados  al  Obispo  o a la 
Santa  Sede,  en  el  campo  de  las  dispensaciones  matrimoniales. 

El  año  siguiente,  en  1896,  ocurre  su  gran  excursión  por 
los  estados  del  Sur —Paraná, Santa  Catarina  y Río  Grande  do 
Sul. 

El  objetivo  de  esa  larga  predicación  por  las  capitales  fue 
mostrar  la  posibilidad  del  acuerdo  de  la  democracia  con  la 
Iglesia  y del  clero  con  la  República. 

En  1897  inaugura  su  serie  de  Conferencias  de  Asunción 
en  la  capital  de  la  República: 

El  descontento  de  algunos  fue  grande;  el  predicador  fue  denun- 
ciado en  Roma;  se  intentó  amordazarlo  en  las  tribunas 
sagradas;  pero  también  fueron  grandes  sus  compensaciones  y 
muchos  fueron  los  hombres  ilustres  que  abrazaron  su 
causa.  ^0) 

Debido  a la  polémica  suscitada  por  sus  conferencias, 
Julio  María  inicia  la  publicación  de  una  serie  de  artículos  en 


312 


el  periódico  “La  Gaceta  de  Noticias”,  recibiendo  rápida  res- 
puesta del  órgano  católico,  conservador  y monárquico:  “el 
Apóstol",  considerado  también  el  periódico  oficial  de  la 
Iglesia  en  Río  de  Janeiro.  Los  artículos  reunidos  fueron 
publicados  en  el  opúsculo  “La  iglesia  y el  pueblo”. 

Esta  continua  predicación  misionera  debe  haberlo  con- 
ducido a buscar  la  congregación  de  los  padres  redentoristas 
donde  pidió  su  ingreso  en  1904,  siendo  recibido  el  21  de 
diciembre  del  siguiente  año  como  el  primer  redentorista  brasi- 
leño. 

Julio  María  falleció  el  2 de  abril  de  1916. 

III.  TEMAS  CENTRALES  DE  SU  PREDICACION 

Escogemos  como  material  de  estudio  para  seguir  el  hilo 
de  su  teología,  la  serie  de  conferencias  pronunciadas  por  el 
Padre  Julio  María  en  la  Catedral  de  Sao  Paulo,  a invitación  de 
la  Orden  Tercera  del  Carmen  de  aquella  ciudad. 

El  género  de  "conferencias"  que  Julio  María  distinguía 
hasta  con  cierta  irritación  de  los  que  algunos  percibían  como 
un  sermón,  significaba  su  bondad  de  situarse  al  nivel  de  la 
problemática  y del  lenguaje  de  los  hombres  de  su  tiempo.  El 
entendía  que  su  predicación  debía  ser  una  “apología 
científica  de  la  fe”,  insistiendo  en  el  término  científico: 

Sin  duda  para  la  masa  de  los  fieles,  basta  la  sencilla  exposición 
teológica  como  filosófica  o moral  de  nuestro  credo  en  el 

. sermón,  la  homilía,  en  el  penegírico  en  la  práctica;  mas 
nosotros  que  tenemos  la  pretensión  de  ser  hombres  de  nuestro 
tiempo,  de  este  siglo  y de  la  actual  civilización,  es  menester 
demostrar  que  la  verdad  católica  resiste  victoriosamente  a la 
herejía  moderna,  como  resistió  a todas  las  otras  y que  tiene 
espléndidas  comprobaciones  en  el  propio  dominio  cien- 
tífico. ^ ^ 

Las  conferencias  iniciadas  el  Io  de  julio  de  1984  se  divi- 
dieron en  cuatro  series  de  tres  ponencias  cada  una. 

1.  Catolicismo  y civilización 

a)  Progreso 

b)  Racionalismo 

c)  Política 


313 


2.  Catolicismo  y positivismo 

a)  Dios 

b)  El  hombre 

c)  La  religión 

3.  Catolicismo  y crítica  histórica 

a)  Jesucristo 

b)  El  liberalismo 

c)  El  socialismo 

4.  Catolicismo  e incredulidad 

a)  La  vida 

b)  La  muerte 

c)  La  rehabilitación  í12). 

Si  el  género  literario  de  un  discurso,  en  nuestro  caso 
conferencia  y no  sermón,  si  el  papel  de  los  temas  abordados 
en  la  frontera  entre  religión  y ciencia,  religión  y política,  nos 
guían  en  la  comprensión  de  un  autor,  nada  mejor  para 
situarlo  que  la  caracterización  del  público  al  cual  se  dirige.  En 
este  particular,  tanto  Julio  María  como  los  periódicos  de  la 
época,  no  ofrecen  una  valiosísima  indicación:  según  "Patria”, 
órgano  de  la  Federación  Católica  de  Sao  Paulo,  en  la  Catedral 
se  reunieron  . . . 

la  parte  más  ilustrada  de  nuestra  sociedad:  clero,  magistrados 
médicos,  abogados,  ingenieros,  profesores  de  la  Academia, 
representantes  de  los  poderes  públicos,  juventud  académica, 
representates  de  la  prensa,  etc.  ...  que  acompañaron  asidua- 
mente y con  el  máximo  interés  al  orador. 

Julio  María  describe  más  tarde  su  auditorio:  el  cabildo, 
el  clero,  representantes  del  magisterio,  de  la  magistratura,  del 
parlamento,  de  la  administración,  de  la  prensa,  de  las  ciencias, 
de  las  letras,  artes  e industrias,  la  juventud  de  las  escuelas,  las 
familias  más  distinguidas,  sacerdotes  y párrocos  de  otras  loca- 
lidades del  Estado,  que  expresamente  llegaron  a la  Capital 
para  este  fin  . . . . 

Entre  las  familias  más  distinguidas  estaban  los  Gui- 
maraes.  Alcántara  Machado,  Tancredo  do  Amaral,  vinculados 
a la  aristocracia  de  la  tierra  í15)  . No  faltaron  los  industriales 
y toda  esta  pequeña  burguesía  ¡lustrada  que  asiste  con  su  com- 


314 


petencia  profesional  tanto  a los  negocios  privados  de  la  bur- 
guesía cafetalera,  de  las  fincas  y del  comercio,  como  también 
le  ofrece  al  Estado  sus  funcionarios  preparados  a tal  punto  de 
que  la  primera  república  fue  llamada  la  "República  de  los 
Bachilleres".  Julio  María,  está  allí  como  uno  de  ellos, 
también  él  es  bachiller  y doctor  en  Derecho  por  la  más  pres- 
tigiosa Academia  de  Derecho  del  país.  Academia  situada  en  el 
Largo  de  San  Francisco  de  Sao  Paulo. 

Julio  María  se  presenta  ante  su  auditorio  como  "sacer- 
dote y patriota". 

Por  patriota  se  entiende  la  aceptación  de  la  Patria  repu- 
blicana fuertemente  cuestionada  por  católicos  monarquistas, 
ya  fuesen  ellos  miembros  de  la  antigua  aristocracia  escla- 
vócrata  del  imperio,  personas  allegadas  al  Emperador  y a la 
familia  imperial,  obispos  y sacerdotes  a quienes  no  les 
agradaban  el  fin  de  los  privilegios  eclesiásticos  y la  separación 
entre  la  Iglesia  y el  Estado.  Como  también  dicha  Patria  repu- 
blicana fue  cuestionada  por  la  masa  de  desheredados  que  en 
"Canudos",  a los  gritos  de  "viva  el  buen  Jesús  y abajo  la 
República",  resistían  la  descomposición  de  las  relaciones 
sociales  del  viejo  orden,  a su  expulsión  de  la  tierra  e inte- 
gración como  empleados  asalariados  anónimos  y despro- 
tegidos en  el  nuevo  orden  capitalista  de  los  productores  de 
algodón  o de  los  viejos  ingenios  transformados  en  nuevos 
ingenios  de  azúcar.  Tampoco  podemos  olvidarnos  de  los  ex- 
esclavos que  recibieron  su  libertad  del  Imperio  agonizante  (la 
ley  "Aurea  de  Isabel,  la  Redentora")  y quienes  en  la  Repú- 
blica son  sumergidos  por  la  ola  de  emigrantes  que  ahora  le 
disputan  aventajadamente  el  trabajo,  la  tierra,  y el  pan. 

Pero  Sao  Paulo  es  el  Estado  y la  ciudad  más  vinculados 
al  futuro  que  al  pasado,  lugares  donde  la  transformación 
capitalista  bajo  el  signo  del  progreso  es  la  más  intensa  y cuya 
burguesía  cafetalera  acababa  de  apoderarse  del  poder  repu- 
blicano paro  no  más  dejarlo,  sino  con  breves  alternancias, 
hasta  1930.  De  ahí  que  las  palabras  de  Julio  María  sólo 
pueden  arrancar  aplausos  de  aprobación.  Toda  la  imprenta 
conservadora  y liberal  se  coloca  a su  lado:  el  Correio  Pau- 
listano,  el  Diario  Popular  y el  Estado  de  Sao  Paulo.  Sólo 
recibe  ataques  del  periódico  anarquista  " La  Platea”. 

En  el  fondo  la  predicación  de  Julio  María,  en  las  que 
pesan  sus  críticas  al  liberalismo,  es  favorable  al  nuevo 


315 


orden  republicano  y liberal,  a la  razón  y al  progreso,  pero  es 
incapaz  de  suponer  un  acercamiento  semejante  a las  clases 
populares  ya  emergentes  en  Sao  Paulo,  cuya  opinión  se 
expresaba  en  los  combativos  periódicos  anarquistas,  todos 
ellos  anticlericales. 

1.  CATOLICISMO  Y CIVILIZACION 

En  la  primera  serie  de  conferencias,  bajo  el  título  de 
"Catolicismo  y civilización",  Julio  María  aborda  en  la 
primera  noche  el  tema  del  progreso,  que  puede  ser  resumido 
en  una  única  frase  suya:  "La  Iglesia,  sin  alterar  su  divina 
constitución  se  adapfa  al  progreso  y a la  civilización".  La 
Iglesia  condena  apenas  el  exclusivismo  de  la  ciencia  y el  utili- 
tarismo desenfrenado  que  se  expresa  en  la  definición  de  la 
vida  dada  por  un  inglés:  "un  plazo  dado  al  hombre  para  ganar 
dinero".  Julio  María  capta  bien  la  raíz  de  la  nueva  sociedad 
capitalista:  "Hoy  en  día  Dios  es  el  dinero,  su  templo  es  la 
bolsa,  su  imagen  la  moneda". 

En  la  segunda  conferencia  Julio  María  profundiza  en  el 
tema  espinoso  de  la  razón,  de  la  libertad  de  pensamiento  y 
conciencia,  y se  propone  probar  que  el  catolicismo  respeta  y 
auxilia  la  razón  del  hombre:  "La  Iglesia  no  es  enemiga  de  la 
razón  ni  de  sus  descubrimientos  científicos". 

En  la  tercera  conferencia  cuyo  tema  es  la  política,  el 
predicador  vuelve  a la  cuestión  de  la  libertad,  en  cuanto  liber- 
tades civiles  y al  problema  de  la  relación  de  la  Iglesia  con 
regímenes  políticos: 

. . es  un  error,  un  prejuicio,  suponer  que  la  Iglesia  se  opone  a 
la  libertad.  Ella  que  condenó  al  fatalismo,  enemiga  de  la 
libertad.  Ella  es  inmutable,  sí  pero  no  inmóvil;  sus  enseñanzas 
en  nada  contradicen  las  ideas  verdaderamente  liberales  (20) 

Julio  María  añade  que  el  catolicismo  no  es  el  enemigo  de 
la  libertad  moral,  ni  se  opone  a la  libertad  civil  y política: 

¿Qué  piensa  la  Iglesia  acerca  de  la  libertad  política?  Piensa 
que  todos  los  ciudadanos  tienen  derecho  a ella  y condena 
todas  las  tiranías.  (21 ) t 

Con  respecto  a los  diferentes  regímenes  dice: 


316 


La  Iglesia  proclama  que  todo  poder  viene  de  Dios;  pero,  las 
formas  de  gobierno  son  obra  de  los  hombres  y con  todos  ellos 
procura  vivir  en  paz  . ..  (22). 

Condena  en  el  liberalismo  la  eliminación  de  la  religión 
en  el  gobierno  de  los  hombres  acusándolo  de  haber  generado 
tiranía  y revueltas:  " ¡No!  el  liberalismo  no  es  la  libertad, 
como  el  racionalismo  no  es  la  razón,  ni  el  filosofismo  la  filo- 
sofía". 

Termina  alabando  la  reconciliación  de  la  fe  con  la  demo- 
cracia y repitiendo  a O'Connel:  "La  verdadera  libertad  no 
puede  existir  sin  la  religión".  (24) 

2.  CATOLICISMO  Y POSITIVISMO 

El  positivismo  tuvo  su  momento  de  gloria  en  el  Brasil 
con  la  proclamación  de  la  República.  Corriente  fuerte  en  las 
Escuelas  militares,  entre  médicos  e ingenieros,  el  positivismo 
representaba  más  que  una  corriente  filosófica  particular,  . . . 

. . . una  cierta  forma  de  pensamiento  que  muchos  prefieren 
llamar  'cientificismo'.  Se  trata  de  una  manera  de  pensar  de  un 
método  o incluso  de  toda  una  cultura  que  pretende  ser 
globalmente  'científica'  o sea  que  busca  aplicar  los  métodos  de 
las  ciencias  naturales  a todas  las  ramas  del  saber  e igualmente  a 
las  ciencias  históricas,  sociales  y humanas.  (25) 

La  bandera  del  Brasil  recibió  del  positivismo  su  lema: 
"Orden  y Progreso",  pero  su  influencia  en  el  Gobierno  Repu- 
blicano declina  con  la  muerte  de  Benjamín  Constant.  Ya  en  la 
Constitución  de  1891  la  postura  ideológica  determinante  es  el 
liberalismo  de  Rui  Barbosa  y no  más  del  positivismo. 

Mientras  tanto,  Julio  Castilhos,  dota  al  Estado  de  Río 
Grande  do  Sul  de  una  carta  magna  positivista. 

Según  Pablo  Richard,  si  en  Europa  el  positivismo  repre- 
senta una  corriente  filosófica  posterior  a la  revolución 
científica  del  capitalismo,  enjugares  como  América  Latina, 
donde  esta  revolución  no  tuvo  lugar,  el  positivismo  cons- 
tituye algo  así  como  la  expresión  teórica,  ideológica  y prác- 
tica, de  la  dominación  de  la  oligarquías  "liberales",  depen- 


317 


dientes  no  solo  de  la  economía  del  capitalismo  europeo  en  su 
fase  imperialista  y monopolista,  sino  también  de  sus 
corrientes  de  pensamiento.  (26) 

Si  en  la  política  y las  Escuelas  de  Derecho  domina  el 
liberalismo,  el  positivismo  es  la  ideología  de  las  carreras  cien- 
tíficas y técnicas. 

Julio  María  dedica  tres  conferencias  al  tema  tocando  la 
¡dea  de  Dios  en  el  positivismo,  su  concepción  del  hombre  y 
de  la  religión,  apoyándose  sobre  todo  en  el  testimonio  de 
hombres  de  ciencia  que  confesaban  al  mismo  tiempo  su  fe. 

Julio  María  navegaba  en  este  tema  con  menos  seguridad 
y brillantez  que  cuando  caminaba  por  la  senda  familiar  de  la 
controversia  liberal  en  el  campo  del  derecho  y la  política.  Por 
tanto,  él  retoma  la  cuestión  en  forma  más  elaborada  en  las 
conferencias  de  1897  en  la  capital  de  la  República.  Allá  en 
Río  de  Janeiro  se  encontraba  el  templo  del  positivismo  y sus 
jefes.  En  aquella  ocasión  Julio  María  dedicó  cuatro  con- 
ferencias al  comtismo. 

Su  punto  de  partida  es  una  actitud  favorable  a la  ciencia 
y a la  razón: 

. . . hoy  el  hombre  quiere  conocer  todo,  las  fuerzas  gigantescas 
de  la  naturaleza,  las  invisibles  transformaciones  del  mundo 
inorgánico,  la  imponente  revolución  de  los  astros:  desde  el 
átomo  hasta  la  causa  primera,  el  hombre  quiere  conocer  todo: 
¿Y  qué  pensáis  de  esto? 

Pienso  que  el  hombre  esta  en  su  pleno  derecho:  La  Iglesia  no 
teme  ninguna  investigación.  Que  el  hombre  lo  escudriñe 
todo  . . . 

Sin  embargo,  ¿qué  diremos  del  orgullo  de  la  razón  inves- 
tigadora? ¿Y  de  la  altivez  del  hombre  que  dice,  mía  es  la 
razón?  ¿Qué  pensáis  de  esto? 

Yo  pienso  que  el  hombre  esta  en  su  derecho,  porque  la  razón 
es  su  -atributo  más  bello,  el  que  más  se  aproxima  a la  Divi- 
nidad. (27) 

Exactamente  por  ser  un  entusiasta  de  los  imprescriptibles 
derechos  de  la  razón  es  que  Julio  María  ataca  vigorosamente  la 
doctrina  positivista,  que  pretende  ser  la  última  y definitiva 
palabra  sobre  los  más  grandes  problemas:  Ciencia,  arte, 

política,  industria;  la  Iglesia  dice  a la  humanidad:  Adelante! 
Camina!  Avanza!  Sólo  una  doctrina,  señores,  dice  a la 
humanidad:  Retrocede!  Para!  Tu  período  esta  terminado;  tu 
itinerario  completo,  tu  evolución  concluida.  (28) 


318 


Julio  María  se  subleva  contra  el  pesimismo  que  según  él, 
encierra  la  doctrina  de  Augusto  Comte  en  su  barriga. 

3.  EL  CATOLICISMO  Y LA  CRITICA  HISTORICA 

En  las  tres  conferencias  englobadas  por  este  título,  el 
predicador  penetra  en  la  cuestión  de  la  historicidad  de  la 
figura  de  Jesucristo,  y trata,  en  las  dos  conferencias  siguien- 
tes, del  liberalismo  y del  socialismo. 

El  orador  declara  que  va  a tratar  de  la  divinidad  de  Jesús,  pero 
no  empleará  para  probarla  los  argumentos  teológicos,  por  más 
bellos  que  ellos  sean,  puesto  que  difícilmente  serían  aceptados 
por  los  científicos  de  la  época;  por  tanto  va  a tratar  este  tema  a 
la  luz  de  la  crítica  histórica.  '^9) 

Independientemente  de  sus  argumentos,  lo  que  impre- 
siona en  Julio  María  es  que  se  deje  guiar  todo  el  tiempo  por 
las  dificultades  presentes  en  la  cultura  de  su  tiempo  y no 
rehuye  tomar  como  punto  de  partida  las  objeciones  de  los 
adversarios  de  la  religión  y del  catolicismo.  Pero  con  el  mismo 
vigor  reafirma  la  verdad  tradicional,  desvistiéndola  al  mismo 
tiempo  del  lenguaje  y del  ropaje,  ya  rebasados,  en  la  sensi- 
bilidad de  sus  compañeros. 

Volviendo  al  liberalismo,  lo  aborda  por  el  doble  ángulo 
de  la  concepción  del  hombre  y de  la  sociedad:  “Estudiándose 
el  liberalismo  se  ve  que  tiene  por  fin  secularizar  a la  sociedad. 
No  es  una  forma  o sistema  de  gobierno,  es  la  exclusión  de 
toda  norma  divina  en  la  dirección  de  la  sociedad  . . . ”.  El 
liberalismo  es  Dios  colocado  debajo,  pero  bien  debajo  y el 
hombre  encima,  pero  bien  encima.  El  liberalismo  es  la  revo- 
lución". 

En  la  tercera  conferencia,  la  cual  trata  sobre  el 
socialismo,  Julio  María  descubre  bien  en  qué  pie  se  encon- 
traba la  situación  de  la  clase  de  los  trabajadores,  tanto  en  su 
alejamiento  de  la  religión  como  en  su  protesta  por  las 
condiciones  de  trabajo: 

...  la  ciencia  le  dice  al  trabajador:  No  hay  Dios;  el  cielo  es  una 
fábula;  la  Iglesia  —una  hipócrita.  El  trabajador  se  transformó 
en  incrédulo;  y el  lujo,  los  placeres,  las  grandezas  de  los  ricos 
nos  desesperan;  la  masa  del  proletariado  hierve  y amenaza 
subvertir  a la  sociedad  en  un  pavoroso  abismo. 


Prosigue  diciendo  que  la  Iglesia  ennobleció  al  trabajo,  a 
través  de  Jesús,  quien  se  hizo  en  vez  de  rey  o general,  un 
trabajador,  y que  el  evangelio  es  un  verdadero  código  eco- 
nómico. Concluye:  . . . 

La  Iglesia  prestando  culto  a San  José,  carpintero,  San  Isidro, 
labrador,  a San  Eloy,  orfebre,  a Santa  Zita,  criada,  y a tantos 
otros  a imitación  de  su  Divino  Fundador,  eleva  la  dignidad  del 
trabajador.  (32) 

Al  tratar,  sin  embargo,  los  temas  conflictivos  de  la  reali- 
dad, Julio  María  sale  al  encuentro  de  los  temores  de  su  audi- 
torio, donde  no  está  ausente  la  burguesía  y la  clase  adinerada: 

Recalcó  que  la  riqueza  no  es  un  mal  y sí  un  don  de  Dios;  el 
rico  debe  ser  en  el  mundo  una  imagen  de  la  Divinidad. 

Los  que  no  siguen  la  doctrina  católica,  a veces  adulan  al  rico,  a 
veces  adulan  al  pobre;  algunos  elevan  incienso  al  capital,  otros 
al  trabajo.  La  Iglesia,  guiada  por  la  intención  divina  proclama 
que  tanto  la  pobreza,  como  la  riqueza,  tienen  derechos  y 
deberes.  (33) 

Julio  María  acepta  que  no  todo  debe  despreciarse  en  las 
reivindicaciones  de  la  clase  trabajadora,  pero  insiste  que: 

El  punto  capital  está  en  aceptar  cada  uno  el  lugar  que  le 
compete  en  el  organismo  social;  así  destruir  la  falsa  filantropía 
y egoísmo  de  la  riqueza.  Esto  es  lo  que  la  Iglesia  hace.  Después 
presentó  a Dios  como  Creador,  como  modelo  de  los  ricos  y 
Dios  Redentor,  como  modelo  de  los  pobres.  (34) 

Al  insistir  en  que  cada  uno  acepte  el  lugar  que  le 
compete  en  el  organismo  social,  Julio  María  ofrece  una  tesis 
enteramente  aceptada  por  la  élite  dominante,  pero  inacep- 
table por  un  proletariado  en  lucha  para  mejorar  su  copdición. 
Al  ofrecer  al  Dios  Creador  como  modelo  para  el  rico,  sale  al 
encuentro  de  la  imagen  que  el  capitalista  hace  de  sí  mismo:  un 
dios  creador  del  progreso  y de  la  técnica,  de  las  ciencias  y de 
las  artes.  Ofreciendo  al  operario  la  imagen  del  Dios 
Redentor  ¿quería  proponerle  el  modelo  de  su  sufrimiento  y 
de  su  pasión? 

El  articulista  Tibortino  Mondim  del  diario  "Patria"  que 
presenta  semanal  mente  el  resumen  de  la  conferencia  para  su 
periódico  comenta: 


320 


Las  tres  conferencias  de  esta  serie  arrebataron  al  auditorio,  en 
la  última,  especialmente  el  orador  fue  aplaudido  frené- 
ticamente. (35 ) 

Después  de  la  conferencia  y la  bendición  del  Santísimo, 
el  orador  fue  conducido  en  un  desfile  de  la  Catedral  al  monas- 
terio de  San  Benito  donde  estaba  hospedado,  en  homenaje  y 
desagravio  por  los  ataques  que  venía  sufriendo  de  la  imprenta 
radical. 

4.  CATOLICISMO  E INCREDULIDAD 

En  esta  cuarta  serie  de  conferencias  el  Padre  Julio  María 
abordó  los  temas  clásicos  de  la  predicación  cristiana,  la  vida, 
la  muerte  y finalmente  lo  que  llamó  "rehabilitación".  Esto  no 
era  nada  más  que  una  invitación  para  que  su  auditorio,  supe- 
rando el  respeto  humano,  se  acercase  a la  confesión  sacra- 
mental. No  se  aparta  del  estilo  de  las  conferencias  anteriores, 
aplicando  a los  temas  tradicionales  una  argumentación 
extraída  de  la  controversia  científica  de  su  tiempo,  recor- 
dando un  poco  el  discurso  de  Pablo  en  el  areópago  de  Atenas, 
donde  éste  recurre  a los  filósofos  y poetas  griegos  para 
fundamentar  su  argumentación.  Ambos  siguen  la  misma  línea 
de  raciocinio,  la  de  una  secreta  atracción  entre  la  inteligencia 
natural  y la  verdad  divina  o,  en  la  expresión  de  Julio  María: 
"así  como  la  tierra  tiende  hacia  el  sol,  así  también  el  hombre 
tiende  hacia  la  vida  eterna".  Pablo  anuncia  a los  atenienses  el 
nombre  del  Dios  desconocido,  que  antes  de  conocerlo,  éstos 
ya  adoraban;  Julio  María  intenta  responder  con  la  presencia 
de  Dios  en  el  fin  y más  allá  de  la  búsqueda  del  hombre  en  el 
campo  de  la  libertad,  de  la  ciencia  y de  la  política. 

5.  CATOLICISMO  Y LA  PATRIA 

El  remate  de  los  encuentros  anteriores  fue  dado  en  la 
conferencia  "Del  catolicismo  depende  la  salvación  del  Brasil". 

Julio  María  recapitula  los  temas  anteriores  para  decir 
que  si  aquellos  principios  y verdades  son  válidos  para  los 
individuos  lo  eran  igualmente  para  la  nación. 

Con  ésto  denuncia  sin  pelos  en  la  lengua  el  principio 
fundamental  del  liberalismo  para  el  cual  la  religión  es  asunto 


321 


de  orden  individual  y no  colectivo,  de  orden  privado  y no 
público,  del  dominio  de  la  conciencia  y no  de  la  sociedad  y 
donde  el  Estado  deber  ser  por  definición  ajeno  a la  religión  y 
laicista  en  sus  principios,  del  orden  constitucional  en  la 
educación. 

Al  mismo  tiempo  que  hace  profesión  de  fe  en  la  Repú- 
blica, dice  que  . . . 

. . . ésta  ha  sido  víctima  de  individuos  que,  especulando  con  los 
sentimientos  republicanos,  pretenden  organizar  un  Brasil  sin 
Dios.  (37) 

Añade  que.  ... 

...  no  hay  ninguna  forma  de  gobierno  sin  problemas,  aunque 
opina  que  la  República  puede  ser  de  beneficio  para  el  Brasil 
y aceptarla  sinceramente. (38) 

Extiende  la  mano  al  gobierno  ofreciendo  la  colaboración 
de  la  Iglesia  para  ser  la  garantía  de  un  orden  que  brota  de  la 
conciencia: 

. . . una  religión  que  dice  al  hombre:  razona,  pero  cree;  sé  libre, 
pero,  obedece;  que  establece  la  jerarquía  de  las  clases  sociales  y 
el  respeto  a los  gobiernos  constituidos;  que  inspira  la  verdadera 
fe  patriótica;  en  vez  de  ser  mirada  con  prevención  por  los 
gobiernos  debe  ser  considerada  como  su  mejor  auxiliar.  Los 
verdaderos  enemigos  de  la  República  no  son  los  católicos  sino 
aquéllos  que  procuran  eliminar  la  religión  de  nuestra 
sociedad.  '39) 

A decir  verdad,  Julio  María  anticipa  en  términos  gene- 
rales lo  que  será  el  ofrecimiento  de  Jackson  de  Figueiredo  en 
1922,  frente  a un  orden  oligárquico  republicano,  liberal- 
conservador,  amenazado  por  el  descontento  tanto  de  las 
olases  medias  urbanas  y de  los  cuarteles,  como  por  la  reivin- 
dicación de  la  clase  trabajadora.  N 

Esta  alianza  entre  el  Estado  y la  Iglesia  para  contener  la 
ola  revolucionaria  y reforzar  la  autoridad  sacudida  del  Esta- 
do, no  fue  aceptada  por  Epitacio  Pessoa  en  1922,  no  por  el 
católico  de  Minas  Artur  Bernardes,  durante  la  reforma 
constitucional  de  1926.  Ella  será  el  fundamento  del  orden 
populista  que  emerge  del  derrocamiento  del  régimen 


322 


liberal-oligárquico  en  1930.  La  diferencia  entre  los  tiempos 
de  Julio  María  y los  tiempos  de  Jackson  de  Figueiredo  es  que 
en  este  último  caso  el  Estado  debilitado  por  el  extenso 
período  revolucionario  que  se  inicia  en  1922,  tiene  delante  de 
si  una  Iglesia  que  acumula  fuerzas  suficientes  para  someter  al 
Estado  a un  juego  complejo  de  presiones,  respaldada  por 
grandes  manifestaciones  populares  en  mayo  y octubre  de 
1931,  y por  la  movilización  electoral  a través  de  la  Liga 
Electoral  Católica  en  1933.  Las  "reivindicaciones  católicas" 
son  presentadas  al  Jefe  de  Gobierno  Provisional  por  un 
Cardenal  Leme,  quien  tiene  un  fuerte  apoyo  popular  y se 
siente  seguro  en  la  cohesión  de  un  episcopado  que  apoya  a su 
persona. 

Se  trata  de  una  alianza  de  las  clases  dominantes  que 
envuelve  al  Estado  y la  Iglesia  y que  tiene  por  objeto  las 
clases  populares,  para  las  cuales  la  Iglesia  guardaba  un  pres- 
tigio que  la  burguesía  y las  diferentes  oligarquías  regionales 
nunca  pudieron  conquistar.  La  Iglesia  utiliza  mientras  tanto 
este  prestigio  sólido  que  tiene  en  la  zona  rural  y que  aún  está 
presente  en  las  masas  urbanas  recién  transferidas  del  campo  y 
en  proceso  de  integración  en  las  ciudades  como  en  beneficio 
directo  del  pueblo  pero  sí  de  la  estructura  eclesiástica. 

Julio  María  enmarcaba  claramente  su  misión  en  el  con- 
texto de  las  clases  dirigentes: 

El  Señor  os  ofrece  amor  y concordia.  Todos  vosotros  sabéis 
que  hace  siete  años  que  ejerzo  en  capitales  y ciudades  brasi- 
leñas esta  grande  y noble,  más  difícil,  misión  en  que  me  ha 
sido  necesario  arrastrar  tantos  obstáculos,  colocado  como 
estoy  en  este  país,  frente  a sus  clases  dirigentes  a las  cuales 
principalmente  ha  sido  aplicado  mi  endoctrinamiento,  entre 
dos  prejuicios  terribles  y que  tanto  desorientan  a esta  gene- 
ración: el  prejuicio  político  y el  prejuicio  científico.  ^4^ 


Esta  tentativa  de  alcanzar  a las  clases  dirigentes  para  a 
través  de  ellas  cristianizar  a las  estructuras  dé  la  sociedad  del 
Estado  y finalmente  al  pueblo,  fue  la  estrategia  constante  de 
la  Iglesia,  que  por  tanto  tiempo  estaba  acostumbrada  a una 
alianza  con  el  Estado  y con  las  clases  dominantes,  situación 
que  apenas  fue  interrumpida  durante  la  Vieja  República 


323 


(1889—1930).  Para  restablecer  esta  alianza  Julio  María 
percibía  muy  bien  que  la  Iglesia  tendría  que  abandonar  su 
postura  monarquista  y aceptar  el  orden  liberal  republicano. 

Pero  al  mismo  tiempo  la  Iglesia  tendría  que  luchar  por 
conquistar  un  espacio  propio  en  la  sociedad  civil,  acumular 
fuerzas,  establecer  una  alianza  con  el  pueblo  para  poder 
presentarse  delante  del  Estado  como  fiadora  de  un  nuevo 
pacto  en  la  que  fuese  ella  quien  hablase  por  el  pueblo. 

6.  LA  IGLESIA  Y EL  PUEBLO 

Este  es  un  tema  que  se  fue  haciendo  central  en  la  pre- 
dicación del  Padre  Julio  María  con  el  correr  de  los  años,  en  la 
medida  en  que  su  interés  movía  de  la  cuestión  crítica  para  la 
cuestión  social.  El  propone  en  un  contexto  que  llegó  a ser 
célebre  “la  alianza  entre  la  Iglesia  y el  Pueblo”.  Todas  las 
veces  que  la  temática  popular  vuelve  a ser  vigente,  como  por 
ejemplo  en  1930,  en  el  inicio  del  nacionalismo  populista,  en 
el  final  de  la  década  de  los  cincuenta,  inicio  de  los  sesenta 
cuando  la  acción  católica  se  abre  para  las  luchas  populares  en 
el  campo  social,  en  la  década  del  setenta  cuando  las 
comunidades  de  base  esperan  el  aparecimiento  de  una  “Iglesia 
que  nace  del  pueblo"  y que  Puebla  define  una  opción  prefe- 
rencia! por  los  pobres,  la  palabra  de  Julio  María  es  retomada 
como  una  palabra  profética  sobre  el  asunto.  Por  esto  es 
importante  investigar  el  sentido  que  Julio  María  le  infunde  a 
esta  temática. 

Cuando  Julio  María  dice  que  la  Iglesia  se  encuentra  lejos 
del  pueblo,  quiere  mostrar  que  encerrada  dentro  de  los 
templos  y las  sacristías,  la  Iglesia  está  ausente  de  los  lugares 
donde  la  sociedad  se  construye  y cómo  está  distante  de  todas 
las  clases  sociales. 

Típicas  de  esta  visión  son  sus  palabras  en  las  confe- 
rencias sobre  la  Gracia,  en  Juiz  de  Fora  (Minas  Gerais)  en 
1894.  Juiz  de  Fora  se  encontraba  en  el  triángulo  cafetalero 
formado  por  las  zonas  de  la  selva  mineira,  el  valle  del  Paraiba 
fluminense  y Sao  Paulo.  Esta  es  una  región  de  inmigración, 
pionera  en  la  industrialización  del  Estado  de  Minas  Gerais, 
hasta  el  punto  de  ser  llamada  la  Manchester  mineira,  primera 
ciudad  en  la  América  del  Sur  que  fue  dotada  de  una  Usina 


324 


hidroeléctrica;  estuvo  ligada  a Río,  aún  en  los  tiempos  del 
Imperio  por  una  carretera  que  era  considerada  moderna  según 
los  patrones  de  la  época,  y poco  después  por  un  ferrocarril;  es 
una  ciudad  donde  el  catolicismo  tradicional  es  profun- 
damente desafiado  por  las  condiciones  sociales,  económicas  y 
culturales  impuestas  por  el  capitalismo.  El  protestantismo, 
estando  más  de  acuerdo  con  esta  visión  liberal  y moderni- 
zante, hecha  raíces  en  la  ciudad,  donde  la  Iglesia  Metodista 
abre  un  importante  colegio. 

Comparando  Juiz  de  Fora  a Nínive,  Julio  María 
exclama:  ¡Oh!  Yo  quisiera  ser  el  Jonás  de  esta  ciudad:  yo 
quisiera  que  ella  me  desmintiese.  Ojalá  que  tal  cosa  acon- 
teciera; pero  lo  que  veo  en  estos  momentos  es  a Dios 
ofendido,  muy  ofendido  por  el  más  triste  de  los  estados  en 
que  se  puede  hallar  un  pueblo  cristiano".^42* 

Seguidamente  lanza  una  serie  de  interrogaciones  diri- 
gidas a todos  los  grupos  y clases  sociales: 

"Jesucristo  es  el  Dios  de  los  niños  . . . 

• 

¿Cuántos  son  los  niños  que  llegados  a la  edad  de  razón  y 
discriminación,  se  confiesan  y comulgan  en  nuestra  ciudad? 
De  cada  centenar  ¿podemos  nosotros  mencionar  o pensaren 
uno?  ...  los  niños,  los  adolescentes,  los  jóvenes,  se  codean 
en  las  procesiones;  pero,  principalmente  los  de  sexo 
masculino;  ninguno  los  ve,  exceptuando  uno  que  otro  en  la 
misa  y mucho  menos  en  el  confesionario. 

Jesucristo  es  el  Dios  de  los  trabajadores.  Es  princi- 
palmente para  traerlos  a Jesucristo  que  la  Iglesia  enseña  el 
divino  misterio  del  Hombre  Dios  manejando,  durante  largos 
años  en  la  oficina  de  Nazaret,  no  el  pincel  del  artista,  la 
pluma  del  escritor,  sino  las  herramientas  del  carpintero.  La 
Iglesia  nos  lo  muestra  consolando,  rehabilitando,  divinizando 
el  trabajo  manual. 

¿Cuántos  son  los  trabajadores  que  en  esta  ciudad  van  a 
la  Iglesia,  no  digo  ya  para  la  confesión  y comunión,  sino 
simplemente,  para  asistir  a la  misa?  de  cada  centenar, 
¿Podemos  siquiera  pensar  en  uno? 

De  hecho,  los  trabajadores  están  apartados  de  la  Iglesia: 
ni  siquiera  de  tiempo  en  tiempo  la  visitan. 


325 


Jesucristo  es  el  Dios  de  los  pobres,  de  los  miserables,  de 
los  proletarios.  Es  principalmente  para  traerlos  a Jesucristo 
que  la  Iglesia  no  se  cansa  de  recordar  su  amor  por  la  pobreza, 
su  hambre  y la  sed  que  sufrió  . . . ¿Cuántos  son  los  pro- 
letarios que  procura  la  Iglesia? 

Por  las  calles  vemos  a muchos,  pero  en  la  Iglesia  a 
ninguno. 

Jesucristo  es  el  Dios  de  los  ricos. 

Si  es  el  primero  de  los  pobres,  es  el  mayor  de  los  ricos. 
¿Cuáles  son  los  ricos  en  esta  ciudad  que  asisten  a la  Iglesia 
simplemente  para  oír  las  misas  y reglas? 

¿Cuántos  podemos  mencionar  de  cada  centenar? 
¿Podemos  siquiera  pensar  en  uno? 

Jesucristo  es  el  Dios  de  los  doctores,  de  los  sabios,  de 
todos  los  que  pretenden  tener  un  grano  de  ciencia. 

¿Cuántos  son  los  doctores,  los  letrados,  los  hombres 
dotados  de  cualquier  grado  de  conocimiento  en  ciencias, 
letras  o artes  que  al  menos  de  tiempo  en  tiempo  procuran,  ya 
no  digo  el  confesionario  y la  mesa  eucarística,  pero  siquiera 
oír  la  misa  o la  palabra  de  Dios?  De  cada  centenar, 
¿podemos  mencionar  a uno? 

¿Jesucristo  es  el  rey  de  los  pueblos? 

¿Cuál  es  la  religión  de  este  pueblo?  , ¿cuál  es  el  culto 
que  ella  presta  a Jesucristo?  ¡Oh!  si  cierta  cantidad  de 
mujeres  no  frecuentasen  los  templos  de  Juiz  de  Fora,  los 
templos  de  Juiz  de  Fora,  bien  podrían  ser  cerrados.  El  pueblo 
se  mueve  para  las  fiestas  y las  procesiones;  y mientras 
nosotros  los  católicos,  nos  vamos  contentando  con  esta 
simple  religión  exterior,  sin  confesión,  y sin  comunión,  el 
protestantismo  va  labrando,  inoculando  su  veneno  en  las 
venas  de  la  ciudad,  apoderándose  por  medios  diversos,  de  la 
infancia,  de  la  juventud,  de  los  ancianos. 

¡Oh!  Yo  sospecho  que  no  seré  un  Jonás;  que  la  medida 
de  los  pecados  de  esta  nueva  Nínive  se  ha  de  llenar  sin  la 
penitencia  . . ."<43). 

Dejando  a un  lado  el  efecto  retórico  de  las  frases  del 
orador,  se  puede  decir  que  estamos  delante  de  una  religión 


326 


que  perdió  al  sexo  masculino,  a los  trabajadores,  a los  pobres, 
a los  ricos,  a los  hombres  de  estudio  y de  ciencia  y a cuyas 
iglesias  acude  un  cierto  número  de  mujeres. 

Queda  únicamente  la  religión  popular  de  las  fiestas  y 
procesiones,  pero  que  Julio  María,  compartiendo  el  prejuicio 
de  su  época,  busca  destituida  de  cualquier  valor  una  simple 
religión  exterior.  En  un  momento  en  que  las  transfor- 
maciones del  capitalismo  hacían  del  individuo  el  centro  de 
todo,  de  la  subjetividad,  el  más  alto  valor,  en  que  el 
catolicismo  se  movía  hacia  una  religión  más  interiorizada  e 
individualista,  más  consciente  e intelectualizada,  pero 
también  más  clericalizada,  desvinculada  de  lo  social  y de  lo 
político,  centrada  en  la  confesión,  en  la  comunión  y los  sacra- 
mentos; la  religión  popular  con  un  alto  sentido  de 
movimiento  colectivo  presente  en  las  procesiones,  del  enlace 
entre  lo  sagrado,  como  la  fiesta  y la  vida  social  se  presenta  a 
los  ojos  de  Julio  María,  como  una  pura  exterioridad. 

En  su  libro,  "El  Dios  despreciado",  ofrece  el  autor  un 
nuevo  cuadro  despreciativo  de  la  religión  del  pueblo: 

recorrer  las  parroquias  y ver  a lo  que  están  reducidas  las 
fiestas  de  la  Iglesia:  a verdaderos  espectáculos  profanos,  en  que 
la  multitud  va  a distraerse,  los  niños  recogen  confites,  las 
jóvenes  exhiben  sus  vestidos,  los  jóvenes  agotan  sus  bromas 
pesadas,  algunos  saborean  la  retórica  de  los  panegíricos,  en  que 
de  los  santos  se  dice  todo,  excepto  la  penitencia,  el  amor  de 
Dios  y del  prójimo;  excepto  de  que  ellos  se  sacrificaron 
amando,  adorando,  imitando  a Jesucristo  . . . '44). 

¿Cuál  es  la  salida  para  esta  situación? 

En  primer  lugar,  cambiando  una  religión,  que  a nivel  de 
clero  y las  élites  se  divorció  del  mundo.  Escribiendo  en  1900, 
Julio  María  lamenta  ver  . . . 

una  devoción  mórbida,  sin  virilidad  cristiana,  una  piedad 
asustadiza,  que  se  espanta  de  todos  los  movimientos  del  siglo  y 
huye,  cobardemente  desanimada,  de  tantos  combates  en  que 
los  intereses  del  catolicismo,  para  poder  triunfar,  dependen 
únicamente  de  que  enarbolemos,  con  ardor  religioso  e intre- 
pidez cívica,  el  estandarte  de  nuestra  fe  (45)^ 

Compete,  pues  al  clero  dejar  la  sacristía: 


327 


. . . dije  y demostré  que  el  clero  en  el  Brasil  no  puede  ni  debe 
encerrarse  en  su  santuario,  contemplando  desde  lejos  al  pueblo 
y pensando  que  hará  obra  de  Dios  solamente  con  nuestras 
devociones,  nuestras  fiestas  para  nuestros  panegíricos. 
Demostré  que  muy  por  lo  contrario,  lo  que  por  así  decirlo 
debe  ser  su  misión  es  esto,  que  en  el  mundo  entero,  en  este 
momento  solemne  y trágico  de  la  sociedad  moderna,  se 
impone  como  programa  al  catolicismo:  asociar  los  espíritus, 
falsificar  las  almas,  armonizar  las  voluntades  en  este  inmenso 
conflicto  de  las  pasiones  personales  contrariadas,  con  los 
principios  de  un  nuevo  orden  de  las  cosas.  Esto  implica 
substituir  las  cuestiones  políticas  erróneamente  predominantes 
en  los  gobiernos,  en  los  parlamentos,  en  los  periódicos,  la 
cuestión  social,  que  es  la  cuestión  por  excelencia,  porque  ella 
afecta  los  intereses  fundamentales  del  hombre  y la  so- 
ciedad . . . (46) 

En  esto  Julio  María  sigue  los  pasos  de  León  XIII: 
Habiendo  sacado  a los  católicos  de  la  rígida  intransigencia  en 
que  los  había  sumido  Pío  IX  en  relación  a los  estados 
modernos  laicos,  y casi  siempre  anti-clericales,  León  XIII 
partió  desde  el  reconocimiento  del  hecho  de  la  existencia  de 
los  Estados  liberales,  aceptando  en  la  práctica  una 
convivencia  y un  arreglo  que  la  Iglesia  continuaba  conde- 
nando en  teoría.  Dado  este  primer  paso,  su  pontificado 
colocó  en  el  centro  de  sus  preocupaciones  la  cuestión  social, 
con  la  encíclica  "Rerum  Novarum”  en  1891.  Julio  María  fue 
casi  un  batallador  solitario  entre  nosotros  de  estas  dos 
preocupaciones:  en  el  campo  político  aceptar  el  estado  repu- 
blicano, en  el  campo  económico  abrirse  para  la  cuestión 
social. 

Daremos  un  ejemplo  a continuación  en  dos  textos  de 
ambas  cuestiones: 

Para  los  católicos  obedientes  a las  enseñanzas  del  Sumo  Pon- 
tífice, y que  no  prefieren  a la  política  divina  de  León  XIII,  los 
misérrimos  intereses  partidarios,  tan  irreconciliables  entre 
nosotros  como  con  la  verdadera  doctrina  católica,  la  situación 
se  define  con  claridad  y el  deber  de  los  católicos,  princi- 
palmente del  clero  no  es  ambiguo.  Se  reduce  a poner  en 
práctica  el  programa  de  León  XIII  para  todas  las  situaciones 
idénticas  a la  nuestra,  resumida  en  una  frase:  aceptar  el 
derecho  constituido  y combatir  la  legislación.  El  deber  del 
clero  y los  católicos  no  puede  dejar  de  ser  éste.  En  primer 


328 


lugar,  cualquiera  que  sean  y son  grandes  los  errores  de  los 
legisladores  republicanos,  de  cierto  que  nosotros  estamos  en  un 
régimen  de  libertad.  En  segundo  lugar  no  es  lícito  negar  que  en 
l¿  situación  republicana  la  Iglesia  ha  prosperado  en  el  Brasil, 
que  el  Santo  Padre  puede  sin  las  penas  y los  obstáculos  del 
antiguo  régimen,  reorganizar  a la  jerarquía,  ponerse  más 
fácilmente  en  contacto  con  los  obispos.  Estos  ya  no  necesitan 
para  ir  a Roma  y promover  nuestros  intereses  religiosos  de  un 
permiso  del  poder  ejecutivo.  Es  innegable  que  el  sentimiento 
católico  se  ha  desenvuelto  en  el  Brasil.  Todo  eso  ...  no  es 
lícito,  negar;  y si  los  hombres  políticos,  explotando  lo  que  la 
República  tiene  de  defectuosa  en  relación  con  la  religión  han 
procurado  inculcar  en  el  espíritu  de  los  católicos  y en  contra 
de  la  nueva  forma  de  gobierno,  recelos,  prejuicios,  odios,  el 
deber  del  clero  en  pro  de  la  Patria  y de  la  Iglesia,  es  promover, 
en  cuanto  estuviere  dentro  de  sus  recursos,  la  obra  de  pacifi- 
cación política  y religiosa  ^7) 

Volviendo  a la  cuestión  social  Julio  María,  propuso  a la 
Iglesia: 

...  no  demandar  más  privilegios  que  ya  no  tienen  razón  de  ser, 
dar  a los  partidistas  intolerantes  de  los  nuevos  regímenes  la 
persuación  de  que  ya  no  es  prudente  ni  lícito  resistir  en  lo  que 
es  justo  y legítimo  a la  fuerza  nueva  que  se  agita  en  el  mundo; 
mostrar  a los  pequeños,  a los  pobres,  a los  proletarios  que  ellos 
fueron  los  primeros  llamados  por  el  Divino  Maestro,  cuya 
Iglesia  fue  luego,  desde  su  inicio,  la  Iglesia  del  Pueblo  en  la 
cual,  los  grandes,  los  poderosos,  los  ricos,  también  pueden 
entrar,  pero,  si  tienen  entrañas  de  misericordia  para  la  pobreza 
y sujetar  el  despotismo  del  capital  a las  leyes  de  la  equidad, 
exigir  del  capitalismo  no  sólo  la  calidad  más  la  justicia,  al  que 
tiene  derecho  al  trabajo;  dignificar  al  trabajador,  cristianizar  el 
taller;  llevar  en  la  enseñanza  cristiana  los  supremos  postulados 
de  la  conciencia  humana  a las  fábricas,  donde  la  máquina 
absorbe  al  hombre,  no  dejándole  el  tiempo,  sino  de  ganar 
dinero,  quemar  carbón,  perfeccionar  la  raza  de  sus  animales, 
proclamar  bien  alto  la  eminente  dignidad  del  trabajador  en  la 
ciudad  de  Dios,  que  Jesucristo  fundó  en  tierra,  no  con  las 
castas,  las  aristocracias,  las  burguesías,  o las  dinastías,  más  con 
el  pueblo  y para  el  pueblo;  convidar  francamente,  sin 
hipocresía  política,  ni  cobardía  religiosa,  la  democracia  al 
banquete  social  del  evangelio,  separarla  de  los  sectarios  que  la 
desfiguran;  desprenderla  de  los  prejuicios  que  una  parte  aun  de 
los  católicos  y del  clero  han  alimentado  contra  la  Iglesia; 
mostrarle  sus  orígenes  cristianos;  hacerle  recordar  en  el  amor 
de  Cristo  por  el  pueblo  su  deber  de  gratitud;  hacer  reconocer 


329 


en  sus  discursos  incomparables  del  Hombre  de  Dios  las 
primeras  reivindicaciones  del  derecho,  las  primeras  satis- 
facciones de  la  justicia  que  ella  desea  hoy;  hacerle  ver,  a través 
de  la  serie  divina  y triunfante  del  Papado,  desde  San  Pedro 
quien  hizo  caer  al  despotismo  del  poder  hasta  León  XIII  que 
llenó  de  rabia  al  despotismo  de  la  riqueza,  quiénes  son  los 
verdaderos  amigos  del  pueblo;  transfigurar  la  democracia  en  el 
crisol  de  la  fe;  y así  transfigurada,  incorporar  todas  las  clases 
en  la  gran  masa  a la  cual  compete  hoy  el  predominio  que  no 
puede  pertenecer  a las  dinastías,  aristocracias  o burguesías; 
hacer  de  la  Palabra  de  Dios  no  sólo  la  estrella  que  conduce  las 
almas  al  cielo,  sino  también  la  brújula  que  guía  a las 
sociedades,  no  sólo  como  enseñanza  que  regenera  a los 
corazones,  sino  también  como  doctrina  que  enseña  a las  patrias 
los  derechos  y deberes  de  los  ciudadanos;  en  fin  —UNIR  LA 
IGLESIA  Y EL  PUEBLO'48). 

A nuestro  modo  de  ver,  la  noción  de  pueblo  en  Julio 
María  adquiere  contornos  diferentes  cuando  el  centro  de  sus 
preocupaciones  es  de  orden  político  y cuando  el  eje  se  mueve 
para  la  cuestión  social. 

Para  Julio  María  el  peligro  mayor  que  acecha  a la  Iglesia 
en  la  sociedad  liberal,  que  la  expulsa  de  la  vida  pública,  de  la 
esfera  económica,  social  y política  destinándola  a un  lugar 
perdido  en  lo  recóndito  de  los  hogares,  de  las  conciencias  y 
de  los  templos,  es  el  de  perder  su  pertinencia  en  la  vida 
concreta  de  los  hombres  y de  la  sociedad,  condenada  a ser 
una  religión  de  mujeres  y de  niños,  de  una  devoción 
asustadiza  y ajena  a los  combates  del  mundo.  Ir  al  pueblo, 
significa  en  este  sentido,  salir  de  las  sacristías  y dirigir  una 
palabra  de  vida  a todas  las  clases  sociales,  del  trabajador  al 
patrono,  de  los  toscos  a los  intelectuales. 

Ir  al  pueblo  significa,  también  dejar  de  esperar  que  la 
religión  florezca  cor^  principios  cristianos  a través  de  una 
nueva  unión  entre  la  Iglesia  y el  Estado,  lo  cual  empeora  a los 
ciudadanos,  a través  de  la  legislación  y de  la  cohersión  de  los 
principios  cristianos. 

Julio  María  invita  a la  Iglesia  a procurarse  su  lugar  en  la 
sociedad  civil  con  su  propio  esfuerzo,  utilizando  apenas  de  la 
fuerza  de  la  persuación  por  medio  del  anuncio  evangélico. 

En  este  proyecto  más  "político'' Julio  María  enfatiza  en 
su  predicación  a las  capas  sociales  dirigentes  y a la  pequeña 


330 


burguesía  letrada,  con  el  objetivo  de  vencer  las  objeciones 
que  tanto  el  liberalismo,  el  positivismo  y las  ciencias  hacían 
crecer  en  las  mentes  de  los  hombres  de  estudio.  Preocupado 
por  la  cuestión  del  Estado,  de  los  intelectuales  y de  presentar 
una  Iglesia  aceptable  a la  sociedad  liberal,  Julio  María  revela 
una  escasa  comprensión  acerca  del  drama  de  la  incipiente 
clase  trabajadora  entre  nosotros. 

En  la  medida  en  que,  años  más  tarde,  su  atención  se 
vuelve  hacia  la  "cuestión  social",  Julio  María,  al  proponer  la 
unión  entre  la  Iglesia  y el  pueblo,  ya  se  sitúa  en  el  universo  de 
las  clases  sociales,  formadas  en  la  barriga  del  orden  capitalista. 
En  este  momento,  pueblo,  quiere  decir  directamente  la  clase 
trabajadora,  "los  pequeños,  los  pobres,  los  proletarios"  que 
son  convocados  para  construir  una  nueva  sociedad,  donde  la 
hegemonía  ("predominio",  dice  Julio  María),  no  puede  seguir 
perteneciendo  a "dinastías,  aristocracias  o burguesías". 

La  noción  de  democracia,  heredada  de  la  tradición 
liberal-burguesa,  debe  ser  corregida  por  la  dimensión  social,  a 
través  de  la  predicación  del  evangelio:  "convidar  a la  demo- 
cracia ...  al  banquete  social  del  evangelio". 

Julio  María  reconoce  que  el  camino  trillado  por  la  Igle- 
sia en  el  Brasil  era  muy  diferente:  "...  No,  la  Iglesia  bra- 
sileña no  aceptó  aún  prácticamente  las  enseñanzas  del  Papa. 
El  clero  vive  separado  del  pueblo;  casi  que  el  pueblo  no  lo 
conoce.  El  clero  se  contenta  con  una  cierta  aristocracia  de 
devotos.  Su  inspiración  casi  se  reduce  a ver  los  templos  bien 
adornados,  el  coro  bien  ensayado,  y en  el  medio  de  luces  y 
flores,  sus  atavíos  bien  relucientes.  Toda  actividad  del  clero 
casi  se  resume  en  esto:  fiestas  para  los  vivos  y pompas  fúne- 
bres para  los  muertos. 

El  clero  brasileño  no  tiene  ningún  valor  político  ni 
social,  ni  ella  piensa,  como  debiera  hacerlo,  en  la  ponderación 
de  la  opinión  pública.  Ni  es  oída  la  Iglesia  brasileña  en 
ninguno  de  los  grandes  intereses  de  la  patria.  ¿Por  qué? 
Porque  el  clero  está  encerrado  en  la  sacristía,  espera  todo, 
gracia,  de  Dios  . . . "(49). 

Concluimos  con  esta  cita  de  Julio  María  en  su  memoria 
histórica  sobre  la  Iglesia  en  el  Brasil,  con  el  fin  de  decir  que  la 
unión  de  la  Iglesia,  y el  pueblo  era  su  mayor  visión  en  el  país. 


331 


Como  en  el  mundo  entero,  hoy  en  el  Brasil  no  hay,  no  pueden 
haber  sino  dos  fuerzas:  la  Iglesia  y el  pueblo.  Y si  el  ideal  del 
Papa  en  el  mundo  es  unirlos,  competir  para  esa  unión  en  el 
Brasil  es  el  deber  de  los  católicos,  principalmente  del  clero  ^0) 


IV.  JULIO  MARIA  Y LA  HISTORIA  DE  LA 
IGLESIA  EN  EL  BRASIL 

Su  incursión  en  la  historia  de  la  Iglesia  en  el  Brasil  es  un 
escrito  circunstancial  que  fue  preparado  para  el  libro  del 
Centenario,  el  cual  fue  publicado  por  el  Jornal  do  Comercio 
do  Rio  de  Janeiro,  para  conmemorar  en  1900,  los  400  años 
del  descubrimiento  del  Brasil. 

La  obra  fue  reeditada  en  1950  por  la  Editora  Agir  con 
un  prefacio  de  Tristán  de  Athaide. 

Aún  siendo  una  obra  circunstancial,  el  trabajo  de  Julio 
María  tiene  méritos  indiscutibles. 

Unos  40  años  antes,  Cándido  Mendes  de  Almeida, 
senador  del  Imperio  por  el  partido  conservador,  al  editar  su 
Derecho  Civil  y Eclesiástico  Brasileño,  obra  en  cuatro  tomos, 
dedica  la  parte  inicial  del  primer  volumen  (1866)  a una 
Historia  de  la  Iglesia  en  el  Brasil. 

Cándido  Mendes  adopta  una  posición  nítidamente  ultra- 
montana. Ve  todos  los  males  de  la  Iglesia  del.  Brasil  reducidos 
a su  sumisión  al  Estado,  cuyo  regalismo  sofoca  la  autonomía 
y la  iniciativa  de  la  Iglesia.  Para  él  la  salvación  de  la  Iglesia 
reside,  de  un  lado,  en  la  conquista  de  mayor  libertad  en 
relación  al  estado,  el  cual  se  va  haciendo  cada  vez  más 
indiferente,  cuando  no  hostil,  a la  religión  (la  cuestión  reli- 
giosa pocos  años  después  —1872—1874—  le  dará  la  razón  en 
este  punto),  y del  otro,  una  reforma  de  la  Iglesia.  La  reforma 
residiría  en  un  acercamiento  con  Roma  y en  un  profundo 
cambio  de  costumbres  y mentalidades  del  clero  secular  y reli- 
gioso. 

Julio  María  centra  su  historia  menos  en  la  articulación 
Iglesia  y Estado  y más  en  la  relación  Iglesia  y Sociedad.  La 
dimensión  política  consiste  tanto  en  la  flexibilidad  en 
adaptarse  al  nuevo  régimen  republicano  como  en  ser  una 
fuerza  que  tuviese  peso  en  la  opinión  pública  y en  la 


332 


sociedad.  Las  últimas  páginas  de  su  Memoria,  que  citamos 
varias  veces  en  los  tópicos  anteriores,  son  dedicadas  a la 
cuestión  social.  Profundizando  en  este  tema,  Julio  María, 
hace  más  preciso  y pertinente  su  discurso  en  relación  a la 
sociedad,  pues  trata  de  definir  las  alianzas  de  la  Iglesia  con  las 
diferentes  clases.  Julio  María  se  acerca  a la  propuesta  de  una 
alianza  de  la  Iglesia  con  el  pueblo,  entendiendo  pueblo  como 
las  clases  populares. 

En  el  afán  de  acentuar  las  nuevas  posibilidades,  que  para 
la  Iglesia,  trajo  la  situación  republicana,  Julio  María  presenta 
una  visión  enteramente  negativa  de  la  Iglesia  en  el  período 
imperial.  Típico  de  la  pasión  con  que  a veces  juzga  tiempos  y 
acontecimientos,  es  el  párrafo  siguiente:  "He  resumido  el 
período  colonial,  en  lo  que  respecta  a la  religión,  en  esta 
palabra:  esplendor.  El  período  del  imperio  lo  resumo  en  otra 
palabra:  decadencia.  Es  menos  fácil  calificar  relativamente  al 
período  republicano  el  cual,  de  un  lado  nos  depara  el 
grandioso  hecho  de  la  libertad  de  la  Iglesia  brasileña,  cuyas 
cadenas  fueron  despedazadas  por  el  decreto  que  extinguió  al 
patronato;  y del  otro,  la  Constitución  y las  leyes  promulgadas 
sin  influencia,  en  sus  disposiciones,  del  elemento  reli- 
gioso . . 

Julio  María  es  poco  sensible  al  hecho  de  que  el 
"esplendor"  colonial  se  fundamentó  sobre  una  dura  escla- 
vitud a la  que  fueron  sometidos  los  indígenas  y sobre  todo  los 
africanos  que  formaban  la  mayoría  de  la  población.  Para  los 
africanos,  lo  que  se  elaboró  en  la  colonia  fue  una  teología  de 
justificación  del  cautiverio;  iglesias  y conventos  fueron  edifi- 
cados y sobrevivieron  a través  de  la  explotación  del  brazo 
esclavo.  La  tal  mentada  ignorancia  religiosa  y la  superstición 
de  la  religiosidad  popular,  tema  común  de  casi  todos  los 
análisis  sobre  el  estado  de  la  religión  católica  en  el  Brasil  a 
partir  de  la  Pastoral  de  Dom  Leme  de  1916,  es  el  resultado  de 
más  de  tres  siglos  de  esclavitud,  donde  conjuntamente 
grandes  propietarios,  el  Estado  y la  Iglesia  mantuvieron  a los 
esclavos  en  la  más  profunda  ignorancia  y degradación  moral  y 
social.  En  la  legislación  brasileña,  a los  esclavos  les  era 
prohibido  el  acceso  a la  escuela,  equiparados  como  estaban 
para  efectos  de  frecuencia  escolar,  a los  portadores  de 
molestias  contagiosas. 


333 


También  la  decadencia  del  imperio  fue  real  en  lo  que  a 
las  órdenes  religiosas  concierne.  Sólo  basta  citar  un  ejemplo  a 
manera  de  ilustración,  el  de  los  franciscanos  de  la  provincia 
de  Inmaculada,  lo  cual  esconde  un  renacimiento  del  lado  del 
episcopado  y del  clero  secular. 

En  1764  los  franciscanos  de  Inmaculada,  provincia  del 
Sur  de  Brasil,  contaban  con  481  religiosos.  En  1811,  estaban 
reducidos  a un  centenar,  y en  1889,  durante  la  proclamación 
de  la  República,- contaban  apenas  con  un  remanente,  el  fraile 
Juan  de  Amor  Divino  ^52^. 

Como  se  ve  la  decadencia  ya  era  bien  visible  en  1811, 
muy  antes  del  aviso  imperial  de  1855,  que  prohibía  la  entrada 
de  novicios  en  las  órdenes  religiosas,  y al  cual  el  padre  Julio 
María  y con  él  la  mayoría  de  los  historiadores,  atribuyen  el 
estancamiento  de  la  vida  religiosa  en  el  país. 

Desde  el  punto  de  vista  del  episcopado,  a cuyo  frente 
estuvo  Dom  Antonio  Vicoso,  obispo  de  Mariana 
(1844—1875),  la  segunda  mitad  del  siglo  XIX  fue  pródiga  en 
obispos  que  emprendieron,  en  condiciones  difíciles,  una 
reforma  de  la  Iglesia  y del  clero,  sobre  todo  a través  de  los 
seminarios.  Dom  Vicoso  ordena,  a 318  párrocos,  los  cuales 
fueron  preparados  en  su  seminario  de  Mariana;  su  sucesor, 
Dom  Mauro  Benevides  (1876—1896),  ordena  a 207. 

Julio  María  ve  en  el  imperio  solamente  una  decadencia  y 
no  percibe  el  riesgo,  como  en  la  República,  de  que  la  llegada 
masiva  de  órdenes  y congregaciones  extranjeras  acabasen  por 
provocar  una  alienación  de  la  religión  tan  europeizada,  con 
relación  a la  anterior  tradición  luso-brasileña. 

Julio  María  escribiendo  su  memoria  histórica  presta,  a 
pesar  de  sus  lagunas,  un  estimable  servicio,  pues  la  Iglesia  en 
el  Brasil  estaba  ingresando  en  un  período  iconoclasta  en 
relación  a su  pasado  y de  grave  pérdida  de  consciencia  his- 
tórica. En  la  raíz  de  este  hecho,  está  la  resolución  de  los 
obispos  brasileños  de  agosto  de  1890,  de  introducir  un 
cambio  radical  en  el  curriculum  de  los  estudios  de  los  semi- 
narios. 

Dom  Macedo  Costa  propone  y los  obispos  aprueban, 
que  para  los  estudios  filosóficos  y teológicos  se  siga  el  modelo 
del  seminario  Apolinario  en  Roma  y que  se  adopten,  los 
libros  ahí  usados,  “todos  en  latín”  ^53'. 


334 


Se  decide  también  que  serán  enviados  a los  mejores 
seminarios  de  Europa,  y en  especial  al  Pío-Latino  Americano 
"los  alumnos  que  meior  se  distinguieren  por  su  inteligencia, 
aplicación  y piedad"  '54^. 

Con  estas  disposiciones,  la  preparación  eclesiástica  se 
distanció  cada  vez  más  de  la  realidad  del  país,  de  su  vida  y de 
sus  tradiciones,  de  su  debate  cultural  e intelectual,  profun- 
dizando raíces  en  un  universalismo  pretendido  que  no  era 
nada  más  que  un  particularismo  de  la  hegemonía  alcanzada 
por  la  cultura  europea  a fines  del  siglo  XIX  y comienzos  del 
siglo  XX.  La  consciencia  histórica  relativiza  en  el  tiempo,  los 
absolutos  de  un  determinado  momento. 

Por  eso  fue  en  las  pisadas  de  hombres  como  Julio  María, 
que  no  vinieron  de  una  formación  eclesiástica  tradicional,  o 
de  convertidos  como  Jackson  de  Figueiredo  que  la  Iglesia 
mantuvo  pertinencia  y contacto  con  la  realidad  cultural  y 
social  del  país  y se  enganchó  en  los  debates  políticos  e 
institucionales. 


V.  CONCLUSIONES 

Decíamos,  en  el  inicio,  que  la  importancia  de  la  figura  y 
de  la  teología  del  padre  Julio  María,  sólo  podía  ser  captada 
cotejándola  con  la  teología  vigente  en  su  época. 

A manera  de  conclusión,  subrayamos  algunos  puntos 
que  resaltan  la  originalidad  de  Julio  María. 

El  se  preocupó  de  una  vocación  adulta  cuando  la  Iglesia 
se  orientaba  decididamente,  a través  de  seminarios  menores, 
hacia  el  reclutamiento  de  futuros  sacerdotes  entre  los  niños. 
Es  lo  que  recomendaba  Dom  Macedo  Costa  en  el  documento 
en  que  se  trazan  las  grandes  líneas  para  la  reforma  de  la 
Iglesia  en  el  Brasil  en  1890.  En  el  mismo  documento  añade: 

....  las  vocaciones  sacerdotales  no  se  encuentran  en  los 
grandes  centros  de  población.  Es  un  fenómeno  hoy  en  día 
común  a casi  todos  los  países  de  la  Cristiandad.  Se  reclutan  las 
buenas  vocaciones  en  las  poblaciones  rurales,  en  las  zonas 
interiores  aún  más  o menos  preservadas  del  contagio  de  la  mate 
civilización  ^5) 


335 


Julio  María  es  hombre  de  ciudad  y ejerce  su  apostolado 
en  las  grandes  capitales,  justamente  donde  se  gestaba  la  nueva 
civilización. 

La  Iglesia  de  la  época  se  caracteriza  por  recogerse  sobre 
sí  misma,  cerrarse  en  el  horizonte  de  lo  religioso  y lo  espi- 
ritual, alejarse  de  las  cuestiones  de  orden  político  y social. 
Julio  María  es  hombre  político,  parlamentario  que  abandona 
todo  por  el  sacerdocio,  no  pierde  el  tacto  y la  percepción 
para  los  problemas  de  ese  orden.  Dejando  la  política  parti- 
daria, permanece  atento  a las  grandes  cuestiones  de  orden 
político  que  agitaban  a la  sociedad  brasileña  y que  dividían 
interiormente  también  a la  Iglesia.  Mientras  que  una  propor- 
ción considerable  de  la  Iglesia  sigue  soñando  con  un  regreso 
ilusorio  de  la  situación  monárquica,  Julio  María  se  esfuerza 
para  que  ésta  coloque  sus  pies  en  la  realidad  republicana, 
aceptando  el  régimen  donde  gozaba  de  libertad  para 
emprender  su  trabajo  evangelizador. 

En  un  momento  en  que  el  público  de  las  Iglesias  se 
reducía  más  o menos  a mujeres  y a niños,  Julio  María  orienta 
su  predicación  hacia  los  hombres  de  responsabilidad  en  el 
campo  del  pensamiento,  las  letras,  las  artes,  el  trabajo  y la 
administración.  Se  dedica  al  apostolado  universitario, 
fundando  la  Unión  de  Jóvenes  Católicos,  predecesora  de  la 
Asociación  Universitaria  Católica  (A.U.C.)  de  la  década  de  los 
30,  de  la  Juventud  Universitaria  Católica  (J.U.C.)  de  los  años 
50  y 60  y de  la  Pastoral  Universitaria  de  los  años  80. 

En  1904,  cuando  Julio  María  se  decide  entrar  en  una 
congregación  religiosa  de  las  muchas  que  existían  en  el  país, 
escoge  a la  que  se  dedicaba  casi  exclusivamente  a la  predi- 
cación de  "misiones  populares",  como  lo  es  la  Congregación 
del  Santísimo  Redentor  de  los  Padres  Redentoristas. 

Esta  opción  es  un  adelanto  a la  orientación  creciente  de 
su  vida  para  los  compromisos  de  la  Iglesia  con  el  pueblo. 

Después  de  luchar  por  la  reconciliación  entre  la  Iglesia  y 
la  República,  entre  la  Iglesia  y la  democracia,  se  vuelve  hacia 
la  cuestión  social.  El  tema  social  y el  tema  de  la  democracia 
como  aliada  natural  del  cristianismo  anticipan  también  la 
tardía  reconciliación  de  la  Iglesia  con  la  democracia,  y que  en 
Europa  se  realiza  prácticamente  después  de  la  II  Guerra 
Mundial,  dejando  resquicios  en  la  península  ibérica,  donde  la 


336 


Iglesia  continúa  enamorada  hasta  la  época  del  70  con  los 
regímenes  de  derecha,  con  el  franquismo  en  España  y el  sala- 
zarismo  en  Portugal. 

En  el  Brasil,  el  "Estado  Novo"  vio  una  Iglesia  que  se 
acomodó  tibiamente  a la  situación  dictatorial  de  1937  a 
1945,  con  excepción  de  una  iucha  de  laicos  oriundos  del 
Centro  Dom  Vital  y de  la  Acción  Católica,  que  se  colocaron 
a favor  de  la  democratización  del  país  en  1944. 

En  un  período  en  que  la  religión  se  orienta  cada  vez  más 
hacia  el  sentimiento  que  hacia  la  razón,  haciendo  predominar 
la  devoción  sobre  la  reflexión,  Julio  María  restituyó  a la 
razón  su  debido  lugar  y dignidad  en  el  terreno  de  la  fe  adulta. 

Podemos  decir  que  Julio  María  anticipa  en  el  Brasil 
algunos  de  los  temas  de  fondo  del  Concilio  Vaticano  II,  como 
el  de  la  misión  de  la  Iglesia  en  el  mundo  de  hoy,  y el  de  la 
legítima  autonomía  de  las  ciencias,  de  la  razón  y de  la 
política. 


NOTAS 


(1)  Para  los  datos  sobre  la  vida  del  Padre  Julio  María,  seguimos  el 
estudio  de  JONATHAS  SERRANO,  Julio  Maria,  Livraria  Boa 
Imprensa,  Rio  de  Janeiro,  1924. 

(2)  CARNE IRO,  Júlio  César  de  Moráis,  Questdés  Políticas,  TYp. 
Montenegro,  Rio  de  Janeiro,  1883,  p.  22,  citado  por  Serrano, 
o.c.p.  44. 

(3)  CARNEIRO,  Júlio  César  Moráis,  Apostrofes,  p.  221,  citado  por 
Alceu  Amoroso  LIMA,  O Catolicismo  no  Brasil  — Memoria 
Histórica  Pe.  Júlio  Maria,  Agir,  Rio  de  Janeiro,  1950,  p.  7. 

(4)  CARNEI RO,  Apostrofes,  p.  23. 

(5)  LIMA,  Alceu  Amoroso,  Prefácio  ao  "O  Catolicismo  no  Brasil", 
o.c.  p.  7 a 11. 

(6)  Jornal  "Patria",  14/10/1894,  p.  420. 

(7)  Ibidem,  p.  421. 

(8)  Jornal  "Pátria",  28/10/1894,  p.  442. 

(9)  SERRANO,  o.c.,  p.  54. 

(10)  Ibidem,  p.  56. 

(11)  JULIO  MARIA,  "A  minha  pregagao  em  Sao  Paulo"  in  PATRIA, 
14/10/1894,  p.  420. 

(12)  Ibidem,  p.  422. 


337 


(13)  Jornal  PATRIA,  15/07/1894,  p.  313. 

(14)  Jornal  PATRIA,  14/10/1894,  p.  422. 

(15)  Jornal  PATRIA,  22/07/1894,  p.  325. 

(16)  Jornal  PATRIA,  08/07/1894,  p.  305. 

(17)  Jornal  PATRIA,  22/07/1894,  p.  325. 

(18)  Jornal  PATRIA,  08/07/1894,  p.  305. 

(19)  Ibidem,  p.  306. 

(20)  Ibidem,  p.  306. 

(21)  Ibidem,  p.  306. 

(22)  Ibidem,  p.  306. 

(24)  Ibidem,  p.  306. 

(25)  RICHARD,  Pablo,  Mort  des  chrétientés  et  naissance  de  l'Eglise 
Analyse  historique  et  intéprétation  théologique  de  l'Eglise  en 
Amérique  Latine,  Centre  Lebret  "Foi  et  développement",  París, 
1978,  p.  67. 

(26)  Ibidem,  p.  68. 

(27)  SER  RANO,  o.c.,  p.  223. 

(28)  Ibidem,  p.  223. 

(29)  Jornal  PATR I A,  22/07/1 894,  p.  321 . 

(30)  Ibidem,  p.  322. 

(31)  Ibidem,  p.  322. 

(32)  Ibidem,  p.  322. 

(33)  Ibidem,  p.  322. 

(34)  Ibidem,  p.  322. 

(35)  Ibidem,  p.  322. 

(36)  Ibidem,  p.  325. 

(37)  Jornal  PATRIA,  12/08/1894,  p.  350. 

(38)  Ibidem.  p.  350. 

(39)  Ibidem.  p.  350. 

(40)  ROSARIO,  Ir.  Regina  do  Santo,  O Cardeal  Leme  (1882—1942), 
Livraria  José  Olympio  Editora,  Rio  de  Janeiro,  1962,  cfr. 
capítulos  XVIII,  XIX  e XXIV. 

(41)  SERRANO,  o.c.,  p.  128. 

(42)  Jornal  PATRIA,  p.  572. 

(43)  Ibidem,  p.  572. 

(44)  JULIO  MARIA,  Deus  Desprezado,  p.  57,  in  SERRANO,  o.c., 
p.  167. 

(45)  JULIO  MARIA,  Memoria,  o.c.,  p.  124. 

(46)  Ibidem,  p.  125-126. 

(47)  Ibidem,  p.  120-121. 

(48)  Ibidem,  p.  124-126. 

(49)  Ibidem,  p.  250—251 . 

(50)  Ibidem,  p.  244. 

(51)  Ibidem,  p.  121. 

(52)  ROWER,  Basilio,  Historia  da  Provincia  da  Imaculada  Conceipab 
do  Brasil,  Vozes  Petrópolis,  1951. 


338 


(53)  COSTA,  D.  Antonio  Macedo,  "Alguns  pontos  de  reforma  da 
Igreja  do  Brasil  — Memoria  para  servir  as  discussoés  e resolucoés 
ñas  conferéncias  dos  Snrs.  Bispos  — Rio  de  Janeiro  — 02/08/1890 
(Reservado)  cap.  IV,  Seminários,  art.  II,  | 4o,  p.  16. 

(54)  Ibidem,  cap.  IV,  art.  II,  £ 5o,  p.  16. 

(55)  Ibidem,  cap.  IV,  art.  I,  £ 2o,  p.  14. 


339 


J 


/ 


QUINTA  PARTE 


HISTORIA  DE  LA  TEOLOGIA  PROTESTANTE 

EN  AMERICA  LATINA 


I 


/ 


•v 


RUBEM  ALVES 


Las  ideas  teológicas  y sus  caminos  por  los 
surcos  institucionales  del  protestantismo 

brasileño 


I.  PREGUNTAS  PRELIMINARES 

Lo  que  tenemos  en  nuestras  manos  es  desalentador. 
Recogidos  los  resultados  del  pensamiento  que  el  Protes- 
tantismo ha  producido  y sembrado  por  más  de  cien  años  en  el 
Brasil,  sentimos  un  fuerte  olor  a degeneración,  decadencia  y 
senilidad  precoz. 

Sé  que  este  es  un  juicio  de  valor.  Sé  también  que  la 
objetividad  que  debe  darle  ánimo  al  trabajo  del  historiador 
debiera  mantenerlo  a salvo  de  desalientos  y entusiasmos.  A 
fin  de  cuentas,  en  el  reino  de  la  necesidad  no  hay  lugar  para  el 
llanto  . . . Haciendo  a un  lado  el  llanto,  las  lamentaciones  y 
repulsas,  nos  cumple  entender  con  tranquilidad.  Por  lo  menos 
este  era  el  consejo  que  Spinoza  ofrecía.  Como  yo  no  soy 
historiador  ni  lo  pretendo  ser,  me  doy  el  lujo  de  violar  las 
reglas  del  juego.  Estoy  de  acuerdo  con  la  ironía  corrosiva  de 
Nietzsche,  quien  afirmaba  que  el  historiador,  de  tanto  volver 
al  pasado,  termina  tornándose  un  cangrejo,  pensando  de 
adelante  hacia  atrás.  Es  evidente  que  su  picada  tiene  dirección 
correcta:  hay  los  historiadores  positivistas  coleccionadores  de 
hechos,  como  si  los  eventos  fuesen  estampillas  o figuritas  de 

Le  agradezco  a los  profesores  Antonio  G.  Mendonpa,  Duncan  A. 

Reily  y Gerd  Uwe  Kleiwer  quienes  contribuyeron  a la  articulación 

de  las  ideas  de  este  ensayo. 


343 


colección,  como  si  el  propósito  de  la  investigación  histórica 
fuese  rellenar  los  claros  con  informaciones  fácticas.  Lo  que 
sucede  es  que  una  deformación  personal,  posiblemente 
originaria  de  mi  formación  cristiana,  me  compele  a leer  el 
pasado  desde  el  punto  de  vista  de  la  necesidad  de  la  redención 
del  futuro.  La  memoria  se  subordina  a la  esperanza.  Y como 
la  esperanza  tiene  su  lugar  en  la  imaginación,  a su  vez  hija  del 
deseo,  mi  lectura  del  pasado  está  claramente  determinada  por 
mis  expectativas.  En  este  caso  específico,  lo  son  mis 
esperanzas  frustradas  de  aquello  que  este  pasado  podría  haber 
traídb  a la  existencia. 

Es  evidente  que  mis  redes  son  selectivas.  No  están 
preparadas  para  recoger  el  heroísmo  individual  ni  los  "casos" 
sin  fin  que  acaban  por  constituirse  en  una  tradición  oral  en 
que  lo  edificante  y lo  cómico  se  mezclan.  Busco  ideas:  ideas, 
en  la  medida  en  que  ellas  han  expresado  o han  determinado  el 
modo  de  ser  protestante,  en  este  más  de  un  siglo  de  historia 
de  la  sociedad  brasileña. 

Como  expectativa  mínima,  esperaría  por  lo  menos  que 
la  tradición  hubiese  sido  preservada  y cultivada. 

La  memoria  del  pasado  puede  producir  visiones  peli- 
grosas ...  La  rememoración  es  una  forma  de  alejarnos  de  los 
hechos  dados,  una  forma  de  "mediación"  que  quiebra,  por 
cortos  momentos,  el  poder  omnipresente  de  estos  hechos 
mismos  ^ 

En  el  caso  específico  de  la  Reforma,  existe  una  tradición 
repleta  de  visiones  brillantes  y equívocos  grotescos,  y si  de 
ellos  tuviésemos  conciencia,  podríamos  evitar  la  repetición 
del  pasado  y aún  comprender  algunos  de  los  desarrollos  histó- 
ricos, contemporáneos  nuestros,  que  se  generaban  en  aquella 
época:  de  Lutero  al  psicoanálisis,  del  calvinismo  al 
capitalismo,  de  Münzer  a Marx  y Engels. 

Sin  embargo,  las  redes  regresan  casi  vacías,  y lo  que  en 
ellas  se  encuentra  son  caricaturas,  fórumulas,  estereotipos  y 
slogans.  El  pasado  ha  sido  diluido  y de  él  no  sacamos  ni 
instrumentos  de  comprensión,  ni  armas  de  batalla.  Yo  me 
preguntaría,  incrédulamente,  sobre  aquellos  que  ya  se  han 
dado  el  trabajo  de  luchar  con  Lutero  y Calvino,  por  lo  me- 
nos ...  y me  preguntaría  si  los  dedos  de  las  manos  no  serían 
suficientes  para  contarlos . . . 


344 


Haciendo  a un  lado  los  ancestros  europeos  del  Protes- 
tantismo, yo  buscaría  los  pensamientos  y las  acciones  que  las 
comunidades  protestantes  generaron,  no  a partir  de  su 
memoria,  pero  sí  como  consecuencia  del  hecho  de  que  han 
habitado  y vivido  en  un  espacio  cultural  brasileño.  La 
memoria  puede  ser  perdida.  Pero  solamente  los  muertos  no 
poseen  presente.  Vean  qué  le  ha  sucedido  a los  católicos 
desgarrados  que  se  han  perdido  en  todo  el  Brasil,  viviendo  sin 
cura  y sin  obispo.  La  memoria  casi  ha  desaparecido;  aún  así 
(o  tal  vez  por  esta  causa),  ha  surgido  del  amor  católico  una 
religiosidad  popular  que  ha  sido  capaz  de  darle  nombre  a 
cosas  que  la  tradición  teológica  erudita  vomitaría;  lo  salvaje, 
lo  mágico,  lo  festivo,  lo  para  más  allá  o para  más  acá  de  la 
moralidad,  lo  exótico,  en  el  sentido  preciso  del  término, 
ex-ótico,  fuera  de  la  óptica,  extraño,  ofensivo  y sorprendente; 
tan  es  así  que  los  intentos  por  eliminarlas  no  han  sido  pocos 
y los  intentos  por  comercializarlas  han  sido  muchos. 

Nada  de  ésto  lo  encontramos  entre  los  protestantes, 
quienes  por  más  humildes  que  hayan  sido,  siempre  se 
pusieron  dentro  de  los  límites  de  lo  racional,  de  lo  propio,  de 
lo  recomendable.  Por  un  lado,  la  cultura  de  los  valores 
familiares,  bendecidos  por  un  patriarcalismo  benigno, 
protector  de  la  fidelidad  conyugal,  de  la  educación  de  los 
hijos,  del  orden  jerárquico  que  liga  la  'madre  al  padre,  cabeza 
de  la  familia,  y ambos  a los  hijos.  Por  otro  lado,  los  valores 
pequeño-burgueses,  tan  propios  de  los  hombres  casi  pobres 
que  desean  subir  peldaños  en  la  vida:  el  esfuerzo  individual,  el 
trabajo  arduo,  la  disciplina  personal,  el  ahorro  sistemático  de 
las  sobras  del  trabajo,  el  rechazo  de  toda  forma  de  derroche 
irresponsable  con  el  licor,  el  tabaco  y el  juego;  el  amor,  la 
limpieza,  la  honestidad,  base  de  todo  contrato  social;  la 
obediencia  a las  autoridades,  garantía  de  los  derechos  de  cada 
uno.  Este  es  un  pensamiento  que  prescinde  de  grandes 
acciones  y grandes  temas,  y se  realiza  al  nivel  de  la  frater- 
nidad doméstica  y de  la  paz  de  la  conciencia  individual  —lo 
que,  sin  duda,  produce  un  sueño  tranquilo  y reparador. 

Yo  esperaría,  por  otra  parte,  que  el  Protestantismo 
hubiese  hecho  alguna  contribución  a la  literatura  brasileña. 
Hemos  buscado  una  gran  novela  . . . pero  en  vano.  Aquí  es 
necesario  recordar  que,  si  en  el  catolicismo  existe  un 
privilegio  de  los  ojos  y de  la  contemplación,  en  el  Protes- 


345 


tantismo  son  los  oídos  los  que  se  hipertrofian.  Pero,  ¿qué  es 
lo  que  debe  ser  oído?  La  Palabra  de  Dios,  predicada  en  su 
pureza.  Palabra  que  es  regla  de  fe  y práctica  que  se  impone 
como- un  imperativo.  O ir  selectivo,  oír  que  sabe  dónde  está  la 
autoridad  y de  dónde  viene  la  verdad.  Esta  es  la  razón  para  la 
austeridad  arquitectónica  de  los  templos  protestantes,  redu- 
cidos a la  condición  de  salones  de  clases,  en  los  que  el 
predicador-profesor  habla  mientras  los  fieles-alumnos  oyen. 
Ahora,  lo  que  sucede  es  que  la  literatura  no  puede  sobrevivir 
en  medio  de  esta  obsesión  didáctica,  porque  su  vocación  es 
estética,  contemplativa,  y su  valor  es  tanto  más  grande 
mientras  más  grande  es  su  capacidad  para  producir 
estructuras  paradigmáticas  a través  de  las  cuales  las  figuras  y 
ligámenes  ocultos  de  lo  cotidiano  son  observados.  Los  lite- 
ratos protestantes  no  pueden  huir  del  hechizo  de  sus  hábitos 
de  pensamiento.  Sus  novelas  son  sermones  trasvestidos  y 
lecciones  de  escuela  dominical  enmascaradas.  Al  final,  la 
gracia  de  Dios  triunfa  siempre,  los  creyentes  son 
recompensados  y la  impiedad  es  castigada.  El  último  capítulo 
no  necesita  ser  leído.  La  didáctica  protestante  ya  tiene  la 
moral  de  la  historia  lista,  antes  de  que  suceda  . . . 

Producimos  buenos  gramáticos,  filólogos  respetados  y 
aún,  buena  literatura  educacional,  como  la  serie  Braga.  Aquí 
los  protestantes  se  sienten  en  su  casa.  La  filología  los 
relaciona  a la  exégesis  y a la  existencia  de  una  literatura 
rigurosa  de  los  textos  sagrados.  La  gramática,  a su  vez,  es 
central  para  aquellos  que  desean  predicar  en  un  portugués 
impecable  y la  preocupación  didáctica  siempre  le  ha  costado 
cara  al  alma  protestante:  corazones  puros,  ideas  claras,  pensa- 
miento lógico.  La  acción  sigue  al  pensamiento:  ésta  es  la  regla 
para  todos  aquellos  que  han  sido  alcanzados  por  la  gracia 
salvífica. 

Finalmente,  pienso  que  no  solamente  los  protestantes,  si- 
no también  los  demás  que  analizan  las  ¡deas  que  el  pasado  nos 
ha  dejado  como  herencia,  tienen  el  derecho  de  conocer  las 
relaciones  de  todo  ésto  con  la  política.  ¿Qué  ideas  han  sido 
levantadas  como  banderas?  ¿Cuáles  entre  ellas  se  han 
constituido  en  horizontes  de  lucha  o inspiración  de  sacri- 
ficios? No  hay  dudas  de  que  sacrificio  hubieron  muchos. 
Sacrificios  solitarios  de  individuos  heroicos  que  incursionaron 
por  no  se  sabe  qué  veredas,  para  predicar  curar  y enseñar. 


346 


Pero  no  es  por  este  tipo  de  sacrificios  que  me  pregunto.  Yo 
pregunto  por  los  sacrificios  políticos  y por  las  banderas 
levantadas  para  cambiar  el  destino  de  pueblos  enteros.  Tal 
como  sucedió  en  Ginebra,  en  las  manos  férreas  de  Calvino,  o 
con  los  Estados  Unidos  de  Norteamérica  que  encontró  en  el 
Protestantismo  la  bendición  a su  epopeya. 

¿Y  aquí? 

Protestantismo:  religión  de  extranjeros  y brasileños 
marginados  arrinconados  por  la  intolerancia  católica,  en 
búsqueda*  de  un  lugar  al  sol  y con  aire  para  respirar;  es 
comprensible  que  el  protestantismo  haya  pesado  y medido 
sus  palabras,  aplaudiendo  con  entusiasmo  la  causa  repu- 
blicana, la  separación  de  la  Iglesia  y del  Estado,  así  como 
todas  las  iniciativas  semejantes  para  disminuir  el  poder  del 
Catolicismo  que  lo  amenazaba,  pero  sin  volar  más  alto.  Este 
era  el  límite  posible  de  su  conciencia  política.  Avanza  a la 
zaga  de  la  ola  del  capitalismo  liberal,  que  ante  sus  ojos 
aparecía  como  la  visión  secularizadora  de  la  fe  Cristiana.  Y el 
Protestantismo  no  podría  haber  pensado  de  otra  forma,  pues 
era  del  seno  mismo  del  capitalismo  liberal  de  dónde  él  nos 
llegaba;  a él  pertenecía  por  lo  tanto,  por  origen,  convicción  y 
financiamiento  . . . 

No,  no  hemos  dicho  toda  la  verdad.  Porque  en  nuestras 
mallas  vienen  también  las  memorias  de  intentos  abortados  de 
levantar  banderas.  El  hecho  de  haber  sido  abortados  no  los 
hace  menos  prostestantes,  y es  posible  que  aún  sobrevivan, 
subterránea  e inconscientemente  en  alguna  tumba  de  donde 
podrán  resucitar.  El  hecho  es  que  los  protestantes  han  osado 
hablar  de  justicia  social  y han  sido  capaces  de  contemplar  una 
profundización  del  capitalismo,  oculta  al  liberalismo  ingenuo. 
Volveremos  a esta  temática  más  tarde. 

Ahora,  teniendo  en  las  manos  los  frutos  de  una  cosecha, 
podemos  mirar  hacia  el  pasado  y preguntarnos  ¿cómo?  y 
¿por  qué? 


II.  LOS  ORIGENES  Y EL  PRIMER  SIGLO  (1820-1950) 

Fue  al  inicio  del  siglo  XIX  que  llegaron  al  Brasil  los 
primeros  grupos  protestantes,  inmigrantes  alemanes  que  se 
establecieron  en  Friburgo,  en  el  estado  del  Río  de  Janeiro, 


347 


alrededor  de  1823-4rAquí,  son  alemanes  arraigados  en  su 
tradición  de  pueblo,  sufriendo  las  agonías  y tristezas  del 
choque  cultural  proveniente  de  la  violencia  migratoria,  que 
traen  consigo  el  Protestantismo  como  sacramento  de  la 
patria  que  quedó  atrás,  y sin  duda,  como  la  promesa  de  que 
la  patria  continuaría  aquí.  Es  comprensible  que  los  alemanes 
no  hayan  manifestado  interés  alguno  por  su  integración  —y  su 
disolución—  en  la  cultura  brasileña.  El  Protestantismo  era 
parte  de  su  secreto,  su  sacramento,  su  huella  de  indentidad 
que,  juntamente  con  la  lengua,  delimitaba  un  espacio 
germánico  aquí.  No  debe  parecemos  raro  que  siguiesen 
hablando  alemán,  que  no  se  hubiesen  mezclado  con  los 
brasileños,  que  no  hubiesen  realizado  aventuras  evangelistas, 
que  sus  cultos  se  realizasen  en  alemán  y que  sus  pastores 
hayan  tenido  su  formación  teológica  en  Alemania.  En  un 
principio,  provenían  de  Alemania.  Cuando  alrededor  de 
1930,  los  primeros  jóvenes  luteranos  nacidos  en  Brasil  se 
interesaron  por  la  teología,  fueron  enviados  a Alemania  para 
tal  fin.  ¿Temas  teológicos  propios?  No  los  hay,  porque  el 
espacio  y el  tiempo  teológico  de  las  comunidades  luteranas  se 
hallan  del  otro  lado  del  Atlántico.  Según  testimonio  de  un 
líder  de  la  Iglesia  Evangélica  de  confesión  Luterana,  en  Brasil 
el  tema  que  “parece  haber  sido  la  gran  preocupación  de  las 
comunidades  y pastores  en  la  mayor  parte  de  este  siglo"  ha 
sido  "fe  evangélica  y germanismo"  (Evangeliun  und 
Deutschtum). La  discusión  se  volvió  más  aguda  durante  el 
período  nazista,  habiendo  provocado  una  serie  de  conflictos 
y confrontaciones  aún  en  Alemania,  con  la  activa  parti- 
cipación de  Karl  Barth  y Martin  Niemóller,  quedando  el 
nombre  de  Bonhbeffer  como  símbolo  de  los  innumerables 
mártires  que  murieron.  Será  solamente  después  de  la  guerra, 
una  vez  considerado  el  enorme  riesgo  que  corre  una  iglesia  al 
autodenominarse  por  el  nombre  de  su  país  de  origen,  que  la 
"Iglesia  Evangélica  Alemana"  asume  el  hecho  de  vivir  en 
Brasil. 

De  los  Estados  Unidos  de  Norteamérica  viene  un  tipo 
diferente  de  Protestantismo.  No  se  trata  ahora  de  crear  un 
espacio  cultural  para  una  población  de  inmigrantes,  sino  de 
invadir  la  cultura  de  los  nativos  para  convertirlos  a una  nueva 
fe.  En  el  caso  del  Protestantismo  de  inmigración,  el 
proselitismo  y la  evangelización  son  cuestiones  que  no  surgen 


348 


como  temas  teológicos,  pues  lo  que  importaba  era  preservar 
un  espacio  cultural.  Y la  apertura  de  este  espacio  para  los 
brasileños  solamente  podía  implicar  su  propia  disolución. 

¿Qué  temas  teológicos  han  marcado  esta  invasión 
misionera? 

Antes  que  nada  es  necesario  reconocer  que  Catolicismo 
y Protestantismo,  en  los  niveles  más  profundos,  son  habi- 
tantes de  un  mismo  mundo.  Y solamente  ésto  es  lo  que  hace 
posible  la  polémica  entre  ellos,  así  como  el  tránsito  fácil  de 
convertidos.  El  paso  del  Catolicismo  al  Protestantismo  no  el 
el  paso  entre  dos  mundos  ¡ncomensurables.  Estoy  entera- 
mente de  acuerdo  con  Troeltsch  cuando  afirma  que: 

...  el  punto  fundamental  a ser  señalado  es  que,  desde  una 
perspectiva  histórica  y teológica,  el  Protestantismo  ha  sido, 
antes  que  nada,  una  simple  modificación  del  Catolicismo,  en  la 
cual  la  formulación  Católica  de  los  problemas  ha  sido 
mantenida,  mientras  una  respuesta  distinta  les  era  ofrecida. 
Inicialmente,  el  Protestantismo  se  preocupó  de  contestar  la 
vieja  cuestión  acerca  de  la  certeza  de  la  salvación,  que  tiene 
como  premisas  la  existencia  de  Dios,  su  carácter  ético  y 
personal  y,  en  general,  la  cosmología  bíblica  medieval,  y tiene 
como  su  único  y urgente  problema  la  absolución  en  el  juicio 
final,  ya  que  todos  los  hombres  han  sido  condenados  al 
infierno  en  consecuencia  del  pecado  original  . . . ^). 

Esto  que  Troeltsch  señala  como  el  centro  del  pensa- 
miento religioso  protestante,  fue  lo  que  se  encontró  como 
pensamiento  misionero  y como  pensamiento  de  las  primeras 
congregaciones  que  se  formaron.  Emile  Leonard  piensa 
incluso  que,  en  estos  primeros  momentos,  la  situación  del 
Protestantismo  brasileño  era  una  réplica  de  la  situación 
existente  en  Europa  con  ocasión  de  la  Reforma  del  siglo  XVI. 
Y si  él  se  interesó  por  el  estudio  del  Protestantismo 
Temprano  del  Brasil,  fue  porque  creía  que  tal  estudio  lo 
ayudaba  a entender  la  "historia  espiritual  europea"  &) . 

Aún  en  1950  Leonard  veía  el  Protestantismo  brasileño 
de  frontera  misionera,  en  aquel  momento,  como  contem- 
poráneo de  la  edad  de  la  Reforma,  mientras  que  en  otros 
lugares,  él  se  encontraría  en  los  primeros  tiempos  después  de 
la  Reforma^.  Y lo  que  el  misionero  americano  o evangelista 
brasileño  va  a hacer  es  sencillamente  anunciar  la  suficiencia 


349 


de  la  Biblia,  como  libro  inspirado,  la  necesidad  de  arrepen- 
timiento, de  entrega  a Cristo,  de  la  eficacia  única  y suficiente 
de  su  sacrificio  vicario,  del  imperativo  de  abandono  de  la 
idolatría  y de  los  santos,  la  exigencia  de  la  responsabilidad 
personal  y de  la  vida  de  santificación. 

Es  necesario  notar  un  aspecto  muy  singular  de  la  situa- 
ción misionera  en  América  Latina.  En  1910,  en  la  Primera 
Conferencia  Misionera  Ecuménica  de  Edinburgo,  América 
Latina  no  fue  incluida  como  frontera  misionera,  pues  se  de- 
cía que  no  se  podía  considerar  pagano  un  continente  cató- 
lico. De  hecho,  en  oposición  a la  penetración  misionera  en 
Asia  y en  Africa,  aquí  los  protestantes  se  abrían  camino  en 
medio  de  otros  que  se  decían  también  cristianos,  y para  los 
protestantes  solamente  había  una  forma  de  justificar  su  obra: 
definir  el  Catolicismo  como  paganismo  enmascarado.  Y esto 
no  era  novedad,  porque  la  Confesión  de  Fe  Presbiteriana  de 
Westminster  ya  había  definido  al  Papa  como  el  anti-Cristo.  El 
Protestantismo,  hijo  de  las  misiones  norteamericanas  en  el 
Brasil  (en  oposición  a la  Iglesia  Luterana  Alemana,  que  no 
tenía  preocupaciones  proselitistas),  para  justificarse  aún  fren- 
te a la  comunidad  protestante  mundial,  tenía  que  definir  el 
Catolicismo  brasileño  como  paganismo,  esto  es,  como  campo 
misionero,  donde  el  proselitismo  debería  ser  hecho  con  la 
finalidad  de  ganar  almas  perdidas  para  Cristo.  La  Iglesia  Cató- 
lica,  a su  vez,  contribuyó  activamente  para  que  esta 
definición  se  consolidase,  a través  de  la  actitud  intolerante  y 
persecutoria  que  mantenía  hacia  los  protestantes.  Desde  mi 
punto  de  vista,  esta  fue  la  más  importante  cristalización 
teológica  de  este  período,  con  prolongaciones  claras  hasta  el 
presente,  estando  a la  raíz  de  la  cautelosa  reserva  de  los  más 
abiertos  o del  decidido  anti-ecumenismo  de  los  más  cerrados. 
Lo  que  está  en  juego,  en  última  instancia,  es  la  propia 
identidad  protestante  y el  sentido  de  la  misión  de  la  Iglesia.  Si 
los  católicos  son  considerados  hermanos,  ¿qué  nos  queda 
como  clientela  posible  hacia  nuestros  bienes  salvíficos? 

Este  hecho  nos  permite  percibir  que  sería  un  equívoco 
interpretar  la  invasión  misionera  como  un  simple  trasplante 
del  Protestantismo  Norteamericano.  La  necesidad  de 
definición  del  Catolicismo  como  amenaza  y como  enemigo, 
puso  las  suaves  tésis  de  la  predicación  de  la  salvación  en  un 
cuadro  de  tinte  polémico  que  ha  marcado  el  pensamiento 


350 


protestante  hasta  mediados  de  este  siglo,  permaneciendo  aún 
en  los  círculos  más  conservadores.  Pienso  que  no  se  haría 
injusticia  al  juzgar  lo  que  aconteció  hasta  entonces,  si  dijera 
que  las  energías  del  pensamiento  protestante  se  canalizaron 
casi  exclusivamente  en  las  líneas  de  la  polémica,  sin  ningún 
avance  en  el  campo  de  la  producción  teológica. 

En  verdad,  los  líderes  protestantes  tenían  que  preguntar, 
con  espanto,  sobre  el  sentido  del  avance  en  teología.  Lo  que 
se  presuponía,  sin  mayores  problemas,  es  que  la  teología 
protestante  había  terminado  la  tarea  de  codificar  las  verdades 
bíblicas,  y que  el  sistema  de  doctrinas  en  armonía  con  las 
Escrituras  ya  estaba  acabado.  Los  pastores  podrían  ser 
entrenados  en  teología,  podrían  estudiar  teología,  pero  la 
idea  de  una  producción  teológica  original  era  inconcebible.  El 
campo  que  se  abría  para  la  creatividad  protestante  era  la 
prédica,  y fue  aquí  que  se  destacaron,  con  una  retórica  fácil, 
directa,  entremezclada  en  ilustraciones  alejadas  de  la 
experiencia  cotidiana,  como  por  ejemplo,  la  de  la  tradición 
del  "reviva!"  que,  a través  de  D.L.  Moody,  produjo  un 
impacto  permanente  y profundo  sobre  las  iglesias  norteame- 
ricanas. Se  comprende,  en  este  contexto,  la  afirmación  que, 
en  1959,  centenario  de  una  de  las  denominaciones  protes- 
tantes, hacía  uno  de  sus  líderes: 

Nuestros  pastores  no  son  como  Karl  Barth,  que  hace  teología 

detrás  del  humo  de  su  pipa.  Nuestros  pastores  son  hombres  de 

- (5) 

acción  VJ'. 

En  verdad,  el  escenario  religioso  de  los  Estados  Unidos, 
durante  la  segunda  mitad  del  siglo  XIX,  fue  dominado  por  la 
obsesión  de  la  acción,  por  un  sentido  de  urgencia  aliado  a un 
gran  optimismo  en  cuanto  a los  frutos  de  esta  misma  acción. 
Se  combinan  en  este  abanico,  tres  tendencias  complemen- 
tarias: el  reavivamiento  (reviva!),  el  movimiento  misionero  y 
el  evangelio  social  (social  gospel).  Es  necesario  tener  en 
cuenta  la  significación  de  estos  movimientos  con  el  fin  de 
comprender  algunas  de  las  peculiaridades  de  nuestro  desa- 
rrollo histórico. 

Los  "reviva!"  fueron  movimientos  marcados  por  el  calor 
de  las  experiencias  emocionales  y giraban  en  torno  al  senti- 
miento íntimo  del  nuevo  nacimiento,  del  sentimiento  de 
culpa,  del  arrepentimiento,  y buscaban  una  devoción  total  a 


351 


la  causa  del  Salvador.  Fueron  estos  movimientos  los  que 
marcaron  la  religión  de  los  Estados  Unidos  en  el  siglo  pasado, 
haciendo  tal  vez  de  los  norteamericanos  el  pueblo  más 
religioso  del  mundo,  activista  y perfeccionista,  impulsado  por 
el  fervor  de  la  reforma  social,  de  las  visiones  misioneras,  lo 
que  se  acopla  bien  con  el  expansionismo  imperialista*6*. 

Es  interesante  notar  que  el  reavivamiento  espiritual,  y la 
activación  de  la  experiencia  de  la  conversión  que  lo 
acompaña,  provocó  la  creación  de  un  sinnúmero  de  organi- 
zaciones dedicadas  a la  promoción  de  la  renovación  personal, 
de  la  reforma  social  y del  avance  misionero.  Considero  muy 
sugestivo  este  acoplamiento  de  fervor  personal,  individual, 
íntimo,  por  un  lado,  con  preocupaciones  sociales,  por  otro.  V 
ésto  porque,  en  el  momento  presente,  estas  dos  tendencias  se 
encuentran  prácticamente  separadas  en  dos  polos  opuestos. 
El  hecho  fue  que  en  aquel  siglo,  la  búsqueda  de  la  perfección 
estaba  ligada  a la  compasión  por  los  pobres  y necesitados, 
conjuntamente  con  expectativas  milenaristas. 

El  rápido  crecimiento  urbano,  producido  como  resul- 
tado de  la  industrialización,  había  provocado  el  surgimiento 
de  serios  problemas  sociales  que  alcanzaban  predomi- 
nantemente a las  clases  trabajadoras.  Esto  se  constituyó  en  un 
desafío  a las  iglesias,  y fue  de  este  contexto  —el  mismo  del 
reviva/—  que  surgió  el  "evangelio  social",  que  pretendía 
fomentar  la  . . . 

. . . aplicación  de  las  enseñanzas  de  Jesús  y del  mensaje  total  de 
la  salvación  cristiana  a la  sociedad,  a la  vida  económica,  a las 
instituciones  sociales  . . . así  como  a los  individuos  *^*. 

Las  obras  de  Walter  Rauschenbusch,  historiador  bautista, 
se  volvieron  clásicas.  Dos  ejemplos:  Christianizing  the  Social 
Order  (New  York,  Mcmillan,  1914)  y The  Social  Principies  of 
Jesús  (New  York,  Association  Press,  1916).  Los  títulos  de 
algunos  de  sus  capítulos  son  significativos:  "Una  Religión 
para  la  Redención  Social".  "¿Qué  queremos  decir  por  cristia- 
nización del  orden  social?  ";  "Nuestro  presente  orden  econó- 
mico"; "El  reino  del  intermediario";  "Bajo  la  ley  de  la 
ganancia";  "Los  valores  morales  del  capitalismo:  Ganancia  y 
Vida,  Comercio  y Belleza";  "Cristianismo  contra  Capi- 
talismo"; "Conservación  de  la  Vida”;  "Socialización  de  la 


352 


propiedad",  etc.  El  estilo  es  directo  y claro.  Libros  para  ser 
leídos  por  todos.  Manifiestos  de  acción.  Uno  de  ellos  fue 
impreso  por  los  movimientos  cristianos  de  estudiantes  y bajo 
los  auspicios  del  Sub-Comité  de  escuelas  dominicales  de  las 
denominaciones  evangélicas^.  (¡conservadoras!  ).  En 
resumen:  teología  de  la  liberación  del  siglo  XIX,  activamente 
patrocinada  e imólementada  por  los  sectores  emocionales  y 
piadosos  de  la  iglesia. 

Lo  que  sucede  es  que  fue  de  esta  caldera  hirviente  de 
donde  surgieron  las  vocaciones  misioneras,  y el  misionero  se 
entendía  como  un  agente  de  transformación  del  mundo, 
frente  a las  exigencias  éticas  del  evangelio.  Ligar  el  naci- 
miento misionero  pura  y simplemente  a la  expansión  impe- 
rialista, es  transformarlo  en  un  cínico  apéndice  de  intereses 
económicos.  Sucede  que,  por  detrás  de  todo  esto,  había  un 
volcán  en  erupción,  en  el  que  el  fervor  individual  se  mezclaba 
con  la  indignación  moral,  con  el  amor  por  los  sufridos,  y con 
la  esperanza  de  una  transformación  del  mundo.  Y si,  en  las 
polémicas  con  el  Catolicismo  brasileño  los  protestantes  insis- 
tían en  la  complicidad  del  Catolicismo  con  el  atraso  econó- 
mico, el  desinterés  por  la  educación  popular  y el  desarrollo 
de  instituciones  políticas  de  carácter  totalitario,  ésto  se  debía 
a que,  por  detrás  hervían  las  esperanzas  de  una  regeneración 
del  orden  social,  impulsado  por  el  Protestantismo  ético,  en 
oposición  al  Catolicismo  mágico.  No  es  necesario  decir  que, 
faltándole  al  Protestantismo  incipiente  la  masa  humana  que 
tomase  sobre  sus  hombros  la  causa  de  la  regeneración  social, 
fue  a través  de  las  escuelas  y de  los  hospitales  que  se  preten- 
dió alcanzar  tal  finalidad. 

Sin  embargo,  en  el  curso  de  la  historia  norteamericana, 
las  Iglesias  han  experimentado  profundas  divisiones  que  se 
reflejaron  en  Brasil.  Sus  sectores  más  conservadores  inden- 
tificaron  peligrosas  tendencias  modernistas  en  acción, 
habiendo  sido  el  Social  Gospel  considerando  una  de  ellas.  Su 
herejía  consistía  en  la  tendencia  a horizontalizar  la  verti- 
calidad del  Reino  de  Dios.  Aún  hoy  en  el  Brasil,  las  palabras 
modernistas  y evangelio  social  son  usadas  como  estigmas  y 
conservan  gran  eficacia  política.  Ha  sido  a partir  de  estos 
conflictos,  por  ejemplo,  que  sociedades  misioneras  han 
llegado  aún  a dividirse  institucionalmente:  los  "Verticalistas" 
ocupando  un  determinado  campo,  mientras  los  "Horizon- 


353 


talistas"  se  mantenían  en  otro.  Nótese,  no  obstante,  que  en 
Brasil  el  calor  del  debate  se  diluyó  hasta  tal  punto  que  el 
desarollo  social  prácticamente  se  reduce  a una  preocupación 
por  la  educación  y la  creación  de  escuelas.  La  Escuela 
Superior  de  Agricultura  de  Lavras,  por  ejemplo,  tenía  el 
objetivo  único  de  mejorar  las  condiciones  de  la  agricultura,  y 
el  Instituto  Gammon,  a la  que  aquella  pertenecía 
originalmente,  se  ubicó  en  el  movimiento  "Dedicación  a la 
Gloria  de  Dios  y al  Progreso  Humano”,  lo  que  no  deja  de  ser 
una  significativa  alteración  humanista  en  la  teología  cal- 
vinista. 

Durante  casi  cien  años  el  pensamiento  Protestante  no 
experimentó  crisis  significativas.  Al  considerar  la  tarea  teo- 
lógica como  concluida. sólo  restaba  la  combinación  de  algunos 
temas  básicos,  frente  a dos  necesidades  fundamentales.  ^ 

1.  LA  POLEMICA  ANTI-ROMANISTA 

La  palabra  "romanista"  era  usada  preferentemente  por 
el  catolicismo,  por  razones  obvias.  Este  siglo  de  polémicas 
hizo  que  el  anti-catolicismo  se  constituyera  en  la  más 
importante  marca  de  identificación  de  los  protestantes.  Como 
observó  alguna  vez  Erasmo  Braga,  el  Protestantismo  brasileño 
es  el  retrato  negativo  del  catolicismo,  con  todos  los 
inconvenientes  del  negativo.  Esta  información  es  necesaria 
para  el  historiador  que  desea  interpretar  la  asepsia  del 
Protestantismo  brasileño  en  relación  a los  símbolos,  en  gran 
medida  sobrepasando  a los  europeos  y norteamericanos.  Esto 
también  nos  ayuda  a entender  la  relación  del  Protestantismo 
con  la  cultura  brasileña.  En  la  medida  que  ella  está 
entrelazada  con  el  calendario  litúrgico  católico,  los  protes- 
tantes han  decidido  apartarse  de  ella. 


2.  EL  CRECIMIENTO  Y AUMENTO  DE  LAS 
CONGREGACIONES 


Estamos  aquí  al  nivel  de  la  sociología  de  las  insti- 
tuciones que,  curiosamente  parecen  redes  que  recogen  peces 
que  las  clases  sociales  aíslan  en  acuarios  separados.  Y el 
pensamiento  se  desliza  y corre  por  los  surcos  que  las 


354 


instituciones  establecen.  Nuestro  problema  es  comprender 
estos  surcos  por  donde  se  mueven  los  portadores  de  las  ¡deas, 
sobre  todo  los  pastores. 

El  pastor  tiene  un  problema  que  resolver:  su  propia 
supervivencia.  Al  contrario  del  cura,  celibatario,  cuyas  deci- 
siones afectan  solamente  a él,  el  pastor,  por  lo  general,  trae 
consigo  mujer  y algunos  hijos.  Este  es  el  primer  hecho  a ser 
señalado. 

En  segundo  lugar  es  necesario  comprender  que  la  insti- 
tución ha  preparado  sus  servidores  de  forma  cuidadosa. 
Exigía  de  ellos  "dedicación  exclusiva"  al  rebaño  y a los 
problemas  del  cielo.  Pastores  que  se  preparaban  para 
actividades  seculares  eran  considerados  como  hombres  de 
poca  fe  e integridad  cuestionable.  Pero  ¿qué  significaba  esta 
"dedicación  exclusiva"?  Significaba  que  el  pastor  debía  ser 
un  hombre  sin  alternativas.  Los  hombres  sin  alternativas 
tienden  a ser  fieles  a sus  superiores  ...  Sin  votos  de  lealtad 
monástica,  el  pastor  estaba  condenado  para  siempre  a la 
iglesia,  pues  ella  es  la  única  institución  en  la  que  su  saber 
puede  ser  transformado  en  un  salario. 

Sin  embargo,  lo  que  sucede  es  que,  en  verdad,-  la  relación 
de  empleo  de  la  mayor  parte  de  los  pastores  no  se  da  con  la 
Institución  Iglesia,  sino  con  su  congregación  local.  El  es 
elegido.  Cuando  no  lo  es,  es  un  consejo  de  presbíteros  o 
ancianos  quien  determina  si  él  debe  o no  seguir.  Aún  en  los 
casos  en  que  existe  una  organización  episcopal,  los  obispos 
son  sensibles  a los  deseos  de  la  congregación. 

¿De  qué  forma  puede  el  trabajo  de  un  pastor  llegar  al 
éxito? 

a.  Debe  ser  un  buen  predicador.  No  nos  olvidemos  de 
que,  para  el  protestante,  el  poder  "ex  opere  operato"  del 
sacramento  está  fuera  de  cuestión.  No  es  por  la  magia  del 
sacramento  que  él  va  al  culto,  sino  para  ser  edificado, 
instruido,  consolado.  Malos  predicadores  solamente  producen 
un  buen  sueño  y bancas  vacías  . . . 

b.  Debe  establecer  relaciones  de  confianza,  amistad  y 
ascendencia  espiritual  hacia  sus  parroquianos.  Las  personas 
necesitan  ser  consoladas.  Las  palabras  del  pastor  deben  ser  un 
bálsamo  espiritual.  Pronto  él  aprenderá  que  los  profetas  no 


355 


son  reelegidos.  Ocurre  con  los  profetas  lo  mismo  que  con  los 
empleados  huelguistas:  además  de  perder  el  empleo  tienen 
dificultades  para  conseguir  otro. 

c.  Aumento  de  contribuciones.  Un  pastor,  que  sea  un 
buen  predicador  y que  se  imponga  como  un  consejero  simpá- 
tico, inevitablemente  aumenta  el  número  de  miembros  de  su 
congregación,  lo  que  implica  también  el  aumento  de  las 
contribuciones  financieras.  En  consecuencia,  un  mejor 
salario. 

d.  Cuando  las  grandes  iglesias,  por  cualquier  razón, 
pierden  sus  pastores,  irán  a buscar  un  sustituto,  eviden- 
temente, entre  aquellos  más  prometedores  y que  se  hayan 
destacado  por  su  capacidad  de  predicar,  convencer,  hacer 
amigos,  formar  el  rebaño  e incrementar  el  presupuesto,  y 
construir  el  templo.  Los  criterios  son  claramente  empre- 
sariales. 

e.  El  pastor  se  encuentra,  realmente,  a la  merced  de  los 
miembros  de  su  congregación,  y los  límites  máximos  de  sus 
ideas  son  los  límites  máximos  dentro  de  los  cuales  el  pastor 
puede  trabajar,  sin  riesgos.  Se  trata,  evidentemente,  de  una 
organización  democrática  de  la  relación  pastor-congregación, 
que  da  poco  margen  al  profetismo. 

f.  Existe,  por  lo  tanto,  un  enorme  abismo  entre  la 
situación  del  seminario  y la  situación  del  pastor  de  congre- 
gación. Las  ¡deas  que  circulan  en  el  seminario,  y que  permite 
la  evaluación  tanto  de  profesores  como  alumnos,  nada  en 
absoluto  tienen  que  ver  con  las  ideas  que  circulan  en  las 
parroquias.  Es  ésto  lo  que  explica,  en  gran  parte,  la  recaída 
conservadora,  pietista,  carismática  y aún  milagrera  de 
individuos  que  habían  sido  por  lo  menos  liberales  en  sus  días 
de  estudiantes  de  teología. 

Hay  un  darwinismo  generalizado.  Algunos,  los  más 
aptos,  sobreviven  y suben.  Otros,  menos  aptos,  son  conde- 
nados a los  subterráneos.  Y esto  último  significa  lo  siguiente: 
congregaciones  pequeñas,  en  ciudades  pequeñas  o barrios 
obreros  (cuando  no  villas  miserias),  sin  prestigio  y con  bajos 
salarios.  No  es  de  extrañarse,  por  lo  tanto,  que  la  situación 
sea  extremadamente  competitiva  y que  las  ¡deas  sean  los 
puntos  vulnerables.  Es  necesario  que  cada  pastor  se  presente 
como  defensor  intransigente  de  la  fe  salvadora,  y si  uno  de 


356 


ellos  se  atreve  a anunciar  cosas  que  se  desvían  de  los  patrones 
normativos  de  la  repetición  cíclica  es  inmediatamente 
acusado  de  "predicador  de  novedades",  lo  cual  lo  vincula  a la 
herejía.  En  este  contexto,  la  comunidad  institucional  indica 
siempre  la  ausencia  de  ideas  conflictivas  y al  contemplar  los 
caminos  institucionales  en  este  primer  siglo  de  vida,  vemos 
que  han  sido  muy  pocas  las  erupciones  intelectuales.  La  orga- 
nización institucional  de  las  iglesias  protestantes  es  tal  que  la 
aparición  de  ideas  nuevas  es  castrada  por  el  peligro  que  ellas 
constituyen  para  los  caminos  de  un  pastor  en  medio  de  los 
corredores  de  la  iglesia  que  lo  abriga  (y  lo  obliga). 

Por  otro  lado,  cuando  tales  ideas  aparecen,  ellas  ya  no  se 
sitúan  dentro  del  cuerpo  eclesial,  como  ocurre  en  la  iglesia 
católica.  Ellas  son  expulsadas  y sus  portadores  forman  nuevas 
denominaciones.  Este  es  un  mecanismo  extremadamente 
eficaz  para  hacer  que  cada  grupo  permanezca  a salvo  de 
gérmenes  intelectuales  invasores.  Esta  es  la  razón  por  qué, 
para  las  iglesias  protestantes,  el  modelo  preferido  de  su  propia 
organización  política  es  la  de  una  confederación  de  iglesias 
que  eventualmente  puedan  protegerse,  sin  que  hayan 
mecanismos  que  posibiliten  la  intromisión  en  la  vida  de  cada 
una  de  ellas. 

Debe  señalarse  que,  durante  este  primer  siglo,  nuestras 
instituciones  teológicas  han  logrado  aislar  todo  el  pensa- 
miento europeo  en  rigurosa  cuarentena.  Todos  los  textos 
teológicos  eran  importados  de  los  Estados  Unidos.  La  Iglesia 
Luterana,  evidentemente,  es  un  caso  aparte. 

En  verdad,  los  protestantes  brasileños  siempre  han 
tenido  una  seria  sospecha  hacia  los  europeos:  Iglesias  frías, 
sin  celo  misionero  y sobre  todo,  mundanas,  ya  que  sus 
creyentes  fuman,  beben  e incluso  bailan.  Con  excepción  de 
algunos  individuos  aislados,  que  leían  por  cuenta  propia,  y 
pagaron  caro  por  ésto,  nada  se  sabía,  por  ejemplo,  de  Barth, 
Brunner  o Bulmann  hasta  la  década  del  50.  No  me  estoy 
refiriendo  al  conocimiento  de  los  laicos.  Me  refiero  a los 
seminarios,  que  preferían  una  teología  metafísica  iniciada 
con  textos  acerca  de  la  prueba  de  la  existencia  de  Dios.  Kant 
aún  no  había  nacido  . . . Esta  teología,  a su  vez,  nada  tiene 
que  ver  con  la  vida  de  las  congregaciones,  pues,  como  ya 
hemos  indicado,  las  reglas  de  la  circulación  institucional  de 
ideas  en  los  seminarios,  eran  distintas  de  las  reglas  operativas 
en  las  iglesias  locales. 


357 


Me  gustaría  apuntar  los  acontecimientos  institucionales 
significativos,  que  son  expresiones  de  fermentaciones 
teológicas. 

1.  La  Conferencia  Misionera  de  Edinburgo,  en  1910, 
había  excluido  las  misiones  en  América  Latina,  pues  este 
continente  no  era  considerado  pagano. 

Los  interesados  en  las  Misiones  Americanas,  que  se  encon- 
traban en  Edinburgo  ...  se  reunieron  en  un  hotel  de  la  ciudad 
y discutieron  la  necesidad  de  promover  otra  conferencia  para 
hacer  un  estudio  de  las  misiones  cristianas  en  este  hemisferio. 
La  realización  de  este  plan  vino  a efectuarse  en  Panamá 

Del  congreso  de  Panamá  (1916)  surgió  el  "Committee 
of  Cooperation  for  Latín  America",  organización  con  sede  en 
Nueva  York,  con  una  filial  en  Río  de  Janeiro  (1922),  Comi- 
sión Brasileña  de  Cooperación,  más  tarde.  Confederación 
Evangélica  del  Brasil,  de  cuyo  desarrollo  iba  a surgir  el  más 
atrevido  intento  de  ligar  el  Protestantismo  a la  cultura  y a la 
política  brasileña,  la  Conferencia  del  Nordeste. 

2.  De  1938  a 1942  una  gran  controversia  sobre  las 
Penas  Eternas  sacudió  a la  Iglesia  Presbiteriana  Independiente 
(I.P.I.).  De  este  conflicto  surgieron  dos  grupos,  que  se 
separon  de  la  Iglesia  madre:  un  grupo  conservador,  funda- 
mentalista,  que  más  tarde  se  afiliaría  al  movimiento  de  Cari 
Mac  Intire,  Consejo  Internacional  de  Iglesias  Cristianas,  fundó 
la  Iglesia  Presbiterania  Conservadora,  y otro  que,  por  sentirse 
prácticamente  expulsado  de  la  IPI,  fundó  la  Iglesia  Cristiana 
de  Sao  Paulo.  Este  grupo,  pequeño,  liberal,  publicó  durante 
varios  años  el  periódico  "El  Cristiano",  uno  de  los  únicos  (tal 
vez  el  único)  defensores,  de  forma  clara  y permanente,  de  los 
ideales  del  ecumenismo  y de  un  orden  económico  fraterno, 
entre  sus  similares  eclesiásticas  en  Brasil. 

Si  yo  tuviese  que  escoger  una  palabra  para  definir  la 
tendencia  dominante  del  pensamiento  protestante  en  este  pe- 
ríodo, yo. diría  que  ha  estado  marcado  por  el  parroquialismo. 
Separado  de  las  corrientes  que,  en  un  ámbito  mundial, 
animan  las  iglesias,  separado  de  las  cuestiones  políticas 
universales,  separado  de  la  cultura  y de  la  vida  nacionales,  el 
Protestantismo  se  movió  a la  razón  de  las  exigencias  de  la 


358 


parroquia  y esto  porque,  debido  a su  organización  insti- 
tucional específica,  la  sobrevivencia  del  liderazgo  intelectual 
depende  sobremanera  de  un  soporte  parroquial. 


III.  TURBULENCIA:  LOS  AÑOS  50 

La  década  de  los  años  50  marca  una  convulsión  inte- 
lectual en  los  medios  protestantes.  Por  un  lado,  todo  el  país 
pasaba  por  una  fermentación  político-social,  como  conse- 
cuencia de  las  rápidas  transformaciones  sociales  resultantes  de 
la  industrialización  y de  la  urbanización.  Las  banderas 
desarrollistas,  por  otro  lado,  contribuyeron  para  que  grandes 
segmentos  de  nuestra  población  tomaran  conciencia  de  la 
inmensa  miseria  y del  enorme  atraso  del  país  y también  de  las 
alternativas  y posibilidades  que  teníamos  por  delante. 

Desde  hacía  mucho  tiempo  las  iglesias  habían  orga- 
nizado movimientos  de  juventudes,  que  tenían  por  objeto 
específico  crear  un  espacio  jovial,  relajado,  piadoso  y eclesial, 
dentro  de  las  propias  congregaciones,  donde  los  jóvenes  se 
sentirían  como  en  su  casa.  ¡Una  iglesia  joven  para  los 
jóvenes!  Todo,  evidentemente,  bajo  la  mirada  atenta  de  los 
consejos  de  las  iglesias,  en  última  instancia  supervisores  de 
todo  lo  que  se  hacía. 

Al  principio  la  cosa  funcionaba  como  una  asociación 
piadosa,  que  propiciaba  "diversión  sana"  (deportiva,  nece- 
sarias a la  sublimación  sexual,  y fiestas,  en  las  cuales  el  baile 
era  evidentemente  prohibido  y que  funcionaban  gracias  a los 
juegos  de  salón,  en  la  mayoría  importados  de  los  Estados 
Unidos)  y que  debería  constituirse  en  una  "estufa  espiritual" 
que  preservara  a los  jóvenes  de  la  contaminación  del  mundo. 
No  obstante,  paulatinamente,  los  liderazgos  de  los 
movimientos  fueron  madurando  y se  produjo  un  cambio 
radical  de  orientación.  Tan  es  así  que,  a mediados  de  la 
década,  una  de  las  actividades  más  importantes  del  movi- 
miento eran  los  "campamentos  de  trabajo"  —jóvenes,  de 
varias  denominaciones,  dedicaban  sus  vacaciones  a vivir  en 
una  localidad  pobre,  frecuentemente  villas  miserias,  para  allí 
realizar  una  tarea  manual:  construcción  de  una  calle,  de  un 
recipiente  de  agua,  o cualquier  cosa  semejante.  Tal 
movimiento  era  ya  el  fruto  de  la  penetración  de  ideales  ecu- 


359 


mámeos  en  Brasil,  y era  la  repetición  de  cosas  que  jóvenes 
europeos  y norteamericanos  hacían.  Evidentemente,  ideas 
nuevas  procaban  ebulliciones  en  todas  partes:  el  ideal  ecu- 
ménico (en  aquella  época  básicamente  una  cuestión  protes- 
tante), una  nueva  preocupación  litúrgica  (que  iba  hacera  los 
protestantes  más  sensibles  al  catolicismo),  estudios  bíblicos 
en  un  nuevo  estilo  (alejado  de  los  ideales  polémicos  y mora- 
lizantes de  la  prédica  pastoral)  y,  sobre  todo,  la  preocupación 
social. 

Dos  factores  deben  ser  subrayados: 

(1)  Una  radical  disidencia  teológica  que  separó  a la 
juventud  de  los  liderazgos  pastorales  clásicos. 

(2)  La  formación  de  un  liderazgo  laico,  libre  de  los 
controles  parroquiales  a los  que  se  hallaban  sujetos  los 
pastores.  Cada  joven  tenía  muy.poco  que  perder,  pues  no 
vivía  de  la  iglesia  y,  por  esta  misma  razón,  gozaba  de  inmensa 
libertad. 

La  disidencia  teológica  separó  canales  y estableció 
conflictos  que  ¡rían,  a concluir  en  el  futuro  con  el  aplas- 
tamiento del  movimiento.  Pero  fue  exactamente  de  ahí  que 
surgió  una  nueva  ola  de  vocaciones  para  el  pastorado  (la  mía 
incluso),  y que  puede  ser  claramente  visualizada  en  gráficos 
representativos  del  número  de  estudiantes  en  nuestros 
seminarios. 

Es  necesario  hacer  notar  que  este  es  un  movimiento  típi- 
camente de  la  clase  media.  Los  protestantismos  populares,  del 
tipo  pentecostal,  permanecen  al  margen.  Clase  media  y “eru- 
dita", en  la  medida  que  utilizara  un  instrumental  teológico 
nuevo,  en  gran  medida  importado  de  Europa. 

Los  pararelos  con  las  condiciones  que  determinaron  el 
surgimiento  del  Evangelio  Social  son  sugestivos:  rápidos  cam- 
bios sociales,  formación  de  movimientos  voluntarios  (no  cleri- 
cales), especialmente  entre  jóvenes  y estudiantes,  una 
relectura  de  la  fe  en  términos  de  su  eficacia  político-social,  y 
el  inevitable  aparecimiento  de  crisis.  Creo  que  no  estaría  equi- 
vocado si  identificara  al  movimiento  Evangélico  Social  como 
precursor  moderno  de  la  Teología  de  la  Liberación  —ante- 
cediéndolo casi  70  años—  y en  identificar  al  movimiento 


360 


joven  de  los  años  50,  como  los  orígenes  de  la  fermentación 
que  iba  a producir  el  lado  protestante  de  la  Teología  de  la 
Liberación. 

Los  conflictos  se  establecían  al  nivel  de  las  iglesias  lo- 
cales, al  nivel  de  los  seminarios,  y al  nivel  de  la  Confederación 
Evangélica  del  Brasil,  donde  un  grupo  también  íntimamente 
ligado  aLmovimiento  de  la  juventud,  articulaba,  al  nivel  inter- 
denominacional,  la  discusión  de  la  problemática  de  la  "Res- 
ponsabilidad Social  de  las  Iglesias  Cristianas",  haciéndose  eco 
directamente  de  las  preocupaciones  del  Consejo  Mundial  de 
Iglesias.  De  este  grupo  surgiría  la  Conferencia  del  Nordeste, 
realizada  en  Recife,  en  1962. 


IV.  LA  PURGA:  A PARTIR  DE  LOS  ULTIMOS  AÑOS 
DE  LA  DECADA  DEL  50 

La  reacción  fue  violenta  y radical. 

Los  movimientos  de  jóvenes  fueron  disueltos. 

Los  seminarios  sufrieron  intervenciones. 

Docenas  de  alumnos  fueron  expulsados. 

Profesores  fueron  obligados  a renunciar. 

Periódicos  fueron  clausurados. 

Los  defensores  de  las  nuevas  ¡deas  fueron  denunciados 
sin  piedad  como  modernistas,  herejes,  adeptos  del  evangelio 
social,  ecuménicos-romanistas.  El  sector  de  responsabilidad 
social  de  la  Iglesia  de  la  Confederación  Evangélica,  fue 
disuelto  y sus  directores  despedidos  inmediatamente  después 
del  movimiento  militar  de  1964.  Después  de  esta  fecha, 
quedó  latente  sobre  los  disidentes  la  posibilidad  de  ser 
también  acusados  de  subversivos,  por  la  propia  iglesia,  lo  que 
de  hecho  ocurrió. 

Se  siguió  una  escalada  conservadora,  que  dominó  todos 
los  sectores  de  las  iglesias.  Las  iglesias  pentecostales,  por  no 
haber  experimentado  nunca  el  conflicto,  no  tuvieron  esta 
crisis.  De  igual  manera  la  Iglesia  Luterana,  la  vivió  bajo  una 
forma  extremadamente  suave,  ya  que  sus  vínculos  con 
Europa  y la  ausencia  de  una  confrontación  directa  con  la 
Iglesia  Católica  del  Brasil,  hicieron  que  sus  posiblidades  teoló- 
gicas se  encontrasen  en  lugares  distintos. 


361 


El  clima  de  "caza  a las  brujas",  propio  de  situaciones  de 
crisis  y funcional  a los  grupos  en  el  poder,  es,  no  obstante, 
incapaz  de  mantener  el  calor  y la  devoción  espiritual  de  una 
comunidad.  Cuando  ésto  ocurre,  el  calor  espiritual  solamente 
puede  encontrar  combustible  en  alguna  fuente  alternativa  de 
energía.  Fue  en  esta  situación  que  surgió  un  fenómeno 
nuevo:  la  pentecostalización  de  iglesias  de  clase  media,  movi- 
miento que  se  caracterizó  por  el  énfasis  en  los  dones  extra- 
ordinarios del  Espíritu  como  la  glosolalia,  los  dones  de 
profecía  y de  curación,  que  tomó  el  nombre  de  "renovación 
espiritual".  Ahora  no  son  los  proletarios  los  que  hablan 
lenguas  raras,  sino  las  respetables  y acomodadas  clases  medias 
que,  en  ningún  momento  pensaron  unirse  a una  congregación 
pentecostal.  Prefirieron  vivir  lo  extraordinario  de  sus  expe- 
riencias dentro  del  espacio  respetable  de  las  congregaciones 
tradicionales. 

La  renovación  espiritual  creó,  obviamente,  liderazgos  ins- 
titucionales paralelos.  Los  liderazgos  institucionales  y buró- 
cratas no  se  sobreponen  a los  liderazgos  carismáticos’ 
emergentes.  Surgieron  conflictos,  pero  los  pastores  apren- 
dieron temprano  que  la  mejor  política  era  una  coexistencia 
pacífica.  El  costo  de  la  guerra  era  muy  elevado.  Ahora  el 
peligro  no  era  ya  la  pérdida  de  algunos  jóvenes  que  poca  o 
ninguna  diferencia  hacían  en  los  presupuestos  de  las  iglesias, 
sino  la  deserción  catastrófica  de  familias  enteras  de  clase 
media,  sin  las  cuales  las  congregaciones  florecientes  y prós- 
peras serían  reducidas  a la  condición  de  caricaturas  de  lo  que 
habían  sido  antes. 

¿Qué  le  sucedió  a la  generación  que  convulsionó  las 
iglesias  en  los  años  50?  Esta  es  una  investigación  que  está  por 
hacerse.  Un  gran  número  sencillamente  abandonó  las  iglesias. 
Otros  se  ligaron  a congregaciones  más  liberales,  desarrollando 
así  actividades  de  creyentes  comunes,  sin  vuelos  más 
atrevidos.  Algunos  se  ajustaron,  bajo  las  presiones  insti- 
tucionales a las  que  ya  nos  hemos  referido.  Otro  grupo,  final- 
mente, trató  de  crear  espacios  alternativos,  ecuménicos  y en 
cierta  forma  paraeclesiásticos,  como  instrumentos  de  sus 
ideales. 

Hemos  llegado,  de  esta  forma,  al  final  de  un  mapa 
—grandes  contornos,  grandes  líneas,  sin  los  detalles  de  la 
realidad  misma.  Si  me  dijeran  que  tal  procedimiento  es  poco 


362 


científico,  diré  dos  cosas.  La  primera  de  ellas  es  que  exacta- 
mente así  es  como  procede  la  ciencia:  en  primer  lugar  los 
mapas,  los  grandes  contornos,  la  búsqueda  de  articulaciones 
generales;  en  segundo  lugar,  y solamente  ahora,  se  desarrolla 
la  investigación  de  los  detalles.  La  segunda  cosa  es  que  no  veo 
por  qué  una  actitud  tan  servil  hacia  la  ciencia.  Me  parece 
incluso,  que  las  palabras  científico  y anti  científico  o poco 
científico,  son  sustitutos  para  las  antiguas  palabras  teológicas 
ortodoxia  y herejía.  Antes  de  ser  una  actividad  episte- 
mológica, la  ciencia  es  una  actividad  institucional,  política  y 
económica,  porque  también  las  ideas  científicas  se  deslizan 
por  los  surcos  de  las  instituciones:  dinero  disponible; 
símbolos  litúrgicos  del  saber,  como  los  grados  académicos; 
personas  en  el  poder,  en  la  comunidad  científica;  público  a 
quien  se  dirige  la  producción  académica,  etc. 

V aquí  nos  enfrentamos  con  la  cuestión  crucial  de  los 
objetivos  del  acto  de  escribir  la  historia.  Una  perspectiva  posi- 
tivista contestaría  que  la  historia  es  escrita  simplemente 
porque  está  allá  en  el  pasado,  y se  nos  ofrece  por  medio  de 
documentos  y monumentos.'  El  empuje  que  subyace  en  el 
trabajo  del  historiador,  por  lo  tanto,  sería  semejante  a aquel 
del  niño  que  colecciona  estampillas  y busca  rellenar  los 
espacios  vacíos  que  él  contiene.  ¿Hay  un  espacio  en  blanco? 
¿Hay  un  nombre  todavía  no  investigado?  Allí  se  mete  el 
historiador.  Yo  tiendo  a estar  de  acuerdo  con  Eugene  Rosens- 
tock  Huessy  cuando  afirma  que,  al  contrario, 

..  .el  historiador  no  entra  en  un  mundo  de  naturaleza  animal, 
sino  en  un  mundo  que  la  humanidad  conquistó  anteriormente 
por  la  acción,  por  el  descubrimiento,  por  el  sacrificio,  por  la 
emoción.  Los  hechos  del  historiador  no  son  hechos  en  el 
sentido  común  de  esta  palabra  desgastada.  Sus  hechos  son  las 
experiencias  del  hombre  (Eugene  Rosenstock-Huessy,  Out  of 
Revolution,  p.  693)*. 

El  historiador  así,  es  alguien  que  recupera  memorias 
perdidas  y las  distribuye,  como  si  fuera  un  sacramento,  a 
aquellos  que  perdieron  la  memoria.  En  verdad,  ¿qué  mejor 
sacramento  comunitario  existe  que  las  memorias  de  un 


Eugen  Rosenstock  Huessy,  Out  of  Revolution,  (New  York,  Four 
Wells,  1964). 


363 


pasado  común,  marcados  por  la  existencia  del  dolor,  del  sacri- 
ficio y de  la  esperanza?  Recoger  para  distribuir.  El  no  es  sólo 
un  arqueólogo  de  memorias.  Es  un  sembrador  de  visiones  y 
de  esperanzas. 

Y es  por  esto  que  me  aburre  la  preocupación  científica, 
cuando  ella  invade  la  historia.  ¿Puede  un  historiador  ser 
objetivo  y desapasionado?  ¿No  hace  él  sus  investigaciones 
como  alguien  que  busca  una  carta  de  amor  perdida,  carta  que 
haría  al  amante  feliz  para  siempre,  como  alguien  que  busca 
un  testamento  olvidado,  testamento  que  haría  rico  al  pobre 
que  lo  busca?  ¿Dónde  la  neutralidad?  Todo  trabajo  de 
historia  debiera  empezar  con  una  confesión  de  amor  —lo  que 
le  quitaría  asepsia  científica  y le  daría  significación  política. 

¿Qué  decir  de  los  mapas  esbozados? 

Vean  cuán  difícil  es  saber  y decir  qué  es  el  Protes- 
tantismo. Lo  que  la  historia  nos  da  es  un  complejo  de  oposi- 
ciones y conflictos  que  no  podemos  separar.  Inquisidores  y 
sacrificados  llamábanse  protestantes ...  Si  aún  me  llamo 
protestante  es  porque  hago  una  cosecha  selectiva  de  mate- 
riales, a partir  de  un  amor  —de  la  misma  forma  como  el 
amante  ignora  las  crisis  de  mal  humor  de  su  bien  amada, 
diciendo  que  ésta  es  siempre  dulce  y que  la  mala  que  en  ella 
habita  es  nada  más  que  un  resultado  efímero  de  la  química 
hormonal. 

Hay  una  tradición  rica  a ser  desenterrada  y distribuida, 
empezando  por  el  hombre  libre  de  la  ley,  de  Lutero  (y  que  N. 
Holl  afirma  ser  el  precursor  del  hombre  creador,  de 
Nietzsche),  y pasando  por  Kant,  Hegel,  Kierkegaard, 
Feuerbach,  Albert  Schweitzer,  el  eterno  Bach,  para 
desembocar  en  un  sinnúmero  de  compañeros  de  lucha,  con 
quien  oramos,  luchamos  y tuvimos  miedo,  aún  vivos,  otros 
muertos,  otros  asesinados,  personas  por  las  que  uno  está 
dispuesto  a todo,  por  lealtad  y gratitud.  Quiero  decir  que  me 
siento  muy  bien  en  compañía  de  esta  gente,  que  es  con  ellos 
que  hago  mis  diálogos.  Y es  ésto  lo  que  tal  vez  signifique 
seguir  siendo  protestante. 

Esto,  sin  que  nos  olvidemos  que  el  Protestantismo 
ahogó  y quemó  brujos,  esclavizó  negros  y justificó  teoló- 
gicamente la  esclavitud  y,  con  más  frecuencia  y proximidad 


364 


de  lo  que  desearíamos,  ofreció  sus  palabras  religiosas  a las 
manos  armadas  con  la  espada. 

Me  angustia  la  sospecha  de  que  el  pensamiento  pro- 
testante del  cual  disponemos  sea  capaz  de  dar  cuenta  de  situa- 
ciones ordenadas,  no  sabiendo,  empero,  qué  hacer  en 
situaciones  cosmogónicas  o apocalípticas,  cuando  los  mundos 
necesitan  ser  destruidos  y creados.  Parece  que  ésto  fue  algo 
que  el  pasado  nos  susurró. 

Es  consolador  (e  irritante)  reconocer  que  fue  la  Iglesia 
Católica  quien  se  apropió  de  los  mejores  frutos  del  pensa- 
miento protestante.  Y ésto  nos  sugiere  una  rara  posibilidad: 
tal  vez  un  estudio  de  las  ¡deas  protestantes  deba  dejar  las 
instituciones  protestantes  para  entrar  en  el  seno  del  Cato- 
licismo. 

En  cuanto  al  futuro,  nada  tengo  a decir.  En  verdad,  esta 
cuestión  ni  debiera  surgir  en  un  ensayo  que  pretende  contar 
algo  de  la  historia  del  pasado.  A menos  que  el  pasado  sea  el 
origen  de  la  profecía.  ¿Podríamos  concordar  con  Nietzsche? 

El  veredicto  del  pasado  es  siempre  un  oráculo. 
Solamente  como  arquitectos  del  futuro 
y como  conocedores  del  presente 
podréis  entenderlo  (Nietzsche). 

A lo  mejor,  para  hablar  del  futuro  del  protestantismo 
será  necesario  acordarse  del  pasado  del  catolicismo.  Lo  que 
nos  conduce  a la  visión  del  valle  de  los  huesos  secos,  del 
profeta  Ezequiel,  que  milgarosamente  se  transformó  en  una 
multitud  incontable.  ¿Quién  diría  que  la  Iglesia  Católica 
pasaría  por  la  metamorfosis  por  la  que  pasó?  Nadie,  menos 
aún  los  protestantes.  Es  posible  que,  en  un  futuro  tal  vez  no 
muy  lejano,  el  protestantismo  se  redescubra  en  su. propia 
herencia,  viva  en  el  catolicismo,  y que  ésto  conduzca  al 
milagro  de  la  curación  de  la  enemistad  y se  abra  hacia  un 
futuro  común. 

NOTAS 

(1)  Herbert  Marcuse,  One  Dimensional  Man,  p.  68  Boston,  Beacon 

Press,  1964. 

(2)  Ernest  Troeltsch,  Protestantism  and  Progress,  pgs.  59—61, 

Boston,  Beacon  Press,  1958. 


I 


365 


(3)  En  Protestantismo  Brasileño,  p.  15. 

(4)  Ibid.  p.  16. 

(5)  Livro  de  Confissoes,  publicado  y distribuido  por  la  Misión  Pres- 
biteriana del  Brasil  Central,  nota  14. 

(6)  Ver  Roñal  C.  White,  The  Social  Gospel,  p.  5. 

(7)  Shailer  Mathews,  Social  Gospel.  A Dictionary  of  religión  and 
Ethics,  ed.  Shailer  Mathews  and  Derald  Birney  — Smith,  New 
York  1921,  p.  461. 

(8)  Written  under  thedirection  of  Sub-Comittee  on  College  Courses, 
Sunday  School  Courneil  of  Evangelical  Denominations  and 
Committee  on  Voluntary  Study,  Council  of  North  American 
Student  Movements. 

(9)  Dos  observaciones  que  son  significativas,  del  punto  de 'vista  histó- 
rico: La  primera  de  ellas  tiene  que  ver  con  el  espíritu  ecuménico 
de  D.L.  Moody  que  se  rehusaba  a llevar  a cabo  sus  campañas,  si  las 
Iglesias  locales  no  cooperaban  unas  con  otras.  La  segunda,  tiene 
que  ver  con  las  Asociaciones  Cristianas  de  Jóvenes  que,  en  sus 
orígenes,  eran  organizaciones  para  la  juventud  pobre  y 
desempleada  de  los  barrios  obreros. 

(10)  Julio  A.  Ferreira,  "Profeta  de  la  Unidad:  Eresmo  Brega",  en 
Tempo  e Presenta,  pág.  105.  (Río  de  Janeiro  1975). 


366 


JEAN-PIERRE  BASTIAN 


Contribución  al  estudio  de  la  teología 
protestante  en  México 


I.  LOS  CRISTOS  HISTORICOS  PROTESTANTES 
EN  MEXICO 


Nos  proponemos  estudiar  de  un  punto  de  vista  histórico 
y social  las  representaciones  que  las  iglesias  protestantes 
históricas  tuvieron  del  concepto  de  Cristo,  desde  el  momento 
de  su  penetración  en  el  país  hasta  el  día  de  hoy.  Por  iglesias 
protestantes  históricas  entendemos  el  conjunto  de  denomi- 
naciones, de  origen  norteamericano  que  se  han  difundido  en 
México  durante  más  de  un  siglo  hasta  hoy.  Sus  intelectuales 
tanto  de  origen  misionero  como  nacional  han  elaborado  una 
ideología  que  explicitaba  el  proyecto  histórico  de 
implantación  y desarrollo  en  México.  Esta  ideología  definida 
más  particularmente  como  teología,  es  decir  como  discurso 
de  estos  grupos  sobre  el  cuerpo  doctrinal  que  les  sirve  de 
referencia  y norma  para  la  acción,  está  dividida  en  varios 
temas  genéricos.  Uno  de  ellos  es  la  Cristología.  Considere- 
mos como  Cristología  de  las  iglesias  protestantes  históricas 
en  México  el  conjunto  de  textos  producidos  por  ellas  o repro- 
ducidos por  ellas,  que  tratan  de  manera  explícita  de  la 
persona,  del  símbolo,  de  la  representación  llamada  Cristo. 


367 


Queremos  precisar  que  la  Cristología  como  cualquier 
ideojogía  no  es  autónoma  frente  al  conjunto  social  en  el  cual 
se  ha  producido.  Al  contrario,  como  conjunto  de  ¡deas 
producidas  por  agentes  que  pertenecen  a instituciones  encar- 
gadas de  difundir  un  sentido  y un  consenso  sobre  el  orden 
social  establecido,  la  cristología  de  las  iglesias  protestantes  en 
México  está  doblemente  determinada.  Por  un  lado  debemos 
considerar  su  determinación  por  la  estructura  de  producción, 
y fundamentalmente  por  el  desarrollo  del  modo  de 
producción  capitalista  como  modo  de  producción  dominante 
en  México.  Por  otro  lado  debemos  también  fijarnos  en  la 
relación  entre  la  sociedad  civil  de  la  cual  las  iglesias  son  parte, 
y la  sociedad  política.  La  coerción  establecida  por  la  sociedad 
política  puede  impulsara  las  iglesias  a emitir  un  tipo  de 
discurso  que  asegure  el  consenso  en  torno  a la  clase  funda- 
mental en  el  poder.  Sin  embargo,  no  pretendemos  caer  en  un 
esquema  determinista  y mecanicista  de  explicación  de  la  ideo- 
logía religiosa.  Necesitamos  afirmar  que  las  ideologías 
siempre  gozan  de  una  autonomía  relativa  que  les  puede 
permitir  sobredeterminar  en  coyunturas  dadas  las  otras 
instancias  de  la  totalidad  social. 

En  segundo  lugar  debe  mencionarse,  por  el  hecho  de  que 
la  cristología  de  las  iglesias  protestantes  históricas  ha  sido  en 
parte  importada  desde  afuera,  una  determinación  externa  a la 
formación  social  mexicana.  Esta  determinación  que  se 
manifiesta  al  nivel  económico  por  el  desarrollo  de  un 
capitalismo  dependiente  del  capitalismo  norteamericano  en 
particular,  tiene  sus  consecuencias  también  al  nivel  político  e 
ideológico.  La  determinación  externa  a la  formación  social 
mexicana  se  hará  sentir  particularmente  en  el  campo  de  una 
ideología  producida  y difundida  desde  los  Estados  Unidos,  y 
que  servirá  de  apoyo  táctico  a la  conquista  de  la  hegemonía 
liberal  en  México. 

Un  problema  que  nos  planteó  nuestra  investigación  es  la 
imposibilidad  de  reunir  un  cuerpo  de  textos  cristólogicos 
exhaustivos  y representativos  de  todas  las  denominaciones 
históricas  presentes  en  México.  Por  lo  pronto  hemos  consul- 
tado algunos  periódicos  publicados  por  estas  sociedades 
religiosas  a través  de  un  siglo,  y hemos  pensado  que  los 


368 


himnarios  serían  buenos  informantes  en  torno  al  concepto 
cristológico  vigente  en  tales  grupos.  Los  consideramos  como 
representativos  pero  no  como  exhaustivos  del  tema  que  desea- 
mos abordar  ahora. 

1.  EL  DIVINO  MAESTRO  OPUESTO  AL  CRISTO 

DERROTADO  DE  LA  COLONIA 

Durante  el  siglo  19,  las  sociedades  religiosas  protestantes 
se  difunden  en  la  República  Mexicana,  esencialmente  en  las 
regiones  donde  arranca  un  desarrollo  económico-capitalista 
que  tendrá  todo  su  auge  con  la  vinculación  de  la  economía 
mexicana  al  capitalismo  del  centro  en  su  fase  imperialista, 
bajo  la  vía  oligárquica  reaccionaria  del  desarrollo  ejem- 
plificada por  el  Porfiriato.  Los  misioneros  llegan  en  la  línea 
de  la  tradición  iniciada  por  la  frontera  del  Oeste  Nortea- 
mericano; esta  lenta  progresión  de  la  civilización  sobre  la 
naturaleza  que  se  transforma  con  la  expansión  de  Estados 
Unidos  hacia  el  continente  latinoamericano  en  la  lenta 
imposición  de  la  civilización  capitalista  sobre  "la  barbarie" 
identificada  con  los  remanentes  del  viejo  orden  colonial.  Ellos 
tienen  la  confianza,  como  lo  expresan,  . . . 

...  de  que  el  Dios  que  primeramente  los  ha  evangelizado,  y 
luego  dinamizado  y multiplicado,  y bendecido  sobre  todos  los 
demás  linajes  armándolos  con  el  acero,  el  vapor  y los  rayos,  y 
enviándolos  a ser  la  vanguardia  de  la  humanidad,  dará  a los  her- 
manos latinos  una  nueva  oportunidad  para  aceptar  el  evangelio 
y recobrar  sus  derechos  de  nacimiento  ^ 

Con  la  biblia  en  mano,  y la  escuela  como  complemento 
necesario  a una  evangelización  que  pasa  por  la  lectura,  el 
misionero  muchas  veces  es  también  un  maestro.  Y el  pastor 
nacional  recién  convertido  igualmente  se  transformará  en  el 
primer  maestro  de  una  educación  popular  emergente. 

No  sorprende  que  dentro  de  tal  contexto,  la  figura 
central  del  discurso  misionero  sea  la  de  Cristo  el  divino 
Maestro.  El  Cristo  protestante  que  llega  a México  es  el  Cristo 
de  la  Ilustración.  Este  ilumina  la  conciencia  del  pobre  y 
oprimido  del  orden  feudal-tolonial  para  identificarlo  con  el 
portador  del  mensaje  de  tal  Cristo,  es  decir,  el  misionero.  Este 


369 


Cristo  es  el  Cristo  de  la  Luz  que  se  opone  al  Cristo  de  las 
tinieblas,  el  Cristo  ensangrentado  y derrotado  del  catolicismo 
colonial. 

El  Cristo  protestante  es  un  Cristo  activo,  único  objeto 
de  la  fe.  El  está  "tocando  a la  puerta  de  cada  quien".  Como 
lo  expresa  bien  el  pastor  Leandro  Garza  Mora,  en  un  escrito 
de  noviembre  de  1875: 

Jesús  quiere  venir  a tu  corazón  . . . cuando  éf  entre  a tu 
corazón,  traerá  consigo  el  Cielo.  El  hará  urt  cielo  en  tu  corazón 
si  le  dejas  entrar  en  él  >2). 

El  Cristo  protestante  está  llegando  para  conquistar  a Mé- 
xico para  él,  "cuando  los  papistas  trabajan  para  conquistar  el 
mundo  para  el  Papa"J3^  El  discurso  misionero  además 
subraya  el  papel  único  de  Cristo  como  salvador  que  les 
disputa  a los  santos  o a la  virgen  su  papel  céntrico  en  el 
catolicismo  y que  plantea  claramente  la  alternativa:  o Pedro  o 
Cristo.  Retomando  la  teología  liberal  de  Horacio  Bushnell, 
los  primeros  misioneros  enfatizan  que  "el  carácter  de  Jesús 
hace  imposible  su  clasificación  entre  los  hombres".^4*  Este 
Cristo  sobrehumano  y activo  busca  la  conversión  del  que  no 
se  salvará  por  sus  obras,  sino  por  el  arrepentimiento  y el 
reconocimiento  de  su  culpa.  ¿Quién  es  este  pecador?  Si  bien 
es  el  pobre,  no  es  exclusivamente  el  pobre.  Pues  comó  lo 
subraya  el  propio  Bushnell: 

Jesús  toma  rango  con  los  pobres  y funda  todas  las  inmensas 
esperanzas  de  su  causa  en  un  principio  hecho  con  las  clases 
bajas  y despreciadas  del  mundo.  Nació  pobre  . . . por  tanto 
Jesús  ama  a los  pobres  y sin  bajarse  a sus  costumbres  bajas, 
tiene  gusto  en  asociarse  con  ellos.  Pero  Jesús  queda  con  los 
pobres  y les  hace  el  objeto  especial  de  su  ministerio.  Y lo  que 
es  más  notable,  tiene  un  interés  visible  en  su  sociedad  que  no 
tiene  para  la  de  las  clases  más  elevadas 


Para  Bushnell,  este  Jesús  "se  identifica  con  cierta  clase, 
sin  crear  una  facción  o partido  ...  no  es  un  liberal 
exagerado".  ^ Predica  la  caridad  "y  no  el  libertinaje",  pues 
fundamentalmente  su  misión  es  de  orden,  y de  un  orden 
basado  en  una  moralidad  no  verbal  sino  "original,  viva, 
divina". 


370 


En  un  mundo  infeliz  para  muchos,  el  tema  central  de  la 
predicación  misionera  es  que  . . . 

. . .Jesús  quiere  entrar  en  vuestro  corazón  y echar  fuera  todo  lo 
que  estorba  a vuestra  felicidad 

Lo  que  impide  la  felicidad  no  son  para  ellos  razones  de 
índole  económica  o política  sino  causas  esencialmente 
morales: 

...  es  decir,  todo  enojo,  ira  y envidia  para  admitir  la  virtud,  el 
amor  y la  bondad  que  procede  de  su  Espíritu  Santo  ^). 

Así  Jesús  trae  "los  dones  de  un  espíritu  de  rectitud" 
que  permite  mejorar  la  conducta.  El  "hace  el  hombre 
virtuoso  en  ese  mundo",  y "no  hallándose  limitado  al  círculo 
de  los  grandes  . . . visita  también  la  morada  de  la  pobre- 
za". ^ El  Cristo  protestante  lucha  "contra  el  pecado  ligado 
a la  mentira  romana"*10^  y trae  un  elemento  fundamental  al 
nuevo  orden  económico  y social  emergente:  la  regeneración. 
Una  regeneración  que  pasa  por  la  lucha  contra  todos  los 
vicios  morales  cuyo  fundamento  se  encuentra  en  el  ocio.  El 
ocioso  según  ellos  es  fundamentalmentemo  gobernable,  pues 
muchas  veces  "el  ocioso  profesa  ideas  comunistas  y quiere 
que  se  pongan  en  práctica"  ^ 

Al  contrario,  el  hombre  trabajador  ve  con  horror  "el 
vicio",  "el  apóstol  del  trabajo  vive  para  su  familia",  pues  . . . 

...  la  industria  frecuentemente  quita  la  ocasión  al  vicio  y a los 
motivos  que  los  producen 

El  Cristo  cuya  vida  se  reduce  a su  discurso  moral,  es  uno 
de  los  elementos  esenciales  del  nuevo  orden  naciente.  Lucha 
contra  la  ociosidad  por  medio  de  la  moralidad  y del  trabajo. 
Si  "las  revoluciones  encuentran  eco  en  nuestra  república  es 
debido  a la  ociosidad"  . . . por  medio  de  la  moralidad  y el 
trabajo,  nos  dice  El  Ramo  de  Olivo  de  febrero  de  1878, 
"conseguiremos  que  México  llegue  a ser  grande,  rico  y 
poderoso''^13)  . El  divino  maestro  por  sus  principios  morales 
está  reorientando  a los  pobres  en  el  buen  camino,  pues  . . . 

...  los  hombres,  como  ovejas  se  han  descarriado  pero  Cristo, 
como  buen  Pastor,  ha  venido  para  buscar  y salvar  lo  que  se 
había  perdido 


371 


Así  como  elemento  céntrico  del  discurso  misionero  del 
inicio  de  las  sociedades  protestantes  en  México,  Cristo  tiene 
el  papel  del  maestro.  Enseña  los  principios  morales  que  sirven 
a la  regeneración  de  una  sociedad  que  necesita  del  trabajo 
como  fundamento  de  la  explotación  capitalista  de  la  fuerza 
de  trabajo.  Está  trayendo  “el  cielo"  ligado  a las  virtudes  indi- 
viduales de  una  antropología  que  reduce  al  hombre  a un 
órgano:  el  corazón  entendido  como  el  centro  de  condenación 
o redención  de  la  persona.  Pero  estas  virtudes  individuales 
también  se  alian  a las  virtudes  sociales  ligadas  al  trabajo  y se 
oponen  decisivamente  al  pecado  social  cuyo  eje  es  el  ocio  con 
sus  consecuencias  políticas:  el  desorden  y la  revolución (15)  . 
El  maestro  revela  e ilumina  (ilustra)  los  valores  del  capi- 
talismo dependiente  emergente,  ocultando  (como  toda 
ideología)  que  precisamente  el  trabajo  será  el  espacio  donde 
se  negarán  (no  individualmente  sino  colectivamente)  estos 
valores  ideales.  De  esta  contradicción  surgirá  la  necesidad  de 
modificar  la  Cristología  después  de  la  revolución  mexicana. 

2.  EL  CRISTO  OBRERO  Y REVOLUCIONARIO  OPUESTO  AL 

CRISTO  LIBERAL 

Con  la  revolución  democrático-burguesa  que  sacude  a 
México  durante  la  década  de  los  años  1910  y que  mantendrá 
su  proyecto  hacia  el  fin  de  los  años  1930,  surge  en  el  seno  de 
las  sociedades  religiosas  protestantes  un  nuevo  discurso  cristo- 
lógico.  Este  nuevo  lenguaje  formulado  exclusivamente  por  el 
nuevo  liderazgo  nacional  es  el  fruto  de  la  toma  de  conciencia 
por  numerosos  pastores  y laicos  de  los  problemas  sociales 
producidos  por  el  desarrollo  del  capitalismo  dependiente  bajo 
la  conducción  de  la  oligarquía  porfirista.  La  mayoría  de  los 
evangélicos  se  lanzaron  al  combate  defendiendo  la  línea 
constitucionalista  pequeño-burguesa  y reformista  de  la  revo- 
lución, fruto  de  la  alianza  entre  sectores  populares  (obreros  y 
campesinos)  con  la  pequeña  burguesía  urbana  y la  burguesía 
empresarial.  Esta  conciencia  nueva  que  aparece  dentro  de  las 
filas  protestantes  estará  alimentada  desde  afuera  también  por 
una  corriente  teológica  surgida  en  Estados  Unidos  a partir  de 
la  década  de  los  1910:  el  evangelio  social.  Esta  ideología 
surgió  una  vez  que  aparecieron  las  contradicciones  inherentes 
a la  fase  imperialista  del  capitalismo,  la  cual  había  producido 
en  los  Estados  Unidos  fuertes  concentraciones  de  capitales  y 


372 


una  urbanización  acelerada  con  poblaciones  al  margen  del 
bienestar  anunciado.  Pretendía  predicar  un  evangelio  recon- 
ciliador de  la  división  entre  el  capital  y el  trabajo  cuyos 
intereses  no  eran  antagónicos,  como  lo  pretendían  las 
corrientes  políticas  socialistas,  sino  más  bien  comple- 
mentarios, cuando  unos  y otros  hubieran  entendido  a la  luz 
del  cristianismo  sus  responsabilidades  recíprocas. 

Entre  los  grupos  protestantes  de  México  los  principios 
morales  de  la  cristología  liberal  siguien  siendo  vigentes;  sin 
embargo  la  parcialidad  de  la  misión  de  Cristo  como  de  la 
tarea  de  la  iglesia  parece  ubicarse  del  lado  de  los  pobres.  Así 
lo  expresa  Epigmenio  Velazco,  pastor  metodista  quien 
explicaba  en  1916  por  qué  el  pueblo  evangélico  ha  sido 
partidario  de  la  revolución:  eso  . . . 

Consiste  en  que  los  ideales  de  la  revolución  están  de  acuerdo 
con  los  principios  del  evangelio  ...  A nadie  se  le  oculta  que  el 
verdadero  evangelio  hace  del  hombre  un  acérrimo  partidario  de 
la  honradez,  de  la  verdad  y de  la  justicia;  hace  de  él  un 
enemigo  irreconciliable  de  toda  forma  de  inmoralidad  y émulo 
de  Jesucristo,  cuyos  altos  principios  profesa  y practica  de 
corazón;  naturalmente  toma  el  partido  del  pobre  y del 
humilde,  del  oprimido  y el  que  llora  en  tanto  que  aborrece  a 
los  malvados,  a los  tiranos  y a los  verdugos  ^ 7) 

Frente  al  auge  de  las  fuerzas  populares  y la  expresión 
política  populista  surgida  con  la  crisis  del  capitalismo  a escala 
mundial,  el  protestantismo  mexicano  puede  subrayar  que  "el 
cristiano  protestante  es  para  el  pueblo;  su  régimen  es  del 
pueblo  y sus  simpatías  están  con  el  pueblo". 

Jesús  viene  a ser  un  antecedente  de  los  movimientos 
revolucionarios  modernos,  pues  él  . . . 

. . .en  los  campos  de  Judea,  había  presentado  ya  en  términos 
inequívocos  todo  eso,  diciéndonos  que  el  Reino  que  El  venía  a 
establecer  tenía  por  base  precisamente  la  justicia,  la  paz  y el 
amor  ^8). 

Es  interesante  notar  que  a partir  de  estos  años  la  cristo- 
logía protestante  liberal  en  México  está  superada  por  una 
cristología  militante  y "revolucionaria"  que  incluye  precisa- 
mente términos  como  el  de  la  justicia,  totalmente  ausente 
anteriormente,  y el  concepto  del  reino  que  aparece  como 

373 


central.  Si  la  iglesia  evangélica  está  del  lado  de  los  pobres  y 
oprimidos  como  lo  subraya  en  1922  el  profesor  Victoriano 
Báez,  no  apoya  ninguna  forma  de  violencia,  pues  "los  ricos 
son  nuestros  prójimos".  La  meta  es  que  ellos  contribuyan 
también  "a  levantar  al  pobre  y a obtener  un  equilibrio  social 
justo  y razonable"  (191 . El  mismo  autor  apunta  que  "tomando 
pasajes  de  distintos  capítulos  del  evangelio  se  forma  un 
cuerpo  de  doctrina  formidable"  sobre  la  cuestión  social.  Y en 
fin  puede  afirmar  que  "Cristo  fue  el  predicador  socialista  más 
grande  que  jamás  hayan  contemplado  los  siglos"  <201. 

Jesús  viene  a ser  "el  divino  obrero"  y frente  a la  lucha 
entre  el  ala  más  radical  del  movimiento  obrero  y el  sector 
reformista  controlado  por  la  pequeña  burguesía  en  el  poder, 
se  puede  afirmar  en  El  Mundo  Cristiano  de  1926  que 
"habiendo  Jesús  pertenecido  a la  clase  obrera,  tiene  derecho  a 
pedir  un  sitio  en  los  concilios  obreristas''^211  . En  otras 
palabras,  las  iglesias  tienen  por  su  propia  herencia  un  espacio 
reservado  en  la  reivindicación  obrera.  Sin  embargo,  este  Jesús 
para  muchos  . . . 


...  no  fue  revolucionario,  pero  expresó  verdades  que  aplicadas  en 
la  vida  del  mundo  cambiarían  completamente  los  motivos  y las 
acciones  de  los  hombres'221. 


El  carácter  de  clase  de  Cristo  por  su  nacimiento  y su 
obra  aparece  fuertemente  subrayado  durante  estos  años.  Así 
se  destaca  que  . . . 

Jesús  fue  un  obrero  de  la  materia  antes  de  ser  un  obrero  del 
espíritu, fue  pobre  antes  de  llamar  los  pobres  a su  mesa,  a la 
fiesta  de  su  Reino^291. 


Sus  oficios  fueron  . 


..  .de  los  4 más  antiguos  y más  sagrados:  los  del  campesino,  del 
albañil,  del  herrero  y del  carpintero 


Estas  afirmaciones,  que  sin  embargo  siempre  fueron 
matizadas  por  el  carácter  pacífico  y reconciliador  de  la 
misión  de  Cristo,  hacían  eco  de  posiciones  más  radicales  que 
se  oían  en  la  cámara  de  diputados.  Así  en  1927  el  diputado 
Soto  y Gama  pudo  decir: 


374 


Yo  sin  temor  pido  y sigo  gritando  que  enarbolemos  la 
bandera  de  Cristo;  que  alguna  vez  se  oiga  una  voz  diciendo  que 
Cristo  vino  al  mundo  no  a apoyar  a los  ricos,  a los  estados 
sociales  basados  en  la  explotación  y en  la  infamia,  sino  a 
levantar  a los  pobres.  Si  alguna  vez  volviera  Cristo,  estaría  con 
los  revolucionarios  <25) 

El  Cristo  protestante  de  los  años  1920  está  muy  lejos 
aún  del  Cristo  partidario  exclusivo  de  una  clase  social.  Es  un 
Cristo  manipulado  con  el  fin  de  renovar  el  discurso  evangélico 
en  una  situación  de  crisis  económica  y social,  en  donde  las 
iglesias  tienen  que  mostrar  su  compromiso  con  los  cambios 
que  ocurren,  pero  la  ideología  tiene  por  función  el  ocultar  el 
camino  radical  hacia  el  cambio  para  enfatizar  una  vez  más  la 
necesidad  moral  y espiritual  del  cambio  social.  Es  ejemplar  al 
respecto  este  texto  de  Santiago  Flores  en  torno  a la  misión 
social  de  Jesús: 

Jesús  no  olvidó  darnos  las  más  grandes  verdades  para  la 
perfecta  organización  social.  Leed  el  Sermón  de  la  Montaña. 
Es  todo  un  libro  que  en  esquema  contiene  toda  la  ciencia 
social  indispensable  para  la  redención  humana.  Fijaos  bien  que 
él  habla  de  perfección  individual  antes  que  social  porque  es  a 
los  individuos  a quienes  hay  que  salvar  y no  a las  instituciones 
primero  '26) 

Así  las  sociedades  religiosas  protestantes  mexicanas 
logran  adaptar  su  cristología  a las  circunstancias  sociales  y 
políticas.  El  Cristo  viene  a ser  un  "revolucionario”,  un 
socialista,  pero  de  un  toque  distinto  a la  doctrina  que 
desarrollan  las  organizaciones  obreras  más  radicales,  que  ven 
muy  bien  en  las  instituciones  religiosas  tanto  católicas  como 
protestantes  un  enemigo  de  clase.  Las  católicas  por  ser  ligadas 
a un  orden  reaccionario,  y las  protestantes  por  ser  el  barniz 
ideológico  de  un  régimen  reformista  burgués.  Al  momento  de 
la  máxima  radicalización  de  la  revolución  mexicana  bajo  el 
régimen  del  general  Cárdenas  y el  auge  de  movimientos  revo- 
lucionarios anticlericales,  las  iglesias  evangélicas  lograron 
poner  a luz  su  origen  popular  y aún  empezaron  a entender  las 
raíces  de  la  explotación,  pero  nunca  imaginaron  el  cambio  en 
términos  de  revolución  y ruptura,  sino  en  términos  de 
evolución  y reforma  (27)  y eso  en  nombre  de  una  cristo- 
logía que  se  dirigía  tanto  al  pobre  como  al  rico,  y cuyo 


375 


contenido  seguía  siendo  moral  e individual.  Una  vez  pasadas 
las  crisis  y la  tormenta,  el  viejo  discurso  liberal  podría 
reaparecer  no  tocado. 

3.  EL  CRISTO  NEOLIBERAL  Y FUNDAMENTA  LISTA 

Es  interesante  anotar  que  el  fin  del  discurso  populista 
dentro  de  las  iglesias  evangélicas  mexicanas  corresponde 
exactamente  al  fin  del  populismo  y al  principio  de  un 
capitalismo  agresivo  y dependiente  bajo  la  conducción  de  la 
burguesía  empresarial.  Frente  a los  temores  surgidos  del 
énfasis  marcado  en  el  ateísmo  inherente  al  socialismo,  y 
frente  a la  división  del  mundo  en  dos  bloques  antagónicos 
correspondientes  a la  guerra  fría,  los  ideólogos  protestantes 
van  a insistir  más  y más  sobre  una  figura  ideal  de  Cristo.  Los 
textos  de  Federico  Huegel,  publicados  por  la  Nueva 
Democracia  a partir  de  1940,  son  muy  reveladores  al 
respecto.  Sin  embargo,  nos  parece  que  vale  la  pena  fijarnos  en 
la  continuidad  de  la  teología  liberal  al  nivel  popular  a través 
de  todos  los  años  de  crisis,  transmitida  por  el  más  potente 
portavoz;  el  himnario  . De  hecho,  es  interesante  estudiar 
los  Himnos  Selectos  de  Vicente  Mendoza,  los  cuales  ente 
1904  y 1952  tuvieron  10  ediciones  sucesivas  y aumentaron 
de  un  número  inicial  de  40  a más  de  300  cánticos,  de  los 
cuales  la  mayoría  tienen  un  contenido  cristológico. 

Jesús  aparece  como  "el  Rey  soberano",  pero  como  un 
rey  “paciente  y humilde  a mi  lado"  (103).  Cristo  aparece 
como  "el  dulce  amigo",  (116)  el  amigo  que  asegura  una 
protección,  pues  también  es  "el  piloto"  (114)  que  conduce  a 
la  embarcación  en  el  mundo  agitado.  El  autor  aún  puede 
insistir,  "él  me  conduce,  cual  tierno  pastor,  lleva  mi  vida  por 
sendas  de  paz"  (125).  Es  un  Cristo  que  tiene  "tiernos  brazos" 
que  salvan  (123)  y "tierna  voz  y un  amoroso  pecho"  donde 
"siempre  reposaré"  (64). 

Este  Cristo  pacífico  otorga  fundamentalmente  la  "segu- 
ridad" (82),  pues  "nada  se  teme  que  venga  el  conflicto".  Así 
conviene  seguir  a Jesús"  porque  "trae  gozo  inefable"  (86). 
Este  gozo  se  logrará  si  uno  respeta  la  regla  de  oro:  "Obedecer 
y confiar  en  Jesús,  es  la  regla  marcada  para  andar  en  la 
luz"  (95).  Este  Cristo  otorga  una  "paz  inefable"  (98),  "dulces 


376 


bondades"  (104),  "abundancia"  (105),  y más  que  todo 
"felicidad"  (110-209-292-108). 

Unico  sobreviviente  de  los  tiempos  del  populismo, 
descubrimos  un  "himno  del  servicio  social"  (234)  "donde  en 
un  mundo  angustiado  que  espera"  de  cada  cristiano  la  ayuda 
eficaz"  . . . donde  "Las  masas  se  agitan  en  sombra  y dolor"y 
"se  violan  muy  nobles  y santos  derechos"  , . . Cristo  manda  a 
los  cristianos  a "compartir  el  bien  que  él  nos  da". 

Podríamos  buscar  aún  más  citas  y referencias.  Todas 
tenderían  a transmitir  esta  imagen  de  un  Cristo  pacífico,  tan 
elevado  sobre  toda  realidad  social,  que  trasciende  de  manera 
radical  todo  conflicto  en  la  paz  del  ánimo  del  converso.  Este 
Cristo  no  ha  dejado  de  ser  el  Cristo  dominante  del  protestan- 
tismo aún  durante  los  tiempos  en  las  cuales  los  dirigentes 
tuvieron  que  transformar  y adaptar  este  Cristo  a las  circuns- 
tancias políticas.  Incluso  podemos  decir  que  con  la  pérdida 
de  todo  proyecto  histórico  de  parte  de  las  iglesias 
protestantes,  el  Cristo  dominante  en  la  literatura  evangélica  de 
hoy  se  ha  vuelto  conversionista  de  almas,  un  Cristo  obse- 
sionado con  el  crecimiento  de  la  iglesia  y que  ha  perdido 
totalmente  la  perspectiva  del  reino.  Este  Cristo  perdió  hasta 
su  función  "ilustradora",  su  función  educadora  ligada  al 
poryecto  liberal.  Desde  que  este  proyecto  quedó  superado 
por  las  capacidades  económicas  del  estado  moderno,  le  queda 
al  Cristo  protestante  mexicano  replegarse  sobre  la  defensa  de 
los  valores  individualistas  de  la  clase  media  mexicana  en  el 
sentido  específico  que  Juan  Mackay  atribuye  al  siglo  de 
presencia  protestante  en  América  Latina: 

Difícil  es  concebir  algo  más  necesario  en  la  vida  espiritual 
del  mundo  ibérico  que  esa  preocupación  religiosa 
personal  que  al  protestantismo  prende  ...  esa  afirmación 
de  que  en  Jesucristo  y por  medio  de  Jesucristo  puede 
todo  hombre  que  así  lo  desee  acercarse  al  Eterno  y entrar 
en  comunión  con  El  ^9) 

El  divino  maestro  y el  divino  obrero  han  sido  sustituidos 
por  el  monarca  celestial  que  gobierna  un  reino  espiritual 
cuyos  límites  han  sido  establecidos  en  la  esfera  individual  y 
aún  más,  al  nivel  espiritual  y moral.  Estamos  muy  cerca  de 
una  ideología  de  tipo  gnóstico  y del  dualismo  helenista,  el 
cual  nunca  pudo  borrar  totalmente  del  monismo  judío  su 
comprensión  de  un  reino  y de  un  mesías  histórico. 


377 


4.  EL  CRISTO  REVOLUCIONARIO 


A partir  de  los  años  1960,  a raíz  del  desarrollo  de  los 
conflictos  sociales  y ante  la  imposibilidad  de  que  el  sistema 
capitalista  dependiente  solucionara  los  problemas  económicos 
del  pueblo,  cristianos  surgidos  del  protestantismo  histórico 
mexicano  han  tomado  conciencia  de  la  necesidad  de  una 
nueva  ideología  que  puede  responder  a las  situaciones  de 
opresión.  En  primer  lugar,  este  movimiento  conocido  como 
movimiento  ecuménico  (por  su  carácter  interconfesional 
como  por  su  vínculo  con  el  Consejo  Mundial  de  las  Iglesias) 
tomó  un  matiz  antieclesial  al  reaccionar  fuertemente  a la 
ideología  dominante  dentro  de  las  sociedades  religiosas 
mexicanas,  y particularmente  en  contra  del  Cristo  irénico  y 
espiritual.  Se  expresó  esencialmente  con  la  negación  del 
Cristo  dominante. 

Las  declaraciones  del  pastor  metodista  Enrique  Lomas 
hechas  al  tribunal  Russell,  son  muy  representativas  al 
respecto: 

Los  misioneros  —dice  Lomas—  nos  han  transmitido  una 
teología  perfectamente  adaptada  a sus  planes  de  dominación. 
Nos  han  dado  un  Dios  capitalista,  un  Cristo  insípido, 
conformista,  incapaz  de  ayudar  a los  oprimidos.  Han  tomado 
ventaja  de  la  buena  fe  de  los  que  se  han  sentido  llamados  al 
servicio  de  Dios,  un  Dios  que  siempre  toma  partido  de  los 
blancos,  de  los  potentes  y que  mira  con  desconfianza  a la  gente 
pobre  y no  blanca  ^0) 

Con  la  emergencia  de  una  conciencia  revolucionaria 
dentro  de  las  filas  de  pequeños  grupos  de  cristianos 
protestantes  y católicos,  surge  una  nueva  comprensión  de  la 
imagen  cristológica.  Ya  no  es  más  la  comprensión  de  un 
Cristo  que  sea  obrero,  sino  de  un  Cristo  que  se  ha 
comprometido  exclusivamente  con  los  pobres  y que  desde  los 
pobres  llama  a ricos  y pobres  a una  conversión  radical,  la  cual 
no  es  suficiente  en  sí  misma  sino  que  tiene  que  pasar  por  la 
mediación  necesaria  de  los  instrumentos  políticos  (y  si  es 
necesario  militares)  de  la  liberación  de  los  pobres. 

Este  Cristo  es  un  Cristo  revolucionario  y latino- 
americano. El  Cristo  que  inspira  la  acción  de  un  Camilo 
Torres,  y que  motiva  la  participación  en  las  luchas  campesinas 


378 


de  los  años  1950  de  un  pastor  metodista  llamado  Rubén 
Jaramillo.  Este  Cristo  entra  en  rebeldía  abierta  contra  los 
otros  Cristos  que  lo  han  precedido.  Predica  el  amor  y la  vida 
en  un  mundo  cuyas  estructuras  son  mortíferas.  Predica  la 
conversión  no  solamente  del  individuo  como  militancia 
revolucionaria  sino  también  subraya  la  dimensión  terrenal  y 
estructural  del  reino  donde  manará  leche  y miel  para  todos, 
pues  será  un  reino  de  justicia  y paz. 

Una  canción  surgida  al  calor  de  la  lucha  de  un  pueblo 
cristiano  latinoamericano  nos  parece  que  ilustra  mejor  que 
todo  discurso  esta  nueva  imagen  del  Cristo  en  la  conciencia 
cristiana  revolucionaria:  "Cristo  ya  nació  en  Pala- 
cagüina  . . . María  sueña  que  el  hijo  igual  que  su  tata  sea 
carpintero;  pero  el  cipotillo  piensa  mañana  quiero  ser  gue- 
rrillero". 


II.  CONCLUSIONES 

Las  sociedades  religiosas  protestantes  se  insertaron,  vi- 
niendo desde  afuera,  dentro  de  la  formación  social  depen- 
diente. Acompañaron  el  proceso  de  modernización  ligado  a la 
implantación  de!  modo  de  producción  capitalista  y contri- 
buyeron, al  nivel  de  la  superestructura,  a difundir  una 
cosmovisión  y comprensión  del  mundo  afin  a este  modo  de 
producción.  No  sorprende  que  el  pensamiento  de  estas 
sociedades  religiosas  en  torno  a la  persona  de  Cristo  haya 
evolucionado  según  la  realidad  histórica  de  la  formación 
social  mexicana  marcada  por  la  dependencia  de  los  países 
capitalistas  del  centro.  Como  lo  apunta  Jurgen  Motmann; . . . 

...  la  historia  de  la  fe  cristiana  nos  muestra  desde  sus  comien- 
zos ...  que  los  títulos  de  Cristo,  mediante  los  que  las 
comunidades  expresaban  su  fe  y su  esperanza,  han  estado 
condicionados  por  la  historia,  han  variado  según  las  épocas  y 
su  contenido  ha  sido  asimismo  diferente.  De  la  misma  manera 
que  ellos,  ha  variado  la  autocomprensión  de  la  iglesia  a lo  largo 
de  los  tiempos.  La  imagen  de  Cristo  y de  la  iglesia  reflejan 
siempre  "el  espíritu  de  la  época”,  las  circunstancias  politico- 
económicas y las  condiciones  socio-culturales  en  las  que  vivían 
las  comunidades  ^1). 

Como  toda  ideología,  la  "cristología"  a la  vez  legitima 
las  relaciones  sociales  de  producción  y las  absolutiza  como 


379 


inmutables.  Los  Cristos  "divino  maestro"  y "monarca 
celestial"  corresponden  a dos  fases  del  desarrollo  hegemónico 
del  capitalismo  en  México.  Sin  embargo,  la  ideología  tiene 
también  una  cierta  autonomía  relativa,  ligada  a la  función  de 
"protesta"  social  que  carga  a través  de  la  tradición  la  imagen 
del  Cristo  solidario  de  los  pobres  y oprimidos.  En  la  situación 
de  crisis  de  la  hegemonía  económico-política,  resurge  una 
interpretación  de  Cristo  que  había  sido  borrada  o dejada  a un 
papel  secundario. 

Ya  la  imagen  de  Cristo  no  sirve  para  afirmar  la  sociedad, 
sino  más  bien  para  "contestarla"  en  el  caso  del  Cristo  obrero 
con  metas  reformistas.  Esta  "contestación"  se  hace  desde 
dentro  de  la  sociedad  capitalista  dependiente  con  el  fin  de 
humanizar  las  relaciones  entre  capital  y trabajo,  como  se 
decía.  Ahora  parece  surgir  una  tercera  función  mucho  más 
radical  de  la  imagen  de  Cristo,  también  en  un  momento  de 
crisis  del  capitalismo.  La  imagen  del  Cristo  guerrillero  ejerce 
una  función  de  protesta  en  contra  de  la  sociedad  global  con  el 
fin  de  transformarla. 


NOTAS 


(1)  Wood,  Thomas  B.,  "South  America  as  a mission  field",  in 
Protestant  missions  in  South  America,  student  volunteer 
movement  for  foreign  mission,  New-York,  1900,  p.  213. 

(2)  Garza  Mora,  Leandro  "El  cielo".  Ramo  de  Olivo,  Matamoros, 
Nov.  1875.  tomo  3,  N°  1 1 , p.  93. 

(3)  "Editorial",  El  Heraldo,  Ixtapan  de  Oro,  Marzo  31  de  1875, 
p.  67. 

(4)  Bushnell,  Horacio,  "El  carácter  de  Jesús",  en  El  Heraldo,  Ixtapan 
del  Oro,  junio  29  de  1875,  p.  126. 

(5)  Bushnell,  Horacio,  "El  carácter  de  Jesús",  en  El  Heraldo,  Ixtapan 
del  Oro,  julio  19  de  1875,  p.  133. 

(6)  Bushell,  Horacio,  "El  carácter  de  Jesús",  en  El  Heraldo,  Ixtapan 
del  Oro,  agosto  10  de  1875,  p.  151 . 

(7)  Ramo  de  Olivo,  Matamoros,  marzo  1874,  Tomo  2,  N°  3 p.  17. 

(8)  Ibidem.  p.  17. 

(9)  Garza,  José  María,  "A  los  hijos  de  mi  patria",  en  Ramo  de  Olivo, 
Matamoros,  abril  1875,  Tomo  3,  p.  38. 


380 


(10)  Heraldo,  Toluca,  25  de  julio  de  1879,  N°  106. 

(11)  Espinosa  Rodrigo,  "La  ociosidad”,  en  Ramo  de  Olivo, 
Matamoros,  N°  2,  1878,  p.  15. 

(12)  Editorial,  Ramo  de  Olivo,  septiembre  de  1878,  Tomo  5,  N°  9, 
p.  65. 

(13)  Espinosa,  Rodrigo,  "La  ociosidad",  en  Ramo  de  Olivo,  Mata- 
moros, febrero  de  1878,  Tomo  5,  N°  2,  p.  15. 

(14)  "El  buen  pastor",  editorial,  en  El  Heraldo,  Toluca,  28  de  septiem- 
bre de  1877,  p.  18. 

(15)  Como  lo  subraya  bien  Willems,  Emilio,  Followers  of  the  new 
faith,  Vanderbit  Univ.  press,  1966,  p.  1 1 : "Como  en  América 
(Estados  Unidos),  el  misionero  empezó  de  la  presuposición  que  el 
hombre  y Dios  debían  construir  juntos  un  mundo  decente". 

(16)  Se  puede  consultar  en  particular  como  ejemplo  de  la  ideología  del 
misionero  el  libro  de  Butler,  John  W.,  Sketches  of  México,  Hunt 
and  Eaton,  New-Vork,  1894. 

(17)  Velasco,  Epigmenio,  "Por  qué  el  pueblo  evangélico  ha  sido  parti- 
dario de  la  Revolución",  en  El  abogado  Cristiano,  México,  julio 
de  1916,  Tomo  XI,  p.  473. 

(18)  "El  problema  obrero".  El  Mundo  Cristiano,  México,  D.F.,  26  de 
enero  de  1922,  p.  75. 

(19)  Báez,  Victoriano,  "Las  necesidades  de  la  hora",  en  El  Mundo 
Cristiano,  México.  D.F.,  1922,  p.  796. 

(20)  Báez,  Victoriano,  Ibidem,  p.  797. 

(21)  "Jesús  el  divino  obrero",  editorial.  El  Mundo  Cristiano,  México, 
D.F.,  1926,  p.  260. 

(22)  "¿Fue  Jesús  un  revolucionario?  ",  El  Mundo  Cristiano,  México, 
D.F.,  1926,  p.  111. 

(23)  "El  Carpintero",  editorial,  El  Mundo  Cristiano,  México,  D.F., 
1926,  P. 353. 

(24)  "El  Carpintero",  ibidem,  p.  353. 

(25)  Soto  y Gama,  discurso  en  la  cámara  de  diputados.  El  Mundo 
Cristiano,  México,  D.F.,  enero  de  1927,  p.  10. 

(26)  Flores,  Santiago  G.,  "La  misión  social  de  Jesús",  El  Mundo 
Cristiano,  México,  D.F.  enero  8 de  1925,  p.  38. 

(27)  Cf.  el  documento  publicado  en  1934  por  el  Comité  ejecutivo  del 
Concilio  Nacional  de  Iglesias  Evangélicas  de  México,  intitulado 
"El  Cristianismo  evangélico  en  México,  su  tradición  histórica,  su 
actuación  práctica,  sus  postulados  sociales",  México,  D.F.,  1934. 

(28)  Mendoza  Vicente,  Himnos  Selectos,  Editorial  Jakez,  México, 
D.F.,  1952.  Al  lado  de  cada  cita  aparece  entre  paréntesis  el 
número  del  himno. 

(29)  Mackay,  Juan,  El  Otro  Cristo  Español,  C.U.P.,  México,  1952, 

p.  260. 

(30)  Lomas  Arellano,  Enrique  'The  gospel:  opium  or  message  of  libe- 
ration",  en  IDOC  Bulletin,  noviembre  1975,  págs.  12—16. 


381 


También  retomado  en  Macín,  Raúl,  Una  casa  sin  puertas, 
Ed.  Céneos,  México,  1976. 

(31)  Moltmann,  Jurgen,  La  iglesia  fuerza  del  espíritu,  Sígueme,  Sala- 
manca, 1978,  p.  90. 


BIBLIOGRAFIA  PARA  EL  ESTUDIO 
DE  LA  HISTORIA  DE  LA  TEOLOGIA 
PROTESTANTE  EN  MEXICO 


A.  MONOGRAFIAS 


I.  El  liberalismo  1870-1910 

Pressly,  Neil  E.  Reglamentos  de  la  Iglesia  presbiteriana  asociada  refor- 
mada, imprenta  universal  de  Vapor,  México,  1887. 

Butler,  William,  México  in  transition,  New-York,  Hunt  and  Eaton, 
1892. 

Butler,  John  Wesley,  Sketches  of  México,  Hunt  and  Eaton,  New  York, 

1894. 

Holding,  Nanie  Emory,  A decade  of  mission  Ufe  in  Mexican  mission 
homes,  House  of  Methodist  Episcopal  Church,  south,  Nashville, 

1895. 

Winton,  George  B.  A new  era  in  oíd  México,  Nashville,  Tenn., 
Publishing  house  Methodist  episcopal  church  south  1905. 

Buther,  John  Wesley,  México  coming  into  light,  ed.  Jeannings  and 
Graham,  Cincinnati,  1907. 

Brown,  Hubert,  Latín  America,  New-York,  ed.  by  young  people 
missionary  movement  of  the  USA  and  Cañada,  1909. 

Rankin,  Melinda,  Veinte  años  entre  los  Mexicanos,  México,  Casa  Unida 
de  Publicación  El  Faro,  1958  (reedición). 


Estudiar  los  escritos  de: 

Pascoe,  Juan,  en  EL  HERALDO,  periódico  cristiano  evangélico  indepen- 
diente publicado  por  el  mismo  desde  Toluca  y luego  Ixtapandel 
Oro  de  1875  hasta  1887.  Redactaba  los  editoriales. 

Garza  Mora,  Leandro,  en  El  Faro,  periódico  presbiteriano  de  1885  hasta 
1911.  Uno  de  los  fundadores  mexicanos  del  presbiterianismo. 


382 


II.  El  evangélico  social:  1910—1940 

2.1.  Monografías  en  español  y/o  escritas  por  teólogos  Mexicanos  y 
Norteamericanos. 

Mathews,  Shailer,  Estudios  de  socialismo  cristiano,  México,  ed.  El  Faro, 
1918. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  Hacia  la  renovación  religiosa  de  hispa- 
noamérica  México,  C.U.P.,  1930. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  El  porqué  del  protestantismo  en  México, 
México  C.U.P.,  México,  1930. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  Principios  y método  de  la  educación  cristiana, 
México,  1933. 

El  Cristianismo  evangélico  en  México,  su  tradición  histórica,  su 
actuación  práctica,  sus  postulados  sociales.  Concilio  Nacional  de 
Iglesias,  México  D.  F.,  1934. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  La  verdad  y los  errores  del  marxismo,  México, 
C.U.P.,  1934. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  y Kenneth  Grubb,  Religión  in  the  republic  of 
México,  New-York,  World  dominión  press,  1935. 

Rembao,  Alberto,  Lupita,  New-York,  Friendship  press,  1935. 

Huegel,  Federico,  The  cross  of  Christ,  the  throne  of  God,  London, 
Marshall,  Morgan  and  Scott,  1935. 

Rembao,  Alberto,  Mensaje,  movimiento  y masa,  Buenos  Aires,  La 
Aurora,  1938. 

Rembao,  Alberto,  Meditaciones  neoyorkinas,  Buenos  Aires,  La  Aurora, 
1939. 


2.2.  Monografías  en  inglés. 

Escritas  por  Misioneros: 

Dale,  James,  México  and  our  Mission,  Lebanon  pa.,  Sowers  ed.,  1910. 

Winton  George,  México  today,  New-York,  Missionary  education 
movement,  of  the  USA  and  Cañada,  1913. 

Drees,  Adan,  Thirteen  years  in  México,  New-York,  the  abingdon  press, 
1915. 

Salmans,  Levi  B.,  Médico-evangelism  in  Guanajuato,  Guanajuato  1919. 

Eaton,  James  Demarest,  Life  under  two  flags,  New-York,  Barnes  and 
Co.  1922. 

Ross,  William,  Sunrise  in  Aztec  Land,  Texas  presbiterian  committe  of 
publication,  1922. 

Wheeler,  Dayand  Rodger,  Modern  missions  in  México,  Filadelfia,  The 
Westminster  Press,  1925. 

Chastain,  James  G.,  Thirthy  years  in  México,  New-York,  the  abingdon 
press  1927. 


383 


Inman,  Samuel  New  aspects  of  christian  work  ¡n  México,  mimeo,  1934. 
Ireland,  Elma,  Fifty  years  with  our  mexican  neighbours,  the  bethany 
•press,  1944 

Halliday,  W.  C.,  México  looks  up,  ed.  Par,  Río  Verde,  México,  1951. 


III.  Desarrollismo:  1940—1960 
(Neo-funda  mentalismo) 

Conferencia  nacional  de  obreros  evangélicos,  enero  17—19  de  1940, 
México,  Publicaciones  del  concilio  nacional  evangélico  de  México, 
s.f. 

La  misión  de  la  iglesia  en  la  hora  presente,  primer  congreso  nacional 
evangélico,  CUP,  México,  1940. 

Merle,  Davis,  La  base  económica  de  la  iglesia  evangélica  en  México, 
Londres,Nueva  York,  Concilio  internacional  misionero,  1941. 

Huegel,  Federico,  Cumbres  de  redención,  México,  C.U.P.,  1943. 

Rembao,  Alberto,  Democracia  trascendente,  México,  C.U.P.,  1945. 

Montemayor,  Cosme,  El  protestantismo  en  México.  México,  Casa 
Presbiteriana  de  publicaciones,  1945. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  El  protestantismo  en  Iberoamérica,  Buenos 
Aires,  La  Aurora,  1946. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  El  artista  y otros  poemas,  Buenos  Aires,  La 
Aurora,  1946. 

Huegel,  Federico,  Luces  sobre  el  sendero,  México,  C.U.P.,  1948. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  El  oasis  (drama  de  navidad),  México,  C.U.P., 
1949. 

Rembao,  Alberto,  Discurso  a la  nación  evangélica,  apuntes  para  un 
estudio  de  la  transculturación  religiosa  en  el  mundo  de  habla 
española,  Buenos  Aires,  La  Aurora,  1949. 

Rembao,  Alberto,  Chihuahua  de  mis  amores,  México,  1949. 

Huegel,  Federico,  Flor  de  santidad,  México,  C.U.P.,  1950. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  Las  manos  de  Cristo,  México,  C.U.P.,  1950. 

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1954. 

Primer  Congreso  de  Iglesias  evangélicas,  ponencias  y resoluciones, 
Guadalajara,  mayo  de  1956,  Comisión  editorial,  San  Luis  Potosí, 
1956. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  Los  manuscritos  de  Qumrán,  México, 
C.U.P.,  1957 

Rembao,  Alberto,  Pneuma,  los  fundamentos  teológicos  de  la  cultura, 
México,  Centro  Evangélico  unido,  C.U.P.,  1957. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  La  tarea  de  los  cristianos  en  la  era  atómica  y 
de  los  satélites,  México,  ed.  Luminar,  1959. 


384 


IV.  Social  democracia:  1960—1980 

(Fundamentalismo  versus  teología  de  la  liberación) 

Ba'ez  Camargo,  Gonzalo,  Protestantes  enjuiciados  por  I a inquisición  en 
Iberoamérica,  México,  C.U.P.,  1960. 

Ba'ez  Camargo,  Gonzalo,  la  nota  evangélica  en  la  poesía  hispa- 
noamericana, México,  ed.  Luminar,  1960. 

Ba'ez  Camargo,  Gonzalo,  El  Comunismo,  el  cristianismo  y los  cristianos, 
México,  C.U.P.,  1960. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  Genio  y espíritu  del  metodismo  wesleyano,  Mé- 
xico, C.U.P.,  1962. 

Semblanza  bio-bibliográfica  de  Gonzalo  Báez  Camargo,  1913—1963. 
México  D.F.  Costa  Amic,  1963. 

Huegel,  Báez  Camargo  y otros,  Los  protestantes  y el  segundo  concilio 
Vaticano,  México,  C.U.P.,  1964. 

Macin  Raúl,  La  base  bíblica  y arminiana  del  credo  metodista,  México, 
Tésis,  Miemo,  1964. 

Macin  Raúl,  Casi  cristiano,  México,  CUPSA,  1964. 

Huegel  Federico,  That  oíd  serpent  the  devil,  Grand  rapid,  Michigan, 
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Macin,  Raúl,  La  vergüenza  de  Dios,  ediciones  ISAL,  México,  1970. 

Macin,  Raúl .Jaramillo,  un  profeta  olvidado,  Montevideo,  Tierra  Nueva, 
1970. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  A la  casa  del  señor  iremos,  México,  Comisión 
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Gaxiola  Manuel,  La  serpiente  y la  paloma,  South  pasadena.  Cal.  William 
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México,  Arte  y periodismo,  1971. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  URSS,  cárcel  del  pensamiento,  México,  Arte  y 
periodismo,  1971. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  Para  que  el  mundo  crea  (reflexiones  sobre  la 
unidad  cristiana)  México,  Costa  Amic  ed.,  1971 . 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  Voces  perdurables  de  nuestro  tiempo,  México, 
C.U.P.,  1971. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  Los  protestantes  en  la  revolución  mexicana" 
en  Estudios  ecuménicos,  1971/1 1,  pp.  14—16. 

Macin  Raúl,  Mendez  Arceo,  político  o cristiano,  México,  ed.  Posada, 
1972 

Nuevas  formas  de  educación  teológica  para  el  proceso  de  liberación  en 
América  Latina,  en  Movimiento  Resurrección  Seminario  Bautista 
de  México  1972. 

Macin,  Raúl,  Zapata  1973,  México,  editorial  hombre  nuevo,  1973. 

Macin  Raúl,  Los  protestantes  en  México,  en  Cristianismo  y sociedad, 
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Semblanza  bibliográfica  de  Gonzalo  Báez  Camargo,  México,  Costa 
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Báez  Camargo,  Gonzalo,  Biografía  de  un  Templo,  Centro  de  estudios 
históricos  dél  Metodismo  en  México.  México  1973. 

Huegel,  Federico,  ¿Porqué Jesús?  un  encuentro  inspirador  y retador, 
México  C.U.P.,  1974. 

Macin  Raúl,  A la  Vida,  ed.  Isal,  México  1974. 

Macin  Raúl,  Medios  de  comunicación  y mitos  alienantes,  en  Contacto, 
Año  2 N°  4,  Agosto  1974. 

Huegel  Federico,  Florilegio  de  sermones,  México,  CUP,  1976. 

Lomas  Enrique,  "Penetración  imperialista  por  medio  de  tas  iglesias 
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Macin  Raúl,  Una  casa  sin  puertas,  México,  Céneos  ed.  1976. 

Macin  Raúl,  La  iglesia  hoy,  clero  de  derecha  o clero  de  izquierda, 
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Macin  Raúl,  Eva  no  fue  una  mujer,  Buenos  Aires,  Tierra  Nueva,  1977. 

Macin  Raúl,  Lefevbre,  obispo  maldito,  México,  Posada,  1977. 

Macin,  Raúl,  A la  muerte  de  la  muerte,  poemas,  Col.  Testimonios, 
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Gaxiola  Manuel,  Pasado,  presente  y futuro  del  protestantismo  en 
México,  mimeo,  México,  8 p.p.  1977. 

Gaxiola,  Manuel,  Some  trends  in  Latín  american  pentecostalism, 
mimeo,  México. 

Gaxiola  Manuel,  La  cuestión  no  dilucida,  Mimeo,  México,  pp.  5,  1977. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  Breve  historia  del  canon  bíblico,  México 
ed.  Luminar,  1979. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  Marxismo,  ciencia  pura  o ciencia  ficción, 
México,  ed.  Jus.  1979. 

Báez  Camargo,  Gonzalo,  "Protestantismo  en  Iberoamérica",  en  Opi- 
niones internacionales.  Junio  1979,  vol.  2,  N°  12. 

Macin  Raúl,  Lectura  revolucionaria  de  la  biblia,  México,  ed.  Diógenes, 
1979. 

Poza  Baca  Rafael.  Nuestras  Raíces,  Unión  Nacional  Bautista  de  Jóvenes, 
México,  1979. 


B.  PERIODICOS 
1.  Liberalismo:  1870—1910 

Presbiterianos 

El  Faro,  México  D.F.  1885-1911. 

Metodistas 

El  Abogado  Cristiano,  México  D.F.,  1877—1913. 


386 


Bautistas 

La  Luz  Bautista,  México  D.F.  1885—1886. 

El  Cristiano  Bautista,  Monterrey  Mayo  1904-Abril  1910. 

Sociedad  de  los  Amigos 
El  Iris  de  Paz,  Matamoros,  enero-oct.  1876. 

El  Ramo  de  Olivo,  Matamoros,  1874—1875  y 1877—1878. 
El  Ramo  de  Olivo,  Cd.  Victoria,  enero  1905-dic.  1906. 

Congregacionales 

El  Testigo,  Guadalajara,  enero-dic.  1901 
enero-dic.  1905 
enero  1910-dic.  1911 

Independiente:  misión  inglesa 
El  Heraldo,  Toluca  enero  1875-dic.  1875. 

enero  1877-junio  1880 

El  Heraldo,  Ixtapan  del  Oro,  Nov.  1880-julio  1884. 

Agosto  1884-sept.  1887 


2.  Populismo  y evangelio  social:  1910—1980 

Presbiterianos 

El  Faro,  México  D.F.,  1917-1918. 

Metodista 

El  Abogado  Cristiano,  México  D.F.,  1916—1918  y 1928. 
Bautistas 

La  Luz  Bautista,  Monterrey  nov.  1927-oct.  1931. 

El  Atalaya  Bautista,  El  Paso,  Texas,  julio-dic.  1925 
El  Bautista,  León,  enero-dic.  1911. 

I nterdenominacional 

El  Mundo  Cristiano,  México  D.F.,  1920—1928. 


3.  Desarrollismo  y social  democracia:  1940—1980 

El  Faro  (Presbiteriano) 

El  Evangelista  Mexicano  (Metodista). 

Presencia  (Metodista). 

La  Luz  Bautista  (Bautista). 

Taller  de  Teología  (Comunidad  Teológica  de  México) 


387 


C.  HIMNARIOS 


Mendoza  Vicente,  Himnos  Selectos,  México  ed.  Jakez,  1952. 

Himnario  Metodista,  México  D.F.  1948. 

El  Nuevo  Himnario  Popular,  Casa  Bautista  de  Publicaciones.  El  Paso, 
1959. 


D.  SERMONES 


The  American  National  preacher,  New  York,  Dickinson  ed.,  1834.  / 
Gutiérrez  Cortés,  Rolando  Sermones,  en  el  Boletín  de  la  Iglesia  Bautista 
Horeb,  México  D.F.  1975—1980. 


388 


CARMELO  ALVAREZ 


El  pensamiento  protestante  en  Puerto  Rico 


El  protestantismo  llega  a Puerto  Rico  a fines  del  siglo 
XIX  como  parte  de  la  invasión  norteamericana.  Se  habían 
realizado  algunos  intentos  antes  de  esa  fecha,  pero  fueron 
brotes  muy  esporádicos. 

Al  llegar  los  norteamericanos  las  diferentes  Juntas  Misio- 
neras se  organizaron  y planificaron  su  estrategia  para  esta- 
blecer iglesias  en  la  Isla  . . . Los  presbiterianos,  luteranos, 
bautistas,  discípulos  de  Cristo  y metodistas  se  establecen 
durante  el  año  1899.  Muy  pronto  se  convencieron  de  la 
necesidad  de  un  COMITE  DE  ACUERDO  que  funcionó  como 
árbitro  y distribuyó  el  trabajo  por  zonas.  De  esa  manera  los 
presbiterianos  ocuparon  la  zona  oeste,  los  bautistas  y 
metodistas  la  sección  central  y los  discípulos  de  Cristo  el 
norte. 

Hay  dos  elementos  fundamentales  que  deben  ser  to- 
mados en  consideración  para  escribir  la  historia  del  protes- 
tantismo puertorriqueño  y su  trayectoria  teológica:  El 
destino  manifiesto  y el  pietismo. 

El  destino  manifiesto  ha  sido  cualificado  como  la  ideo- 
logía que  sustenta  y preside  el  movimiento  misionero  del 
siglo  XIX,  particularmente  en  los  movimientos  misioneros  de 
Inglaterra  y Estados  Unidos.  Es  importante  no  olvidar  que  el 


389 


siglo  XIX  es  el  "gran  siglo  misionero  protestante” 
(Latourette),  que  coincide  con  el  expansionismo  económico 
de  Europa  hacia  América  Latina,  Asia  y Africa.  Por  ello  todo 
intento  misionero  que  surge  en  Inglaterra  y EE.  UU.  es  ana- 
lizado y concertado  dentro  de  los  planes  expansionistas 
ingleses.  David  Livingstone  y Guillermo  Carey  son  los  misio- 
neros que  mejor  ejemplifican  esta  situación. 

La  ideología  del  destino  manifiesto  muestra  claramente 
un  contenido  teológico  que  ha  sido  determinante  en  el  pensa- 
miento de  las  iglesias  protestantes  puertorriqueñas.  Cuando  el 
General  Mills  declara  a su  llegada  a las  playas  puerto- 
rriqueñas que  los  Estados  Unidos  vienen  como  portadores  de 
la  Libertad,  como  gente  libre  que  vive  en  justicia;  a traernos 
prosperidad,  lo  hace  bajo  el  signo  de  una  civilización 
cristiana.  El  presidente  McKinley  en  una  ocasión  expresó  que 
no  se  podía  abandonar  a Puerto  Rico  y a Las  Filipinas  a su 
propia  suerte  porque  era  Dios  quien  responsabilizaba  a los 
Estados  Unidos  del  progreso  y bienestar  de  aquellos  pueblos. 
Era  en  un  momento  de  oración  que  él  había  recibido  ese 
llamado.  El  llamado  misionero  era  a expandir  esta  gran 
civilización  cristiana.  Estamos  frente  a la  cristiandad 
moderna. 

Las  iglesias  en  Puerto  Rico  han  asimilado  esta  ideología. 
Creen  firmemente  que  la  fe  evangélica  está  indisolublemente 
ligada  al  "american  way  of  life”.  La  misión  de  la  iglesia  es 
proclamar  las  bendiciones  de  ese  "reino”  que  se  ha  mani- 
festado en  las  instituciones  democráticas  de  los  Estados 
Unidos.  No  hay  tiempo  para  analizar  a fondo  este  problema, 
pero  parte  del  trabajo  a realizarse  sobre  este  aspecto  consiste 
en  estudiar  pronunciamientos,  actas  de  asambleas  y revistas 
como  EL  PUERTO  RICO  EVANGELICO  para  constatar  la 
asimilación  teológico-ideológica  que  ha  sufrido  el  protes- 
tantismo puertorriqueño. 

El  pietismo  constituyó  un  movimiento  en  el  Valle  del 
Rhin  que  conmocionó  al  protestantismo  europeo.  Su  protesta 
inicial  había  sido  dirigida  al  dogmatismo  en  que  había  caído 
el  protestantismo.  A través  de  una  "theo/ogia  cordis"  inten- 
taba recuperar  la  visión  primigenia  del  evangelio.  Se  com- 
binaron en  su  teología  un  apego  al  mensaje  bíblico  y una 
cristología  del  dulce  Jesús. 


390 


El  protestantismo  latinoamericano  y en  particular  el 
puertorriqueño  recibe  el  impacto  de  esta  teología  a través  de 
los  misioneros.  La  mayoría  de  los  misioneros  traían  una 
fuerte  carga  pietista  junto  con  la  visión  del  destino  manifiesto 
antes  mencionado.  La  tarea  evangelizadora  era  vista  como  un 
esfuerzo  moralizante  y un  llamado  para  aceptar  al  dulce 
Jesús.  Sería  necesario  analizar  los  sermones  de  misioneros  y 
los  folletos  evangel ísticos  de  las  iglesias  para  corroborar  ese 
contenido  teológico. 

Por  otro  lado,  el  evangelio  que  se  predicó  fue  mayor- 
mente aquel  de  las  ofertas  sin  enfatizar  el  compromiso,  los 
retos  del  Reino  de  Dios.  Hasta  el  día  de  hoy  ésta  es  la  tónica 
y enfoque  de  la  predicación  protestante  de  las  iglesias  puerto- 
rriqueñas. Se  enfatiza,  además,  una  fe  personal,  desencarnada 
de  toda  dimensión  comunitaria  y mucho  menos  política  y 
social.  Toda  la  predicación  resulta  ser  moralizante,  pero  no 
transformadora.  Neftalí  García  ha  llamado  a ésta  una  "ideo- 
logía de  la  neutralidad". 

La  "ideología  de  la  neutralidad”  se  sustenta  sobre  el 
principio  del  apoliticismo,  pero  defendiendo  lo  "justo".  Sin 
llegar  a plantearse  social,  económica  y políticamente  el 
problema  de  la  injusticia,  la  razón  fundamental  por  la  cual 
existen  pobres  y ricos.  Todo  conflicto  social  es  exclusi- 
vamente producto  del  egoísmo  personal  y convirtiendo  al 
individuo  se  sanará  la  sociedad. 

Este  primer  período  de  dominio  misionero  llega  hasta 
los  años  30.  Esto  es  así  porque  es  a partir  de  ciertos  intentos 
de  rompimiento  con  el  patrón  misionerista  que  viven  algunas 
iglesias  que  se  comenzarán  a reconocer  y a vivir  conflictos 
entre  pastores  nacionales  y misioneros. 

Dos  elementos  claves  surgen  en  este  conflicto.  Las  igle- 
sias intentan  salir  del  tutelaje  eclesiástico  norteamericano  sin 
plantearse  el  problema  colonial  de  Puerto  Rico  y sin  entrar  en 
un  análisis  económico  y político  del  problema.  Por  otro  lado, 
entra  en  crisis  el  modelo  pastoral  misionero.  Hasta  ese 
momento  la  formación  teológica  y la  teología  pastoral  que  se 
ha  formulado  queda  enmarcada  dentro  de  una  teología 
conservadora,  con  una  ética  de  preservación  y una  ecle- 
siología  de  "ensimismamiento".  Todavía  nos  falta  un  estudio 
a fondo  sobre  los  modelos  pastorales  que  permita  rescatar 


O 


391 


intuiciones  válidas,  particularmente  en  el  área  rural  de  la  Isla 
entre  1930  y 1940.  Además,  hay  que  determinar  la  influencia 
que  ha  tenido  el  liberalismo  en  su  aspecto  teológico.  Los 
intentos  de  avanzada  teológica  estuvieron  presididos  por  el 
liberalismo.  La  institución  protestante  más  prestigiosa  del 
país,  el  Seminario  Evangélico  de  Puerto  Rico,  ha  sido  el 
baluarte  y portaestandarte  de  la  teología  liberal  y subsecuen- 
temente de  las  teologías  progresistas.  Los  dos  teólogos  que 
mayor  impacto  causaron  entre  las  iglesias  protestantes  fueron 
Domingo  Marrero  y Angel  Mergal,  ambos  formados  por 
misioneros,  pero  imbuidos  por  las  corrientes  progresistas  de  la 
teología  protestante  en  los  Estados  Unidos.  Ambos  fueron 
estudiantes  en  el  Seminario  Unión  de  Nueva  York  donde 
estudiaron  con  Paul  Tillich  y Reinhold  Niebuhr.  Estos  dos 
teólogos  beben  en  la  fuente  de  la  teología  de  ¡a  crisis  (Barth, 
Bultmann,  Brunner,  Niebuhr,  etc.),  pero  intentan  "puerto- 
rriqueñizar"  sus  posturas  teológicas.  Sería  necesario  un 
estudio  de  los  materiales  inéditos  de  estos  autores  y el 
material  disperso  en  revistas  universitarias  y religiosas  de 
Puerto  Rico.  Esta  es  una  tarea  difícil,  pero  importante  para 
poder  aquilatar  correctamente  el  devenir  del  pensamiento 
protestante  en  nuestra  Isla. 

Uno  de  los  núcleos  de  fermento  teológico  durante  los 
años  60  fue  la  Fraternidad  de  Universitarios  Evangélicos. 
Sostenida  por  capellanes  como  el  Rev.  Samuel  Silva  se  mani- 
fiesta un  interés  primeramente  en  la  renovación  de  la  iglesia 
y más  adelante  en  una  ética  de  transformación  social  y 
política. 

A partir  de  los  años  70  ocurre  un  fenómeno  interesante 
dentro  de  las  iglesias.  Cuando  en  1968  gana  por  primera  vez 
las  elecciones  el  Partido  Nuevo  Progresista  (anexionista)  se 
recrudece  y aflora  un  sentimiento  anti-comunista  y pro- 
norteamericano muy  marcado.  En  casi  todas  las  iglesias  se 
inicia  un  proceso  de  “cacería  de  brujas”  para  expulsar  a los 
sectores  progresistas  entre  los  pastores  y laicos.  Se  legitima 
dicha  persecución  con  un  "avivamiento  de  Dios”  que  está 
dirigido  a confirmar  a los  verdaderos  siervos  de  Dios  y 
corregir  la  malsana  "teología  política  y mundana”.  Hay 
mucha  confusión  política  e ideológica  dentro  de  este 
avivamiento  porque  algunos  sectores  liberales  son  identi- 
ficados con  sectores  de  la  teología  de  la  liberación  que 


392 


todavía  en  ese  momento  son  incipientes.  El  costo  político  y 
sobre  todo  el  costo  institucional  es  muy  alto.  Se  inicia  una 
fuga  de  pastores  jóvenes  de  dichas  iglesias. 

Mientras  ésto  ocurre  las  clases  dirigentes  están  teológica 
y políticamente  viviendo  en  una  esquizofrenia.  Se  refugian  en 
posturas  teológicas  conservadoras,  pero  no  pueden  orientar  a 
sectores  amplios  de  la  iglesia  que  exigen  claridad  teológica  y 
capacidad  pastoral.  Parte  del  conflicto  surge  por  la  crisis  de 
modelos  pastorales  que  había  arrastrado  el  protestantismo 
puertorriqueño  desde  los  años  20.  Al  querer  sólo  adecuar  los 
modelos  pastorales  norteamericanos  a la  realidad  colonial  de 
Puerto  Rico  se  crea  un  gran  vacío  en  la  feligresía. 

Hay  un  fenómeno  político-social  que  tiene  impli- 
caciones eclesiológicas.  Se  trata  de  las  estructuras  de  poder  en 
las  iglesias  protestantes.  Hay  un  elemento  caudillista  y una 
recurrencia  a la  autoridad  centralizada  que  escapa  incluso  a 
los  planteamientos  teóricos  de  la  mayoría  de  las  iglesias.  Una 
cosa  son  las  constituciones,  otra  el  proceso  real  para  la  toma 
de  decisiones.  Creo  que  este  problema  debe  ser  analizado  y 
trabajado  con  detenimiento. 

A través  de  toda  esta  crisis  que  atraviesan  a las  iglesias  se 
replantea  un  problema  que  había  sido  ignorado.  Los 
esfuerzos  ecuménicos  tradicionales  se  debilitaron  y mostraron 
la  crisis  que  sufrían  las  iglesias.  Se  podrían  mencionar  al 
Seminario  Evangélico,  acusado  de  ser  el  propiciador  de 
nuevas  tendencias  teológicas,  el  Concilio  Evangélico  y otros. 
Lo  importante  es  que  las  iglesias  han  tenido  que  rectificar  su 
política  ecuménica  y volver  a sus  instituciones  tradicionales 
porque  ésta  es  la  mejor  garantía  para  mantener  el  status  quo. 
En  otras  palabras,  no  eran  las  instituciones  ecuménicas  tradi- 
cionales las  culpables  de  aquellos  conflictos. 

Los  conflictos  obedecían  a la  propia  estructura  de  la 
iglesia  y era  necesario  profundizar  en  su  raíz  social  y política. 
La  iglesia  era  y es  un  hecho  conflictuado.  Por  otro  lado,  la 
división  social  iba  acompañada  por  una  discrepancia  teológica 
sobre  el  modo  de  entender  a Cristo  y la  encarnación  de  la 
propia  iglesia.  Este  hecho  siempre  ha  sido  soslayado  con  un 
pretexto  biblicista:  la  Biblia  es  rmjy  clara,  la  salvación  que 
Cristo  ofrece  es  personal  y el  llamado  es  a una  entrega 
personal.  Hubo  iglesias,  como  la  Convención  de  Iglesias 


393 


Discípulos  de  Cristo,  que  emiten  un  juicio  sobre  el  señorío  de 
Jesucristo  a partir  de  una  interpretación  espiritualista,  pero 
con  un  clara  intención  política.  Todo  el  que  confundiera  el 
reino  de  los  cielos  con  el  reino  de  este  mundo  era  declarado 
anatema. 

Otro  aspecto  que  debe  ser  estudiado  con  detenimiento 
en  el  protestantismo  puertorriqueño  es  el  de  la  educación. 
Hay  tres  niveles  de  este  problema  que  deben  ser  analizados:  la 
educación  cristiana  de  las  iglesias  locales,  los  colegios  y los 
institutos  y seminarios. 

La  educación  cristiana  de  las  iglesias  locales  ha  sido 
circunscrita  a la  escuela  dominical  y los  estudios  bíblicos.  La 
primera  se  ha  encargado  de  mantener  cautiva  la  creatividad  de 
los  laicos,  no  solo  por  los  aspectos  metodológicos  que  la 
presiden,  sino  por  el  contenido  alienante  y repetitivo  de  sus 
temas.  Los  estudios  bíblicos  refuerzan  el  criterio  funda- 
mentalista  y son  manipulados  en  función  del  autoritarismo  de 
los  pastores. 

Los  colegios  se  han  constituido  en  los  instrumentos  de 
penetración  ideológica  del  modus  vivendí  norteamericano. 
Todo  el  énfasis  en  el  individualismo,  las  artes  liberales  y la 
concepción  del  mundo  moderno  se  presenta  con  el  ropaje  de 
una  educación  cristiana  que  en  sus  implicaciones  éticas  es 
muy  puritana.  El  evangelio  se  debe  preparar  para  enfrentar 
los  retos  de  la  sociedad  moderna,  pero  sin  contaminarse  con 
sus  "vicios"  morales.  La  ética  individual  es  separada 
totalmente  de  la  ética  social. 

Los  programas  educativos  de  los  seminarios  e institutos 
deben  obedecer,  según  esa  óptica  protestante  conservadora,  a 
los  patrones  ministeriales  establecidos  por  las  iglesias  para 
mantener  y alimentar  la  fase  pastoral  del  trabajo  eclesiástico, 
pero  no  su  dimensión  profética.  Otra  perspectiva  sobre  el 
mismo  problema  es  la  que  han  planteado  muchas  iglesias  al 
exigir  que  los  seminarios  aporten  herramientras  académicas 
en  la  formación  de  pastores,  pero  no  desarrollar  una  mente 
crítica  y reflexiva  que  le  permita  formular  nuevos  modelos 
pastorales.  Los  intentos  realizados  por  el  Seminario  Evan- 
gélico de  Puerto  Rico  en  esa  dirección  han  sido  siempre  criti- 
cados y en  ocasiones  censurados. 


394 


Muchos  de  los  problemas  que  hemos  apuntado  aquí 
deben  ser  analizados  a la  luz  de  una  postura  teológica  que 
permee  al  protestantismo  puertorriqueño.  Se  trata  de  una 
visión  incorrecta  del  reino  de  Dios.  Las  iglesias  viven 
pensando  en  sí  mismas,  condicionadas  por  un  deseo  incons- 
ciente de  imitar  el  poderío  y la  grandeza  de  sus  correspon- 
dientes denominaciones  en  los  USA.  Para  ellos  es  vital  el 
desarrollo  económico  y el  crecimiento  numérico  como 
prueba  de  su  cumplimiento  de  la  misión.  Esta  percepción  del 
reino  y de  la  evangelización  y misión  de  la  iglesia  debe 
estudiarse  a fondo  en  la  medida  en  que  las  iglesias 
continúan  en  su  ensimismamiento  y desoyendo  la  voz  de  Dios 
que  las  reta  a vivir  para  el  Reino. 

¿Podrá  el  protestantismo  puertorriqueño  tomar  nuevos 
rumbos?  Los  desafíos  son  grandes.  Hay  que  emprender  un 
camino  difícil  de  confesiones,  certificaciones  y nuevas 
metas. 

Debemos  recobrar  la  utopía  y tener  lucidez  para  dar 
“razón  de  nuestra  esperanza".  Por  siglos  los  puertorriqueños 
hemos  vivido  e internalizado  "el  miedo  a la  libertad".  Se  nos 
ha  tildado  de  dóciles  y pacíficos,  creando  de  esta  manera  un 
serio  problema  de  identidad. 

Las  tensiones  políticas  y sociales  cruzan  a las  iglesias.  En 
el  contexto  puertorriqueño  es  evidente  la  crisis  que  sufren  las 
iglesias  al  confrontar  estas  realidades.  Si  salen  de  su  cautiverio 
serán  una  fuerza  importante  de  transformación. 

La  iglesia  puertorriqueña  se  encuentra  en  la  encrucijada. 
Mantenida  bajo  el  patrón  misionero  no  ha  crecido  teoló- 
gicamente. Se  ha  desligado  totalmente  del  contexto  político 
y social  donde  se  encuentra.  Su  presencia  ha  sido  esporádica 
y no  siempre  para  defender  las  mejores  causas.  Lamenta- 
blemente se  ha  entretenido  con  los  conflictos  internos  y no 
ha  afrontado  los  conflictos  externos.  Durante  los  últimos  15 
años  se  ha  visto  llena  de  discusiones  ideológicas  y pugnas  en 
la  lucha  por  el  poder. 

Los  proyectos  ecuménicos  no  han  prosperado,  salvo 
contadas  excepciones,  debido  al  recelo  y al  exclusivismo 
denominacional  que  se  implantó  desde  la  división  de  la  Isla 
por  el  Comité  de  Acuerdo.  Solo  el  crecimiento  acelerado  de 
las  zonas  urbanas  ha  obligado  a las  iglesias  a romper  sus 
"zonas  de  influencia". 


395 


Aunque  la  educación  teológica  ha  estado  en  demanda, 
los  retos  para  encontrar  alternativas  viables  para  una  edu- 
cación teológica  pertinente  han  sido  infructuosos  y nulos. 
Hace  falta  promover  la  capacidad  de  un  ministerio  puerto- 
rriqueño que  se  "eduque  teológicamente"  y se  comprometa 
pastoral  e históricamente.  La  iglesia  puertorriqueña  no  saldrá 
de  su  patrón  misionero  hasta  que  no  canalice  su  ministerio,  su 
pastoral  y su  compromiso  por  rumbos  nuevos  de  creatividad 
y pertinencia  evangélicas. 

Mientras  el  protestantismo  puertorriqueño  no  se  percate 
de  su  papel  en  los  procesos  que  vive  Puerto  Rico  hoy,  no 
cumplirá  cabalmente  su  misión.  Ofrezco  algunas  sugerencias 
para  la  formulación  de  una  pastoral  puertorriqueña  que  debe 
ser  el  inicio  de  la  toma  de  conciencia  del  protestantismo 
puertorriqueño. 

1.  Estudiar  históricamente  el  protestantismo  puerto- 
rriqueño desde  su  inicio,  críticamente,  para  determinar 
dónde  se  encuentra  la  iglesia  hoy. 

2.  Desarrollar  modelos  teológicos  para  el  trabajo  pastoral, 
partiendo  ide  un  análisis  bíblico,  y confrontarlo  con  el 
contexto  social.  Hay  que  plantear  la  pregunta,  ¿qué  es 
pastoral  hoy? 

3.  Desmantelar  las  estructuras  litúrgicas  de  las  iglesias  (que 
son,  en  la  mayoría  de  los  casos,  totalmente  norteameri- 
canas), y buscar  formas  autóctonas  presentes  en  la  vida 
y el  folklore  puertorriqueños. 

4.  Crear  proyectos  verdaderamente  ecuménicos  que  sean 
pertinentes  para  la  vida  de  la  iglesia  en  Puerto  Rico  y 
para  la  vida  total  del  pueblo  puertorriqueño. 

5.  Plantearse  el  verdadero  problema  de  dependencia  econó- 
mica, religiosa  y estructural  que  mantiene  a la  iglesia 
puertorriqueña  como  apéndice  de  las  divisiones  domés- 
ticas en  los  E.U.A.  (Casi  todas  las  iglesias  en  Puerto  Rico 
están  bajo  los  famosos  "Homeland  Ministries"). 

6.  Retomar  el  sentido  profético  de  la  iglesia  y ver  la  totali- 
dad del  sentido  de  la  praxis  cristiana. 

7.  Plantear  teológicamente  el  problema  político  de  Puerto 
Rico. 


396 


El  Evangelio  es  anuncio  y esperanza.  La  Iglesia  es  avan- 
zada del  reino  que  viene.  La  iglesia  puertorriqueña  deberá 
vivir  para  su  Señor  en  el  compromiso  histórico.  Los  retos  para 
la  iglesia  están  en  un  entendimiento  de  la  verdadera  MISION: 
anunciar  los  actos  salvíficos  de  Dios  en  la  historia,  esperar 
activamente  el  reino  de  Dios,  promover  y aumentar  la  vida 
humana.  Ello  constituye  la  finalidad  del  Evangelio:  esa  es  la 
misión. 


397 


r 


SEXTA  PARTE 


SINTESIS  FINAL 


i 


ENRIQUE  DUSSEL 


Hipótesis  para  una  historia  de  ia  teología 
en  América  Latina  (1492-1980) 


I.  INTRODUCCION 


En  este  corto  trabajo  pretendemos  proponer  sólo  algu- 
nas hipótesis  a fin  de  poder  escribir  en  el  futuro  y en  equipo 
la  magna  obra  de  una  historia  de  la  teología  en  América 
Latina.  Mientras  esa  obra  no  exista  nos  faltará  un  apoyo  auto- 
comprensivo  de  nuestro  pasado  teológico.  Ello  sin  embargo 
no  es  absolutamente  esencial  para  la  constitución  de  teología, 
pero  sí  lo  es  para  su  definitiva  maduración.  Por  ello  se  hace 
cada  día  más  necesaria  una  tal  labor  reconstructiva,  que  no 
por  ello  deja  de  ser  interpretativa. 

Por  otra  parte,  cabe  que  lo  indiquemos,  se  puede  des- 
cribir la  historia  de  la  teología  desde  la  teología,  es  decir, 
partiendo  de  la  teología  misma  y viendo  su  desarrollo  interno 
como  un  todo  abstracto,  autosubsistente.  Se  trataría  así  de 
un  proceso  lógico  al  interior  del  horizonte  epistemológico  de 
la  reflexión  teológica.  Mostraríamos  entonces  la  evolución  del 
fenómeno  en  América  Latina  desde  el  siglo  XVI  hasta  el  XX. 
De  esta  manera,  quizá,  la  teología  de  un  Bartolomé  de  las 
Casas  o de  Josué  de  Acosta  aparecerían  como  poco  técnicas  o 
poco  "serias"  en  comparación  a la  teología  posterior,  aca- 
démica y universitaria  de  los  profesores  de  México  o Lima. 


401 


Pero  si  incluimos  dialécticamente  el  todo  teológico 
como  parte  de  la  totalidad  de  la  existencia  cristiana,  y aún  no 
cristiana,  en  la  cristiandad  de  la  Indias  occidentales,  es  decir, 
si  ascendemos  de  la  descripción  abstracta  de  la  teología  como 
tal  hacia  el  nivel  concreto  de  la  teología  condicionada  por  lo 
no-teológico  (lo  real  dentro  de  lo  cual  la  teología  juega  una 
función  práctica  como  teoría),  entonces,  nuestra  interpre- 
tación cambia  de  sentido,  porque  quizá  la  teología  de  Barto- 
lomé, aunque  menos  académica,  sofisticada  o articulada  en 
tratados,  es  más  real  (porque  denuncia  las  contradicciones  e 
injusticias  más  fundamentales  de  la  época),  mientras  que  la 
posterior  es  imitativa,  ocultativa  de  las  injusticias,  abstracta. 

Metodológicamente,  entonces,  es  necesario  situar  a la 
teología  dentro  de  la  totalidad  en  la  cual  cumple  su  sentido, 
sea  dentro  del  horizonte  geopolítico  internacional,  nacional, 
o el  de  las  clases  sociales,  o el  de  las  motivaciones  afectivas  a 
las  que  responde.  Un  análisis  ideológico-histórico  puede  dar 
así  insospechados  resultados.  El  presente  trabajo  no  es  sino 
una  simple  introducción  a la  cuestión,  o mejor  aún  una  mera 
hipótesis  de  trabajo. 

Desearía,  por  otra  parte,  que  se  tuviera  en  cuenta  lo  que 
ya  expresé  en  el  Encuentro  de  El  Escorial  (julio  de  1972),  ya 
que  allí  propuse  hipótesis  para  interpretar  la  historia  de  la  fe 
en  América  Latina,  mientras  que  ahora  se  trata  de  una  his- 
toria de  ¡a  teología.  Nivel  segundo  o reflexivo  que  debe  tener 
en  cuenta  el  "de  donde"  parte:  la  teología  parte  de  la  fe 
existencial  cristiana,  cotidiana  o popular  profética. 


II.  PERIODIFICACION  DE  LA  HISTORIA  DE  LA 
TEOLOGIA  EN  AMERICA  LATINA 

En  otros  trabajos  hemos  propuesto  una  periodificación 
de  la  historia  de  la  iglesia  en  América  Latina.  Se  trataría  de  la 
historia  de  una  fe  hecha  praxis.  Ahora  proponemos  como 
hipótesis  una  cierta  periodificación  que  abra  un  camino  en  un 
campo  sobre  el  que  no  hay  hasta  el  presente  ningún  trabajo 
que  se  conozca.  La  Historia  de  la  teología  católica  de  Grab- 
mann,  por  ejemplo,  trae  unas  "Breves  indicaciones  acerca  de  , 
la  teología  en  Hispanoamérica"  Como  es  la  costumbre,  a 
la  cual  los  latinoamericanos  estamos  ya  habituados,  nos  deja 


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fuera  de  la  historia.  ¿Cuál  ha  sido  el  desarrollo  de  nuestra 
teología?  ¿Cuáles  sus  períodos  más  importantes?  ¿Cuál  es  el 
sentido  de  cada  uno  de  ellos? 

1.  PRIMERA  EPOCA:  TEOLOGIA  PROFETICA  ANTE  LA 

CONQUISTA  Y LA  EVANGELIZACION 

El  descubrimiento  de  América  por  españoles  y portu- 
gueses significa  una  revolución  geopolítica  sin  precedentes  en 
la  historia  mundial.  El  Mediterráneo  oriental,  que  era  el  "cen- 
tro" de  la  historia  desde  los  cretenses,  pierde  su  primacía, 
dejando  lugar  al  Atlántico  norte(desde  el  siglo  XVI  hasta 
hoy).  Por  otra  parte,  llega  al  Mediterráneo  y Europa  en  el  sólo 
siglo  XVI  diez  veces  más  de  plata  y cinco  de  oro  del  exis- 
tente, procedente  de  las  minas  explotadas  con  la  sangre  de  los 
indios.  Es  el  origen  de  la  plusvalía  colonial,  capital  acumulado 
que  será  la  base  esencial  de  la  posterior  revolución  industrial. 
Un  mundo  se  derrumba;  la  Europa  enclaustrada  por  turcos  y 
árabes  se  abre  al  ancho  mundo.  Tiempo  de  utopías,  de  nove- 
dades, de  descubrimientos.  Cisneros  en  España  comienza  la 
primera  reforma,  edita  las  primeras  obras  críticas  del  nuevo  y 
antiguo  testamento  a fines  del  siglo  XV,  mucho  antes  que 
Erasmo.  En  1492  los  Reyes  Católicos,  por  la  última  cruzada 
medieval,  toman  por  asalto  el  último  reino  árabe  en  Europa: 
cae  Granada. 

La  conquista  de  América,  que  comienza  desde  el  mismo 
descubrimiento  en  1492,  no  es  sólo  un  hecho  individual  sino 
histórico-político.  Europa  comenzó  por  España  y Portugal  su 
expansión  dominadora  sobre  el  mundo  periférico.  Seguirán 
después  Holanda,  Inglaterra,  Francia,  etc.  En  España,  se  tuvo 
desde  1493  la  "justificación"  teórica  de  la  conquista.  El  papa 
Alejandro  VI  expidió  la  bula  Intercoetera  de  1493  en  favor 
de  los  Reyes  Católicos  de  España,  por  la  que  le  permitía 
evangelizar  esas  tierras  y sujetarlas  a su  dominio.  Es  así  que 
en  la  Recopilación  de  las  leyes  de  los  reinos  de  las  Indias 
(efectuada  en  1681),  en  la  primera  ley  del  primer  título  del 
primer  libro  se  expresa  que  el  señorío  (2)  del  rey  de  España 
sobre  los  nuevos  reinos  es  debido  a la  obligación  que  el  mo- 
narca ha  contraído  con  la  santa  sede  de  adoctrinar  en  nuestra 
fe  a los  indios.  De  esta  manera  se  "justifica"  las  praxis  con- 
quistadora desde  un  fundamento  teórico:  la  bula  pontificia. 
Toda  la  estructura  jurídica  concreta  del  siglo  XVI  hispanoa- 


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mericano  fue,  es  bien  claro,  un  tipo  de  ideología.  Tras  bellos 
principios  se  ocultaba,  se  encubría,  el  sentido  real  de  la  praxis 
conquistadora.  El  sentido  encubierto  era  que  en  realidad  los 
europeos  habían  dominado  al  indio  reduciéndolo  a la  más 
horrible  servidumbre.  La  muerte,  el  robo,  la  tortura  (que  era 
el  fruto  real  de  la  praxis  conquistadora)  quedaba  cubierta  por 
la  interpretación  falsa  e ideológica:  la  evangelización.  Las 
bulas  jugaban  en  la  conciencia  cotidiana  del  conquistador  la 
misma  función  ideológica  que  la  doctrina  norteamericana  del 
Manifest  destiny,  por  la  que  Houston  ocupó  Texas  y lo  des- 
prenderá de  la  nación  mexicana  en  1846.  Todos  los  imperios 
tienen  razones  (irracionales)  que  le  permiten  fundar  su  acción 
dominadora;  pero  dichas  razones  son  ideológico-existenciales 
en  el  nivel  concreto  cotidiano. 

El  nivel  ideológico  cotidiano  es  elevado  al  nivel  de  cien- 
cia en  el  caso  de  algunos  ejemplos  teológicos,  ya  que  la  misma 
ciencia,  en  cuanto  debe  aceptar  como  principios  juicios  evi- 
dentes (pero  con  evidencia  histórico-cultural),  tiene  un  mo- 
mento inevitablemente  ingenuo  (la  ciencia  no  puede  por 
definición  demostrar  sus  principios:  es  decir,  los  principios 
de  la  ciencia  no  son  científicos,  y desde  Aristóteles  se  sabe 
que  son  objeto  de  la  dialéctica)  (3).  Es  así  que  la  ideología  que 
sutentaba.  la  praxis  de  la  conquista  es  elevada,  por  un  Juan 
Ginés  de  Sepúlveda  (1490—1573)  y por  el  mismo  Francisco 
de  Vitoria  (1486—1546),  al  nivel  de  teología.  Para  Ginés  la 
conquista  de  América  y la  guerra  contra  los  indios  es  justa.  La 
"causa  de  guerra  justa  (iusti  bel/i  causa ) por  derecho  natural  y 
divino  (iure  naturali  et  divino)  es  la  rebeldía  de  los  menos 
dotados  que  nacieron  para  servir,  por  cuanto  recusan  el  im- 
perio de  sus  señores;  si  no  se  los  puede  sujetar  por  otros 
medios,  la  guerra  es  justa",  nos  dice  en  el  Democrates  al- 
ter  Es  evidente  que  Ginés  sigue  en  esto  a Aristóteles  —en 
el  tan  ideológico  texto  sobre  la  esclavitud  en  Grecia  del  libro 
I de  La  Política—,  pero  también  sigue  a los  autores  medievales, 
aún  a Tomás  en  aquello  de  iustum  dominativum  que  los  se- 
ñores feudales  tenían  sobre  los  siervos  y de  los  otros 
profesores  contemporáneos  como  Juan  Mayor  (1469—1550) 
en  París  que  enseñaba  que  en  América  "aquel  pueblo  vive 
bestialmente  (bestialiter)  por  lo  que  el  primero  que  los  con- 
quiste imperará  justamente  sobre  ellos,  porque  son  por  natu- 
raleza siervos  (quia  natura  sunt  serví)"  ^ \ Es  por  ello  que  aún 
en  el  mejor  de  los  casos  se  consideró  al  indio  un  "rudo". 


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como  un  "niño”  que  debía  ser  civilizado,  con  poca  inteli- 
gencia e inclinado  a los  instintos:  "poco  dado  al  celibato" 
decía  un  misionero. 

El  mismo  Vitoria,  egregio  profesor  de  Salamanca  y autor 
del  De  indis  (1537),  indica  que  no  se  puede  conquistar  a los 
indios  ni  por  tener  diversa  religión,  nos  dice  en  De  iure  bel/i 
(1538),  ni  por  derechos  del  rey,  ni  para  predicar  el  evangelio, 
ni  por  otorgamiento  pontificio,  ni  para  oponerse  al  pecado 
contra  natura  que  pudiera  cumplir  un  pueblo  aún  salvaje. 
Pero  al  fin  acepta  que  es  posible  la  conquista  cuando  se  im- 
pida al  misionero  anunciar  libremente  el  evangelio  ("libere 
annuntient  evangelium  ...  ",  explica  en  el  Relectio  de  indis, 
quarta  conclusio);  "por  ello  pueden  ellos,  a fin  de  evitar  el 
escándalo,  predicarles  aún  contra  su  voluntad  ...  y aceptar  la 
guerra  o declararla".  Por  la  iniuria  accepta  permite  entonces 
el  gran  teólogo  la  conquista.  "De  esta  conclusión  también  se 
infiere  claramente  que,  por  esta  misma  razón,  si  no  se  puede 
proveer  de  otro  modo  lo  referente  a la  religión,  es  lícito  a los 
españoles  ocupar  sus  tierras  y provincias  y establecer  nuevos 
señores  y destituir  a los  antiguos,  y hacer  las  demás  cosas  (sic) 
que  por  derecho  de  guerra  son  lícitas  en  toda  guerra  justa" 
(Ibid.).  Véase  entonces  que,  de  hecho,  el  teólogo  progresista 
europeo  —el  más  avanzado  de  su  época  sin  lugar  a dudas,  ya 
que  en  otros  niveles  defendió  valientemente  al  indio—  no 
puede  evadir  formulaciones  ideológicas. 

Las  bulas  pontificas  desde  1493,  como  hemos  visto/ dan 
justificación  sagrada  a la  conquista  de  América.  El  hecho  del 
descubrimiento  de  América  no  influye  para  nada  en  Trento. 
Fracasado  el  intento  del  cardenal  Jiménez  de  Cisneros  de 
ocupar  las  Indias  sin  armas,  la  conquista  será  violenta,  como 
lo  será  igualmente  la  due  harán  a su  tiempo  holandeses,  in- 
gleses, franceses  y hasta  alemanes  (ya  en  nuestro  tiempo  en 
Africa).  Sin  embargo,  se  levanta  un  puñado  de  profetas,  de 
grandes  cristianos  misioneros  defensores  del  indio  d)  m Teoló- 
gicamente queremos  citar  solamente  a uno  de  ellos. 

Fuera  de  algún  hermano  lego  franciscano,  fue  Antonio 
de  Montesinos  OP  (f1545)  quien,  por  orden  de  su  prior  Pe- 
dro de  Córdoba  OP  (1460—1525),  lanzó  en  1511  el  primer 
grito  crítico-profético  en  América.  En  aquel  30  de  noviembre 


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el  clérigo  Bartolomé  de  las  Casas  (1474—1566)  oye  el  sermón 
en  favor  de  los  indios  y contra  los  encomenderos.  Sólo  en 
1514  se  convierte  a la  causa  de  la  justicia: 

El  clérigo  Bartolomé  andaba  bien  ocupado  y muy  solícito  en 
sus  granjerias  como  los  otros,  enviando  indios  de  su  repar- 
timiento a las  minas,  a sacar  oro  y hacer  semeteras  y aprove- 
chándose de  ellos  cuanto  más  podía  . . . Pero  un  día  de  pascua 
de  Pentecostés  comenzó  a considerar  del  Eclesiástico  capítulo 
34:  "Quien  ofrece  en  sacrificio  algo  mal  obtenido  su  ofrenda 
es  culpable.  Ofrecer  un  sacrificio  con  lo  que  pertenecía  a los 
pobres  es  lo  mismo  que  matar  al  hijo  en  presencia  de  su  pa- 
dre". Comenzó,  digo,  a considerar  su  miseria  (8). 

Esta  conversión  profética,  de  un  pensador  que  después 
será  tan  prolífero  en  obras  como  profundo  y práctico  en  sus 
conclusiones,  podría  considerarse  como  el  nacimiento  de  la 
teología  de  la  liberación  latinoamericana.  El  mismo  Bar- 
tolomé escribirá  en  su  Testamento  (1564),  cincuenta  años 
después: 

Dios  tuvo  por  bien  de  elegirme  por  su  ministro  sin  yo  lo  me- 
recer, para  procurar  y volver  por  aquellas  universas  gentes  que 
llamamos  Indias,  poseedores  y propietarios  de  aquellos  reinos 
y tierras,  sobre  los  agravios,  males  y daños  nunca  otros  tales 
vistos  ni  oídos,  que  de  nosotros  los  españoles  han  recibido 
contra  toda  razón  y justicia,  y por  reducirlos  a su  libertad 
prístina  de  que  han  sido  despojados  injustamente,  y por  libe- 
rarlos [sic]  de  la  violenta  muerte  que  todavía  padecen 

Bartolomé  de  las  Casas  al  igual  que  un  Josué  de  Acosta 
SJ  (1539—1600)  en  el  Perú,  Bernardino  de  Sahagún  OFM 
(ti 590)  en  México,  entre  otros,  son  los  teólogos  de  la  pri- 
mera generación  o al  menos  de  los  que  se  enfrentaron  a la 
realidad  de  su  tiempo  con  ojos  menos  ideológicos  que  sus 
compañeros  de  conquista  o evangelización.  Considérese  en  el 
texto  que  proponemos  la  claridad  con  que  expone  la  con- 
tradicción principal  de  su  época  y cómo  muestra  el  ©cuita- 
miento ideológico  en  el  que  viven  sus  contemporáneos: 

Dios  ha  de  derramar  sobre  España  su  furor  e ira,  porque  toda 
ella  ha  comunicado  y participado  poco  que  mucho  en  las  san- 
grientas riquezas  robadas  y tan  usurpadas  y mal  habidas,  y con 
tantos  estragos  y acabamientos  de  aquellas  gentes,  si  gran  pe- 
nitencia no  hiciere,  y temo  que  tarde  o nunca  la  hará,  porque 
la  ceguedad  [ ¡he  aquí  el  frqto  de  la  ideología!  ] que  Dios  por 


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nuestros  pecados  ha  permitido  en  grandes  y chicos,  y mayor- 
mente en  los  que  presumen  y tienen  nombre  de  sabios  y pre- 
tenden mandar  el  mundo,  por  los  pecados  de  ellos,  y general- 
mente de  toda  ella,  aún  digo,  esta  oscuridad  de  los  entendi- 
mientos [ ise  indica  nuevamente  el  en-cubrimiento  ideoló- 
gico! ] tan  reciente,  que  desde  setenta  años  que  ha  que  comen- 
zaron a escandalizar,  robar  e matar  y extirpar  aquellas 
naciones, no  se  haya  hasta  hoy  advertido  [s/c]  que  tantos 
escándalos  e infamias  de  nuestra  santa  fe,  tantos  robos,  tantas 
injusticias,  tantos  estragos,  tantas  matanzas,  tantos  cautiverios, 
tantas  usurpaciones  de  estados  y señoríos  ajenos,  y,  finalmente 
tan  universales  asolaciones  y despoblaciones  hayan  sido  pecado 
y grandísima  injusticia  . 

Para  nuestro  "teólogo  de  la  liberación"  el  pecado  socio- 
político  del  momento  es  la  conquista.  Esa  praxis  es  "pecado 
y gravísima  injusticia",  pero  "no  se  ha  hasta  hoy  advertido" 
(visto)  por  la  "ceguera"  u "oscuridad  de  los  entendimientos". 
Es  decir,  el  sentido  real  de  la  praxis  no  es  conocido:  se  trata 
de  una  ideología  que  encubre  la  realidad  a todos:  a los 
adultos  y niños  y también  a los  sabios  y gobernantes. 

Bartolomé  no  sólo  se  opone  a un  Juan  Ginés  de  Sepúl- 
veda  (el  teólogo  que  justifica  la  esclavitud  natural  del  indio) 
sino  que  va  mucho  más  allá  que  el  progresista  europeo  Vito- 
ria. Bartolomé  reconoce  que  habría  razón  para  hacer  la  guerra 
contra  el  indio  en  el  caso  que  fuera  un  pueblo  bárbaro  o 
absolutamente  incivilizado  y que  cometiera  continuamente 
actos  contra  toda  razón.  Pero  lo  que  pasa  es  que  ninguna  de 
esas  condiciones  se  cumple  entre  los  indios,  porque  de  "todas 
las  universas  e infinitas  gentes  a todo  género  crió  Dios  (a  los 
indios)  las  más  simples,  sin  maldades  ni  dobleces,  obeden- 
tísimas y fidelísimas  a sus  señores  naturales  e a los  cristianos 
a quien  sirven;  más  humildes,  más  pacientes,  más  pacíficas  y 
quietas,  sin  rencillas  ni  bollicios,  que  hay  en  el  mundo"  ^ ^ . 
Bartolomé  tiene  un  aprecio  incalculable  por  el  indio,  el  po- 
bre, el  oprimido.  Por  ello,  la  guerra  de  la  conquista  es  absolu- 
tamente injustificada,  no  hay  ninguna  razón  para  hacerla  y es 
necesario  que  se  le  "restituya  lo  que  le  ha  sido  robado  y hoy 
roban  por  conquistas  y por  repartimientos  y encomiendas  y 
los  que  de  ello  participan  no  podrán  salvarse"  <12).  Pero  es 
más,  porque  "las  gentes  naturales  de  todas  las  partes  cual- 
quiera de  ellas  donde  habernos  entrado  en  las  Indias  tienen 
derecho  adquirido  de  hacernos  guerra  justísima  y raernos  de 


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la  faz  de  la  tierra,  y este  derecho  les  durará  hasta  el  día  del 
juicio”  . Bartolomé  entonces  justifica  la  guerra  de  libe- 
ración de  los  indios  contra  los  europeos,  en  su  época  y hasta 
la  nuestra.  Hubiera  entonces  apoyado  teológicamente  la 
rebelión  del  valiente  Tupac  Amaru  (1746-1782)  en  el  Perú  o 
de  Fidel  Castro  en  1959  en  Cuba  —en  la  misma  Cuba  de  su 
conversión  prof ética— . 

Sus  tratados  teológicos  como  el  De  único  modo,  la  His- 
toria de  tas  Indias,  la  Apologética  historia  sumaria  (tratado  de 
religiosidad  precristiana),  cantidad  de  opúsculos,  memoriales, 
defensas,  la  Brevísima  relación  de  la  destrucción  de  las  Indias, 
los  Dieciséis  remedios  'para  la  reformación  de  las  Indias,  el 
Argumentum  apologiae.  Los  Tesoros  del  Perú,  etc.,  todos 
ellos  parten  de  la  praxis  de  un  gran  cristiano.  Conquistador, 
cura  encomendero,  litigador  ante  reyes  y cortes  o consejos, 
organizador  de  experiencias  agrarias,  misiones  y comuni- 
dades; novicio,  -estudiante,  escritor,  polemista,  defensor  y 
abogado  ante  tribunales;  atraviesa  en  pleno  siglo  XVI  más  de 
diez  veces  el  Atlántico,  etc.  Desde  su  praxis  de  defensa  y 
liberación  del  indio  piensa  y escribe  su  teología  militante, 
teología  toda  ella  política,  tal  como  lo  muestra  Juan  Fri- 
ede  I14).  Pero  además  es  una  teología  histórica  con- 
creta <16^,  con  sentido  antropológico  <17)  y con  intención 
operativa  (18* . 

Esta  teología  no-académica  o pre  universitaria,  no  por- 
que esté  contra  la  universidad  sino  porque  fásica- 
mente todavía  no  existían  en  América  Latina  esas  casas  de 
estudio,  pero  además  porque  nacía  en  el  fragor  de  la  lucha 
misma  y no  como  fruto  de  exigencias  más  o menos  artificiales 
de  la  vida  de  algún  claustro  profesoral,  esta  teología  crítico- 
profética  era  misionera,  formaba  hombres  de  acción,  clari- 
ficaba normas,  descrubría  pecados  estructurales  y personales. 
Todo  esto  anticipa  en  cuatro  siglos  la  actual  experiencia  de  la 
teología  creativa  en  América  Latina.  Es  necesario  que  se 
estudie  bien  el  primer  esfuerzo  teológico  en  nuestro  conti- 
nente para  encontar  entre  nosotros  un  primer  modelo  situado 
en  estas  costas  del  Atlántico  del  ejercicio  de  una  correcta 
reflexión  sobre  la  praxis  cristiana  en  situación  colonial,  "peri- 
férica”. Bartolomé  vislumbró  en  su  inicio  la  dominación  im- 
perial europea;  enjuició  en  su  comienzo  la  expansión  opresora 


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mundial  del  "centro";  condenó  así  la  totalidad  del  sistema 
que  se  organizaba:  "es  injusto  y tiránico  todo  cuanto  acerca 
de  los  indios  en  estas  Indias  se  cometía"  ^9)  _ 

Esta  fue  la  teología  elaborada  y sustentada  en  la  acción 
de  centenares  de  misioneros  de  la  primera  hora  de  nuestra 
iglesia  latinoamericana,  antes  que  se  organizara  la  cristiandad 
de  Indias. 

2.  SEGUNDA  EPOCA:  LA  TEOLOGIA  DE  LA  CRISTIANDAD 

COLONIAL  (1553-1808) 

La  segunda  escolástica,  cuya  época  clásica  se  sitúa  en 
torno  de  Trento  (1545—1563),  desde  1530  a 1630,  bajo  el 
influjo  de  un  Vitoria,  Báñez,  Soto,  Suarez,  Molina,  Juan  de 
Santo  Tomás  —anunciados  por  Silvestre  de  la  Ferrara  y Caye- 
tano—, en  torno  a Salamanca  y al  imperio  hispánico  resplan- 
deció por  su  método  aristotélico-tomista  de  comentarios, 
pero  ya  en  la  vía  moderna  que  dará  las  bases  de  la  ontología 
del  sujeto  tanto  en  un  Descartes  como  en  un  Wolff  —si- 
guiendo en  las  escuelas  franciscanas  de  Inglaterra  el  camino 
de  donde  procederá  el  empirismo  filosófico—.  Si  la  patrística 
floreció  en  el  imperio  bizantino  o con  el  papado  y sus  reinos 
dependientes  del  Africa,  Galia  o Hispania;  y si  la  primera 
escolástica  necesitó  del  poder  de  los  reinos  francos,  la  se- 
gunda se  apoyó  en  el  imperio  de  Carlos  V —emperador  de 
España,  los  países  Bajos  y Alemania—.  En  poco  o nada  se  ve 
en  esta  teología  la  realidad  de  las  colonias  descubiertas  y 
explotadas;  en  nada  se  descubren  los  graves  problemas  de  la 
pobreza  en  España  —contrapartida  de  la  conquista  de 
América—.  Trento  sólo  se  centra  en  los  problemas  germánicos 
y para  nada  tiene  en  cuenta  la  enorme  apertura  que  la  apa- 
rición del  Africa,  Asia  y América  ha  producido  en  Europa.  La 
cristiandad  moderna,  el  cristianismo  católico,  se  cierra  sobre 
Europa  y comienza  a poseer  una  especial  ceguera  por  la  exte- 
rioridad de  otras  culturas,  pueblos,  estados. 

El  3 de  junio  de  1553,  en  la  ciudad  de  México,  abre  los 
cursos  universitarios  de  teología  el  profesor  Francisco  Cer- 
vantes de  Salazar,  maestro  de  retórica  y elocuencia.  Esta  inau- 
guración académica  de  la  teología,  en  un  claustro  que  otor- 
gaba títulos  como  los  de  las  universidades  de  Alcalá  y Sala- 
manca, es  el  inicio  formal  de  una  tradición  que  durará  dos 


409 


siglos  y medio.  En  realidad  en  1538,  los  dominicos  abrieron 
en  su  claustro  de  Santo  Domingo,  las  primeras  cátedras  de 
teología  para  sus  estudiantes.  El  1 de  julio  de  1548  fundaban 
igualmente  los  dominicos  dicha  cátedra  en  Lima.  Algo  antes, 
en  Tiripetío  (Michoacán),  el  célebre  agustino  Alonso  de  la 
Veracruz  impartía  igualmente  teología  en  México.  Sin  em- 
bargo, por  real  cédula  de  Felipe  II,  del  21  de  septiembre  de 
1551,  y por  la  bulla  correspondiente,  se  fundaban  las  univer- 
sidades de  Lima  y México.  El  25  de  enero  de  1553,  la  pro- 
cesión encabezada  por  el  rector  deán  del  cabildo  Juan  Ne- 
grete  pasó  por  las  calles  del  Reloj  y de  la  Moneda  de  México, 
comenzando  así  la  vida  universitaria  en  América.  En  las  cá- 
tedras estuvieron:  en  prima,  Pedro  de  la  Peña,  OP;  en 
escritura,  Alonso  de  la  Veracruz,  OSA;  en  decretales  y cá- 
nones, Pedro  Morones;  en  artes,  Juan  de  García;  en  leyes, 
Bartolomé  Frías;  en  gramática.  Blas  de  Bustamente,  y en  re- 
tórica, el  arriba  nombrado  <20' . Durante  cuatro  años  se  cur- 
saban los  estudios.  El  19  de  septiembre  de  1580  se  funda 
además  la  cátedra  obligatoria  de  lengua  náhuatl  en  México  y 
quechua  o aymara  en  Lima.  En  1630,  sólo  en  México  hay 
500  alumnos,  la  mayoría  hacen  teología;  sólo  hay  10  a- 
lumnos  de  derecho  civil,  14  de  medicina.  En  1775  han  al- 
canzado el  grado  en  la  nombrada  universidad  1.162  doctores. 


Por  real  cédula  de  Felipe  IV  del  26  de  mayo  de  1622,  y 
con  bula  de  Gregorio  XV  del  9 de  julio  del  año  anterior,  se 
fundaron  colegios  mayores  con  posibilidades  de  dar  título 
académico  desde  la  lejana  Manila  (Filipinas),  hasta  Cuba,  y ya 
en  el  continente  en  Mérida,  Puebla,  San  Luis  Potosí  en  Mé- 
xico; en  Guatemala  y Panamá  en  América  central;  en  Caracas, 
Santa  Fe  de  Bogotá  y Popayán  en  Nueva  Granada;  en  Cuzco, 
Huamanga  y Quito  en  el  Perú;  en  Charcas  (que  en  1798  es 
elevada  a rango  de  universidad  como  Lima  y México),  Cór- 
doba y Santiago  de  Chile  en  el  Río  de  la  Plata.  A esto  se 
deberían  agregar  muchos  seminarios  tridentinos  donde  se  en- 
señaba teología,  como  el  famoso  colegio  Palafoxiano  de 
Puebla  fundado  en  1641,  que  también  hubo  en  Guadalajara  y 
Oaxaca.  Además  los  colegios  jesuítas  daban  igualmente  tí- 
tulos, desde  1578. 


El  joven  estudiante,  en  la  brillante  Lima  del  siglo  XVII, 
comenzaba  sus  cursos  en  torno  al  19  de  octubre  y los  ter- 
minaba el  31  de  julio.  Su  curso  de  prima  comenzaba  a las 


410 


8,15  horas  hasta  las  9,15,  a la  que  le  seguían  quince  minutos 
de  repetición.  A las  9,30  comienza  secunda  y a las  10,30 
había  repetición  a cargo  de  los  alumnos.  Por  la  tarde  de  las  14  a 
14,30,  clase  de  quechua,  a partir  de  esa  hora  clase  de  moral  o 
escritura.  Los  sábados  había  "sabatinas”  o defensas  de  tesis; 
una  vez  por  mes  la  más  importante;  y una  vez  po/  año  las 
grandes  disputas.  La  segunda  escolástica  reinaba  indiscuti-- 
damente.  En  lógica  Aristóteles,  en  teología  la  Summa  de  To- 
más de  Aquino  en  sus  diversas  interpretaciones  salmanticense 
(dominicos),  suareciana  (jesuítas),  agustina  y escotista  (fran- 
ciscanos). 

México  brilló  en  el  "siglo  de  oro”,  el  siglo  XVI;  Lima  en 
el  siglo  XVII,  de  cultura  barroca;  Chuquisaca  o Charcas  en  el 
siglo  XVIII,  el  del  humanismo  jesuíta  (hasta  1767  en  que 
fueron  expulsados).  Tomemos  algunos  ejemplos  del  siglo 
XVI.  Desde  una  fuerte  formación  lógica,  ya  que  no  debe 
olvidarse  que  un  Antonio  Rubio  (1548—1615)  fue  autor  de 
una  Logia  mexicana  (que  en  1605  tuvo  una  edición  en  Co- 
lonia, entre  muchas  otras)  que  se  tenía  como  libro  de  texto 
en  Alcalá,  fue  profesor  en  México  y en  Córdoba  del  Tucu- 
mán  (21>,  desde  esa  formación  lógica  el  alumno  accedía  a 
teología  con  posrblidades  de  oír,  por  ejemplo,  a Alonso  de  la 
Veracruz  (1504—1584)  autor  de  numerosas  obras:  entre  otras 
de  un  comentario  al  libro  de  las  Sentencias,  otro  a las  epís- 
tolas de  San  Pablo,  una  Reiectio  de  iibris  canonicis,  y aún  una 
Reiectio  de  dominio  in  infideles  et  iusto  bello  <22) . Este  teó- 
logo, como  otros,  era  uno  de  los  primitivos  misioneros,  que  el 
Tripetío  (población  indígena),  pasó  comoprior  de  Tacám- 
baro  en  1545,  y de  allí  al  convento  de  Atotonilco  el  Grande 
entre  indios  otomíes,  para  ser  elegido  provincial  mexicano  en 
1548,  tiempo  en  que  le  toca  la  responsabilidad  académica. 

Si  consideramos  el  contenido  de  esta  teología  en  su  rela- 
ción con  la  realidad  de  su  tiempo,  podremos  descubrir  sus 
condicionamientos  ideológicos.  El  último  teólogo  nombrado 
niega  que  el  rey  tenga  derecho  propio  para  dominar  a los 
indios,  pero  admite  que  el  papa  tiene  poder  indirecto  sobre 
los  indios  con  el  fin  de  evangelizarlos,  y este  poder  puede 
otrogarlo  a los  reyes.  Por  ello,  fue  justo  quitar  el  dominio  a 
Moctezuma,  rey  azteca,  ya  que  así  de  gentes  bárbaras  podrían 
devenir  civilizadas  y cristianas.  Contra  el  obispo  Montúfar 
niega  que  los  indios  deban  pagar  elevados  tributos,  pero  ad- 


411 


mite  el  sistema  de  las  encomiendas.  Puede  entonces  verse  que 
toda  la  teología  de  la  cristiandad  de  las  Indias  occidentales, 
fue  en  el  mejor  de  los  casos  reformista,  es  decir,  ocultaba  la 
contradición  y la  injusticia  que  el  grupo  "lascasiano"  había 
criticado,  condenado. 

Allí  estaba,  colega  de  Veracruz,  Pedro  de  la  Peña,  OP 
(ti 583) , profesor  admirado  de  prima,  que  abandonará  la  cá- 
tedra para  misionar  en  Verapaz  (1563—1565)  y por  último 
para  ser  insigne  obispo  de  Quito  (1565—1583),  autor  de  co- 
mentarios a la  Summa.  Un  Bartolomé  de  Ledesma  OP 
(f1604),  autor  de  un  conocido  tratado  De  iure  et  iustitia,  y 
de  un  Sumario  de  los  siete  sacramentos  pedido  por  el  arzobispo 
de  México;  Pedro  de  Ortigosa  SJ  (1557—1626)  escribió  un  De 
natura  theologiae.  De  essentia  Dei,  comentarios  de  la  Secunda 
secundae;  Andrés  de  Valencia  SJ  (1582—1645)  editó  un  Trac- 
tatus  de  I ncarnatione;  el  fecundo  Juan  de  Ledesma 
(1576—1636)  escribió  dieciséis  volúmenes,  de  los  cuales  sólo 
se  conserva  uno:  De  Deo  uno;  Pedro  de  Pavia  OP  (t  1 589) 
hizo  conocer  De  sacrosanto  sacramento  eucharistiae.  La  lista 
se  haría  muy  larga  si  sólo  de  México  en  este  siglo  nom- 
bráramos a Esteban  de  Salazar  OSA,  Andrés  de  Tordehumos 
OSA,  Juan  de  Gaona  OFM,  Bernardo  de  Bazán  OP,  Francisco 
de  Osuma  OFM,  Pedro  de  la  Concepción,  Juan  López  Agurto 
de  la  Mata,  etc.,  etc. 

Si  tomáramos  ahora  como  ejemplo  la  universidad  de 
Chuquisaca  en  el  siglo  XVI 1 1,  podríamos  leer  lo  que  un  pro- 
vincial jesuíta  recomienda  a sus  religiosos: 

Estudiad,  pues,  la  metafísica,  pero  inmediatamente  habéis  de 
emplearos  en  la  física  general,  la  que  os  manfiestará  en  común 
la  armoniosa  composición  del  universo,  para  refutar  vigoro- 
samente el  Emilio  de  Rousseau,  el  Diccionario  filosófico  de 
Voltaire,  el  Sistema  de  la  naturaleza  de  Holbach,  el  Examen  de 
la  religión  de  Marechal,  las  Cartas  persianas  de  Montesquieu  y 
semejantes  monstruos  de  la  impiedad,  abortados  por  los  incré- 
dulos de  este  siglo  ^3) 

Un  tomas  Falkner,  alumno  de  Newton,  que  dicta  clases 
en  Córdoba  del  Tucumán  en  1763,  inaugura  la  cátedra  de 
matemáticas  enseñando  Leibniz,  Wolff,  Newton,  Locke, 
Gassendi  y Descartes.  Sus  alumnos  pasaban  después  a teo- 
logía. En  sólo  Chile  los  jesuítas  tenían  bibliotecas  hasta  con 
veinte  mil  volúmenes,  "la  mayoría  de  las  obras  científicas  y 


412 


literarias  generalizadas  en  Europa  hasta  mediados  del  siglo 
XVI II "(24)  Un  Domingo  Muriel  (1734—1795)  era  versado 
en  escrituras,  concilios,  historia  eclesiástica,  derecho  civil,  e- 
clesiástico,  municipal,  de  España  e Indias;  conocía  además  del 
español,  el  francés,  italiano,  griego,  latín  y hebreo  . 

De  todas  maneras  esta  teología  fue  imitadora  de  la  se- 
gunda escolástica  y por  ello  doblemente  ideológica:  porque 
ya  lo  era  en  Europa,  y porque  al  repetirse  en  América 
encubría  no  sólo  las  injusticias  del  antiguo  continente  sino 
además  las  del  nuevo.  Sin  embargo,  una  historia  docu- 
mentada de  nuestra  teología  mostrará  muchos  aspectos  crí- 
ticos o desideologizantes,  como  por  ejemplo  el  tratamiento 
teórico  del  tipo  de  propiedad  guaraní  expuesto  por  el  padre 
Muriel  en  la  universidad  de  Córdoba  del  Tucumán,  que  se 
distinguía  de  todos  los  conocidos  y que  es  la  que  permitió  la 
organización  de  las  famosas  reducciones  del  Paraguay  de 
tipo  socialista  o de  propiedad  común  de  los  productos  del 
trabajo  —experiencia  que  tuvo  importancia  en  el  siglo  XVIII 
francés,  protohistoria  de  lo  que  después  será  llamado  el  "so- 
cialismo utópico",  por  la  influencia  que  ejerció  sobre  per- 
sonas tales  como  Meslier,  Mably  o Morelli.  Ese  tipo  de  pro- 
piedad no  fue  negada  por  ningún  teólogo  colonial.  Habría  en 
él  como  una  crítica  anticipada  de  la  propiedad  burguesa,  pero 
en  nombre  de  una  sociedad  agraria  o arcaica. 

Por  su  parte,  Portugal  influyó  igualmente  sobre  el  Brasil 
desde  la  famosa  universidad  de  Coimbra,  pero  no  tuvo  como 
España  interés  en  fundar  grandes  universidades  ni  numerosos 
colegios  mayores.  De  todas  maneras  la  vida  teológica  fue  pu- 
jante, aunque  igualmente  imitativa.  En  la  colonia  lusitana  la 
presencia  jesuíta  fue  mucho  mayor  que  en  Hispanoamérica,  y 
desde  antes  de  Antonio  Vieira  (1608—1698)  formaron  la  con- 
ciencia de  la  iglesia  en  el  Brasil  colonial  ^27^  . Por  otra  parte, 
como  Brasil  no  tendrá  guerra  de  la  emancipación  nacional  y 
el  rey  de  Portugal  fundará  el  imperio  en  el  Brasil  la  crisis  que 
asolará  a la  América  española  no  se  hará  presente  en  tal  grado 
en  este  país,  pero  tampoco  los  "aires  nuevos"  que  soplaron 
en  las  otras  naciones. 

Los  trabajos  de  Riolando  Azzi  y de  Eduardo  Hoornaert 
en  este  simposio  abren  un  camino  que  habrá  que  seguir  la- 
brando. 


413 


3.  TERCERA  EPOCA:  LA  TEOLOGIA  PRACTICO-POLITICA 

ANTE  LA  EMANCIPACION  NEOCOLONIAL  DE  LAS 

OLIGARQUIAS  CRIOLLAS  (DESDE  1808) 

Desde  1760  aproximadamente  ha  comenzado  en  Hispa- 
noamérica un  proceso  de  información  y estudio  de  las  nuevas 
interpretaciones  de  la  teología  tradicional  e influencias  cre- 
cientes del  iluminismo  principalmente  francés.  La  ocupación 
de  España  por  Napoléon  (1808)  lanza  a las  colonias,  guiadas 
por  la  oligarquía  criolla,  contra  la  burocracia  hispánica  (vi- 
rreyes, oidores,  en  gran  parte  obispos,  etc.),  y en  la  lucha  de 
la  emancipación  contra  la  metrópoli.  En  la  praxis  emanci- 
patoria,  desde  la  situación  de  clase  oligárquica,  los  sacerdotes, 
curas,  profesores,  religiosos,  laicos  universitarios  comienzan  a 
formular  la  "justificación"  teológica  de  sus  guerras.  Nace  así, 
sobre  las  ruinas  de  la  teología  de  la  cristiandad,  una  reflexión 
que  se  expresa  fuera  de  las  cátedras  (vuelve  a ser  no- 
académica,  como  en  los  primeros  tiempos  de  la  conquista),  en 
los  pulpitos^28),  en  el  grito  que  convoca  ejércitos  ^29),  en  las 
asambleas  constituyentes  —como  puede  verse  en  Tucumán, 
cuando  diecisiete  sacerdotes  constituían  la  absoluta  mayoría 
de  los  veinticuatro  diputados  electos  por  las  provincias  en 
1816—,  en  la  redacción  de  las  nuevas  constituciones  —como 
la  de  Quito  escrita  por  el  director  del  seminario  de  teología, 
en  cuyo  acto  proclamatorio  de  1809  se  cantó  la  "Salve  Re- 
gina"—, en  las  proclamas,  en  los  artículos  periodísticos  de  los 
diarios  revolucionarios,  etc.  El  fragor  de  la  guerra  y el  cambio 
de  estructuras  socio-políticas,  económicas  y administrativas, 
produjo  la  desorganización  cuando  no  la  clausura  de  las  uni- 
versidades, colegios  mayores  y seminarios;  los  profesores  se 
enrolaban  en  los  ejércitos;  las  bibliotecas  se  incendiaban  o 
echaban  a perder;  no  había  introducción  de  libros  de  Europa; 
no  venían  más  misioneros  ni  maestros;  los  seminaristas  y estu- 
diantes abandonaban  sus  estudios;  el  Patronato  real  desa- 
parece; la  teología  no  es  más  apoyada  por  el  estado;  el  santo 
oficio  de  la  inquisición  deja  de  significar  un  dique  para  todo 
tipo  de  nuevas  influencias  ideológicas.  En  este  caos  perfec- 
tamente comprensible  pierde  fuerza  la  segunda  escolástica  y 
aparecen  corrientes  apocalípticas,  iluministas  o eclépticas. 

Si  la  teología  de  la  cristiandad  fue  imitativa,  la  de  esta 
época  recobra  sin  embargo  algo  de  la  creatividad  inicial  de  la 
teología  en  América.  Los  principios  aprendidos  (en  el  tomis- 
mo o suarecianismo)  son  aplicados  a justificar  la  praxis  eman- 


414 


cipatoria  de  la  oligarquía  criolla.  Esta  etapa  deberá  ser  to- 
mada muy  en  serio  por  una  historia  de  la  teología 
latinoamericana.  Se  trata  de  un  nuevo  momento  no- 
académico,  práctico  y político  de  la  reflexión  a partir  de  una 
fe  comprometida  en  un  proceso  de  liberación,  y por  ello  desi- 
deologizante.  La  clase  dominante  en  las  colonias  (las  buro- 
cracias hispánicas)  se  ven  criticadas  por  una  teología  práctica 
de  las  oligarquías  criollas  (no  todavía  de  las  clases  más  opri- 
midas como  acontecerá  en  el  siglo  XX).  No  es  extraño, 
entonces,  que  un  Manuel  Belgrano  (1770—1820),  graduado 
abogado  en  Salamanca  y criollo  del  Río  de  la  Plata,  general 
de  los  ejércitos  de  la  emancipación,  haga  editar  en  1813  en 
Londres  un  comentario  en  cuatro  volúmenes  del  padre  La- 
gunza,  jesuíta  chileno,  sobre  el  Apocalipsis  de  Juan:  El  reino 
del  mesías  en  gloria  y majestad,  obra  que  indica  dentro  de  su 
mesianismo  el  sentido  del  futuro  en  un  movimiento  político- 
escatológico.  O que  en  el  mismo  año  se  reedite  en  Bogotá  la 
Destrucción  de  las  Indias  de  Bartolomé  de  las  Casas  para 
apoyar  el  mismo  proceso  liberador  (3°). 

Ciertamente  es  una  etapa  de  la  teología  que  habrá  que 
comenzar  a estudiar  con  mucho  detenimiento.  Las  ponencias 
de  Churruca  sobre  el  Padre  Morelos  (y,  cabe  destacarse,  la 
posición  de  un  Miguel  Hidalgo  es  todavía  más  importante  y 
clara  como  teología  de  la  liberación),  y la  del  equipo  vene- 
zolano sobre  Juan  Germán  Roscio,  cuya  obra  en  tres  tomos 
manifiesta  igualmente  y de  manera  explícita  una  teología  de 
la  liberación  emergente  de  la  praxis,  y en  especial  la  labor  de 
Max  Salinas  y los  demás  investigadores  de  Chile  (con  mucho 
trabajo  de  fuentes  y la  caracterización  de  teologías  monar- 
quistas y patriotas  enfrentadas),  indica  que  la  época  de  la 
Emancipación  nacional  es  una  cantera  casi  inexplorada  de 
teología  crítica,  contradictoria  de  otra  que  justifica  la  conti- 
nuación de  la  dominación  hispana. 

La  pobreza  de  esta  teología,  en  cuanto  a obras  escritas  o 
"seriedad  académica",  no  disminuye  su  importancia,  aunque 
en  parte  haya  quedado  abortada  ya  que  le  faltó  tiempo  y 
condiciones  para  su  consolidación.  Rápidamente  decayó  en 
una  reflexión  que  justificó  el  nuevo  orden  de  cosas  y por  ello 
perdió  su  sentido  crítico  revolucionario.  No  por  ello  no  dejó 
de  cumplir  su  función  histórica  y de  hecho  movilizó  el  pueblo 
contra  España,  ya  que  la  oligarquía  criolla  sin  el  apoyo  teo- 


415 


lógico  de  la  iglesia  no  hubiera  podido,  de  ninguna  manera, 
llevar  a cabo  el  proceso  emancipatorio. 

4.  CUARTA  EPOCA:  LA  TEOLOGIA  NEOCOLONIAL  A LA 

DEFENSIVA  (HASTA  1930) 

Las  fechas  que  sitúan  este  período  son:  por  una  parte,  la 
aceptación  por  parte  de  Roma  de  la  emancipación  neo- 
colonial  en  la  persona  del  papa  Gregorio  XVI  por  la  encíclica 
SoHicitudo  ecclesiarum  (1831),  y por  otra,  la  crisis  de  la  oli- 
garquía neocolonial  o del  liberalismo  dependiente  poco  des- 
pués de  la  crisis  económica  del  “centro”  en  1929.  En  este 
largo  siglo  la  teología  pasa  del  mero  recuerdo  de  la  teología 
de  la  cristiandad  colonial  y de  las  euforias  de  los  dos  decenios 
posteriores  al  1809,  a encerrarse  en  una  tradicional  posición 
conservadora,  provinciana,  siempre  en  retraso  de  los  aconte- 
cimientos (al  menos  hasta  mediados  del  siglo  XIX).  El 
positivismo  (que  se  hace  presente  por  influencia  francesa  en 
Brasil  con  la  obra  de  M.  Lemos,  Cmte:  Philosophie  positive, 
1874,  en  México  por  la  obra  de  Gabino  Barreda,  en  Argentina 
por  P.  Scalabrini,  etc.),  fue  criticado  por  teólogos  conser- 
vadores que  no  dejan  por  ello  de  tener  mérito:  entre  otros. 
Mamerto  Esquió  (1826—1883),  en  Argentina  y algo 
después  Jacinto  Ríos  (1842  —1892).  Algo  cambiará  la  si- 
tuación la  "romanización”  que  se  producirá  lentamente  desde 
la  fundación  en  Roma  del  Colegio  Pío  latino-americano 
(1859),  que  coincide  con  la  irrupción  de  las  élites  del  libe- 
ralismo neocolonial  anticlerical  (en  Colombia  aparecen  en 
1849,  en  México  con  Juárez  en  1857,  en  Brasil  con  la  Repú- 
blica en  1889).  Un  cierto  grupo  de  pensadores,  teólogos  u 
obispos  <31),  asume  a fin  de  siglo  esta  posición  liberal  (en 
política  se  denominará  la  "democracia  cristiana").  Es  intere- 
sante ver  cómo  Mariano  Soler  (1846—1908),  primer 
arzobispo  de  Montevideo,  de  los  primeros  alumnos  del  Pío 
latino-americano  de  Roma  y que  inaugura  presidiendo  el  Con- 
cilio plenario  latinoamericano  (1899),  en  su  obra  El  catoli- 
cismo, la  civilización  y el  progreso  ( 1 878)  , donde  critica  al 

darwinismo,  protestantismo  (sic),  racionalismo,  propaganda 
irreligiosa,  etc.,  usa  una  terminología  y hasta  categorías  y 
problemática  progresistas  y liberales  (con  bibliografía  en  fran- 
cés, inglés  e italiano  de  la  época),  pero  dentro  de  una  postura 
fundamentalmente  conservadora  y tradicional  agraria.  Hay 
entonces  una  desconfianza  a la  cultura  burguesa,  tecnológica 


416 


naciente,  anglonorteamericana  que  comienza  a ser  imperial 
monopólica,  pero  por  razones  europeocontinentales,  latinas 
y por  una  tradición  agraria  conservadora  latinoamericana.  Sin 
embargo  es  a comienzos  de  siglo,  y a partir  de  las  minorías  de 
"católicos  liberales"  que  se  comienza  a pasar  a una  supe- 
ración de  esta  posición  y se  gestan  las  posiciones  que  poste- 
riormente asumirán  decididamente  la  teología  progresista, 
practicada  de  todas  maneras  por  los  sectores  o clases  medias, 
aliadas  de  la  alta  oligarquía. 

Como  muy  bien  demostró  Beozzo,  el  pasaje  de  un  pen- 
samiento conservador  a otro  liberal,  y aún  popular,  es  un 
hecho  que  debe  considerarse  en  esta  época.  La  figura  de 
Julio  Cesar  de  Moráis  Carneiro  (1850—1916),  podría  bien 
colocarse  como  prototipo  de  la  época.  De  todas  maneras  los 
argentinos  nombrados  arriba,  los  chilenos  tales  como  Pedro 
Félix  Vicuña  o Juan  José'  Julio  Erizalde  (todos  laicos);  Riva 
Agüero  o Víctor  Andrés  Belaúnde  en  Perú,  Trinidad  Santos 
en  México,  y tantos  otros  (entre  los  que  cabe  nombrar  a los 
Redentoristas  de  fines  de  siglo:  los  Padres  Grote  o Sonderns, 
que  por  su  experiencia  alemana  lanzan  los  "Círculos  obre- 
ros") nos  indican  que  no  todo  fue  conservadurismo,  y que  el 
liberalismo  que  algunos  católicos  adoptaron  deberá  ser  estu- 
diado con  más  cuidado. 

La  presencia  de  Roma  es  creciente  y en  particular  de 
Italia.  Los  teólogos  del  concilio  Vaticano  I tienen  influencia 
directa  por  los  cada  vez  más  numerosos  estudiantes  en  teo- 
logía que  viajan  a Roma.  Sólo  Chile  envía  desde  fines  del 
siglo  XIX  algunos  seminaristas  fuera  de  Italia.  La  tercera  esco- 
lástica se  hace  presente  en  todos  los  centros  de  enseñanza 
teológica.  La  Universidad  católica  de  Chile  es  fundada  en 
1869,  transformándose  en  el  más  importante  centro  teológico 
de  América  latina  hasta  bien  entrado  el  siglo  XX. 

Desde  1850  la  presencia.de  protestantes  se  hace  notar, 
porque  anteriormente  a esta  fecha  fue  muy  esporádica.  Los 
presbiterianos  inician  su  obra  en  Colombia  en  1856,  en  Brasil 
en  1859,  en  México  en  1872.  Los  metodistas  en  Brasil  en 
1835  y en  igual  fecha  en  Uruguay  (pero  fracasan)  y vuelven 
en  1876.  Los  baustistas  en  Argentina  en  1881.  Sólo  en  el 
congreso  de  Panamá  de  1916  reúnen  sus  fuerzas.  Teológi- 
camente hasta  la  obra  de  un  Rubem  Alves  o Míguez  Bonino 
en  la  actualidad  no  se  había  aportado  novedad  que  deba 
tenerse  en  cuenta. 


417 


5.  QUINTA  EPOCA:  LA  TEOLOGIA  DE  LA  “NUEVA 

CRISTIANDAD"  (DESDE  1930) 

En  esta  época  se  producirá  el  pasaje  de  la  teología  tradi- 
cional, reflejo  de  las  clases  posesoras  del  campo  o terrate- 
nientes, integrista  (cuyo  enemigo  era  el  liberalismo  burgués, 
el  comunismo,  el  protestantismo  y los  "tiempos  modernos'')  a 
la  teología  desarro  ¡lista,  reformista,  que  asume  ya  el  ethos 
burgués  pero  en  la  trágica  posición  de  ser  un  capitalismo 
dependiente  —en  el  mejor  de  los  casos,  porque  la  mayoría  de 
nuestras  naciones  no  alcanza  ni  siquiera  el  nivel  de  capita- 
lismo y es  sólo  una  neocolonia  de  explotación  de  materias 
primas  sin  burguesía  nacional  propiamente  dicha—. 

La  crisis  del  año  29  produjo  por  "coletazo"  la  crisis  en  la 
"periferia",  pero  especialmente  en  América  Latina.  En  ciertos 
países  como  en  el  cono  cur  (Argentina,  Uruguay,  Chile),  en  el 
centro  del  Brasil  (entre  Río  y Sáo  Paulo)  y en  México,  se 
inicia  como  respuesta  una  cierta  industrialización  de  sustitu- 
ción de  importaciones,  movimiento  que  se  acrecentará  en  la 
segunda  guerra  mundial.  Pero  al  mismo  tiempo  surgen  movi- 
mientos sociales  populares  (el  primero  de  los  cuales  fue  la 
revolución  mexicana  de  1910,  posteriormente  hábilmente 
orientada  por  la  burguesía  de  ese  país)  que  imposibilitan  a las 
burguesías  neocoloniales  ejercer  el  poder.  Aparecen  así  las 
clases  militares  en  prácticamente  todos  los  países,  en  nombre 
primero  de  las  clases  terratenientes  y después  de  la  ambigua 
unidad  de  la  burguesía  nacional  y las  clases  trabajadoras.  Esto 
significa  el  fin  del  liberalismo  militante,  laicista  (a  la  francesa 
e inspirada  en  Littré),  positivista  (a  partir  de  Comte),  anti- 
clerical (aunque  cristianamente  moralizante),  y,  en  cambio,  se 
comienza  una  apertura  y hasta  se  buscará  el  apoyo  de  la 
iglesia  católica  tradicional,  conservadora.  Esto  permitirá  la 
organización  de  gigantescos  congresos  eucarísticos,  pero, 
principalmente,  la  fundación  de  la  acción  católica  u otras 
instituciones  semejantes,  que  parten  de  la  formulación  teórica 
de  la  teología  de  "nueva  cristiandad". 

La  tercera  escolástica,  que  florece  desde  el  concilio  Vati- 
cano I (1869—1870)  en  la  Europa  latino-católica,  aunque  hay 
muchos  teólogos  alemanes  (tales  como  un  Kleugten  que 
muere  en  1893),  queda  consagrada  en  la  encíclica  sobre  la 
necesidad  en  los  estudios  a partir  de  Tomás  de  Aquino.  El  eje 


418 


es  Roma-Lovaina.  El  catolicismo,  h§biendo  abandonado  len- 
tamente las  tesis  primero  imperiales  y después  monárquicas  y 
feudales,  se  abre  lentamente  a la  aceptación  y después  a la 
apasionada  justificación  de  la  democracia  liberal  y,  subrepti- 
ciamente, del  régimen  burgués  capitalista,  que  recibirá 
siempre  reformistas  modificaciones.  Cuando  hoy  se  leen  las 
obras  de  Mercier,  Garrigoud  Lagrange.  o Maritain,  dejando  de 
lado  su  gran  valor  y la  importancia  que  han  tenido  en  la 
reformulación  católica,  no  puede  menos  que  dejarse  ver  un 
importante  momento  de  ocultamiento  en  el  nivel  socio- 
político.  Reyes  Mate  nos  lo  ha  mostrado  en  alguno  de  sus 
aspectos. 

En  1928  van  a Roma  a estudiar  la  organización  de  la 
acción  católica  los  presbíteros  Caggiano  (que  será  después 
cardenal  de  Buenos  Aires,  Argentina)  y Miranda  (que  iguaL 
mente  será  cardenal  de  México).  Desde  1929  se  institu- 
cionaliza lentamente  en  todos  nuestros  países.  Esta  teo- 
logía distinguía  claramente  entre  los  "temporal"  y "es- 
piritual"; el  laico  era  responsable  de  lo  temporal,  mundano, 
material  y político;  el  sacerdote  era  el  "hombre  de  lo  espiri- 
tual", el  vicario  del  reino  de  Cristo.  La  función  del  pueblo 
cristiano,  del  militante  era  cumplir  el  "apostolado".  Este 
"envío"  o misión  se  definía  como  una  "participación  en  el 
apostolado  Jerárquico  de  la  iglesia";  entendiendo  por  jerár- 
quico el  de  los  obispos  y sacerdotes.  De  esta  manera  los  mi- 
nisterios y el  sacramento  del  orden  suprimían  prácticamente 
la  significación  de  los  carismas  y el  sacramento  del  bautismo. 
Los  laicos  podían  actuar  en  política  en  partidos  de  "inspi- 
ración cristiana”  —y  así  surge  en  Chile  en  1936  el  grupo  de  la 
"falange",  que  se  separa  de  la  juventud  del  partido  conser- 
vador, y que  después  de  la  segunda  guerra  mundial  y por 
influencia  italiana  se  denominará  la  "democracia  cristiana", 
que  florecerá  especialmente  entre  1950  a 1970—;  podrán 
actuar  en  sindicatos  obreros  pero  igualmente  de  "inspiración 
cristiana"  —así  se  organizó  la  CLASC  o Confederación  la- 
tinoamericana de  sindicatos  cristianos,  que  no  fueron  sino 
sindicatos  reformistas  en  la  mayoría  de  los  casos—;  podrán 
ejercer  la  docencia  pero  en  "escuelas  cristianas",  etc.  La  tarea 
es  entonces  reconvertir  a las  naciones  latinoamericanas  en  na- 
ciones católicas:  el  reino  de  Cristo  exige  el  que  se  reconozca  a 
la  religión  católica  como  la  oficial  y mayoritaria.  La  iglesia 
sueña  entonces  con  recuperar  la  cuota  de  poder  que  ha  per- 

419 


dido  en  el  siglo  XIX  desde  la  crisis  de  la  cristiandad  y su 
mediación  son  los  laicos  militantes. 

Esta  teología  de  la  "nueva  cristiandad"  no  es  académica 
sino  militante,  pero  no  es  directamente  política  sino  más  bien 
dualista,  en.  aquello  de  temporal-espiritual,  estado-iglesia 
como  sociedades  perfectas  cada  una  en  su  nivel  y no  con- 
flictivas. 

Habrá  que  esperar  hasta  1955  para  que  se  dé  el  paso 
hacia  una  teología  de  sarro! lista;  es  decir,  el  momento  en  que 
los  cristianos  o parte  de  ellos,  asumen  decididamente  el 
proyecto  burgués  —y  de  pequeña  burguesía—  de  expansión  y 
desarrollo.  Sin  embargo,  es  evidente,  no  había  para  nada  to- 
davía conciencia  del  problema  de  la$  clases  y de  la  depen- 
dencia que  el  continente  latinoamericano  sufría  bajo  el  poder 
económico,  político  y militar  de  los  Estados  Unidos.  La 
tercera  escolástica  había  recibido  el  auxilio  de  un  Jacques 
Maritain  y por  último  de  Emmanuel  Mounier,  y con  ellos  se 
había  remozado  una  cierta  interpretación  de  la  realidad. 

Los  teólogos  se  formaban  ahora  no  sólo  en  Italia,  sino 
que  los  más  progresistas  iban  ahora  a Francia,  país  de  la 
pastoral,  de  las  experiencias  catequéticas,  litúrgicas,  de  espiri- 
tualidad, de  los  sacerdotes  obreros,  etc.  La  "doctrina  social" 
de  la  iglesia  permitía  a muchos  realizar  experiencias  de  com- 
promiso obreros  o en  grupos  marginados. 

En  esta  época  florecen  las  fundaciones  de  facultades  o 
centros  teológicos  en  las  universidades  tales  como  la 
Xaveriana  de  Bogotá  (fundada  en  1937),  la  católica  de  Lima 
(1942),  la  Bolivariana  de  Medellín  (1945),  las  católicas  de 
Sáo  Paulo  y Río  de  Janeiro  (1947),  la  de  Porto  Alegre 
(1950),  las  Campiñas  y Quito  (1956),  las  de  Buenos  Aires  y 
Córdoba  (1960),  la  de  Valparaíso  y la  Centroamericana  en 
Guatemala  (1961),  y muchas  otras  después.  La  teología  "a  la 
europea"  tenía  un  ámbito  académico  en  el  cual  podía  ir  cre- 
ciendo a la  espera  de  su  momento  creativo. 

La  praxis  eclesial  iba  igualmente  creciendo.  La  acción 
católica  fundada  en  1931  en  Argentina  y Chile,  en  1934  en 
Uruguay,  en  1935  en  Costa  Rica  y Perú,  en  1938  en  Bolivia, 
y poco  a poco  en  todos  los  países,  permite  ir  pasando  a una 
tibia  "lucha  social".  Grupos  como  los  de  "economía  hu- 
mana" inspirado  en  Lebret,  o el  "centro  Belarmino"  en 


420 


Santiago  de  Chile,  van  creando  conciencia.  Lo  mismo  puede 
decirse  de  los  centros  de  investigaciones  sociales  y religiosas 
que  se  fundan  en  Buenos  Aires,  Santiago,  Bogotá,  México  y 
que  permitirán  comenzar  a tener  una  cierta  visión  socio- 
gráfica  (no  digo  sociológica  y menos  económico-política)  de 
la  realidad  latinoamericana. 

Nos  es  menos  importante  la  fundación  del  CELAM  en 
Río  en  1955,  por  inspiración  de  monseñor  Larraín,  que  per- 
mitirá la  coordinación  de  los  movimientos  apostólicos  y será 
igualmente  el  lugar  donde  se  irán  formando  los  teólogos 
militantes  de  la  próxima  época.  Aparece  igualmente  la  Confe- 
deración latinoamericana  de  religiosos  (CLAR)  en  1958,  y 
poco  a poco  comienza  la  organización  latinoamericana  de 
todo  tipo  de  movimientos:  facultades  de  teología,  seminarios 
teológicos,  movimientos  de  acción  católica,  sindicales,  etc. 

Por  otra  otra  parte  se  echan  bases  del  movimiento  bí- 
blico. Los  protestantes  por  sus  "sociedades  bíblicas"  y los 
católicos  por  medio  de  seminarios,  revistas  y nuevas  ediciones 
de  la  Biblia  van  abriendo  el  camino  de  una  renovación  en  este 
sentido. 

Sin  embargo,  puede  decirse  que  aún  después  de  la  se- 
gunda guerra  mundial  la  producción  teológica  es  por  imi- 
tación y aplicación  de  lo  europeo,  sin  conocimiento  histórico 
ni  real  de  América  Latina. 

6.  SEXTA  EPOCA:  LA  TEOLOGIA  DE  LA  LIBERACION 

LATINOAMERICANA  (DESDE  1959) 

Esta  última  época  tiene  cuatro  momentos  claramente 
discernibles:  el  primero  (de  1959  a 1968),  desde  el  anuncio 
del  concilio  Vaticano  II  hasta  Medellín,  tiempo  de  pre- 
paración y postura  más  bien  desarrollista  todavía;  el  segundo 
(de  1968  a 1972),  tiempo  de  la  formulación  de  la  teología  de 
la  liberación  y actitud  de  creatividad  ante  ciertas  coyunturas 
que  mostraban  un  camino,  aunque  no  fácilmente  practicable 
a corto  plazo;  el  tercero,  que  se  inicia  en  Sucre  en  1972  entre 
los  católicos  por  la  reestructuración  del  CELAM  y en  el 
campo  protestante  en  la  UNELAM,  tiempo  de  maduración, 
de  persecución,  de  toma  de  conciencia  acerca  de  un  largo 
proceso  de  liberación:  estamos  en  el  exilio,  en  el  cautiverio; 


421 


de  la  profundización  del  Exodo  pasamos  a repensar  el  se- 
gundo Isaías  y los  otros  libros  de  los  prisioneros  en  Babilonia; 
el  cuarto , tiene  por  inicio  dos  hechos,  uno  extraeclesial  y del 
ámbito  político  internacional  (la  subida  de  Cárter  y la  polí- 
tica de  la  Comisión  Trilateral),  y otro  eclesial  (el  anuncio  de 
la  III  Conferencia  del  Episcopado  latinoamericano  que  se  rea- 
lizará en  Puebla).  Termina  este  momento  con  la  realización 
de  la  III  Conferencia  y con  el  triunfo  del  pueblo  nicaragüense 
el  19  de  julio  de  1979.  De  esta  manera  la  década  del  80  queda 
abierta  a partir  de  posiciones  perfectamente  definidas  y más 
contrapuestas  que  nunca. 

Como  Luis  Alberto  Gómez  de  Souza  explicaba  en  el  / 
Encuentro  latinoamericano  de  teología  (México,  agosto  de 
1975),  dentro  del  proceso  de  un  capitalismo  dependiente 
como  proceso  desigual  combinado  coexisten  en  el  presente 
una  teología  tradicional  (reflejo  de  las  clases  ligadas  al  agro), 
una  teología  desarrollista  (de  las  clases  burguesas  y pequeña 
burgesía)  y la  teología  de  la  liberación  (que  expresa  la  fe  de 
clases  emergentes:  obreros,  campesinos,  marginados  y 
sectores  medios  radicalizados).  Es  por  ello  que  en  este  mo- 
mento el  enfrentamiento  teológico  en  América  Latina  no 
antepone  "teología  tradicional-teología  de  la  liberación", 
sino  "teología  progresista  desarrollista  (inspirada  en  lo  mejor 
del  pensar  europeo  actual)-teología  de  la  liberación".  Las 
críticas  que  la  teología  de  la  liberación  dirige  frecuentemente 
a lo  mejor  del  pensar  europeo  (sea  político,  de  la  esperanza, 

etc. )  en  realidad  se  endereza  contra  aquellos  que  entre  no- 
sotros lo  usan  para  desacreditar  una  teología  real  y crítica  en 
América  Latina  (que  no  puede  ser  la  adoptada  por  la  teología 
reformista  europea,  cálida  para  el  mundo  del  "centro",  pero 
profundamente  ambigua  e ideológica  en  la  "periferia").  Esto 
exige  a los  teólogos  europeos  considerar  la  repercusión  de 
sus  propuestas  en  la  "periferia",  porque  si  allí  son  reformistas 
aquí  pueden  ser  reaccionarias,  antirrevolucionarias,  en 

fin,  aliadas  con  las  teologías  francamente  tradicionalistas. 

La  teología  de  la  liberación  no  surge  por  generación 
espontánea.  Tiene  una  historia  reciente  —la  historia  a largo 
plazo  debe  remontarse  hasta  Bartolomé  de  las  Casas  en  el 
siglo  XVI— . Entre  los  movimientos  juveniles  — iel  joven  es 
todavía  libre  ante  el  sistema!  — de  la  acción  católica 
especializada  (JUC,  JEC,  JOC)  de  la  última  época  de  la 


422 


"nueva  cristiandad"  se  comienza  a descubrir  la  responsabi- 
lidad del  laico  como  tal  y su  exigencia  de  compromisos 
políticos.  Procedentes  de  los  sectores  medios  —de  pequeña  y 
media  burguesía  en  su  mayoría  o de  obreros  y campesinos 
dirigentes—,  en  el  1950—1960  (en  Brasil,  por  ejemplo),  estos 
grupos  se  radicalizan,  ya  que  no  aceptan  más  la  alianza  con  la 
burguesía  industrial  y la  oligarquía  terrateniente.  Muchos  de 
ellos  son  estudiantes  que  soportan  con  "mala  conciencia"  la 
no  pertenencia  natural  a las  clases  oprimidas.  Por  ello  re- 
chazan a su  clase,  pasan  del  reformismo  a la  revolución,  fre- 
cuentemente adoptan  no  ya  un  anticomunismo  de  derecha 
sino  de  extrema  ¡zquiera  (los  PC  serían  reaccionarios),  y caen 
también  a veces  en  un  romanticismo  por  falta  de  realismo 
político.  Este  utopismo  puede  observarse  en  las  posiciones 
heroicas  de  un  Camilo  Torres  en  Colombia  (que  muere  el  16 
de  febrero  de  1966),  o de  los  "guerrilleros  del  Teoponte"en 
Bolivia  . Por  un  acto  voluntarista,  y ante  el  pesimismo  del 
proceso  de  transformación,  se  intenta  hacerlo  todo  y de  una 
vez.  No  es  extraño  que  los  grupos  armados  de  la  izquierda 
peronista  en  Argentina  ("montoneros")  hayan  sido  fundados 
por  antiguos  dirigentes  de  la  JUC,  o que  el  MIR  en  Chile 
contara  con  la  mayoría  del  así  llamado  "grupo  de  los  ochen- 
ta" sacerdotes.  Sin  embargo,  la  telogía  de  la  liberación  no  es 
ni  mucho  menos  la  expresión  de  grupos  "foquistas",  guerri- 
lleros o de  extrema  izquierda.  Muy  por  el  contrario,  significa 
una  reflexión  que  se  funda  en  una  realidad  mucho  más  pro- 
funda, fecunda,  y que  por  ello  crece  en  la  persecución,  en  el 
martirio  de  los  cristos  latinoamericanos,  cientos  que  dan  su 
vida  por  su  fe,  en  situación  política  concreta,  asesinados  por 
fuerzas  parapoliciales,  o por  las  policías,  ejércitos  o grupos 
vinculados  con  la  CIA  o sus  secuaces,  pero  especialmente 
junto  al  pueblo  que  se  organiza,  que  se  moviliza. 

a)  Tiempo  de  preparación  (1959—1968) 

La  teología  desarrollista  se  apoya  en  el  mítico  proceso 
del  "desarrollo"  de  los  pueblos  subdesarrollados,  gracias  a la 
ayuda  técnica  y el  capital  de  las  potencias  del  "centro"  (prin- 
cipalmente Estados  Unidos  y Europa).  Esto  alcanzó  su  má- 
xima expresión  con  la  "Alianza  para  el  progreso”  de  Kenne- 
dy, en  1961,  como  contraposición  a la  triunfante  revolución 
cubana  (enero  de  1959).  La  teología  del  desarrollo  *34*  es  la 


423 


reflexión  de  una  fe  que  en  el  campo  socio-político  y econó- 
mico propone  reformas  sociales  parciales;  tiene  una  espiri- 
tualidad "funcionalista":  la  "gracia  de  estado"  ayuda  a 
cumplir  su  deber  y a dar  el  "buen  ejemplo";  está  al  tanto  de 
lo  último  que  aparece  en  Europa;  setratade  "encarnarse"  en 
el  mundo  (sin  haber  descubierto  la  conflictividad  que  se  ejer- 
ce en  dicho"mundo",  considerado  como  bueno  o positivo 
desde  una  actitud  a priori  positiva).  Lo  que  pasa  es  que  el 
"mundo"  es  el  del  capitalismo  burgués  y no  se  descubre  el 
conflicto  porque  se  ha  educado  al  cristiano  dentro  de  la 
cultura  burguesa  eclesial. 

El  Concilio  Vaticano  II  debe  inscribirse  dentro  del  proce- 
so cultural  de  Europa  Central  y de  la  coexistencia  pacífica,  de 
la  hegemonía  de  Estados  Unidos  (que  crecerá  hasta  la 
reunión  de  Helsinski).  En  él  la  participación  de  los  latinoa- 
mericanos puede  considerarse,  teológicamente,  como  nula. 
Era  explicable,  dado  el  grado  de  inmadurez  de  la  reflexión 
teológica  en  nuestro  continente  desde  comienzo  del  siglo. 

El  obispo  de  Talca,  Manuel  Larraín,  es  elegido  en  pleno 
concilio  presidente  del  CELAM  en  1963  (cargo  que  ocupa 
hasta  su  accidental  muerte  en  1966).  Ese  movimiento  cul- 
mina en  la  II  Conferencia  general  del  episcopado  latinoame- 
ricano realizada  en  Medellín  (1968).  Medellín  es  el  fin  del 
momento  de  preparación:  su  vocabulario  es  desarrollista  (se 
habla  de  "promoción  humana",  "desarrollo")  y de  liberación 
("tensiones  internacionales  y neocolonialismo  externo", 
"distorsión  creciente  del  comercio  internacional",  "fuga  de 
capitales  económicos",  "monopolios  internacionales  o impe- 
rialismo del  dinero").  Fue  fruto  de  un  largo  proceso. 

Desde  fines  de  la  guerra  grupos  de  jóvenes  seminaristas  o 
teólogos  estudiaron  en  Francia  y después  en  Austria  y Ale- 
mania; algunos  en  Estados  Unidos.  Al  comienzo  sólo  "re- 
petían" lo  aprendido.  Poco  a poco,  y gracias  a ciertos 
organismos  (tales  como  el  FERES  (35>  fundado  por  Houtart 
o DESAL  ^36)  por  Vekemans  en  1961,  ambos  belgas  pero 
que  seguirán  después  muy  diversos  caminos)  se  comienza  a 
describir  la  realidad.  El  mismo  ILADES  <37)  en  Santiago  de 
Chile  se  instala  en  1961.  La  sociología  religiosa  deja  paso  a la 
sociología  general  y a la  pastoral.  Así  se  fundó  el  ICLA  (38> 
sur  (1961)  y norte  (1966),  y poco  después  el  Instituto  Lati- 
noamericano de  Liturgia  Pastoral  (1965);  el  OSLAM  <39>  que 


424 


daba  cursos  para  profesores  de  seminarios;  el  IPLA  (40>  que 
abrió  sus  puertas  en  Quito  en  1968  y por  donde  se  formaron 
más  de  500  pastoral istas,  y que  había  comenzado  sus  acti- 
vidades itinerantes  desde  enero  de  1964  bajo  la  inspiración  de 
monseñor  Proaño  y un  grupo  de  activos  teólogos.  Teoló- 
gicamente este  período  desarrollista  culmina  en  un  congreso 
tenido  en  México  del  24  al  28  de  septiembre  de  1969,  bajo  el 
lema  de  "Fe  y desarrolló”. 

Los  contactos  latinoamericanos,  la  exigencia  de  exponer 
teolgía  ante  participantes  de  todos  los  países  latinoa- 
mericanos (desde  México  y el  Caribe,  hasta  Brasil,  la  zona 
andina  y el  cono  sur)  permitió  a los  teólogos  no  "repetir" 
simplemente  lo  aprendido  en  Europa,  sino  ampliar  su  dis- 
curso a la  realidad  latinoamericana  e irse  haciendo  cargo  de  la 
problemática  angustiosa  de  pobreza  e injusticia  que  sufría  el 
continente. 

) 

Los  teólogos  latinoamericanos  de  esta  primera  época 
fueron,  entre  otros,  Juan  Luis  Segundo  ^41*  y J.  Comblin 
—que  aunque  belga  vive  en  América  Latina  desde  hace  ya 
veinte  años  ^42^  ; su  obra  L'échec  de  l'Action  Catholique 
(1959),  escrita  a partir  de  su  experiencia  en  el  Brasil,  fue  el 
fin  y la  primera  crítica  autorizada  de  la  teología  de  la  "nueva 
cristiandad".  Al  mismo  tiempo,  y en  otra  línea,  y como 
pasaje  a la  etapa  posterior,  se  habló  en  esos  años  de  teología 
de  la  revolución  (43> , tema  sugerido  en  los  medios  ecumé- 
nicos y en  los  que  ya  participaron  teólogos  latinoa- 
mericanos <44). 

b)  Formulación  de  la  "teología  de  la  liberación"  ( 1968—1972 ) 

Un  largo  proceso  se  había  venido  gestando  en  América 
Latina.  En  1959  un  grupo  de  guerrilleros  derroca  a Batista  en 
Cuba.  Fidel  Castro  aparece  junto  al  "Che"  Guevara  como 
símbolo  mundial  y latinoamericano  del  proceso  de  liberación 
contra  el  imperialismo  norteamericano.  Desde  ese  momento 
se  organizan  movimientos  de  liberación  en  todas  partes.  En 
Chile,  con  la  Unión  Popular,  el  proceso  manifiesta  nueva  vita- 
lidad (1970).  El  retorno  de  Perón  y las  propuestas  de  libe- 
ración del  movimiento  popular  en  Argentina  (1972—1973) 
abren  grandes  esperanzas.  Parece  posible  organizar  un  movi- 
miento continental  de  liberación  histórica.  Por  su  parte  el 


425 


CELAM  ha  organizado  críticamente  sus  institutos.  Se  suceden 
reuniones  de  estudios  de  religiosos,  de  obispos,  de  laicos.  Los 
movimientos  de  "base”  son  cada  vez  más  numerosos.  Los 
grupos  sacerdotales  crecen  en  casi  todos  los  países  —los  más 
importantes  son  "Sacerdotes  para  el  tercer  mundo”  en  Argen- 
tina, el  "Grupo  de  los  ochenta”  en  Chile,  el  ONIS  en  Perú, 
etc.—.  Los  universitarios  se  comprometen  políticamente  den- 
tro de  una  línea  socialista. 

Es  a partir  de  esta  realidad  que  se  produce  en  el  nivel  de 
las  ciencias  humanas  desde  1964,  aproximadamente,  una 
ruptura  epistemológica:  la  socio-economía  del  desarrollo  se 
transforma  en  teoría  de  la  liberación  por  mediación  del  diag- 
nóstico que  propone  la  "teoría  de  la  dependencia”  (45> . En 
síntesis  se  enuncia:  es  imposible  desarrollar  los  países  subde- 
sarrollados porque  su  subdesarrollo  se  debe  a que  son  expo- 
liados sistemáticamente  por  los  países  del  "centro".  La  "peri- 
feria" —lo  descubre  Raúl  Presbich,  economista  de  la  CEPAL 
de  la  UNESCO,  en  1964  en  la  reunión  de  la  I UNCTAD—  vende 
cada  vez  más  baratas  sus  materias'  primas,  mientras  los  pro- 
ductos manufactureros  del  "centro”  se  venden  más  caros.  El 
desequilibrio  es  creciente  y estructural.  Surge  así  la  sociología 
de  la  liberación  y con  ella  la  economía  nueva 

No  es  extraño  entonces  que  sea  en  1968  que  la  teología 
asume  la  experiencia  y anhelo  de  las  "bases"  y las  hipótesis 
de  las  ciencias  humanas:  nace  así  la  "teología  de  la  libe- 
ración". Gustavo  Gutiérrez,  asesor  de  movimientos  estu- 
diantiles en  Perú,  lanza  la  pregunta:  ¿Teología  del  desarrollo 
o teología  de  la  liberación?  <47> ; lo  mismo  se  propone 
Richard  Schaull  en  el  nivel  ecuménico  *48^,  Rubem  Alves 
desde  el  protestantismo  brasileño  *49*  ,o  Lucio  Gera  desde  el 
populismo  argentino,  que  se  levanta  contra  la  teología  de  la 
secularización  . Desde  la  praxis  de  liberación  se  efectúa 
una  crítica  a las  teologías  de  la  revolución,  de  la  "muerte  de 
Dios",  de  la  secularización.  Con  Hugo  Assmann  se  ven 
las  diferencias  con  la  teología  política  y de  la  esperanza,  y el 
movimiento  cobra  consistencia,  aproximadamente  desde 
1970—1971.  Es  en  esa  época  que  comienza  también  el  apoyo 
histórico  y filosófico  a la  naciente  teología  latinoamericana 
de  la  liberación  <52)  . Teológicamente  es  el  Encuentro  de  El 
Escorial  (España,  julio  de  1972)  <53>  la  primera  reunión 
donde  pueden  dialogar  juntos  los  que  participan  de  este  movi- 


426 


miento.  Allí  se  hace  presente  Míguez  Bonino  (54),  de  larga 
trayectoria  en  el  Consejo  ecuménico  de  las  iglesias,  y Juan  C. 
Scannone  de  Argentina  . Por  su  parte  de  revista  Víspera 
(editada  en  Montevideo),  en  torno  a Borrat  y Methol  Ferré, 
significa  un  vínculo  de  unión  , al  mismo  tiempo  que  el 
“Servicio  de  Documentación"  del  mismo  MIEC  en  Lima.  Re- 
vistas como  S tro  mata  (Buenos  Aires),  Teología  y Vida  (San- 
tiago), Christus  (México),  Pastoral  Popular,  Revista  Baslleira 
de  Teología  (Petropolis),  Sic  (Caracas),  Diálogo  (Panamá), 
etc.,  publican  contribuciones  en  la  nueva  línea. 

Esta  etapa  que  iniciara  a su  manera  el  arzobispo  de  0- 
linda-Recife,  Hélder  Cámara  junto  a otros  dieciséis  obispos  de 
la  "periferia",  en  el  documento  que  apareció  en  Témoignage 
Chrétien  (París,  31  de  julio  de  1966)  cuando  afirmaron  que 
"los  pueblos  del  tercer  mundo  constituyen  el  proletariado  del 
mundo  actual",  fue  confirmada  por  el  secretario  del  CELAM, 
en  ese  entonces  monseñor  Eduardo  Pironio,  cuando  en  una 
declaración  en  Nueva  York  declaró  que  "nuestra  misión, 
como  la  de  .Cristo,  consiste  en  dar  la  buena  nueva  a los  po- 
bres, proclamar  la  liberación  de  los  oprimidos"  (Maryknoll, 
1971)  (57) . Se  trata  de  una  reflexión  teológica,  que  piensa  el 
compromiso  político  concreto  del  cristiano,  en  su  situación 
geopolítica  de  "periferia"  y en  su  ubicación  social  de  "inte- 
lectual orgánico"  de  las  clases  oprimidas  o de  participante  a 
parte  entera  en  los  riesgos  de  la  liberación  de  dichas  clases.  La 
"lucha"  no  es  lo  querido;  la  "lucha"  es  el  fruto  de  la  opre- 
sión. 


c)  El  " cautiverio " y el  " exilio " como  momentos  de  la  liberación 

(desde  1972 ) 

La  teología  de  la  liberación,  que  se  había  inspirado  pre- 
ponderantemente  en  las  gestas  positivas  gje  liberación  (y  por 
ello  en  Moisés  saliendo  de  Egipto),  descubre  ante  la  dura 
realidad  de  la  praxis  el  tema  del  "cautiverio"  y "exilio"  —el 
que  escribe  estas  líneas  ha  debido  abandonar  su  patria  y las 
redacta  desde  el  exilio  real,  concreto—.  No  es  difícil  com- 
prender por  qué  dicho  tema  es  propuesto  por  los  teólogos 
brasileños.  Así  aparece  la  figura  de  Leonardo  Boff  <58) , entre 
otros.  El  Cristo  liberador  es  el  "siervo  sufriente"  (5Q).  La 
sombra  de  la  represión,  la  dominación  imperial,  cubre  prácti- 


427 


camente  todo  el  continente  (a  excepción  de  una  isla  del 
Caribe).  Los  grupos  se  redefinen  ante  la  persecución  desde 
afuera  (la  del  estado  policíaco)  y desde  dentro  (la  de  la  mis- 
ma iglesia),  y la  teología  de  la  liberación  comienza  su  madu- 
ración en  la  cruz. 

Ante  el  fracaso  de  la  "Alianza  para  el  progreso",  Esta- 
dos Unidos  cambia  su  política  con  respecto  a América  Latina. 
Es  por  ello  que  la  CIA,  por  ejemplo,  se  opone  en  Chile  a la 
Unidad  Popular  en  1963,  año  del  nombramiento  de  William 
Rogers,  el  nuevo  encargado  de  asuntos  latinoamericanos  de 
Estados  Unidos,  y entrega  diez  millones  de  dólares  a un  sacer- 
dote belga  para  ayudar  en  la  propaganda  a la  democracia 
cristiana  . En  1964  se  produce  el  golpe  de  estado  en  Bra- 
sil, bajo  la  conducción  teórica  y práctica  de  Golbery,  que  es 
formado,  al  igual  que  los  jefes  militares  que  producirán  los 
golpes  de  Uruguay  (1971),  Bolivia  (1972)  y Chile  (1973),  en 
los  Estados  Unidos  o en  la  School  of  Panama  (zona  del 
canal).  El  llamado  "informe  Rockefeller"(  1969)  viene  a 
confirmar  esa  línea  dura,  al  indicar  que  por  la  "seguridad  del 
hemisferio  occidental"  (de  los  Estados  Unidos)  es  necesario 
ayudar  a los  militares,  aunque  de  hecho  sean  dictadores  (claro 
que  no  se  dice  así),  para  que  cumplan  la  función  de  defen- 
sores del  orden  y de  los  valores  de  la  "civilización  occidental 
y cristiana".  Entre  esos  defensores  cristianos  se  encuentran 
los  presidentes  del  Brasil,  los  militares  uruguayos  en  el 
poder,  Bánzer,  Pinochet,  etc.  El  imperio  no  habla  ya  de 
libertad  ni  de  democracia  en  sus  neocolonias,  ahora  habla  de 
"orden"  y "seguridad"  confiando  en  su  "dios"  (¡n  God  we 
trust),  que  cada  vez  parece  más  un  dios  Marte,  el  de  la  guerra, 
el  que  funda  la  victoria  de  los  opresores.  Es  evidente  que  la 
imprudencia  política  de  los  grupos  "foquistas"  o guerrilleros 
permite  que  los  ejércitos  se  transformen  en  grupos  de 
ocupación  en  favor  del  imperio.  Grupos  de  la  iglesia  apoyan 
esta  gestión  y sacralizan  esa  línea  de  "extrema  derecha".  Es 
importante  observar  que  junto  a estas  posiciones  se  agrupan 
los  "progresistas",  reformistas,  teólogos  desarrollistas  poscon- 
ciliares que  se  inspiran  en  lo  mejor  de  la  teología  europea. 
Todos  ellos  critican  a la  teología  de  la  liberación  y formulan 
proyectos,  apoyados  algunos  por  entidades  católicas  ale- 
manas, para  su  crítica.  El  argumento  es  simple:  se  unifica  a la 
teología  de  la  liberación  con  la  "extrema  izquierda"  (lo  cual 
es  falso)  y con  los  grupos  guerrilleros,  y luego  se  la  critica 


428 


como  siendo  el  apoyo  estratégico  y marxista-cristiano  de 
dichos  grupos  violentos  . 

Las  reuniones  de  Bogotá  de  noviembre  de  1973  (63)  y de 
Toledo  (1974)  l64*,  por  ejemplo,  se  dirigen  contra  la  teología 
de  la  liberación,  pero  logran  sus  fines  a medias.  Por  otra 
parte,  desde  la  reunión  de  Sucre  de  noviembre  de  1972,  se 
decide  cerrar  los  institutos  de  pastoral  de  Quito,  de  liturgia  en 
Medellín  y de  catequesis  en  Manisales,  para  reorganizar  otro 
—en  cuyo  claustro  se  excluyen  a Comblin  y al  autor  de  estas 
líneas  entre  otros—,  con  nueva  orientación.  Por  su  parte  en 
Bélgica  se  cierra  el  antiguo  instituo  “Lumen  Vitae",  donde 
participaban  numerosos  latinoamericanos,  y un  poco  en  todas 
partes  se  clausuran  institutos,  semanas  o grupos  orientados  por 
la  teología  de  la  liberación. 

Entre  izquierda  y derecha,  en  el  “centro",  debemos  si- 
tuar a ciertos  movimientos  teológicos  que  pudiéramos  llamar 
"populistas"  —en  especial  en  Argentina,  debido  a la  euforia 
peronista  del  retorno  de  Perón—  que  desde  1974  fueron  com- 
prendiendo lo  ambiguo  de  su  posición;  situación  que  los  im- 
pulsó a mejor  definir  la  noción  de  "pueblo"  y a comprender 
la  distinción  entre  posiciones  reformistas  y revolucionarias.  El 
enfrentamiento  se  produce  ahora,  como  hemos  dicho,  entre 
progresistas  de  estilo  europeo  y los  grupos  de  teología  de  la 
liberación  —enfrentamiento  que  se  descubre  claramente  en  las 
reuniones  nombrada  de  Bogotá  de  noviembre  de  1973  convo- 
cada por  el  CELAM  y la  de  Lima  de  septiembre  de  1975  ^65^. 

Mientras  tanto,  la  teología  de  la  liberación  madura  en  la 
persecución  y acrecienta  el  número  de  sus  probados  parti- 
cipantes. Expulsados  de  sus  lugares  de  trabajo  (como 
Comblin  de  Brasil,  Assmann  y otros  de  Chile,  etc.),  perse- 
guidos a veces  por  su  propia  iglesia,  crecen  en  número  y 
calidad.  Aparecen  así,  además  de  los  ya  nombrados,  las 
figuras  de  un  Ignacio  Ellacuría  y Jon  Sobrino  en  El 
Salvador  , Luis  del  Valle  en  México  (®7),  Virgilio  Eli- 
zondo  entre  los  chícanos  de  Estados  Unidos  Raúl 
Vidales  trabajando  en  Lima  <69),  Rafael  Avila  en  Colom- 
bia (70)  , Ronaldo  Muñoz  en  Chile  ^71),  Antonsich  y Cussiá- 
novich  en  Perú  (72) 

La  teología  de  la  liberación  cada  vez  toma  más  seria- 
mente su  inserción  en  los  movimientos  populares  de 


429 


liberación  y no  puede  dejar  de  estar  junto  a sus  compañeros 
de  luchas,  los  mártires  de  la  iglesia  latinoamericana:  Antonio 
Pereira  Neto,  asesinado  en  Brasil  (1969);  Héctor  Gallego,  de- 
saparecido en  Panamá  (1972);  Carlos  Mujica,  acribillado  en 
Argentina  (1974);  Ivan  Betancourt,  muerto  en  Honduras 
(1975)  <73> . 

Los  "Cristianos  por  el  Socialismo",  que  habían  tenido 
su  reunión  fundacional  en  Chile  en  1972,  han  mostrado  en  su 
segunda  reunión  en  Quebec,  ahora  mundial,  una  real  madu- 
ración, una  mejor  precisión  en  sus  categorías  interpretativas  y 
una  mayor  distancia  del  hecho  chileno.  Se  trata  entonces  de 
un  aporte  importante  de  la  teología  latinoamericana  a la 
teología  mundial  cristiana  (74> . 

El  / Encuentro  latinoamericano  de  teología  realizado  en 
México  en  agosto  de  1975  ^75^  significa  así  un  alto  en  el 
camino  de  la  nueva  etapa  de  la  teología  de  la  liberación  y el 
claro  enfrentamiento  con  posiciones  en  este  caso  prepon- 
derantemente  "funcionalistas"  norteamericanas,  que  nueva- 
mente ignoran  nuestra  realidad  latinoamericana  concreta.  Y, 
por  otra  parte,  la  reunión  de  Theology  in  the  Americas  reu- 
nida en  Detroit  la  semana  siguiente  de  la  anteriormente  indi- 
cada, posibilitó  un  primer  contacto  global  de  los  teólogos 
latinoamericanos  presentes  con  algunos  teólogos  nortea- 
mericanos representantes  de  los  movimientos  de  la  biack 
theology,  del  feminismo,  de  chícanos,  etc.,  y de  algunos 
teólogos  críticos  del  sistema.  A esto  se  suma  la  posibilidad  de 
diálogo  futuro  con  otros  teólogos  del  Africa  y Asia.  La 
teología  de  la  liberación  abre  así  su  problemática  al  ancho 
mundo  ^76^  . 

Podemos  decir  entonces  que  la  teología  de  la  liberación 
descubre  el  tiempo  político  del  cautiverio,  de  la  prudencia,  de 
la  paciencia,  pero  para  no  transformarse  en  reformista  será  ne- 
cesario no  dejar  de  tener  muy  presente  el  proyecto  estra- 
tégico de  liberación. 

d)  Nuevo  crecimiento  de  la  teología  de  I a liberación  (desde  1976) 

La  nueva  fase  del  desarrollo  de  la  teología  latinoa- 
mericana parte  de  un  contexto  claramente  definible.  La  etapa 
más  dura  de  las  dictaduras  de  Seguridad  Nacional,  en  el  plano 
interno  político  latinoamericano,  reciben  una  cierta  crítica 


430 


externa  debido,  en  primer  lugar,  por  la  crisis  mundial  del 
capitalismo  de  1974—1975.  Además,  la  política  de  James 
Cárter,  desde  su  discurso  del  15  de  marzo  de  1976  en 
Chicago,  hace  conocer  las  líneas  trazadas  por  la  Comisión 
Trilateral  de  apertura  y de  lucha  aparente  en  favor  de  los 
derechos  humanos  Es  claro  que  esta  política  de  "aper- 
tura” (se  comienza  en  Santo  Domingo  con  Guzmán  en  su 
elección  en  1978,  termina  con  Siles  Suazo  en  julio  de  1980 
en  Bolivia,  en  especial  motivado  por  el  triunfo  Sandinista). 
Por  ello  la  fase  termina  con  el  apoyo  a la  Junta  Militar  de  El 
Salvador  (donde  la  Democracia  Cristiana  muestra  su  proyecto 
estratégico)  y con  la  masacre  del  pueblo  inocente.  Monseñor 
Arnulfo  Romero  aparece  como  el  signo  de  esta  fase  final  del 
período. 

Teológicamente  toda  esta  fase  tuvo  como  un  trasfondo, 
que  pudiéramos  periodísticamente  llamar:  la  "batalla  de  Pue- 
bla”. El  30  de  noviembre  de  1976  se  confía  al  CELAM  la 
organización  de  la  III  Conferencia  General.  Las  fechas  teo- 
lógicas centrales  fueron:  el  29  de  noviembre  de  1977  se  da  a 
conocer  el  Documento  de  Consulta.  En  septiembre  de  1978 
el  Documento  de  Trabajo  se  envía  a los  futuros  participantes. 
Del  27  de  enero  al  13  de  febrero  de  1979  se  efectúa  la  Con- 
ferencia de  Puebla.  El  momento  teológico  central  fue  la  crí- 
tica que  levantó  unánime  el  Documento  de  Consulta  *78^.  Se 
trata,  quizá,  de  la  disputa  teológica  más  importante  acon- 
tecida en  la  historia  de  la  teología  latinoamericana  (si  se  con- 
sidera la  de  Las  Casas  y Sepúlveda  como  una  discusión  rea- 
lizada todavía  en  Europa,  en  España  más  particularmente). 
La  reacción  de  los  teólogos  de  la  liberación  fue  clara  y cohe- 
rente. Su  presencia  se  sintió  fuerte  y eclesialmente. 

Junto  a esta  disputa  central  hubo  también  movimiento 
de  apoyo  importantes.  Tales  fueron  los  cuatro  Encuentros  de 
la  Asociación  Ecuménica  de  Teólogos  del  Tercer  Mundo.  En 
1975  había  hablado  con  geólogos  africanos  y asiáticos.  Sergio 
Torres  pensaba  realizar  curso  de  pastoral  en  Africa.  Se  reu- 
nieron las  dos  iniciativas  y se  convocó  el  primer  Encuentro 
en  Dar  es  Salaam  (Tanzania)  <79)  . Era  el  comienzo  de  un 
camino  que  se  continuó  en  Accra  (Ghana),  donde  estuvimos 
del  17  al  23  de  diciembre  de  1977  (80)  £|  diálogo  creció  en 
Colombo  (Sri  Lanka),  en  diciembre  de  1978,  y acaba  de  cul- 
minar en  el  IV  Encuentro  de  Sáo  Paulo  (Brasil),  con  más  de 


431 


160  participantes  de  América  Latina,  Africa,  Asia  y hermanos 
de  Europa  y Estados  Unidos  *81).  Este  último  Encuentro 
puede  considerarse  el  más  importante  de  los  tenidos  por  los 
teólogos  de  la  liberación,  y en  especial  por  tratar  la  cuestión 
de  la  Iglesia  popular  y nuevos  temas  exigidos  por  las  expe- 
riencias del  último  decenio. 

Dentro  del  continente,  la  reflexión  teológica  se  polarizó 
claramente.  Por  un  lado  apareció  el  grupo  de  "Iglesia  y libe- 
ración", cuya  primera  reunión  del  2 al  7 de  marzo  de  1976  en 
Roma  (con  presencia  de  López  Trujillo,  Vekemans,  Bigó, 
junto  a Hengsbach,  Weber,  Cottier,  etc.)  sobre  "Espe- 
ranza cristiana  y praxis  social".  Hubo  en  la  misma  línea*  obras 
tales  como  las  de  Boaventura  Kloppenburg,  Iglesia  Popular, 
donde  se  llega  a decir  que  "la  Iglesia  popular  es  una  nueva 
secta"  *83) , y otras  aparecidas  en  revistas  como  Medellín, 
Tierra  Nueva,  etc.  Todos  ellos  coinciden  en  una  crítica  clara 
a la  teología  de  la  liberación.  Este  tipo  de  teología  ( anti -)  no 
había  existido  prácticamente  hasta  1975,  aunque  se  esbozaba 
ya  claramente  desde  tiempo  atrás  ^84^  . 

La  teología  de  la  liberación,  de  todas  maneras,  había 
crecido  en  todas  partes.  Recordemos  sólo  un  diálogo  tenido 
en  octubre  de  1977,  en  México,  entre  teólogos  de  la 
liberación  y Moltmann,  Cone,  Cox,  y muchos  otros  ami- 
gos í85)  . En  este  encuentro  se  logró  ver  la  diferencia  de  la 
teología  de  la  liberación  y la  teología  europea  o nortea- 
mericana, pero  también  sus  semejanzas.  Como  prolon- 
gación de  este  encuentro  hubo,  en  enero  de  1979  un  diálogo 
entre  70  teólogos  de  países  socialistas  y algunos  teólogos  de 
la  liberación  latinoamericana,  donde  se  dieron  grandes  pasos 
en  los  que  después  será  la  experiencia  del  Sandinismo  nicara- 
güense <86) . La  reunión  tuvo  lugar  en  Matanzas  (Cuba)  algo 
antes  de  la  1 1 1 Conferencia  de  Puebla. 

Algo  antes,  del  21  al  25  de  febrero  de  1978,  como  segui- 
miento del  encuentro  de  México  de  1975,  se  efectuó  en  San 
José  (Costa  Rica),  una  reunión  entre  científicos  sociales  y 
teólogos  (87^  . Este  diálogo  en  el  DEI  (Departamento  Ecu- 
ménico de  Investigaciones)  mostró  el  surgimiento  de  una 
verdadera  corriente  interna  en  la  teología  de  la  liberación, 
nueva  y pujante.  La  obra  de  Franz  Hinkelammert,  Las  armas 
ideológicas  de  la  muerte.  El  discernimiento  de  los  feti- 
ches ^88*,  marca  un  capítulo  en  la  historia  de  la  teología  de  la 


432 


liberación,  como  un  nuevo  comienzo.  El  gran  economista, 
laico,  desarrolla  un  discurso  teológico  potente,  crítico,  econó- 
mico. Surge  de  la  experiencia  chilena  de  persecución,  de  la 
cruz;  dialéctica  de  muerte  del  cuerpo  en  nombre  de  valores 
eternos: 

La  valoración  de  la  vida  real  ha  sido  siempre  el  punto  de  par- 
tida de  las  ideologías  de  los  oprimidos,  en  oposición  a la  abso- 
lutización  de  los  valores  por  parte  de  la  dominación  (89). 

Creemos  que  el  encuentro  teológico  de  Detroit  II 
(agosto  de  1980),  y este  Simposio  de  CEHILA  sobre  la  his- 
toria de  la  teología  en  América  latina  (julio  de  1980),  cierran 
esta  fase  actual. 

Y bien,  la  teología  ha  crecido  en  temas,  organizaciones, 
personas,  pero  todo  esto  por  su  articulación  a dos  fenómenos 
esenciales,  nutrientes  de  toda  teología  de  liberación:  la  movi- 
lización y organización  creciente  del  pueblo  latinoamericano, 
que  triunfa  en  Nicaragua  y agoniza  en  El  Salvador  (agosto 
de  1980),  y la  Iglesia  popular  que  crece  junto  a ese  pueblo, 
dando  la  misma  sangre,  alegrándose  en  el  mismo  triunfo.  Por 
ello,  los  temas  de  la  teología  han  sido,  principalmente,  el 
empalme  con  la  realidad  popular  latinoamericana.  Cabe  desta- 
carse que  el  tema  y la  experiencia  popular  nace  en  el  Cono 
Sur,  con  ciertas  desviaciones  posteriores  populistas,  pero  se 
entronca  con  lo  central  de  la  teología  de  la  liberación  sólo  en 
esta  fase.  Por  ello  la  eclesiología,  la  eclesiogénesis  (")  desde 
el  puebo,  es  la  cuestión  fundamental. 

Un  segundo  tema  de  fondo  es  el  cristológico,  sobre  el 
cual  se  ha  avanzado  en  estos  años  (91*  • Debe  destacarse  que 
la  cristología  latinoamericana  deberá  avanzar  por  nuevos  ca- 
minos sólo  abiertos  pero  no  explorados  en  prof  unidad  (92) . 

En  relación  a ambos,  el  eclesiológico  y cristológico,  el 
tema  del  pobre  siguió  ocupando  el  centro  de  todas  las  dis- 
putas teológicas  (") . La  cuestión  es  situar  la  pobreza  como 
realidad  espiritual  pero  en  un  nivel  material.  El  pobre  puede 
ser  “de  espíritu"  cuando  es  oprimido  o se  ha  comprometido 
históricamente  con  los  pobres. 

En  otro  nivel  de  avances,  en  tres  frentes  la  teología  de  la 
liberación  ha  crecido  en  estos  años.  En  primer  lugar  en  la 
cuestión  de  la  teología  de  la  mujer:  la  mujer  como  sujeto 


433 


colectivo  y popular  de  quehacer  teológico  y como  tema  obje- 
tivo. Para  ello  se  realizó  un  seminario  sobre  "La  mujer  lati- 
noamericana, la  praxis  y la  teología  de  la  liberación",  en 
Tepeyac  (México),  del  1 al  5 de  octubre  de  1979 

De  la  misma  manera  se  avanzó  sobre  la  cuestión  del 
racismo,  en  especial  de  la  ideología  originada  por  el  escla- 
vismo  del  africano  en  América.  En  diciembre  de  1979  se 
efectuó  un  seminario  en  Kingston  (Jamaica),  donde  mucho  se 
pudo  aprender  de  la  teología  negra  <95^. 

De  la  misma  manera  del  tema  del  indígena,  como  etnia  y 
como  clase  fue  objeto  de  un  seminario  sobre  "Movimiento 
indígena  y teología  de  la  liberación",  del  3 al  8 de  septiembre 
de  1979,  en  Chiapas  (México).  En  este  seminario,  muy  por  el 
contrario  de  lo  que  se  piensa,  pudo  comprobarse,  con  la  pre- 
sencia de  indígenas  de  12  países  latinoamericanos,  que  el 
originario  de  América  tiene  un  discurso  teológico  explícito 
propio,  pero  que  no  logra  traducirse  en  categorías  del  hispa- 
noamericano. Será  necesario  dar  a conocer  su  propio  dis- 
curso, como  contribución  para  la  teología  universal. 

Como  sobre  esta  época  hay  una  ponencia  específica  de 
Pablo  Richard,  sólo  queremos  llamar  la  atención  sobre  dos 
cuestiones  centrales.  La  primera  de  ella,  la  del  lugar  de  / a 
religión  en  la  revolución  latinoamericana.  El  triunfo  Sandi- 
nista  en  Nicaragua  dio  actualidad  primera  a una  cuestión  que 
veníamos  planteando  desde  hace  años:  la  necesidad  de  una 
teoría,  porque  se  trata  de  un  horizonte  estratégico,  nueva  de 
I a religión  desde  las  categorías  y el  discurso  de  izquierda  que 
hasta  el  presente  se  han  definido  como  ateos.  Es  necesario 
mostrar  que,  por  el  contrario,  "el  campo  religioso  (puede  ser) 
un  factor  activo  en  los  conflictos  sociales"  ^96^ . La  praxis 
cristiana  ha  demostrado  su  positiva  participación  en  con- 
flictos tales  como  los  de  Nicaragua,  hoy  en  El  Salvador  y Gua- 
temala, y en  casi  todos  los  países  latinoamericanos.  Una  teo- 
logía del  martirio  ha  nacido  en  la  lucha  ¡97K 

Al  fin,  todo  se  nutre  de  un  suelo  común:  el  pueblo,  las 
luchas  del  pueblo  latinoamericano,  la  Iglesia  popular  de  este 
pueblo.  Por  ello  el  tema  de  la  religiosidad  popular  es  hoy  un 
objeto  obligado  de  toda  teología  en  América  latina  *98^  . Por 
otra  parte,  la  manera  orgánica  de  esta  teología  va  siendo  cada 
vez  más  socializada,  y por  ello  nacen  por  doquier  en  América 


434 


Latina  "centros"de  reflexión  teológica,  como  el  Bartolomé  de 
las  Casas  en  Lima,  el  Departamento  Ecuménico  de  Investiga- 
ciones en  San  José  de  Costa  Rica,  el  Centro  Valdivieso  en 
Nicaragua,  el  de  los  padres  jesuítas  en  El  Salvador  o el  Centro 
Gumilla  en  Caracas,  el  Centro  Montesinos  o el  Centro  de 
Reflexión  teológica  en  México  (además  del  Secretariado  So- 
cial y otros),  la  Facultad  de  teología  de  Petrópolis  o en  Sao 
Paulo,  etc.  Es  decir,  la  reflexión  teológica  explícita  se  hace  en 
equipo.  Es  una  manera  novedosa,  por  lo  general  extra-aca- 
démica, militante,  popular  de  producir  teología. 

Por  su  parte,  la  teología  protestante  ha  evidenciado  fruc- 
tíferos avances  . 


III.  CONCLUSIONES 

Como  podrá  verse  (10°),  la  historia  de  la  teología  lati- 
noamericana tiene  tres  tiempos  fuertes,  de  creación  teológica, 
al  mismo  tiempo  que  son  los  tiempos  de  militancia  histórica,* 
popular:  son  teologías  de  la  liberación  —contrapuesta  en  cada 
momento  a una  teología  de  la  dominación—.  El  primer 
momento  creativo  fue  el  movimiento  teológico  profético 
ejemplificado  por  Bartolomé  de  las  Casas  en  el  tiempo  de  la 
conquista  y la  evangelización.  El  segundo  momento,  fue  el 
del  tiempo  de  la  Emancipación  nacional,  de  liberación  ante 
las  metrópolis  europeas.  Fue  igualmente  una  teología  política 
de  la  liberación.  El  tercer  momento,  es  el  actual,  después  de 
la  crisis  del  desarro  Mismo,  desde  1965,  y se  trata  de  la  primera 
teología  explícita  de  la  liberación  como  liberación. 

Entre  estos  tres  momentos  fuertes  su  sitúan  dos  mo- 
mentos mucho  más  largos  en  el  tiempo,  y de  gran  comple- 
jidad interna:  toda  la  teología  de  la  cristiandad  colonial  de  las 
Indias  (teología  académica  en  gran  parte)  claro  que  con  nu- 
merosas excepciones  (como  la  de  Antonio  Vieira,  que  se 
explica  por  situarse  estructural  mente  en  una  problemática  se- 
mejante al  del  tiempo  de  la  conquista  y evangelización 
americana  primitiva),  y el  largo  período  a ser  estudiado  con 
mucho  cuidado  (porque  nos  deparará  muchas  sorpresas  de 
teología  sumamente  críticas  y creadoras)  desde  mediados  del 
siglo  XIX  al  Concilio  Vaticano  II,  con  etapas  claramente  defi- 
nibles, como  la  de  la  Nueva  Cristiandad  desde  1930  aproxi- 
madamente. 


435 


De  todas  maneras,  el  esquema  de  periodificación  bos- 
quejado se  ocupa  casi  exclusivamente  de  la  teología  explícita, 
pero  muy  poco  de  la  implícita.  Los  estudios  futuros  deberán 
perfeccionar  el  método  de  lectura  teológica  del  discurso  im- 
plícito (quizá  la  lingüística,  a la  manera  que  la  usa  Gilberto 
Giménez  *101)  pueda  dar  frutos).  Teologías  como  las  de  la 
Acción  Católica,  la  contenida  en  las  declaraciones  oficiales  de 
los  obispos,  y sobre  todo  en  los  textos  y las  prácticas  de  la 
religiosidad  popular,  deben  ser  desentrañadas.  El  pasaje  de  lo 
implícito  a lo  explícito  exige  un  cierto  manejo  episte- 
mológico preciso  (102)  . 

Pero,  al  mismo  tiempo,  y como  lo  sugería  Otto  Maduro, 
no  siempre  la  teología  oficial  e s explícita  o de  dominación,  y 
la  teología  marginal  es  la  implícita.  La  oposición  "oficial- 
marginal”  indica  más  bien  la  hegemonía  en  los  aparatos  pro- 
ductivos de  hacer  teología.  En  un  cierto  momento,  la  teo- 
logía de  la  liberación  fue  la  teología  oficial  del  CELAM,  pero 
desde  1 972  dejó  de  serlo.  De  todas  maneras  es  bueno  saber 
indicar  en  cada  momento  si  tal  o cual  teología  es  la  oficial  o 
marginal.  Lo  cierto  que  la  teología  popular  siempre  ha  sido 
marginal,  mientras  que  la  elitesca  ha  tenido  más  posibilidades 
de  ser  la  oficial.  Es  un  nuevo  tipo  de  oposición  (elitesca- 
popular)  que  nos  indica  caminos  de  investigación. 

De  la  misma  manera  una  teología  técnica  o erudita  no  es 
idéntica  a una  teología  espontánea  o artesanal.  El  discurso 
teológico  de  una  teología  espontánea  puede  ser  mejor,  pero 
no  deja  por  ello  de  ser  artesanal. 

Por  último,  el  sentido  histórico  de  una  teología  se  juega 
en  su  articulación  con  lo  no-teológico:  el  texto  o discurso 
teológico  se  juzga  desde  el  contexto.  Toda  teología  tiene  una 
autonomía  relativa:  en  cuanto  discurso  específico  es  autó- 
nomo (tiene  una  historia  que  se  explica  por  sus  antecedentes 
y consecuentes  teológicos),  pero  en  cuanto  discurso  real,  his- 
tórico, determinado  en  parte  por  lo  político,  económico,  i- 
deo lógico,  tiene  sólo  autonomía  relativa.  El  discurso  teo- 
lógico es  inexplicable  sin  la  realidad  histórica,  sin  la  praxis  de 
donde  surge. 

Por  esto  se  puede  denominar  teología  de  ¡a  dominación 
(en  un  tiempo  será  monárquica  o realista,  en  otra  conser- 
vadora antiliberal,  en  otra  progresista  y desarrol lista,  etc.)  al 


436 


discurso  articulado  a los  intereses  de  los  grupos  hegemónicos  o 
dominantes  de  una  sociedad.  Por  lo  general  tienen  los  apa- 
ratos teológicos  en  sus  manos  y ejercen  hegemonía  dentro  del 
universo  teológico.  Pero  no  es  necesariamente  la  teología  ofi- 
cial, explícita,  o erudita.  Puede  ser  implícita,  espontánea, 
pero  no  puede  ser  popular  ni  de  liberación. 

Por  el  contrario,  se  puede  denominar  teología  de  la  libe- 
ración (en  cada  tiempo  tendrá  distinto  contenido:  luchará  en 
favor  del  indio  en  tiempos  de  la  conquista,  en  favor  de  las 
Reducciones  en  tiempo  de  la  expulsión  de  los  jesuítas,  por  la 
emancipación  en  1810,  por  las  clases  populares  actualmente), 
a aquella  teología  que  puede  se  marginal  u oficial,  explícita  o 
implícita,  erudita  o espontánea,  ciertamente  popular,  que  se 
articula  con  los  intereses  de  las  clases  subalternas,  de  los  paí- 
ses oprimidlos. 

Entre  la  teología  de  la  dominación  y la  teología  de  la 
liberación,  pueden  haber  posiciones  intermedias:  conser- 
vadoras, reformistas,  conformistas,  o:  de  resistencia,  revolu- 
cionarias, etc.  Toda  esta  gama  deberá  definirse. 

Por  último,  y en  realidad  en  primer  término,  existe  un 
sujeto  privilegiado  productor  de  discurso  teológico,  casi 
siempre  dicho  discurso  teológico,  es  marginal,  implícito,  es- 
pontáneo, de  resistencia,  y es  la  teología  popular. 

Cabe  destacarse  que  esta  ponencia  se  sitúa  en  el  nivel 
de  la  teología  explícita,  en  sus  tres  grandes  etapas  crea- 
doras (conquista,  emancipación  y actual)  como  teología  de 
la  liberación,  y en  sus  dos  ¡nter-regnos  como  teologías  confor- 
mistas, reformistas,  frecuentemente  de  dominación.  Por  ello, 
son  hipótesis  a ser  completadas  en  el  futuro  con  mayores 
estudios  monográficos,  como  los  presentados  por  el  equipo 
chileno. 

Cabe  recordarse  que  los  aparatos  de  producción  teo- 
lógica, sean  éstos  hegemónicos  o antihegemónicos  (centros, 
institutos,  movimientos,  facultades,  revistas,  ciclos,  semi- 
narios, encuentros,  etc.),  son  la  estructura  institucional  o 
material  de  la  producción  teológica.  Hay  que  hacer  la  historia 
de  este  condicionamiento  material  para  tener  igualmente  una 
visión  histórica  de  conjunto.  Es  interesante  anotar  que,  fre- 
cuentemente, dentro  del  Estado  y en  la  Iglesia,  la  persecución 
se  realiza  más  contra  los  aparatos  de  hegemonía  que  sobre  las 


437 


personas  (o  sobre  las  personas  que  ¡nstitucionalmente  son 
estructurales  para  los  aparatos).  En  nuestra  historia  no  puede 
faltar  este  nivel. 


I. 

1511 

1514 

1527 

1541 

1577 


II. 

1553 

1553 

1605 

1622 

1776 


III. 


1808 

1809 

1813 


IV. 

1859 

1867 


CRONOLOGIA  SIMPLIFICADA 
PARA  UNA  HISTORIA  DE  LA  TEOLOGIA 
EN  AMERICA  LATINA  (1492-1980) 


Teología  prof ética  ante  la  conquista  y la  evangelización 

Predicación  de  Antonio  de  Montesino  en  Santo  Domingo. 
Conversión  de  Bartolomé  de  las  Casas  en  Cuba. 

Bartolomé  comienza  la  Historia  de  las  Jodias. 

Bartolomé  escribe  Brevísima  relación  dé  la  destrucción  de 
las  Indias. 

José  de  Acosta  escribe  el  De  procuranda  idorum  salute. 


Teología  de  la  cristiandad  colonial  (1553—1808) 

Abre  sus  puertas  la  Universidad  de  México,  poco  después 
de  la  de  Lima. 

1563  Maestro  de  prima  Pedro  de  la  Peña. 

Antonio  Rubio  escribe  la  Lógica  mexicana. 

1625  Se  fundan  gran  número  de  colegios  mayores  en  teología. 
Domingo  Muriel  escribe  Fasti  novi  orbis. 


Teología  práctico-política  ante  la  emancipación  neóco- 
I onial  (desde  1808) 

Impresión  de  la  obra  de  Lagunza  El  reino  del  Mesías  en 
gloria  y majestad. 

1812  Prédica  de  Hidalgo,  Morelos  y tantos  otros  en  favor  de  la 
libertad  nacional. 

Reimpresión  de  la  Destrucción  de  I as  Indias  en  Bogotá. 


Teología  neocolonial conservadora  a la  defensiva  (hasta  1930). 

Se  funda  en  Roma  el  Colegio  Pío  latinoamericano. 

Se  suprime  la  facultad  de  teología  en  la  Universidad  de 
México. 


438 


1869  Universidad  católica  de  Santiago  de  Chile. 

1878  Mariano  Soler  escribe  El  catolicismo,  la  civilización  y el 

progreso  en  Montevideo. 

1899  Concilio  plenario  latinoamericano  en  Roma,  que  expresa 

una  teología  romanizada. 

1916  Reunión  de  las  iglesias  protestantes  en  Panamá. 

V.  Teología  de  la  "nueva  cristiandad"  (desde  1930) 

1931  Se  funda  la  acción  católica  argentina. 

1937  Universidad  Xaveriana  de  Bogotá. 

1947  Universidades  católicas  de  R ío  y Sao  Paulo. 

1955  Se  funda  el  CELAM  en  Río. 

1960  Universidades  católicas  en  Buenos  Aires  y Córdoba. 

VI.  Teología  de  la  liberación  latinoamericana  (desde  1959 ) 

1962—1965  Participación  de  expertos  latinoamericanos  en  el  concilio 
Vaticano  II. 

1968  II  Conferencia  general  de  M ede  1 1 í n . 

1969  Congreso  sobre  "Fe  y desarrollo"  en  México. 

1970  Diversos  encuentros  sobre  "teología  de  la  liberación"  en 
Bogotá,  Buenos  Aires,  México,  Oruro,  etc. 

1971  Gustavo  Gutiérrez  publica  Teología  de  la  liberación. 

1972  Encuentro  de  El  escorial  sobre  Fe  cristiana  y cambio  social 
en  América  latina. 

1973  Persecución  de  cristianos  comprometidos  en  el  proceso  de 
la  liberación  en  Chile. 

1975  / Encuentro  latinoamericano  de  teología  en  México,  y la 
reunión  Theology  in  the  Americas  en  Detroit. 

1976  I Encuentro  de  la  Asociación  Ecuménica  de  Teólogos  del 
Tercer  Mundo  (EATWOT)  en  Dar-es-Salam  (Tanzania). 

1977  II  Encuentro  EATWOT  en  Accra  (Ghana).  Noviembre:  Do- 
cumento de  Consulta  de  Puebla;  Memorándum  de  los  teó- 
logos alemanes  en  favor  de  la  teología  de  la  liberación 
latinoamericana. 

1978  Encuentro  de  Científicos  sociales  y Teólogos,  San  José  (C. 
R i ca ) ; 1 1 1 Encuentro  EATWOT  en  Colombo  (Sri  Lanka). 

1979  Enero:  Encuentro  de  70  teólogos  en  Matanza  (Cuba). 
27.1—13.2  III  Conferencia  General  de  Puebla. 

19.7  Triunfo  Sandinista  en  Nicaragua. 

1980  IV  Encuentro  EATWOT  en  Sáo  Paulo  (Brasil). 

24.3.  Muere  mártir  Mons.  Arnulfo  Romero  arzobispo  de 
El  Salvador. 

23.7  I Simposio  sobre  historia  de  la  teología  latinoa- 
mericana en  Lima  (Perú). 


439 


NOTAS 


(1)  M.  Grabmann,  Historia  de  la  teología  católica,  Madrid  1940,  350 
ss. 

(2)  "Dios  nuestro  Señor,  por  su  infinita  misericordia  y bondad  se  ha 
servido  darnos  sin  merecimientos  nuestros  tan  gran  parte  en  el 
señorío  de  este  mundo",  dice  el  rey  de  España  en  la  Recopilación 
1,1,  1. 

(3)  Véase  Aristóteles,  Tópicos  I,  2,  101  a 26— b 4 ; en  mi  obra  Mé- 
todo para  una  filosofía  de  la  liberación.  Salamanca  1974,  17  ss. 

(4)  Citado  por  V.  Carro,  La  teología  y los  teólogos  juristas  españoles 
ante  la  conquista  de  América,  Madrid  1944,  593;  cf.  J.  Gines 
Sepúlveda,  Opera  I— IV,  Madrid  1780,  y en  especial  Tratado  sobre 
la  justa  guerra  contra  los  indios,  México  1949.  Véase  igualmente 
J.  Solórzano  Pereira,  De  indiarum  iure  I— II,  Lugduni  1672,  y de 
S.  Zavala,  La  filosofía  política  de  la  conquista  de  América,  Mé- 
xico 1947.  Las  obras  de  Lewis  Hanke,  Jiménez  Fernández,  Hó- 
ffner  han  estudiado  con  detalle  estas  controversias  teológico- 
políticas.  Sepúlveda  decía  todavía  que  ante  los  indios  "conviene 
usar  [el  arte  de  la  caza  ],  ya  que  se  practica  no  solamente  contra 
las  bestias  sino  también  contra  aquéllos  que  habiendo  nacido  para 
obedecer  rehúsan  la  servidumbre:  tal  guerra  es  justa  por  natu- 
raleza": Democrates alter,  cit.  V.  Carro,  o.  c.,  595. 

(5)  Summa  theologiae,  II— II,  q.  57.  art.  4. 

(6)  J.  Mayor,  In  secundam  sententiarum,  dist.  XLIV,  q.  3,  París  1510. 

(7)  Cf.  mi  obra  sobre  El  episcopado  hispanoamericano,  institución 
defensora  del  indio  (1504—1620)  III,  Cuernavaca  1969,  6—147. 

(8)  Historia  de  las  Indias,  libro  III,  cap.  79,  en  fray  Bartolomé  de  las 
Casas,  Obras  escogidas  II,  Madrid  1961,  356.  Véase  una  visión 
sintética  de  la  vida  y bibliografía  de  Bartolomé,  en  mi  artículo 
Bartolomé  de  las  Casas,  infra,  1 39. 

(9)  Obras  escogidas  V,  539. 

(10)  Ib  id. 

(11)  Brevísima  relación  de  la  destrucción  de  fas  Indias,  en  o.  c.  V,  1 36. 

(12)  Consúltese  este  texto  en  el  Memorial  al  consejo  de  Indias  (1565), 
propuesto  y comentado  en  la  edición  de  J.B.  Lassege,  La  larga 
marcha  de  las  Casas,  Lima  1974,  387. 

(13)  Ibid. 

(14)  Bartolomé  de  las  Casas:  precursor  del  anticolonialismo,  México 
1974. 

(15)  Es  importante  anotar  cómo  Bartolomé  escribió  una  enorme  His- 
toria de  las  Indias;  por  su  parte  José  de  Acosta  publicó  una  His- 
toria natural  y moral  de  las  Indias  (véase  la  ed.  de  Madrid  1894,  t. 
I— II).  De  este  último  véase  la  obra  de  L.  Lopetegui,  El  padre  José 
de  Acosta,  Madrid  1942. 


440 


(16)  Esta  teología  se  encuentra  explicitada  en  cartas,  discusiones,  con- 
troversias, "memoriales",  apologías,  predicaciones.  No  es  intrauni- 
versitaria  por  su  "estilo  literario". 

(17)  Bartolomé  escribió  una  Apologética  historia  sumaria  tan  impor- 
tante como  su  Historia;  José  de  Acosta  una  De  procuranda  indo- 
rum  salute.  Salamanca  1589,  que  como  la  anteriormente  citada  es 
una  obra  de  antropología;  y el  gran  Bernardino  de  Sahagún  re- 
cogió materiales  de  lo  que  sería  Historia  de  las  cosas  de  nueva 
España,  Ed.  Pedro  Robredo,  México  1938,  t.  I— V,  que  es  la  pri- 
mera obra  de  la  antropología  mundial  en  su  sentido  actual. 

(18)  Esta  teología  formaba  gente,  misioneros,  obispos;  iluminaba  leyes 
(como  las  "leyes  nuevas"  de  1542  que  suprimen  el  sistema  eco- 
nómico de  las  encomiendas),  justifica  políticas,  etc. 

(19)  Historia  de  las  Indias,  en  o.  c.,  III,  79,  357. 

(20)  Sobre  la  teología  en  la  cristiandad  colonial  puede  consultarse, 
además  de  las  historias  de  las  iglesias  por  naciones  [como  las  de 
Cuevas  para  México,  Groot  para  Colombia,  Vargas  para  Ecuador, 
Vargas  Ligarte  para  Perú.  Cotapos  para  Chile,  Bruno  para  Argen- 
tina, etc.  —véase  en  mi  Historia  de  la  iglesia  en  América  Latina, 
Barcelona  1974,  433—459;  en  Cehila,  Para  una  historia  de  la 
iglesia  en  América  Latina,  Barcelona  1975  (se  trata  del  / Encuen- 
tro de  historia  de  la  iglesia  en  América  Latina,  Quito  del  3 al  7 de 
enero  de  1973),  41—55;  Cehila  es  la  Comisión  de  estudios  de 
historia  de  la  iglesia  que  se  ha  reunido  además  en  julio  de  1974  en 
Chiapas],  para  sólo  México:  J.  Gallegos  Rocafull,  El  pensamiento 
mexicano  en  los  siglos  XVII  y XVIII,  México  1951  (bibl.,. 
397—414);  la  Bibliotheca  Missionum  I— XI,  Münster  1916—1939; 
J.  García  Icazbalceta,  Bibliografía  mexicana  del  siglo  XVI, 
México  1886;  J.  Jiménez  Rueda,  Herejías  y supersticiones  en  la 
nueva  España  (los  heterodoxos  en  México ),  México  1946;  C.B. 
Plaza  y Jaén,  Crónica  de  la  real  pontificia  universidad  de  México, 
México  1931;  O.  Robles,  Filósofos  mexicanos  del  siglo  XVI,  Mé- 
xico 1950  (donde  se  encuentra  material  para  nuestro  tema);  y la 
obra  de  J.  Jiménez  Rueda,  Historia  jurídica  de  la  universidad  de 
México,  México  1955;  véase  además,  F.  Ossores,  Historia  de  todos 
los  colegios  de  la  ciudad  de  México  desde  la  conquista  hasta  1 760, 
México  1929.  Entre  los  teólogos  coloniales  no  se  olvide  a J.  Pala- 
fox  y Mendoza,  Obras  I— XVII,  Madrid  1762.  La  obra  de  Guiller- 
mo Furlong  sobre  el  pensamiento  en  el  Río  de  la  Plata,  por  ejem- 
plo, llena  el  vacío  sobre  esta  zona  latinoamericana.  Trabajos  como 
los  de  P.  Henriquez  Ureña,  Historia  de  la  cultura  de  América 
hispánica,  México  1947,  sirven  de  referencia  contextual.  Sin  em- 
bargo, debemos  admitir  que  no  existe  ningún  trabajo  sobre  la 
historia  de  la  teología  en  América  Latina,  aunque  los  materiales 
son  mínimamente  suficientes  para  tener  una  idea  de  conjunto. 

(21)  La  obra  de  Walter  Redmond  sobre  la  bibliografía  existente  en 


441 


filosofía  colonial  latinoamericana,  publicada  por  Nijhoff  (La 
Haya),  indica  la  importancia  de  la  producción  de  este  nivel. 

(22)  Cf.  E.  Burrus,  Alonso  de  la  Veracruz:  defence  of  the  American 
indians:  The  Haythrop  Journal  4 (1963)  225— 253;  W.  Redmond. 
o.  c.,  781—783.  Además  B.  Junquera,  El  maestro  Alonso  de  la 
Veracruz:  Archivo  Agustiniano  18  (1935). 

(23)  Cita  de  G.  Furlong,  Nacimiento  y desarrollo  de  la  filosofía  en  el 
Río  de  la  Plata,  Buenos  Aires  1947,  617. 

(24)  F.  A.  Encima,  Historia  de  Chile  V,  Santiago  1930,  550  ss, 
590-596. 

(25)  Cf.  J.  Miranda,  Vida  del  venerable  sacerdote  don  Domingo  Muriel, 
Córdoba  1916.  De  Muriel  se  conoce  Fasti  novi  orbis,  Venecia 
1776;  una  Rudimenta  juris  naturae  et  gentium,  Venecia  1791,  y 
una  Collectanea  dogmática  de  secuto  XVII,  Venecia  1792,  entre 
alguna  de  sus  obras. 

(26)  La  obra  más  completa  sobre  el  tema  de  las  reducciones  del  Para- 
guay es  la  de  Guillermo  Furlong. 

(27)  Cf.  mi  obra  América  Latina,  dependencia  y liberación,  Buenos 
Aires  1973,  52  ss,  sobre  Vieira  . Ese  mesianismo  se  hace  tradi- 
cional en  Brasil  hasta  el  día  de  hoy.  Véase  M.l.  Pereira  de 
Queiroz,  Historia  y etnología  de  los  movimientos  mesiánicos, 
México  1969. 

(28)  Véase  el  trabajo  de  A.  Churruca,  El  pensamiento  de  Morelos,  una 

ideología  liberadora:  Christus  477  (1975)  13  ss;  478  (1975)  10  ss. 
El  muestra  la  oposición  entre  la  España  creadora  y la  opresora  y 
decadente:  "Las  afirmaciones  agresivas  del  libertador  mexicano 

no  se  refieren  a la  España,  a la  que  amamos  los  mexicanos,  que 
fue  personificada  por  Las  Casas  y Vasco  de  Quiroga  o por  tantos 
otros;  van  dirigidas  a los  restos  de  aquella  entidad,  encarnada 
ahora  por  la  tan  limitada  personalidad  de  Godoy  y pisoteada 
altanera  y aviesamente  por  Napoleón  y Botella":  Ibid.,  477 

(1975)  15. 

(29)  No  debe  olvidarse  que  sin  la  intervención  del  llamado  "bajo  cle- 
ro” hubiera  sido  imposible  la  emancipación  de  España.  El  mismo 
cura  párroco  Miguel  Hidalgo  y Costilla  (1753—1811),  antiguo 
director  del  seminario  de  Morelia  (México),  lanzó  el  grito  que 
convocó  el  ejército  de  la  libertad  el  15  de  septiembre  de  1810. 
Condujo  los  ejércitos  populares  hasta  que  fue  condenado  por  he- 
rejía por  la  universidad  de  México  y murió  fusilado  en  1811. 

(30)  El  historiador  Roberto  Tisnés  ha  descrito  esta  edición  (su  trabajo 
será  editado  próximamente  por  la  Comisión  de  Estudios  de  His- 
toria de  la  iglesia  en  América  Latina).  Para  el  movimiento  apoca- 
líptico véase:  H.  Cerutti,  América  en  las  utopías  del  renacimiento, 
en  Hacia  una  filosofía  de  la  liberación  latinoamericana,  Buenos 
Aires  1973,  53  ss. 

(31)  La  crisis  era  importante.  Nos  dice  J.  Jiménez  Rueda,  Historia 


442 


jurídica  de  la  universidad  de  México,  152—153,  que  Mora  decía 
que  en  1830  hubiera  sido  necesario  "la  supresión  de  una  multitud 
exhorbitante  de  cátedras  de  teología  que  se  pasaban  años  enteros 
para  que  tuviesen  un  cursante".  En  1834  se  cambia  en  México  el 
plan  de  teología:  "la  que  se  llamaba  de  prima  de  teología  será  de 
lugares -teológicos;  la  de  Escritura  conservará  su  nombre;  la  de 
víspera  será  de  historia  eclesiástica":  o.  c.,  160.  Poco  a poco  la 
teología  abandonará  la  universidad  del  estado  para  siempre.  En 
1857  la  biblioteca  de  teología  pasa  a la  Biblioteca  Nacional.  En 
1867  se  suprime  definitivamente  la  facultad.  Es  en  este  ambiente 
que  surge  el  movimiento  del  "liberalismo  católico":  cf.  N.T. 
Auza,  Católicos  y liberales  en  la  generación  del  80  I— II,  Cuer- 
navaca  1969. 

(32)  Cf.  J.  M.  Vidal,  El  primer  arzobispo  de  Montevideo  Dr.  Mariano 
Soler  I— II.  Montevideo  1935,  donde  constan  más  de  cien  obras 
debidas  a la  pluma  de  nuestro  teólogo.  Sobre  el  concilio  plenario 
de  1899,  puede  consultarse  P.  Correa  León.  El  concilio  plenario 
latinoamericano,  Bogotá  sin  fecha;  F.  Cejudo  Vega,  El  primer 
concilio  plenario  de  América  Latina,  Ottawa  1948;  y el  trabajo  de 
licenciatura  en  historia  en  Lovaina  de  María  Mercedes  Esandi  (iné- 
dito). 

(33)  Cf.  H.  Assmann,  Teoponte:  una  experiencia  guerrillera,  Oruro 
(Bolivia)  1971.  El  dirigente  de  este  grupo  fue  Néstor  Paz,  poeta  y 
médico,  seminarista  católico  (1963—1966);  muere  el  8 de  octubre 
de  1970  con  25  años  de  edad. 

(34)  Véase  por  ejemplo:  F.  Houtart-O.  Vertrano,  Hacia  una  teología 
del  desarrollo,  Buenos  Aires  1967;  V.  Cosmao,  Signification  et 
théologie  du  développement,  Paris  1967;  H.  Assmann,  Die 
situation  der  unterentwickeli  gehaltenen  Lánder  ais  Ort  einer 
Theologie  der  Revolution,  en  Diskussion  zur  ' Theologie  der  Re- 
volution",  München  1969  (la  "teología  de  la  revolución",  sin 
embargo,  es  ya  una  ruptura  de  la  "teología  del  desarrollo"  y 
como  un  pasaje  a la  "teología  de  la  liberación");  R.  Alves, 
Apuntes  para  una  teología  del  desarrollo:  Cristianismo  y Sociedad 
21  (1969);  etc. 

(35)  Federación  Internacional  de  Estudios  de  Sociología  Religiosa. 

(36)  Centro  para  el  Desarrollo  Económico  y Social  de  América  Latina. 
Este  centro  inspira  en  parte  a la  democracia  cristiana  chilena.  El 
"centro"  pasará  en  1970  a Caracas  y de  allí  a Bogotá.  En  esta 
ciudad  edita  la  revista  Tierra  Nueva,  en  cuyo  número  1 (abril 
1972)  el  primer  artículo  es  escrito  por  Alfonso  López  Trujillo,  La 
liberación  y las  liberaciones  (pp.  5—26),  donde  se  dice:  "Todo  lo 
que  no  sea  revolución  (presumiblemente  violenta)  se  cataloga 
como  desarrollismo,  intento  inútil  y falaz".  Se  identificará  la 
teología  de  la  liberación  con  posiciones  extremas  y guerrilleras,  y 
se  la  distinguirá  de  la  liberación  que  se  mantiene  por  sobre  las 


443 


contradicciones  humanas,  políticas.  En  el  número  14  (julio  1975) 
p.  27,  nota  16,  se  nos  acusa  de  utilizar  el  método  hermenéutico 
ideológico  con  respecto  a la  teología  (A.  López  Trujillo,  £7 
compromiso  político  del  sacerdote),  sin  advertir  que  el  tema  es 
propuesto  por  el  mismo  Cristo  (Le  23,  34).  Así  comienza  la 
crítica  a la  teología  de  la  liberación. 

(37)  Instituto  Latinoamericano  de  Doctrinas- y Estudios  Sociales,  fun- 
dado por  jesuítas  provenientes  de  la  "Action  Populaire"  (Paris), 
como  el  padre  Pierre  Bigo  (francés),  ahora  en  Bogotá,  que  no 
adoptará  la  línea  de  la  liberación. 

(38)  Instituto  de  Catequesis  de  Latinoamérica. 

(39)  Organización  de  Seminarios  de  América  Latina. 

(40)  Instituto  Pastoral  de  América  Latina,  que  realizó  una  encomiable 
obra  de  concientización,  publicaciones,  reuniones.  Fue  objeto  de 
duras  críticas  por  parte  de  los  grupos  más  conservadores. 

(41)  Nace  en  1925.  Autor  de  Berdiaeff,  une  conception  chrétienne  de 
la  personne,  Paris  1963;  La  cristiandad,  ¿Una  utopía?  I— II,  Mon- 
tevideo 1964;  L'avenir  du  christianisme  en  Amérique  latine: 
Lettre  (Paris)  54  (1963)  7—12;  y algo  antes  Función  de  la  iglesia 
en  la  realidad  rioplantese,  Montevideo  1962;  después  vendrán  los 
cinco  tomos  de  Teología  abierta  para  el  laico  adulto,  Buenos 
Aires,  desde  1968  (en  la  línea  del  concilio  Vaticano  II  y previa  a 
la  teología  de  la  liberación).  Ultimamente,  De  la  sociedad  a la 
teología,  Buenos  Aires  1970;  Liberación  de  la  teología,  Buenos 
Aires  1975. 

(42)  Nace  en  1923,  en  Bélgica,  pero  desde  1957  habita  en  América 
Latina.  Entre  otra  de  sus  obras:  Théologie  de  la  paix  I— II,  Paris 
1960—1963;  Théologie  de  la  vil/e,  Paris  1968;  Le  Christ  dans 
l'Apocalypse,  Paris  1965;  Teología  do  desenvolvimiento,  Belo  Ho- 
rizonte 1968;  Théologie  de  la  revolution  I— 1 1 Paris  1970— 1974 
(sólo  en  el  tomo  II  adopta  algunas  tesis  de  la  teología  de  la 
liberación). 

(43)  Véase  una  bibliografía  del  tema  en  Desarrollo  y revolución,  en  la 
bibliografía  del  Cedial,  Bogotá  1974,  73—95.  y H.  Assmann,  Ca- 
racterizacao  de  una  teología  de  revoluca'o,  en  Ponto  Homen  4 
(1968)  6—58.  En  parte,  la  problemática  surge  en  la  reunión  de 
"Iglesia  y Sociedad"  del  Consejo  Ecuménico  en  Ginebra  (1966). 
Los  trabajos  de  Richard  Shaull  contribuyeron  para  ello,  y tam- 
bién la  rica  experiencia  latinoamericana. 

(44)  Cabe  destacarse  que  la  "teología  de  la  liberación"  mostrará  que  la 
"teología  de  la  revolución"  es  sólo  una  aplicación  de  algunos 
temas  de  la  teología  moral  a la  coyuntura  revolucionaria;  algo  así 
como  dar  la  "luz  verde".  No  se  trata  de  un  replanteo  completo  de 
la  teología,  sino  más  bien  como  un  "oportunismo". 

(45)  El  grupo  originario  más  creador  en  esta  doctrina  fue  el  brasileño; 
desde  un  Guerreiro  Ramos  La  reducción  sociológica,  Río  1958)  y 


444 


en  torno  a personas  como  Helio  Jaguaribe,  Cándido  Mendes,  Al- 
varo Vieira  Pintos,  etc.,  que  investigaban  en  el  ISEB.  A este  grupo 
debe  agregarse  después  Celso  Furtado,  Theotonio  dos  Santos,  etc. 
La  teoría  de  la  dependencia  se  formula  entre  el  1968—1970, 
época  en  la  que  aparecen  la  mayoría  de  los  trabajos  (cf.  biblio- 
grafía Cedial,  y en  Fe  y cambio  social  en  América  Latina,  Sala- 
manca 1973,  bibliografía  final). 

(46)  Véase  las  obras  del  economista  africano  S.  Amin,  L'accumulation 
a l'échelle  mondiale,  París  1970,  y otras  de  sus  obras,  que  siguien- 
do la  línea  de  la  "teoría  de  la  dependencia  latinoamericana"  es 
ahora  planteada  como  hipótesis  de  una  economía  mundial. 

(47)  Nace  en  1928.  Entre  otras  obras:  La  pastoral  de  la  iglesia  en 
América  Latina,  Montevideo  1968;  Hacia  una  teología  de  la  libe- 
ración, Montevideo  1-969;  y su  libro  Teología  de  la  liberación, 
Lima  1971  y Salamanca  1975,  y gran  número  de  artículos  en 
diversas  revistas. 

(48)  En  su  corto  trabajo  Consideraciones  teológicas  sobre  la  liberación 
del  hombre:  Idod  (Bogotá)  43  (1968);  y en  La  liberación  humana 
desde  una  perspectiva  teológica:  Mensaje  168  (1968)  175—179. 

(49)  Nace  en  1933.  Consúltese  El  protestantismo  como  una  forma  de 
colonialismo:  Perspectivas  de  Diálogo  38  (1968)  242—248;  7o- 
wards  a theology  of  liberation,  Princeton  1968;  Tomorrow's 
child,  New  York  1972  (traducción  castellana:  Hijos  del  mañana. 
Salamanca  1974). 

(50)  Entre  otros  trabajos.  La  iglesia  debe  comprometerse  en 
lo  político,  Montevideo  1970;  La  misión  de  la  iglesia  y del  pres- 
bítero a la  luz  de  la  teología  de  la  liberación:  Pasos  8(1972)  21. 
Redactor  principal  del  documento  Sacerdotes  para  el  Tercer  Mun- 
do: historia,  documentos,  reflexión,  Buenos  Aires  1970.  Con  G. 
Rodríguez  Melgarejo,  Apuntes  para  una  interpretación  de  la  igle- 
sia en  Argentina:  Víspera  4 (1970)  59—88.  En  una  línea  de  descu- 
brimiento de  lo  popular  debe  indicarse  la  obra  de  A.  Bünting 
(nace  en  1931),  El  catolicismo  popular  en  Argentina,  Buenos 
Aires  1972,  y Religión-enajenación  en  una  sociedad  dependiente, 
Buenos  Aires  1973. 

(51)  Nace  en  1933.  Véase  una  bibliografía  en  Fe  y cambio  social  en 
América  Latina,  Salamanca  1973,  403.  Su  obra  más  importante  es 
Teología  desde  la  praxis  de  la  liberación.  Salamanca  1973,  1976. 
Junto  a la  obra  de  Gustavo  Gutiérrez  es  lo  más  original  del  movi- 
miento. 

(52)  He  nacido  en  1934.  Hipótesis  para  una  historia  de  I a iglesia  en 
América  Latina,  Barcelona  1969  (Historia  de  la  iglesia  en  América 
Latina.  Del  coloniaje  a la  liberación  [ 1492—1973 ],  Barcelona 
1974);  Para  una  ética  de  la  liberación  latinoamericana  I— II, 
Buenos  Aires  1973  (los  tomos  III  y IV  aparecerán  próxi- 
mamente); Historia  y teología  de  la  liberación,  Buenos  Aires  1975 


445 


(Caminos  de  liberación,  Buenos  Aires  1972);  Etica  y teología  de 
la  liberación,  Buenos  Aires  1974;  Método  para  una  filosofía  de  la 
liberación,  Salamanca  1974. 

(53)  La  edición  de  los  trabajos  se  realizó  bajo  el  título  Fe  y cambio 
social  en  América  Latina,  Salamanca  1973.  Hubo  otros  en- 
cuentros en  la  línea  de  la  teología  de  la  liberación  (al  comienzo 
partiendo  del  desarrollismo):  en  México  del  24  al  28  de  noviem- 
bre de  1969  se  realiza  un  congreso  sobre  el  tema  "Fe  y desa- 
rrollo" (Sociedad  Teológica  Mexicana,  Memoria  del  primer  con- 
greso nacional  de  teología:  Fe  y Desarrollo  I— II,  México  1970), 
estando  todavía  en  la  "teología  del  desarrollo";  en  Bogotá  del  6 al 
7 de  marzo  de  1970  se  efectúa  una  reunión  internacional,  cuyas 
memorias  tuvieron  por  título  Liberación:  opción  de  la  iglesia  en 
la  década  del  70  I— II,  Bogotá  1970;  en  Buenos  Aires  del  3 al  6 de 
agosto  de  1970  reúne  ISAL  unos  veinte  teólogos,  algunas  de  cuyas 
ponencias  fueron  publicadas  por  Fichas  de  ISAL  26  (1970)  y en 
Cristianismo  y Sociedad  23—24  (1970);  en  Bogotá  nuevamente 
del  24  al  26  de  julio  de  1970  se  realizó  el  II  Encuentro  de  "teo- 
logía de  la  liberación"  (publicado  en  el  boletín  Teología  de  la 
liberación,  Bogotá  1970);  en  ciudad  Juárez  (México)  del  16  al  18 
de  octubre  de  1970  se  realiza  otro  Seminario  de  teología  de  la 
liberación  (los  trabajos  quedaron  mimeografiados  y pueden  obte- 
nerse en  el  centro  IDOC,  Vía  S.  María  deM'Anima  20,  00186 
Roma);  todavía  en  Oruro  (Bolivia)  del  2 al  19  de  diciembre  de 
1970  hay  un  curso  de  pastoral  sobre  "teología  de  la  liberación";  etc. 
Recordemos  todavía  la  semana  académica  de  agosto  de  1971  so- 
bre Dialéctica  de  la  liberación  latinoamericana,  publicada  en 
Stromata  (Buenos  Aires)  1—2  (1971),  donde  además  se  gesta  el 
movimiento  filosófico  de  "filosofía  de  la  liberación"  (originaria- 
mente argentino:  cf.  Hacia  una  filosofía  de  la  liberación  latinoa- 
mericana, Buenos  Aires  1973  con  autores  tales  como  Osvaldo  Ardi- 
les, Horacio  Cerutti,  Julio  de  Zan,  Enrique  D.  Dussel,  Aníbal 
Fornari,  Daniel  Guillot,  Juan  C.  Scannone,  etc)  Los  encuentros  y 
reuniones  sobre  "teología  de  la  liberación"  han  sido  muchos  más 
todavía.  En  Europa  no  se  comprende  que  esta  teología  no  es 
fruto  de  un  discurso  universitario,  sino  que  es  la  expresión  de  un 
movimiento  eclesial  y político  de  la  base,  que  cuenta  con  la  adhe- 
sión de  miles  de  religiosos,  sacerdotes,  laicos  en  las  más  variadas 
situaciones.  El  "discurso"  de  la  teología  de  la  liberación  no  es 
i ntra-teo lógico  sino  que  surge  de  una  praxis  histórica.  Como  nos 
decía  Rosino  Gibellini  de  Brescia,  "no  existe  ningún  movimiento 
eclesial  ...  El  europeo  que  lea  algún  texto  de  la  teología  de  la 
liberación  entiende  conceptualmente  las  instancias  de  la  teología 
de  la  liberación,  pero  no  se  da  cuenta  de  que  es  un  movimiento  de 
iglesia":  Christus  (México)  479  (1975)  9. 

(54)  Nace  en  1924.  Véase  La  théologie  protestante  latino-américaine 


446 


aujourd'hui:  IDOC-internacional  9 (1969)  77—94;  Nuevas  pers- 
pectivas teológicas,  en  Pueblo  oprimido,  Montevideo  1972;  Doing 
Theology  in  a revolutionary  situation,  Phi  ladelphia  1974;  La  fe  en 
busca  de  eficacia.  Salamanca  1977. 

(55)  Nace  en  1931.  Cf.  Hacia  una  dialéctica  de  la  liberación:  Stromata 
17  (1971)  23—60;  El  actual  desafío  planteado  al  lenguaje  teo- 
lógico latinoamericano  de  liberación:  CIAS  (Buenos  Aires)  211 
(1972)  5—20;  Ontología  del  proceso  auténticamente  liberador,  en 
Seladoc,  Panorama  de  la  teología  latinoamericana,  Salamanca 
1975;  Teología  de  la  liberación  y praxis  popular.  Salamanca 
1976. 

(56)  Caben  destacarse  los  artículos  de  M.  Ferre,  Iglesia  y sociedad 
opulenta:  una  crítica  a Suenens  desde  América  Latina:  V íspera  1 2 
(1969),  separata  pp.  1—24,  y la  defensa,  por  razones  de  política 
del  tercer  mundo,  a la  encíclica  Humanae  vitae:  Víspera  7 (1968); 
y los  trabajos  de  H.  Borrat,  Para  una  teología  de  la  vanguardia: 
Víspera  17  (1970)  26—31;  o Hacia  una  teología  de  la  liberación: 
Marcha  (Montevideo)  1527  (1971)  1-15. 

(57)  Cf.  E.  Pironio,  Teología  de  la  liberación:  Criterio  (Buenos  Aires) 
1607-1608  (1970). 

(58)  Nace  en  1938.  Entre  sus  obras  Jesús  Cristo  libertador,  Petropolis 
1974;  Vida  para  Além  de  Morte,  Petropolis  1974;  O destino  do 
homem  e do  mundo,  Petropolis  1974,  A vida  religiosa  e a igreja 
no  processo  de  liberagáo,  Petropolis  1975.  Colaboró  con  muchos 
de  los  ya  nombrados  en  el  número  de  Concilium  96  (1974). 

(59)  Este  tema,  sin  embargo,  es  antiguo  en  la  reflexión  latinoamericana 
contemporánea.  Véase  mi  obra  El  humanismo  semita,  Buenos 
Aires  1969  (redactada  en  1963)  en  apéndice:  "La  misión  en  los 
poemas  del  siervo  de  Yahvé".  El  Cristo  siervo  de  Yahvé,  su- 
friente, crucificado,  perseguido  políticamente,  tiene  -en  América 
Latina  un  significado  muy  concreto.  El  pueblo  oprimido  (social, 
política  y económicamente  desde  hace  cinco  siglos:  por  los  im- 
perios europeos  o norteamericanos,  por  las  oligarquías  nacionales) 
se  identifica  desde  hace  siglos  con  los  cristos  sangrantes  de 
nuestras  iglesias  barrocas  y coloniales.  Es  el  "Cristo  popular"  des- 
preciado por  las' teologías  de  la  secularización  y por  nuestras  oli- 
garquías dominadoras. 

(60)  El  padre  Roger  Vekemans  parece  que  recibe  de  la  CIA  diez  mi- 
llones de  dólares  para  la  campaña  contra  la  Unidad  Popular:  Cf. 
The  Washington  Star,  23—7—1975,  primera  página,  según 
declaraciones  del  padre  James  Vizzard. 

(61)  Véase  el  texto  en  Mensaje  185  (1969)  396  ss.  (The  Rockefeller 
report  on  the  Americas,  Chicago  1969). 

(62)  Este  tipo  de  argumentos  ha  sido  esgrimido  contra  la  teología  de  la 
liberación:  cf.  H.  Assmann;  Teología  desde  la  praxis  de  la  libe- 
ración, 238  ss. 


447 


(63)  Esta  reunión  ha  sido  publicada  bajo  el  título  Liberación:  diálogos 
en  CELAM,  Bogotá  1974,  donde  cabe  destacar  el  artículo  de 
Kloppenburg,  Las  tentaciones  de  I á teología  de  la  liberación, 
(401—515),  en  el  cual  pueden  verse  todos  los  ataques  que  se 
realizan  contra  la  teología  de  la  liberación;  por  su  parte  J.  Mejía, 
La  liberación,  aspectos  bíblicos,  objeta  desde  la  exégesis 
(271—307);  y monseñor  López  Trujillo,  Las  teologías  de  la  libe- 
ración en  América  Latina  (27— 67)  distingue  las  "buenas"  de  las 
"malas"  (marxistas)  teologías  de  la  liberación. 

(64)  Publicada  bajo  el  título  Teología  de  la  liberación:  Conversaciones 
de  Toledo,  Burgos  1974,  con  participación  de  Jiménez  Urresti, 
Congar,  López  Trujillo,  entre  otros,  y en  la  que  se  habla  de 
"tantas  teologías  como  autores",  "liberación  integral  del  hombre 
y universal  de  todos  los  hombres"  (295  ss).  No  se  observa  la 
conflictualidad  existente  en  una  situación  de  pecado:  dominación 
de  nación  sobre  nación  (imperialismo),  de  clase  sobre  clase,  etc. 
El  "universalismo"  oculta  las  contradicciones  del  pecado. 

(65)  Bajo  el  tema  Conflicto  social  en  América  Latina  y compromiso 
cristiano,  del  6 al  13  de  septiembre  de  1975,  en  Lima,  no  se 
encuentra  ningún  teólogo  de  la  liberación  entre  los  expositores  o 
panelistas.  Sobre  la  nueva  orientación  del  CELAM  desde  1972 
véase  F.  Houtart,  Le  conseil  épiscopal  d'Amérique  Latine 
accentue  son  changement:  ICI  Paris  481  (1975)  10—24. 

(66)  Del  primero  de  ellos  véase  Posibilidad,  necesidad  y sentido  de  una 
teología  latinoamericana:  Christus  (México)  471  (1975)  12—16; 
472  (1975)  17—23.  Filósofo  de  gran  formación  se  debe  esperar 
una  obra  teológica  de  importancia,  al  igual  que  de  Sobrino  que 
acaba  de  dar  una  contribución  importante  sobre  "la  muerte  de 
Cristo",  en  la  línea  de  la  teología  de  la  liberación. 

(67)  Autor  de  diversos  artículos  en  Christus  (México),  es  uno  de  los 
tefogos  del  movimiento  "Sacerdotes  para  el  Pueblo"  (ahora  deno- 
minado "Iglesia  solidaria")  en  México. 

(68)  Su  primer  libro  teológico-pastoral  aparece  en  la  editorial  Sunday 
Visitor.  Es  el  fundador  y director  del  Mexican  American  Cultural 
Center  (San  Antonio,  Texas);  el  primer  teólogo  "chicano". 

(69)  Cf.  La  iglesia  latinoamericana  y la  política  después  de  Medellín, 
Bogotá  1972.  Numerosos  artículos  en  Servir,  Christus  y Contacto 
(México).  En  esta  última  revista  acaba  de  aparecer  un  análisis  en 
teología  del  lenguaje  de  G.  Giménez,  El  golpe  militar  y la  con- 
denación de  "Cristianos  para  el  Socialismo":  Contacto  1—2 
(1975)  12-115. 

(70)  Laico  colombiano  especializado  y autor  de  diversas  obras  en  ca- 
tcquesis. 

(71)  Nace  en  1933.  Su  obra  más  conocida  es  Nueva  conciencia  de  la 
iglesia  en  América  latina,  Santiago  1973  y Salamanca  1974. 

(72)  De  este  último  cabe  destacarse  Nos  ha  liberado.  Salamanca 


448 


1973,1976,  obra  dirigida  a las  "bases"  para  enseñar  a pensar  en  la 
línea  de  la  teología  de  la  liberación,  así  como  Desde  los  pobres  de 
la  tierra.  Salamanca  1977. 

(73)  Sobre  los  recientes  mártires  latinoamericanos  véase  Scarboro  Mi- 
ssions  (Ontario)  June  (1975);  entre  otros,  hemos  citado  a Carlos 
Múgica  (sacerdote  argentino,  44  años);  Maurice  Lefebvre  (sacer- 
dote que  es  asesinado  en  Bolivia,  49  años);  Henrique  Pereira 
(sacerdote  brasileño,  28  años);  Tito  de  Alencar  (sacerdote  tor- 
turado en  Brasil  y que  muere  atormentado  en  Francia,  29  años); 
Juan  Alsina  (muere  en  Chile  en  septiembre  de  1973,  31  años); 
Héctor  Gallegos  (muere  en  Panamá,  28  años);  e Iván  Betancourt, 
doctor  en  letras  de  la  universidad  de  Buenaventura  en  Bogotá, 
nació  el  28  de  julio  de  1940  y fue  martirizado  el  23  de  junio  de 
1975  cerca  de  Jutigalpa,  diócesis  de  Olancho.  Todos  tuvieron 
conciencia  explícita  de  entregar  su  vida  por  el  Cristo  liberador; 
son  santos  de  nuestra  iglesia,  como  los  mártires  de  la  iglesia  del 
Mediterráneo  durante  los  tres  primeros  siglos. 

(74)  Se  realiza  el  Encuentro  del  23  al  30  de  abril  de  1972.  El  docu- 
mento ha  sido  editado  en  Signos  de  liberación,  Lima  1973;  / 
Encuentro  latinoamericano  de  " Cristianos  por  el  Socialismo” 
238—243;  más  ampliamente,  con  todos  los  documentos,  Buenos 
Aires  1974.  Véase  G.  Arroyo.  Católicos  de  izquierda  en  América 
Latina:  Mensaje  191  (1970)  369—372;  P.  Richard,  Cristianos  por 
el  socialismo:  historia  y documentación,  Salamanca  1976. 

(75)  El  material  del  Encuentro  se  publicó  en  México.  Sobre  la  in- 
fluencia que  tendrá  para  México  puede  ya  observarse  los  artículos 
de  V.  Leñero,  Teología  de  la  liberación,  publicados  en  la  primer 
página  del  Excelsior  (México),  y reproducidos  en  Christus  479 
(1975)  62—70.  Véase  Cautiverio  y liberación,  México,  1976, 
editado  por  Enrique  Ruiz  M. 

(76)  Esta  reunión  realizada  del  18  al  25  de  agosto,  comenzó  a superar 
el  desencuentro  con  la  black  theology  (como  pudo  verse  en  P. 
Freire-H.  Assmann-E.  I.  Bodipo-J.  H.  Cone,  Teología  negra,  teo- 
logía de  la  liberación,  Salamanca  1974,  fruto  de  una  reunión  del 
Consejo  ecuménico  de  iglesias:  A symposium  on  black  theology 
and  the  latín  american  theology  of  liberation),  ya  que  hubo  un 
fructífero  diálogo  de  los  teólogos  blacks  con  los  teólogos  latinoa- 
mericanos; lo  mismo  pasó  con  algunas  teólogas  del  feminismo  o 
con  los  grupos  "chícanos".  El  diálogo  se  centró  sobre  la  llamada 
contradicción  principal:  "centro-periferia",  "Estado  Unidos  (im- 
perio) —América  latina  (neocolonia)".  Las  ponencias  y con- 
clusiones se  publicaron  en  inglésen  Theology  in  the  Americas, 
Orbis  Books,  New  York,  1976,  editado  por  Sergio  Torres. 

(77)  Sobre  esta  fase  véase  mi  obra  De  Medellín  a Puebla.  Una  década 
de  sangre  y esperanza  (1968—1979),  CEE-Edicol.  México,  1979, 
pp.  461  ss  . . . Sobre  la  Comisión  Trilateral  Cárter  y la  lógica  de I 


449 


imperialismo,  EDUCA-DEI,  San  José,  1977,  t.  I — II,  editado  por 
Hugo  Assmann. 

(78)  Sobre  la  inmensa  bibliografía  que  produjo  la  teología  de  la  libera- 
ción en  torno  al  Documento  de  Consulta  véase  la  bibliografía 
catalogada  por  el  Centre  Lebret  (París),  junio  de  1978,  y la  que 
entregó  en  la  III  Conferencia  el  equipo  de  CRIE  (México)  con 
más  de  2000  títulos  (Cfr.  mi  obra  De  Medellín  a Puebla, 
pp.  478—497).  Es  importante  recordar  la  reacción  de  los  teólogos 
Europeos  y norteamericanos  que  por  primera  vez  dieron  una  pala- 
bra explícita  de  apoyo  a la  teología  de  la  liberación:  comenzando 
por  Rahner,  Métz,  Moltmann  con  el  Memorándum  de  noviembre 
de  1977;  después  vendrá  el  documento  de  apoyo  de  Congar,  Che- 
nu,  Aubert,  Casalis,  más  de  80;  el  de  los  norteamericanos  con 
firmas  tales  como  Richard  Shaull,  R.  Reuther,  Berryman, 
Elizondo,  Wipfler,  etc.;  el  de  obispos  y teólogos  españoles,  de  los 
canadienses,  de  obispos  y sacerdotes  chícanos,  y hasta  de  teólogos 
africanos  y asiáticos  reunidos  en  Colombo  en  1 978.  Por  primera  vez 
la  teología  latinoamericana  se  hace  presente  en  el  plano  universal. 

(79)  Publicado  en  The  emergent  Gospel,  Orbis,  New  York,  1976,  pu- 
blicada por  Sergio  Torres  (con  traducción  al  francés  en 
Harmattan,  Paris,  1977). 

(80)  African  theoloy  in  route,  Orbis,  N.  York,  1979,  Cfr.  Black  theo- 
logy  (1966—1979),  editado  por  Wilmore-Cone,  Orbis,  N.  York, 
1979,  pp.  445  ss. 

(81 ) De  próxima  aparición  en  Orbis,  N.  York. 

(82)  Studienkreis  Kirche  und  Befreiung,  ha  publicado  Kirche  und  Be- 
freiung,  Pattloch,  Aschaffenburg,  1975,  encuentro  del  12  al  13  de 
octubre  de  1973,  Kirche  in  Chile,  igual  editorial,  1976  (editan 
Hengsbach,  López  Trujillo,  Bossle,  Rauscher,  Weber);  Utopie  der 
Befreiung,  ¡dem.;  Christlicher  Glaube  ud  gesellschaftliche  Praxis, 
idem,  1978,  al  encuentro  al  que  nos  referimos  en  el  texto.  Para 
una  visión  de  conjunto  de  esta  postura  véase  Roger  Vekemans, 
Teología  de  la  liberación  y cristianos  por  el  socialismo,  CEDI  AL, 
Bogotá,  1976;  CELAM,  Socialismo  y socialismo  en  América  lati- 
na, Bogotá,  1977.  En  una  línea  más  académica  véase  Karl  Leh- 
man, Theologie  der  Befreiung,  Johannes,  Einsiedeln,  1977,  sobre  el 
dictamen  de  la  Comisión  Teológica  Internacional. 

(83)  Ed.  Paulina,  Bogotá,  1977,  p.  63. 

(84)  Al  menos  desde  la  XIV  Asamblea  de  Sucre  del  CELAM. 

(85)  Praxis  cristiana  y producción  teológica,  Sígueme,  Salamanca, 
1977,  editada  por  J.  PixIey-J.P. Bastían. 

(86)  Véanse  algunos  trabajos  publicados  en  Servir  80  (1979),  sobre 
"Evangelización  y política"  (Sergio  Arce,  etc.). 

(87)  Capitalismo:  violencia  y anti-vida,  editado  por  E.Tamez 
S.Trinidad,  EDUCA-DEI,  San  José,  1978,  t.  I— II. 

(88)  EDUCA-DEI.  San  José,  1977. 


450 


(89)  Ibid.,  p.  240.  Cfr.  Ideología  del  sometimiento,  EDUCA-DE I, 
San  José,  1977. 

(90)  Cfr.  Leonardo  Boff,  Eclesiogénese,  Vozes,  Petrópolis,  1977;  con 
Clodovís  Boff,  Comunidade  Eclesial,  comunidade  política,  Vozes, 
Petropolis,  1978;  sobre  otros  temas  Leonardo  Boff  ha  escrito  A 
Grapa  libertadora  no  mundo,  en  la  misma  editorial,  1976;  Da 
libertagao  o teológico  das  libertapóes  sócio-históricas,  1979;  A fé 
na  periferia  do  mundo,  1978;  etc.  Véase  igualmente  Mariano  Ba- 
raglia,  Evolugáo  das  comunidades  eclesiais  de  base,  igual  editorial, 
1974;  el  número  65—66  de  Servir  (1976),  dedicado  al  tema,  Pablo 
Richard  aporta  una  clarificación  significativa  en  su  tesis  sobre 
Morí  des  chretientés  et  naissance  de  l'Eglise,  Centre  Lebret,  París, 
1978,  mostrando  el  "modelo”  de  Cristiandad.  Lo  mismo  puede 
decirse  de  la  obra  de  Gustavo  Gutiérrez,  La  fuerza  histórica  de  los 
pobres,  CEP,  Lima,  1979.  Véase  la  obra  colectiva,  Cruz  y Resu- 
rrección, CRT-Servir,  México,  1978,  con  motivo  de  la  Confe- 
rencia de  Puebla,  aborda  igualmente  cuestiones  de  Iglesia  popular. 

(91 ) Especialmente  la  obra  de  Jon  Sobrino,  Cristologia  desde  América 
Latina,  CRT,  México,  1976;  L.Boff,  Paixáo  de  Cristo,  paixáo  do 
mondo,  Vozes,  Petropolis,  1978. 

(92)  Cfr.  Hugo  Assmann,  "La  actuación  histórica  del  poder  de  Cristo", 
en  La  nueva  frontera  de  la  teología  en  América  Latina,  ed.  por  R. 
Gibellini,  Sígueme,  Salamanca,  1977. 

(93)  Cfr.  Raúl  Vidales,  Desde  la  tradición  de  los  pobres,  CRT,  México, 
1978;  el  libro  de  G.  Gutiérrez  nombrado  arriba;  E.Dussel,  "El 
Reino  de  Dios  y los  pobres",  en  Servir  83—84  (1979). 
pp.  521-550. 

(94)  Cfr.  L.Boff,  O rostro  materno  de  Deus,  Vozes,  Petrópolis,  1979; 
E.  Dussel,  La  erótica  latinoamericana,  USTA,  Bogotá,  1980  (cfr. 
Etica  latinoamericana ,Edicol,  México,  t.  III,  1977). 

(95)  De  la  reciente  teología  africana  véase  A.  Aubrey  Poesak,  Farewell 
to  innocence,  Orbis,  N.  York,  1977;  y E.  Dussel,  "Racismo,  Amé- 
rica latina  negra  y teología  de  la  liberación",  en  Servir  86  (1980), 
pp.  163—210;  ¿Cómo  enfrentar  el  racismo  en  la  década  del  80? , 
CMI,  Ginebra  CELADEC,  Lima,  1980. 

(96)  Cfr.  Otto  Maduro,  Religión  y conflicto  social,  CRT-CEE,  México, 
1980,  pp.  162  ss.;  E.Dussel,  Religión, Ed\co\,  México,  1977,  y las 
obras  que  está  publicando  sobre  la  realidad  nicaragüense  el  DEI 
en  San  José,  y el  Centro  Valdivieso  en  Managua. 

(97)  Cfr.  Varios,  Praxis  del  martirio,  ayer  y hoy,  CEPLA,  Bogotá, 
1977;  Varios,  Rutilio  Grande,  UCA,  1978;  etc. 

(98)  Citemos  algunos  ejemplos  de  la  enorme  bibliografía  sobre  el  te- 
ma: SELADOC,  Religiosidad  popular.  Sígueme,  Salamanca,  1976; 
la  colección  de  Ediciones  Mundo  de  Miguel  Jordá,  p.e.  La  sabi- 
duría de  un  pueblo,  Santiago,  1975,  o la  obra  de  Ignacio  Pinedo, 
Religiosidad  popular.  Mensajero,  Bilbao,  1977  (sobre  Nicaragua); 


451 


y en  español  Raúl  Vidales  — T.  Kudo,  Práctica  religiosa  y proyecto 
histórico,  CEP,  Lima,  1975;  etc. 

(99)  Cfr.,  entre  otros,  J.  Míguez  Bonino,  La  fe  en  busca  de  eficacia. 
Sígueme,  Salamanca,  1977;  Rubem  Alves,  Protestantismo  e Re- 
pressáo, Atica,  Sáo  Paulo,  1979. 

(100)  P.  Richard  publica  un  artículo  sobre  "La  teología  de  la  liberación 
en  la  situación  política  actual",  en  Servir  67  (1977),  pp.  33—54, 
donde  se  da  un  panorama  del  desarrollo  teológico  hasta  ese  mo- 
mento. Para  historia  de  la  teología  véase  Roberto  Oliveros,  Libe- 
ración y teología,  CRT,  México  1977;  la  obra  que  próximamente 
publica  Sígueme,  Salamanca,  1980,  de  Samuel  Silva  Gotay  sobre 
el  pensamiento  cristiano  revolucionario  desde  1960;CEHILA,  La 
Iglesia  latinoamericana  de  Medellín  a Puebla,  Bogotá,  1979. 

(101)  Véase  Cultura  popular  y religión  en  el  Anahuac,  CEE,  México, 
1978. 

(102)  No  puede  dejarse  de  indicar  la  obra  de  Clodovis  Boff,  Teología  e 
práctica,  Vozes,  Petrópolis,  1978,  que  lanza  todo  un  debate  epis- 
temológico que  no  ha  tenido  todavía  continuación.  En  Europa  han 
aparecido  algunos  trabajos  en  este  sentido:  Befreiende  Theologie, 
Kohlhammer,  Stuttgart,  1977.  editado  por  K.Rahner;  Theologie 
uas  der  Praxis  des  volkes.  Kaiser,  München,  1978,  ed.  por  Fernan- 
do Castillo.  EH  Encuentro  de  teología  en  México  en  1975  fue 
dedicado  al  tema  metodológico. 


452 


INDICE 


Presentación 7 

Introducción 9 


PRIMERA  PARTE 

Marco  Teórico  para  una  Historia  de  la 
Teología 

Apuntes  epistemológico-políticos  para  una  historia  de  la 
teología  en  América  Latina  *0170 maduro 19 

I.  Introducción:  La  responsabilidad 
del  historiador. 

II.  La  Historia:  Tarea  parcializada 
(algunas  hipótesis). 

III.  Escribir  historia  de  la  Iglesia. 

IV.  El  problema  en  nuestra 
América  actual:  Optar. 

V.  El  objeto:  Un  pensamiento  situado. 

VI.  Complejidad  y conflictividad  del  contexto 
de  la  producción  teológica. 

Vil.  La  triple  relación  texto/contexto. 

VIII.  Algunas  preguntas-clave. 

IX.  Conclusión:  ¿Una  alternativa  teológica? 


SEGUNDA  PARTE 

Panoramas  generales 

La  teología  en  el  Brasil  - Consideraciones  históricas 

• RIOLANDOAZZI 41 

I.  Introducción. 

II.  La  teolosía  en  el  período  colonial  (1 500-1 759). 

III.  La  teología  en  la  época  de  la  Independencia 
(1759-1840). 

IV.  La  teología  en  la  Reforma  Católica  (1 840-1 920). 

V.  La  teología  en  la  Restauración  Católica 
(1920-1960). 

VI.  Conclusión. 

Historia  de  la  teología  en  Venezuela»  centro  gumilla 81 

I.  Colonia. 

II.  Emancipación. 

III.  Siglo  XIX. 

IV.  Siglo  XX  (1 a mitad). 

V.  Siglo  XX  (2a  mitad). 

VI.  Conclusión. 

Las  ideas  teológicas  en  Chile  (en  torno  a la  crisis 

de  la  cristiandad  colonial  - 1 81 0-1 880)  • J.  Manuel  de  Ferrari  f. 

y MAXIMILIANO  A.  SALINAS  C 99 

I.  Introducción. 

II.  Antecedentes.  La  teología  durante 
la  cristiandad  colonial. 

III.  Orientaciones  teológicas  durante  la  época 
de  la  crisis  de  la  cristiandad  colonial. 

TERCERA  PARTE 

Teología  durante  la  época  colonial 

En  busca  de  los  pobres  de  Jesucristo:  evangelización 
y teología  en  el  Siglo  XVI  • Gustavo  Gutiérrez 137 

I.  Introducción. 

II.  El  derecho  de  los  pobres. 

III.  Desde  los  cristos  azotados 


Teología  y acción  pastoral  en  Antonio 
VieiraSJ:  1652-1661  • Eduardo  hoornaert 


165 


I.  La  teología  en  Antonio  Vieira 

II.  La  funcionalidad  de  esta  teología  al  interior 
de  la  historia  maranhense  entre 

1652  y 1661 

III.  Conclusión. 


CUARTA  PARTE  * 

Teología  durante  la  independencia  y el 
período  liberal 


Juan  Germán  Roscio:  La  teología  del  triunfo 

de  la  libertad  sobre  el  despotismo  • centro  gumilla 187 

I.  Introducción. 

II.  ¿Quién  es  Juan  Germán  Roscio? 

III.  El  problema  teológico  planteado  por  la  guerra 
de  la  independencia. 

IV.  La  respuesta  de  Roscio. 

V.  Reflexión  final. 

El  pensamiento  de  Morelos  • agustinchurrucapelaez 219 

I.  La  nueva  España  en  el  cruce  de  dos  siglos. 

II.  Nació  en  Valladolid,  murió  en  San  Cristóbal. 

III.  Los  enemigos  del  pueblo  y sus  acciones. 

IV.  El  Primer  Congreso  mexicano. 

• V.  La  libertad. 

VI.  Insurgencia  y religión. 

Vil.  Tiranía  evidente. 

VIII.  Diversas  opciones  políticas  del  clero  ante 
la  independencia. 

IX.  La  teología  político  caritativa. 

4 

X.  Conclusión. 

Catecismo  o instrucción  popular  de  Juan  Fernández 
de Sotomayor  — 181 4 «Eduardo vega 273 

I.  Lucha  contra  la  dominación  colonial. 


Padre  Julio  María:  Una  teología  liberal-republicana 
en  una  iglesia  monarquista 

y conservadora  «jóse  oscar  beozzo 305 

I.  Introducción. 

II.  Vida  del  padre  Julio  María. 

III.  Temas  centrales  de  su  predicación. 

IV.  Julio  María  y la  historia  de  la  Iglesia 
en  el  Brasil. 

V.  Conclusiones. 

QUINTA  PARTE 

Historia  de  la  teología  protestante 
en  América  Latina 

Las  ideas  teológicas  y sus  caminos  por  los 
surcos  institucionales  del  protestantismo 
brasileño  • rubem alves 343 

I.  Preguntas  preliminares. 

II.  Los  orígenes  y el  primer  siglo  (1 820-1 950). 

III.  Turbulencia:  los  años  50. 

IV.  La  purga:  a partir  de  los  últimos  años 
de  la  década  del  50. 

Contribución  al  estudio  de  la  teología  protestante 

en  México  «JEAN-PIERRE  BASTIAN 367 

I.  Los  cristos  históricos  protestantes  en  México. 

II.  Conclusiones. 

El  pensamiento  protestante 

en  Puerto  Rico*  CARMELO  alvarez 389 

SEXTA  PARTE 

Síntesis  final 

Hipótesis  para  una  historia  de  la  teología 

en  América  Latina  (1492-1 980)*  Enrique  dussel 401 

I.  Introducción. 

II.  Periodificación  de  la  historia  de  la 
teología  en  América  Latina. 


Conclusiones. 


Este  libro  se  imprimió  en  los 
talleres  de  Artes  Gráficas  de 
Centroamérica  S.A.,  en  el  mes 
de  julio  de  1981.  Su  edición 
consta  de  3.000  ejemplares. 


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HIGHSMITH  # 45220 


BT30.L37  E52  1981 
Materiales  para  una  historia  de  la 


Prmceton  Theological  Semmary-Speer  Library 


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En  1975  comenzó  a gestarse  en  CEHILA  la 
¡dea  de  lanzar  un  proyecto  ambicioso: 
escribir  una  Historia  de  la  teología  latino- 
americana. En  la  Asamblea  de  1976  fue 
aprobado  el  proyecto  y comenzó  su  len- 
to camino.  Sólo  cuando  en  1979  el  Dr. 
Pablo  Richard  tomó  el  proyecto  en  sus 
manos  éste  entró  en  un  proceso  efectivo 
de  realización. 

En  efecto,  en  el  I Encuentro  latinoameri- 
cano de  teología  en  México  hicimos  una 
exposición  sobre  este  tema,  a manera  de 
hipótesis  generales  sobre  un  tema  desco- 
nocido. La  historia  de  nuestra  teología, 
como  nuestra  historia  en  general,  no  sólo 
era  ignorada,  sino  que  era  despreciada 
por  inexistentes.  Siempre  se  nos  pregun- 
taba: ¿Historia  de  la  teología  en  América 
Latina?  ¿Existe  acaso  dicha  teología?  ¿Có- 
mo hacer  una  historia  de  lo  inexistente? 
El  trabajo  era  arduo,  porque  aún  entre 
los  que  cultivaban  teología  en  la  actuali- 
dad, había  poca  conciencia  de  los  ante- 
cedentes que  darían  más  fuerza  histórica 
a su  propio  movimiento.  Pero  superamos 
las  oposiciones  gracias  a los  amigos  que 
han  participado  en  este  VIII  Encuentro  de 
CEHILA. 

El  presente  material,  que  se  edita  por  la 
labor  del  coordinador  del  Simposio 
nombrado  arriba,  quiere  dar  a conocer  el 
fruto  de  una  primera  "entrada”  en  la  rica 
cantera  inexplorada  de  nuestra  historia 
de  la  teología. 


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Departamento  Ecuménico 
de  Investigaciones